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La recompensa por ser amable... [Helena D. Corso]

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La recompensa por ser amable... [Helena D. Corso]

Mensaje por Ulric B. Bergström el Dom Abr 16, 2017 12:55 pm

Con un rápido ademán de la mano, el licántropo se limpió las finas láminas de madera de su regazo y volvió a concentrarse en el trozo de madera al cual, con su cuchillo, intentaba darle la forma de un oso rampante. La examinó detenidamente, dándole vueltas al trozo de cedro con la mano. Bufó; había quedado desigual, uno de los lados del torso del oso había quedado más delgado que el otro, pero afortunadamente aquello no estropearía el resultado final, aún podría arreglarlo. Pero no podía negar que se había oxidado en estos meses en los cuales había abandonado su vieja afición; aunque no quisiera reconocerlo, apenas había recordado al comienzo como sujetar la madera y colocar el cuchillo, provocando que al primer tajo se hiciera un pequeño corte en el índice. Su estómago empezó a arder, como si se estuviera cerrando, lo que provocó, de alguna manera, que la impaciencia creciera en Ulric, quien comenzó a dar rápidas pasadas al trozo de cedro solo para darse cuenta tarde de que, definitivamente, aquella talladura había quedado desigual. Maldijo entre dientes, colocando la talla sobre el reposabrazos izquierdo de la mecedora y el cuchillo sobre la derecha, relajándose en su asiento mientras se balanceaba.

Tampoco podía achacarlo todo a que hubiera perdido destreza, y es que el licántropo no estaba poniendo mucha atención, era difícil hacer algo tan delicado correctamente cuando tus tripas rugían con más fuerza de lo que tú podrías llegar a hacerlo. Se moría de hambre, y lo normal era que a estas alturas su casa oliera a pan caliente y a lo que fuera que se estuviera cocinando. Todo aquello era, como no, culpa de la mocosa de Morgana. Le había permitido enfrascarse en sus tonterías tanto tiempo ese día que no se habían dado cuenta de la hora que era hasta que ambos empezaron a sentir hambre. Ni siquiera sabía a ciencia cierta con qué alimentos vendría ya a esas horas del día, los mercados debían estar en las últimas. —Es la última vez que soy compasivo con sus tonterías, si quiere estudiar magia, que primero se encargue de sus deberes... Es la última vez que me toma por tonto.—dijo para sí mismo, apretando la empuñadura del cuchillo entre sus manos y clavándolo de forma impulsiva en el reposabrazos de la mecedora que él mismo había construido meses atrás. Miró hacia su casa, aquella que él mismo había construido, como si Morgana fuera a salir en cualquier momento con un plato para él, y bufó al pensar en cuán cerca esta estaba su hogar del camino. Originalmente no había sido así, el licántropo la había construido buscando alejarse todo lo posible de la gente, pero la extensión demográfica de Arcadia había provocado que, aun contra sus deseos, un camino hubiera terminado pasando justo al lado de su hogar. Su tozudez le había impedido colocar siquiera una valla, al fin y al cabo, ¿de qué serviría eso contra un licántropo que quisiera hacerle daño? No, él prefería dejar claro que no quería extraños en su jardín.

Otro rugido; el licántropo apoyó ambas manos sobre su estómago, dejando caer la talla al cesped y tratando de contener las ganas de devorar al primero que pasara por el camino junto al cual descansaba. "Me iba a morir de hambre igualmente" pensó, pues a estas alturas, las pocas personas que pasaban por allí se encontraban yendo a casa para poder almorzar.—¿Dónde estás, Morgana...?—masculló entre dientes, maldiciendo acto seguido que sus padres no se hubieran esforzado por enseñarle puntualidad a aquella cría. Seguramente, pensó, se hubiera quedado hablando con alguien de nuevo, la había sorprendido demasiadas veces dándole palique a un desconocido en lugar de hacer sus tareas. "Algún día la van a terminar violando..." pensó, dibujando una turbia y ladeada sonrisa en su rostro, justo antes de sentir una extraña incomodidad ante la idea. Nunca le había gustado que tocaran sus cosas, y al fin y al cabo, Morgana era su propiedad, cualquier daño que pudieran hacerle era una afrenta directa contra el licántropo; como echar sal en sus tierras de labranza. Un atisbo de preocupación -que no por ello era menos egoísta- mezclada con la falta de raciocinio que daba el tener el estómago vacío hizo que Ulric se revolviera en su silla, replanteándose la idea de buscarla y traerla aunque fuera con los pies por delante. Negó con la cabeza, agachándose a recoger la talla del suelo y pensando en cómo podía arreglarla para tranquilizarse. Pasó la lengua por el cuchillo para limpiarlo de astillas y las escupió a un lado del camino, sin preocuparse siquiera de mirar que no hubiera nadie pasando por allí. Definitivamente, Morgana se iba a quedar sin comer durante un par de horas ese día.
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Re: La recompensa por ser amable... [Helena D. Corso]

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Abr 21, 2017 1:07 pm

Siempre se requiere una razón válida para que un inmortal se adentre al corazón de Arcadia, territorio de aquellos seres que por naturaleza son incompatibles. Y aunque a Corso le sobraban razones y aunque por negocios se le otorgara cierta indulgencia como si fuera un licántropo más, hacía un par de meses que no se sentía con la misma libertad de pisar territorio aliado. No había tenido ningún conflicto ni habíanse terminado las alianzas y acuerdos logrados, sino que se trataba de un asunto mucho más personal y hasta la fecha desconocido por todos y porque entre la manada amiga había quien pudiera sospechar lo ocurrido. Al final, estaba en Arcadia con ambiguos motivos, con el fantasma de una justificación que se negaba a materializar.

En conclusión, quedó vagando en el bosque, siguiendo la vereda que dividía la extensa mancha glauca, alargando el tiempo que tenía disponible, postergando lentamente un encuentro que podía o no terminar por evidenciar los recuerdos que ya se habían esfumado de su mente, condiciones que en inmortales distaban mucho de ser normal y que por lo tanto dejaba en claro la maquinación de antiguos enemigos, enemigos olvidados o refugiados en su propia región. Un vampiro sin recuerdos, era absurdo. Una mujer como ella, incapaz de controlar su mente, aún más absurdo. Lo peor de todo era que estaba plenamente consciente de aquel aliado suyo, un amigo íntimo de antaño, conocía los pormenores de esa situación y que ella era incapaz de alcanzar. Zeughaunn se daría cuenta, sin duda. O tal vez no, quizá ni siquiera se interese en notar la presencia de Corso ni se involucraría en los ajustes de los acuerdos, si es que había modificaciones o si es que había alguna novedad por compartir, criaturas por cazar fuera de Arcadia o cuentas que cobrar.

Contuvo un suspiro. En cambio se pasó una mano por el cabello, moviendo las hebras oscuras de lugar antes de que el mismo peso del cabello deshiciera gran parte de aquella alteración. Cuando menos de ese modo no pondría en evidencia el sinfín de pensamientos que terminaban por ofuscarla, puesto que había llegado a la zona de cabañas de la región y ahí era más sencillo ser advertida por alguno de los habitantes. O por ese hombre que aguardaba alguna cosa, plantado en su mecedora dentro de la propiedad más próxima al camino que cualquier otra. Con alianzas o no, Helena seguía siendo una intrusa en la región y por lo tanto era más sencillo acarearse problemas sin razón alguna, de modo que optó por ignorar al hombre que aguardaba, continuando su camino sin siquiera mirarlo, como si ni ella ni él estuviesen en ese punto en común y que nadie lanzara astillas al camino que Helena alcanzó apenas a evitar. Con suerte para ambos, ella estaba lo suficientemente perdida en sus pensamientos como para no reparar en aquel descuido que podía o no ser del todo accidental.




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