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For whom the bell tolls | Ryssa A. Kiryakos

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For whom the bell tolls | Ryssa A. Kiryakos

Mensaje por Rymond Kallahan el Miér Oct 19, 2016 6:17 pm



No man is an island*,
entire of itself,
every man is a piece of the continent,
a part of the main.
If a clod be washed away by the sea,
Europe is the less.
As well as if a promontory were.
As well as if a manor of thy friend's
or of thine own were.
Any man's death diminishes me,
because I am involved in mankind.
And therefore, never send to know for whom the bell tolls;
it tolls for thee.

—John Donne.

Era él. Y estaba loco. Estaba más loco que nunca.
Rymond no tenía ni la más remota idea de lo que había hecho. No por sus acciones, sino por lo que éstas iban a desencadenar y, de hecho, ya habían desencadenado.
Llevaba semanas, puede que incluso meses, vagando por aquella isla a la que los sobrenaturales habían sido deportados. Se firmó un pacto de paz, pero no era un secreto para nadie que les habían cedido aquel pedazo de tierra para que «no molestasen» a los humanos.
Aquello a Rymond poco le importaba. Nunca le había importado. Para él, su interpretación del mundo era completamente única, puesto que ninguna otra criatura sobre la faz de la Tierra, ni siquiera los enfermos como él, tenía la misma visión de cuanto llegaba a sus cinco sentidos principales. Él, tanto fuera como dentro de Pandora, había sido un asesino peligroso, aunque no necesariamente violento o agresivo. Él, desde siempre, se había limitado a observar y a obrar. Lo que cada uno pensase de sus acciones ya iba más allá de la naturaleza, y por tanto, era absolutamente subjetivo.
El desencadenante de aquel brote psicótico fue la desaparición de Cala. De un día para otro Rymond dejó de olerla, de sentirla como loba o como miembro de otra manda. Sencillamente, se esfumó. Él, obsesionado como estaba con ella, cayó en una espiral de locura y casi necesidad de encontrarla, al precio que fuese.
Tiempo después algo había cambiado en Pandora. La rebelión siniestra parecía tener competencia, rivalidad. Nadie podría sospechar que se trataba de una casualidad, porque era imposible imaginárselo teniendo en cuenta el reguero de sangre que el lobo negro había dejado a su paso. Quizá había matado a cincuenta criaturas, tal vez a diez, probablemente unas veinte. No las había contado. Lo único que sí sabía es que no encontraba a Cala. Aquello le hacía sentirse encerrado en una cárcel de aire, en la que, fuera a donde fuera, no encontraría jamás la puerta para salir.
Cada víctima había sido diferente a la anterior. Rymond no hacía distinciones de ningún tipo. No importaba la raza, el género, el sexo, la vestimenta, la zona, el lugar, el clima, el humor, las intenciones. Lo único que compartían todas era una única cosa: se habían cruzado en su camino. Algunas habían sido devoradas por el lobo, otras destripadas como señal de alerta, algunas desmembradas y enterradas para guardar los pedazos como alimento, como hacían las ardillas con sus nueces. Aquellas más afortunadas tuvieron una muerte rápida, aunque no por ello menos dolorosa. Rymond, como lobo y por tanto depredador que era, atacaba siempre al cuello. Puede que algunas tardaran en morir.
Su última víctima todavía estaba caliente. Estaba debajo de él y sangraba  a través de las heridas causadas en el estómago y varios lugares más, pero sobre todo el estómago. El gran lobo negro tenía el hocico metido en la herida más grande y devoraba la carne con ansia. El chico era un muchacho gitano. Rymond, al ser un lobo, tendería siempre a buscar lugares con árboles, y sus pasos y olfato lo llevaron a Bran, a su bosque. El ruido del campamento gitano le había atraído irremediablemente, y una vez allí no había dudado en escoger a una víctima separada del grupo y atacarla. Lo arrastró bosque adentro y ahí terminó de rematarlo.
Todo indicaba que tras varios días sin comer debido al viaje, y por el sonido de la carne al ser desgarrada, Rymond iba a prácticamente acabar con el cuerpo de aquel muchacho de no más de quince años.

___________________________________________________________________________________
*Pincha ahí.


Última edición por Rymond Kallahan el Lun Dic 05, 2016 11:42 am, editado 1 vez



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Re: For whom the bell tolls | Ryssa A. Kiryakos

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Miér Nov 09, 2016 5:48 am

No era una figura humana la que se movía en la penumbra, convirtiéndose en la pesadilla, en el mal augurio de los creyentes. Tras de sí dejaba en el húmedo barrizal la huella animal de su esencia. Unos ojos que conociesen el espíritu de Pandora sabrían que no era solo un can lo que se movía ahora por aquellas tierras. Pero Ryssa Kirgyakos no podía permitirse la pérdida de tiempo que significaba cubrir su rastro. No. Su cabeza palpitaba, dolorosamente, ante la premonición de una peligrosa y acuciante corazonada. Durante días, cuando los rumores llegaban a Arcadia, había restado importancia a cada palabra relacionada con los asesinatos como un evento inevitable en aquellas tierras. Magos apoderándose del corazón de un atlante, vampiros drenando a sus siervos humanos, feéricos guiando a la oscuridad de la vegetación con risas de campanilla para volverse grotescas y letales contra su insensatas víctimas. Cada día esas historias recorrían veloces como la pólvora los rincones de Pandora. Nada inquietante. Y, sin embargo, aquella vez...
Levantó la cabeza azabache al aire, sin detenerse. El olor cada vez era más fuerte. Denso. Impregnaba cada hoja con el regusto metálico de la sangre, acariciando sus fosas nasales en una mareante sensación de certeza. Las mujeres como ella no se engañaban: sabía lo que encontraría. No había cabida para una ingenua esperanza. Ojalá aún conservase esa inocencia para ahogarla en cerveza, ahora solo beberia para aligerar el peso de la responsabilidad.

¿Ante quién? ¿Por quién?

La verdad se abrió paso por la cabeza de la griega mientras corría como el animal que era y no se detuvo hasta hallar la figura encorvada del licántropo sobre el destrozado cuerpo gitano. Grotesco pero su mirada no se apartó, su estómago no flaqueó. Que ella jamás hubiese cruzado esa imaginaria frontera, que escogiese a sus víctimas mortales con otro rango, no aplicaba ninguna diferencia entre ambos. Quizá si hubiese llegado antes habría tratado de impedirlo pero no había nada que hacer ya y estaba ahí porque había seguido un rastro de sangre fresca indiscriminada. De momento, era la única que había llegado hasta él. ¿Cuánto tardarían los demás?

-Rymond. -Pese a que el tono de su voz tenía la misma inflexión que el acero, fue potente y rasgada, imperiosa, la llamada de la beta. La urgencia no nacía de una conciencia que dividía el mundo en el bien o el mal, sino por la supervivencia. Los gitanos estaban cerca. Ahora solo importaba que el lobo estaba siendo tan descuidado, tan frenético que, aún dando guerra, le atraparían. Y Ryssa, una parte de ella, no podía permitirlo. Si bien le condenaba, la loba que le mordió, que le atrajo a aquel mundo le quería libre.
Avanzó hacia él, imponiendo su presencia, a sabiendas de que la racionalidad había huido de Rymond, de que su reacción podría desencadenar un nuevo desastre. Y, sin embargo, se acercaba inexorablemente, con la intención de apartarle del cuerpo mutilado.




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Re: For whom the bell tolls | Ryssa A. Kiryakos

Mensaje por Rymond Kallahan el Miér Ene 11, 2017 9:34 am

No fue suficiente. Nada era nunca suficiente.
No importaba las veces que las críticas y las ofensas, las humillaciones y los intentos de desmoralizarle, martillaran sus oídos una y otra vez. La burbuja mental en la que Rymond vivía no impedía el paso del sonido, pero sí del efecto que éste pudiera tener.
Una de las razones por la cual se complementaba a la perfección con Ana fue que fueron completamente opuestos aun siendo completamente iguales. Ana era empática, mas no sentía nada por sí misma. Era como un corazón al que le habían dado la vuelta como a una camiseta. Rymond, por el contrario, era incapaz de sufrir el entorno aunque sí lo percibiera, y lo que él sentía por dentro eran los impulsos que Ana jamás tuvo.
Ana…
El lobo negro, seguramente debido a la inexperiencia en aquel tipo de situaciones, confundió a Cala con Ana. Sabía que no eran la misma persona, que no compartían la esencia, pero Rymond llegó a extrañar tanto a Ana y Cala era tan parecida a ella en cuanto a no temerle…
Pero, una vez más, aquel grito no fue suficiente y se perdió en la negrura como un suspiro se perdía en el viento.
Ryssa.
El omega se detuvo en seco al reconocer aquel rugido, pero no se movió. Su parte lobuna más instintiva advirtió la presencia y le dio a entender, por el timbre, que algo no iba bien, pero después de llevar meses y meses con aquello no iba a asustarse por una simple llamada.
La oscuridad no escondió la figura de la beta de los ojos del lobo negro. Fue lo único que movió antes de responder con un gruñido suave, más parecido a un ronroneo que a otra cosa, antes de devolver su atención al cadáver sanguinolento y aún caliente.
Sin embargo, Ryssa no fue muy inteligente al acercarse tanto y de aquella manera. Rymond, en un movimiento rápido digno de un lobo como él, pegó una dentellada sonora y afilada al aire, justo delante de la loba, como advertencia. Loco o no, aquella escena era simple: un lobo y su presa y otra loba acercándose.
Hay para los dos —fue lo único que dijo antes de relamerse y volver a comer.
No lo habría compartido con otro lobo, pero Ryssa, aparte de tener más rango que él, era su creadora.
Rymond podía ser —o no ser, según el punto de vista— muchas cosas, pero no era desleal.



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