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« The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Miér Abr 29, 2015 6:52 am

Podría decirse que aquel día no le hacía falta. Se hallaba en un curioso estado de plenitud en donde lo único en lo que pensaba era en asegurarse que el trozo de hierro que sostenía con las pinzas y moldeaba en el yunque tomara forma pronto, para así contribuir a la economía de aquella herrería, en la que los gastos se enfocaban ahora en su hermano. No le molestaba en lo absoluto afectar sus ganancias si con ello aseguraba la pronta recuperación del imbécil que convalecía en un lecho, pues era consciente de que tras su recuperación comenzaría a trabajar y a ganarse la vida como lo había estado haciendo Zeughaunn desde que llegara a Pandora.

Sus primeros días en la región desconocida fueron, naturalmente, un infierno. Ahí no había nadie que lo conociera, ni siquiera sus antiguos seguidores, pues habían sido reclamados por otros gobiernos y su condena era un tanto menos terrible que la del danés. Quizás estuvieran en prisión esperando el día en que fuesen liberados, lo que pasaría pronto si contaban con la ayuda adecuada. Pero Zeughaunn no. Nadie abogaría por él y nadie que lo hiciera lograría sacarlo de Pandora. Ni siquiera Mikael. ¿Qué habrá hecho el idiota como para haber llegado de tal modo a esas tierras? ¿Qué clase de crimen había cometido para ser tratado de una manera mucho peor con la que lo habían traído a él mismo? Lo único que sabía era que, por lo menos, podía ofrecerle al único familiar que tenía y tendrá cerca un comienzo mucho más fácil y rápido del que él había tenido.

Enfrío el metal y tras sacarlo del agua optó por tomarse un descanso. Abandonó el taller con un trapo entre las manos a fin de limpiarlas un poco antes de echar un vistazo a su hermano. Probablemente se encontraría durmiendo, cosa que exigía su cuerpo si su intención era sanar pronto, y aunque aquello le impidiera conversar y ponerse al tanto de la vida del otro o como mínimo encontrar la razón por la que Mikael no tuviese memoria, Zeughaunn se permitió a sí mismo juntar recuerdos de su vida, tanto en el mundo de los humanos como en Pandora, para referírselos a su hermano después.

No era, por supuesto, un hombre sentimental ni quien se permitiera vencer por un lugar desconocido y fue eso lo que le garantizó un oficio relativamente estable. Se recordó a sí mismo vagando por las calles de Valtesi sin algún método seguro para ganarse la existencia más que robando de vez en cuando un par de monedas y no fue sino hasta semanas después que dio con el dueño de la herrería en la que actualmente residía, un hombre que desapareció misteriosamente y sin que nadie cayera en cuenta cuándo sucedió con exactitud. La ventaja de aquel miserable mundo era que a nadie le importaba quién moría y quién no, o al menos no había justicia para nadie. Ni para los humanos ni para los privilegiados en realidad.
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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Sáb Mayo 02, 2015 1:56 pm

Siniestros. Ryssa apretó la mandíbula y tensó su espalda, rígida. Sabía lo que significaba su presencia: problemas. Dejó la copa de vino sobre la barra con una delicadeza desconcertantemente natural para su ademán agresivo. Su acompañante reía a carcajada limpia, cada risotada un gruñido animal que devoraba el silencio intranquilo que se había adueñado del local. Se calló cuando la morena cerró la mano en su nuca, sus uñas acariciando su piel hasta dejar su huella. Desde fuera podría ser un gesto cariñoso a juzgar por como ella acercó su cabeza, buscando sus ojos a través de sus largas pestañas, la manera suave en la que sonrió. Pero sus pupilas anunciaban el brillo excitado del que huele el peligro y Kirgyakos nunca se deshacía en dulzura a menos que estuviese actuando. Su camarada captó cada señal, apurando el último sorbo de su jarra antes de susurrar contra el filo de ésta unas indicaciones escuetas, por si se separaban antes de poder emprender su regreso a Arcadia.

Aquellos siniestros, aunque aún no se hubiese girado a verles las caras, eran los mismos que habían tratado de darles caza aquella misma mañana: el mismo olor, las voces, el metal escondido entre sus ropas. Así que era hora de llevar sus traseros a otro lado, porque Ryssa tenía peculiar interés en mantener intacto el suyo.
De espaldas a ellos, la joven se colocó la capucha para ocultar su rostro y junto al lobo se encaminó hacia la salida... hasta que algo estalló contra el suelo, una humareda ascendió y apenas llegó a su nariz, se la cubrió mientras sus ojos lloraban. Nitrato de plata, una bomba de gas con nitrato de plata. Hijos de puta. Apenas pudo ver al voltearse los rostros de los siniestros escondidos tras máscaras, antes de que el rugido de su aliado se abriese paso en un grito de dolor. De por si para los mortales eso significaría altas probabilidades de morir si inhalaban demasiado, para un licántropo que no tuviese la habilidad de la resistencia era una tortura, al menos si era imprevisto, en un sitio cerrado y estaba borracho.
Mostrando los dientes en una feroz mueca, Ryssa trató de empujar fuera al hombre que se retorcía pero las dagas plateadas de los siniestros fueron certeramente rápidas, clavándose profundamente en el cuello mientras cada bocanada le quemaba por dentro mientras que a ella solo la ahogaba por la falta de aire. Cuando cayó a sus pies, supo que no podía hacer nada por él. Pero la loba aún podía sobrevivir. Sus dientes arrancaron la carne de uno de los siniestros que se interpuso entre la salida y ella, apenas vislumbrando la silueta, la sangre de su yugular tintó el suelo. Lo desechó a un lado con un gruñido animal, abalanzándose sobre las puertas para abrirlas de par en par. Solo miró un momento atrás, separó los labios para sonreír. Fue una sonrisa siniestra, teñida de la sangre, una brutal advertencia de como les devoraría de uno en uno. Porque vengaría a su aliado caído.
No pudo aguantar más, emprendió la carrera bajo la oscuridad lúgubre de las calles. Su cabeza parecía flotar desagradablemente, desorientándola y adquiriendo encuadres imposibles que la hacían sentir que caía al suelo más de una vez, en un continuo vértigo que la tenía apoyándose en las paredes. Parpadeaba rápidamente, las lágrimas deshaciéndose del rastro que emborronaba su visión, intentando no caer en el instintivo ademán de frotarse los ojos para enrojecérselos más. Cada vez que tomaba aire, los síntomas se reducían y lograba acelerar la carrera. Podía percibirlos a sus espaldas, cada vez más cerca. Se escondió tras una esquina solo para esperar a que uno de ellos pasase por su lado y cuando lo tuvo, aferró su brazo para meterle en el mismo callejón en el que estaba. Entre la espada y la pared, no era una idea sensata tratar de poner en jaque a un animal acorralado. Los gritos y rugidos se entremezclaron en el callejón hasta que el silencio se apoderó de él. Para cuando el resto de siniestros llegaron, solo quedaba el cuerpo irreconocible de uno de los suyos y ni rastro de la mujer.

Los golpes resonaron en las puertas de la fragua, el puño de Ryssa impactando con desesperada fuerza contra ella. Respirando pesadamente, apoyó la frente en ella, sujetándose con la mano libre el costado donde una profunda herida se abría en una línea desde debajo de su pecho hasta el final de sus costillas, entre otros rasguños menos preocupantes.

-Zeus, ¡Zeus! -Jadeó, entre dientes- ¡Abre la maldita puerta, Zeus! -Y se impulsó, haciéndola crujir cuando su hombro entrechocó contra ella. Si no se apresuraba captarían su rastro antes o después, no había estado precisamente pendiente en tapar sus huellas. Pero no conocía otro lugar en Valtesi donde ocultarse y lamerse las heridas. No iba a engañarse diciendo que confiaba ciegamente en el herrero, solo era el lugar que su mente había podido conjurar como cercano y seguro, y donde estaba la única persona de la región a la que no le importaba importunar ni un ápice. Y ahora Ryssa le necesitaba, desesperadamente, porque era eso o, con todas las de la ley, la muerte.
Apenas lograba mantenerse en pie sin apoyarse y tras la adrenalina desperdiciada en una tontería, como que sabía ella, sobrevivir, no le quedaba mucho de consciencia en su cabeza. Vamos maldito herrero, dale un respiro, solo por hoy, solo por hoy podía ser un capullo monumental que la diese un refugio durante unas horas.




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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Jue Mayo 07, 2015 5:20 am

¿Qué era la justicia en Pandora sino una interminable caza de perros miserables? No era tonto, sabía lo que se decía al motivar a los extranjeros a mudarse a esa región y sabía lo que era por dentro tanto para humanos como para los sobrenaturales, y ninguna de aquellas cosas concordaba con la otra. Un lugar en donde las criaturas podían convivir con libertad, sin temor a ser atacado por otro anormal, aunque quizá era verdad, él como humano no podía saberlo, pero lo que sí sabía con certeza era que si había una razón por la que los humanos tenían un pequeño espacio en aquel país era para ser los juguetes de los vampiros, licántropos y, sobre todo, de los siniestros.

Miraba a su hermano, cada magulladura que tenía en el rostro que sólo servía para recordarle la miserable realidad de un humano. Tenía la impresión de que en cualquier momento le revelarían la razón por la que le trajeron y lo arrojaran en la herrería como a un trozo de carne fresca, tenía la impresión de que pronto le revelarían en qué clase de juego retorcido lo habían inmiscuido, porque, ¿para qué otra cosa servía un criminal? Esa marca distintiva en él, aquella que resaltaba de entre todos sus tatuajes, la misma que estaba exactamente sobre su corazón, lo identificaba como un juguete para quien quiera que fuese el genio detrás de la creación de Pandora. Torció entonces una sonrisa al recordar aquellos días en los que había tratado deshacerse de la marca quitándose la piel de aquella sección y la profunda frustración que resultaba al ver que la piel y la marca se regeneraban conjuntamente en algunas ocasiones y que en otras era visible hasta en su carne.

Miserable Zeughaunn. Se encontraba en una jaula y lo cruel del asunto era que esa maldita jaula era más soportable que el infierno que vivió en el mundo exterior, en el mundo que era enteramente de los humanos. Como mínimo, el pequeño sacrificio que había realizado para salvar a los suyos de un destino similar al suyo lo había hecho quedar como un héroe de guerra y no como el maldito criminal que era. Trata de blancas, tráfico de armas y de toda clase de sustancias nocivas, todo eso había quedado en el olvido tras salvarle el pellejo a unos cuantos criminales.

Escuchó la voz de Kirgyakos y el golpeteo de la puerta principal al unísono y comprendió que tendría que salvarle el pellejo a un bandido más. ¿Cuál de todas las cosas que había hecho él habría cometido ella? No importaba en realidad, no necesitaba empatizar con ella para alzarse rápidamente de su asiento y dirigirse a la entrada. Sabía que alguna de las razas la seguía cual animal carroñero y que la loba quizás había escogido uno de los peores lugares para refugiarse. – ¿Qué has hecho esta vez, Kirgyakos? ¿Te fuiste del bar sin pagar tus copas? ¿Le robaste la cena a un ciego? – Cuestionó en cuanto abrió la puerta y la recibiera dentro de su miseria de taller. Sabía que la mujer estaba herida e incapaz de sostenerse con firmeza, pero de algún modo debía fingir que darle refugio era poca cosa, que no había ningún peligro en realidad. Los siniestros no habían vuelto a irrumpir en su taller desde que arrojasen a Mikael ahí, pero era consciente de lo mucho que lo tenían vigilado.


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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Jue Mayo 07, 2015 11:09 pm

Sabía que estaba tras esa puerta, ¿pero abriría? Schmeichel era imprevisible, la griega podía constatarlo de primera mano, pero por ese motivo el animal herido había acudido allí. Igual que podía mantener aquella entrada sellada para ella, había las misma posibilidades de que se la abriese. Artemisa no confiaba en él, Ryssa, de alguna manera, sí. No se le podía llamar fe, era... el reconocimiento de otra bestia.
No habría podido acertar a precisar cuanto tiempo se mantuvo ahí apoyada, vigilando por encima de su hombro mientras trataba de mantenerse firme sobre sus pies. ¿Podrían seguir su rastro? ¿Podrían encon...? Interrumpió sus pensamientos. El crujido de la puerta hizo que se tambalease hacia atrás en un retroceso torpe y la mera de visión de Zeus, aunque jamás lo reconocería ni lo demostraría ni siquiera en aquel mismo instante, fue un alivio. Pero en seguida se esforzó en interpretar el papel que tenía ensayado, la despreocupación que enmascaró la desesperación de su rostro, curvó su boca en una media sonrisa que le hizo crispar los puños cuando estiró el labio partido.

-Lo cierto es que si me fui sin pagar. -Confesó aquella verdad con descaro, con la voz más enronquecida de lo habitual, prácticamente un gruñido a causa de su garganta seca por el aire contaminado con plata que había inhalado, de dolor que la asaltaba apagando su tono hasta convertirlo en lo más semejante a un animal.
Franqueó la entrada, obligándose a avanzar, con una sensación enfebrecida que provocaba que su cabeza fuese incapaz de asentarse aún. Antes de que sus piernas le fallasen y sus rodillas se doblasen, se aferró a la camisa del rubio, cerrando sus dedos para sostenerse un momento mientras recuperaba el equilibrio y apretaba los dientes con evidente esfuerzo para retener el quejido delator. Respiró entrecortadamente, recuperando el aliento y a través de los mechones oscuros, miró al hombre.

-Siniestros. -Jadeó, liberándole para sostenerse de nuevo por la herida, aún manando la sangre para teñir la palma de su mano- No sé si habrán seguido mi rastro, no podía detenerme a ocultarlo. -Cada palabra la expulsaba con dificultad mientras alternaba la vista entre la puerta y Zeughaunn, como si pudiese ver a través de ella para saber si podrían hallarla, si había marcado una X perfecta en el mapa para encontrar el tesoro. Pero tenía todos sus sentidos atrofiados, aún todo su cuerpo en tensión... pero la adrenalina iba cayendo, en picado, al saberse resguardada. Y su energía también. Y estaba disgustada, más a cada segundo. Ir allí había sido instintivo, pero en realidad, tener que lamerse las heridas delante de él o de cualquiera suponía casi un ultraje... pero era tan evidente que un lobo acudiría a los bosques y a la soledad salvaje que los siniestros hubiesen acabado con ella nada más transformarse y tratar de ocultarse en la espesura de los árboles de las afueras que la guiarían hasta casa, hasta Arcadia. Región que no volvería a ver si acababa bajo tierra.
Sacudió la cabeza, como un can confuso pero solo sirvió para que el suelo se moviese bajos sus pies y su consciencia pendiese de un hilo. Quería decir algo, había algo que tenía que decir. Separó los labios, tenía que...

-Zeus -Le llamó, estrangulada. Sus ojos vidriosos apenas enfocaban al rubio, las sombras apoderándose de su visión- creo que voy a desmayarme. -Nadie podría quejarse de su educación y aunque no era eso lo que quería haber pronunciado, fue lo único que atinó a decir atropelladamente con ese rugido ahogado. Lo último que vio antes de caer fue aquella mirada azul, sin ser capaz de adivinar si significarían su muerte o su salvación.




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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Miér Mayo 13, 2015 2:20 am

No había ningún significado en ayudarla. Zeughaunn no se había convertido mágicamente en un niño bueno que le otorgaba su apoyo incondicional a cualquier criatura que llegase a su puerta necesitándola. Si Pandora iba a ser su prisión, los titanes debían saber que un hijo de puta como él no lo vería como un castigo ni duraría mucho con la cola entre las patas. Su imperio en el mundo de los humanos no se construyó de la noche a la mañana, ni tampoco derrocó a sus padres sin antes tomarse la precaución de conocerle bien. No estaba ayudando a la loba porque le importara, sino porque veía una deuda pendiente, un favor que le podría servir en cualquier momento. Zeughaunn veía oportunidades, nada más.

Fingiría no darse cuenta de la gravedad del asunto, como de costumbre. Aquel aire confiado con el que miraba a la mujer sólo servía para hacerse el tonto un momento, para seguirle el juego. – Ten más cuidado. – Ironizó con una sonrisa ladina y naturalmente burlona. – Robar alcohol es una tarea difícil para una novata. – Añadió cerrando la puerta principal, no sin antes mirar con el rabillo del ojo si había alguien acechando. Si había el más mínimo indicio del paso de los siniestros frente al taller, entonces podría esperar la visita de unos cuantos. Eso significaba que no podría poner cómoda a la mujer. Lástima.

Una vez la puerta cerrada y asegurada, le sería más sencillo en ocuparse de la loba, en tratar de averiguar en qué clase de líos estaba metida y cuán desesperada debía estar para acudir a la morada de un hombre como él. Ella era consciente de que no tomaba ningún partido, que no actuaba si no había alguna motivación sustancial de por medio. Y el agarre de la mano femenina sobre su camisa lo comprobó. Claro que eran siniestros, esos perros falderos de quien fuera que pretendiera ser la justicia de Pandora dejarían a cualquier criatura sin aliento y mal heridos como lo estaba ella. – No sobrevivirían el viaje desde Heindel si no supieran siquiera seguir un rastro. – Espetó como si aquello fuese lo más obvio.

Esperó a que la loba lo liberara de su agarre para moverse tranquilamente por la estancia como si Ryssa se tratara únicamente de un cliente o de esas visitas que jamás esperaba recibir, pero incluso cuando ésta la soltó, no se movió ni un ápice. Su condición era más que obvia; privada del aliento gracias a una de las muchas bombas tóxicas que los siniestros solían usar, las mismas que lanzaron contra él y de las que no habría sobrevivido de no ser por una vampiresa. Sabía que en cualquier momento se desplomaría, así fuera por la falta de sangre o por la falta de oxígeno, lo que ocurriera primero. – Ponte cómoda. – La invitó con naturalidad, dando un par de pasos para alejarse de ella y disponerse a volver a sus propios asuntos. No obstante, se detuvo cuando un hilo de voz logró escapar de la garganta de la licántropo en forma de su nombre. Se volvió a ella, clavando sus ojos azules mientras le anunciaba lo que se cumplió en segundos.

Aprovechó la cercanía para lograr sostenerla antes de que se desplomara en el suelo. – Iba a ofrecerte más cerveza, pero veo que no la necesitas. – Musitó como si la morena fuera capaz de escucharle y acto seguido la cargó para llevarla y depositarla en el lecho que había improvisado para él mismo luego de que su hermano ocupara el que antes le pertenecía. La acomodó en aquel espacio reducido y removió el cabello azabache de la mujer para inspeccionar la herida en su cuello y recordar cómo liberarle los pulmones. La herida no era profunda, por lo que logró ver, pero era preciso que la limpiara si la intención era que cauterizara pronto y de manera correcta. Así que abandonó el recinto durante unos instantes para buscar el botiquín, uno improvisado también.

Abrió la pequeña caja y sacó de ella un tubo delgado, un poco más grueso de lo que se usan generalmente en las jeringas y con un tapón de un lado. Con ello perforó el pecho de la mujer, a unos centímetros a la derecha partiendo del esternón, y removió el pequeño tapón de goma que obstruía el lado libre del tubo. Sólo había visto hacer aquello una vez en su vida y fue a él a quien lo hicieron, sin necesitar explicación alguna antes de sentir cómo el gas escapaba por el pequeño tubo, permitiéndole finalmente respirar. No obstante, sabía por experiencia propia que a la loba le costaría moverse durante unas horas, ya que el nitrato de plata corría ahora por sus venas en pequeñas cantidades. Posteriormente, habiéndose asegurado de que respirar no era ya un problema para Kirgyakos, pudo dedicarse a lavar la herida y suturarla.


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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Vie Mayo 15, 2015 1:05 am

Si hubiese sabido que habría cerveza de por medio, Ryssa hubiese resistido hasta que la última gota hubiese resbalado por su garganta. Lo único por lo que merecía la pena mantenerse despierta, llegó tarde. Su consciencia estaba muy lejos de allí, tanto la humana como la animal. Y mejor haberse desmayado antes de tener que recurrir al alcohol para quedar en completo K.O, no siempre había funcionado y sus últimas cicatrices le habían costado gritos mientras el whisky mojaba sus labios, obligada a beber. Que se regenerase con más rapidez que un humano no tenía mérito cuando muchos cazadores sabían como herir a un lobo. Y que siguiese viva a día de hoy solía ser porque para cuando descubrían que la plata no marcaba su piel como lava ardiente, caperucita ya se había convertido en su peor pesadilla.

El aire no conseguía abrirse paso y cada vez la respiración de la griega era más escandalosa, en su intento de inspiración haciendo un sonido agudo que se atascaba en su garganta cerrada. Permanecía con los ojos cerrados, su cuerpo buscando el oxígeno que aquel gas aún mantenía fuera de su alcance, hasta que el herrero actuó. Y, gradualmente, inhaló cada bocanada de vida mientras las manos del rubio demostraban su habilidad como curandero. O como un paciente demasiado observador.
Cada punzada de los puntos que suturó, provocaron cierta tensión en el rostro de la morena, cada vez mayor. Apretó los puños y movió ligeramente la cabeza hacia un lado, su garganta comenzó a vibrar. Otra vez, la punta de la aguja se clavó en su piel. Abrió los ojos, repentinamente. Acción, reacción. El aullido herido rasgó el silencio de la habitación, tan potente que pareció reverberar contra la paredes. Sus pupilas contenían un brillo enfebrecido que había arrasado con el azul de sus iris, ahí solo quedaban los ojos de una loba, amarillos como la luna cuando emitía su luz sobrenatural, el dorado primitivo y salvaje. Su postura tensa, su grotesca mueca, todo parecía indicar que se abalanzaría sobre Schmeichel en un desesperado intento de llevarse consigo los gritos de dolor de alguien como canción de bienvenida al infierno. Pero no pasó nada de eso.

-No. -Dijo en un rugido, apenas comprensible su negación. No deseaba la consideración de sus manos toscas y habilidosas trabajando en su herida en lugar de en el metal, no quería el hilo convirtiendo el dolor en regulares cicatrices. Solo quería tiempo, seguridad, calor. Se dejó caer de nuevo, aunque apenas se había incorporado, y se hizo un ovillo, sin tratar de deducir donde se hallaba echada. Con toda firmeza, había echado cabezadas en lugares peores. Parpadeó hasta que no pudo volver a abrir los ojos, aún emitiendo ese bajo y grave gruñido, constante- No te vayas aún. -Apenas vocalizó entre gruñidos pesados, aunque ya era consciente de que él se movería en cuanto lo dijo. No le importó, como tampoco expresarlo en voz alta. Le costaría unas horas recomponerse ayudada por su propia naturaleza, y mientras no podía bajar la guardia. Pero estaba bajo mínimos. No era racional, pero si ese hombre estaba allí, no estaba desprotegida, no se sentía así, pese a que él pudiese decidirse en cualquier momento a vender su cabeza a los siniestros para ganarse su favor y un puñado de monedas. Pero si alguien detestaba más la locura de Pandora por encima del oro, se atrevería a apostar por aquel herrero. ¿Lo suficiente? Ya la había salvado y, al fin y al cabo, no contaba con muchas más opciones en aquel momento, por no decir ninguna.
Resistió caer en la tentación de olvidarse del dolor lacerante cayendo en el sueño reparador, en la inconsciencia de nuevo. Morfeo tendría que acostarse con otra por muy buen amante que prometiese ser. Y había ratos que casi lograba conquistarla. La propia fuerza de su respiración le distraía, incapaz de aguzar el oído para escuchar si había movimiento ahí fuera que pudiese delatar la cercanía de los siniestros, pero poco a poco se fue calmando, así como por fin se silenció, acallando el permanente gruñido de advertencia y amenaza que no había parado de ronronear en un instintivo aviso.  




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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Lun Mayo 25, 2015 4:19 am

Se había tomado la precaución de tomar un par de cervezas al ir por el botiquín, más para beberlas él mismo que para compartirlas con la morena que yacía inconsciente en el segundo piso de esa pocilga. Tampoco era que se tomaba la molestia de suturar la herida en el cuello ajeno para sanarla, sino para reducir toda posibilidad de rastro de la mujer, tanto en sus sábanas como a lo largo de todo el taller si es que se le ocurría merodear una vez consciente. Sería más difícil mantenerla lejos de los siniestros si su casa apestaba a sangre de licántropo o… simplemente a licántropo.

Mientras sus manos trabajaban habilidosamente sobre el cuerpo de la licántropo, su mente, dividida entre el presente y sus recuerdos, comenzó a divagar una vez más en el encuentro que le había dado un giro curioso a su mísera existencia. Como bien decía, un verdadero criminal era reconocido por el dominio que poseía en ciertas tierras, algo que evidentemente Zeughaunn no podría conseguir ni por asomo en Valtesi por el simple hecho de ser un humano sin los recursos suficientes. Porque uno no puede ser estafador sin unas cuantas monedas que lo respalden, que le permitan costearse una buena seguridad para hacer de las suyas. Y entonces la encontró. Encontró a una mujer a quien había conocido en el mundo humano, la misma con quien podía aliarse y conseguir aquello que necesitaba para ser él, para ser una vez más Zeughaunn Schmeichel. El problema fue que no contaba con que no le reconociera y que, por lo tanto, no existiera ninguna razón por la cual sentir compasión por él y no matarle.

Apenas y logró soltar la aguja cuando Kirgyakos se alzó de súbito. Cerró los puños a fin de evitar llevar las manos a sus oídos en respuesta al estruendoso gruñido de la mujer. Si la sangre de la licántropo no había revelado su paradero a los siniestros, aquel rugido seguramente lo haría. Pero no podía culparla por una reacción tan natural al dolor que ocasionaba la sutura, las continuas punzadas en la piel dividida por carne viva y sangre. Así que se recargó en su asiento mientras que Ryssa se tranquilizaba, en lo que volvía un poco en sí y superaba el dolor. Si la mujer se negaba a recibir ayuda, no insistiría, ni mucho menos le ofrecería nada más por cuenta propia, tal vez por orgullo o tal vez para darle el tiempo que le hacía falta para reponerse, pues no esperaba nada más de un licántropo.

Se inclinó levemente hacia adelante para tomar una de las cervezas que había dejado al pie del lecho y posteriormente se puso de pie a fin de regresarlo todo al botiquín. Se tomó su tiempo, pues a fin de cuentas estaba en su casa y el metal que había estado trabajando aún no demandaba su completa atención. Al menos no como la extraña petición de la mujer.

Se giró levemente para apenas verla con el rabillo del ojo y con cierto recelo. ¿Qué tanto pudo haber sucedido en la persecución como para que una mujer como ella le dijera tal cosa a un hombre como él? Ryssa sabía perfectamente qué clase de persona era Zeughaunn  y que quizá se arriesgaba demasiado al pedirle algo de manera directa, pues lo natural en aquel criminal era responder a las súplicas de sus víctimas haciendo exactamente lo contrario. – Deberías dormir. – Fue lo que respondió ante los somnolientos balbuceos de la mujer y, pese a sus intenciones de volver al trabajo, sus pies no lo llevaron fuera de aquella estancia, sino que lo condujeron de vuelta a su asiento, aún con la cerveza en mano.

Permaneció observándola en aquel ir y venir de sueño. Sólo esperaba a que cerrara los ojos durante un par de horas para que él pudiese tener la oportunidad de, no de trabajar el metal, sino asegurar su propia morada. Y el completo silencio de la habitación y la misma somnolencia de la licántropo comenzaban a conducirlo a una tranquilidad, siendo la cerveza lo único que le mantenía despierto. Eso y recuerdos. Entonces un ruido resonó en la planta inferior y otro seguido del mismo que le hicieron estremecer por lo repentino y lo sacaron al instante de su asiento. Tal parecía que la fosa en su jardín guardaría otro cadáver. No necesitaba ir a coger sus armas, pues siempre las llevaba consigo así aparentara otra cosa y, parado en el marco de la puerta, dedicó una mirada a la mujer. – ¿Qué es? – Inquirió consciente de que el olfato de ella le diría si aquello que les esperaba allá abajo era enemigo o un simple cliente. O quizás una aliada.


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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Jue Jun 11, 2015 3:20 pm

El sudor perlaba la piel de Ryssa pero ya no sentía la adrenalina haciendo mella en cada uno de sus movimientos, azuzando su instinto de supervivencia. Se sentía extrañamente tranquila en aquella guarida. Era, al fin y al cabo, el único lugar de Valtesi donde no importaba su condición, donde ser un monstruo se llevaba por fuera y por dentro... y daba igual. Y eso era irritantemente agradable, exasperadamente bueno, deliciosamente frustrante. Aquel herrero no tenía la mirada de un humano, gozaba de la lengua más viperina que ella hubiese deseado arrancar, era tan duro como el metal con el que trabajaba... y auténtico, lo más jodidamente auténtico que la griega había visto fuera de su región, a su retorcida manera. En un pequeño esfuerzo, volvió su cabeza para verle, sin reparar en la fijeza animal con la que lo hacía, dándole exactamente lo mismo que él se diese cuenta. Y se tomó su tiempo, porque su corazón latiendo era lo único que alcanzaba a oír para medir el tiempo que pasaba mientras yacía ahí tumbada. Aquel hombre tenía el aspecto de alguien que nunca había recibido la calidez de la luz del sol, tenía la historia de Pandora reflejada en su semblante. Alguien capaz de sobrevivir. Quizá era eso lo que llamaba la atención de Ryss: no parecía un marcado resignado. La huella del tatuaje indeleble no había robado ese algo que Pandora se cobraba del resto de sus rehenes. En aquellos ojos no se descubría a un ser asustadizo o vulnerable, alguien con esos ojos debió ser una bestia ahí fuera y ahora jugaba con las normas de los monstruos grandes. Podía ser cuidadoso, pasar desapercibido... pero era lo que era, nadie podía escapar de su naturaleza. Y por eso aquel era el terreno más neutral de Valtesi, porque Dios o quien diablos manejase el cotarro, les había olvidado. Porque cuando se hallaba ante un hombre como Schmeichel, la mujer lobo podría ser todo lo perra salvaje que le exigiese la luna, que esa expresión arrogante no cambiaría aunque el temor se adueñase de él, porque en realidad Zeughaunn era otro animal. Artemisa lo intuía, Ryssa lo reconocía. El rubio la miraría con esa sobrada suficiencia burlona fuese humana, atlante o vampiresa y, en cualquier condición, la respuesta de ella sería la misma: querer romperle hasta que le demostrase que podía sentir algo más, el secreto deseo de que en realidad no se quebrase, que conservase esa fortaleza, de que fuese real.

Si supuso una sorpresa para ella que no abandonase la habitación, no lo demostró. Siguió en su faena de esquivar el sueño, siendo Zeus su única distracción para huir de él, aparte del dolor que aún mordía su piel. No le importó sus ojos sobre ella, estaba más que acostumbrada a que los hombres la mirasen, aunque la mayoría de veces podía leer fácilmente sus pensamientos cuando lo hacían: si quería devorarla contra la pared y dejarla solo con sus zapatos de tacón, si deseaban separar su cabeza de sus hombros, si barajaban vender su trasero o invitarla a una cerveza fría. Joder, tenía que jugar al póker con él, sería algo digno.
Se incorporó de golpe y violentamente, tirando de sus heridas que solo le sonsacaron una leve mueca imperceptible en sus carnosos labios. Se impulsó lo suficiente para levantarse y, por suerte para ello, el mundo aquella vez decidió permanecer firme.

-Es humano. -Siseó entre dientes, apoyándose en el marco de la puerta y se forzó a agudizar el oído- Tiene unas pisadas muy suaves, sigilosas. -Y sabía quien era el dueño de esos pasos de felino que apenas dejaban rastro en el suelo, moviéndose como una sombra, porque caracterizaba a su raza- Siniestro. -No hubo asomo de dudas en su voz mordaz como un ladrido. Se apoyó en la pared, presionando su herida con la mano y lanzando una rápida mirada al herrero, interesada. ¿Ahora qué? ¿Era su aliado o su enemigo? ¿Estaba con ella o en su contra? Entregarla o poner en riesgo su vida. No podía ponerle contra la espada o la pared, porque volvería el filo contra ella. Podía decir que había entrado allí por la fuerza. No le culparía, solo demostraría que era humano. Despreciable, pero así eran la mayoría y Zeus no le debía nada- Yo me haré cargo de él, ya has hecho suficiente. Borraré las pruebas. -Porque no podía exigirle que pelease por ella, porque no podía confiar en él ciegamente. Y puede que la morena no estuviese en plenas facultades, pero se le daba bien el póker ¿sabéis por qué? Siempre supo marcarse faroles. Salió de la habitación con ese ademán agresivo impreso en sus movimientos, como si cada paso no le hiciese sentir ganas de rugir en una protesta por el dolor. Pero no fue así, de hecho al llegar a la barandilla de las escaleras, se sujetó y empezó a bajar con una sonrisa feroz apoderándose de su rostro, otorgándole una imagen peligrosa.

-¿Quién teme al lobo feroz? -Canturreó con voz melosa que se enronqueció al final cuando en sus iris surgió ese dorado que apuntaba que Ryssa tomaba el control de aquel cuerpo. La respuesta que obtuvo fue inmediata, un cuchillo voló pasando a centímetros de su nariz, clavándose en la pared. Estiró la mano y tomó el arma, por el filo, arrancándola. La plata no quemó su piel, si bien un fino hilo de sangre resbaló por la palma, y una exclamación ahogada se escuchó desde la otra punta de la sala- Como os gusta el juego sucio.  -Rugió y lanzó certeramente el cuchillo, volviéndose desde los escalones hacia el siniestro. Se clavó en el suelo, donde un parpadeo antes había estado él. Con un gesto de su brazo, el brazalete que reptaba como una serpiente plateada por su miembro, cayó limpiamente en su mano, restallando contra uno de los escalones y apretando los dientes para soportar el esfuerzo, se cernió como un cazador para cobrarse al siniestro que había logrado hallarla.




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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Mar Jun 23, 2015 5:04 am

Esperaba, según sus propios pensamientos, a que la mujer quedara finalmente dormida y no necesitase de su presencia para garantizar que se encontraba a salvo de las garras de la muerte. Quería ciertamente volver a tener aquel sitio para sí, volver a escuchar el inexistente eco de su aislamiento, de una voluntaria y agobiante soledad en donde no quedara más que recuerdos y un nombre que eran fundidos lentamente hasta dejar únicamente a un animal. Quería hundirse nuevamente en su propio rencor al saberse miserable y poder hacer todo y nada para cambiarlo mientras el sonido del metal al ser moldeado repiqueteaba contra sus oídos, porque entonces no existía Zeughaunn Schmeichel, sino un herrero, un mortal que dedicaba sus días a la creación  de armas, pues en Pandora debía ocultar su carácter bestial tras una hermética armadura de cinismo y autosuficiencia. Zeughaunn era una negación absoluta de lo que fue y ya no será, la indisposición misma a fingirse verdaderamente humano para que nadie más descubriese que estaba a la altura de cualquier otra raza.

Se distrajo un momento para darle un sorbo a su cerveza y para cuando cayó en cuenta, la mirada azulina de la licántropo se había posado sobre él. Sus ojos parecían escudriñarlo, guardar para sí cada detalle y secreto que consiguiera robar del humano, pero sus ojos parecían también estar perdidos, daban la impresión de ser un abismo azul del que podría o no salir una bestia, si es que aún estaba con vida. Apartó entonces sus ojos de ella, seguro de que la morena estaba consciente o en plena agonía, que el dolor la había hecho perder por completo la noción de la realidad misma hasta robarle enteramente la razón.

La idea de tener nuevamente un invasor del cual deshacerse le recordó que tenía una tranquilidad que perder y una miseria que agrandar, pero tan pronto se pusiera de pie, los riesgos quedaron en segundo plano. El instinto lo llamaba de nuevo a ser él, un criminal, un asesino, y lo seguiría sin pensárselo dos veces porque al carajo con todo. Los ojos del humano le devolvieron la mirada a Kirgyakos como si fuese incapaz de interpretarla; para él su postura era clara, pero dejaría que la incertidumbre continuara acosándola hasta que decidiera hacerlo evidente. – Estás loca, vas a destruir mi taller. – Protestó en son de burla, anunciando las pocas esperanzas que tenía en que la mujer, en tales condiciones, optara por batirse contra un siniestro, quienes poseían más resistencia física y aquel que estaba en la planta baja se encontraba sin lugar a dudas en mejores circunstancias que Ryssa. Pero Zeughaunn tenía que apostarlo todo, no había de otra, a fin de cuentas el idiota aún tenía humor para burlarse y para algo más debía servir… Nah.

El danés, tras ver a la licántropo salir por la puerta y descender por las escaleras con un porte bestialmente mortal, permaneció de pie recargado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados como si la función de la loba y del siniestro fuesen darle unos minutos de entretenimiento. Y así sería hasta que se viera estrictamente forzado a intervenir, porque no se quedaría dentro de la habitación a esperar a que Ryssa despachara al invasor ni tampoco esperaba que el siniestro pasara por completo de él. No obstante, tal y como había previsto, su tranquilidad se vio afectada por otro de los juegos sucios del invasor.

El siniestro se encontraba sin duda alguna en desventaja, pues la adrenalina en la licántropo la hacía tan fiera como si estuviese intacta y el humano no era cualquier cosa, era un criminal de clase alta y estaba en Pandora y no en prisión por una buena razón. Así pues, tras apenas librarse de las garras de Ryssa, el siniestro cruzó la mirada con el ojiazul, revelándole sin querer su estado físico. Estaba bajo la influencia de su típica droga, porque aquello sólo podía significar que no esperaba compañía, que la raza era demasiado confiada como para creer que tan sólo un siniestro podría vencer a una mujer acorralada. Entonces Zeughaunn torció una sonrisa soberbia y sin romper el contacto visual, destruyó con facilidad parte del marco de la puerta hasta descubrir un nicho que ocultaba un hacha pequeña, de treinta centímetros de largo como mucho. – No podías venir por dos peces grandes sin tu polvo especial, ¿ah? – Terció con voz ronca con evidente afán de provocarlo y quizás de compartir las circunstancias con Kirgyakos. Si la mujer era lo suficientemente lista, aprovecharía aquella distracción de segundos, de lo contrario el danés tendría que ensuciar aquel precioso metal con la sangre índigo del invasor y el humano comenzaba ya a prepararse para batirse contra el siniestro.


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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Sáb Jul 04, 2015 2:38 pm

A juzgar por la sonrisa que le dedicó Ryssa al herrero, parecía que el hecho de que la acusasen de loca y acabar el lugar reducido a cenizas le espoleaba y alentaba más a dejarse llevar. La excusa era sencilla: cuando te decían eso, cuando te veían así, era fácil darle al público lo que quería. Le daban el papel que más le gustaba, porque jamás tendría que reprimirse. Si querían a una zorra implacable y psicópata, podía cumplir esas expectativas sin despeinarse siquiera. Desde que llegó a Pandora, no existían los límites ni parámetros. O, al menos, eso creían los de otras razas. Y le convenía.

-Quizá. -Accedió con un afilado buen humor, nacido de la socorrida situación, más acostumbrada ya a éstas que a veladas tranquilas- Pero ya tendrás una excusa para una redecoración. De nada. -Correspondió a su pulla burlona, midiendo bien el volumen de su voz, rezando a alguien en quien no creía por que sonase convincente y no se entreviese que aún las heridas ardían en su piel marfileña.

Tras ensartar el cuchillo en la pared, Ryssa se había cernido sobre el siniestro. Él se movió lo suficiente para esquivarla, pero el restallo de su látigo abrió un jirón en su torso hasta lamer su piel, dejando allí el beso de la plata. Agazapada en posición defensiva, la griega parpadeó cuando una tercera persona se ganó su atención. No lo esperaba. Aún sabiendo que un gesto como aquel no quería decir absolutamente nada, no lo había esperado. Era consciente de que no se había presentado allí por ella, probablemente estaba más motivado y movido por que hubiese intrusos en su morada, su refugio. Porque ese maldito diablo no toleraba compartir su infierno en el fondo. En realidad, eso a la mujer lobo le era indiferente: estaba allí. Desterró de su mente embotada al siniestro durante unos segundos donde miró a Zeus, franqueando la entrada como un... no, no era un guardián, no era el héroe de la historia. Allí nadie ostentaba tal papel.

-Quería venir a jugar y apostar fuerte, ¿verdad, siniestro? -Ronroneó la morena apoyando la mano en la pared, ahora que su contrincante le daba la espalda por un segundo, descubriendo a Zeughaunn. Puso la espalda recta en cuanto, reavivado por sus sentidos de combate, el siniestro recordó que tenía a Ryssa tras él y torció la cabeza para tener en su punto de visión a los dos. Había perdido una valiosa oportunidad de cobrarse su cabeza... pero atacar por detrás era un acto cobarde. Y había algo excitante en contemplar el rostro de tu presa, valía más la pena la caza que el premio. Casi tanto como ver a un hombre blandir un arma, fiero. Quería ver hasta donde podía llegar aquel monstruo... y no hablaba del siniestro. Sus ojos se estrecharon hasta formar un par de rendijas de zafiro y la bestia, la loba, tomó el control, más allá de esa desequilibrada sensatez que se reflejaba en ella. Se olvidó de que su cuerpo estaba cargando heridas, porque ante ella se presentaba un espectáculo más poderoso que el dolor. Era excitación, adrenalina, expectación, fuerza.

"Vamos, dámelo. Déjame verlo." Rugió Ryssa en su fuero interno, torciendo una sonrisa sobrenatural en sus labios; la sonrisa brutal y sensual de un ser que valoraba más una batalla que despertase sus sentidos más sórdidos que la promesa de vivir un día más. Ya no le importaba que el siniestro pudiese matarlos, que destrozase aquel lugar hasta los cimientos, que hoy se enfrentase a la muerte y no le valiese el contoneo de su trasero para librarse. Quería, morbosa y delirante, descubrir hasta que punto podía equivocarse o acertar con ese humano. Por eso, en contra de lo que había decidido escaleras arriba, no se movió. Verle blandir ese hacha y enfrentarse a un enemigo, saber si su destino había sido Pandora por estúpido o por que se había ganado estar entre ellos genuinamente.

-Sé un animal. -Pronunció lentamente, mirando significativamente al herrero con los ojos reluciendo con ese matiz amarillento. Y con eso hizo toda declaración, levantando ligeramente la barbilla, sin cesar su sonrisa, mientras su lengua acariciaba su propio colmillo, en un gesto ostentosamente provocativo: era un juego para ella, careciendo de importancia hasta que punto podía ser peligroso para ambos, sobre todo para su estado físico. ¿Y qué? Su naturaleza la dominó y eso era poderosamente seductor y morboso, era el motivo real de su presencia en las tierras de Pandora y no haberse doblegado a renunciar a su verdadero ser ahí fuera como una vez hizo su madre.
Esa misma necesidad de ver a Zeus quebrar al siniestro, creó cierta tensión en su cuerpo, anhelando romperle también ella. Ya no estaba motivada solo por la supervivencia, por esa retorcida lealtad, por algo medianamente bueno... ahora imperaba y le azuzaba el deseo de demostrar quien dominaba allí, quien mandaba. Y no sería ese siniestro. Se contuvo sin embargo, arañando la pared inconscientemente sin apartar los ojos de ellos. Solo era consciente de una cosa: su enemigo ya había firmado la sentencia de muerte. Ya fuese en manos de Ryssa o de Zeus.




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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Sáb Jul 11, 2015 5:11 am

La intrusión a su territorio nunca fue vista en realidad como un simple juego, ni en Pandora ni en el mundo humano. Si se esforzaba en aparentar que un asedio no era la gran cosa, era simplemente porque había una parte de sí que no deseaba mostrar tan abiertamente; al menos no hasta asegurarse de que el enfrentamiento valdría la pena. Así que el asunto iba más allá que la negada protección a la loba, que las falsas intenciones de permitir que ella terminase con la vida del siniestro para así no ensuciarse las manos con una existencia tan insignificante como aquella. Y tampoco es que le importase mucho la integridad de su taller. Él sabía lo que era en realidad ese edificio y prácticamente estaba otorgando de manera implícita a la mujer el permiso de reducirlo todo a astillas si era necesario. Después de todo, era un criminal, no podía simplemente negarse a la idea de un caos similar a los que solía provocar en el mundo humano, en su mundo; tenía que imitarlo y de paso recordarle a los titanes que ninguna prisión era tan buena como para retenerle.

Asesinar al antiguo dueño de aquella herrería no fue una gran hazaña. Todo fue cuestión de minutos, de plantearse vagamente el traicionar a la única persona que se había apiadado de él en todo Valtesi, de levantarse de aquel banquillo que utilizaba en sus días de aprendiz y torcerle el cuello. Ladrones, estafadores, mercenarios, nada quedaba a la altura como para despertar la bestialidad oculta en el ojiazul, ni siquiera otros tantos compañeros de aquel siniestro que tenía en la mira. Pero ese cabrón que mantenía sus ojos chispeantes clavados en el danés quizá podría ofrecerle algo de diversión, un ejercicio distinto que trabajar metal. Y entonces supo que debía ser él quien lo asesinara. Ese siniestro cargaría con los crímenes de sus hermanos y de aquellos de los que Zeughaunn aún debía vengarse.

Y pronto comenzó a descender las escaleras. Sobre su mano giraba el hacha como si el filo estuviese desesperado por probar la sangre de una nueva víctima, sus ojos azules no se apartaron del siniestro ni un minuto pues se dedicaban a estudiar a su contrincante y sus pasos, pesados y pausados, recuperaron la atención de la presa robada por la licántropo. Finalmente, su rostro serio y frío anunciaba al invasor un combate de uno a uno. Kirgyakos ciertamente quedaba fuera debido a que el humano la había dejado en segundo plano, ya no le interesaba dejar que la mujer le diera un espectáculo al luchar contra el siniestro, ni tampoco le interesaba la razón por la que estaba ahí de pie en su taller.

Ejnar lanzó una mirada a la loba al escucharle hablar nuevamente y, con solo fijar sus ojos en ella unos segundos, exigió silencio. No necesitaba su aprobación para serlo. Tampoco comprendió el grave error que cometió al desviar la atención de su enemigo, pues apenas éste dejó de verse acorralado encontró una oportunidad de oro salir de tal aprieto y, aprovechando su estado, reanudó sus ataques ahora dirigidos al humano. El mercenario ignoraba si su lucha sería únicamente contra el mortal, objetivo que inevitablemente consideraba fácil de derrotar. No obstante, el último error que se cometería durante el día sería el suyo, el fallar el rápido movimiento de su daga que debía acabar con la vida del humano. Le hirió, pero fue una herida un tanto superficial y la sangre carmesí de Zeughaunn comenzó a empapar su camisa. Entonces la mirada del marcado se tornó aún más fría e irracional, y, en respuesta, blandió el hacha en contra de su oponente una vez tras otra, sin darle tregua alguna, acorralándolo, acertando algunos tajos y guiándolo sin que éste se diera cuenta a un nuevo sitio en donde el herrero colocaba sus mejores armas. Durante su ofensiva, adquirió nuevas heridas y comenzó a sentir el veneno en ellas de manera sutil, tan sólo sus primeros efectos, tornándolo aún más irascible de lo que él mismo conocía. Lo único que le importaba era ver cómo el índigo superaba al carmín, ver cómo la sangre del siniestro terminaba por consumir las manchas rojas que parecían darle competencia.

El enfrentamiento no duró más de la cuenta, pues se trataba de dos hombres atacándose mutuamente sin reservas y concluyó en el área donde el danés trabajaba el metal, cerca de los hornos. El humano había tenido la ocasión de tomar un hacha de mayor tamaño y que, al no estar terminada, no estaba del todo afilada. Pero aquél último y feroz tajo lo decidió todo a pesar de haberle costado una herida profunda en el antebrazo. Entonces, tras ver cómo la vida se escapaba del siniestro a través de sus ojos, clavó su arma con agresiva ferocidad en la pared, muy cerca del cadáver como si con ello coronara su victoria. – Largo de aquí. – Terció mirando a Kirgyakos con el rabillo del ojo en medio de su pesada respiración. Necesitaba recuperar la soledad de su taller, volver a su oscuro rincón de Pandora para sanarse y ser nuevamente él mismo.


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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Miér Jul 15, 2015 11:54 pm

No podía justificar lo que sentía en ese momento, no iba a ser tan hipócrita de hacerlo. Su parte humana se esfumaba gradualmente de sus ojos sobrenaturales, escondiéndose mientras Ryssa se erguía y se hacía con el control. Y el animal estaba expectante, frenéticamente enrabietado. Oía la canción de la muerte, provenía del filo del hacha del herrero cortando el aire. Olía el miedo, un aroma seductor que hacía chasquear sus dientes, porque ese siniestro ya había firmado el contrato con la Parca.
La griega desterró al olvido el dolor que laceraba su cuerpo mientras seguía con la vista cada movimiento que infligía Zeus, pasando por alto la audacia y el poder que creía ostentar. No era su líder, no era un alfa, no tenía verdadera fuerza en Pandora. Pero había algo valioso, algo salvaje y real en su comportamiento, en la que forma en la que sostenía su arma, en su rostro cincelado sádicamente en sangre. Era oscuro pero por primera vez a Ryssa no le pareció frío, ni vacío. Era una bestia que acababa de destrozar su máscara cargada de sarcasmo e ironía. Con retorcida satisfacción que la hizo ronronear, supo que probablemente estaba ante el momento más apasionado de aquel hombre. Estaba embargado de sensaciones, aunque fueran horribles, aunque estuviese cobrándose el precio de una vida: era lo que la loba había esperado ver.
El espectáculo fue empañado por la sangre del siniestro, no muy apreciada para su olfato. Y todo acabó tan precipitadamente como el rubio se había puesto en movimiento. La grieta escaló por la pared formando una especie de telaraña que nacía de la hacha incrustada. Su cuerpo se estremeció ante el sonido sordo cuando la clavó, rugió con excitación contenida, un gruñido ronco y tosco que brotó de sus instintos más primitivos. Apenas fue consciente de que se había atrevido a imponerle una orden mientras contemplaba al caído, la vida extinguida. Se acercó al cadáver e inclinó ligeramente la cabeza en un silencioso reconocimiento. Había muerto en batalla, se merecía aquello. Si hubiese sido creyente le habría dedicado una plegaria pero como no era el caso, se limitaría a saquear sus bolsillos en cuanto se hubiese ocupado de la bestia.

-No seas estúpido, mortal. Aun me debes una cerveza. -Sentenció, virándose hacia él. ¿Así que aquel era el estado lamentable en el que ella había llegado? Sacudió la cabeza. Era su turno. Ni siquiera intentó preguntar, simplemente lo hizo: en el mundo de Ryssa, cuando debía algo lo pagaba. Por eso tomó su brazo y lo pasó por encima de sus hombros. Él era más pesado y sorprendentemente, más alto que ella. Eso no solía pasar con frecuencia. En cualquier caso, gracias a su fuerza no supuso un reto llevarlo escaleras arriba y dejarle que se derribase en el catre que ella había ocupado antes. Con una suavidad que rara vez solía adivinarse en la griega, limpió sus heridas... para después, sin tregua ni aviso, inclinarse sobre su torso y succionar el veneno que contenían sus heridas, escupiéndolo al suelo sin miramientos. Repitió el proceso varias veces. Lo extraño es que siempre pensó que si alguna vez posaba los labios en la piel tosca de aquel hombre, sería para clavar también los dientes y devorarlo... de una manera u otra. Obviamente no pudo limpiar su organismo del veneno, pues tenía varias heridas, pero de algo serviría. Si superaba la fiebre que vendría después, aguantaría bien. Con el dorso de su mano, borró la sangre burdeos que cincelaba sus labios y vendó firmemente los rastros que había dejado el siniestro en ese cuerpo humano. Cuando hubo terminado, le miró un momento y sin más preámbulos, se levantó y franqueó el marco de la puerta. Bajó, pasó junto al cuerpo sin vida sin mirarlo siquiera y rescató una cerveza. Sabía a gloria. Suspiró como si se hubiese reencontrado con un amante. Volvió junto al cadáver. Levantó la bebida hacia él en un silencioso brindis y apuró hasta el último trago, dejando la jarra vacía sobre la mesa. Recogió al siniestro con facilidad y, con él, salió para deshacerse de la mayor evidencia para devolverle la tranquilidad a aquel refugio. Arcadia la esperaba.




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Re: « The sound of a blade » Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Lun Jul 20, 2015 1:51 am

Sentía el calor de su cuerpo traspasando su piel, el trabajo de cada músculo suyo al defenderse y al atacar. Creyó erróneamente que aquella muerte calmaría la fiereza reprimida desde su llegada a Pandora, pero el golpe definitivo sólo avivó aquella sed de sangre tras ver cómo el cuerpo del invasor cedía irremediablemente ante el filo del hacha sin ser capaz de dar más batalla.  Le miró a los ojos unos instantes, como si el azul de sus ojos retara al cadáver levantarse y continuar su lucha, incitándolo a darle más juego al danés que permanecía de pie totalmente insatisfecho, pero Zeughaunn era más que consciente que aquello no ocurriría. Había quedado nuevamente solo con la morena en el taller, sin nadie más que secundara las intenciones del siniestro caído.

Entonces sólo restaba volver a ser el idiota cínico de siempre, echar un balde de agua helada al Zeus que Kirgyakos jamás habría presenciado y que seguramente estaba tentada a ver. Pero la idea de haber complacido a la mujer no le permitía dejar a un lado su rabia comprimida, no toleraba la idea de haber servido una vez más de bufón, de haber sido él quien ofreciera un alucinante espectáculo. Quizá se daría la oportunidad de estrangularla también, de ver cuánto tiempo podía ella resistir bajo las manos del herrero o cuánto tiempo podía él luchar contra los efectos del veneno. Tal vez por eso tampoco la atacaba. Tal vez por eso permitió que ella se acercara a fin de asistirlo. Y no dijo nada ni emitió ni un solo quejido. Su rostro expresó el dolor que le provocaba el moverse ahora que su cuerpo se había enfriado, pero Zeughaunn era una tumba.

No pudo evitar ni se percató de que miraba a la mujer mientras ésta lavaba sus heridas. Estaba tal vez demasiado absorto en sus propios pensamientos que el observarla en absoluto silencio no significó nada del otro mundo, pero no podía comparar la visión del siniestro al expirar con la anormal seriedad con la que ella lo atendía. No, no pensaba en si era hermosa ni estaba afanado en ver sus ojos azules, simplemente la observaba en conjunto, tratando de relacionar a la Ryssa actual con la Kirgyakos que conocía. Y ello le impidió darse cuenta de cómo la mujer se aproximó peligrosamente a él hasta colocar sus labios en las heridas abiertas. Empuñó las manos y apretó los dientes a fin de no quejarse por el ardor que le producía, no sólo la succión de la sangre contaminada, sino del extraño ardor que le sobrevenía cada que los labios de la loba se posaban una y otra vez en las heridas.

Correspondió la última mirada que la morena le lanzó, pero no era el Zeus borde que ella conocía ni el humano sanguinario que acababa de ver. Era simplemente un humano, un mortal totalmente desarmado, sorprendido por una u otra cosa, pues, primeramente, él no esperaba que la mujer le regresara el favor, no esperaba que se tomara la molestia de lavar sus heridas tal y como él había hecho horas antes. Pero la dejó ir sin decir nada y cuando ya no pudo verla más se giró sobre el lecho para quedar mirando solamente la pared. La escuchó bajar y esbozó media sonrisa al suponer que había tomado la última cerveza en casa.


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