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The red of the dying sun ◊ Zia

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The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Jun 17, 2017 9:06 pm

Sentía el sueño acumularse en sus párpados, pero, como un estornudo que se amenaza con surgir, se esfumó de repente. Llevaba el día entero aguardando a que el cansancio la sumiera finalmente en el letargo del que había sido víctima los últimos meses, encerrada en la habitación de la taberna, con los párpados adoloridos sin moverse ni pestañear y con la mirada perdida en la nada, como si su condición finalmente la hubiere derrotado. Durante aquellas horas había rondado por su mente, como un zumbido molesto, la posibilidad de rendirse y abandonar sus negocios durante un tiempo, el dirigirse a Bran y encerrarse en su morada en donde nadie habría de molestarla. De alguna manera, encontraba aquella idea bastante tentadora, pero no lo suficientemente propia de sí como para llevarla a cabo. Sabía, no obstante, que el tiempo y los recuerdos se le escurrían por entre los dedos cual arena, al final imposible de retener.

En lugar de acudir a su vicio habitual, el licor, optó por el más viejo intento de adicción que adquirió muchas décadas atrás en sus viajes por el norte de Europa. Se desplazó por la habitación en dirección a la cómoda y, del fondo de un cajón pequeño, extrajo una cajita metálica, misma de la cual extrajo un cigarrillo. Antes de encenderlo, observó la figura blanca que ahora sostenía entre sus dedos y recordó cuanto pudo el tiempo que los había conservado. Quedaban tres más. Se llevó el cigarrillo a los labios para finalmente encenderlo, sin más ceremonias ni distracciones. A partir de ese momento y hasta que se acabara el tabaco, sería un individuo cualquiera, quizá tan solo un objeto material cuya existencia se limitara a consumir el pequeño cilindro y a expulsar bocanadas de humo de su boca.

Habría reservado el humo del cigarro para sí misma, pero le gustaba creer y fingir que la nicotina hacía efecto en su cuerpo y que espantaba ahora la tensión de la que su cuerpo y mente eran presas. De modo que abandonó el piso superior, descendiendo por las escaleras con la indiscutible aura de una emperatriz y se situó junto a la barra, contemplando discretamente a todos y a cada uno de sus clientes, buscando entre ellos cualquiera que resultase interesante, pero no halló nada. Por consiguiente, se dedicó a fumar, encerrada en sus propios pensamientos, hasta que no quedó nada más que el filtro.

En el exterior, el sol apenas comenzaba a teñir el cielo con tonos rosáceos y purpúreos. Pronto la luz amarillenta de aquel orbe comenzaría a calar en los ojos de los marineros y la mayoría se apresurarían al puerto al caer la noche. Incluso los inmortales que trabajaban para ella se levantarían de su letargo e inundarían la taberna que de momento permanecía tranquila. Según los sucesos que tomaran lugar durante la noche, decidiría sobre su siguiente paso. Se quedaría en Zárkaros o volvería a Bran.




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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Zia Caproni el Mar Jun 20, 2017 9:29 pm

Me dolía la cabeza tanto o más que el cuerpo, habían pasado solo días desde que el naufragio había tenido lugar, pero me resultaba una eternidad el tratar de recordar mi vida antes de aquel evento; conmigo llevaba una blusa desgarbada y un pantalón que se deshacía con cada paso que daba, mi vida entera se había perdido en alta mar y aún no concebía como era posible que una carabela me hubiese rescatado, “Un vórtice espacio temporal se había abierto con la debacle del buque” era mi teoría más atinada y aun así cuando pensaba en ella me resultaba poco más que un disparate.

Un buen hombre con un navío pirata me había rescatado de una muerte dolorosa, también me había rescatado de la locura, o acaso yo ya había sucumbido a ella y todo esto era parte de la locura en la que ahora me encontraba presa; sin embargo el dolor era real, las heridas, los golpes, ellos me mantenían en una realidad que me resultaba demasiado subjetiva como para creer en ella.

“Helena Corso” era la mujer que tenía que encontrar, aquella quien me había referido el dueño del Silver Hawk, un velo de misterio se ceñía a su alrededor, puesto que el joven confiaba en ella y eso era evidente, pero no había dicho nada sobre aquella mujer, ni como era, o que hacía, ni siquiera en qué país se encontraba, solo sabía que no estaba más en Noruega y que Svalbard era solo un recuerdo que de a poco se esfumaba. “Sombra… Sombra del paraíso…” divagaba al tiempo que pasaba por la madera humedecida por la salobre agua del puerto “Sombra del edén” culminé felicitándome a mí misma por aquella proeza que en condiciones normales sería solo un acierto ordinario.

Me encontré frente a la puerta de la taberna, con un icónico letrero tallado en madera, me sentí en las historias de hadas situadas en el medievo, pronto me reprendí por aquello, una mujer de ciencia como yo, no podía permitirse creer en cuentos infantiles… Miraba las sombras que engullían el interior de la taberna, sabía que debía preguntar por Corso, tenía las indicaciones de William, pero mis pies se negaban a moverse, lo que parecía un instante pronto se prolongó por horas…


Última edición por Zia Caproni el Jue Jul 20, 2017 8:08 pm, editado 2 veces


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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Jun 23, 2017 7:53 pm

No comprendía qué parte de sí misma se forzaba a permanecer en el piso inferior de la taberna. Su humor poco le permitía rodearse de una buena cantidad de existencias deambulantes o tolerar el ruido que inundaba el local. No comprendía cómo había llegado a hastiarse de su propio territorio, del todo que conformaba su día a día. A muchos de sus clientes los veía llegar a Sombra del Edén con frecuencia, otros ocupantes se trataban de los inmortales que habían llegado a ella buscando una actividad que no implicara vivir pomposamente en la región de Bran y atender a eventos de sociedad para llenar una existencia vacía. Sentía que no conocía esa taberna, que era la primera vez que pisaba ese lugar y que saberse la dueña chocaba con tales sensaciones.

Bastó un ademán para que el chico detrás de la barra comprendiera la petición de Corso. Exigía un vaso de whisky, y no cualquier whisky. La inmortal se daba el lujo de reservar la mejores botellas para sí misma o para ocasiones especiales. Había otras tantas en su habitación. El escocés para ella, el ron para James. Nadie más figuraba en su lista de honrados.

Mientras esperaba a que el muchacho le sirviera su bebida, permaneció contemplando el modo en que la puerta de la taberna se abría de manera ocasional, dejando entrar a un puñado de clientes que venían a humedecer su garganta con cerveza hasta perder los sentidos. En una de esas ocasiones, logró ver a una joven que se quedaba frente a la entrada, sin atreverse a poner un pie dentro. ¿Por qué no entraba? El nuevo flujo de clientela había traído dentro el indiscutible olor a humano. Así que, movida por la curiosidad, ignoró el vaso que le habían acercado y se apartó de la barra para abrir la puerta y recargarse en el umbral con los brazos cruzados, mirando a la morena que esperaba alguna señal divina para finalmente mover un músculo. — Si permaneces aquí afuera, no hay nada que pueda hacer por ti — Le dijo con tono despreocupado, refiriéndose a más de una cosa a la vez. Al ser ella humana, correría riesgos que adentro no la alcanzarían. Por otra parte, nunca se atendía a nadie fuera del establecimiento. Todo debía ocurrir dentro.




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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Zia Caproni el Miér Jul 12, 2017 8:58 pm

Me encontraba abstraída dentro de un pequeño mundo donde las conjeturas, las ilusiones y la efímera realidad se entremezclaban, las huellas del naufragio aún se podía sentir en mi piel, mi mente se aferraba al recuerdo de haber sido rescatada por lo que me recordaba al Beagle que había recorrido las Galápagos llenando de historia los diarios del propio Darwin y sin embargo no lograba entender como un buque a velas podía surcar el moderno océano que había sido conquistado por los barcos movidos por combustible fósil.

Una voz femenina me obligó a retraerme del idílico e irreal lugar en el que me colocaba, trayéndome de vuelta a la calleja empedrada que flanqueaba la entrada casi pintoresca de la taberna “La sombra del Edén”; mis ojos rodaron en lo que me pareció cámara lenta hasta postrarse ante una mirada oscura pero serena, recia y llena de carácter por igual y sin embargo movida por una curiosidad que yo no podía comprender. El silencio que procedió a una sentencia ajena se prolongó por cuantiosos segundos que bien pudo haber resultado una eternidad, a pesar de que ella me hablaba en el mismo idioma que yo comprendía, sus palabras terminaban por resonar dentro de una cabeza que se presumía vacía.

-¿Perdón?- me obligué a responder, no sabía quién era ella o que podía ostentar saber para poder ayudarme, pero su voz denotaba que si alguien podía hacerlo en aquel rústico puerto, esa era ella. –Buscaba a la señora Helena Corso- atiné a decir escuetamente al tiempo que retiraba un mechón de cabello que caprichoso cubría mi rostro; las indicaciones del marinero eran claras, ella se encontraba en aquella taberna, pero mis pies solo pregonaban lo que el corazón callaba y aquello era miedo a lo desconocido -¿Usted la conoce?- me aventuré finalmente a buscar a la dama en cuestión.


Última edición por Zia Caproni el Jue Jul 20, 2017 8:09 pm, editado 1 vez


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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Jul 17, 2017 10:44 pm

No lograba recordar cómo había sido su llegada a Pandora. Aquel acontecimiento permanecería oculto de sí para siempre, inalcanzable incluso si lograse recuperar la totalidad de sus recuerdos. Por lo tanto, no comprendía del todo a qué venía tanta confusión, pues la mujer que estaba frente a la puerta de Sombra del Edén parecía luchar contra la inestabilidad de los acontecimientos. Tampoco los demás humanos tenían la misma oportunidad que ella de permanecer estática frente a la entrada de un local y entregarse a largos minutos de procesos mentales. La mayoría, como Corso bien sabía, terminaba a manos de traficantes o en el pleno corazón de Valtesi absolutamente desorientados. ¿Por qué ella no?

Incluso cuando la humana volvió en sí, la mirada penetrante de la vampiresa permaneció fija en los ojos ajenos, como si el volver a la realidad le abriese a la inmortal las puertas de su mente y pudiera ver ahora sus pensamientos. Entonces, al escuchar su apellido, esbozó una sonrisa. No era ya el mismo gesto que dedicaba a quienes le pedían ayuda ni mucho menos la expresión cálida que dedicaba a sus protegidos. Se trataba de una sonrisa torcida y maliciosa. Ella era Helena della Rovere Corso, el temor de muchos hombres de Pandora y de los titanes también, sería la condena de los Siete tan pronto como lograse recuperarse a sí misma.Ella era esa entidad que había construido a lo largo de muchos siglos. — La estás mirando — Respondió con su voz sedosa, una afirmación que parecía amenazante. Se apartó del marco de la puerta e hizo un ademán con la cabeza, una renovada invitación a adentrarse en la taberna antes que ella. — Ven conmigo. — Indicó con un tono de voz distinto, algo menos hostil y más parecido a aquella mujer a la que muchos habían acudido, la misma que no admitía reproches ni negativas. — Te daré prendas limpias y alimentos.

Al pasar junto a la barra, sin necesidad de detenerse, tomó el vaso que habían servido para ella y acompañó a la muchacha al piso superior. Contaba con que su presencia en la taberna no sería breve, o que cuando menos no la dejaría marchar esa misma noche, por lo que decidió asignarle una habitación. — Doy por hecho que no tienes ninguna prisa por ir a algún otro sitio, así que te daré tiempo para que te asees, te vistas y cenes. — Indicó una vez tomada la pieza, de nuevo sin oportunidad de darle alguna negativa. — Cuando termines me explicarás quién te envía y por qué.  




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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Zia Caproni el Jue Jul 20, 2017 9:12 pm

Sentí mi boca desencajarse tan pronto la mujer se presentó como la propia Helena, por lo que el capitán había referido de ella me la podía imaginar como una mujer entrada en años con una pinta terrible, pero por el contrario parecía una mujer de mi edad, con una inmaculada piel casi tan blanquecina como la espuma del mar del cual me acababa de desprender, más su expresión era adusta, como si hubiera sido endurecida por la vida y ella fuese una superviviente –Un placer…- musité apenada por aquel mal entendido que la mujer pareció no tomarse a mal, por el contrario, lo había tomado con una sonrisa hasta cierto punto burlona con un atisbo de elogio.

Por reflejo le seguí, Reed me había comentado de la misma forma, que ella era la única mujer en la que él confiaba dentro de la isla, y a pesar de que no tenía motivos para confiar en ella, mi juicio hacía tiempo que había sido tirado por la borda, desde el instante en el que no comprendía en lo absoluto el lugar en el que me encontraba… Aquel además burlón se fue mitigando, dejando una expresión más serena y hasta compasiva cuando me ofreció viandas y una ropa limpia, imaginando el espectáculo que proporcionaba con la ropa impregnada de agua salobre y desgajada en jirones que poco se podían distinguir; traté de agradecerle, pero parecía demasiado absorta en los preparativos que mi inesperada visita le habían generado.

Una vez en una sencilla pero impoluta habitación continuó con aquellas palabras parcas pero gentiles, “A donde podría yo ir en medio de Dios sabe qué lugar perdido en los remolinos del tiempo” me reprimí mirando que la habitación era alumbrada por un par de candiles que dejaban consumir tranquilamente la cera de una decena de velas que otorgaban una cálida y titilante luz que se mezclaba con las sombras que la noche producía.

Asentí en silencio mientras la silueta espigada que pertenecía a Helena Della Rovere Corso se esfumaba, cerrando tras de sí la puerta y dando lugar a un silencio sepulcral y un cúmulo de pensamientos que no poseían pies ni cabeza.

Pronto encontré una puerta que daba a un cuarto de baño prolijamente arreglado con una tina cuya agua emanaba vapor de agua, no tenía idea como era que le había calentado, pero agradecí el gesto dejando que la tela que otrora fuese una ropa de expedición se resbalaba por mi piel dejando mi desnudez al descubierto. El baño fue una experiencia nueva para mí, pese a que había tomado un millar de duchas en “mi” mundo, ahora me sentía como en medio de una escena del siglo XVIII, donde no había agua corriente y la bañera que en general era un lujo, en esta isla era parte primordial de la rutina de aseo…

No sé cuánto tiempo pasé en el agua que de a poco se fue atemperando con el ambiente, pero pronto pude escuchar el cerrar de la puerta de la alcoba y un olor vagamente familiar inundó mi olfato; comida caliente. Me incorporé mientras escurría mi cabello y me envolví en un paño de algodón que absorbió con rapidez el agua de mi cuerpo, saliendo así a la alcoba y encontrándome con una muda de ropa un tanto extraña y un plato de comida caliente que por inercia comencé a devorar, la verdad es que no tenía idea de hacía cuantos días no comía, quizás una semana o más, ahora el tiempo me resultaba solo una variable relativa.

Me calcé la ropa y me observé por largos instantes en el espejo que se encontraba en la habitación, no pude evitar sentir un parecido con mi anfitriona, aquella ropa que calzaba me hacía parecer a Helena, o al menos era un truco de la luz de las velas las que lograban aquello; quizás solo era mi imaginación que no podía ser descartada después de todo lo que había vivido en los últimos días.

Salí de la alcoba y bajé las escaleras, recorriendo mis pasos en sentido contrario, hasta escuchar el ruido propio de la taberna y luego observando desde la parte trasera de la barra el bullicio que allí se producía, buscaba con la mirada a la señora Della Rovere Corso sin lograrlo…


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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Jul 23, 2017 12:08 am

De nuevo ante la barra, en silencio. Su mirada se enfocaba en el vaso de escocés que tenía enfrente y en nada más. Ignoraba, como si hubiese logrado silenciar a la taberna entera, cada sonido, conversación y movimiento que ocurría alrededor suyo. El tabernero se limitaba a mirarla, a tratar de adivinar qué pasaba por la mente de aquella inmortal  que había pasado ya varios minutos en esa misma posición, inclinada hacia la barra, con un codo apoyado en la superficie y la mano de ese mismo brazo surcando la cabellera castaña. Lo único que había escuchado de ella habían sido indicaciones y nada más. A lo mucho había dado un par de tragos a su bebida, por lo que no había tenido tampoco la necesidad de pedir nada para sí.

No pensaba en la humana que recién había recibido, ni en James, ni en Alekséi. Corso divagaba en las posibilidades que surgirían conforme las horas y los días fueran consumiéndose, mientras su condición continuara agravándose sin remedio. No eran estrategias lo que buscaba, ni remedios ni alianzas. En ese momento no estaba interesada en los procesos diplomáticos que regían Pandora ni tampoco en el porvenir de la isla, sino en el propio. Consideraba los hechos que surgirían como consecuencia de cualquiera de las decisiones que tomara en el futuro próximo, en los resultados que podría obtener si decidía quedarse o si optaba por retirarse antes de que su condena se convirtiera en un verdadero estorbo. De algún modo ella era consciente de cómo terminaría todo, sabía, como si pudiese recordar que años atrás había experimentado lo mismo, en qué estado quedaría su mente. Sobre todo, se conocía bien a sí misma, era plenamente consciente de que era una mujer tozuda, que, aunque no pudiese recordar nada, seguiría vagando por la faz de Pandora haciendo lo que fuera que su mente pretendiera susurrarle. ¿Entendería en el futuro que, si se recluía en algún sitio seguro para sí, debía permanecer ahí por su propio bien?

Como si humana e inmortal se hubieran sincronizado, Corso se irguió al tiempo que Zia había comenzado a descender por las escaleras. Miró, esta vez de manera atenta, el vaso de whisky que tenía ante sí. No le apetecía seguir bebiendo, así que apartó el vaso y giró la cabeza para buscar a la figura de la mortal entre la multitud. Y ahí estaba. Era como verse a sí misma desde los ojos de alguien más, no sólo por las prendas que llevaba, sino que sus facciones escondían un parecido con el rostro que Helena había visto varias veces reflejado en el espejo. Pero no le importo. Estaba casi segura de que aquello que veía era una mala jugada de su condición, de modo que se limitó a sonreírle a su invitada y a señalar el asiento junto a ella.

¿Te apetece algo de alcohol? Apuesto a que tu viaje ha sido algo turbio — Ofreció con la misma disposición que si estuviera tratando con cualquiera de sus protegidos. — Pandora es un sitio bastante extraño, ¿no te parece? No tiene nada que ver con la Europa del siglo XXI — Continuó mientras la miraba, escudriñando su expresión, el asombro y la desconfianza que no parecían abandonar el rostro ajeno. — Anda, me gustaría escuchar todo lo que tienes que decir al respecto, lo que piensas, el modo en que llegaste y en cómo diste a parar en esta taberna.




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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Zia Caproni el Mar Jul 25, 2017 9:17 pm

Le miré dubitativa, no quería que ella pensara que abusaba de las muchas atenciones que ella había tenido para conmigo, no era el cliché de la damisela en peligro y no me gustaba jugar ese papel que tan patético me resultaba –No  tengo forma de pagárselo…- desde luego quería alcohol, quizás me ayudara a regresar a la realidad, salir de la villa ambientada en el oscurantismo en la que había  terminado… Escocés, ron, vodka, cerveza… cualquier opción era igual de buena y sin embargo mis labios fueron incapaces de pedir nada.

-¿Acaso no estamos en Europa?- aquella pregunta brotó de mis labios más como una reacción espontánea que como un acto premeditado, no daba a lugar que esta especie de ciudadela se encontrara en América, pero que tampoco se encontrase en Europa era casi risorio -¿Dónde nos encontramos entonces?- el miedo y la curiosidad se mezclaban en mis palabras por igual –Pandora…- repetí finalmente el nombre de aquel lugar, no me resultaba conocido en lo absoluto y comenzaba a dolerme la cabeza de nueva cuenta –De verdad lamento las molestias que le estoy generando, pero podría regalarme una cerveza- imploré a la dueña del lugar al tiempo que me acercaba a donde ella se encontraba y tomé asiento a su lado, dejando caer el peso completo de mi cuerpo como si un trapo viejo se tratara.

Miré de soslayo a la mujer, era de verdad tan bueno como el capitán del Hawk Silver la había descrito… Suspiré apesadumbrada y sin terminar de entender que era lo que pasaba y cómo había terminado en aquel lugar –Yo estaba en un buque de expedición… llevábamos ya varias semanas en alta mar, la ruta debía pasar cerca del polo norte…- llevé mis manos hasta mi frente y cerré los ojos –Una noche algo salió mal, no sé qué sería, nunca había pasado tanto tiempo en el mar y no tengo la menor idea de barcos… Pero todo se fue al carajo, el agua comenzó a entrar en el casco del buque y pronto se hubo ladeado… Recuerdo que cuando finalmente se hundió, tuvo tanto impulse hacia el fondo que se tragó a muchos de mis compañeros… No entiendo cómo es que no me llevó a mí…- froté en centro de mi frente con tres dedos, tratando de disipar el naciente dolor –Estuve a la deriva muchos días, no podría decirle cuantos hasta que vi el barco del capitán Reed… Le juro que pensé que se trataba de una alucinación, era como de novela, con velas y una insignia, como si lo hubieran hurtado hace más de 2 siglos…- me reí de mi misma, de las tonterías que decía y sentí miedo, miedo de que la dama que buenamente me estaba brindando acogida sintiera que era una burla –El capitán Reed me dio agua y alimentos, me trajo a este lugar y me indicó que buscara “la sombra del edén”, que allí la encontraría a usted, que si alguien podía ayudarme a adaptarme, esa persona sería usted…- quizás estaba pidiendo demasiado, pero ella era la única persona que me podía ayudar a regresar a casa.


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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Ago 04, 2017 10:28 pm

No espero que me pagues — Confesó sin ahondar en el asunto, como una afirmación que se desvanece en el aire tan pronto es liberada por sus labios. Ni siquiera ella misma comprendía por qué ni cuándo había comenzado aquella costumbre de recibir desconocidos y atenderlos con la mayor de las atenciones sin siquiera estar segura de recibir algo a su favor, así fuera material o la promesa de una lealtad eterna. Tampoco había modo, sin antes conversar, de saber si realmente había beneficio alguno, si los frutos que fueran a surgir tarde o temprano le ofrecerían una verdadera ventaja, algo que ameritara tantas molestias. Pero, a decir verdad, en algún punto de aquel juego de conveniencias, Corso llegaba a sentir algo menos que indiferencia al respecto. Aquella joven, por ejemplo, una humana recién llegada a Pandora, no prometía mucho. Sin embargo, ahí estaba, ataviada con la indumentaria de la inmortal, protegida por las miradas hostiles de los comensales que habían jurado lealtad a Corso desde mucho tiempo atrás.

Ordenó al tabernero atender la petición de la muchacha mediante un movimiento de mano.  — Siéntete en libertad de beber tanta cerveza te apetezca, hay información que te será más fácil de asimilar con algo de alcohol corriendo por tus venas. — Repitió acomodándose en su asiento, girándose apenas un poco en un ángulo que le permitiese ver a la mortal sin desprenderse del todo de la barra. — Esta isla se llama Pandora, sí. Pero no tiene nada que ver con Europa, a pesar de su cercanía. Sus orígenes son un caso aparte… — Finalizó a la vez que el tabernero extendía un tarro de cerveza para la morena.

A medida que prestaba oídos al relato, fue imaginándose la ruta que el buque debió seguir antes de perderse en el mar de Pandora. Supuso que aquella expedición de la que hablaba debió haber partido desde el Mediterráneo o haberse perdido en el Atlántico, cerca del estrecho de Gibraltar y no del Polo Norte, a donde pretendían llegar, puesto que la descripción referente al hundimiento del buque contenía referencias no intencionadas a las bestias marinas que vigilaban la entrada del territorio. Caribdis, tal vez, había sido la responsable de la muerte de sus compañeros. Por otra parte, no podía pasar por alto la baja probabilidad en la que un humano podía llegar de aquel modo a la isla. Lo más común era arribar como criminales o como simples condenados, hombres rechazados por el mundo sin ningún motivo.

Al escuchar la descripción del barco, no pudo evitar esbozar una sonrisa nostálgica y sutil. Ella había vivido en épocas en donde semejantes navíos eran producto de la realidad y no de universos literarios, reservados únicamente para la imaginación de los lectores. Aunque, si lo pensaba bien, incluso ella pertenecía, para los humanos, a la literatura, a los sueños que cualquier mortal con una vida miserable poseería. Y cuando el nombre de Reed fue mencionado, aquella sonrisa que luchaba por sobrevivir en aquellos labios rojos se ensanchó. La mujer pareció recobrar un poco de vitalidad y sus brillaron con el cariño que le profesaba al pirata. Por supuesto, ¿quién más habría enviado a un humano hasta su taberna con la esperanza de brindarle algún tipo de ayuda? Suponía que la ausencia del capitán se debía a que sus hábitos lo mantenían ocupado en otro tipo de negocios. — Así que James te envió — Murmuró más para sí misma que para la mujer. — El capitán Reed está bajo mi protección y yo soy su mecenas. Si ha sido él quien te indicó que vinieras conmigo, no tengo razones para oponerme a nada. Sólo debo advertirte algo: No esperes encontrar en Pandora las mismas cosas que has visto en el mundo exterior, si lo que deseas es adaptarte.




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Re: The red of the dying sun ◊ Zia

Mensaje por Zia Caproni el Sáb Ago 12, 2017 10:34 pm

Ella era enigmática al hablar, como si cada sentencia se tratase de un acertijo que era necesario develar para poder continuar el ritmo de su conversación, era una poetisa que solo buscaba agradar sus propios oídos y sin embargo, aquella emblemática forma de dirigirse le confería una hegemonía absoluta sobre cualquiera que le escuchase, ahora mismo yo me encontraba absorta en su lírica, sacada de los libros del renacimiento, simple y bella, una trampa para tontos. Quizás eso mismo era lo que ella deseaba comprobar, si su interlocutor era capaz de entender su retórica impecable, si de alguna forma era un reto intelectual para una mente superior, porque si algo tenía claro hasta ahora, era justo eso, que su mente funcionaba de una forma superior.

Recibí la pinta de cerveza ambarina y poco amarga, su sabor era mejor que el que podía imaginar para una taberna tan rústica como en la que me encontraba, sacada de un libro de folclor del siglo XVII, o quizás había olvidado el sabor de la cerveza, no podía haberlo hecho tan rápido, o quizás llevaba más tiempo perdida del que podía recordar… De pronto mi mente dio vueltas como presa del vértigo, por lo que me obligué a sentarme y asentar todo pensamiento con un profundo trago que terminó por consumir más de la mitad de la pinta –Creo que mi expresión facial debe develar más de lo que imagino sobre cómo me siento…- musité a la dama –Nunca antes había escuchado hablar de este lugar, más aún si dice que está cerca de Europa…- le miré intercalando aquella bella sonrisa con el fondo de mi tarro.

Los siguientes instantes los pasé en sepulcral silencio, no podía hablar con nadie más si yo misma no era capaz de entender qué demonios estaba pasado,  asentí en silencio cuando pregunto por el capitán Reed, y luego su sonrisa se amplió con mayor gentileza, ademán que no pude más que corresponder con profundo agradecimiento –Si no fuese por él estaría muerta… Y el habló tan lindo de usted que me dio el valor para buscarle a pesar de que el no haya desembarcado para acompañarme…- sentí el rubor apoderarse de mis mejillas -¿Podría usted explicarme eso?... ¿Por qué Pandora no es como el resto del mundo? ¿Por qué el resto del mundo no sabe nada de Pandora?- inquirí como una chiquilla que por primera vez va a la escuela y desea comerse el mundo de una mordida; dejando en claro para mi fuero interno que tanto Reed como Helena habían hecho hincapié en “adaptarme” y no en regresar a casa… Esa era una pregunta que merecía ser hecha más adelante y con más cautela.


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