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Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

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Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por J. William Reed el Lun Ene 02, 2017 5:23 pm

Dame un jodido siete, necesitaba un siete. Sacudí los dados en mi mano, con la ebria y descarada sonrisa en mis labios mientras lanzaba mirándole a los ojos al vampiro. Pozos negros para un ser sin alma, un hombre que si sacaba el número que rogaba a un dios en el que solo creía cuando veía el final de mi botella de ron, igual me veía como un aperitivo como vendetta por la victoria. Los inmortales como él nunca solían apuntarse al juego, más estirados y rígidos, los había visto toda mi vida ocultarse del sol y esgrimir la formalidad y frialdad para mantenerse a eones de la humanidad, del resto de Pandora. Estuve tentado a invitarle a una jarra cuando oí su voz uniéndose a la partida de cartas y después a los dados, aunque tuviese que usar el filo de mi sable para obtener la bebida que él deseaba. Se lo merecía, cuanto menos.
Aullé el triunfo cuando el azar, una zorra traicionera y atractiva, se puso de mi lado. Ahí estaba, mi siete saludándonos desde la mesa de madera. Vi como el vampiro marfileño chasqueaba la lengua y, lo que permitía ver desde su naturaleza sobria, a regañadientes, lanzaba una bolsa donde repiquetearon las monedas en su interior. Negué con la cabeza.

-Estoy dispuesto a una revancha. -Y ahí empezó la auténtica noche cuando sonrió por primera vez. Yo seguí bebiendo hasta que mis bolsillos se vaciaron y llenaron a una velocidad pasmosa según avanzaba el juego y él, bueno, llevaba treinta años en Pandora y rara vez había oído la risa de un vampiro sin que hubiese ese líquido carmesí que parecía colocarles y teniendo en cuenta de que no vi más que el filo de sus colmillos de lejos, era uno de los nuestros, uno de esos perdedores vivos que aún quedaban en aquellas tierras, exprimiendo el alcohol con música, juego y mujeres.

Para cuando regresé al Hawk Silver, todo seguía igual que cuando bajé de esa preciosidad, con la única diferencia que ahora la banda sonora aparte de las suaves olas eran las ronquidos de mis camaradas. Supongo que mi mejor idea, aún estando con la cabeza algo nublada por el alcohol, era sumergirme en más ron mientras concebía la ruta que seguiríamos para el siguiente botín. Lo bueno de frecuentar las tabernas de Zárkaros, de que ya conociesen tu rostro y tu nombre, era los tratos a los que podías llegar, los chivatazos, el flujo de información para que todos saliésemos ganando. Me gustaba como funcionaba Pandora... y ¿qué había sido eso? Detuve mis pies. Estreché los ojos. Alguno de los tripulantes, seguro... Pero aquella rápida y pequeña sombra reclamó mi atención. Probablemente también por culpa de la botella de ron que tenía en la mano. Fiel compañera. En otra ocasión habría seguido mi camino al catre, asumiendo que uno de los de la banda querría desfogar con alguna de las rameras del puerto o sencillamente pasar una noche como yo, ante la expectación divertida de juego. Pero, tras dar un rápido trago, acabé persiguiendo al instinto. Y con ello, a ti. Descubrí, entre la penumbra, aquellos rasgos conocidos del dueño de aquel cuerpo enclenque. ¿Qué diablos hacía Bishop ahí? A éste no me le imaginaba frecuentando a ninguna mujer, era un imberbe pero al menos daba que hablar cuando estaba entre nosotros. Tenía que reconocerle que me despertaba cierta simpatía y, por supuesto, si a lo que iba era a algún encuentro fortuito o algo así, yo quería verlo y mañana apostar con el resto si había cumplido o no.
Procuré que no te dieses cuenta de mi cercanía en lugar de abordarte como sería normal en mí, metiéndose un grito socarrón antes de largarme a mi camarote. Pero podía posponerlo mientras volvía a deslizarme tras de ti fuera del Hawk Silver.



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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por Jane E. Bishop el Lun Ene 02, 2017 7:44 pm

Me prometía a mi misma apresurar aquella investigación e irme de una buena vez de ese maldito barco. ¡Un día! ¡Un solo día pedía de descanso, nada más! Pero no, el capitán quiso que justo cuando el Hawk Silver tocó tierra en Pandora, fuese yo quien se quedara a cuidarlo, mientras él se perdía en algún nido de ratas a beber hasta morir. Él y todos sus tripulantes, viejos regordetes con las apenas suficientes monedas para acostarse con alguna prostituta que no pidiera mucho a cambio, ahogados de borracho, pestilentes y mugrosos. No los envidiaba en absoluto, pero mientras ellos iban a gastar su vida y sus monedas en cosas absurdas, yo podría gastar lo mismo en algo útil como comida, ropa o libros. ¿Como si ni siquiera tenía permiso de salir? Lo único bueno tal vez, era que me librara de la presencia de todos y podía dejar de actuar como varón un buen rato, hasta que aparecieran alcoholizados después de un buen día en el burdel al menos. Igual la situación no era muy horrible si lo pensaba de aquella forma: sin hombres cerca. Era libre por unas cuantas horas dentro del navío.

Gasté todo ese tiempo recostada en un catre que acomodé en la cubierta, bajo la sombra del mástil. Toqué un poco de música con el viejo violín que cargaba y también me di la oportunidad de cantar un poco, dejando salir mi voz como era realmente, y no como un fingido tono grave masculino. ¡No tenía a nadie que me dijera como tenía que hacer las cosas! Aproveché bien el tiempo descansando, ¿qué podría pasar? Estamos en un lugar seguro, según el capitán.

Naturalmente la tarde cayó, y con ella los marineros que poco a poco iban regresando al barco. La mayoría cayeron dormidos con tan solo tocar la almohada, y uno incluso se quedó tirado en la cubierta cerca del timón, cubierto en vomito, ensuciando el suelo que había limpiado ayer... Como fuera, ya bien entrada la noche y con la certeza de que la mayoría regresó al barco, decidí escabullirme entre los pies y manos a la salida, ocultando el ruido de mis movimientos con los fuertes ronquidos de los hombres a los cuales ya me había acostumbrado. Subí las escaleras y salí por la trampilla, no sin antes echarle un vistazo rápido al barco en busca de algún curioso. Nadie— Bien —mascullé por lo bajo. Me escurrí como pude intentando no llamar la atención de nada ni de nadie. La altura del agua en esa zona era lo bastante profunda para mantener el barco amarra, así que solo necesite bajar por una soga y de inmediato sentí bajo mis pies el muelle, enorme y fuerte. Hice ruido con mis botas cuando pasé por la madera, pero ya no me importaba la discreción, estaba fuera del navio al fin y al cabo. Caminé todo derecho por el gran puente de madera y al llegar al limite donde colindaba con el principio del pueblo, giré a la izquierda. Mi intensión no era ir a un bar o un burdel. Era llegar a una playa lo suficientemente sola para poder ducharme. Tras cinco minutos caminando, llegué a un conjunto de rocas enormes que abarcaban parte de la arena y parte del agua, y escondían entre ellas una zona lo bastante segura de miradas y de oleaje fuerte. Ha decir verdad, la marea era casi nula. La noche era muy tranquila.

Me escondí tras una de aquellas rocas, y de lo primero de lo que me despojé fue mis botas. Las deje juntas a un extremo, al igual que mis calcetas. Removí el pañuelo de mi cabello y ese lo use de base para acomodar toda la ropa que pronto iba a dejar en la arena. Para que no se ensuciara más de lo que estaba, prefería arriesgar la integridad del pañuelo. Le siguió mi chaleco y mi camisa que algún día fue blanca. Solía llevar los pechos vendados para evitar que se notaran, no eran muy grandes realmente, pero era de vital importancia esconderlos aunque después de tiempo doliera. Entonces me despojé también de aquellas vendas, dejando por una vez mi naturaleza libre. El pantalón y la ropa interior le siguieron, y una vez desnuda me aproxime al agua, no sin antes dejar previamente la ropa bien doblaba sobre el pañuelo. Me interné en el agua cada vez más hasta que la altura de esta me llegó a la cintura. Me sumergí rápidamente y volví a salir a los pocos segundos. Mis aletas habían vuelto. ¡Se sentía tan bien! Tenía todos los dedos de las manos y pies unidos por una membrana azul, además de que los pies se habían alargado y parecían aletas. Las branquias las tenía localizadas en el cuello, justo debajo de las orejas, tres finas ranuras de cada lado. Y una nueva aleta salia de mi espalda, del tamaño de la columna vertebral y del mismo color que la de los pies y manos.

Extrañaba nadar, internarme dentro del mar y perderme un par de horas, pero no estaba allí para eso. Tallé mi rostro un dar de veces enjuagandola con el agua. Procedí con todo lo demás.




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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por J. William Reed el Sáb Ene 07, 2017 11:32 am

¿A dónde diablos te dirigías, Bishop? La pregunta restallaba como un golpe de látigo en mi cabeza continuamente, pues no seguiste el camino por el muelle hacía la atestada zona de tugurios despiertos que esperaban la presencia y las monedas de tu bolsillo. Aparte de tu alma maldita. A lo tonto, reconozcamos que para ser el hogar de los felices fracasados, te exigían demasiado por tu perdición. Menos mal que uno se acostumbraba rápido a ese tipo de cosas, encontrando un sucio y retorcido placer ahí. Pero tú no buscabas eso... entonces, ¿qué? ¿Qué se le había perdido a un muchacho como tú por ahí? Nunca entendí tus pretensiones de formar parte de mi mundo, a rachas no creía que pudieses soportarlo. Había algo en aquellos ojos oscuros, aún demasiado jóvenes, que pese a esa feroz determinación decían mucho de ti. Ahí dentro había algo bueno que simplemente no estaba entre los míos. Tus manos eran demasiado finas como para tirar de los nudos fuertes de las velas, tu cuerpo era demasiado pequeño para soportar el bamboleo brusco e impasible de una tormenta en el Hawk Silver sin que nadie te agarrase de un hombro y tirase de ti. Y, sin embargo, aquí seguías. Nunca te pregunté porque, igual que jamás osaría cuestionar al resto de la tripulación. Todos teníamos un motivo para seguir al pie del cañón y sujetar otra vez el timón. Así que, igual que los demás, te habías levantado y seguías jugando por la cubierta del navío. Salvo la sutil diferencia de que, cuando tú te presentaste ante mí, Bishop, si sentí auténtica curiosidad. Quizá por eso te seguí, por eso estaba escondido entre las rocas que se alzaban dándote intimidad y a mí refugio. Puede que tuviese ahí mi respuesta. No sentía un ápice de culpabilidad por pasarme por mis zonas pudorosas tu intimidad y privacidad. Aprende a que no te sigan y sobrevivirás. Al menos yo no tenía malas intenciones, salvo alguna pulla dependiendo de lo que descubriese. Igual luego solo eras un maldito poeta que quería observar la luz de la luna a solas provocando que cualquier hombre del puerto que se preciase te quisiese romper la nariz. Con todo el pleno derecho, cabe decir. Pero no. Cuando asomé la oscura cabeza, te vi... ¿desnudándote? ¿Eras de esos? Estuve tentado a largarme con mi botella de ron. Prefería otro tipo de espectáculos.

Espera. Prefería ese tipo de espectáculos.

Mis labios se entreabrieron por un momento por la sorpresa cuando aquella melena oscura fue como una cascada castaña contra la fina curva de tu espalda, dibujada a contraluz por la reina de la noche que colgaba en el cielo e influenciaba el mar a su poderoso gusto. No lo pude evitar, fruncí ligeramente el ceño y, apoyando la mano libre en las rocas, me adelanté un paso inconsciente para verte mejor. Cada curva se mostró ante mí, sin frenos, en una realidad que ni siquiera las huellas de la Atlántida pudieron borrar.

¿Por qué demonios tenía una mujer como esa en mi tripulación? ¿Quién coño te había dicho que era buena idea? Tu maldita inconsciencia te iba a matar, estúpido. Estúpida. Apreté el puño. Joder, Bishop. Estuve a punto de salir, de dejar que me vieses, de acabar con tu juego... pero no había llegado hasta donde estaba por actuar impulsivamente, por mucho que lo pareciese. Las únicas mujeres que se habían colado en mi barco era con invitación expresa, un puñado de monedas o negocios, con su cuerpo o con información. Por sentido común no se mezclaban en una banda pirata, con un contrabandista. ¿Qué esperabas sacar con aquello?
No aparté los ojos de ti, vigilando tus movimientos, concienciándome de lo que estaba viendo. Indudablemente no existía nada más femenino que tú. Como halago podría comentarte que ganarías mucho en el puerto si te paseabas así. Pero pertenecías a los míos. Apreté con fuerza la botella de ron de mi mano y me giré. Bishop no era un niñato imberbe. Casi sentí el impulso de soltar una carcajada. Me volví tras quedarme ahí plantado unos minutos, sopesando velozmente las opciones en mi cabeza. Tenía que decidir que hacer contigo. Eché a andar, regresando al Hawk Silver en silencio, ignorando los ronquidos de fondo que me acompañaron en mi subida a éste y, ahí, te esperé, Bishop, sin poder quitarme tu imagen de la cabeza en la penumbra de la noche.



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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por Jane E. Bishop el Dom Ene 08, 2017 7:05 pm

Tallé con especial cuidado todas las partes de mi cuerpo, removiendo toda posible suciedad de mi piel. Una de las cosas que menos me agradaban de navegar con una horda de hombres apestosos es que no tenía la misma libertad que ellos cuando se daban una ducha o se iban a perder a algún lago en una isla desierta a nadar. Por lo que solo en ocasiones especiales podía tomarme el tiempo que estaba tomándome en esos momentos para limpiarme. Aunque ciertamente no lo necesitaba tan seguido. Era una Atlante, mi fisiología (incluso en forma humana) era bastante diferente a la de ellos, en tiempos de calor y de arduo trabajo no sudaba ni olía como ellos. Pero ellos... el olor de la tripulación completa era casi mortal si osabas acercarte un día de mucho calor, ¡Y vaya que lo sabía! En las noches sobretodo, con todas esas bestias amontonadas a mi alrededor... Pero no estaba ahí para pensar en la poca o nula belleza de los tripulantes de la nave. Si no lo contrario, olvidarme de ellos por diez minutos en mi miserable vida. Sonreí de lado. Que irónico.

Cuando creí estar lo suficientemente limpiar, salí del mar. Caminé por la arena hasta donde estaba mi ropa y empecé a vestirme, sin siquiera sopesar en mi mente la idea de que hasta hace unos instantes alguien había estado observándome. Alguien con el poder máximo y la autoridad para sacarme a patadas del barco si así lo quería. Caminé por la playa tranquila, estar en mi elemento era reconfortante, y estaba casi segura que nada podría impedirme el sueño esa noche...

Arribe al puerto y regrese al barco de la misma forma en la que me fui. Subí por la soga y brinqué la baranda para finalmente plantar bien los pies en la madera de la cubierta. Caminé a hurtadillas, cubriendo mis pasos con la orquesta de ronquidos que mis compañeros ejecutaban con excelente precisión. Estaba por bajar por la trampilla dispuesta a escuchar el concierto en primera fila cuando escuché un ruido a mis espaldas, un ruido que no precisamente venía de los dormilones piratas. Se me heló la sangre. Me quedé quieta, sin moverme un solo centímetro. ¿Que excusa daría ahora? ¿Qué razón podría valer la pena para escapar a mitad de la noche, que fuese creíble? Tragué saliva previniendo mi pronto interrogatorio. Con mucho cuidado, como si aun creyese que podía engañarlos y salir con vida de esa, me giré lentamente sobre mis talones, dándole cara a la amenaza.

El mismo ruido. Fijé mis ojos en el objeto, era... era... una polea chocando contra la madera de un mástil por el viento. No había mucho viento ciertamente, pero podía provocar ese efecto con la mínima cantidad extra de corriente. Suspiré aliviada, relajando mi cuerpo —¡Bueno, al menos no es el capitán!— dije, y me volteé, ese mismo estaba frente a mi —¡CAPITÁN!— exclamé, brincando del susto, con un grito agudo que poco se asemejada al de un hombre, un varón. Me aclaré la garganta nerviosa —Digo, ¡Capitán!— renové mi voz, fingiendo una incluso más grave de la que solía usar. Le di un pequeño golpe en el hombro, intentando lucir natural —¿Qué hace tan noche por aquí?— inflé el pecho todo lo que pude y le arrebaté la botella de ron de las manos. Le di un trago, pero una mueca de asco se asomó al segundo. Trate de disimularlo, pero sin éxito —¿Son los ronquidos, verdad? Jo, jo, siempre lo he dicho. Parecen batalla naval.— le devolví la botella torpemente, y le alisé la camisa de los brazos sin ningún motivo ni justificación. ¿Qué mierda estaba haciendo? Si no hubiese sospechado nada hasta el momento, seguramente ya lo hacia con mi extraño comportamiento. Sonreí como un marica y fije mi vista en la él— ¿Algún problema, Capitán Reed? —pregunté, inocente y tonta. ¡Zeus parteme a la mitad con uno de tus rayos, por favor!


Última edición por Jane E. Bishop el Vie Feb 17, 2017 4:59 pm, editado 1 vez




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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por J. William Reed el Mar Ene 17, 2017 9:28 pm

Atisbé, en la penumbra que los rayos de la luna no podía vencer, tu silueta. No me moví, como un gato vigilante me mantuve en mi posición, manteniendo las piernas separadas ligeramente sobre la cubierta del navío igual que ya las mantenía en tierra. Defecto de fábrica. Cuando un hombre pasaba mucho tiempo en un barco, tendía a adoptar aquella postura para mantener el equilibrio ágil sobre las indomables olas. En mi caso había pasado muchos años surcando aquellas aguas, no solo en el Hawk Silver, si bien el corazón solo se había quedado ahí. ¿Véis? Soy un maldito romántico y no necesitaba estar borracho para ello. Bajé la mirada a la botella que movía habilidosamente entre mis dedos. Casi vacía. Quizá si lo necesitaba.

Ahí estabas, otra vez en mis dominios. En los cuales me habías engañado. Mira, yo no era un hombre que pecase de gozar de un sentido común sumamente desarrollado pero tú, Bishop, parecías bailar sobre la tumba en la que descansaba tu instinto de supervivencia.
Me crucé de brazos, apreté mis labios mientras mi mirada inquisitiva te perseguía, avanzando solo cuando se te ocurrió hablar. ¿Qué demonios te pasaba? Ojalá pudiese achacar tu torpeza a que habías bebido pero te había visto trabajar durante días y parecía don natural tuyo pero claro, estabas nerviosa, ¿verdad? Desnudarte, proclamar en la intimidad quien eras y luego regresar a una piel que no te pertenecía debía ser una putada y dejar los nervios siempre en tensión, ¿eh? ¿Pues por qué lo hacías? Tu grito logró sonsacar la sonrisa descarada a mi rostro, ondeándola como una bandera para ti. Ah, aquella era la primera vez que oía de verdad tu voz. Lo que siempre atribuí a los gallos de un muchacho imberbe ahora se oía como una exclamación natural, como un cristal rompiéndose.
A cada segundo que pasaba, cuando te vi demostrar lo hombre que eras y a la misma velocidad sentía tus manos sobre mí, de verdad, Bishop, no sabía como diablos seguías vivo. Viva. Acostumbrarme a eso iba a costarme.

-Vaya Bishop, es la primera vez que te veo beber, ¿qué? ¿Lo has probado y ya no puedes parar? -Sí, porque si no achacaba a que venías puesto de alcohol que hasta habías arrasado el agua de los charcos no podría justificar aquella actitud. No lo ponías nada fácil. Me crucé de brazos, mi permanente ceja arqueada en un gesto que a más de uno le había sacado de quicio hasta tal punto de desear golpearme. Y hacerlo. Y empezar una guerra campal en una jodida taberna. Lo bueno es que luego te lamiesen las heridas.
No te respondí absolutamente nada durante un momento, concediéndote ese brutal instante de silencio sepulcral mientras me limitaba a mirarte. Joder, ¿cómo no me había podido dar cuenta antes? Mientras sonreías de esa maldita forma fue como verte por primera vez. Bueno, la verdad que no podía quejarme, mi primera impresión sobre tu auténtico yo había sido... muy ilustrador. Pero ahora la luna parecía concederte otro cariz, ya no veía ese pelo corto, sino la melena indomable, ni la mirada de un chaval demasiado joven, sino los de una muchacha, grandes e insultamente expresivos sobre aquellas pecas que salpicaban esa facciones demasiado suaves. Teníamos un problema, ¿sabes, Bishop? Podría traerte a mi barco el simple y estúpido afán de aventura, pero también algo más grande. Grande y peligroso para mí y los míos aunque si alguien te había encargado algún tipo de trabajo sucio, era un imbécil.

-Ninguno. -Y volví a sonreír, esa sonrisa cargada de ese retorcido buen humor que parecía contrastar tanto con la mirada penetrante que trataba de leer en ti. Por el contrario, en vez de seguir mi estudio, te lancé la botella de nuevo tras pegarle un trago y vaciarla- Pero me ha ido bien la noche, así que vamos a celebrarlo. - Te hice un gesto para que me siguieses, lanzándote una rápida mirada por encima de mi hombro, sin darte ninguna otra opción salvo seguirme hacia rutas salvajes. O mi camarote, poco frecuentado por cualquier miembro de la tripulación, menos tú. Te abrí la puerta, bruscamente, invitándote a entrar con una sonrisa ladina. El cuarto no era muy amplio, con los muebles entornillados al suelo, el inexplicablemente ordenado escritorio y la cama en el rincón junto a los armarios que escondían en la mayoría de ellos botellas que distraían la atención de los auténticos botines. Bienvenida a la guarida del rey de los ladrones.



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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por Jane E. Bishop el Vie Feb 17, 2017 10:01 pm

No podía pensar otra cosas más que cuanto odiaba esa maldita sonrisa arrogante en el rostro del capitán. Eso podía significar dos cosas: o le gustaba lo que veía y se sentía expresamente satisfecho, o no le gustaba y su sentido común le decía algo muy claro: disturbio.  Ambas opciones carentes de tacto y coherencia. Solo a una persona como él le resultaba fácil ser tan abierto y libre con sus acciones sin miedo a que hubieran repercusiones. Y vaya que no era torpe al contrario mio. Nuestras diferencias radicaban en que si nos metíamos en un problema, él era totalmente consciente de ello... yo no. Justamente como ahora. Lo mire el silencio, quieta, sin quitar mi vista de los labios curvados de mi capitán, esperando un mínimo movimiento o sonido para asegurarme a mi misma que seguía con vida y lo iba a seguir un buen rato más. Estaba nerviosa, ¡vaya que sí! Me ha pillado de noche entrando a hurtadillas al barco, ¿de donde? De tomar una ducha donde, evidentemente, uno se quita la ropa. No creía que fuese capaz de seguirme, era demasiado simplón y poco curioso, hasta perezoso. Pero aún así no quitaba que me hubiese tomado desprevenida en algo que era un secreto solo mio, mio y de la noche y de las olas de mar, y no esperaba que un cuarto se enterase de lo que sucedía las veces que me escapaba del barco, que estaba lejos de ser una visita a un burdel o a un bar como muchos otros de los tripulantes preferían.

Y he ahí la respuesta, simple y ambigua.  Lo miré incomoda. Había un problema y claramente no iba a decirme cuál era. Como plus solo volvió a sonreír. ¿Sabría lo que estaba haciendo, cierto, metiéndome en más problemas de los que ya era capaz de soportar? Bien, ahora tenía al capitán sitiando mis posibilidades en una zona poco segura, y una botella vacía de ron en las manos. Miré hacia donde se dirigía Reed, casi tiro la botella al darme cuenta que me conduce a su camarote. Jamás había entrado ahí, y dudo que el resto de la tripulación lo hubiese hecho, a menos que fuera para llevar a dormir al capitán estando tan borracho que no pueda siquiera mantenerse de pie. Y por supuesto, las chicas del burdel predilectas del capitán. De cualquier forma, estar allí dentro no me daba buena espina, estaba en un territorio completamente suyo en un juego que aparentemente solo él entendía.

Pero no tenía de otra. Dudosa, dando tropezones, entré por el marco de la puerta. Era una habitación no muy amplia con apenas las cosas básicas para vivir cómodamente dentro de lo que cabe estar en un barco. Y entonces fue cuando me surgió una pregunta: ¿Reed tiene hogar, en tierra? No sabía de un pirata que tuviese una vida fuera de las aguas, me refiero a que son libres y salvajes, sin un lugar que les até emocionalmente a tierra firme. Pero aún así la duda taladraba con fuerza mi cabeza. ¿Habrá tenido un hogar, un "algo" donde pertenecer antes del Hawk Silver? ¿Y los demás hombres? Ella no se consideraba una amante de los barcos. Si bien era una atlante y el agua era su elemento, estar en un barco de por vida no es lo que anhelaba con todas sus fuerzas. Estaba ahí por una misión personal para encontrar a su hermano. ¿Ellos habían elegido estar ahí por amor a la piratería, o el Hawk Silver había sido un salvavidas en algún punto en declive de sus desdichadas vidas? ¿William inició ahí por gusto o por que era su única opción?

El sonido de la puerta me hizo volver a la realidad. Me volví sobre mi propio eje hacia la puerta, donde estaba William. Literalmente, ahora estaba sí estaba sitiada— Capitán... ¿como pretende celebrar sin ron? —pregunté, moviendo la botella que tenía entre manos obviando que se encontrada vacia




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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por J. William Reed el Mar Mar 07, 2017 6:22 am

¿Quién había franqueado el marco de la puerta de mi camarote? Cualquiera de la tripulación tenía la potestad de hacerlo... pero nadie lo deseaba. Contadas ocasiones eran las que alguien quería hacerlo a sabiendas de lo que significaba. Aquel lugar me pertenecía. Era mío. Los lobos no eran los únicos que tenían ese desarrollado instinto de posesividad, salvo que yo lo ocultaba tras una sonrisa que adquiría el matiz del asesino cuando la situación iba caldeándose. No necesitaba usar unos puños ante poderes superiores, así no se sobrevivía en aquellas tierras cuando eras un humano. Había que afilar la mente. Y este rincón era donde la guardia era bajada con la misma intensidad que entrenada. El camarote era mi hogar mientras que el resto del Hawk SIlver era mi territorio móvil, purgatorio y lugar de tortura, santuario y estancia de reunión ante un peligro. Por eso la banda cuidaba de poner los pies allí, sabían lo que significaba: problemas, para ellos por índole personal o para la hermandad. Y tú debías saberlo a aquellas alturas, Bishop. Llevabas el tiempo suficiente entre los nuestros para conocer mis costumbres aunque ¿quién sabía? Quizá la opinión que tenías de mí era suficiente como para engañarte y hacerte creer que simplemente había tomado unos tragos de más pero no estabas aquí por ser corto de entendederas, de hecho, fue ese brillo de inteligente determinación lo que te abrió las puertas de entrada a la tripulación. Pero ¿por qué? ¿Qué querías? ¿Qué buscabas?

-No me subestimes, Bishop. -Aún con los ojos fijos en ti, penetrantes, respondí despreocupadamente a tu observación en un doble aviso que podrías leer entre líneas fácilmente. Me erguí, manteniendo la puerta sellada tras de mí antes de encaminarme en tu dirección, pasando a tu lado mientras te arrebataba la botella de las manos en los ademanes bruscos que me caracterizaban- ¿Qué clase de hombre adicto a la mala vida sería si no tuviese mi propia bodega privada? -Y cuando hablábamos de ésta, me refería a cualquier mueble allí instalado. Lo cierto es que tenía la costumbre de mantener alguna que otra petaca lista para la acción resguardada entre algún cajón, en compañía de cosas más importantes. Pero para ojos ajenos que se atreviesen a entrar ahí, me interesaba más que supiese que mi única obsesión era mojarme el gaznate con el alcohol más fuerte que pudiese encontrar.
Te di la espalda tras abandonar la botella vacía sobre el escritorio extrañamente impoluto, quizá la única huella del orden que necesitaba para llevar mis asuntos. Abrí un armario, una suerte de mueble bar que escondía el brillo del vidrio que contenía mis bebidas favoritas por excelencia. Por supuesto, ron con distintas etiquetas que revelaban desde que puntos de Pandora e incluso fuera de ella habían sido exportadas. Lo bueno de ser un contrabandista es que tenías oportunidades únicas para conseguir cosas fuera de la isla, siempre yendo por mar lo más útil. Solo había que tener cuidado de no despertar la ira de Davy Jones.
Me tomé mi tiempo, en silencio, para optar por una bebida u otra. La llama de la vela que reposaba dentro de un candil que colgaba sobre el centro de la estancia le arrancó un atractivo brillo que volvería loco a cualquier hombre. A mí. Una de las comisuras de mi labio tironeó para formar una leve sonrisa. Soy de placeres sencillos, siempre me remito a ello. Me volví hacia ti, y bajo aquella luz, volví a verte. Era como si ya no pudieses ser solamente Bishop, el enclenque marinero con agallas para enrolarse pero con la fuerza de una hormiga. Ahora ¿quién eras, John? ¿Quién fuiste siempre? Tenía que reconocer que la sensación que sentí cuando atisbé tus curvas casi podían competir con las del amor que siempre reclamaría las de la botella que descansaba entre mis manos. ¿Por qué las escondías? ¿Por qué te escondías a plena vista ante los míos, ante mí? Me senté, dejándome caer en la silla atornillada en el lado opuesto del escritorio en el que estabas y te invité con un gesto de cabeza a ocupar el que se hallaba frente a mí, al otro lado.

-No nos moveremos de aquí hasta que esta preciosidad haya recibido su trato justo. -Levanté el ron ante ti, con una desafiante sonrisa de aquel cómplice juguetón. Aún no era mi enemigo. Mi enemiga. Pero tenía que saber que clase de riesgos implicabas para mí. Así que deslicé la botella por la superficie plana de la mesa con la suficiente fuerza para que llegase ante ti- Empieza con el primer trago. Es una noche para tener compañía, Bishop. -Mi lengua no pudo refrenarse:

-Claro que prefería algo más femenino pero a veces uno necesita una noche entre los suyos, ¿no crees, chico? -El humor resplandeció en mis ojos. Ni siquiera ahora, a sabiendas de que no eras lo que decías, no veía como podía desaprovechar la oportunidad de dar rienda suelta a aquel tipo de comentarios. Por suerte, el muro del secreto seguía levantado, ¿no? Escóndete tras él, Bishop, engáñame, pero veamos hasta donde llega tu astucia. Tenía que reconocértelo, jugar al póker ahora mismo se me antojaría aburrido tras este encuentro.



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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por Jane E. Bishop el Lun Mayo 29, 2017 2:11 am

Di un pequeño respingo cuando arrebató la botella vacía de mis manos. El capitán a veces tenía la delicadeza de un elefante, no me sorprendía en lo absoluto, pero era una de las pocas cosas a las que jamás podría acostumbrarme: la brusquedad de los marinos del Hawk Silver, y en especial del capitán Reed, aquel castaño que me miraba ahora con esa asquerosa sonrisa ladina, aparentemente muy feliz con la vista de la belleza de botella que tenía en esos momentos a la mano. Me sentí estúpida. Sí, muy estúpida por sugerir que ya no tendría más alcohol. ¡Por favor! Era William Reed del que estaba hablando. Ese hombre seguramente tendría alcohol hasta en el rincón menos pensado. ¿Cómo se las arreglaba para ello? Solo dios sabrá, pero no deja de sorprenderme.

Junté mis manos y las entrelacé con incomodidad. Estar allí dentro no ayudaba en lo absoluto, y menos si lo que intentaba hacer ese hombre era poderme borracha. Borracho. ¿Pero que podía decirle? ¿Qué no “gracias”? ¿Qué no “bebo alcohol”? Acaba de decir que no nos moveríamos de allí, y conociéndolo, así sería. Estaba encerrada. Sitiada por y con mi capitán. ¡Maldita sea! La botella llegó hacia mí, y se detuvo antes de rozar las puntas de mis manos que reposaban sobre la mesa. Bajé la mirada. Era ron seguramente. Sabía tan mal… La agarré entre mis manos, la levanté unos pocos centímetros, y luego cayó. Cayó en la mesa, sin romperse, sin dañarse de ninguna forma a la que el capitán pudiese parecerle fatal. Pero cayó con los nervios que se apoderaron de mí cuando sugirió algo más “femenino”. Lo miré casi con una súplica. Él no sabía mi secreto, no podría entender aquella mirada así qué ¿para qué reprimirla? Pero tampoco podía darme el lujo de que sospechara algo —Lo-lo lamento. Tengo las manos mojadas— le dije con una rápida sonrisa de “todo está bien”, y volví a sujetar la botella, ahora firmemente entre mis manos como si esperase algún otro comentario de esa índole. La abrí. Al mal tiempo darle prisa, ¿cierto?

Contuve la respiración, lleve la boquilla a mi boca y le di un gran trago. Tras unos segundos la bajé y la coloqué nuevamente en la mesa. Mi mueca de asco no se hizo esperar. De verdad el sabor es asqueroso. Tosí un poco y limpié mis labios con la manga de mi camisa. Deslicé la botella hasta el capitán. Definitivamente él le tiene más gusto a ese sabor. Y entonces… ya no supe que decir. ¿Agrego un comentario sobre el tema anterior y cabo mi propia tumba rápidamente? ¿o inicio otro tipo de conversación y cabo igualmente mi tumba, pero lentamente? Sin saber que decir, me senté sobre el escritorio, de perfil a él en un intento por evadir su mirada. Porque, vaya que tiene una miradita muy… muy… muy perspicaz. Voltee a verlo nuevamente un momento pero enseguida me volví. Era demasiado para mí. Esperé a que volviera la botella hacia mí, y le di muchos tragos, más de los que acostumbro y de lo que me hubiese gustado. Quería valentía. Quería poder hacerle frente con la maestría que me era escasa. Y según tenía entendido, el alcohol era buen amigo en esas situaciones.

Después de breves momentos en silencio, me animé a hacerle una pregunta sencilla, con cierta curiosidad dado lo que me sucedió hace poco—Capitán— empecé, balanceando mis pies que volaban algunos centímetros del piso —¿Quién es la mujer que viene a verte continuas veces? Se mete a tu camarote, pero tú no siempre sales muy feliz, por lo que no puede ser una prostituta. ¿Verdad? Parece más una amiga— suspiré. Hablar de cosas comunes y reales (sobretodo reales, joder) era mucho más fácil que mentir todo el tiempo. Y sobre todo para mí. Qué no supe que era mentir hasta que tuve que hacerlo para la búsqueda de mi hermano.

Solo esperaba que no empezara de pesado a insistir con cosas que no le interesaban.




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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

Mensaje por J. William Reed el Vie Jul 07, 2017 12:54 pm

Mi corazón dio un vuelco. Curioso, lo que no hace ante la visión de un poderoso botín, las increíbles curvas de una mujer que poder recorrer sin frenos, la victoria o la pérdida de una apuesta, el grito de guerra de un enemigo... no, nada de eso me había alterado nunca como la perspectiva de ver caer a uno de mis dioses: el alcohol. Nadie podía culpar que hubiese destinado mi fe a algo como aquello, al menos no se la había entregado a cualquier ser poderoso sin justificación o a un ente sin figura ni nombre. Había sido selectivo, lo suficiente como para reponer ron con más ron en caso de que las personas como Bishop desperdiciasen la mercancía. No podía honrar a algo que podía perder, era la ley de mi vida.
Mi mirada, si bien por un momento reflejó un brillo de alarmada amenaza, se silenció con la tranquilidad del mar y el bamboleo del barco y me limité a mirarte, muchacho. Muchacha. No iba a ser fácil acostumbrarme a eso, y prácticamente tener concentración para pensar en ti como la mujer a la que había visto desnudarse con la luna en lo alto, hacía que pudiese perdonar tales faltas como tirar la botella de alcohol, Bishop.

-Nunca te disculpes, Bishop. No titubeando. Te hace parecer vulnerable. -Afilé mi voz pese a que la sonrisa que amparó mis labios continuó siendo bonachona en una férrea contradicción que siempre me acompañaba. Pero es que, además, eso es lo que parecías ante mí. O lo que deberías parecer. Una cosa es que pareciese un chaval flacucho al que era fácil tomar el pelo y al que todos, de alguna manera, habían aceptado en la tripulación... pero ahora eras una niña en mitad de un mar lleno de tiburones. Oh, quizá estaba exagerando, la única ventaja de navegar por un mar delimitado por fronteras marcadas por Davy Jones era que mis hombres y yo no nos solíamos alejar el suficiente tiempo de puerto para volvernos unos salvajes al oler carne fresca como tú... pero diablos, en tiempos de guerra cualquier agujero es trinchera, por muy soez que suene, damita. Tener a una mujer en el barco siempre traía mala suerte, era un dicho pirata de lo más extendido. Sembrabais el caos, quisieseis o no. Eras un problema, Bishop. ¿Qué demonios hacías aquí?

No aparté la mirada de ti, te vi beber y tuve que admitir que a pesar de que hiciste gala de una repugnancia supina, esa forma de arrugar la nariz y torcer los labios me arrancó una sonrisa real que se asomó en seguida a mi rostro. No sabías beber. Te demostré como se hacía, echando los tragos oportunos como si fueran agua mientras mis pensamientos continuaban su recorrido en el silencio que interrumpía las olas chocando contra la madera del Hawk Silver hasta que tu voz, más grace seguramente por el alcohol, rasgó ese momento callados lleno de sonidos. Con mucha osadía.

-Quizá no haga muy bien su trabajo pero es excepcionalmente hermosa o... ¿No has pensado que quizá su precio sea muy alto y eso sea por lo que no salgo tan feliz? Un hombre no suele querer pagar por una amante. -No al menos el precio que tendría una mujer como Helena, porque de ella hablabas claramente. Claro que una vampiresa de tal calibre, alguien como la jefa, no sería jamás para el mejor postor. Esa mente astuta nunca funcionaría de una forma tan básica. Por eso era con la única persona que hacía negocios reales, grandes, aventurándome más allá de aquel mar por ella- Aunque ninguno de los que estemos en este barco te diremos algo así. -Eso era algo que, de lejos, a ti no te agradaba Bishop, se te notaba en la cara, claro que antes podía adjudicarlo a que eras un mojigato... ahora comprendía mejor tus reacciones. Esto empezaba a favorecerme. Sonreí. Mi relación con la jefa no era ningún secreto, no cuando todos sabían que frecuentaba Sombra del Edén, su local del puerto, no cuando ella tenía bandera blanca y preferencial para venir al Hawk Silver y llamar a mi camarote como una invitada. Pero tú no llevabas tanto tiempo aquí para que los demás te hubiesen contado algo que se suponía que todos sabían, por eso no me sorprendió tu pregunta- No le agrada que pronuncien su hombre aquí la conocen como Corso. -Te concedí, mis dedos, algunos engarzados con pesados anillos desgastados, tamborilearon en la mesa- Es una aliada para nosotros. A mí me gusta llamarla jefa. -Hasta ahí fue mi respuesta antes de inclinarme sobre el escritorio para acercarme más a ti y esos ojos de cervatillo que llenaban tu cara. Bebí un último trago antes de cederte otra vez la botella de cristal- Pero Bishop, si te he traído aquí no es para hablar de ella aunque seguro que nos daría para una conversación fascinante... Sobre todo si ella estuviese delante, tiene un humor de lo más ejemplar y es toda una dama, de las que ya no quedan. Ya sabes, las que aguantan bien el alcohol. -Arqueé una ceja en tu dirección- ¿Sabes? Nunca me has contado que haces en este barco, Bishop. Esta no parece vida para ti. -Soné especialmente despreocupado, como quien comenta que la lluvia cae del cielo y el alcohólico mataría por un trago de aquel ron que estaban compartiendo.



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Re: Para sobrevivir, sella tus labios (Bishop)

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