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Ad infinitum || Helena D. Corso

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Ad infinitum || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Lun Jun 26, 2017 9:47 pm

Sin duda mucho había cambiado desde 1941. Se preguntaba qué sería del mundo allá fuera de los lindes de Pandora si este continente estaba como lo veía. Ochenta años lejos de todo, pero más de un siglo vivo. Sin embargo, no estaba sorprendido y mucho menos apenado. Así es como debía ser, en algún punto todo iba a tener que venirse abajo y él iba a ser parte de eso, mas todo sería a su debido tiempo, no tenía prisa, las cosas caerían por su propio peso. ¿Acaso se podía esperar una mejoría del panorama futuro? Por supuesto que no. Encerrar criaturas en un continente era lo mismo que meter animales territoriales dentro de una pequeña jaula. Pandora era y siempre sería una burbuja que encerraría el caos para mantenerlo alejado de los simples mortales. Quien creyera algo distinto vivía en la más terrible de las ingenuidades, pretendiendo vivir en una realidad que no era tal. De todos modos, Ghünter no gastaba su tiempo en reflexiones vanas ni en análisis inútiles de una verdad evidente.

Sus ojos recorrían en ese momento aquella portada lúgubre de una ciudad majestusa y al mismo tiempo muerta. Quizá lo único vivo que se desplazaba por aquellas calles era la brisa de aire pesado que hacía que las colas de su abrigo bailaran suavemente a la altura de sus piernas. Las manos las mantenía ocultas en los bolsillos de su pantalón burdeo francés de corte recto cuya línea de planchado caía ininterrumpida hasta la basta. Había llegado hasta ahí en el carruaje que permanecía detenido a sus espaldas, había descendido del mismo tan solo para contemplar por unos instantes la ciudad de los inmortales antes de seguir su viaje adentrándose en la misma. Se atrevió a alejarse, sin temor a que algo pudiera pasarle por osar poner sus pies en las adoquinadas calles de Bran. Pero detuvo sus pasos un poco más allá y sonrió para sí mismo, recordando palabras del pasado, de ella específicamente… ella… Corso. Revivió brevemente el pasaje en el que ella manifestaba ese desagrado por los suyos.

-Apuesto a que esto no ha hecho que eso cambie… - murmuró volviendo a sonreír.

Regresó al carruaje y se subió otra vez, ordenándole al cochero que siguiera el camino que habían trazado antes de salir de Baskerville. El resto del trayecto lo dedicó a leer antiguas cartas que había encontrado en el despacho de Robert. Algunas de Helena, otras de La Orden. Y es que aún cuando se había enterado de muchas cosas que su sucesor había hecho, no supo de todos los detalles. En lo que respectaba a ella, no le sorprendió que las misivas fueran adquiriendo un matiz cada vez más triste. Mientras que las más formales, de los que actualmente lideran la organización que el fundó en 1939, solo ponían de manifiesto lo mucho que se había perdido la esencia con el transcurso de los años. Un error terrible, la deshonra para los de su clase, una traición a los propios principios que él había escrito con magos de su época. De todos modos se entretenía, porque cada horrible equivocación sumaba al grado con el cual los haría pagar a todos y cada uno antes de hacerlos desaparecer hasta no ser más que un penoso recuerdo.

Mucho rato después el carruaje se detuvo y el hombre que guiaba los dos caballos anunció que habían llegado al punto indicado. Ghünter alzó la vista del pergamino que mantenía cautiva su atención y se asomó a mirar por la ventanilla. Atrás había quedado la ciudad. Dejó a un lado los papeles y descendió. Contempló la obra arquitectónica que tenía frente a sí, paseando su mirada por cada detalle perceptible, adivinando lo que pudiera haber dentro de ella, aunque sin darle más relevancia que al motivo que lo había traído hasta esa región de Pandora. Pidió al chofer que aguardara hasta el anochecer, y si entonces él no salía, que regresara a Baskerville. Se acomodó la chaqueta y tras darle una última ojeada a su alrededor, avanzó hacia la entrada principal, cubriendo la distancia a paso lento y tranquilo. No cargaba con expectativas, sino solo con la esperanza de ver aquel rostro del que se había enamorado en Prejkme y de poder perderse aunque fueran unos segundos en esa mirada color turquesa. Tomó la aldaba y tocó un par de veces. No esperaba que fuera ella quien abriera, claro que no, podía ser el mayordomo o algún criado, algo habitual en grandes mansiones o castillos.



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Re: Ad infinitum || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Jul 07, 2017 11:21 pm

Una mano veloz y huesuda redactaba una misiva sin que su dueño dejase de prestar atención a su alrededor. El hombre de melena blanca y fina no tenía necesidad de alzar la mirada para saber lo que ocurría en cada espacio de la mansión, pero se notaba presionado, enfrascado en la respuesta que estaba escribiendo, una carta que debía permanecer inexistente para aquella mujer que se había pasado el día entero esculcando la mansión para finalmente terminar en el jardín, callada desde otras tantas horas, pero seguramente afectada por una condición que no compartía con nadie.

A pesar de haber escuchado la llegada de un carruaje, se sobresaltó en cuanto un sólido golpeteo en la puerta principal retumbaba en cada muro de la mansión. Se había engañado a sí mismo durante segundos con la idea de que no habría visitantes, que el coche pasaría de largo y el paso de los caballos sobre los adoquines se esfumaría hasta perderse en la distancia. Entonces, sin más remedio, colocó la pluma en el tintero y se apartó del escritorio. La carta, por supuesto, debía permanecer con él, así que, antes de doblarla, la agitó levemente para que el aire secara la tinta. Descendió las escaleras al tiempo que se guardaba la misiva en el saco. Miró de soslayo hacia el pasillo. ¿Se abría asomado Corso?

Las instrucciones de la inmortal habían sido claras: no recibiría a nadie. Amadeus abrió la puerta esperando a que el visitante fuera alguno de esos vampiros que solían visitar la propiedad para tratar asuntos importantes, negocios en su mayoría, y cuya compañía Helena rechazaba rotundamente. Sin embargo, no hubo ningún vampiro y en ese instante las instrucciones se tornaron confusas y difíciles de acatar. Un siglo atrás, había tenido la oportunidad de conocer al hombre que ahora estaba en la puerta. Sabía, a pesar su parecido, que no tenía nada que ver con el mago que Helena había estado frecuentando, el mismo que la había ayudado a recuperar la memoria cinco años atrás. — Señor Schröder — Musitó a modo de saludo y se permitió vacilar un momento. En su expresión se leía cierta indisposición a aceptar su visita y al mismo tiempo la evidente necesidad de compartir con su ama un descubrimiento que seguramente no sería capaz de comprender. — Corso no está de humor para recibir a nadie — Indicó — Pero lo escoltaré al jardín, ahí podrá encontrarla. — Enseguida le abrió paso y en cuanto la puerta se hubo cerrado tras el mago, Amadeus lo condujo en silencio por la mansión. Por precaución personal y por sus propios pendientes, lo dejó ante la puerta que daba acceso al jardín antes de volver al piso superior y dedicarse a la respuesta que tenía pendiente.

~◇~

Dormía. El tiempo se había consumido fugazmente desde que la única visitante de aquel jardín olvidado se entregara a la contemplación de un mar que yacía contenido en su mente. Habían pasado dos horas desde que la dueña de la propiedad cerrara los ojos, entregando sus sentidos al paraíso que la rodeaba estrechamente, desde que optara por sentarse en una solitaria banca y rindiera a su lado los guantes que habían protegido sus tersas manos de la humedad y de la tierra. El viento la había adormecido al acariciar sus mejillas y al mecer la cabellera que ahora apenas alcanzaba a rozar aquel par de hombros finos. La mujer no se movió ni un centímetro desde que tomara asiento y durante horas había dado la impresión de ser una escultura hiperrealista, la exacta representación de una doncella de origen renacentista y proyectada ahora en la figura de una peligrosa inmortal.

Una sola fecha deambulaba por su mente, inalcanzable. La conciencia le susurraba desde su escondrijo la historia de un mago y de una vampiresa, el relato sobre la destrucción de una ciudad compleja y muy antigua, las acciones de una mujer que en el presente había decidido enterrar sus memorias en su jardín, el haber guardado una serie de cartas, fotografías y joyas en una caja de madera y el haberla ocultado bajo tierra. Le recordaba el rostro de un traidor, le aconsejaba aborrecerlo para no equivocarse en el futuro y la consolaba porque, sin conocer el motivo, la inmortal se sentía herida y traicionada, porque había alguien más y porque los recuerdos desaparecían cuando intentaba enfocarse en él. Corso se dejaba distraer por aquella voz, disfrutaba entregarse al reposo, aislarse de la realidad que recién había abandonado y estaba dispuesta a no moverse durante mucho más tiempo.

Los aromas que solían perfumar el aire del exterior fueron esfumándose gradualmente, reemplazados por una fragancia ligeramente familiar. Sin duda, había conocido ese olor en Baskerville, había una mansión impregnada con ese olor en la que había estado y no cabía duda de que provenía de ese lugar. Y así como el perfume en el aire fue reemplazado por otro, la tranquilidad que reinaba en la mente de la mujer se convirtió de inmediato en mal humor. Amadeus sabía muy bien que no recibiría a nadie, conocido o desconocido. Ni siquiera cartas ni noticias de otras regiones. Le había de manera explícita que sus intenciones eran aislarse en la mansión, la cual no era su último recurso. El inmortal lo sabía también. Si se marchaba a Mördvolathe, ciertamente demoraría más en reponerse y las consecuencias serían distintas, quizá peores, para todos.

Cuando el aroma se tornó más intenso, supo de inmediato que la visita había invadido el jardín y que sería inevitable tratar con él. Sin embargo, permaneció con los ojos cerrados un momento más. Estaba sentada en el corazón del jardín y seguramente su visita demoraría un momento más para dar con ella, por lo cual era necesario prolongar su tranquilidad lo más posible. Cierto era que sentía un nudo en el estómago. — Schröder — Musitó con frialdad cuando fue pertinente y al instante fueron revelados sus ojos claros. Lo miró de soslayo, repasando aquella figura en su totalidad. — ¿Debo recordarte que no deseo verte ni hablar contigo?


Última edición por Helena D. Corso el Miér Jul 12, 2017 11:01 pm, editado 1 vez







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Re: Ad infinitum || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Sáb Jul 08, 2017 12:59 am

Cuando se abrió la puerta ante él reconoció de inmediato al hombre que apareció tras esta. Amadeus. El mago le dedicó la más cordial de sus sonrisas y, aunque oyó claramente sus palabras, no vaciló un solo instante. El fiel mayordomo de su amada sabía exactamente que él no era Robert Schröder. Se dio cuenta de ello porque lo conocía lo suficiente. Tan solo tuvo que aguardar unos segundos para que, a pesar de las órdenes que pudo darle Helena, le dejara pasar y, es más, para que lo guiase allá donde la vampiresa se encontraba. Y en el trayecto el castaño se dedicó a observar todos y cada uno de los detalles del entorno próximo. Por donde viera estaba grabada la esencia de ella, sin duda alguna era un lugar que le pertenecía absolutamente… pero estaba frío, triste y vacío, mas no era un vacío material. Aunque el trayecto fue corto, Ghünter alcanzó a captar la información suficiente para sacar ciertas conclusiones. De todos modos, el nigromante comprendía su estado y pese a que lo lamentaba, no dejaría que un puñado de emociones le nublara el juicio haciéndole perder el norte. Adicionalmente a eso, Ghünter tenía muy claro que Helena detestaba que le tuvieran lástima y que los demás actuaran en torno a ese sentimiento. Ella siempre había sido una mujer con carácter y capaz de surgir por sí misma, no necesitaba de la misericordia del resto.

-Muchas gracias, Amadeus- dijo al tiempo que hacía una venia con la cabeza para complementas sus palabras.

No tardó en pasar de la protección que le brindaban los gruesos muros de aquella imponente morada a la intemperie, revelándose ante sí un jardín. La brisa apenas pasó entre sus cabellos y danzó en torno a su cuello. Y aunque era un viento relativamente frío, no le molestó, aún cuando los dos primeros botones de su camisa estuviesen desabrochados, dejando una pequeña porción de piel adicional al descubierto. Paseó sus ojos por todo cuanto pudiera ver y finalmente reparó en ella… tan majestuosa como siempre, tan maravillosa como la recordaba. Y es que ni hasta el más talentoso artista podría capturar semejante belleza en una pintura o escultura. Ni Miguel Ángel o Da Vinci que fueron los mejores de sus tiempos. Ella era irrepetible e irreproducible… nadie antes que ella y así tampoco nadie después. La contempló por largos segundos permitiéndose recordar la primera vez que habían cruzado palabras… allá en ese lugar que no existía más, allí donde nació el infinito del que ambos eran parte. Y luego de impregnarse de esa vista perfecta, bajó la escalinata de piedra para aproximarse, aunque lentamente. Se acordaba bien de las palabras del mayordomo y no quería importunarla más de lo que ya lo estaba haciendo. Sabía que Helena ya se había percatado de su presencia, además que él no pretendía tomarla por sorpresa, solo un idiota lo intentaría. Por lo anterior no se sobresaltó cuando ella se dirigió  él llamándolo por el apellido de su familia.

-Lo sé- respondió sonriendo levemente, ignorando la frialdad en la palabras de Corso. Le sostuvo la mirada unos momentos y sintió aquella calidez expandirse en su interior, esa que había surgido hace poco más de noventa años. Después terminó de reducir la distancia y, tomando los guantes de jardinería, se sentó junto a ella. -Pero ha pasado un tiempo y necesitaba verte- agregó sin dar más detalles mientras volvía a mirar el entorno antes de regresar sus ojos a ella, permitiéndose volver a sonreír, ¿cómo no hacerlo si estaba por fin nuevamente junto a lo que más había amado en la vida? -No culpes a quien te sirve fielmente por esto. Yo insistí lo suficiente y él solo terminó cediendo… quizá por aburrimiento- mintió y se encogió de hombros -Ya sabes cómo es- agregó y después volvió a contemplar el jardín.

No iba a decirle quién era y no porque quisiese hacerse el interesante. Lo cierto es que quería respetar los procesos mentales de la vampiresa. Comprendía todo lo que ella había pasado, al menos la parte de la que pudo enterarse y que involucraba al anterior dueño del cuerpo que él estaba utilizando (y que no distaba demasiado en apariencia respecto de su forma original, salvo por uno que otro detallito ya corregido durante los minutos dolorosos que tardó la posesión). Así que la entendía muy bien. Miró brevemente los guantes que aún sostenía en sus manos y suspiró con suavidad. -Es un bello jardín- comentó entonces y volvió a guardar silencio, entregándose una tercera vez a la observación del mismo.



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Re: Ad infinitum || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Jul 12, 2017 11:02 pm

Aunque antaño hubiese dedicado hasta horas enteras contemplando a aquella figura, sus ojos no toleraban verlo. El aire que se filtraba por la flora incrustada en el terreno parecía rechazarlo también, pues se antojaba pesado y sofocante, inquieto; asimismo la distracción perfecta. De modo que esos orbes de pálidos zafiros se concentraron en las plantas que emergían del suelo, en el verdor de sus hojas y en la variedad de perfumes que desprendía la diversidad de flores del jardín. Y nada, absolutamente nada, parecía ser suficiente. La figura del mago continuaría ahí, invadiendo su espacio y su aire, provocando que su garganta y su estómago se anudaran de aquel modo tan aborrecible. Entonces ella tendría que forzarse a sí misma a aparentar absoluta indiferencia, a respirar tranquilamente aunque le faltara el aire, a mirar con ojos vacíos su propia creación a pesar de que su corazón cargara todavía con desbordante rabia y pena. Porque aún le dolía. Le dolía que hubiese intentado atraparla, conservarla para sí como un objeto, le dolía que el hombre fuese tan poco fiel a la petición de un ser amado y que no le permitiese retomar su vida. Moría por hacerle saber que lo aborrecía de lo más profundo de sus entrañas, las ansias la carcomían por recriminarle sus acciones, por cuestionarlo hasta saber qué era lo que estaba buscando ahora de ella. Necesitaba decirle que no tenía nada, que sus manos estaban vacías, que su alma estaba tan destrozada que no había más que pudiese obtener de ella. Quería decirle que se sentía desolada y destruida por aquello que no podía controlar. Pero se limitó a mirar en silencio su jardín, como si no tuviese pensamiento alguno en la cabeza, como si realmente se sintiera tranquila.

Sé cómo es —Repitió, obviando así la mentira del mago. Sabía, en efecto, cómo era Amadeus, lo conocía bien. El inmortal bebedor de sangre no flaqueaba jamás ante las insistencias de nadie, no se inclinaba por la conveniencia ajena ni se dejaba chantajear. Sabía, además, lo que el mago representaba en esas circunstancias y temía que al fin Amadeus se dejara engañar por un par de posibilidades que en realidad no existían. Temía que hubiese dejado entrar al mago con la esperanza de que este frenara el padecimiento de su ama, que la ayudara a encontrar una solución como lo había hecho años atrás. ¿Qué sabría Schröder de su sirviente, de una criatura que jamás llegó a conocer ni a tratar lo suficiente?

Sus músculos se tensaron como protesta en cuanto el mago tomó asiento junto a ella. No lo quería ahí, no lo quería cerca, no quería respirar su esencia, no quería que su memoria despertara, quería que se marchara. Y a pesar de todo el rechazo que pudiera profesarle, permaneció impasible, sin necesidad de moverse un ápice. Cerró los ojos en son de sosiego con la intención de distraerse, de concentrar sus pensamientos en algo que no fuera él, pero su mente era un caos y entre el remolino de pensamientos y de sensaciones se asomaba la posibilidad de que el hombre fuera consciente de ello, que disfrutara la idea de torturarla de aquel modo mientras ella estuviera tan vulnerable. Sin embargo, lejos de lograr nada, la voz del nigromante se unió al coro de voces que gritaban enardecidas un sinfín de ideas y de recuerdos dolorosos. — ¿Qué es lo que quieres? — Preguntó de repente, quebrando el silencio que apenas comenzaba a acomodarse nuevamente entre ellos. Sus ojos, ahora abiertos, lo buscaron con frialdad y se clavaron en él. — No me digas que has venido a verme —Rogó temiendo exponer el sufrimiento que la sofocaba en ese mismo instante. — No es justo lo que estás haciéndome, así que sé breve y vete. — La vampiresa no tenía la misma fuerza de la que gozaba en la celebración de enero, no tenía la misma energía para ignorarlo, para ser consciente de que soportaba verlo únicamente porque no había espacio en su mente para él. Le era prácticamente imposible enfrentarse a él del mismo modo que antes, el mantenerse firme y ajena a él, el tratarlo como un extraño. No podía. Lo único que quería y necesitaba era aislarse del mundo por unos cuantos días, y ahora el mago había vuelto para destruir lo poco que quedaba de él sobre sus hombros.







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Re: Ad infinitum || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Dom Jul 16, 2017 10:36 pm

Merecida la muerte que le había dado a su sucesor. Cada segundo que pasaba allí junto a ella se lo confirmaba. Lo maldecía una y mil veces aún cuando ya estuviese muerto y esperaba que allí en el limbo en el que había quedado para siempre, sufriera eternamente las penas de todo el mal que le pudo haber causado a ella y que las muertes de sus víctimas le atormentaran hasta el fin de los tiempos. Absolutamente nadie tenía el derecho de hacerle a Helena tanto daño y quien lo intentara de aquí al futuro sufriría tal vez el más terrible y doloroso de los destinos. Pero es un error pensar que Schröder había regresado para convertirse en su protector, por supuesto que no, como ya se ha dicho antes es algo que la vampiresa no necesita, sin embargo es ese amor y devoción por ella lo que no lo dejaría indiferente ante la más mínima de las malas intenciones. ¿Qué criatura se mantendría al margen cuando aquello que más valora corre alguna clase de riesgo o cuando algo le amenaza?

No tenía idea de lo que ella estaba pensando, no obstante podía deducirlo según sus reacciones por más mínimas que estas fueran. Ella estaba furiosa. Cuando oyó aquella pregunta, Ghünter giró su cabeza para verla también fijamente, con su semblante serio -¿Hay alguna otra razón por la cual podría venir a verte?- respondió y sonrió apenas. Quería tocarla, acariciar su mejilla, sentir aquella piel suave bajo sus manos, mas sabía que si se atrevía solo la haría molestarse más, arruinaría sus planes, por ende sosegó todos sus impulsos, podía esperar, tenía mucho tiempo disponible por delante. Tarde o temprano podría hacerlo, cuando ella le reconociera, cuando aquella caricia fuese recibida como ella solía recibirlas en aquellos tiempos. -Sé cuán injusto es esto para ti… realmente lo sé y aunque quisiera que me comprendieras ahora, no puedo obligarte… - agregó aún con sus ojos en los de ella, rogando sutilmente con los suyos que viera realmente quién era… que no se trataba del mismo que le había causado ese dolor del que ahora era presa.

-Tantas cosas han cambiado… - suspiró y desvió su mirada hacia las manos de Helena. -Demasiadas cosas… más de las que hubiese pensado yo- agregó sabiendo cuan relativas eran sus palabras. -Tantos errores… imprudencias, negligencias… - alzó la vista al cielo y suspiró pesadamente, contemplando aquellas nubes que parecían no querer ir a ninguna parte, como si fuesen un techo sólido sobre la región de Bran. Se levantó de donde estaba dejando los guantes donde los había encontrado y ocultando las manos en los bolsillos de su pantalón se alejó un poco, volviendo a repasar su entorno como si buscara algún otro detalle del que se hubiese perdido. -Me hubiese gustado que las cosas hubieran sido diferentes entonces… pero en ocasiones ciertos acontecimientos son necesarios. La historia no se escribe sin hitos importantes- continuó como si reflexionara, pero en voz alta. Se mantuvo de espaldas a ella.

-Pero no todo lo que se pierde, permanece perdido para siempre, el tiempo siempre devuelve aquello que es necesario que sea revivido- giró un poco su cabeza para verla de reojo y después se dispuso a caminar, aunque sin alejarse demasiado, observando cada planta, cada cosa que llamara su atención. No iba a irse, no todavía, la necesitaba todavía… siempre iba a necesitarla, pero en ese momento quería impregnarse de ella otra vez de manera tal que al abandonar aquella morada se llevara consigo lo suficiente para soportar la espera hasta el próximo encuentro.



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Re: Ad infinitum || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Jul 21, 2017 12:42 am

Las palabras del mago parecían ser más sensatas que antes. Las escuchaba y parecía que Robert había cambiado, que su temperamento se había sosegado a causa del proceso que atravesó tiempo atrás. Sin embargo, lejos de tranquilizarla, la enfadaban más. Lo único que conseguía era fortalecer la muralla que Corso había construido entre el mago y ella misma cuatro años atrás. Lo aborrecía más y más ganas tenía de silenciarlo, más le rogaba en silencio que se marchara antes de que tuviera que repetirse un enfrentamiento entre ellos. Ni siquiera ella misma era capaz de convencerse para dejar de odiarlo, no podía perdonarlo ni tampoco aceptar su compañía. Se sentía sofocada. Le faltaba el aliento. Sabía, y él también, que el mago estaba matándola lentamente.

¿Qué cosas habían cambiado? ¿De qué errores o de qué negligencias se había percatado? ¿De nuevo alegaría sobre lo que era necesario acontecer? No tenía ningún sentido desear que el pasado se reprodujera de un modo distinto, Helena se había dado cuenta de ello por las malas. Desear que las cosas no hubiesen terminado mal entre ellos era inútil, especialmente si creía que todo había sido una maquinación del universo, que el destino era el único culpable de que el mago y la vampiresa no pudiesen estar juntos. — Pero no para ti — Nada le sería devuelto a él ni ella volvería a sus brazos por cuenta propia. Se puso de pie, mirándolo unos cuantos segundos con aquella mirada afilada y cargada de rencor, que daba la impresión de que se marcharía ella del jardín. — Para ti nada ha de revivir, entiéndelo. Yo no soportaría más daño… — No soportaría ver que ocurriese lo mismo. Él enfrascado en sus ambiciones, él exigiendo su vida como un mero accesorio. Ella sin libertad.

Su caminar había cambiado. Ya no andaba con la misma firmeza que antaño, con aquellos pasos que anunciaban una tempestad. Su caminar ahora era lento, digno de una regente. Se movía por el sendero que el tiempo había marcado en la tierra y había algo en su modo de atravesar al jardín que le exigía al mago seguirla. — Ahora mismo soy incapaz de recordar su rostro, pero tú sí que debes recordar al hombre que viste en mis recuerdos, aquel que era muy parecido a ti — Su voz rompió el silencio que ella misma había creado, pero a Corso poco le importó que fuese su propia voz lo que destruyera esa tranquilidad efímera. — Haz de saber que si antes volví a ti, que si antes te besé y te abracé, que si antes te miraba, no era por ti, no te veía a ti, no te besaba ni te abrazaba a ti. El odio que te juré era real, no una explosión surgida en base a un episodio. Era real y te aborrecí a cada segundo, tanto como te aborrezco ahora. Tienes que saber, Robert, que la única manera de estar contigo era imaginándome que estaba en compañía de ese hombre. — Se detuvo en un claro y suspiró una sonrisa, una que dedicó a ese pasado que ahora le resultaba inalcanzable. Una sonrisa para Ghünter. — Pero fue imposible para ti compararte, por eso te escribí esa carta, por eso te dejé a la hora de tu muerte. Ojalá mi amado me perdone por compararlo contigo y ojalá me perdone por pensar que, si hubiese sabido antes que mi mente comenzaría a estropearse, que lo olvidaría todo de una manera enfermiza y lenta, habría permanecido contigo más tiempo, imaginándome que me encontraba con él.  — Guardó silencio durante un par de segundos. Su mirada se había clavado en un pedacito del jardín en que la tierra estaba suelta, como si recién hubiese sembrado algo. — ¿Me odias ya? ¿Me dejarás sola de una buena vez? ¿O quieres que te diga qué hay ahí? Me verás a mí, ya que has venido a eso, pero no te será grato saber que nada ahí te pertenece.







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Re: Ad infinitum || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Lun Jul 24, 2017 2:34 am

La vio levantarse, aunque él no se movió y tan solo se limitó a escuchar sus primeras palabras en respuesta a las propias. Cuánto deseaba decirle que estaba equivocada, pedirle que lo mirara bien, explicarle que quien le había provocado aquel tormento ya no existía más… pero solo tomó aire y botó lentamente, siguiéndola con la mirada, aguardando unos instantes antes de caminar tras ella lentamente, manteniendo una distancia prudente sin querer ser invasivo con su espacio. Guardó silencio cuando ella se quedó callada y entonces volvió a escucharla atentamente cuando volvió a hablar. Y no pudo evitar esbozar una suave sonrisa, aunque la ocultó agachando la cabeza, para que así ella no lo viera pues podía tal vez molestarse más, creer que se estaba burlando cuando no era más que felicidad. Ella había mantenido vivos sus sentimientos por él aún después de tantos años. “Oh, Robert… qué triste y lamentable engaño en el que pretendiste vivir” pensó sonriendo esta vez para sus adentros “Jamás fuiste dueño de un corazón que creíste tuyo… tan ingenuo… tonto” miró hacia donde ella dirigió sus ojos viendo la tierra suelta y después volvió a verla a ella.

-Son muy duras esas palabras… - dijo entonces y en lugar de ir más cerca de ella, se desvió del camino hacia donde habían puesto previamente los ojos. -No te odio, no puedo odiarte… podría odiarme incluso a mí mismo, pero a ti jamás- se agachó para tocar la tierra hundiendo en ella solo un poco sus dedos. -No te culpo por haber visto en este cuerpo a alguien más… - claro que no, ¿cómo culparla? Es más, se llenaba el pecho de orgullo. -Él debió ser un hombre muy afortunado… lo amabas entonces y lo seguiste amando aún cuando no estaba. Que poderoso debió ser el sentimiento para que sobreviviera tanto tiempo. Supongo que, de haber sido a la inversa, él hubiese mantenido vivo el sentimiento de la misma manera… apostaría lo que fuera- le sonrió unos momentos. -Y él no te perdonaría, porque lo entendería… - suspiró pesadamente y jugueteó con la tierra entre sus dedos. -Quiero saber lo que hay aquí, sin duda… quiero saber qué es lo que ha muerto como para que lo hayas enterrado. Puedo desenterrarlo yo si tú no quieres hacerlo, no me importa ensuciarme las manos- si tenía que ver con lo que estaban hablando, entonces no perdería la oportunidad de saber lo que tenía bajo los pies. Y con respecto a la carta, por supuesto que la había leído, y si aquella misiva hubiese estado dedicada a él hubiese quedado devastado y, si mal no recordaba las emociones de Robert, él solo había quedado un poco triste, y luego siguió con lo suyo cargando con una pena que confiaba se iría pronto.

No dejaba de hacerle eco en la cabeza el que ella dijera aquello respecto del deterioro de su memoria, ¿qué significaba eso? Es decir, era obvio, pero… ¿por qué le ocurría? Ghünter no recordaba que los vampiros sufrieran esa clase de problemas. Al final, los vampiros de una u otra forma estaban condenados a vivir eternamente recordándolo absolutamente todo, ¿qué le habían hecho?, ¿quién la había condenado a aquel tormento que era incluso peor? Lo averiguaría, aunque a su debido tiempo, de momento no podía hacer nada. Y en cuanto lo supiera, buscaría la forma de solucionarlo a costa de lo que fuera, aunque tuviera que cazar a cada uno de los responsables para darles muerte si es que aún seguían con vida.



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