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At the end of the abyss {Diario de Isaac}

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At the end of the abyss {Diario de Isaac}

Mensaje por Isaac Amdahl el Miér Mayo 10, 2017 9:41 pm



The hidden sanctuary
Bitácora de viajes

La vida de un investigador se basa en rumores, en aseveraciones que se convierten en una obligación desmentir o, en el mejor de los casos, comprobar. Por mi parte, valoro mi tiempo y no me distraigo con nimiedades. Si hay algún ladrón que asegura haber obtenido el más grande y magnífico de los objetos en la isla, enseguida sé que se trata de un charlatán, por tanto la valoración de lo material es meramente subjetiva. Sin embargo, recientemente escuché por ahí, para dar un buen ejemplo de información valiosa, que, oculto en las montañas sagradas de Mördvolathe, se encuentra un santuario, un templo construido por los habitantes primitivos de Pandora, aquellos que llamaron estas tierras hogar antes que nosotros, y, por tanto, posee valor histórico, además de una posible cantidad de reliquias que me encantaría poseer en toda la extensión de mi propiedad.

Mi interés por esa zona comenzó con el rumor de un sinfín de viajeros perdidos. Se decía que al sur del Lago del Fundador había una pequeña aldea abandonada en el Valle del Olvido. Suena bastante lógico que dicha zona posea un nombre como aquél, puesto que el lugar se volvió inhabitable dada su cercanía con Heindel y los constantes asaltos de los que los habitantes eran víctimas, puesto que era ocupado mayormente por los protegidos de los guerreros, humanos que eran confiados en la comodidad de las tierras blancas y víctimas inmediatas de los asaltantes. Así Pandora terminó por olvidarse del lugar y, por consiguiente, del hecho de que más allá de este valle existen ruinas, un pasaje oculto al interior de la segunda montaña al final del valle.

Recientemente se había visto una criatura que los mortales, en su infinita ignorancia, se atrevieron a llamar “el fantasma del valle” y a darle caza, inspirados en miedos y supersticiones, algunos ebrios en su propia soberbia y sedientos de acrecentar su fama. Así comenzaron a caer los viajeros empedernidos y hambrientos de aventuras, persiguiendo a un ser que para los magos tiene un valor intrínseco. Y la noticia llegó más bien en forma de queja, en un pequeño reto que nadie había sido capaz de cumplir y que muchos, la mayoría en realidad, juraban haber visto el dichoso fantasma cuya descripción física variaba notablemente entre cada relato.

Desafortunadamente, mi paciencia y mi tiempo son escasos, de modo que me es imposible seguir el rastro de este rumor y buscar algún registro de tales habladurías. Tampoco tengo la oportunidad de recorrer Pandora holgadamente a causa de mis obligaciones, pero sí conocía a alguien que vive, más que yo incluso, a base de rumores y leyendas. Esta mujer, Helena, una inmortal de Bran, me reveló, influenciada por nuestra relación construida sobre beneficios mutuos, que el rumor sobre el fantasma tenía su parte verídica, que sí había una figura que rondaba el Valle del Olvido en Mördvolathe y que la criatura tenía alguna relación con la muerte, pero que no se trataba de un fantasma. Antes de revelarme información más detallada, me exigió el acostumbrado pago y, según reservaba para sí lo que conocía, juzgué que me pedía algo sumamente valioso, datos que nadie en esta isla supiera o, cuando menos, que el secreto fuese bastante reducido. Si yo no la conociera, habría rechazado su oferta y quizá jamás le daría ningún beneficio, pero ocurre que la conozco y que he obtenido ganancias bastante interesantes como para resistirme a las nimiedades de un rumor. Anoto a continuación sus palabras exactas mientras siguen frescas en mi cabeza:

Llevo cuando menos un par de años frecuentando la zona y puedo decirte cuántos viajeros han perdido su vida tratando de dar con ese tal fantasma. La villa no parece tener habitantes, de modo que la mayoría de estos incautos han aprovechado el buen estado de las viviendas para ocultarse y esperar alguna aparición. Como no están seguros de lo que esperan, no saben en realidad que a quienes buscan es a mí. Lo supe cuando me tomé la libertad de entrevistar a uno de ellos, pues en ese entonces no me explicaba aún el florecimiento de aquella zona, y me enteré de lo que perseguían. Las razones que poseo para frecuentar el valle son las mismas por las que decidí que era tiempo de desaparecer el rumor; si ves a algún inmortal atribuyéndole a las mantícoras las apariciones y relacionándolas con su habilidad de perturbar la mente de los incautos, sabrás qué fin tienen. Sabrás también, ya que conoces bien la naturaleza de estas criaturas, que los hombres temen encontrarse cara a cara con ellas.

Naturalmente, esa información revelada a mi persona trajo consigo nuevos intereses al tiempo en que me desinteresaba yo por el supuesto “fantasma del valle”. Y era, al parecer, lo que venía a continuación lo que tanto valor daba a su confesión. Ella, que me frecuentaba de manera irregular, aprendió a reconocer lo que llamaba mi atención y lo que no producía ni el más mínimo efecto en mi persona. Supo también cómo frustrarme al no recibir la información al acto, lo más importante de inmediato, y lo hacía con tanta naturalidad que me costaba creer en ocasiones en que en realidad sabía que lo hacía. Así pues, presioné un poco su relato y le exigí que me dijera sin más preámbulos qué motivos tenía para frecuentar la zona. Helena, sonriente al son de su victoria al verme fastidiado, continuó:

No recuerdo exactamente cómo llegué a esa zona la vez primera. Recordarás mi pequeño inconveniente y que hubo un tiempo en donde todo indicio de mi pasado era inalcanzable para mi mente. En visiones me veía en esa villa, llamémosla Zýlmyr*, después entre las montañas y, finalmente, de pie frente a una imponente entrada. Si alguna vez te interesa ir a ese lugar, te explicaré cómo debes hacerlo. En Zýlmyr hay al menos unas siete estatuas, situadas todas a la periferia de la villa, todas con el rostro destruído, al igual de lo que al parecer eran alas, a juzgar por las irregularidades en la espalda de cada una. Busca, de todas ellas, la que esté más cercana a un pozo de agua y sigue en línea recta a partir del sitio al cual apunta la parte trasera de la estatua. Encontrarás otra quinientos metros más adelante y otra más un kilómetro más, estas te indicarán con el rostro hacia dónde debes ir. Debo advertirte que la zona es difícil de atravesar a caballo, mas no imposible, ya que será necesario que te adentres a la zona montañosa. Habrá otras señales que te indiquen el camino, pero tienes que prestar mucha atención. No es un sitio que los alados conozcan ni mucho menos el resto de los mortales, así que las señales son fáciles de ignorar. El viaje demorará doce horas, tal vez dieciséis si decides llevar montura. Al final has de encontrar unas ruinas que he convertido en mi santuario y dentro un sinfín de objetos que seguramente han de interesarte. Nada de lo que verás ha sido construido por alados ni elfos, cuando menos no en la existencia de esta Pandora que conocemos.

Omito, por cuanto no es tópico de esta bitácora, la información que prometí como pago, siempre y cuando el supuesto santuario valiera el secreto. Por ahora me limitaré a fijar en estas páginas mi intención de viajar dentro de una semana y media.

* Será necesario que me tome el tiempo para descubrir qué la ha llevado a nombrar "Sueño frío" a la villa de la que tanto hace mención.

—  Isaac I.  Amdahl



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Re: At the end of the abyss {Diario de Isaac}

Mensaje por Isaac Amdahl el Vie Mayo 12, 2017 9:34 pm



A first treasure found
Bitácora de viajes

Escribo esta bitácora desde la comodidad de mi alcoba. Las razones por las que he sido confinado al reposo las relataré en breve, pues son pertinentes al viaje que realicé a Mördvolathe en busca de un supuesto santuario y así explicaré cómo es que he vuelto a Baskerville, mas no con las manos vacías, sin haber logrado mi objetivo.

Si bien la longitud de mi viaje no era tan extensa, fue necesario descansar en Valtesi y atender tanto mis necesidades como las de mi montura. Fuera de eso, no experimenté ningún contratiempo durante el trayecto y me pareció incluso que nada sucedería ni al ir ni al regresar. La razón de mi excesiva confianza descansaba en el hecho de que durante los cuatro días que llevaba de viaje, sin contar mi estancia en la región neutral, no crucé con más de tres viajeros. Si acaso llegué a ver a una caravana, fue muy a lo lejos, en el camino estricto que conduce al Pico Ýlmir, ciudad principal de los alados. Pero nada más. Incluso al llegar al famoso Valle del Olvido no hubo ruido que delatara otras pisadas ni miradas curiosas en busca de leyendas urbanas. Al principio estaba claro que solo era yo, pero sólo al principio.

La villa de la que tanto se me habló estaba asentada al sur del Lago del Fundador, cerca de una brecha que se abría entre las montañas para conectar el monumento natural con la creación de los mortales, y fue desde que divisara esa separación que percibí la inconfundible energía de los magos blancos. Había alguien ahí y, para mi ventaja, un traidor, uno cuyo rostro estaba ansioso por reconocer y colocar como medalla en mi estudio. No obstante, no apresuré el trote de Auvyn. Quería que mi presencia se notase también, pesada y acosadora, para que el traidor, quien sea que fuere, se asustara o saliera a mi encuentro. Bajo cualquiera de esas dos circunstancias, estaba seguro, yo le daría caza y entonces continuaría mi camino al santuario con el primer tesoro en mano.

Para segunda alegría mía, al adentrarme a la llamada Zýlmyr, encontré a este hombre llamado Levi Schartzman, acompañado de una mujer en lo parecía ser un escape apresurado. Dos contra uno parecía ser una desventaja para mí, mas resultó ser una simple complicación, la baja de mi montura y mi retorno precipitado a Baskerville, con las marcas de un sacrificio útil en mi cuerpo. El enfrentamiento duró dos horas, aproximadamente, aliviado por breves treguas que tomábamos cada bando para considerar nuestros siguientes movimientos. Levi trataría de escurrirse en el bosque de la zona y la mujer alada me retendría en la villa o matarme si podía a fin de asegurar la supervivencia de su protegido. Él murió primero, bastante rápido y ella fue la que más resistencia presentó, lanzando rayos contra mí en venganza de aquella muerte a su parecer injusta. Sobreviví a la fiereza de sus ataques, resultando ser parte de aquellos afortunados que vivieran para explicar lo que se siente ser atrapado por un rayo. Ella, terminó con una de sus alas despedazadas y la otra, aunque menos dañada, afectada también por la pérdida de la primera. Así dimos por terminado el combate. Ella sufría, moribunda, sobre la nieve, desangrándose lentamente, mientras yo, malherido también, cercenaba la cabeza del traidor. El cadáver de Auvyn tuvo que ser abandonado en esa villa, puesto que por mi yegua no pude hacer más. Y mientras del cuerpo de la mujer reverberaba con la amenaza de una última descarga, tomé mi trofeo y desaparecí sin más.

A pesar de mis terribles heridas, no considero ese viaje como una pérdida de tiempo ni tampoco me desalentó perder mi montura predilecta en el proceso, sino que me obliga a viajar nuevamente y ver con qué otras ventajas he de encontrarme en el camino. Quizá los tesoros que me aguardan en el santuario sean aún más valiosos de lo que una cabeza puede llegar a ser.

—  Isaac I.  Amdahl



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Re: At the end of the abyss {Diario de Isaac}

Mensaje por Isaac Amdahl el Lun Mayo 29, 2017 12:45 am




A guarded door
Bitácora de viajes

Debo admitir que dudé en la continuación de mi viaje a causa de una serie de eventos que interrumpieron mis intenciones de reanudar mi investigación. Estuvo de por medio la planeación de un evento importante para los altos rangos de La Orden, evento en donde sólo los peones estaban obligados a llevar a cabo sin relacionarse de manera directa con el asunto. La muerte de Anabelle, una vez fijada la fecha, fue lo que me dio la libertad y el tiempo para viajar, así como la oportunidad de obtener de mi aliada una ruta alterna que opté por no seguir. Después de todo había encontrado en la ruta anterior uno de los trofeos que corona mi despacho y quizá el único que ahuyenta de manera definitiva a los visitantes, todos indeseados.

En fin. Abandoné Baskerville tan pronto me fue posible y rehice el camino cursado durante mi viaje anterior. Seguí las instrucciones recibidas acerca de las estatuas y al principio la montura no me pareció un estorbo, por cuanto los caminos aún eran anchos y hubo entre el terreno rocoso un discreto sendero que no me alejó demasiado de la ruta indicada. Menciono por norma propia que el viaje duró estrictamente las dieciséis horas prometidas, principalmente a causa de los descansos de mi montura y a que era preciso detenerme cada determinado tiempo para estudiar el terreno. Una de las señales, quizá una de las más complejas, era un árbol a medio cortar, quizá por algún rayo, y levemente inclinado en una posición bastante natural. De no haber sido por la sequedad de su corteza, por los años sugeridos por su estado, jamás habría concluido que ese árbol me acercaría aún más a esa leyenda urbana que perseguía.

Hubo un momento durante mi travesía en que, fastidiado por la blancura del paraje, creí estar persiguiendo una mentira y que lo único logrado durante ese viaje era adentrarme a la zona nevada siguiendo un puñado de pistas que quizá eran invención mía en medio de mi afán por conseguir lo que quería. Y es que me percaté de que el último trayecto era una curva extensa y algo pronunciada, lo suficiente como para haberme hecho completar un círculo interminable. Por fortuna, pronto divisé una línea de rocas altas, elevaciones arbitrarias de la misma montaña que guiaron mis ojos hasta una formación artificial que daba forma a una entrada muy bien disimulada, imponente, de acuerdo con la descripción de la inmortal.

El interior había sido construído para ser algo más que un santuario y, muy a pesar de las inclemencias del tiempo, era fácil saber cuán gloriosa había sido aquella construcción en tiempos pasados, dedicada tal vez para rendir tributo a una élite o a un individuo de gran importancia para la isla. Y ella se había apropiado de esa reveladora pieza del pasado. Convirtió todo esto en su propiedad con la libertad de la que sólo los dementes pueden gozar y compartía este secreto conmigo como si una parte de ella insinuara lo poco que había por contemplar aquí. Me perdí vagando en las salas inmensas, dando giros a la izquierda o a la derecha, llegando, por ejemplo, a una estancia coronada por un trono empolvado, a otro con una placa de piedra destinado a sacrificios o a tributos y a un hueco considerablemente grande que negaba por completo la existencia de algo semejante como un tesoro dentro de la montaña. Asomarse era sencillo, pero entrar no. Desde este punto en particular podía ver una fracción de la ciudad asentada en el Pico Ýlmir, la capital de la región, pero al no ser la vista de mi interés, retomé mis merodeos.

Probablemente había llegado al corazón del santuario cuando comencé a sentir una suerte de energía selectiva. La sabía hostil, pero inocua para mi persona, como si supiera que mi presencia se debe a la nueva dueña de estas ruinas y no por una casualidad forzada por mí. Entonces decidí seguir el rastro que se me presentaba, pasando ocasionalmente por alguna habitación ya explorada por vista e ignorada al instante. En cierto punto, el aire seco y gélido de la montaña adquirió cierta humedad y un toque de atemporalidad que, de no ser yo buen observador, jamás había notado.

Tuve ante mí una reja metálica que me privaba de la puerta que protegía y acompañada a cada costado por dos estatuas. La cuadrícula que conformaban las placas del suelo parecía haber sido ajustada para dar simetría a la escena, pues las líneas pasaban justo al centro de la reja y en donde debía haber la cruz de las esquinas había un círculo con adornos simétricos también. No era la falta de interés en este detalle lo que me obligó a alzar la vista, sino la necesidad de contemplar las estatuas que estaban frente a mí. De lejos figuraban representar a los guerreros que vigilan esta región, pero ambas carecían de un ala y era precisamente la que estaba contigua a la puerta respectivamente. Los rostros de las estatuas eran similares a las mismas que me habían guiado hasta aquí, pero había algo siniestro en ellas, algo que no dejaba de susurrar en cada uno de los detalles faciales el nombre de la muerte y que no fallaban en sembrar malos presagios a quienes las contemplaran. De no ser yo un mago oscuro y de no haber explorado mi área lo suficiente para conocer un sinfín de secretos, habríame intimidado por esta nimiedad y quizá habría retomado mis merodeos en otra parte. Así conseguí devolver mi atención en otros detalles y en la necesidad de atravesar aquella reja. En su lugar, me situé sobre el círculo ya mencionado para esperar y contemplar desde mi lugar cualquier cosa que surgiera. A partir de ese momento la razón de mi viaje mutó en algo completamente distinto. Ya no me vi persiguiendo una leyenda ni siguiendo con curiosidad las promesas de una mujer de medio milenio de existencia. Tenía ante mí el futuro y el pasado, una convergencia que nada tiene que ver con el presente.

—  Isaac I.  Amdahl



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