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Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

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Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Vie Ene 13, 2017 11:00 pm

“It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.”


― William Ernest Henley

Tiempo había pasado desde aquella vez, no quedaban en mí rastros de aquel enfrentamiento en Arcadia, aunque todavía recordaba lo acontecido, era imposible de olvidar. Poco después de eso, una vez estuve relativamente recuperado, recibí a una bruja joven como aprendiz, enviada por Helena para que aprendiera las virtudes de nuestra raza y se encaminara en una senda que la llevaría al éxito. Mi labor se había limitado a enseñarle cuando ella deseara aprender y ciertamente hasta la fecha, la joven ha demostrado ser tan hábil como yo a su edad. En los primeros días me había asegurado de entregarle bastante qué hacer para así mantenerla ocupada mientras yo me esmeraba en continuar con mis propios asuntos, en atender los problemas de los cazadores de La Orden y a trabajar en la academia.

En ese momento me encontraba en las caballerizas, hace un par de días habían llegado dos pingos nuevos traídos desde Europa, específicamente de tierras inglesas. No fue fácil hacer el contacto por medio de un mediador, pero se logró y el resultado fue satisfactorio. Mörder no estaba celoso, se veía receptivo ante sus dos compañeros, además que la estancia ahora era más grande, cómoda y segura, fue una buena inversión el haber reconstruido todo esto. Observaba al criado encargado del establo colocarle herraduras nuevas a uno de esos caballos, me gustaba supervisar esa labor, aunque confiaba en que el muchacho lo haría bien aunque yo no estuviese mirando. Caía el atardecer y hacía frío, en el exterior corría un viento bastante fuerte que amenazaba con traer consigo una tormenta, a ratos caían algunas gotas mientras que el cielo se cubría con una capa de nubes cada vez más negras.

Leucótea estaba en casa, seguramente se encontraba ocupada con la cara escondida detrás de un libro, así estaba bien, ¿qué más podía hacer en un día como ese? Yo solo hacía algo de tiempo mientras Helena llegaba, habíamos quedado de que viniera ese día para hablar algunos asuntos, principalmente de lo que haríamos con Anabelle. Pero también había algo más que quería decirle, sin embargo eso era mucho más íntimo, delicado y probablemente doloroso… más bien, muy doloroso. De momento intentaba no pensar demasiado al respecto, era inevitable que aquello ocurriera, no obstante quedaba tiempo para eso y darle vueltas al asunto solo anticipaba una pena cegadora.

La puerta de la caballeriza se abrió y yo me giré sobre mis talones para ver de quién se trataba, era el mayordomo y traía consigo la noticia de que Helena acababa de arribar. -Voy de inmediato- respondí sintiendo que el estómago se me apretaba y que la garganta se me cerraba. Le di una última ojeada al criado y abandoné ese lugar para seguir el sendero de regreso a la mansión. Me bebí el resto del whisky en los primeros cinco pasos y luego me acomodé el abrigo para no perecer de frío. Me agradaba sobremanera la idea de verla, me ardían las manos por volver a recorrer sus curvas y mi boca ansiaba un beso suyo como el que se ahoga anhela el oxígeno. Sin embargo tenía temor de lo que pudiese llegar a suceder al final del día. Sentía algo de culpa, mas no me arrepentía de la causa que la provocaba. Había cosas que debían hacerse, había dolores que debían sufrirse.



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Ene 23, 2017 10:07 pm

Una carta sin nombre y sin fecha. Una solitaria ubicación adornaba la esquina superior derecha del papel y el contenido iba lentamente rellenando el resto de la hoja con una fluidez sorprendente, acostumbrada para aquella mano habituada a sostener una pluma entintada. Al final, una promesa y los delicados trazos de su firma, la misma de siglos atrás, diferente mujer. Ningún destinatario aún, sólo el cese de la música que provenía del gramófono antiguo, utilizado siempre en las raras visitas de la mujer. Qué lugar para escribir memorias. Bran, tierra de los inmortales, era testigo de un fragmento de verdad plasmada en papel, destinada a una figura protegida en la mente de aquella mujer letal. Aún no estaba segura. Revivir el pasado podía ser una insensatez.

Se puso de pie. Tenía antojo de más música y el vinilo fue reemplazado por otro. Su mano sostuvo la aguja y como la caricia de un amante la colocó nuevamente en su lugar, permitiendo que el sonido de una orquesta olvidada inundase la habitación. Así, con sus ojos cerrados, se entregó al placer que dibujaba con dulzura las curvas de sus oídos y delineaba en su mente el recuerdo del mago. Invocar su perfume, el aroma de su sangre, no fue difícil. El tacto tampoco. De ese modo recordó su propio cuerpo, al imaginar aquellas manos recorriendo cada curva. El aire de sus pulmones quedó exiliado en un profundo escape. Pronto, pronto lo vería. Esa carta debía concluirse, pero no aún.

Anunció a Amadeus su partida y la promesa de una futura visita quedó extendida en el aire, quizá facilitada por el buen humor que implicaba su viaje.  Primero los negocios, eso lo sabía bien. Ése era el motivo primero, la excusa más eficaz para reunirse con el mago y extender después, quizá, la estadía por lo favorable de sus circunstancias. Sonrió antes de emprender el vuelo, la carta consigo y su mente al vivo. Las horas, la poca distancia entre regiones hermanas no enfriarían las sutiles bondades que una mujer tan cruel, tan terrible, como ella podía ofrecer bajo tal fascinación. Y el viento fue aprovechado sin derroche, sin prisa, para que pronto, sin desesperación, brindase el suelo la agradable visión de una mansión conocida para ella. El mayordomo la recibió con la indicación acostumbrada. Debía esperar a que Robert llegase a recibirla también, pues no había más instrucción. — Ramé, buenas noches — Lo saludó apenas el mago fue visible y extendió para él una sonrisa.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Miér Ene 25, 2017 10:17 pm

Ingresé por la puerta de la cocina, quedaba al final de ese sendero, aunque no era la única opción, sin embargo deseaba entrar luego al calor de mi hogar, el frío no era despreciable. Una vez dentro sentí alivio, aunque al mismo tiempo mi estómago se apretó aún más. Me encaminé al recibidor y al llegar me encontré con aquella sonrisa y con la maravillosa tonada de su voz -Meine liebe- respondí aproximándome a ella, acortando nuestra distancia lo más rápido posible, aunque sin perder la compostura y los modales. Pronto tomé su diestra para depositar sobre esta un beso, prolongando por algunos segundos más el contacto de mis labios sobre su piel mientras mis ojos no se despegaban de los de ella. -¿Qué tal el viaje?- pregunté entonces entrelazando nuestros dedos cambiando el modo en el que mi mano tomaba la suya, mas sin la más mìnima intención de soltarla.

Pude haber besado allí su boca, pude haber sucumbido al deseo desesperado de abrazarla, pero preferí guardar eso para cuando estuviésemos cómodos y en privado, no me gustaba mostrarme tan cariñoso frente a las personas que trabajaban en la mansión, había cosas que prefería guardar solo para quien mereciera verlas, prefería conservar cada detalle para que solo Helena los disfrutara en total exclusividad. Así que en silencio y sin interrumpir sus palabras me dirigí con ella a mi estudio. Dejé que ingresara ella primero y a continuación lo hice yo, cerrando tras mío la puerta. -Leucótea está seguramente en su habitación estudiando… tal vez baje pronto. Me agrada, es una chica muy… ¿particular?, además de muy brillante- fui por un par de vasos y el acostumbrado whisky, sirviendo lo necesario en ambos para luego acercarme a ella y tenderle uno de estos.

Le hice un sutil gesto para que me siguiera hacia el sofá ubicado frente a la chimenea y fui a tomar asiento en mi lugar acostumbrado y esperé que ella se acomodara cerca. Podíamos hablar de los asuntos formales allí, no teníamos por qué actuar para una cosa u otra, además, no soportaría guardar distancia mientras charlábamos. Bebí un pequeño sorbo del licor y fijé mi vista en el fuego que danzaba frente a nosotros sobre la leña. -¿Tienes información sobre Zárkaros? He enviado hombres allí de encubierto, aparentemente Anabelle pretende pasar una larga temporada allí- por muy extraño que eso pareciera, tenía todas las de ser cierto, aunque tampoco quería confiarme demasiado y postergar mucho más su muerte.

De momento quise ahogar cualquier pensamiento respecto de lo que realmente necesitaba decirle, quería dejarlo muy hacia el final, incluso hasta después de que mis labios pudieran volver a probar los suyos, necesitaba asegurarme de que eso ocurriera, pues temía que si hablaba de aquello antes de besarla, no podría hacerlo por un buen tiempo o tal vez nunca más. Idea que de solo pensarla me cortaba el aire y me detenía el corazón.



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Ene 26, 2017 1:33 am

Uno o dos pasos suyos ayudaron al anfitrión a acortar la distancia con ella, con esa mujer que ya no era dueña de esa sonrisa que coronaba sus labios rojos sino el mago mismo. Y el dorso de sus manos recibió un beso que estaba, en realidad, destinadas a esas curvas rojas que el hombre conocía y había probado en más de una ocasión. Sus labios cálidos quedaron marcados en la piel de la mujer y sellados con aquel agarre que la invitaba a seguirlo. Su mano estrechó la ajena con suavidad a medida que sus pies respondían a un camino ya bastante recorrido por ella. — Breve. Estuve en Bran estos últimos días y el clima, además, me fue bastante favorable. — Explicó sin dejar ver que en sofocó la ansiedad de adelantarse al tiempo, ocupándose de asuntos que generalmente estaban a cargo de Amadeus o, en su defecto, dándole buen uso al gramófono de ese estudio que jamás utilizaba.

El no encontrar a su pupila esperando por ella en el estudio de Schröder fue explicado sin demora por su anfitrión. Ambas partes de su antigua estudiante siempre habían sido bastante allegadas al estudio, por lo que no era motivo de sorpresa escuchar que consumía la espera gracias a las páginas de los libros con el mismo empeño, quizá, que al principio, o tal vez mayor. — Lo es. Jamás me enorgullecí de un estudiante tanto como me enorgullezco de ella — Y hablar de orgullo con Helena era una hazaña. Ella fue siempre una mujer estricta, para nada compasiva con aquellos que se resistían a abandonar su ignorancia y salvajismo. Conocía esa parte terrible de Leucótea, probablemente Robert también, y le alegraba saber que incluso esa parte de la joven gozaba de una malicia refinada, de astucia que jamás pudo encontrar en Prejkme.

— Gracias  — Murmuró recibiendo el whisky que el mago le ofrecía, antes de seguirlo a los sillones y tomar asiento en uno de ellos, muy cerca de su querido anfitrión. Bebió un poco mientras esperaba la primera pregunta. Sabía muy bien por qué estaba ahí y era preciso atender todos esos asuntos de importancia primero, antes de distraerse con cualquier otra cosa. — Sí, me he dado cuenta de ello — Respondió.  — Sabrás que desde hace tiempo tengo vigilada la frontera de la región y que estoy al tanto de todas las salidas y entradas que valgan la pena notar. Tengo motivos para pensar que no es la única de su tipo que encontró en el puerto un buen refugio, pero tampoco me parece sensato confiarnos en que se quedarán ahí. Escuché de alguno de ellos en un velz cifrado que tienen como intención navegar en busca de un escape. —  Aquello implicaba varias cosas. Lo primero era que su procedencia estaba claramente expuesta. Si Robert se sentía lo suficientemente ambicioso, podría ir a Thyris a cazar más traidores. Lo segundo era que buscaban repetir el mismo incidente que el capitán delator había relatado en su viaje, aunque muy seguramente vivirían el mismo fracaso. Consciente y propiamente despreocupada de esto, la inmortal dio un segundo trago al whisky al tiempo que cruzaba una pierna sobre otra. — Sean cuales sean sus intenciones, en el mar no estarán más seguros que en tierra y Anabelle no parece estar incluida en esto, aunque su mención fue constante.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Dom Feb 05, 2017 12:34 am

-No le queda más de una semana viva, no pretendo aplazar tanto más el darle caza, sabes que llevo demasiado tiempo como para darme el lujo de seguir aguardando. No merece seguir respirando y deshonrando el apellido de mi familia y el honor de nuestra clase a cada paso que da- dije entonces luego de escucharla y de haberla contemplado durante ese lapso con la suficiente atención como para memorizar hasta el último movimiento de los músculos de su rostro y cada uno de los gestos de su cuerpo como complemento a cada una de sus palabras y expresiones. -¿Tienes algún inconveniente?- pregunté entonces refiriéndome a si en siete días más estaba libre de planes como para acompañarme en aquella importante misión de la cual deseaba hacerla protagonista. Eso serviría para que mis superiores pudieran considerarla entonces como una aliada importante.

-Ya he hablado con los que debía hablar, solo queda actuar… un movimiento más y entonces restauraré la paz de los míos… - bebí más whisky y sonreí un poco para luego moverme del sitio en el que me encontraba para sentarme justo a su lado. -¿Podemos brindar por eso?- acerqué mi vaso al de ella al tiempo que una mueca un tanto traviesa surcaba por algunos segundos mi rostro. -Estoy casi ciento por ciento seguro de que tendremos éxito… - agregué guiñándole brevemente un ojo. En parte eso me ponía de buen humor, me ayudaba a olvidar por algunos minutos aquello en lo que no quería pensar, podía tomarme de eso para mantener una atmósfera relativamente tranquila por un rato, era un buen recurso.

-Ahora… amm… dado el buen avance que ha tenido Leucótea conmigo, le he sugerido ingresar como cadete a La Orden. Tiene lo necesario- le informé entonces cambiando de tema. -He arreglado ya lo necesario para que pueda ir a los entrenamientos sin problemas, firmé como su tutor… no fue mucho papeleo. Ya que estoy dentro, ella cuenta con bastantes garantías- agregué luego suponiendo que para Helena no era realmente un problema que me haya atrevido a subir el nivel de la muchacha, al fin y al cabo, sería beneficioso y la pondría pronto a una altura útil para todos.

-¿Hay algo adicional que desees agregar?, ¿algo nuevo?, ¿alguna cosa en la que pueda ayudar?- pregunté para darle un espacio a ella ahora para decir o expresar lo que quisiera o simplemente para guardar un silencio temporal. No sería la primera vez que, estando juntos, el único ruido que se escuchara por algunos minutos fuera el de los troncos gimiendo bajo el calor abrasador de las llamas y el de las pequeñas chispas estallar una vez frías al alejarse lo suficiente del fuego.



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Feb 20, 2017 9:57 pm

El único inconveniente era el interés nacido en su curiosidad. Cualquiera que fuesen las intenciones de los magos comunes el alcanzar los confines de Pandora debía incluir la posibilidad de un escape y, si su ambición superaba su cobardía, de un retorno también. Ella sentía su ambición a flor de piel, sabía que estaba a punto de unir su pasado y su presente de manera definitiva y el monstruo que naciere a partir de ello no soportaría semejante encierro. Sin embargo, tenía un poco menos de una semana para permitir que su curiosidad atrajese un poco de información y, después, sería sencillo desprenderse de aquellas existencias de las que sólo sabía por un pacto con el mago. — No tengo ninguno — Respondió destilando complicidad en aquella mirada suya que compartía con el destinatario de una carta secreta, no segura. Desde luego que, salvo por ese mínimo detalle, no había ningún inconveniente, incluso podía empatizar con el odio que su amado profesaba a la traidora y su desesperado deseo de darle muerte al fin.

Una respuesta afirmativa surgió en forma de sonrisa y agradeció que el mago finalmente cortara la distancia que había entre ellos, distancia que él había marcado por mera formalidad ante los negocios. — Brindemos por un éxito del todo seguro — Corrigió con suavidad antes de producir el leve tintineo entre cristales mediante un choque cordial. Ella no tenía dudas de que Anabelle caería en una semana y que su cuerpo yacería en los brazos de su hermano. Corso podía disfrutar ya de adelantos imaginarios de una prometida tortura contra aquella mujer. — Todo acabará en siete días, dalo por hecho — Murmuró con aquella voz sedosa y cruel antes de unir sus labios con el filo del vaso y consumar el brindis mediante un trago.

Muy bien — Celebró de buena gana la noticia de Leucótea. — Contaba con que lo hiciera en algún momento y al parecer ha sido más pronto de lo estimado. Te agradezco todas las atenciones que has tenido con ella — No olvidaba aquella conversación que tuvo con la muchacha en Zárkaros en donde ambas compartieran ambiciones y Corso encaminara aquellos deseos en particular, guiándolos hasta convencerla de que Baskerville era el comienzo más indicado para ella y persuadiéndola de penetrar el corazón de la organización que los oscuros llaman La Orden. Así funcionaban las cosas con la inmortal, echaba raíces profundas y secretas sin necesidad de llegar a la traición ni a nada semejante, al menos mientras no fuere estrictamente necesario. El algún momento de su existencia, sin embargo, tendría que compartir esos secretos con Robert, según funcionaran las cosas entre ellos.

¿Había algo realmente que valiera la pena contarse? Era poco lo que tenía derecho a tratarse entre ellos, los temas de otras regiones y demás asuntos quedaban como banalidades si restaban al tiempo en que ellos podían tener otro tipo de conversaciones o para entregarse al más valioso de los silencios. Tampoco hacía falta decir que la idea de su viaje a Baskerville había hecho más placentera su estancia en Bran, que era el único modo de estar en aquella región sin sentirse sofocada por su propio mal humor. — Nada por agregar ni novedades que contar, todo sigue su curso habitual — Replicó mirándolo a los ojos, contemplando a aquel rostro que cada vez se grababa más en sus recuerdos y en sus pensamientos. — ¿Hay algo más por tu parte? Hemos hablado de Leucótea y de Anabelle, pero no de ti.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Vie Feb 24, 2017 10:16 pm

Sí, habíamos hablado de dos personas que ni siquiera estaban presentes… pero lo cierto es que quería evitar hablar respecto de mí por el momento -No tengo más novedades que las esperables… nada realmente interesante o digno de ser mencionado ahora. Estoy interesado en otra clase de conversación- acorté un poco más la distancia entre ambos y por unos segundos miré sus labios para luego fijarme en sus ojos al tiempo que le dedicaba una sonrisilla. -Casi puedo decir que todo marcha de maravillas conmigo… estoy casi completamente feliz, ¿qué tal si me ayudas a deshacerme del “casi”?- bebí un sorbo más de mi vaso y me acerqué más aún para dejar un beso en el ángulo de su mandíbula. -Tú, yo… fuego, whisky, no necesitamos seguir hablando, no por ahora ¿qué dices?- bajé hasta su cuello y dejé allí también un beso. -Me he entregado a las formalidades estos días… frialdad, distancia y la verdad es que me vendría bien un poco de atención, de tu atención- dejé el vaso a un lado en el suelo y entonces reclamé sus labios, como quise hacerlo cuando nos saludamos. No había nada mejor que el sabor de sus besos mezclados con whisky.

Entonces la puerta del estudio sonó un par de veces y aunque quise ignorar aquello, pronto me aparté de Helena y me levanté del sofá -Adelante- supuse que sería el mayordomo y en efecto lo era ‘Amo, la cena va a estar pronto. Quisiera saber si irá usted y la señorita Corso al comedor o si comerán más tarde. Así le llevaré la cena solamente a la joven Leucótea a su alcoba’ dijo manteniéndose de pie en el umbral de la puerta. -Comeremos más tarde- dije tratando de ocultar cualquier atisbo de impaciencia aunque sin evitar la muestra de molestia en mis ojos. -Y agradecería no más interrupciones a menos que sean estrictamente necesarias. Gracias- solté el nudo de mi corbata y el primer botón de mi camisa. ‘Como usted diga, amo’ y entonces se retiró y yo caminé hacia la puerta para echarle llave. Suspiré pesadamente y me giré para quedarme viendo hacia el sofá donde ella estaba.

E iba a dar un paso adelante para regresar con ella, pero en lugar de eso me quedé estático y me dejé caer contra la madera de la puerta. Definitivamente por más optimista que tratara de ser por dentro, la verdad, lo que tenía que decirle terminaba acaparando todas mis emociones llevándome incluso al cansancio. Era difícil mentirle a Helena, pareciera que con ella cerca, mis mejores herramientas se desvanecían. -Demonios… - murmuré y golpeé suavemente mi cabeza contra la puerta. Me aparté por fin y me aproximé a la chimenea, deteniéndome frente a esta dándole la espalda al sofá. Guardé las manos en mis bolsillos y me quedé con la vista perdida en las llamas. Sin embargo me resistí a hablar, a soltar siquiera una sola palabra respecto de lo que me tenía así.



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Feb 24, 2017 11:32 pm

Su interés sincero se convirtió en curiosidad y en un agudo escrutinio a las palabras y a la mirada del mago. Definitivamente estaba interesado en otro tipo de conversación, pero no de aquella que estaba tratando de levantar, aunque la inmortal difícilmente sabría decir el qué a partir de puras conjeturas. ¿Acaso Schröder sufría de una verborrea en pos de evitar un tema indeseable, pero inevitable? Había algo, desde luego, que encajaba dentro de una novedad y que merecía ser tratado ahí mismo, en el estudio. Sin embargo, la mujer no se mostró dudosa, salvo un ápice. Siguió el movimiento de sus ojos y la sonrisa que se asomó en sus labios insinuaba cierto escepticismo de confidente, aquel que se muestra consciente de la realidad y que a pesar de ello alienta a continuar la farsa. Tampoco desmentiría el hecho de que, como a él, había echado en falta ese trato íntimo y cálido que habían llegado a tener en las últimas semanas, ni mucho menos demoró en corresponder aquel beso que había anhelado desde que arribara a la mansión. Y en esos segundos estuvo próxima a olvidar sus sospechas, pues los besos previos habían hecho mella en su astucia, robando su mente poco a poco para que al encontrarse sus labios no quedase ningún rastro de ella misma.

Maldijo en silencio la interrupción del mayordomo, a esa demanda y a ese anuncio que pudieron suprimirse y esperar otro momento para ser expuestos. Aquello había causado que Robert se apartara y que ese momento de olvido se desvaneciera irrecuperable en la prosificación de aquello que iban poetizando de maravilla. Tal vez ese error consiguió extinguir finalmente las conjeturas de la mujer, pero el comportamiento del mago las reavivó, ese suspiro y ese gesto en solitario significaron una suerte de frustración que no podía ser pasada por alto. Y aunque le hubiese gustado confrontarlo en ese mismo momento, contra la puerta del estudio, su lengua se mantuvo quieta hasta el momento en que el hombre se detuvo frente a la chimenea, hundido en su propio caos y apartado por completo de ella.

Corso se tomó la libertad de observarlo durante un par de segundos más y una vez quedó sembrada en ella la dulzura habitual de todo amante, dejó en el suelo el vaso de whisky para ponerse de pie y caminar hacia él silenciosa y tranquila. Entonces sus brazos rodearon el cuerpo del mago desde la espalda y la barbilla de la inmortal reposó en el hombro ajeno tan solo lo suficiente para revelar su presencia y consumar el gesto. Posteriormente y sin decir nada aún, lo estrechó con suavidad entre sus brazos a medida que depositaba un beso en amenaza lujuriosa en la piel cálida de su cuello. — ¿Hay algo de lo que desees hablar? — Insistió con voz tersa, un susurro que debía permanecer únicamente entre ellos. Ella pensó entonces que el asunto que inquietaba al mago era  totalmente ajeno a ella, que, según había dicho el mago, era resultado de aquellas formalidades a la que se había visto forzado a tomar.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Sáb Feb 25, 2017 10:35 am

Sentí sus brazos rodearme desde la espalda y de inmediato la total cercanía de su cuerpo con el mío. Apreté los dientes y en esta ocasión no cerré mis ojos ante aquel beso en mi cuello, aunque quise hacerlo, mas me contuve. Mis ojos seguían clavados en el fuego y mi expresión esta vez estaba quizá un tanto turbada. Quité las manos de mis bolsillos y lentamente fui a buscar las suyas. -Sí… pero no quiero hablarlo ahora… quisiera esperar un poco más-. Cerré entonces los ojos por algunos segundos y finalmente volteé a verla. -Es un asunto un tanto desagradable y no quiero, de momento, referirme a él- coloqué mis manos sobre su cintura y luego las deslicé hacia su espalda subiendo lentamente. -Solo quiero esto… - agregué haciendo alusión a ese preciso instante. En ese momento la cercanía con el fuego parecía más agradable que de costumbre. El calor que se había apoderado de la tela de mi pantalón, lejos de ser molesto, me hacía sentir mejor, como si por dentro estuviese congelado. Oculté mi rostro contra su cuello y de cuando en cuando dejé sobre su piel uno que otro beso. Mis manos regresaron a su cintura y permanecieron allí estáticas.

-Todas estas noches he pensado en ti… recordando el día en el que nos encontramos en Bran y en las buenas casualidades de la vida- dije entonces luego de una pausa silenciosa de mi parte. -En aquel entonces me fascinabas por lo que eras, además de considerarte una buena aliada. Inteligente, fría… letal- me incorporé para poder mirarla fijamente, volviendo a perderme en sus ojos. -Pero entonces las cosas fueron diferentes, de alguna manera te metiste dentro mío sin que yo me diera cuenta de ello. Y cuando lo supe, era demasiado tarde como para expulsarte… aunque la verdad no tenía ni la más mínima intención de hacerlo, me gusta que sea así. Y me gustaría que siguiera siendo así- acerqué mi rostro al de ella hasta que mis labios rozaron los contrarios. -La cuestión es que en ocasiones siento que te deseo obsesivamente… al punto de pensar que demasiado tiempo sin ti podría matarme lenta y dolorosamente, llevándome a la locura primeramente- entrecerré los ojos y arrugué levemente el entrecejo, como si decir aquello fuese extremadamente difícil, aunque en realidad no lo era, no me complicaba en absoluto confesar aquello.

Y era por lo mismo que era tan complicada y delicada la situación. Que no se entienda que existe en mi alguna clase de arrepentimiento, porque no es así, estoy bastante seguro de lo que hago, el asunto es que se presentan ciertas cosas que me hacen avanzar con dificultad. Para obtener grandes cosas es necesario hacer grandes sacrificios y como tales es difícil realizarlos… de otra manera no serían sacrificios. Y el solo hecho de pensar en una inminente separación de ambos era más doloroso que cualquier tortura imaginable, sin embargo el fin justificaba el medio y quiero creer que con el tiempo ella entenderá que mi decisión por seguir el camino que estoy al borde de tomar tiene más aspectos negativos que positivos. De todos modos convertirme en nigromante no significa que dejaré de amarla del modo que lo hago. Aunque los años pasen y aunque el tiempo degenere mi mente como por ley debe ocurrir, esa parte de mí que está aferrada a ella, seguirá así aún cuando yo no sea consciente de ello. Estoy seguro en un ciento por ciento que esto es tan eterno como ella es y como yo pretendo serlo.



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Feb 25, 2017 11:54 am

Sí, ese asunto pendiente debía ser lo suficientemente desagradable como para robárselo de tal modo. También era cierto que ese Robert que se mostró ante ella era el que conocía, pero no era igual. Algo no estaba bien, podía sentirlo en esa fracción de piel que besó, en el tacto las manos ajenas, las pausas que ahora parecían eternas. El silencio la sofocaba mientras encaraba a su viejo amigo, el fuego. Pero no había más que hacer salvo el brindar el consuelo de su cuerpo, recibir los besos en silencio y memorizar aquel perfume y aquella figura que se aferraba a ella. Así el pesar contagió a la segunda mente, la cual aún ignoraba la naturaleza de y lo terrible de lo que restaba por hablar. Incluso ese conjunto de movimientos lentos que apelaban a la desesperación de un amante vaticinaba la crueldad de un puñal frío clavado allá en donde la vida se sostiene en constantes latidos. La acariciaba anhelante y herido, atormentado por sus propios pensamientos, por ideas que apartaba apelando a la sensualidad de un beso y otros más en la piel fría de la inmortal.

Lo escuchó dar forma finalmente al amor y a la obsesión mutua, aquella que mantuvieron a base de encuentros y silencios prolongados, de irrupciones repentinas y deliberadas del aliento que con esperanza permanecía en una habitación. Sin embargo, esas palabras que quizá debieron sembrar en ella una la sonrisa de un amante enajenada sólo dejaban a su paso un dolor irreconocible, lejos de ser el bálsamo que debía ser hasta que al fin se presentó la primera estocada. Habrá sido cosa de su imaginación el atribuir un mal a una posibilidad que buscaba fijar un futuro, una invitación a perpetuar el tacto frente al fuego, y la segunda estocada reveló un poco más la naturaleza de aquel dolor. Corso se sintió perdida y desorientada, aturdida por primera vez por palabras que negaban entregar su verdadero significado y sus intenciones. Así, esos ojos que se cerraron alguna vez para entregarse al calor y al dolor desconocido de ese encuentro, se abrieron para dar fin a su confusión. Y aunque quiso apartar la mirada, frenar su propia muerte en los brazos de su amado, llevó su mano a sujetarlo de la nuca y mantenerlo así cercano a ella, imposibilitado de apartarse a voluntad.

Al abrirse sus labios para hablar no hubo voz ni palabras, sólo silencios que prometían respuesta y que exponían el mismo anhelo ajeno plasmado ahora en ella. — Si yo te deseo del mismo modo, ¿cómo puede ser eso un problema? — Inquirió al fin. No se daba cuenta de a qué tanto buscaba aferrarse, tampoco era consciente de que su mente, habituada a esa clase de dolor prevenía cosas que ella aún lo lograba comprender. ¿Cómo iba a saber que moría lentamente a manos de un extraño?




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Dom Feb 26, 2017 9:50 pm

La miré entonces luego de escuchar sus palabras y sentí como si el alma se me quebrara, como si mi interior por dentro crujiera causándome un dolor insoportable -No lo es… no… - sonreí, pero me di cuenta de que aquella mueca no alcanzaba mis ojos, pues internamente no sentía lo que trataba de demostrar. Noté que estaba respirando apenas y en respuesta mi cuerpo tomó aire llenándome los pulmones casi al tope para luego exhalar alicaído. Subí mis manos hasta los costados de su cuello dejando que tan solo mis pulgares alcanzaran sus mejillas -Ich liebe dich, Helena… ich liebe dich sehr viel- murmuré antes de fusionar mis labios con los suyos. Tenía un nudo en la garganta y una piedra sobre el pecho, ahogándome a cada segundo. Era como estar atrapado en el abrazo mortal de una boa… a cada respiro, más cerca estaba de la muerte.

Tenía que aguantar, no podía ponerme a llorar, ¿qué sentido tenía? Pero en esa pelea interna, mi respiración tembló contra sus labios y en un intento por contener cualquier otra manifestacion del sentimiento que me embargaba, intensifiqué el beso que mantenía nuestros labios fusionados. Si tan solo pudiera desconectarme de esta realidad unos momentos, regalarnos a ambos un momento completamente ajenos al mundo, a las responsabilidades y a las obligaciones. Dar paso al Ello y complacerlo en cuanto exigiera. Y es que reconocer lo que le había dicho en voz alta quitaba del camino cualquier excusa a favor del recato. Terminé de deshacer el nudo de mi corbata y solté el siguiente botón de mi camisa.

Pero no podía evitar sentirme egoísta y un maldito desgraciado, porque quería atarla a un imposible, a algo que debía disolverse. Pretendía retenerla cuando estaba obligado a dejarla ir. Y es que el solo hecho de verla en brazos de alguien más, de saberla cerca de otro hombre, me hacía hervir la sangre a niveles demasiado altos como para ser sanos. No quería imaginarla besada por otro, no quería que sus suspiros fueran al oído de alguien diferente a mí. Me sé capaz de matar a quien la desee. Y ante aquel pensamiento la tomé de la nuca con una de mis manos, entrelazando mis dedos con su cabello, apretando algunos mientras mi lengua iba en busca de la de ella pasando a llevar intencionalmente uno de sus colmillos, cortando un poco mi propia carne. Era un idiota sin vuelta, un demente declarado.

¿De qué manera repercutiría este momento en lo que debía decirle luego? Cualquiera diría que es manipulación, mas no lo es y sé bien que Helena no es alguien que se deje manipular. Tal vez se iba a molestar más de lo que hasta hace algunas horas había calculado. Besarla, decirle que la amaba locamente, que por ella sentía hasta la más insana de las obsesiones para finalmente confesarle que el destino iba a separarnos por una elección que yo había hecho y de la que no planeaba retractarme. Sí, esto definitivamente iba a terminar en el más grande de los disgustos y que por mi culpa no solo ella, sino que yo también, acabaríamos la velada con el corazón hecho añicos.



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Mar 01, 2017 8:10 pm

Las manos del mago enmarcaron pronto el rostro inmortal, opacando aquella mirada llena de miedo sincero en sus ojos claros. Ella, la dama letal, la musa de la muerte, jamás había experimentado cosa tal como el miedo, jamás sus conjeturas la habían llevado a pensar algo tan terrible como aquello, en predecir la pérdida de un amado. Jamás había sufrido la desolación previa a un abandono y no quería que tal fuera el caso con Schröder. Su declaración amor no figuraba como un consuelo, sino que le rogaba por mantenerse fuerte en un porvenir atroz para su espíritu dependiente. Tampoco su amor hacia el mago era un bálsamo sobre la herida que poco a poco iba penetrando su corazón, succionando las emociones agradables con las que había llegado a la mansión, borrando todo recuerdo del que pudiera aferrarse. Pero no podía ser la voluntad de Robert quien lo alejara de ella, sino el mundo, el maldito mundo que continuaba confabulando en su contra; no podía haber otra explicación.

El primer error fue sentir miedo y el segundo, el inevitable, era entregarse a la ingenuidad. Se permitió creer que si lo besaba, que si sus labios correspondían en intensidad, que si engañaba a su corazón con el sabor de la sangre ajena, podría conservarlo para sí o, cuando menos, lo retendría más tiempo entre sus brazos. Mentira. Todavía lo creía incapaz de sofocar el gusto de verlo con alguna despedida forzosa, creía que todo ese dolor que destilaban sus gestos y su mirada se debía solamente a que la había echado de menos tanto como ella a él. Ni siquiera ella podía burlarse a sí misma, algo no estaba bien. El sentimiento no desapareció cuando sus manos lo tomaron por la ropa y lo atrajeron hacia su propio cuerpo, demandante y desesperada por entregarse a una pasión que sentía lejana. No desapareció cuando sus labios buscaron el cuello del mago ni cuando lo besó ni cuando dio mordidas inocuas y lascivas. No podía entregarse a él, algo no estaba bien.

Entonces cesó. Se apartó un poco, tratando de recuperarse a sí misma y reuniendo el valor que jamás le había faltado para finalmente mirarlo a los ojos. Ahí estaba Robert. ¿De qué manera estaba a punto de matarla? Ella rogaba a la suerte que fuera tan solo un mal entendido, que su mente hubiese conspirado en contra suya para hacerle creer alguna locura como aquella. — ¿De qué estás huyendo? — Inquirió en un susurro débil, temeroso. Aquella mujer no podía ser la misma asesina de siempre, aquella inmortal, asesinada por sus propios pensamientos, no podía tratarse de la tan temida Corso. Pero tenía que saber.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Miér Mar 15, 2017 10:03 am

Ella lo sabía, mi actitud me había delatado justo cuando creía que resultaría totalmente lo opuesto. Mi desesperación por huir del asunto había emanado desde mis poros y Helena se había dado cuenta. Mis ojos permanecieron en los de ella y por momentos sentí que había dejado de respirar ante la pregunta que acababa de hacerme. -Del destino- respondí por más abstracto que eso sonara, porque era la verdad en solo dos palabras. Pero, ¿cómo explicarme más sin que ella se alejara todavía más o sin que ella saliera de ahí con merecida indignación hacia mí? Entrecerré los ojos y aparté mi mirada de la de ella viendo hacia el suelo -He tenido que hacer algunas cosas… he estado trabajando en algo grande- agregué entonces y volví a fijarme en ella.

-Los tiempos han cambiado y cosas se avecinan. Lo sabes. Y necesito adaptarme, necesito estar a la altura de los acontecimientos… no quiero perderme. No quiero morir… - pero esto último podía ser interpretado de otra forma y no de la que a mí me interesaba, así que debía continuar antes de levantar falsas esperanzas -... y no quiero perder mis poderes- agregué. -Pero para llegar a eso he tenido que aceptar las exigencias de una fuerza que está sobre mí- estaba yéndome con demasiados rodeos, pero en parte los creía necesarios para justificar mi decisión. Mas ya no tenía mucho que agregar, debía ser concreto ahora y eso tan solo hacía que el pecho se me apretara tanto que me daba la impresión de que moriría si tan solo llegaba a pronunciar aquellas palabras que se atoraban en mi garganta queriendo salir.

-Voy a convertirme en nigromante… - dije por fin y sentí como si un silencio tremendo se apoderara de la mansión y como si un fragmento de mi mismo se desprendiera desgarrando parte de mi propia carne. Apostaba a que ella sabía lo que era aquello, aunque no sé cuánto alcanza a cubrir su conocimiento sobre aquel concepto. Quise tomar sus manos, pero mi cuerpo pareció congelarse del todo. No me atreví ni a avanzar ni a retroceder, tan solo me quedé viéndola perdidamente, rogándole con mis ojos que por favor, pensara lo que pensara, no me dejara, no ahora que la totalidad de la verdad había salido a la luz… no ahora que, tras decirlo, había aceptado finalmente un destino que me desgarraba el alma.

-Yo no… no sé lo que piensas. Pero sea lo que sea, necesito que me acompañes- y era una petición injusta, estoy consciente de ello, sin embargo era una necesidad real. Necesitaba vivir el proceso sabiendo que ella estaba cerca. De otra forma, sería más terrible e insoportable. La conversión era un proceso inhumano, y aunque estaba dispuesto al ciento por ciento a vivirlo, sin Helena se iba a sentir todavía más largo y solitario de lo que es,



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Mar 18, 2017 11:52 pm

Su primera reacción fue desviar la mirada. No era precisamente lo que deseaba huir, pero su mente trabajaba a partir de una sola palabra: nigromante. Lo recordaba. Recordaba aquel hombre que hacía muchas décadas la amó de manera tan desesperada como en contra de su propio destino. Recordaba también las implicaciones y la razón por la que muriera en manos del fuego por última vez. Recordaba su propio dolor, el verlo y el no poder tocarlo, recordaba añorarlo desaforadamente y sufrir en silencio su ausencia. Eso era lo que le esperaba ahora con Robert, la misma maldición que parecía perseguirla durante toda su existencia. Y él lo sabía; Schröder compartía las mismas memorias de la inmortal a causa de sus métodos para recuperarlas y qué injusto era entonces exigirle atravesar el mismo martirio cuyo desenlace conocían muy bien los dos. Un poco más y en su egoísmo le exigiría extrañarle tanto para consolarse con la muerte.

Lo sabes ya — Replicó con suavidad, apartándose un paso de él. ¿Cómo explicarlo? La sangre le hervía, sus músculos estaban tensos por contener una emoción como aquella e incluso su mirada se reprimía. Durante un par de segundos, tuvo la impresión de sentir aquel torrente sanguíneo como si fuera el propio, escuchar el susurro del elixir que mantenía vivo al mago y cuánto agradeció no poder adueñarse de su ser influenciada por sus emociones. Tuvo que apartarse de él, caminar sin rumbo por la habitación para disipar esos pensamientos homicidas. — Te mostré lo que pienso el mismo día en que vine por primera vez a este estudio… Miento. Tú y yo conocimos juntos esa opinión mía que pides. — En el modo en que sus labios permanecían al terminar de hablar dejaban ver atisbos de su enojo, cada vez más difícil de reprimir, y sus ojos, contaminados con una mixtura de dolor y rabia, volvieron a fijarse en él. — Te dejé entrar en mi persona y ahora actúas como si nunca hubieses visto nada, olvidas que sé que no sirve de nada prometerte que estaré contigo y crees que seré lo suficientemente ingenua para olvidarme de mí tal y como lo has hecho tú justo ahora. Pero he de reconocerme culpable. Dices que deseas volverte más fuerte y tener más poder, ¿no tuvo eso que ver con lo que pasó en Arcadia? ¿Qué es, entonces, esto? ¿Venganza o simple egoísmo? Y digo venganza porque no hay modo en que puedas comprender el daño que acabas de hacerme. — Su expresión se suavizó, exponiendo ante él una mujer vulnerable, engañosamente vulnerable, pero verdaderamente herida. Entonces suspiró, logrando reprimir cualquier indicio de quebrarse ahí mismo. — Mi opinión es que, aunque pueda acompañarte, tú y yo terminaríamos deshechos. Hallaremos un abismo más oscuro del que debes atravesar y una crueldad peor de lo que aquella a quien has de servir pueda prometerte. No sé qué sentirás tú, pero de mí sé bien que terminaré esclava de la incertidumbre. Y ya que pareces olvidar lo que has visto en mis memorias, te diré que no  estoy dispuesta a soportar atenerme de ese modo a la voluntad de otro. Tan sólo mira cómo he venido esta noche, requerida por una carta tuya, embriagada por mis deseos de verte, y vengo a escuchar que aunque has de dejarme quieres atarme a ti. Me hiere porque parece una perfecta maquinación tuya y porque he caído en ella, y porque siempre creí que jamás me lastimarías de esta manera. — Al terminar permaneció callada un momento, lo suficiente para darse tiempo de recuperar su temple, pero no lo suficiente para dar pie a una respuesta por parte del mago. — Ahora… Si no hay otra cosa que debamos conversar, deseo retirarme.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Dom Mar 19, 2017 7:54 pm

La escuché en silencio, recibiendo cada palabra como dagas. Podía percibir sus emociones en esos momentos, aunque permanecía bajo control, en sus ojos ardía la rabia de la cual yo era el único culpable. Traté de mantenerme firme. Algunas veces negué con la cabeza… había desatado el infierno en mi propio estudio. Y pronto, a la mitad de su discurso, me dominó el pánico y la más terrible de las desesperaciones, como jamás antes en mi vida. Nuevamente sentía que algo se rompía en mi interior y casi podía imaginar a mi futura ama y señora sonreír ampliamente… ¿no era esto parte del proceso?, ¿sufrir hasta el nivel más íntimo? La vi apartarse un poco y se sintió como si hubiese saltado del otro lado de un gran abismo. “No… por favor… ” rogué en mi fuero interno y apreté los dientes. Ni cuando Anabelle me había traicionado me había sentido tan roto y desintegrado. Dejé de respirar unos momentos y me llevé una mano a la frente, no porque me doliera la cabeza, sino porque la angustia y la ansiedad comenzaban a marearme, como si el mundo diera vueltas y vueltas llevándome consigo en un vórtice cruel que jamás se detendría.

-No… no- atiné a decir tras sus últimas palabras. Mi voz salió lastimera, casi como una súplica. Miré hacia la puerta y luego a ella otra vez -No es una venganza… Helena, estás equivocada. Nada de esto es por ti, nada de esto es para hacerte daño, te lo puedo jurar… - sentía la boca seca y el corazón latiéndome tan rápido y fuerte que podía oírlo. -Te dije que te amo y es cierto, jamás lo diría de no ser real… tienes que creerme, Helena… por favor- quise acercarme, pero no pude y en mi desesperación acabé yendo hacia la puerta para apoyarme contra esta como si con eso pudiera detenerla. -Todo lo que he dicho antes, lo que siento por ti… esta necesidad de ti es tan real como lo somos tú y yo… ¿crees que lo inventaría? Puedes sentirme, sabes lo que me está pasando ahora, puedes ser consciente de lo que sucede con mi cuerpo en estos momentos… eso no puedo controlarlo. No puedo… no puedo… - cerré la boca y me mordí el labio desviando mi vista hacia otro lado, si la seguía mirando mientras hablaba, acabaría mudo a causa de todo lo que ocurría, ¿qué más decir?, ¿de qué otro modo hacerle entender?

-No te vayas… Helena… - insistí regresando mis ojos a los suyos y di un paso adelante para acabar de rodillas en el suelo, aunque con el cuerpo erguido. -Es mi culpa, lo sé… pero te ruego que no dejes que ese sentimiento siga creciendo… solo tú puedes, meine geliebte- me agarré la camisa a la altura del pecho y arrugué la tela bajo mi puño. No sabía qué más agregar. Mis palabras ya habían salido atropelladamente, sin obedecer tal vez a la coherencia, ¿y cómo hacerlo si yo estaba perdiendo la cordura?



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Mar 19, 2017 8:44 pm

No quería verlo, no quería escucharlo, no quería saber que sus palabras, sus intenciones, eran todas sinceras. Quería negarse a la verdad y existir pensando en que el hombre simplemente la había traicionado, quería vivir libre de aquel amor y de aquella obsesión que la ataban a él. Si le creía, temía por su propia mente, por su propia voluntad. Si le creía, estaba segura de que se terminaría cediendo, que juraría por su propio nombre acompañarlo aunque significara que al final no lo viese más. Terminaría siendo la misma mujer abandonada de antaño por excelencia, con las manos vacías y el rostro anegado en lágrimas. Y lo extrañaría, se sabría atada a lo inalcanzable. En esos segundos que se atrevió a mirarlo, un amante infiel a su devoción, supo que no podía arrastrar aquello.

¡No quiero escucharte! — Atinó a decir en medio de aquellas súplicas, pero casi podía apostar a que su voz quedó sofocada por los ruegos ajenos y por su propio deseo de extinguirse o huir. El estudio le resultó abominable, las palabras del mago terribles y aquel rostro indigno de ser mirado. Ese desprecio era fruto de su propio dolor, una reacción en su propia defensa, pues sabía muy bien que, por más puñaladas que diese en su corazón inmortal, jamás dejaría de amarlo. Por eso se sabía condenada. Por eso ser vampiresa le iba tan bien. ¿Dónde estaba la terrible Corso? ¿Quién ha visto por última vez a Helena sin confundirse de dama?

Sintió la rabia quemar sus entrañas cuando el mago cubrió la puerta del estudio en un vano intento por contenerla ahí. De eso se trataba todo, un absurdo afán de retenerla. Ella jamás pudo conservar a ningún hombre a su lado sin que éste la abandonase o se entregara a la muerte. ¿Por qué debía ella dejarse retener por aquellos que al final se librarían de ella cual maldición? Sin embargo, en contra de sus deseos de abrirse paso por cuenta propia, se tragó su rabia, su dolor y se convirtió de nuevo en la inmortal de expresión fría, de corazón insensible, que fue en sus inicios en la isla. La fiera estaba contenida en un cascarón y, previendo su propia destrucción al ver al mago de rodillas, incongruente, desesperado, caminó por la habitación con la tensión que tienen todos los negociantes, con la cabeza fría que tenían todos aquellos que juzgaban y daban muerte en Pandora, hasta que se sentó en el sofá. Su brazo, apoyado en uno de los bordes del mueble, manifestó por medio de los dedos las maquinaciones de aquella mente. — ¿Y qué si decido quedarme? ¿Cambiará algo? Dime, Robert, ¿no acabarás diciéndome que tu nueva dueña no tolerará tu devoción? — Interrogó con aspereza, mirando fijamente al fuego del estudio, al cabo de unos minutos en tortuoso silencio. — ¿De verdad crees que serás capaz de dejarme ir incluso después de lo inevitable? Tu egoísmo va a terminar matándome… Lo sabes, ¿no es así? Y ahora en verdad que no quiero verte. Apártate de la puerta y deja de actuar como si fuera yo quien te causara tanto dolor.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Dom Mar 19, 2017 9:22 pm

No podía ponerme de pie, simplemente no podía por más que quisiera. La seguí con la mirada en todo momento, suplicando internamente que no se aproximara a la puerta, pues sabía que una vez pusiera un pie fuera de esta habitación, probablemente no volvería a verla… al menos no en mucho tiempo. Sus palabras sonaron entonces tan frías, incluso crueles, como si con ello se vengara… era justo. La vi sentarse en el sofá y al observarla perdida en las llamas de la chimenea, dejé caer mi cabeza sobre mi pecho y cerré mis ojos, cubriendo además mi rostro con mi manos para finalmente peinar mi cabello hacia atrás. Quería encontrar una manera de defenderme, de justificarme mejor, de hacer que mi causa fuese justa, pero en ese instante mi mente solo daba vueltas en torno a ella y al dolor de la pérdida. -¿No estamos acaso… muertos de alguna forma ya?- fue lo único que logré decir volviendo a observarla. Aún fría y llena de ira contenida, lucía hermosa… y no me preocupaba despertar a la bestia, ya la había visto una vez.

Entonces no pude aguantar más la distancia y me arrastré a gatas, pues mi cuerpo seguía resistiéndose a apoyarse sobre mis pies. Me sentía débil solo por la situación, como si de pronto mi peso hubiese aumentado y así mismo la gravedad. No me importaba humillarme así, estábamos solos. Me daba igual que me viera de ese modo pues ya le había dicho cuán insana era mi necesidad de tenerla cerca… el punto era tal que podía incluso arrastrarme completamente hacia ella si fuese necesario. -Tal vez tú no quieres verme… pero yo necesito verte- dije cuando llegué junto al sofá. No me incorporé, tan solo me limité a apoyar uno de mis brazos en este mientras mis ojos permanecían atados a ella.

-No quiero pensar en el futuro lejano… no me hagas verlo ahora y no lo veas tú tampoco… en ese entonces seré otro, alguien que no soy ahora… alguien que incluso se olvidará de sí mismo. Mi esencia permanecerá dormida, pero viva… y sufriré a veces, mientras que otras no seré más que el medio para un fin determinado por Ella. Esto jamás va a terminarse, Helena… solo aparentará acabarse, porque siempre voy a amarte aunque apenas sea consciente de mi existencia… Ella será dueña de mi mente… tú siempre lo serás de mi corazón… cada vez que yo despierte solo tú acudirás a mis memorias. Nadie más, nada más- quise tomar su mano y de hecho acerqué la mía con la intención de hacerlo, mas me contuve. -Podrás odiarme entonces todo lo que quieras, pero no ahora… por favor, Helena- me quedé callado luego de eso, aguardando por una reacción, la que fuera mientras no dejara el estudio, pues estando ahí, me sentía incapaz de levantarme para frenarla.



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Mar 19, 2017 9:53 pm

Muertos de alguna forma. Sí. Ella lo estaba. Él lo estaba. Pero no en ese sentido, no en ese mismo plano. Ellos seguían existiendo y ahora sufrían las crueldades de la vida y el egoísmo del otro. Ella hablaba de morir y de no existir más, hablaba de que él fue su primer amor en Pandora y de que él sería el último. Hablaba de que no estaba dispuesta a fracasar ni a sufrir más por otros. En caso contrario no tenía derecho a ser quien era en la isla, no tenía motivos para ser llamada cruel ni ser considerado por muchos una pesadilla. Cuán tonta había sido al permitirle ser su talón y al dejar que se abriera paso en su persona. Aquellas noches que disfrutaron juntos se desvanecían antes de tomar el rostro del engaño. Hablaba de morir por haberse fallado a sí misma y por haberse dejado menguar por amor a otro, por enamorarse de una maldición sabiendo que lo era. Idiota.

De nuevo, apartó la mirada. Él podía verla todo lo que quisiera, retratarla en un lienzo y contemplarla día y noche hasta enajenarse de aquella ilusión. Pero ella no deseaba verlo. Su aroma atraía su atención sobre él, la figura de su cuerpo, el peso de su presencia, la idea de que alguna vez lo amó. Qué egoísta, qué idiota. Le exigía ser tonta, no ver el futuro, andar a ciegas. ¡A ella! A la mujer que le ayudaría a dar muerte a su hermana. Le exigía ser otra mujer, le exigía someterse a él y a su misma obsesión. Quizá, si no recordara a Ghünter, lo habría hecho. Quizá, si no lo viera en su rostro, lo habría considerado. Pero incluso con él fue distinto. Lo que Robert le ofrecía eran migas, desechos y sobras. ¿No sabía, acaso, que estaba ante la reina de los condenados? ¿Que era Corso quien debía gobernar legítimamente a los suyos y que merecía algo más que sobras?

Elevó sus manos para librarlas del tacto ajeno y pronto quedaron empuñadas en su frente, deslizándolas lentamente hasta cubrirse el rostro y bajar la cabeza y sostenerla con los codos encajados en sus piernas. Comenzó a llorar en silencio, acorralada, amenazada, herida, harta de tragarse su propio veneno y de negarse a esos ojos en los que adoraba perderse. ¿Por qué debía terminar así? Incluso con su odio y con esa coraza que comenzaba a formar para librarse del mago sentía su magnetismo. Sus dedos se hundieron en sus propios cabellos castaños, conteniendo su dolor y su demencia, su pérdida y su derrota. — Cállate — Ordenó con la voz rota y débil. — Te odio ahora, criatura egoísta, y te odiaré entonces. No te creo que me ames, cobarde. Deja de rogarme, deja de decir mi nombre. — Guardó silencio un momento, dejando que el caudal de lágrimas la ensordeciera y que la dejara sin palabras. Era el único modo en que podía despojarse de él y reapropiarse de sí misma. — ¿Qué es lo que quieres de mí, maldita sea? — Alzó entonces el rostro y lo miró con rabia, sin ocultar los ríos en sus mejillas. — Me has reducido a nada y aun así quieres lo que resta de mí para tu propia comodidad. Te aborrezco tanto.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Dom Mar 19, 2017 10:35 pm

-Es mentira lo que dices… no me odias, no me aborreces, porque si así fuera me habrías atacado ya y no lo has hecho… me amas, lo sabes… y eso no puede cambiar tan bruscamente, es imposible… - la vi llorar y me sentí terriblemente mal, era mi culpa, era todo producto de mis decisiones. -Y no me hagas callar, si debo hablar para retenerte, entonces hablaré aunque lo que diga llegue a ser incoherente… Helena… - la vi fijamente como ella lo hacía conmigo y no pude resistir más la ausencia de contacto. Me volví a erguir sobre mis rodillas y pasé una de mis manos por una de sus mejillas para secar parte de aquellas lágrimas que habían brotado. -Entiendo que todo esto sea terrible… cruel… pero, ¿qué otras formas hay?, ¿de qué otro modo puedo ser lo que soy sin morir? Este camino es el único… y lamento que así sea… - aparté mi mano y me mordí el labio nerviosamente arrugando el entrecejo.

Tenía la garganta apretada y así también el pecho, pero el llanto se resistía, algo le impedía salir… el orgullo quizá o mi temor a perder el control de mis emociones más todavía… temor a perder el control sobre mí mismo. Entonces dejé de hablar y la abracé fuertemente -Perdóname… - murmuré y cerré los ojos. -Soy un idiota, un desgraciado… un maldito. Lo sé… pero necesito que me perdones… ahora o algún día- agregué manteniéndome aferrado a ella. Fue en ese momento en el que el nudo en mi garganta por fin se deshizo en lágrimas, aunque sin sollozos y sin espasmos, al menos en un comienzo. Se sentía extraño, ya no recuerdo la última vez que había llorado. Quizá fue aquel día en el que mi hermana desapareció para jamás volver, pero en ese momento fue de ira y frustración. Ahora era distinto.

Dejé que fluyera sin ánimo de detenerlo, era necesario dejar que así fuera. Otra vez quise que el tiempo se congelara y en ese deseo ingenuo apreté mis manos contra ella, dominado por la frustración nuevamente y por fin un sollozo arrancó contra mi voluntad para delatarme. Temía que ella pensara que mi llanto era falso y que las cosas se pusieran peor por ello, pero ¿qué más podía hacer?



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Mar 19, 2017 10:59 pm

Intentó reír ante su respuesta, burlarse de aquella ingenuidad que sólo pertenecía a los mortales. Su sonrisa apenas se sostuvo, pero el gesto era claro. ¿Qué sabía él de ella? Todo y nada. Era verdad que lo odiaba, era verdad que no deseaba tocarlo y lo mostró al apartar su rostro de la mano ajena. El hombre hablaba sinsentidos mientras ella, deshecha, luchaba por recuperarse a sí misma. Era verdad que lo odiaba. El amor mutaba en eso cuando había traición. No era verdad que lo amaba. Él seguía vivo por Leucótea, porque aquella era su casa y porque no se atrevía a hacerle daño. Por eso era aún más tonta que él. Por eso merecía sus justificaciones absurdas, esos ridículos intentos por retenerla. Él no era él. Quizá, si fuese él, Corso accedería a amarlo y a vivir atada a sus idas y venidas, pero él no era él. No era igual.

Hizo un esfuerzo por apartarlo de sí, pero fue frustrado por su propio cuerpo. Estaba tan débil tan deshecha, que no tenía ánimos de recuperar su libertad, de apartarlo y marcharse para nunca volver. Sin embargo, su orgullo encontró algo. Su demencia vislumbró algo. Continuó llorando y las lágrimas fluyeron con mayor ímpetu. — Suéltame — Repetía una y otra vez, cada vez más bajo y a cada rezo sus brazos se aferraban más y más a él. Extrañaría su cuerpo contra el suyo, su aroma, su sangre, su amor. Lo extrañaría desesperadamente, pero se extrañaría más a sí misma si se quedaba ahí. Aun así, lo abrazó por largos minutos, dejándole creer que finalmente había conseguido convencerla de quedarse, de que tendría la vida de Corso en sus manos y que tendría la libertad de llamarla siempre que quisiera. Ella podía engañarse a sí misma pensando en que jamás dejaría de sentir aquella piel bajo la yema de sus dedos, que la firmeza de aquel cuerpo vivo jamás había de traicionarla. Tan sólo un poco más. Debía robar un poco más, tan sólo para vivir un día.

Sin saber cuánto tiempo habían pasado en silencio, unidos por brazos, se apartó y con la mirada baja habló. —Hazme saber cuándo hemos de cazar a tu hermana — Dijo pactando así su relación, puramente de negocios, sin nada más que pudiera entreverse o surgir. Se limpió las lágrimas del rostro y lo apartó para ponerse de pie. A cada paso que dio hacia la puerta del estudio fue abandonando la apariencia de una mujer destrozada. Sólo quedaba una mirada fiera, un andar determinado, el proceder de una asesina a sueldo, de una cazadora. — Yo soy la prueba de que puedo amarte y odiarte a voluntad. Te he dicho ya que te odio y así será siempre. — Dedicó aquellas últimas palabras al mago mientras sostenía la perilla de la puerta. Después, sin mirarlo ni sufrirlo, se abrió paso directo a la salida de la mansión.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Dom Mar 19, 2017 11:23 pm

Creí… y caí. Cuando sus brazos por fin rodaron mi cuerpo pude sentir un alivio que pensé duraría lo suficiente para soportar semanas sin saber de ella, pero no fue así. Ella se apartó de mí y luego se levantó del sofá dejándome con las lágrimas a medio camino. La observé caminar hacia la puerta y por momentos creí que el mundo se acabaría en ese mismo instante, más todavía cuando la mano de ella se posó sobre el pomo de la puerta. Entonces fui presa del pánico y apenas abrió la puerta me levanté movido por una fuerza cuyo origen desconozco. -¡No!- grité cuando la perdí de vista y trastabillé varias veces antes de poder salir del estudio. -No te vayas… Helena, por favor… por lo que más quieras- la seguí por el pasillo tan rápido como me lo permitieron mis piernas que amenazaban con flaquear. -Meine liebe, bitte geh nicht!- insistí y no me di cuenta de que los criados presentes habían asomado desde la cocina para ver lo que ocurría y el mayordomo salió también. Los vislumbré a todos por el rabillo del ojo, pero parecieron irreales y no les presté atención.

No tenía idea de si Leucótea estaba oyendo y en parte esperaba que no, que su concentración fuese tal que no le permitiera oír más que a sus propios pensamientos. No quería que luego me preguntara respecto a lo ocurrido, no quería responder nada respecto de esto, no cuando era tan doloroso y complejo. Si Helena me odiaba, entonces ya no podía hacer mucho más, no volvería a verla fuera de los aspectos formales que implicaban nuestra relación de aliados. Maldije entonces el día en el que nos vimos por vez primera en Bran… maldije cada paso que me llevó hasta esa región. No fue más que una treta del destino. Mis lágrimas habían dejado de escapar, todo en mí se había congelado y solo quedaba el ardor en lo más profundo de mi ser.

Me detuve cuando supe que no tenía caso seguir y me quedé tan solo contemplando como el último fragmento de mi vida se iba sin que yo pudiera hacer algo para evitarlo. El malestar en mi pecho se mantuvo y mi cabeza dio vueltas otra vez, así que me sostuve de lo que tuviera cerca por si llegaba a desvanecerme. ¿Qué más me faltaba por vivir antes de que el verdadero infierno se desatara en mi cuerpo?, ¿fallaría ahora otra vez en la cacería de Anabelle?, ¿moriría tal vez antes de concretar la totalidad de mis planes?, ¿qué más quería el destino de mí?



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Leucótea el Lun Mar 20, 2017 1:49 pm

Concedo a la otra parte de mí el honor de celebrar la presencia de Geshë en la mansión. Ella es quien la tiene más por madre que yo y quien con mayor ansia ha esperado su llegada. La importancia que de mí recibe dista de ser igual. No tengo motivos por apresurar mi encuentro, así que los estudios me corresponden a mí. Siempre ha sido así, desde el principio. Soy yo quien escucha la voz del mayordomo atravesar la habitación en un breve anuncio que notifica la llegada de la señorita Corso y que pregunta por mi parecer respecto a la cena, que está por ser servida. ¿Soy honesta? Respondo que deseo comer en el comedor, pero no confieso que mi intención es que mi yo pequeña conviva con sus dos grandes amores. A mí me da igual. Ella los recibirá, yo no.

Yo duermo y ella despierta. La sé preocupada en su aspecto, preparándose para bajar, despojándose de mi libro. Su reflejo no me muestra a mí, no hay signo de mí, sólo su inocencia torcida, su menguar que cada vez nos unifica más y más. Pronto ella será yo y yo solamente yo. No hay más. Ese color me sienta de maravilla. Bien hecho, Leucótea. Los minutos se extienden y ella, cómoda al no percibir ningún apuro en bajar, sigue ocupándose de sí, hasta que se preocupa. Y yo también. No… En realidad no. Han de estar ocupando aún el estudio y quizá ella cene sola, ajena al ímpetu de sus tutores.

Quizá si los busco…

No. Baja. Cena sola. Después la verás. Toma el libro y vete, que el estómago me gruñe. A medida que desciende las escaleras la discusión se vuelve más clara. Estaba en un error, lo acepto. Me decepciona. Él rogando. Ése ha de ser el mayor poder de Geshë, robarle la dignidad a los hombres. La pobre Leucótea recibe la ráfaga que Helena deja a su paso. Yo veo sus ojos, sus húmedas mejillas. Maldita sea, Robert. Él continúa rogando y yo despierto. Miro y amenazo a muerte a los criados, todos vuelven a lo suyo, evitando morir a causa de sus murmullos. Yo me enteraré, lo saben. Él es un buen amo, yo no, aunque no me pertenezcan. —Deja de rogarle— Exijo entre dientes y lo tomo sin escape para devolverlo al estudio, su refugio. Lo llevo a su sofá, ¿sabrá que trataré de sacarlo del abismo? Podría dejarlo morir. No sé para qué quiero el whisky, pero ha de servirle a él. No se lo doy, sin embargo. Lo dejo cerca. Pronto ha de necesitarlo.  —Con ella lo último que debes hacer es tratar de retenerla, supongo que debí decírtelo antes de tu entrevista con ella— Hablo sin preocuparme en que lleguen mis palabras a él y me siento en el sofá contiguo. Quiero que me hable por su cuenta y que abandone su debilidad y su mareo antes de conversar decentemente con él. No pretendo dejarlo solo, no ahora. Su dignidad no lo acompaña.


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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Mar 20, 2017 7:49 pm

Sentía pesadas cadenas detener sus pasos a medida que atravesaba la mansión. Se sabía presa de aquel espacio y del hombre que, inconforme con llamarse dueño de la mansión, pretendía ser dueño también de aquella impetuosa mujer. Ella, sofocada, quería escapar. Se sentía profundamente agotada y herida, traicionada, aunque también por su mano. Por segundos quería volver, abrazarlo y pretender que no habían de separarse en el futuro, quería besarlo y adueñarse de él como si tal fuera el comienzo de su visita. Pero no podía. Una segunda traición vendría de su propia mano si se lo permitía, así que debía continuar.

Forzada a pretender que Leucótea no descendía las escaleras para ir a su encuentro, pasó de largo. No la miró siquiera, a ella, quien pudo haber recibido aquella carta que tenía como fin ser entregada. Lo lamentaba por la muchacha, tendría que ausentarse de su vida por un tiempo, desaparecer para que el mago no pudiera darle alcance. No lo quería ver. Quería volver sus pasos y atender a sus ruegos. No. Debía aborrecerlo a él y a su egoísmo.

El aire del exterior la abrazó de inmediato y el ruido sordo de las puertas al cerrarse atrapó su pérdida. Sólo quedaba alejarse de Baskerville, olvidar aquellos parajes, fingir que jamás tuvo que ver en aquel sitio. Su forma de bestia apenas y lograba compararse a la crueldad que debió emplear para alejarse de Robert. Bran quizá era el mejor lugar para ofuscar sus pensamientos y librarse aún más del engaño, pero no podía abandonarse de ese modo. Así que su rumbo se desvió hacia Mördvolathe, a su santuario, al rincón inalcanzable por todos. Ahí nadie habría de escucharla. Ahí nadie habría de encontrarla por más que se agotaran los días.




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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Ghünter L. Schröder el Vie Abr 14, 2017 2:30 pm

Pronto todo se volvió negro y perdí la orientación. El mundo desapareció delante de mis ojos y sentí frío, demasiado frío. En mi cabeza seguían resonando las últimas palabras que habíamos cruzado, pero se apagaban y se oían cada vez más lejanas, arrojándome a una desesperación tremenda. No me percaté de Leucótea, ni siquiera me di cuenta que ya no estábamos en el recibidor, sino que de regreso en mi estudio. No sentí el calor del fuego frente a mí, no sentía nada… solo vacío. No tenía idea de si el corazón me seguía latiendo o si mis pulmones seguían adquiriendo oxígeno. Estaba flotando en la nada misma. Pero entonces volví abruptamente a la realidad cuando mi piel fue consciente de un líquido cálido que rodaba por mis mejillas. Cerré los ojos y tomé aire. Me dolía la cabeza, quizá era el estrés. Apoyé mis codos sobre mis rodillas y escondí mi rostro detrás de mis manos al tiempo que un sollozo hacía temblar mi respiración. Era pena y frustración.

Mis sentidos fueron despertando de a poco y solo cuando volví completamente en mí, me percaté de que no estaba solo y que Leucótea se encontraba cerca, observándome. No sé si me dijo algo o si tan solo me arrastró hasta aquí en completo silencio. Trato de serenarme y cuando lo logro en parte, me seco las lágrimas y me incorporo, reparando en ella brevemente y luego en un vaso de whisky servido. Lo primero que hago es apoderarme de él para beberme su contenido en un solo sorbo, lo necesitaba… necesitaba esa sensación quemante bajando por mi esófago, necesitaba el alcohol evaporándose… necesitaba perderme una noche, borrarme hasta caer dormido… y dormir por días. Pero no podía hacerlo, aún si mi vida dependiera de ello.

-No sé qué fue lo que viste… y tampoco lo que pudiste decir. No sé cuánto lograste saber. Lo único que sé es que no quiero hablar de lo que ocurrió, no quiero preguntas. No quiero que intentes averiguar nada… - me detuve frente al fuego evitando verla. No quería revivir lo acontecido, era demasiado doloroso el hecho de asumirlo como para además tener que hablar sobre ello. –Necesito estar solo. Tienes suficientes cosas que estudiar, no vas a necesitarme… - y es que no podía asegurar que mañana por la mañana todo estuviese perfectamente. Iba a tardar en recuperarme, pero debía hacer todo lo posible por estar bien para el día que había determinado para cazar a Anabelle, nada podía arruinar ese momento.

-Vete. Ve a hacer lo que fuera que estuviste haciendo- le ordené entonces sin reparar en un tono amable. Ella no tenía la culpa, por supuesto que no, solo había llegado en un mal momento. –Si necesitas algo, aguarda hasta que esté disponible para resolver lo que sea que requieras. No me insistas, no toques a mi puerta y no me sigas si me ves salir- apreté el vaso en mi mano al tiempo que una leve nube oscura aparecía en torno a esta. Apreté los dientes y cerré los ojos otra vez. Entonces el vaso reventó y los cristales dañaron la integridad de mi palma. Me quejé por lo bajo y observé el daño que me había causado… era bastante, pero no importaba… era otra clase de dolor, pero lo suficientemente potente como para desviar mi atención hacia este. Trataría de pensar en otras cosas, aún cuando tuviera que destrozarme físicamente para eso.



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Re: Alea jacta est || FB || Helena D. Corso

Mensaje por Leucótea el Sáb Abr 15, 2017 1:54 pm

Al fin lo veo volver en sí. Soy una persona impaciente y poco tolerante incluso para quienes son cercanos a mí. Ni siquiera esa lágrima que se desliza sobre la mejilla de mi maestro me conmueve, pero debo esperar. Comprendo que esas cosas no se presionan y que el hombre tan solo sufre la huella que dejan los vampiros. Está embelesado. Estás, todavía, embelesado, Robert Schröder. Todos saben, incluso yo que poco sé, que esto es lo que pasa cuando te aferras a un imposible. Ella es un imposible, ¿no la ves? Ella tiene que rechazar ser parte de una vida, tampoco puede permitir afanarse por mucho tiempo porque sabe que es una prisión que no necesita. Como yo en Zárkaros. No necesité esa cueva, pero debí quedarme. Ella no puede. Incluso esa parte de mí es consciente de que no puede aferrarse a la existencia de esa mujer que llama madre. Yo debo odiarla y cerrarme a su mundo. No sé qué hiciste tú, pero sé que no volverá, al final ella se cerró a ti y tú sólo sabes arrastrarte como un niño. Sólo sabes rogar.

La decepción que siento todavía la tengo silenciada. Es normal, creo. Es lo que pasa cuando uno entrega el corazón y conserva la mente. Lo veo secarse las lágrimas, solitario a pesar de mi compañía. Soy un fantasma, siempre lo he sido. Es una pena por la pequeña. Creyó que compartiría unos minutos con nuestros benefactores. Yo también fui ingenua, lo admito. Estoy sentada con la esperanza de tener una conversación, en cambio él bebe y me habla como si fuera cualquiera. No me importa lo que piense, mi valor le va a pesar un buen día. Sí, estoy furiosa. Mis dedos se encajan en la superficie de mi asiento a medida que lo escucho hablar, correrme de su estudio. Idiota. Idiota. Idiota. Me alegra que ella se fuera. Me alegra que lo dejara solo. Me alegra que el vaso se rompiera en su mano. Merecía esas heridas y más. Mientras, yo sólo podía levantarme y tragarme mi enojo. No dije nada, estaba pensando en una frase corta, que devolviera todas las ofensas que escupió en contra mía. Mientras, caminaba hacia la puerta. Apuesto a que Helena recorrió el mismo camino, apuesto a que ella lo odiaba tanto como yo en ese momento. —Sólo te llamé cobarde, por cierto. Buenas noches.— Eso fue todo. No necesito más.

Salgo de su estudio, pero no voy a mi habitación. No me apetece quedarme ahí, así que me acerco a la puerta principal y las abro de par en par para exponer ante mí una lluvia densa. Voy a casa de Isaac. Necesito hablar con él, o cuando menos necesito el camino para serenarme.

Spoiler:
con esto cierra el tema, correcto?


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