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«Plenilunio» Ryssa

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«Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Vie Oct 14, 2016 7:49 pm

Tenía un par de manchas oscuras bajo los ojos. En lugar de añadirle cansancio a su mirada, intensificaba el azul del iris, robándole a su vez algo de humanidad y añadiéndole cierta bestialidad que excedía la propia. Sus manos estaban apoyadas firmemente en el lavabo, rodeando el cueco lleno de agua que ondeaba a cada gota que recibía a nombre de la gravedad. Él sólo se miraba al espejo como si nunca antes hubiera conocido aquel rostro, como si las cicatrices rosadas le otorgaran una nueva identidad, como si esa barba jamás le hubiese pertenecido. Habría intercambiado burlas consigo mismo si no hubiese estado perdido en sus pensamientos por varios minutos, esperando a que las gotas de agua sobre su cuerpo terminaran de resbalar o fueran absorbidas por su piel. No se atrevía a ver, sin embargo, su torso desnudo, el portador de las mordidas de la loba que se negaba a ausentarse en sus pensamientos o en la fragua. Juraría haber visto manchas ambarinas en sus ojos, el mismo ámbar que en los ojos de ella… ¿Dónde estaría?

Botó el aire por la nariz, como si hubiese contenido el aliento durante varios minutos, y después se apartó al fin del lavabo, buscando alguna prenda que le ayudase a remover la humedad que permanecía prendida a su cuerpo. Se pasó la toalla por la cabeza, robando el exceso de agua de su cabello para finalmente colgarse el paño sobre los hombros y abandonar el cuarto de baño. Su habitación estaba intacta salvo la cama, como si no habitase nadie ahí, como si las sábanas hubiesen sido abandonadas desde mucho tiempo atrás. Pasó de largo y descendió por las escaleras de manera inconsciente, sólo para encontrarse con el caos que vagamente recordaba. Pero en lugar de preocuparse por lo ocurrido, se dedicó a pensar en las memorias que el desorden disparaba dentro de su mente, las primeras visitas de Kirgyakos, la discusión sobre una mujer que no debía opacar su atención sobre la loba, la borrachera que portaba en secreto el nombre de la griega, el relato con el que se despedía de sí mismo como si presintiera la muerte y, finalmente, las visitas fortuitas de la morena que lo proclamaba como su propiedad. Todo embonaba perfectamente ahora que no le interesaba razonar. Se sentía agotado, se sabía ausente y apático. ¿Qué más daba si podía trabajar o no ahí? Tampoco se sentía atraído por el metal, no deseaba trabajarlo ni atender a otras cosas… ¿Dónde estaría?

¿Qué hora era? La voz de la mujer no había roto el silencio de su aislamiento, el contoneo de sus curvas no había robado su atención aquella tarde ni había presumido esa sonrisa procaz y el hombre ya se sentía perturbado, inquieto. Faltaba mucho para que ella fuera la razón de su mal humor. Sin embargo, se sentía fastidiado, quizá por su ausencia o por la promesa de una visita que podría ocurrir en cualquier momento. ¿Dónde estaría? El día anterior había ocurrido lo mismo. Pero, ¿qué con los días en que lo visitaba? Él se distraía pensando en la manera en que la mujer se había apoderado de él en Arcadia, la ignoraba imaginándose cómo sería besarla una vez más y rozar sus curvas humedecidas por la sangre ajena y mezclada con la propia. Sentía el cuerpo pesado. Miró a la puerta. ¿Dónde está? Sonrió al fin. Una curva en sus labios dejó ver su dentadura en un gesto sardónico y burlón. ¿No vendría, acaso?

Apartó con fastidio la toalla de sus hombros y la dejó sobre algún lugar que ignoró. Sus pies comenzaron a abrirle paso entre las astillas de madera, el reguero de carbón y las armas que descansaban sin honra en el suelo. Había vidrios también, pero no había elixir cuya pérdida lamentara. El suelo estaba seco, repleto de hollín y de aserrín. Ella no vería ese caos, no esperaba que llegara esa tarde. Quizá mañana. Giró la cabeza, buscando deshacerse de la tensión que se abultaba sobre sus hombros y en el cuello. Bufó. Ella vendría.


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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Dom Oct 30, 2016 5:19 am

La fría brisa llevó la humedad de la promesa de lluvia a la nariz de Ryssa. En lugar de encogerse sobre si misma, buscar calor, se irguió mientras la marea de rostros circulaba a su alrededor. Enfrentó el viento que arreciaba y amenazaba con retirarle la capucha que sumía a sus rasgos entre sombras, levantó la barbilla y, a través de las nubes desafiantes y grises, distinguió a la única diosa que merecía su veneración. Aún los rayos de sol osaban colarse entre los edificios, se apreciaba el brillo del astro rey aunque no pudiese verlo apenas. La influencia de la eterna luna se respiraba, inquietante, podía sentirlo en sus venas, pero su poder no había hallado su esplendor aún. Pero en unas horas... en unas horas los aullidos proclamarían su noche. Por precaución, por el descontrol, las personas más inteligentes se mantendrían lejos de la posibilidad de un encuentro con su peor pesadilla. Pero los licántropos no eran el mayor peligro que podía cernirse aquella noche. Los monstruos también eran presas. No solo se refugiaban en Arcadia por arrasar con todo a su paso cuando la luna llena exigía pleitesía, también existían otros riesgos. Cazadores de bestias, el premio de una cabeza de lobo colgando en la pared, un trofeo que demostraba un valor incalculable. Pandora no tenía piedad ante nadie. La seguridad no existía.
En cualquier caso, no era eso lo que mantenía en un constante estado de alerta a la mujer aunque la influencia de su reina se esforzase en dejar a flor de piel todo. Todo. Pero convivía con esa sensación cada luna llena, la domaba en cada una de ellas. No. El motivo de porque se encontraba en Valtesi en lugar de cazar en la salvaje Arcadia tenía su propia lengua viperina. Y debería haber aprendido a alejarse de él antes de que fuese demasiado tarde. Ya lo era... y eso era contradictoriamente placentero, peligroso, irresponsable y excitante. Los principios de la griega eran sumamente retorcidos, demasiado egoístas para ser denominados como tal, pero existían y los había roto lentamente, voluntariamente incluso, desde el momento en el que deseó poseer al humano para si misma, vivo y no condenarle como una presa entretenida a la muerte al final. Nunca buscó eso para él.

¿Por qué?

Exasperada, siguió su camino. Conocía como las líneas de las palmas de sus propias manos la ruta hacia lo que consideraba el corazón de la ciudad, el refugio. Su olfato en seguida captó aquel olor masculino, siempre empañado con metal y cuero. Crujió la puerta cuando la empujó, con la brusquedad de quien va en la búsqueda de camorra. Y ahí estaba él. Zeus. La bestia atrapada en aquellas cuatro paredes. Había algo salvaje rodeándole, la tensión de aquellos músculos fibrados, su postura natural de animal inquieto. Había más igualdad con Ryssa en aquel hombre que el que había destrozado con su hacha hacía varias lunas a un siniestro allí mismo. Aquel podría hacerlo con sus propias manos. Nadie apreciaría mejor esa sutil diferencia que la propia loba.
Se quedó inmóvil en el marco de la puerta, los agresivos ojos ignoraron todo el pudor y devoraron ansiosos cada pulgada de piel expuesta. El animal que yacía en interior, enardecido por el fino autocontrol, contempló con orgullo y hambre lo que le pertenecía. Lo que había reclamado, la prueba viviente yacía en el cuerpo del herrero. Vio su propia marca, primitiva e innegable. Una cicatriz que podía hacerla flaquear de placer. Pero también la prueba de lo que había hecho. Lo que, bajo ninguna circunstancia, debía hacer. Apretó la mandíbula. Su parte animal se regocijaba, la humana... Artemisa era consciente de todas las implicaciones. Y por eso estaba ahí. Para calibrar hasta que punto habían llegado esas consecuencias. Y ya podía presentirlo, como la tensión eléctrica que precede a la tormenta, erizando su propia piel. Aquella noche obtendría sus respuestas.
Apartó la mirada de él, relegándole a un falso segundo plano mientras oteaba el desastre que había desatado a su alrededor.

-Preguntar por cervezas sería estúpido, ¿verdad? -Rompió el silencio, en un despreocupado comentario mientras avanzaba un par de pasos, lo suficiente para cerrar tras ella la puerta con fingida despreocupación. Sus ojos azules observaron de soslayo al rubio, tratando de sondear realmente como estaba con esa peculiar cautela que había mantenido con él, ocultándola como si no existiese tras máscaras de sonrisas burlonas y canallas, desde que había abandonado Arcadia con la posibilidad de una bendita maldición corriendo por sus venas.

Con la confianza que había exigido desde el primer segundo que entró en la herrería, se retiró de los hombros la prenda que le había servido de abrigo en aquel clima cada vez más frío y amenazador con la llegada del otoño. Dejó a la vista el cuero que lamía su cuerpo como una segunda piel, dándole la espalda al rubio, siendo plenamente consciente de su presencia pero tomándose la libertad de fingir ignorarla mientras parecía más ocupada en sentirse cómoda en mitad del caos.

-Lamento anunciarte que estoy acostumbrada a provocar desastres, no a recogerlos. -Admitió, esgrimiendo una sonrisa ladina que se apoderó de sus labios mientras echaba la cabeza atrás para observar al humano, sin mostrar un ápice de culpabilidad al saberse la causante principal de haber llevado allí el tornado.




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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Lun Nov 14, 2016 9:38 pm

El estado de lucidez era inconstante. Iba, venía. Palpitaba a segundos desaforadamente, como chillidos de alarma y después se desaparecía por largos minutos. Y él se sabía distinto. Era consciente, en esos breves latidos de lucidez, de que su mente se encontraba encerrada en el más puro instinto que construía a su persona. Era él en bruto, sin tallones ni delicadezas, sin discreciones absurdas. Pero la llegada de la morena rompió con ese ir y venir, no en un sentido romántico, sino en el más agresivo y hostil. Su figura se tragaba con voracidad la atención del herrero, su indiferencia fingida despertaba al humano y alertaba a la bestia. Se había presentado, a fin y al cabo. Había desvanecido sin esfuerzo una espera que bestia y humano habían construido sin reconocer mutuamente su existencia y sin conocerse el uno al otro.

Zeughaunn no pudo recibirla como de costumbre. No podía molestarla ni presumir su visita como inoportuna, casi indeseable. Él era consciente de que la estaba esperando y ahora que estaba frente a sus ojos no podía sino ahogar aquello con una rabia incontenible que, sin más, tuvo que ser contenida en un suspiro tosco y desaprobatorio. Aun así se atrevió a mirarla en ese lento proceso de despojarse de su abrigo. Contempló su piel ceder a los movimientos de sus brazos, su figura dibujada a contraste con el cuero, revelada  como el más oscuro y lascivo de los secretos. — Ya sabes dónde están. — Espetó con voz áspera en sonido, pero con intenciones meramente familiares, casi indiferentes, sin olvidar que aquella frase venía acompañada de la esperanza de haber dejado con vida cuando menos un par de cajas o un barril entero. Entonces la lucidez volvió y cayó en cuenta de que no tenía ni el más remoto recuerdo de aquel episodio, que no recordaba nada, pero que sí reconocía de mala gana aquel caos que había desolado la fragua. El día simplemente se había presentado como un viejo enemigo y él lo recibió cual muerto en vida.

La cuenta regresiva comenzó a resonar en su cabeza con un tedioso tic tac, previniéndolo y advirtiéndolo de nuevos y permanentes desastres. Él se limitó a hacer una mueca, a minimizar la tensión que se acumulaba en su cuerpo torciendo la boca antes de darle la espalda a la mujer con la intención de sosegar su propio caos contemplando otro. Durante casi una década se había dedicado a asentarse en la tranquilidad engañosa de Pandora y ahora bullía a causa de una mujer con una fiereza apabullante, él, un hombre que se sabía sosegado y resignado. Incluso advertía el susurro constante de una voz que le decía que el destino existía y que ser bestia era lo único a lo que tenía derecho. Era una voz que, por supuesto, escuchaba y daba crédito desde el momento mismo en que lo apartaron de las fauces de la loba y con más razón cuando comenzaron aquellas visitas arbitrarias. No sabía, sin embargo, si la mujer se encontraba ahí por expectación o por preocupación, por un mínimo de raciocinio que le insinuara la gravedad de sus acciones. Había condenado al herrero, lo había extinto y ahora recibiría una muerte que no todos tenían derecho a experimentar. Moriría a su humanidad, no de un momento a otro, sino durante años. Sería una muerte lenta y tan terrible como las que él se jactaba podía ofrecer. Sin embargo, había algo rescatable y es que esa maldición le devolvería su lugar en la cadena alimenticia.

Es una pena — Replicó siguiendo vagamente aquel humor despreocupado —. Aunque si decides marcharte trataré de vivir con ello. — Por una parte, no le molestaría verla desfilar en el taller ni ver cómo presumía su figura con esa sonrisa canalla en sus labios. Pero ya que la había visto y que la mujer se hubiera presentado a pesar de sus apuestas mentales, comprendía que tenerla en ese mismo espacio no facilitaba las cosas. Por el contrario, se sentía más inquieto, más al borde de repetir el episodio de la noche anterior. Entonces atravesó el lugar en un intento por combatir la ansiedad, a paso lento, simulando explorar los daños ocasionados durante su inconsciencia.


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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Lun Dic 05, 2016 5:04 pm

No podía evitarlo. Querría vociferar entre rugidos que incluso ella era consciente de que cada acción tenía su consecuencia, que cargaba cada una de ellas como si fuesen una cuenta de un collar que llevaría a su cuello ceñido de por vida. Pero mientras que para el resto eso sería una cuestión de penitencia, para Ryssa sería un motivo de orgullo. Y, sobre todo, querría ser capaz de esgrimir la excusa de los benévolos retorcidos: si hubiese mordido y condenado a otro mortal, también estaría allí. Era cierto... pero no sincero. Era terriblemente consciente de su cruda realidad. Sí, si fuese otro hombre, otro rostro, otra piel la que hubiese marcado también se hallaría ahí, como una camarada que daría la bienvenida a la manada con whisky a su nuevo aliado si escapaba de las fauces de la muerte, si superaba el dolor de la primera transformación, si tenía el coraje suficiente para ser uno de los suyos. Si perdía la batalla, se limitaría a chasquear la lengua y probablemente a vaciar algunas de las monedas de sus bolsillos a causa de haber apostado por un novato en la manada que jamás llegaría. Pero los nervios no atenazarían implacablemente su estómago de aquella manera, no sentiría el peso de la culpa sobre sus hombros.

Espera, ¿culpa?

Reprimió la carcajada que su loba interior gruñó. No, no era eso. No era eso lo que provocaba que sus noches transcurrieran en una lenta cuenta atrás, ni el motivo de que unas ojeras enmarcasen sus ojos zafiro. Pero era mejor asumir que sentirse responsable de su descontrol era más fácil de aceptar que la verdad.

Sacudió con ligereza la cabellera negra, obligándose a moverse. Caminó entre el caos con soltura, refugiándose en la esperanza de hallar un botellín de cerveza que borrase aquellos pensamientos de su cabeza. Recorrió los restos del hogar del humano, percibiendo su huella en todas partes. Incluso destrozado el lugar, una vorágine de guerra y anarquía, irónicamente el rey seguía siendo Zeus. Pasó junto a la mesa donde muchos días atrás había sido testigo de su episodio de celos. Acarició la superficie antes de dejarla atrás, en la búsqueda de algo de beber. De las cajas que debían estar repletas, quedaban restos. Sacó un par de supervivientes que se rendirían ante ellos.

-¿Puedo preguntar en que fiesta privada has malgastado la mercancía y por qué no estaba invitada? -Gruñó, con el malhumor que solo podía otorgar la gula. Se volvió hacia el rubio, yendo a su encuentro, observándole de espaldas. Su mirada se fijó en la anchura de aquellos hombros, en la cabellera desgreñada y rebelde, la tensión que se acumulaba en sus músculos. Por un momento, dominó Ryssa la mente humana de Artemisa. Fueron los ojos de la loba los que avistaron con deseo a su presa, los que incitaron a sus pies a caminar hacia él. La hija de la luna se cernió sobre el herrero con lentitud, apoyando una de sus manos sobre su espalda para asomarse sobre su hombro, pasando un brazo por éste para dejar una de las cervezas sobre su pecho en una especie de abrazo posesivo que dejaba el aliento de la mujer en su oreja, a la espera de que la tomase.

-Ambos sabemos que no quieres vivir sin mí. -La arrogante declaración salió despedida de entre los labios de Ryssa como una bala juguetona yendo a matar. Era como si necesitase hacer estallar aquel ambiente crispado, acostumbrada a manejarse entre pullas, negándose a pensar más en lo que podría suceder a medida que la noche se fuese apoderando del los cielos de Pandora allí fuera.
Pero no tardó en controlar aquella osadía, demasiado sumergida en las consecuencias que le acarreaba el mordisco en el cuerpo del humano. Su decisión. Su mirada voló un instante hacia esa cicatriz. La lava recorrió sus venas a la par que enfrió su cabeza. Su naturaleza animal aullaría de placer, la humana quería chillar. En lugar de eso, se obligó a apartarse del hombre y beber, la única cerveza que se permitiría para relajar su tensión y la espera.




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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Mar Dic 27, 2016 7:58 pm

No hace falta que te invite. Después de todo, vas y vienes cuando quieres, ¿no es así? — Apostó por lo obvio sin siquiera pensarlo bien. Jamás supo predecir las llegadas la loba ni mucho menos el humor que portaría en cada una de ellas, aun cuando siempre resaltaría por caber bien en la palabra insolente. Pero ella también había apostado por algo, quizá una posibilidad un tanto menos obvia y por eso sus visitas se habían tornado cada vez más frecuentes, más fugaces y más impredecibles. Nunca sabía cuándo sus comentarios la mantendrían lejos de su taller tanto como su ausencia previa al asalto en Arcadia ni cuánto terminarían en una proximidad seductora. Justamente como en ese momento.

El tacto de la loba se le antojó tibio y confuso. Sintió una oleada de calor recorrer su cuerpo, de mal humor, como si algo dentro de su cabeza buscara cualquier excusa para estallar en agresividad. Pero sabía que de ello debía haber más, que del tacto seguía la cercanía y además el aliento de la mujer contra su piel. La agresividad, entonces, podía tomar matices distintos, acciones igual de posesivas que descartaban de momento el consumo de cerveza. Sin embargo, la proximidad de la mujer fue efímera, lo suficiente para causar estragos en el hombre sin acarrear consecuencias para ella. Y Zeughaunn no tenía ganas de seguirla. Tenía intenciones de no obedecer a nada salvo su orgullo, lo único que podía presumir algo de sensatez cuando nada en él tenía sentido. Se limitó a aceptar la cerveza, a resignarse a la compañía de la mujer con la ayuda de la última probada de alcohol que había sobrevivido a sus estragos. El sabor amargo lo distraería. Con suerte menguaría también el dolor que se extendía por todo su cuerpo. Así que bebió. Agotó media botella en ese primer encuentro.

Demasiado sentimental para mi gusto — Terció a voz ronca respecto al último comentario de la morena. No importaba mucho, en realidad, pensar siquiera en ese comentario. Carecía de sentido divagar sobre si quería o no que la loba estuviese rondando aún por los alrededores. Ni siquiera pensaba, ni se atrevía a recordar, ese breve instante en que malhumorado exigía su presencia en la fragua en una apuesta contra sí mismo. Se preguntaba si se pasaría por ahí, como era usual en los últimos días, pero tampoco pretendía ser paciente. E incluso en ese momento, en el que pretendía silenciar cuando menos un poco su cabeza con alcohol, el cual no era suficiente, se sabía tenso. Algo ensombrecía sus pensamientos, una ira ciega que estallaría en cualquier momento y cada vez la sentía más sobre sí, incomodándolo y apoderándose de su cuerpo en medio de la resistencia. No había sido él quien exigiese ver a la morena pasearse por la fragua, pero sí era Zeughaunn el que deseaba verla retirarse, malhumorada o con ese ánimo despreocupado. Entonces, de un momento a otro, todo se silenció. El ajetreo de Valtesi que estaba acostumbrado a escuchar a cada segundo cesó, la presencia de la loba se tornó borrosa, irreal, así como todo lo que lo rodeaba, que le pareció lejano y totalmente ajeno a él. Sintió como si se sumergiera en agua, o en alguna otra sustancia de mayor densidad que le impidiera moverse. Su cuerpo ya no respondía a sus demandas, sino que sus músculos parecían comprimirse entorno a los huesos, apretándolos hasta casi romperlos. Escuchaba el latido de su corazón, un ritmo que notó distinto, un tanto más acelerado de lo común. Cerró los ojos y gruñó como si quisiera espantar un simple dolor de cabeza. — ¿A qué vienes, exactamente? — Cuestionó en una tregua con su cuerpo. Tratar de enfocarse en Kirgyakos quizá lo ayudara a salir más pronto de aquel estado de aturdimiento y, puesto que era lo que quería, se aventuró a hacerlo con la esperanza de obtener un buen resultado.


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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Jue Ene 12, 2017 5:35 pm

Solo le hizo falta una pregunta, una simple y sencilla pregunta y la permanente y juguetona sonrisa que siempre lucía Ryssa en su rostro, se desvaneció. Desapareció su ánimo fanfarrón, el brillo burlón que danzaba libremente en sus ojos. Cuando volteó la cabeza hacia Zeughaunn, no quedaba rastro de despreocupación y una grave seriedad se había adueñado de sus facciones. No os confundáis, existía la hija de la luna provocativa, la malhumorada, la bestia exasperada o retorcidamente divertida... pero en muy contadas ocasiones, la auténtica dueña de aquella mente donde el espíritu animal y humano cobraban conciencia. Siempre jugando a rozar los límites, incluso cuando la muerte pretendía llevarla a la cama, nunca trastocaba su enrevesado sentido de la responsabilidad. Hasta ahora. Y la parca no sería a ella a quien reclamase si hacía acto de presencia. Ese era el problema. Incluso cuando sabía que si la hora de aquel humano llegaba, sería hasta misericordiosa por haber yacido en la oportunidad de una nueva existencia. Pero con uñas y dientes, se resistía a ese antinatural final.
Con suma lentitud, movimientos suaves de una experimentada fiera, sabiéndose lo cercana que estaba a otra, lo que significaba estar en el otro lado, la mujer se acercó de nuevo a él. Tras de sí, el botellín aún prácticamente lleno. Mantenía la mirada autoritariamente seria clavada en los ojos del rubio. Se permitió unos segundos de silencio, con los labios sellados, mientras su observación descendía otra vez hasta la marca de sus dientes. El pacto con el demonio. Despacio, con una suavidad de la que incluso ella creía carecer, en una muda advertencia de lo que iba a hacer, llevó su mano hacia la cicatriz. Le acarició con el ligero toque, apenas el roce, de la yema de sus dedos.

-Ya lo sabes. -Habló con un tono firme, inusitadamente sereno, rayando lo cauteloso al mezclar sus palabras con la cruda sinceridad- Ya lo sientes, ¿verdad? -Descendió el volumen de su voz, alcanzando al susurro, aproximándose más a él- Estás a punto de estallar, tu cuerpo humano no es suficiente para reprimirlo. Ya no. -Zeus siempre había portado en su interior a su propia fiera, inexpugnable de su esencia humana. Había criaturas que nacían para ser bestias, la llevaban asfixiándolas por dentro mientras peleaban contra la humanidad, dejando la marca de sus garras mientras hasta que se consumían. O hasta que llegaba ese momento. Ryssa la había visto. Aquel herrero no había acabado en Pandora por sus pecados. Eso estaba más allá del bien o el mal, no era una cuestión de condenar el alma al cielo o el infierno. La moralidad de la griega estaba lejos de ser la común y, a su manera, la tenía. Ese tipo de cosas distaba mucho entre los seres vivos. No, no era eso. Zeus tenía que dominarla, tenía que fundirse en una. Ryssa conocía bien esa agobiante y opresiva sensación, la vivió en sus carnes en Grecia. Tenía que convertirse en lo mismo que ella. Y le había colocado en la tesitura de hacerlo o perecer.
Con determinación, mientras su ceño se fruncía y sus labios se convertían en un rictus agresivo, sostuvo la furia que se cernía sobre los ojos masculinos. Estaba ahí, ante ella borrándose a cada segundo que pasaba Zeughaunn. Le tomó el rostro, pulgar e índice a ambos lados de su barbilla para obligarle a mirarla.

-Vas a desear morir. -Estrechó los ojos en sendas rendijas. Le liberó con brusquedad solo para ser consciente del ambiente eléctrico que también se cernía sobre ella. Una poderosa tensión que ponía cada una de sus sensaciones a flor de piel. Estaba familiarizada con eso hasta tal punto que ya no era realmente consciente cuando su reina la reclamaba. No sabía en que momento sus iris se habían tornado a ese dorado que muchos veían en sus pesadillas, tampoco cuando había empezado a apretar la mandíbula mientras sus caninos pujaban dentro de su boca. Estaba muy acostumbrada a eso y más, podía controlarlo... salvo cuando estaba en situaciones que se le escapaban de las manos. Como aquella. Sin embargo, lo único que hizo fue volver a mirar al herrero mientras los rayos de la luna llena inundaban la habitación- No lo hagas. -Rugió con renovada fiereza.




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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Jue Ene 12, 2017 11:03 pm

En medio de ese dolor insoportable, a pesar de la mirada seria en el rostro de la morena, no tenía mucho sentido que sonriera, que sus labios se curvaran en un gesto burlesco y despreocupado, que sus ojos chispearan con su maldito orgullo que bien sabía se esfumaría en algún punto de la noche. Pero lo hizo. Rechazó la severidad de la loba como último recuerdo de su humanidad. — No lo haré. Ambos sabemos que no quieres vivir sin mí — Repitió desmintiendo aquellos deseos de morir que Ryssa prometía para él, aunque fuese consciente de que, si ese momento era apenas el inicio de algo terriblemente doloroso, llegaría a rogar por su propia muerte. Pero no le rogaría a esa mujer que osaba presenciar su muerte humana ni tampoco a la parca. Guardaría esos pensamientos para sí y esperaría a que su propio cuerpo respondiera en favor de nadie.

Y qué sencillo era ignorar lo peor cuando no se vive. Qué fácil era para la humanidad pensar que sobreviviría a cualquier cosa cuando no ha experimentado nada semejante, cuando la luz de la luna no supone la deformación del cuerpo y la reestructuración de la materia, cuando su propia vida debe someterse a los umbrales de la muerte para retarla en un futuro con mayores probabilidades. Y qué rápido era olvidarse de todo cuando lo primero que se transforma era la mente. Así, los pensamientos y la razón de Zeughaunn fueron vaciándose lentamente en la nada, esfumándose con la rapidez en que el sonido viaja de una boca al mundo, y todo fue reemplazado con una rabia inexorable hacia aquella figura que permanecía de pie junto a él, sosteniendo su rostro en un acto posesivo que exigía atención y obediencia. La atrapó, entonces, con su brazo trepidante en dolor y la apresó con una fuerza que era incapaz de medir, puesto que era aquello fruto del dolor al que sus músculos hacían resistencia, a la reacción natural de querer reprimir el dolor a toda costa, de evitar lo inevitable. Su mirada, despojada del frío azul, se fijó en los orbes ambarinos de esa mujer que ya no reconocía.

¿Por dónde comenzó el dolor? No estaba seguro, ni siquiera tenía voluntad para reparar en ello. Pero, en efecto, su cuerpo se sentía a punto de explotar, incapaz de soportar el dolor que se extendía por cada centímetro de su cuerpo. Los huesos de su cráneo comenzaron a cambiar de forma, su paladar se extendía al tiempo en que su mandíbula sufría cambios al igual que el resto de su esqueleto. Sin ser consciente del paso del tiempo, la mano que había oprimido a la loba se abrió lejana a una voluntad que de momento no existía. De su boca escapaba un constante gruñido, la señal de un despojo humano que luchaba por resistir algo que ya no estaba en sus manos resistir, y cuando los cambios fueron a peor, esos gruñidos se convirtieron en alaridos, en claras muestras de un sufrimiento que, afanado en aferrarse a su propio orgullo, planeaba tolerar sin exigir la muerte. En su mente la convocaba en silencio, en brevísimos segundos de lucidez en que la maldición que se cernía sobre él tenía el descaro de mostrarle lo que estaba sucediendo, de hacerle ver que su cuerpo tenía cambios cada vez más evidentes y que todavía no había empezado el verdadero cambio. Habría gritado, pero no tenía suficiente fuerza en su pecho para hacerlo y el aire era un maldito capricho, un deseo inalcanzable que sólo tenía a derecho a probar para añorarlo.

No supo en qué momento sus rodillas se clavaron en el suelo ni cuando cedieron en busca de un mayor consuelo. Su mandíbula, apretada, hacía lo posible por reprimir los alaridos, mientras que los músculos se contraían sin tregua. A partir de ese momento tuvo la impresión de que el dolor se había esfumado, pero aquella percepción era claramente errónea. Su cuerpo aún no lograba descansar, su sufrimiento había alcanzado un punto hasta ahora desconocido para él y se estaba manteniendo como una nota que se extiende según la voluntad del instrumento. Zeughaunn soñaba con la muerte, Zeus estaba impaciente, furioso como desde el instante mismo en que los colmillos de la loba penetrasen su piel.Entonces, de un momento a otro, se halló a sí mismo respirando, recuperando a bocanadas el aire que le había faltado durante todo ese tiempo, recostado de un modo desconocido y extraño. Un chillido extraño escapaba de sus fauces también, de modo que era imperativo que abriese los ojos, que reaccionara si es que era capaz de reponerse. Su cuerpo, sus músculos, estaban exhaustos, sus sentidos estaban afectados por lo recién ocurridos por lo que enfocar la vista era difícil y los ruidos se le antojaban lejanos. Se sabía al borde de la muerte y una parte de sí deseaba por entregarse voluntariamente. Ahí, presa de la maldición y de la luna, sabía lo que vendría después, sabía que el dolor se repetiría indefinidamente hasta que lograra olvidarse de él y, algún día, todo sería tan fácil como burlarse de la muerte.


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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Jue Mar 09, 2017 5:14 am

La fuerza que desplegó Zeughaunn dejó la huella de su agarre en la piel de la loba pero no hubo rastro de aquello en la expresión insólitamente severa de la hija de la luna. Había una seriedad reverencial en su rostro, obligada en aquella circunstancia a entregarse a su reina lunar. El satélite influía, presionaba, reclamaba, exigía con la fiereza de una amante silenciosa y orgullosa. Desde arriba, hacía aullar a sus hijos que sentían su ineludible llamada. Ninguno de ellos podía escapar al embrujo aunque hubiesen aprendido a controlarlo. Ryssa no era menos. Quería doblegarse a una naturaleza que había hecho suya, desde que pisó Pandora había resuelto no escapar de ella jamás. Aún podía recordarse en las calles de Grecia, su piel ardiendo y tirando, la sensación mareante de la fiebre cuando su temperatura corporal subió, el dolor de sus músculos cambiantes, la fuerza que se liberó en su interior ante su madre, el terror excitante, el "¡sí!" mezclado con el "socorro". El miedo, el alivio, la ira, la exención. La vida en su estado más puro y primitivo.
Pero, al fin y al cabo, tras toda su existencia reprimiendo aquel lado de si misma, renegando sin saberlo de Ryssa, Artemisa ahora abrazaba a aquella parte como si nunca hubiese habido separación entre ambas. Siempre estuvo dentro de ella, aguardando sin ser consciente de ello. Hasta que llegó el momento propicio. Pero no era lo mismo aquella experiencia que la que sufría el hombre rubio que ahora respiraba agitadamente frente a ella. Ryssa siempre fue Ryssa, era lo que era: una loba. Lo llevaba en sus genes, en la sangre que corría por sus venas en un linaje animal. El humano no. Él no conocía la necesidad de la caza, el instinto primitivo e irracional, la ansiedad de reprimirse, la violencia en cada gesto.

¿O sí?

Mientras el mortal se retorcía bajo la escrutadora mirada dorada de la griega, admitió que si un hombre sabía lo que eran aquellas sensaciones era Zeus. Se merecía aquella maldición que suponía un mundo nuevo para gente como ellos. Una oportunidad.
La banda sonora de la habitación era gritos que se clavaban en los tímpanos de la morena, sucumbiendo a su propia transformación con el cosquilleo familiar de su cambio de cuerpo. Aguardaba como un can guardián, aparentemente paciente. Nada más lejos de la realidad. El eco de una ansiedad por su apuesta se reflejaba en las profundidades de sus pupilas, escondida para aquellos que no conocían a la dueña de éstas. Mantenía su mirada en él, retorciéndose en el suelo mientras la Parca competía en un juego limpio contra la luna que deseaba penetrar en la sangre de Zeus. De hacerle vivir.
Ryssa había vivido una vez antes aquella situación, pero había una sutil diferencia que la hacia mantenerse en un silencioso vilo mientras permanecía erguida sobre sus poderosas patas: el resultado de si Rymond vivía le había sido indiferente. Si la muerte se comportaba como una zorra implacable y le reclamaba, ella tan solo habría bufado disgustada sabiéndose perdedora de una apuesta. Perdería unas monedas, tiempo y volvería a la caza de un nuevo miembro sin dedicar más que un vago pensamiento al hombre de porte orgulloso y oscuro que había sido su elegido. No tuvo que enfrentarse a ello, el moreno abrió los ojos y su aullido devolvió la vida a la noche. Pero ahora... algo oprimía el pecho de la beta. Había una urgencia brutal en la manera en la que apretaba los colmillos, un enloquecido martilleo posesivo que repiqueteaba en su cabeza con el nombre de Zeus.

"Devuélvemelo. " Exigía a un silencio que jamás le respondería solo con la forma de un resultado que cambiaba a ojos vista. "Él es mío. Mío. "

La luna no respondió a sus exigencias, la Parca tampoco. En aquella competición por condenar a Zeughaunn al olvido o a Zeus, el mortal cambiaba, oscilando entre la vida y la muerte mientras la mutación se hacía evidente. Atraída por aquel sufrimiento, por los sonidos que eran como el canto de una bestia, el influjo de la luna menguó sobre Ryssa. Como carne fresca para el lobo, el faro en la oscuridad para un barco, los pensamientos y el instinto de la hembra giraron en torno a la privilegiada víctima. Respiró con fuerza mientras obligaba a su cuerpo en una nueva oleada de vibración expansiva a tomar el cuerpo mortal que parecía incómodo y pequeño en comparación a su estado anterior. Sentía el cosquilleo en la piel, un picor del rastro de su pelaje oscuro pero se agachó para alcanzar la figura humanoide del herrero, tornándose cada vez más en Zeus. Pero a aquellas alturas, aquello podía no significar nada. Un último aullido y él podía entregarse a la muerte. Pero no lo haría.

-Vamos. -Contradictoriamente a sus oscuros pensamientos, la determinación siempre vencía brutalmente la batalla: aquel hombre iba a sobrevivir- Aguanta, Zeus. -Sus palabras se arrastraron roncas en su garganta, más rugido animal que aterciopelada voz humana. Agazapada junto al cuerpo animal de aquella nueva criatura, la mujer posó la mano en su cuello, en un gesto que lejos estaba de admitir lo que significaba.




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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Lun Abr 03, 2017 1:40 am

La consciencia del hombre se esfumó, sofocada en algún pantano que encontró en su mente nublada. Una suerte de fin en que el humano sucumbe a la bestia en una muerte que no es definitiva, en una muerte de la que podrá volver si aquel que ha usurpado el cuerpo, aquel que establece su dominio por medio de una nueva forma, se mantiene vivo y vence. Y es para esta nueva bestia que no existe otra posibilidad salvo vencer a la muerte, guiado por el ímpetu de su propia sangre y el reverberar de sus propios gruñidos entre las paredes de su garganta. Es Zeus quien lucha ahora por no sucumbir ante el dolor de su cuerpo y ante el agotamiento que se dilata en cada músculo, volviéndolo vulnerable ante aquella mujer que, habituada a la maldición de la luna, lo contempla expectante, deseosa de presenciar su propio éxito reflejado en él. Se sabe oprimido por una fuerza de la que no puede escapar, más esclavo que su parte humana, pero pronto más libre y mucho más salvaje de lo que alguna vez llegó a presumir. Sabe que debe sobrevivir para reclamar el poder que solía ostentar, para vengarse de la desgracia adquirida en la isla y para desfogar una ira que no sabía contenida sino hasta ese momento. Él, la bestia, despertaba todo lo que el humano había sofocado y ocultado, revivía toda ofensa para justificar el uso de la fuerza que comenzaba a asomarse entre sus dolencias y, finalmente, negaba todo desinterés hacia esa forma femenina que se cernía sobre él, ordenándole vivir.

De ese modo el ardor que sentía bajo su piel cambiaba de matiz y se acumulaba en aquella mirada que en algún momento consiguió lanzarle a la mujer. No hacía falta su tacto para animarle a soportar la tortura ni para hacerle saber que, a pesar de que el dolor consumiera poco a poco su cuerpo y nueva forma, él se forzaba a sí mismo a vencer. Sin embargo, bastó para hacerle reaccionar y para arrastrarlo de nuevo a la realidad del taller. Los objetos tenían nuevamente forma ante sus ojos y las imágenes que captaban sus ojos tenían sentido sin significar nada. Los aromas, por su parte, desfilaban alrededor suyo en una tormentosa y abrumadora danza a la que debía acostumbrarse y que a la vez comprendía como un lenguaje adquirido gracias a la luna. Entonces sus trémulos miembros buscaron alzar el cansado cuerpo al son de un renovado orgullo que se convirtió en un sonoro aullido una vez logró vencer su debilidad temporal. Ese sonido arrastrado desde sus pulmones significó para sí su victoria y el inicio de una súbita carrera fuera del local, aún con sus músculos y huesos indispuestos por la terrible carga del dolor sufrido instantes atrás. Pero no había razón sobre el instinto y la bestia no comprendía su lugar en el escondite del hombre ni entendía qué motivos tenía para ocultarse en lo que no le pertenecía y en lo adquirido en medio de su opresión.

El viento resultó ser un bálsamo que se colaba entre su pelaje y penetraba su dura piel, así el espectro azul de la luna lo alentaba a seguir su carrera más allá de los oscuros callejones de Valtesi, hasta las afueras de la región que aún no tenía mucho que ofrecerle, no esa noche. De modo que continuó desplazándose bajo la sosegada oscuridad hasta que las calles y los edificios de la región fueron consumiéndose para dar lugar a la escasa vegetación que anunciaba el fin de la zona privilegiada. Y no fue hasta que los olores adoptaron nuevos matices, más puros y menos cargados, que se detuvo a causa de aquella mujer que le había hecho compañía.


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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Lun Mayo 22, 2017 5:50 pm

Una furia injustificada, irracional, incluso mezquina por la ofensa que sintió, se reflejó en los ojos de Ryssa. Fue solo un instante, en ese mismo en el que Zeus pareció vacilar ante el peso del dolor, lo que para él debía ser una auténtica tortura. Escondió la desesperación que un segundo paralizó el latido en su pecho con la tormenta del más poderoso sentimiento de insulto por haber permitido aunque fuese durante un parpadeo esa inclinación de la balanza en la que mostró un sufrimiento atroz. Quiso golpearle, a él y a todo lo que se le cruzase por delante, hacer arder la herrería hasta los cimientos, destruir cualquier cosa con un rugido por el impulso desequilibrado de la luna, de su propia naturaleza. Pero la griega era capaz, como había demostrado antes muchas veces, de pasar de una emoción a otra en cuestión de segundos. Y volvió a suceder. Para ella, todo se congeló a su alrededor, perdió todo rastro de vida y presencia cuando la figura humanoide le dirigió aquella mirada lúcida en mitad de aquella mutación, la definitiva.

"Sí, sí, ¡sí!"

El canto de la victoria reverberó en la cabeza de la morena, el alivio relajó sus músculos a la par que una creciente oleada de intrínseco orgullo se alzaba en su interior. Y entonces vino ese aullido. Masculino, grave, vivo. Erizó su piel, se cobró la excitación resurgiendo en sus ojos animales. Reconocía el himno de la victoria, se sabía dueña de él, azuzó a la hembra que vislumbraba por primera lo que había deseado sin ser consciente, lo que Ryssa quería. Fue como saborear la mejor de las cervezas que se podía conseguir allí, haberse bebido una tras otra hasta acabar con la mareante sensación de despierto éxtasis. Estaba ebria y no sabía de que. La vida jamás había significado nada para ella salvo la oportunidad, salvándola de la muerte, que simplemente era algo irrecuperable y definitivo para alguien que se alimentaba de fuertes experiencias. Ahora lo era todo y ni siquiera en su nombre. Zeughaunn ya no existía, Zeus estaba allí, sobre Pandora. El monstruo sin piel humana, la bestia feroz y letal que ella había sondeado juguetonamente hasta el límite, provocándole hasta verle ahí, así. Un camino que ni siquiera ella había escogido conscientemente, acercándose a ese hombre por instinto, queriendo reclamar todo de él. Hasta sentenciarle, hasta no dejarle otra salida que la vida de un animal, la misma de ella, la que él llevaba corriéndole por las venas de una forma sucia en su humanidad. Ya no era un lastre por el que ser juzgado, era su naturaleza. Era su ventaja y su fuerza. lo que debió ser siempre en lugar de su condena.

Tardó un instante en seguirle cuando saboreó su libertad, su nueva esencia. Una parte de su cabeza, aquella que controlaba la influencia de la luna, la que gozaba de aquella retorcida y estrambótica responsabilidad, era consciente de la cautela que aún había que tener. Quizá en el fondo solo quería ver aquel lobo poderoso alzándose, dejándole aquel efluvio levemente distinto pero que aún conservaba el acero y fuego, las nuevas huellas que podía seguir. Adoptó su forma animal y ahí su instinto desenvuelto, la autoridad de su mente primitiva sobre la humana, regresó aquella enfervorecida sensación de victoria y excitación. Fue la sombra de pelaje oscuro que siguió al iniciado en su mundo salvaje, manteniendo una distancia reverencial para otorgarle la libertad de aquella primera vez. Sus recuerdos más vívidos pertenecían a una noche en las calles de Grecia donde su cuerpo mutó a lo que era a día de hoy; sabía lo que significaba. Sin embargo no tardó en reunirse con él una vez frenó, asomándose lentamente entre la vegetación para mirarle con cierto brillo expectante en su mirada lobuna. Le estaba reconociendo, familiarizándose con avidez de aquella nueva forma en la que a partir de ahora conciliaría a Zeus. Aún le reconocía en aquellos ojos inhumanos. Su única reacción fue emitir un gruñido, una risa burlona y pletórica transformada en aquel cuerpo de can inmenso, si bien continuaba a cierta distancia de él, sin apartar los ojos de su nueva forma.




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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Sáb Jun 17, 2017 1:21 am

En algún momento de su carrera, sus sentidos se habían librado del aturdimiento generado por la transformación. Fue hasta que se detuvo que notó la sensibilidad de sus oídos, la claridad con la que escuchaba los susurros del viento y el susurro permanente en el corazón de Valtesi. En su nariz se arremolinaba también una diversidad increíble y de una claridad abrumadora. Distinguía cada matiz en el aire, hacia dónde los olores cobraban intensidad y cuál era el origen de estos, incluso el portador.Así el olfato se había convertido en parte de su visión; casi podía encontrar forma al olor que desprendía la loba, ahora junto a él, como una nube que cubría todo su cuerpo, que se colaba por su pelaje y que le daba un toque bestial a su mirada. Ryssa era distinta. El magnetismo que la atraía a ella era distinto también. Había algo que lo encadenaba a aquella figura, algo que reverberaba en su interior en respuesta a su cercanía. No recordaba siquiera haberla aborrecido durante su transformación, pero sí recordaba que la maldición se la debía a ella.

Lanzó una mordida hacia ella que terminó atrapando aire en sus fauces. Su parte animal no se detuvo a maravillarse por lo claro que veía en la oscuridad, ni siquiera había reparado en los otros cambios que sufrió desde que salió disparado del taller. Simplemente se había acoplado a ellos como si todo el tiempo hubiese sido así, como si siempre y a cada luna llena hubiese pasado por lo mismo, como si sus sentidos despertaran de aquel modo cada mes. Poco a poco se volvía a uno con la bestia e iba sintiendo lentamente la necesidad de estallar en rabia, de dar rienda suelta a la ferocidad que había comenzado a surgir desde un par de noches antes. Lo único que iba en contra de aquella sensación que bullía bajo su piel era el cansancio sutil, la resistencia de su propio cuerpo ante el esfuerzo que había exigido el sacrificio de su vida humana.

¿Ahora qué? Su instinto le gritaba al oído, le exigía algo. Sin embargo, esa atención no se centraba en la loba, ni en la necesidad de continuar su carrera hacia ningún lugar. La sensación se entrelazaba con la rabia, con la necesidad demandante de destrozar algo con sus dientes, de saciar una sed y un hambre hasta ahora desconocidas. Clavó la mirada en el valle que se extendía ante ellos, sin percatarse de que la piel de su rostro se había abultado para exponer sus dientes y expulsar desde la grieta zigzagueante un gruñido largo que respondía a sus instintos. Así, olvidándose de su compañía, abandonó el sitio que ocupaba en aquella zona olvidada de Valtesi y con un vigor distinto que el de su primera carrera, se desplazó con mayor velocidad y ahora con un objetivo en mente.

Cegado por sus instintos, no reparó en la distancia que había recorrido ni en lo que faltaba por recorrer para llegar a lo que había percibido. Ignoraba incluso por qué había escogido a esa víctima en particular teniendo una cantidad mayor, más opciones, en Valtesi. Simple y sencillamente se había encaprichado con una muerte que estaba a punto de reclamar, estaba ansioso por presenciar el miedo previo a la muerte y terminar con una existencia que por motivos desconocidos le resultaba fastidiosa. Así, poco a poco fue presentándose a él la carreta de un mercader incauto que viajaba solo, sin más compañía que los objetos transportados a un lugar que no le importaba a Zeus.

Un aullido quebró la tranquilidad de la noche y expuso la peligrosa cercanía del licántropo al conductor de la carreta. No tenía caso llegar en silencio y no permitirle saber que estaba a punto de morir. No quería sorpresas, quería absorber el terror que escaparía de su mirada, escuchar los gritos desesperados, urgiendo a su cuerpo reaccionar para librarse de aquella criatura que con absoluta facilidad saltó por encima del área de carga y lo derribó de su asiento. Le permitió contemplarlo una fracción de segundo, antes de que su pelaje se tiñera con el color de su sangre, antes de impregnar el aire con el perfume de su carne expuesta y dedicar a la luna aquella muerte que representaba la propia, ambos vencidos por la bestia.


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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Dom Ago 27, 2017 8:55 pm

Kirgyakos jamás se había sentido así. Apenas reconocía aquella sensación que parecía erizar su piel, la misma que le había hecho emprender la carrera por las calles salvajes de Valtesi. Frente a ella, su única presa. Única. Suya. Su thirío. La piel humana, de anodina oveja, no había podido esconder la auténtica esencia de Zeughaunn. Zeus, el lobo, la bestia, ahora era libre. Lo supo en el momento en el que su aullido reverberó en sus oídos, partió brutalmente el silencio lleno de sonidos de la noche y con él, las cadenas. Ryssa conocía mejor que nadie lo que era esa lava recorriendo lentamente tu cuerpo, tus músculos, cada minúscula molécula sucumbiéndo al calor abrasador, al dolor. Y, a la vez, aferrándose a la vida, a la legítima vida. Destrozar cada rincón de tu cuerpo, arrasar con tu mente enloquecida, era solo un pequeño pago para lo que estaba por llegar. Debías entregarlo todo para que la diosa de la noche te aceptase. Todos los hombres y mujeres lobo lo sabían, lo aceptaban, lo disfrutaban. Honraban a la luna, caprichosa, exigente, despota e implacable como si de una antigua deidad se tratase. Ella era su auténtica dueña, ataviándose de plata cada vez que se tornaba llena, los reclamaba una noche para recordarles su descontrolado precio, lo fina y frágil que era esa línea entre su humanidad y la monstruosa bestia. Y justo en ese momento, Ryssa se sentía igual de poderosa que ella. Estaba ebria de aquella embriagadora sensación. Habían sido sus dientes hundiéndose en aquella piel tosca la que había iniciado todo, había sido su apuesta, su obsesión, su posesividad la que había reclamado a su thirío.

Solo el peso profundo de su mirada dorada seguía puesta en Zeus como respuesta a su chasquido de dientes, no le devolvió el gesto, no se preguntó a donde iría cuando echó a correr. Existían llamadas más fuertes, instintos que él aprendería a dominar... más adelante. Aún así, le siguió. No importaba a donde le conduciría. Ante qué o quién. Su cabeza no se planteó ni vaciló un instante cuando emprendió la marcha tras las huellas de bestia de Zeus, tras su olor penetrante. Tenía la esencia de su anterior humanidad, seguía el marcándose el metal característico, el acero manipulado en el fuego de la fragua durante tanto tiempo... pero ahora había una impronta animal y dominante que dilataba las fosas nasales de la nariz húmeda de can de Ryssa, que embotaba su mente tirando de ella como un imán. Ya no era humano. La verdad, eufórica, evidente, real estalló azuzando la excitación de la loba. Esquivó la vegetación que bordeaba el solitario camino, familiarizada con las silenciosas almohadillas de sus patas, convirtiéndose en una frenética sombra oscura que, irónicamente, no era el peligro más potente de la noche. No, ese mérito recaía sobre otros hombros acostumbrados a ese peso en otra vida. Una que ya había dejado atrás. Sin lubricar, sin periodos de adaptación, sin tiempo de prueba ni margen para descontrolarse... La hembra creyó que tendría que doblegarle, que en su primera noche volvería a marcar brutalmente a ese hombre, que tendría que controlarle para evitar una carnicería que alertase a los siniestros en Valtesi y atrajese demasiada atención y quebrase ese equilibrio tan frágil al que habían llegado. Pero no fue necesario. Por algún motivo, se desvió. Su primera víctima, su instinto letal y salvaje abrazaba a su naturaleza, a su supervivencia: el bosque es tu aliado, es tu hábitat natural. La mirada ahora dorada de la griega siguió su caza. Estaba cazando. No estaba peleando, no era el guerrero que ya había visto antes, no era humano. Ryssa se detuvo en la linde del camino solo para observar el espectáculo, en una especie de trance. Zeus era un lobo. Inconscientemente, su cuerpo se tornó humano de nuevo, la luz de la luna iluminando su piel con su luz mortecina, tirando de ella para que recobrase su otro aspecto pero aquello quería verlo, necesitaba apreciarlo. No cegada por la bestia, no inundada por su instinto animal violentamente. Una mujer mortal debería estar aterrada, cualquier humano tendría que estarlo. La griega no conocía ese miedo. Los rugidos, los dientes hundiéndose en la carne, las zarpas desgarrando, el olor óxido de la sangre, la mirada sobrenatural del lobo volcado... aquel era un cóctel molotov para ella, explotando en su interior, dejándola inmóvil y fascinada, limitándose a observar con creciente ansías, incapaz de saciarse por no acercarse, por querer verlo, por necesitarlo.




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Re: «Plenilunio» Ryssa

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Miér Sep 27, 2017 11:41 am

La sangre le hervía en las venas, los músculos se contraían ansiosos por consumir la distancia, el cuerpo se oprimía ante la ansiedad de consumir lo que nunca antes había probado. Sentía el aire escurriéndose por su pelaje, lo sentía moldearlo y presionarlo conforme siguiera avanzando con rapidez. Sentía el rastro como una nube que se arremolinaba en su hocico, enajenando a la bestia, alejándolo cada vez más de su parte humana. Era la adrenalina obligándolo a centrarse únicamente en la víctima de un futuro inmediato, era su instinto exigiéndole explorar su naturaleza reprimida.

Entre sus fauces atrapó el cuerpo mórbido del humano, sus dientes conocieron la textura de la carne y su lengua saboreó la calidez de la sangre, su sabor a óxido y lo que despertaba en él. Exploró la sensación de desmembrar un cuerpo, la resistencia de los músculos y los ligamentos que no tardaban en ceder más de un segundo. Descubrió la fascinación con la que destrozaba una vida que no gritaba más a favor de su existencia. No pretendía devorarlo, sólo separar sus partes, conocer lo que hubiera sido la muerte si la bestia que ahora dominaba se hubiese apartado de su forma humana. Quería ver con sus propios ojos que había vencido sobre sí mismo, sobre la figura que lo había reprimido por muchos años.

Una mancha de sangre lamía el suelo, conquistando más y más tierra a cada segundo que pasaba. La mancha lamía también el pelaje de la bestia, impregnaba de su perfume  la mandíbula que había dado muerte a un mísero contenedor, creaba senderos que descendían por sus patas y se concentraban en las puntas de las hebras amarillentas, como cientos de pinceles incrustados en su pellejo. El aliento pesado rebotaba en el cristal rojo o se mezclaba con el aire. Sus ojos claros, como de criatura helada, contemplaban los vestigios de la vida humana, exploraban el contenido del tórax, buscaban el brazo perdido y miró sin interés el par de orbes que le devolvían la mirada como un cordero sacrificado, bolsas blancas de coronas opacas.

Se olvidó del cadáver sólo para buscar la figura de la hembra, encontrar con sus ojos la silueta que el brillo lunar delineaba en la oscuridad de la noche. La miró estático, sin rastros del humano que ella tal vez conoció y que alguna vez existió.


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