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Don't wanna leave you alone || Cornelius Berggrem

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Don't wanna leave you alone || Cornelius Berggrem

Mensaje por Marie Arabelle Laveau el Vie Ago 11, 2017 11:37 pm

Mucho tiempo había pasado desde aquel encuentro, mucho desde que fue salvada de un destino que la tiraba hacia la muerte en la más terrible de las soledades, mucho desde que se había encontrado con aquellos ojos que ahora eran lo que más adoraba mirar cada mañana al despertar y cada noche antes de quedarse dormida cerca de quien era dueño de ellos. Cornelius Berggrem. No era un secreto el hecho de que el tiempo no solo se había encargado de juntarlos, sino que también de fusionar sus sentimientos. Arabelle no ocultaba eso que sentía por él, ¿por qué hacerlo? Estaba enamorada y esa era una realidad que adoraba y de la que no se arrepentía. ¿Es que acaso había motivos para no quererlo de la manera que lo quería? Él la había salvado y luego había cedido su mansión acogiéndola sin vacilar ni un solo segundo. Lo mínimo que podía hacer era estar agradecida eternamente por el gesto.

Llevaba en Bran poco más de cinco años y no se había movido de la región. Los primeros meses allí los dedicó a estudiar lo que le enviaban desde Baskerville, sin embargo, pronto abandonó sus sueños de juventud y renunció a su condición de recluta de La Orden para dedicarse a leer cosas por su cuenta. No tuvo problemas con ello, compartió sus conocimientos con Cornelius sabiendo que en su vida previa había sido también un mago, hizo magia para él e hizo cuanto pudo para que él pudiera vivir lo que había perdido contra su voluntad. Sabía por supuesto que los vampiros no podían conjurar, pero eso no significaba que no pudieran sentir energía y que esta no pudiera pasar a través de ellos.  Por lo mismo, muchas veces tomó sus manos para realizar hechizos simples con la intención de que Cornelius reviviera lo que se sentía por las vibraciones propias de la magia.

Jamás una pelea, jamás un problema, la vida con él era una utopía en aquella isla repleta de amenazas y que cada año empeoraba. Por él se enteraba se algunas cosas, aprendió bastante de asuntos diplomáticos y se dio cuenta de lo ciega que había estado en aquellos años que vivió refugiada en casa de aquel hombre que la protegió hasta que la muerte se lo llevó al otro lado. Claro que entendía el que hubiesen problemas, Pandora era un nido de bestias y no precisamente de las que solo gruñen y muerden… sino que de bestias pensantes, peores que las criaturas que componían la fauna de aquel rincón del planeta Tierra. No le extrañaría en absoluto si en algún momento estallaba una guerra, aunque la verdad de momento no tenía idea qué pasaría con ella entonces. La única certeza que tenía es que no dejaría a Cornelius solo y que cualquier decisión que él tomara, ella la acataría y eso lo tenía muy claro.

Aquella noche no era muy distinta a las anteriores, solían llevar una rutina que se había establecido por sí misma. Luego de la cena solían sumirse ambos en la lectura… ella de cualquier libro de su interés, porque todavía le quedaban suficientes en las estanterías de Cornelius, y él se dedicaba a revisar cartas para luego redactar las respuestas correspondientes. Pero en ese instante ambos estaban en el mismo sofá, él ocupado en uno de sus textos y ella recostada con la cabeza sobre sus piernas con los ojos cerrados, aunque no dormida, sino que permanecía sumida en sus pensamientos, considerando todo cuanto sabía, sus propios recuerdos, lo que solía solía querer, lo que quería ahora y lo que deseaba para el futuro.

Abrió entonces los ojos un poco para verlo desde donde se encontraba y sonrió, estiró una mano hacia su rostro y acarició despacio una de sus mejillas con el dorso de esta -Me gusta como te ves cuando lees- dijo con un volumen de voz suficiente para que solo él oyera, no tenía por qué hablar alto. -Te capturan las letras y te pierdes en el mundo que te entregan las páginas que contemplas… - deslizó la caricia bajando hasta su barbilla pasando luego hacia el otro lado para acunar la otra mejilla en su palma. -Aunque me gusta más cuando esos ojos se pierden en los míos- agregó después sonriendo juguetonamente para luego incorporarse, sentándose sin bajar las piernas del sofá y sin separarse de él -¿Puedo robar algunos minutos de su atención, señor Berggrem?- murmuró ladeando la cabeza volviendo a sonreír del modo que lo había hecho segundos antes.



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