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The essential is invisible to the eyes || Isaac Amdahl

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The essential is invisible to the eyes || Isaac Amdahl

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Lun Jul 17, 2017 12:28 am

Hay propósitos que en ocasiones nadie logra comprender, hay cosas que algunas personas hacen siendo los únicos entendedores de sus propias acciones, pues si las explicaran a los demás les considerarían dementes… o traidores. Y es que hay el la vida asuntos que están totalmente fuera del alcance de las personas corrientes aún cuando se trate de grandes eminencias. Hay detalles que solo unos pocos, sino es que uno solo, pueden entender. La sabiduría es un don que muchos dicen poseer, pero que realmente solo le pertenece a una minoría, a un grupo reducido que incluso ignora que la posee, pues siempre han regido sus vidas bajo principios que les parecen lógicos y naturales, y no se ven en la necesidad de pavonearse delante de otros solo por actuar o pensar de esa manera tan particular.

Anabelle Schröder siempre fue una muchacha especial, incluso tanto más que su mellizo, Robert. A temprana edad demostró que había nacido con el don de la clarividencia y por lo mismo con el paso de los años se le brindó una educación especial hasta que pudiera ingresar a la Academia de Baskerville, donde podría instruirse un poco más respecto de cómo emplear aquella habilidad innata. Por supuesto que de familia traía además aquel interés especial por la magia oscura, compartiendo la pasión con su hermano para finalmente ingresar a La Orden ambos como aprendices y potenciales integrantes de la misma. Pero Anabelle tenía una mente mucho más inquieta y obviamente una conexión con el mundo muy distinta a la que tenía su mellizo.

Ella era sensible a las energías del tiempo, a los vestigios del pasado y a los impulsos que precipitaban el presente hacia el futuro. Pero para aquel entonces, su alcance y aquello que podía dominar, era limitado por una evidente falta de conocimiento, práctica y experiencia. Sin embargo, eso no impidió que no fuera contactada por una energía que ella había sentido en más de una ocasión y girando sobre todo en torno a Robert. Era sutil, mas para ella no pasó desapercibida, aunque jamás pudo conectarse a voluntad con la misma. Y esa energía que emanaba del tiempo, fluía trayendo memorias antiguas que estaban fijadas en un ser que al parecer alguna vez fue mago y que de alguna manera lo seguía siendo aunque en un estado muy diferente al material.

Anabelle fue la portadora de una misión que solo ella entendía y que guardaba para sí celosamente incluso cuando más tarde, tras renunciar al proyecto que tenía junto a su mellizo, jamás mencionó. Y no lo hizo por creer que fuera superior por cargar con aquella tarea… lo hizo porque realmente no sabía cómo explicarlo, aún a Harm, a ese mago que representaba todo lo que amaba además de ser su mano derecha cuando lideraba a los brujos que por los oscuros eran llamados traidores. Ella jamás tuvo miedo y aunque sabía que tal vez en algún momento moriría, mucho antes de que la senectud la alcanzara, jamás dio un paso atrás. Pues consideraba que aquello que debía hacer, era incluso más importante que su propia vida.

Al caer el atardecer, Ghünter abandonó la mansión Schröder montado sobre un caballo que no hace mucho había adquirido. Un holsteiner purasangre de pelaje castaño oscuro. Lo seguía Hades, el único de los tres perros que Robert tuvo y que seguía vivo por ser el más joven. El cielo estaba cubierto por una capa de nubes delgada que dejaba pasar ocasionalmente los rayos de la luna que ese día estaba llena. Llevaba consigo una rosa rojo carmín cortada de su propio jardín. Abandonó la Villa de los Nobles y siguió el camino que llevaba directo hacia el Bosque del Monasterio, por cuyo centro pasaba la senda que llevaba hacia el Monasterio mismo y hacia el cementerio que le pertenecía actualmente a La Orden.

Iba provisto de una capa que le servía de abrigo sobre la ropa. Y dicha capa tenía una capucha que lo había ocultado desde que dejó la mansión. Sus manos estaban cubiertas por guantes de cuero color negro, le protegían del frío y del roce de las riendas. Y aprovechando que su rostro no era fácilmente visible, antes de seguir su camino hacia el cementerio, ingresó a aquel lugar que había visto por última vez hace poco más de ochenta años. Se veía a algunos deambular por los terrenos, jóvenes en su mayoría… aprendices, muchachitos que no tenían ni la más mínima idea de cuál había sido el real propósito por el que La Orden había sido fundada. Recorrió un poco ese lugar, sin bajar del caballo. Aunque pronto se marchó, sobre todo porque comenzó a llamar la atención. Golpeó suavemente con estribos los costados del animal y este comenzó a trotar en la dirección que su jinete le ordenaba seguir, por su parte Hades no tuvo problemas en correr junto a ellos.

Una vez en el cementerio, descendió del holsteiner y siguió la senda hacia el mausoleo de los Schröder a pie. Al llegar ahí se descubrió la cabeza y contempló el ego de los de su familia materializado en una gran cripta que solo almacenaba huesos. Hizo una mueca e ingresó. Leyó nombre por nombre, mas no encontró ese que estaba buscando, Anabelle no estaba ahí… aún muerta no tuvo el honor de descansar junto a aquellos con los que compartió más que la sangre. De todos modos apostaba a que no estaba tan lejos. Salió y miró en todas direcciones, buscando tal vez a un sepulturero o a alguien que pareciera ser un residente vivo de aquel campo de muertos. Y lo encontró, así que fue hasta él para preguntarle dónde estaba enterrada la mujer. El hombre, al parecer ciego de un ojo y con cataratas en el otro le indicó hacia un sector de tumbas bajas alegando que allí estaban los “torcidos”.

Ghünter agradeció con cortesía y dirigió hasta ahí sus pasos, seguido de su caballo y Hades. Suponía que por torcidos el sepulturero se refería a los traidores, Anabelle había sido considerada como tal, así que tenía sentido. Leyó las lápidas, algunos apellidos se le hacían familiares, mas no los nombres. Seguro muchos eran hijos de magos que antaño estuvieron a su servicio. Entonces la encontró. El epitafio en la lápida rezaba su nombre, el año de su nacimiento y el de su deceso. -No deberías estar aquí… - murmuró Schröder y se agachó, apoyando una rodilla en el suelo. Pasó una de sus manos sobre la tumba que solo era de piedra, además de ser bastante tosca. -De todos modos, ya vengué tu muerte, muchacha- sonrió y dejó la rosa sobre la lápida justo bajo su nombre. -Haré que te trasladen allí donde debes y mereces estar- y es que ella, más que ningún otro de los que estaban en el mausoleo, merecía un lugar en aquella imponente estructura. -Gracias- dijo entonces y luego permaneció en total silencio.



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Re: The essential is invisible to the eyes || Isaac Amdahl

Mensaje por Isaac Amdahl el Miér Jul 19, 2017 1:34 am

La comodidad de su despacho era absoluta, incorruptible. A causa de la temporada, no era necesario tener la chimenea encendida, de modo que no tenía por qué escuchar el constante chisporroteo del fuego. Las ventanas podían permanecer abiertas, permitiendo el paso de un viento fresco y nada de ruido gracias a un hechizo grabado en el muro desde que recién ocupara ese espacio. En resumen, el mago había tenido durante horas la oportunidad de permanecer en absoluto silencio y de concentrarse de lleno en su lectura. La humana no escaparía de su encierro, ningún alma sensata se aproximaría a la puerta de su despacho para importunarle y no sería posible para el sol inundar aquella pieza al descender hacia el crepúsculo.

Sin necesidad de exponer al vacío su insatisfacción, se levantó del asiento pasados algunos minutos y rodeó su escritorio para depositar el libro en el nicho que le correspondía. Su mente, en blanco, aturdida ante la falta de resultados, llegó a la conclusión de que lo más indicado era volver a su mansión. Había un texto más, ahí en su despacho, que deseaba estudiar, pero no quiso fastidiarse más ni prolongar su estancia en los terrenos de La Orden cuando podía llevar el libro consigo. Isaac era impaciente, por supuesto. Sabía que el fin de aquel puñado de magos y sacerdotes estaba cerca, pero era la propia certeza lo que lo volvía más intolerante y más hostil. Nunca, sin embargo, se atrevería a violar las órdenes del tiempo ni tampoco pecaría de imprudente, pues era igual de consciente que el tiempo era parte de los cálculos, un elemento importante para lo que estuviera planeando el Nigromante.

Cerró la ventana antes de salir y atravesó el complejo con el acostumbrado desinterés. En el exterior, la cotidianidad arraigada en la zona le resultaba casi enfermiza a la vez que tranquilizadora. Tanto jóvenes como veteranos caminaban centrados en su propio rumbo, sumidos en una serie de pensamientos que quizá de complejos no tenían nada, y era eso lo que le garantizaba a Isaac que no sería interceptado por nadie. Pero aquel cuadro monótono se desvaneció con la presencia de un hombre a caballo y un perro de pelaje blanco, por el cual era sencillo reconocer al jinete. Había visto a Hades en contadas ocasiones y sabía, que a pesar de que la dueña original no estaba presente, le había pertenecido a Robert anteriormente. Pero el mago no existía más. Él mismo había presenciado la desaparición  que dio fin a aquella existencia y que a su vez hizo posible el retorno del nigromante llamado Ghünter.

No se percató de que había interrumpido su andar para ver pasar al jinete y al perro que le seguía con porte orgulloso. Por un momento, la idea de continuar su regreso a la mansión le pareció lo más sensato. Después de todo, conocía la ubicación de la residencia Schröder y podría visitarlo en cualquier momento. Pero había algo más. Había escuchado de los planes que el hombre tenía para aquella zona, había compartido con él la inconformidad y el desagrado que le inspiraba La Orden en aquellos tiempos, por tanto le parecía extraño que el hombre se paseara por ahí sin hacer nada más, sin detenerse ni desviarse hacia ningún edificio en particular. Así que le siguió.

El cementerio. Esperó a una distancia prudente, dándole al Nigromante el tiempo y la privacidad suficiente para concluir sus asuntos y para permitirle a Amdahl estudiar sus intenciones sin llegar a interrumpirlas. Y no se aproximó hasta no ver en Ghünter ademán de levantarse. No era complicado llegar a la conclusión de que su visita al cementerio estaba relacionada con los sucesos ocurridos cuatro años antes, el mismo que desencadenara el exterminio de magos blancos a lo largo de Pandora. — Su “traición” a La Orden deja de parecer arbitraria desde hace tiempo, no solo para mí — Afirmó a la vez que anunciaba su presencia. — Es una pena que no se haya reconocido siquiera al verdadero autor de su muerte.


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Re: The essential is invisible to the eyes || Isaac Amdahl

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Dom Jul 23, 2017 11:03 pm

Aunque sintió sus pasos acercarse, no abandonó el silencio en el que se había sumido sino hasta que el mago habló. Ghünter primero sonrió y solo entonces se levantó, pero aún sin mirarlo, reflexionando muy brevemente en sus palabras. -Lo que es realmente lamentable es que haya muerto- dijo para por fin girar sobre sus talones y verlo fijamente -Y más triste aún es que haya sido enterrada lejos de donde le corresponde estar. Pues ella más que ningún Schröder merece un lugar en ese mausoleo- agregó y miró a Hades, quien se le sentó al lado. Posó su mano sobre la cabeza del can y la acarició suavemente. -Es una pena cuando a veces ni siquiera los tuyos pueden entender la magnitud de tus intenciones… - sus ojos vagaron unos momentos, yendo hacia la tumba de Anabelle antes de regresar a Isaac. -Pero todo sirve para un propósito y para justificar planes o para darle una razón más a algo que ya has contemplado para el futuro- torció una leve sonrisa. -Dime, Isaac, ¿cuanto conociste a Anabelle?- preguntó Schröder con tranquilidad, pues suponía que si había compartido años de estudio con Robert, antes de la supuesta traición de la melliza, entonces también había pasado tiempo junto a ella, aunque de todas maneras no estaba seguro de eso.

-Hay ciertos asuntos que necesito tratar contigo, temas importantes- agregó unos momentos después y es que planeaba hablar de aquellas cosas en algún momento, muy pronto. Había pensado en enviarle una carta para citarlo a la mansión, pero, ¿para qué desaprovechar el momento cuando se había presentado por sí solo? Allí en el cementerio tenían la misma privacidad que en su estudio. Los muertos no iban a oírlo y aunque llegaran a hacerlo, ¿no era acaso él dueño de todos ellos? Bajo sus pies y a lo largo y ancho del cementerio contaba con una reserva bastante grande de soldados que le debían fidelidad solo por estar muertos. -Y supongo que tienes tiempo… ya que estás aquí- sonrió y ladeó la cabeza. -Aunque admito que esta conversación sería mucho más agradable junto al fuego y bebiendo un buen trago, pero ya habrá más ocasiones para algo así- volvió a sonreír  y luego se sentó sobre una tumba sobresaliente, siendo seguido por Hades que acabó por echarse a sus pies. El Nigromante le hizo un gesto al otro mago para que lo imitase. No pretendía hablar de pie, ¿para qué gastar energía física innecesariamente?

-Como seguro sabrás, hay ciertas cosas de La Orden que me inquietan bastante… por no decir derechamente que me indignan y que incluso me ofenden gravemente. La fundé para un gran propósito y ahora no es más que una escuela de magia oscura, como si fuese una academia opcional a la que ya tiene esta región. La mayoría ha perdido la visión de la magia oscura que se tenía en mi tiempos. Solía ser un arte de culto, de constante perfeccionamiento… ahora la tratan como si fuese cualquier ciencia y se le ha perdido el respeto. Culpo sobre todo a los monseñores… creé esa división para que en mi ausencia aconsejaran a los que estuviesen a cargo, para que mantuvieran la misión. ¿Qué tan difícil era, Isaac? Una simple tarea y no pudieron cumplirla. No dudo de los primeros monseñores, dudo de los que vinieron después… si no puedo confiar en quienes se supone dicen amar todo esto, ¿qué puedo hacer?- lo miró sin evitar expresar confusión y tal vez algo de aturdimiento.

-Yo sé que tú comprendes la magnitud de todo esto… así tanto como Anabelle lo entendió y así como Gabriele lo ha tenido claro toda su vida. Pero… ¿debo asumir que necesito de mentes más que especiales para ello?, ¿cuándo se perdió la esencia?, ¿cuándo desapareció la ambición?- y lo estaba preguntando seriamente, no era mera retórica. Él podía comprender muchas cosas y su visión podía abarcar bastante, sin embargo, eso no significaba que en ocasiones no necesitara aclarar dudas para despejar ciertas nebulosas que se atravesaban en su cabeza e Isaac era el indicado para disparlas.



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Re: The essential is invisible to the eyes || Isaac Amdahl

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