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The Dark Side of The Sun | Antonella Rosier

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The Dark Side of The Sun | Antonella Rosier

Mensaje por Lynceus Bàlor el Lun Mar 27, 2017 1:32 pm

Había pasado ya un par de semanas desde que se había establecido en Thyris. Encontró un lugar reducido, mucho más pequeño que el lugar donde solía vivir en Mördvolathe, en la gran casa en la que se había criado, en la inmensa cama en la que sus extensas alas encontraban lugar de reposo, dentro de una gran habitación bien iluminada, con grandes ventanales que servían de acceso, a los cuales podía ingresar volando y por donde entraba la gélida brisa de las montañas. Su nuevo hogar en Thyris era lo opuesto, ya no era una casa digna de un águila real, colocada en la cima de las montañas, sino algo más parecido a un nido de golondrina, algo más discreto, apretujado y mucho más cercano al suelo.
Ya no vivía rodeado de lujos, pero eso no le importaba, pues los años que vivió como soldado los pasó fuera de casa, dormía en hostales y en las peores situaciones, debajo de las mesas de algún mesón, cuyos meseros no se atrevían a despertarlo. En aquel confinado lugar nadie lo molestaría.
Nadie buscaba problemas con él, ni siquiera la guardia élfica, quizás se habían desfamiliarizado con su nueva apariencia. Antes portaba siempre la armadura de Mördvolate y el emblema de Ikarus, siempre andaba armado, y caminaba erguido cual príncipe del oeste del Rin, con el rostro marfileño impecable, y una reluciente melena rubia que hacía tributo oro puro. Sin olvidar mencionar que sus alas parecían brillar con luz propia tanto de día como de noche. Ahora, su cabello opacado parecía haber perdido su rubio claro de antes, su rostro ya presentaba rastro de combate, así como su torso y brazos. Cambió su ropas claras y relucientes por ropa sencilla y de colores neutros, que absorbían la luz de sus alas y por lo tanto, parecía brillar menor. Lo único que conservaba era su ceño fruncido y su mirada altiva. Ya no andaba armado, y no porque se hubiere vuelto pacífico, sino porque ya no las necesitaba. Ahora vivía bajo la filosofía de que lo máximo que el acero puede vencer, es el acero mismo, y sus enemigos y rivales eran mucho más que eso. Así terminó creyendo que si continuaba dependiendo de sus armas y corazas nunca despertaría la verdadera fuerza que había en él.
Esa era la verdadera razón por la cual había cambiado de vida. Debía reagruparse, superar su inmadurez, plantearse una mejor estrategia para jugar mejor sus fichas en su plan de vida. Después de lo sucedido en Bran, aprendió una valiosa lección. Si continuaba causando estragos por todo Pandora buscando volverse más fuerte, su progreso llamaría demasiado la atención, y los titanes no se sentarían a esperar a que se convirtiera en una verdadera amenaza. Ya se había involucrado peligrosamente con Van Helsing y Vlad, después de eso los hombre de Ikarus jamás le quitarían la vista de encima, así que la respuesta era dejar Mördvolathe, por el momento. Ahora se empeñaría en seguir una nueva estrategia, moverse en la oscuridad, por debajo de las aguas, al cobijo de los cedros. Aprendería sobre todas las razas, sobre cada punto de interés en el mapa, sobre los secretos de cada región, pero no lo lograría solo, debía hacerse de aliados valiosos, de eruditos y de expertos, de gente discreta y, de preferencia, que no lo conocieran a él ni a sus intenciones.
Su primer paso en su plan era integrarse en la sociedad élfica, por lo que se inició en la herrería. No había mejor lugar para aprender los secretos de los elfos que ahí, además de que lo frecuentaban personas con intereses peculiares, bien le servía para enterarse de lo que ocurría en los alrededores, en Arcadia y Zárkaros. Así fue como empezó a buscar contactos, y cerca, en la ciudad del ría había uno muy llamativo. Así que dijo a nuevo maestro: “Tan solo mi armadura pesaba más que todo esto”, refiriéndose a un cargamento de acero que enviarían a carreta, pero Lynceus insistió en que era más fácil llevarla por aire. Convenció a su jefe al jurarle que sus manos eran lo suficientemente seguras para no dejar caer la carga sobre la cabeza de nadie. Así lo hizo, y apenas terminó su encomienda, buscó a esa persona de la que había oído hablar. Aunque al tratarse de un vampiro supuso que debería esperar a la noche para que saliera, de otra manera no había oportunidad de dar con él.



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Re: The Dark Side of The Sun | Antonella Rosier

Mensaje por Invitado el Sáb Abr 15, 2017 6:57 pm

Se encontraba en Thyris. Llevaba un par de días de haber llegado, y seguía sin tener algo de la información que la había llevado hasta ahí. Un pequeño lugar fue lo que encontró a su llegada al territorio de los elfos. De cualquier manera terminó por aceptar la habitación que le ofrecieron, la cuál le venía de maravillas si quería tener un perfil bajo. Siempre prefería no llamar la atención cuando iba por algún trabajo. En esa ocasión, su interés estaba puesto sobre cierto rumor acerca de los renegados, quería saber qué tanto era verdad o si eran simples rumores. Quizás en un futuro una alianza con ese grupo resultaría beneficiosa para ella.

Llegada la hora que había pensado para salir en busca de información. Eligió un cambio de ropa sencillo, que de verdad la hiciera verse como alguien bastante corriente. Odiaba ese detalle, pero no le quedaba de otra. Se recogió el cabello en una cola y termino por salir de la habitación, poco después de la posada.
-¿Qué mejor lugar para conseguir alguien que soltará la lengua?. Buscó con la mirada una taberna, en esos lugares siempre encontraba de ese tipo de personas. Caminó en una dirección al azar suponiendo que podría encontrar alguna fácilmente, sin estar del todo segura por el hecho de no conocer muy bien la ciudad del río, pocas veces había pisado la región de los elfos, por lo qué eran contadas las ocasiones en las que había visitado dicha ciudad.

Luego de un rato dio con una, en la cual entró y de inmediato se dirigió a una de las pocas mesas que se encontraban vacías, y que estaba una esquina a la que escasamente llegaba la iluminación del lugar. Desde ese momento se dedicó a escuchar todas y cada una de las conversaciones que mantenían los demás. Esperaba dar con algo realmente útil para ella esa noche.




Última edición por Antonella Rosier el Sáb Mayo 20, 2017 2:13 pm, editado 1 vez
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Re: The Dark Side of The Sun | Antonella Rosier

Mensaje por Lynceus Bàlor el Lun Abr 17, 2017 8:02 pm

Dejó su carga en la herrería del norte en la Ciudad del Río, aún había luz de día y aquél clima estaba cocinándolo vivo. Aún era de día aunque el sol ya estaba por ocultarse tras las montañas, sin embargo Lynceus, quien estaba acostumbrado al clima gélido de Mördvolathe, vivía sofocado por el calor de verano. Mientras el encargado contabilizaba el acero con ayuda de sus criados, el rubio aflojaba su camisa para el viento refrescara su piel, aunque no obtuvo grandes resultados. Lynceus trataba de mentalizarse y consolarse al justificar que aquel calor ni de lejos competiría con el infierno que era el desierto de Thyris, el cual había tenía la desgracia de visitar. A la vez que recordaba aquel día en que caminó sobre las dunas ardientes también revivió el infortunio de haber sido prisionero de los rebeldes y su tan aclamado líder, Yusef. Sí en alguna ocasión Lynceus volviese a encontrarse con Helena y le contase que ahora residía en Thyris está quedaría convencida que el calor del desierto le había calcinado el cerebro y le diría que era una estupidez quedarse a vivir tan cerca de sus antiguos captores, pero al rubio no le parecía así. Desde su punto de vista, se había hecho de todo un ejército de perspicaces centinelas que ponían hasta la última de sus células a trabajar para preservar la paz en todo Thyris, guardianes que solo respiraban para mantener alejados a los rebeldes y que además no quitarían la vista de encima a un foráneo que evidentemente desentonaba con el lugar. Eran esos inocentes y comprometidos elfos quienes, sin saberlo, estarían velando también por la seguridad de Lynceus, aunque eso no significaba que podía andar sin precauciones.
Fue hora de salir de la herrería, se dirigió a uno de los bares más populares de la ciudad. Si bien su apariencia no relucía como antes y ahora llevaba una vida modesta, no por eso había perdido su buen gusto en licor. Como era su costumbre, fue directo a la barra, siempre bebía ahí, nunca en una mesa. Ahí cambió un par de monedas por un tarro de cerveza de Reino del Cedro Negro.
-Esta es la mejor cerveza negra es la mejor que se puede conseguir en el sur de Pandora. -comentó el alado al tendero cuando este hubo recibido las monedas. El hombre asintió. - Pero me pregunto si algún día venderás cerveza negra real, tu sabes.
-No, no. - dijo el hombre encorvándose hacia su cliente.- Yo sé bien de qué hablas. Esa cerveza jamás llegará a nuestras manos, además si la bebes tú seguramente morirás después de que haya drenado hasta la última gota de sangre por tu garganta.
-Cálmese. Solo era una sugerencia, sería útil para revelar la presencia de tantos intrusos siniestros que se ocultan en esta región.
-Es mejor que sea muy juicioso con lo que habla. Si algún guardián lo escucha hablar de ese asunto jamás se volverá a ver una sola de sus plumas.
Después de que el hombre se hubo dado la vuelta para continuar con su trabajo, Lynceus se dedicó a vaciar el contenido de su pichel mientras decidía como tomar la actitud del tendero. Hablar de los rebeldes era peligroso y aquel hombre parecía temer que alguien lo oyera, quizás era porque él mismo servía a los rebeldes desde la ciudad del río y protegía temeroso a sus jefes de alguna artimaña utilizado por un ex oficial del ejército de Mördvolathe para destapar a su bando. O por otra parte, temía que el rubio estuviera ligado a los rebeldes y , que por alguna razón, había llegado a su taberna como ave de mal agüero, anunciando la destrucción de los soplones que allí habían. De todas formas, Lynceus terminó convenciéndose de que indagar de esa manera no era del todo segura, pero aún así le era posible adivinar que en Thyris, al menos en la zona del caudal y los bosques, no se toleraría la presencia ilícita de los siniestros, por lo que mientras permaneciera allí podía estar seguro de que no se encontraría cara a cara con los cazadores rebeldes.



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