Últimos temas
» Rumor — Samara
Hoy a las 1:50 pm por Alajëa N'Ralla

» Expediente de C. Bastian {En proceso}
Ayer a las 10:28 pm por Pandora

» The Story Never Told - Élite
Ayer a las 7:39 pm por Invitado

» Death parade × Alajëa
Ayer a las 6:37 pm por Helena D. Corso

» Grey havens × Lestat
Ayer a las 6:35 pm por Helena D. Corso

» Saludos a tod@s!
Ayer a las 4:39 am por Håkon Nilsen

» Registro de Grupo, rango y habilidad
Ayer a las 1:20 am por Leucótea

» Registro de PB
Ayer a las 1:20 am por Leucótea

» ♥ I want to find you{Helena }
Mar Ago 15, 2017 11:22 pm por Helena D. Corso

Afiliados Hermanos
Afiliados de recursos/Directorios

The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Mar Oct 11, 2016 9:32 pm


Habían pasado dos horas. Segyg no había vuelto a mirar a la puerta desde que Helena salió por ella dos horas atrás. En aquel período de tiempo comió, bebió, descansó, se lavó y, sobre todo, pensó. Aquello se le antojaba todavía demasiado surrealista, y aunque él no lo sabía aún, pronto vería que todavía no había alcanzado el punto álgido de la extrañez. La situación, obviamente, no era tan descabellada mientras la vivía. Había tenido dos horas para embellecer a su criterio lo que había vivido desde que despertara, y si bien no lo recordaría todo tampoco, había sido algo que no desaparecería fácilmente de su memoria. Desde una perspectiva más frívola su agresión podía haber marcado un antes y un después en su vida, para mejor. Después de cinco años en un corredor de la muerte de cientos y cientos de kilómetros cuadrados, sin contar la extensión del océano, se lo merecía. Había aguantado mucho más de lo que se hubiera creído capaz. Una parte de sí mismo, no obstante, como precio por aquella fortaleza, se había consumido para siempre.
Toda su vida, siempre, había girado entorno a la prosperidad personal. Primero su formación, luego su trabajo, más tarde su familia y finalmente lo que hubiera sido un gran ascenso. Aquello nunca fue posible por culpa, se había emperrado en creer para no volverse loco, de la ambición de unos pocos. Pero lo cierto era que Segyg no tenía ni idea de por qué había sucedido todo aquello. Intuía, imaginaba, pero desconocía el verdadero porqué. Se lo había preguntado tantas veces y tantas veces había construido posibilidades lógicas que ahora que la oportunidad se presentaba por fin ante él se sentía ajeno a todo. Una parte de él seguía dormida en alguna caverna submarina sin tener ni idea de que su vida se había desvanecido, y era esa misma parte la que hacía que ahí,  despierto y apoyado sobre el mueble, y con los ojos clavados en aquella flor que tanto había significado para Lona, no sintiera nada más que vacío y soledad; porque era esa la parte que el propio Segyg era: el atlante, el marido, el padre, el soldado. Si aquella parte desaparecía Segyg no podría volver a encontrarse a sí mismo y todo habría acabado.
Se aventuró a tocar sus pétalos con delicadeza aunque sus dedos fueran algo ásperos como había hecho tantísimas veces con el rostro de Lona, como había hecho con el de Helena. El tacto aterciopelado de la flor le despertó cierta ternura, llevaba mucho tiempo sin sentir ni recordar lo que era la suavidad.
Su corazón se aceleró cuando escuchó que unos pasos se acercaban hacia él. ¿Ya habían transcurrido las dos horas? ¡Pero si para él no habían sido más que unos suspiros!
Se reincorporó y miró a la puerta para ver a Helena de nuevo. A pesar de la crudeza de la situación el atlante de ojos azules no pudo evitar sonreír un poco.
Estoy preparado.
Se sentía extraño, más si cabía. Lucía ropa limpia, con buen olor y sin agujeros que le habían facilitado las chicas. Segyg siempre había envidiado aquella intuición femenina para las tallas. Le quedaba perfecta.


Última edición por Segyg Fo'Gnir el Sáb Nov 05, 2016 6:28 pm, editado 1 vez


I must hide:
avatar
Apodos : Segyg Fo'Gnir
Avatar : Richard Armitage.
Habilidad : Nana mortífera.
F. Inscripción : 20/05/2016


Ver perfil de usuario
Litoral

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Oct 11, 2016 11:42 pm

Había tenido la precaución de llevar consigo los documentos que leía incluso en la habitación del atlante. Sin embargo, al llegar al despacho en donde había comenzado a revisar los reportes y los gastos, al tomar asiento detrás del escritorio como correspondía al ser la dueña del burdel, no leyó nada más, sino que se entregó durante largos minutos a sus memorias. No recordaba ninguna secuencia en concreto ni seguía ningún tema en especial. Los recuerdos solamente iban y venían a voluntad, sin orden alguno, de la misma manera en que los mortales sueñan con las cosas que alguna vez vieron y sintieron. En medio de la meditación se tomó la libertad de sacar un cigarrillo y encenderlo, dejando que el humo y el olor del tabaco invadiera toda la estancia, que permanecieran encerrados junto con ella en lo que parecía ser una cápsula, ajena al tiempo y a la realidad de todo lo que sucedía en el burdel, en Valtesi, en Pandora.

Al cabo de una hora, se movió al fin. Tuvo como intención retomar su trabajo, pero no le interesó en lo más mínimo. En su lugar, consiguió papel y pluma. No sabía muy bien qué iba a resultar de aquellas palabras que su mano trazaba en el papel con la misma gracia y facilidad de antaño, pero, al cabo de escasos minutos, descubrió que se trataba del contenido de una carta que se negaba a reconocer. Ella la escribió, las palabras salieron por sí sola mientras pensaba en el destinatario, pero no la firmó. Volvió ignorar a su conciencia y firmó la carta y dobló el papel para sellarlo con cera. Estaba lista para ser enviada, sólo hacía falta que Corso llamara a Romaine, pero no lo hizo. Quemó la carta en una de las velas que daban luz al despacho y contempló la manera en que el fuego consumía el papel, la sensual danza del papel carbonizado en el aire, ese vuelo inocente que terminaría de un modo u otro en el fondo, en el suelo, en la superficie de la mesa. Se elevaba para caer. Era inútil escribir todo aquello. Era propio de ella, pero no de él. No era propio de ella, no le interesaba.

Suspiró. La soledad no le venía bien en ese momento, estaba llenándose de contradicciones, menguando la agudeza de su mente y sometiéndola al tabaco. Se puso de pie y abandonó el despacho, no con la intención de centrarse nuevamente en la ocupación por la que se encontraba en el burdel, sino en busca de algún dejo de realidad que jalara sus pensamientos a tierra firme. Sin embargo, no había nada para ella ahí, nada para la dueña de Danza Lunar.

Tan pronto terminaron las dos horas prometidas al atlante, encaminó sus pasos a la habitación en donde se encontraba, y cuando lo encontró de pie, listo, cuando lo escuchó hablar, sonrió para él. No había sonrisas para ella misma, no de momento. — Ven conmigo— Indicó con aquella voz suave con la que se refiriera a él desde el principio. Hizo un ademán con la cabeza para que lo siguiera y acto seguido abandonó el umbral de la puerta para guiar al atlante hacia sus atacantes. Había ordenado a Romaine que extinguiera el fuego de la hoguera y que echara sobre los hombres otro tanto de agua, nada que fuese suficiente para otorgarles la posibilidad de escapar. Quizá pudieran tratar de defenderse, quizá batallaran tan sólo un poco en ponerse de pie, pero continuaban siendo inofensivos para Segyg e insignificantes contra ella. Al llegar al sótano en donde estaban los militares, los encontraron a uno sentado en el suelo y recargado contra la pared y a otro deambulando con dificultad por la habitación vacía, impaciente.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Sáb Oct 15, 2016 12:05 am

La figura de Segyg, con el porte erguido y elegante de antaño parcialmente recuperado, siguió la de la vampiresa con calma. Obedeció sus palabras sabedor de que nada le detendría si en cualquier momento decidía echarse para atrás. Era eso lo que le transmitía cierta confianza, y el saber que ella sabía que él lo sabía le resultaba hasta entrañable.
Por el camino observó algunos detalles: cuadros, tablones de madera, paredes, olores, voces. Intercambió miradas con algunas chicas, especialmente con Alicia, a la que dedicó una sonrisa afable y un guiño cómplice en señal de bienestar. El suelo crujía a sus pies conforme se iban adentrando más y más en el local. La humedad seca del ambiente se había ido comiendo la madera con el paso del tiempo, al parecer.
No hacía demasiado que en aquella zona había estado encendida una pequeña hoguera. Segyg sentía el olor a madera expuesta al fuego y el humo, el cual era visible aún. El moreno, completamente hidratado gracias a los cuidados de Helena, no se preocupó por el ambiente. Si era necesario saldría a buscar más agua. Si era indispensable la bebería delante de ellos.
Poco se imaginó Segyg que después de tantos años, de tantas risas, de tanta camaradería, de tanto compañerismo y un largo etcétera de cosas buenas, en aquella habitación se iba a encontrar con nada menos que dos de los que siempre había considerado como parte de su familia, esa familia que se elegía como familia. Los observó estupefacto.
¿Ankog? ¿Jkerm?
El atlante, aun lleno de agua, pareció petrificarse como las gárgolas al alba. Se le cortó la respiración.
No… No puede ser… —se cubrió la boca y la nariz con las manos en un gesto de incredulidad, y cerró los ojos.
Segyg recordó la imagen de Lona y el estado en el que se encontraba cuando la encontró empalada. Recordó sus heridas, su piel, su rostro desencajado, sus genitales destrozados, sus ataduras. Recordó los años de servicio junto a ellos dos, sus andanzas, sus tonterías de machos jóvenes, sus innumerables locuras, su cambio al madurar, su complicidad, su lealtad. Sus pensamientos y recuerdos empezaron a ir y venir como la multitud que se concentraba alrededor de un artista callejero y después comenzaba a dispersarse para dar la bienvenida a más transeúntes que se detenían. Pero en la mente de Segyg no había música. No había sonido, no había olor, no había color. Tan sólo había momentos precisos cuyos detalles los había ido borrando o modificando el tiempo.
Cuanto más intentaba buscarle el sentido a todo aquello más se daba cuenta de que no lo tenía. A menos, claro, que una gran parte de su vida hubiera sido una mentira o, como esperaba, fuese el caso, algo hubiera sucedido antes, durante o después de su ausencia.
Por desgracia, al mirarlos por fin, se dio cuenta: aquellos hombres que le observaban con cara de asco y burla ya no eran más sus hermanos.
Se giró hacia Helena.
Dime que no son ellos los que me han atacado, por favor. Dímelo.
Su voz sonó apagada, pero no como antes, desolada, sino triste, muy triste, decepcionada y desilusionada. Casi pareció implorarle que, de ser necesario, le mintiera y le dijera que no, pero algo le decía que la vampiresa no tendría problemas a la hora de ser políticamente sincera.


I must hide:
avatar
Apodos : Segyg Fo'Gnir
Avatar : Richard Armitage.
Habilidad : Nana mortífera.
F. Inscripción : 20/05/2016


Ver perfil de usuario
Litoral

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Oct 16, 2016 10:08 am

Horas atrás, Romaine le preguntó un par de veces si no temía que los atlantes escaparan de su cautiverio. Helena simplemente negaba con la cabeza, porque lo que esperaba encontrar en el momento indicado era la desesperanza en la mirada de esos dos militares, el saber que aunque no estuvieran atados a nada sus cuerpos no les servirían de nada para tratar de recuperar la falsa libertada de Pandora. Helena quería que se hicieran a la idea de que debían enfrentarse a Segyg y, dependiendo de su suerte y del humor de la mujer, a ella también. Y eso fue lo que encontró al abrirse paso al sótano junto al atlante a quien había ofrecido cuidados para reparar el escándalo hecho en su burdel. Además de lo esperado, encontraba en sus miradas las zozobras de un odio permanente a aquel hombre, del resentimiento constante en sus vidas traídos por una búsqueda forzada. Tal vez, si hubieran intentar dar fin a su persecución en algún otro sitio, muy lejos de la presencia de la inmortal y de su territorio, habrían tenido éxito y Segyg jamás habría acariciado el rostro de la mujer.

Atrapó cada matiz con el que la voz de Segyg pronunciaba los nombres de los militares, aquella manera de negarse a la inminente realidad que acababa de darle justo en la cara. No podía decir que sintiera pena por él, que le doliera aún a ella que aquellos traidores fuesen personas cercanas a él. Ella no podía negar que ese tipo de traiciones fueran llevadas a cabo por gente como ese par, puesto que el éxito se basa en el conocimiento que se tiene sobre su víctima. Sin embargo, entendía el rechazo de Segyg a la realidad. El hombre no había experimentado cualquier cosa, a él se le había arrebatado todo y no era sino hasta muchos años después que se alzaba en un débil intento por rehacer su vida.

El militar que estaba sentado, al fondo de la habitación, escupió los escasos fluidos que quedaban en su boca y miró al atlante con una sonrisa cruel, la misma sonrisa que sólo aquellos que han aceptado descaradamente a la muerte pueden esbozar. El otro se limitaba a mirar a su antiguo compañero con recelo, cuando sus mejillas, resecas, se cansaron de sonreírle con sorna. ¿Qué tanto valía Segyg una sonrisa al morir?

Su mirada atrapó la ajena en cuanto el atlante se volvió hacia ella, con aquella petición extraña, pero entendible. Ante él se encontraba una Helena distinta a la que se le presentó en la alcoba. En esta mujer no existía ningún rastro de dulzura con el que le acariciara el rostro, ni se veía conmovida por nada. Ante él había una estatua fría e inexpresiva. — Lo son, Segyg. — Su voz, en cambio, fue la misma para él, suave y amable. Ella sabía que el hombre no la cuestionaba, que no ponía en duda las capacidades de la inmortal, sino que se negaba rotundamente a aceptar que fuesen ellos y que buscaba en ella una manera de confirmarlo.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Lun Oct 17, 2016 9:33 pm


Segyg lo deseaba. Lo deseaba tanto como una persona enamorada podría desear a quien amara, pero con más fuerza. Deseaba enormemente que, al mirar a Helena, ella le dijera que no estaba segura, que aquellos dos atlantes que allí estaban habían sido detenidos por error porque habían ahuyentado a los verdaderos atacantes. Deseaba que, al devolverles la mirada, sus ojos ya no destilaran odio y rencor. Deseaba que… Deseaba que no fuera verdad, que no fuera real, que todo aquello fuera un mal sueño y Lona le despertara en cualquier momento mientras hacía cualquier cosa.
Pero en el fondo lo supo. No tanto por la respuesta de la vampiresa, sin embargo. Algo dentro de él, de lo poco que quedaba, se rompió en cuanto cruzó el umbral de la puerta. Quizá fuera el ambiente altamente cargado de la estancia, tal vez todo lo que había vivido hasta ahora y también la situación, pero de alguna forma lo supo cuando se vio obligado a preguntarle a Helena si aquellos habían sido realmente sus atacantes.
Segyg volvió la mirada hacia sus una vez hermanos cuando uno de ellos escupió. Su sonrisa, la mirada indiferente del otro, no hicieron sino encender la mecha del cañón que Helena le había ofrecido. La ira que creía extinta en su persona se despertó y se lo hizo saber con un cosquilleo en el bajo vientre no lejos del todo de la excitación sexual. También sintió que su corazón se ralentizaba un poco y bombeaba con fuerza. Apretó la mandíbula. Las manos empezaron a sudarle y de pronto el cuello de la camisa le pareció más estrecho que antes.
Dejó pasar unos segundos. Por un momento creyó que no iba a poder controlarse.
Dio dos pasos al frente y se posicionó frente a Ankog, el que estaba de pie.
¿Por qué?
¿Por qué qué? —respondió el contrario con chulería, con la boca abierta y una sonrisa enferma y macabra. Segyg percibió que tenía la boca seca y sangrante.
No te lo preguntaré dos veces.
Debieron haberla hecho muy feliz mientras tú no estabas —rió.
Segyg, de pronto, como un toro que pastaba tranquilo y de súbito se abalanzaba hacia su objetivo, agarró el cuello del atlante fuertemente con una mano y lo atrajo hacia sí mientras que con la otra alzó lentamente un puño vibrante y amenazador. Ankog siseó y rió como el enfermo mental que le pareció a Segyg al verlo ahí de pie. Éste colocó sus manos sobre la de Segyg con suavidad, como si las posara en lugar de aferrarse para tratar de zafarse.
Tú lo estropeaste todo. Debiste haber muerto. Si hubieras muerto hace cinco años ahora todo sería deiferente.
¿Diferente para quién, Ankog?
No te lo voy a decir.
He sido tu compañero muchos, muchos años, Ankog. Sabes perfectamente de lo que sería capaz contigo, y ni aún así serías capaz de imaginarte lo que ella —señaló a Helena con un gesto de cabeza —también podría hacerte.
Ankog rió nuevamente y los retó a ambos con la lengua fuera y una expresión de maníaco.
No me da miedo. Ninguno me dais miedo.
Segyg, sin mirarla y sin moverse ni un centímetro, se dirigió a ella.
Helena, este es tu local. Creo que es hora de que aprenda modales.
Segyg juraría que, aunque Ankog jamás llegara a reconocerlo, una parte de esa altivez reflejada en sus ojos enfermos se apagó de golpe, al igual que una parte milimétrica de su siniestra sonrisa.
Entonces soltó y retrocedió los pasos que había avanzado.


I must hide:
avatar
Apodos : Segyg Fo'Gnir
Avatar : Richard Armitage.
Habilidad : Nana mortífera.
F. Inscripción : 20/05/2016


Ver perfil de usuario
Litoral

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Oct 19, 2016 12:23 am

Estoica, permaneció contemplando la escena, esperando a que el atlante se cansara de interactuar con aquellos seres miserables que encontraban gracia en la muerte que aún no conocían. Escuchaba los latidos de Segyg, cada vez más insistentes en que realizara la única cosa que podría realizar en aquel sitio: asesinarles. Para ella no era sino la más gloriosa de las sinfonías, el barullo de sus corazones, el susurro de sus pensamientos que tomaban forma en el silencio, y todo muy cerca de acabarse. Antes gozaría de los estruendosos gritos de aquellas sus víctimas, era lo que más deseaba escuchar, ese momento por el cual aguardó cuatro horas aproximadamente. La risa de uno aumentaba su deseo de convertirse en quien orquestara la tortura, en quien decidiera dónde correría sangre y dónde no, qué gritos debían ser los más potentes y cuáles debían ahogarse en sus gargantas.

A través de las palabras de Segyg, de su manera de desenvolverse ante sus enemigos y manifestar la rabia de sus ojos en amenazas, le quedaba claro a la mujer que no era un hombre de crueldad tan marcada como la de ella, que aún y con el odio que era capaz de expresar, el hombre no podría atentar contra aquellas vidas tan fácilmente. Y ella, que lo miraba pacientemente, recargada contra la puerta cerrada, único acceso al sótano, le enseñaría que todo era cuestión de práctica, que para desinhibirse enfadarse ni odiar a nadie. Al contrario, las emociones privaban al verdugo de esta clase de satisfacción. Sin embargo, a juzgar por sus palabras, daba por sentado que él sabría algo también.

Casi se alegró de que por fin pudiera tomar parte en esa dramática escena y de ver cómo la altivez en los ojos del atlante era opacada por el miedo. Todos, en mayor o menor medida, debían experimentar aquel cambio, especialmente él, esos dos atlantes que habían tenido la mala fortuna de conocerla de mal humor. Ellos tenían la obligación como víctimas de reconocer que en aquella mirada fría se escondía algo peor, la promesa de una muerte cercana que no les llegaría sin antes haber experimentado lo peor de sus vidas en unos cuantos minutos. Así que se reincorporó y comenzó a aproximarse al mismo atlante que Segyg había amenazado anteriormente. Con la punta de su dedo índice comenzó a recorrer la línea de su quijada hasta el mentón, como si se tratara de una caricia que mentía al prometer la misericordia de la mujer. Pero nada de eso ocurrió, sino que de aquel trazó comenzó a emanar sangre, exponiendo al acto la verdadera intención de aquel gesto. Los ojos de la mujer, fríos e inertes, estaban fijos en los de su víctima, tratando de extraer de aquel abismo atormentado sus miedos más profundos, adueñándose del alma de esa criatura para arrebatársela junto con la vida. — Así que no tienes miedo, ¿eh? — Susurró con una sonrisa socarrona en sus labios, con la voz sedosa y sensual como si estuviera con un amante y no con una víctima. — Y está bien que no lo sientas, porque de momento no voy a hacerte daño, no a ti. — Dijo a medida que apartaba su mano y su atención de aquel hombre para dirigirse al segundo militar, al que continuaba sentado en el suelo, debilitado por la falta de agua. Entonces lo tomó de la barbilla y lo obligó a ponerse de pie conforme iba a ejerciendo fuerza sobre su mandíbula. — Quiero que veas lo feliz que lo haré, quiero que sepas que lo estropeaste todo, que si hubieras hablado ahora todo sería diferente. — Continuó sin dejar de lado ese tono sensual y provocador, manteniendo sus ojos clavados en el primer militar y, finalmente, se escuchó el crac, el dulce sonido de aquellos huesos que cedían a la fuerza de la mujer seguidos por un grito desgarrador. Sintió, gracias a que aún no lo soltaba, cómo aquel grito provenía de las entrañas del herido y cómo se esforzaba en encontrar una posición en que esa mano fría y fuerte no lo lastimara más. Apostaba a que sentía la cabeza a punto de explotar, que el dolor llegaba hasta la punta más alta del cráneo y descendía por el cuello hasta debilitar aún más el resto del cuerpo. — Dime tu nombre. — Ordenó al segundo y en respuesta el atlante gimoteó sin atinar a decir nada. — Eh… Eh. Er… — Insistió, como si el esfuerzo fuera a prevenir algo peor — Guerm. — Ella sonrió complacida y lo dejó ir. — ¿Lo ves? No es tan difícil cooperar, Ankog. ¿Vas a darme las preguntas que quiero o prefieres que continúe? — Preguntó fingiendo condescendencia cuando la sonrisa en sus labios no prometía detenerse, sino que anunciaba un claro deseo de continuar entreteniéndose con la tortura.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Miér Oct 26, 2016 11:21 pm

«El espíritu de un guerrero no está orientado a consentirse o quejarse, ni está orientado a ganar o perder. El espíritu de un guerrero sólo está orientado a la lucha, y cada lucha la vive como si fuera su última batalla en la tierra».
—Carlos Castañeda.

Segyg tuvo, por un momento, la idea de que aquella mujer iba a ceder al hilo de sangre que recorrió la barbilla de Ankog. Creyó que iba a contemplar, por primera vez en su vida, cómo un vampiro se alimentaba. Aquel pensamiento le provocó cierta tensión. Si se descontrolaba, ¿cómo podría él protegerse?
Pero nada de aquello sucedió. Muy al contrario, Helena no pareció ni siquiera inmutarse. Segyg tuvo entonces la certeza de que aquella mujer tenía un poder de control claramente envidiable para muchos como ella.
El grito mezcla de dolor y terror de Jkerm le hizo apartar la vista con los ojos cerrados. No iba a ver nada si apartaba el rostro, pero aun así tuvo que cerrarlos porque no era simplemente que no quisiera ver algo escabroso, sino que, muy en el fondo y a pesar de todo, Segyg lamentaba la situación decadente a la que habían llegado sus hermanos. Segyg no era malo ni cruel. Cerrar los ojos le ayudaba a controlar el impulso de acudir en su ayuda.
Sin embargo, sabía que no había vuelta atrás. Le habían traicionado, habían matado a su mujer, le habían amenazado, le habían perseguido y le habían atacado, y todo sin tan siquiera él saber porqué. Segyg quería justicia, pero, ¿quería saber en qué se habían convertido los atlantes? ¿Quería descubrir si todo, absolutamente todo, no era más que una mentira? ¿Estaba preparado, aun siendo una criatura acuática, para el jarro de agua fría que se le venía encima? Sólo había una manera de comprobarlo.
Cuando Helena hubo terminado con Jkerm el atlante de ojos azules volvió a posicionarse delante de Ankog.
Vamos, Ankog. Hemos luchado codo con codo. Te conozco, o creía conocerte, y sé que puedes hacerlo mucho mejor. ¿Por qué mataron a Lona?
Ankog, a quien no le había hecho gracia el trato de Helena, trató de atacarle, pero estaba tan débil que casi abrazó a Segyg con un grito ahogado. Éste, con un suspiro pesado cuyo significado fue difícil de intuir, lo tomó de los brazos y lo empujó hacia atrás. Ankog cayó al suelo y quedó sentado de manera ciertamente graciosa.
No vas a colaborar, ¿verdad?
Púdrete.
Segyg volvió a suspirar, pero esta vez para sí, por dentro, cansado y abatido. Miró al que había sido su hermano, amigo y compañero de aventuras tantas veces con pena, porque Segyg miraba aquella criatura y aunque sabía quién era, ya no le reconocía. La apariencia externa era similar a la que recordaba, pero la mirada, la voz, el lenguaje corporal, el porte, la manera de reaccionar a las palabras, las respuestas… Era como si hubieran despellejado a Ankog y hubieran cosido su piel encima de otra criatura.
El atlante se alejó unos pasos. Parecía dispuesto a abandonar, pero se escuchó un sonido metálico y Segyg regresó con una cadena. Era gruesa y lucía pesada. Al ser negra no se apreciaba, pero en ella, seca, se podía hallar la sangre de numerosos prisioneros.
Se agachó frente a Ankog.
Recordarás esto, y cómo funciona. Nunca pensé que te lo acabaría haciendo a ti.
Segyg golpeó la cabeza del otro atlante para dejarlo semiinconsciente. Con ayuda de una silla pasó la cadena por encima de una viga de hierro. Cuando la cadena llegó abajo Segyg colocó los grilletes en las muñecas de Ankog y le palmeó el rostro para despertarlo.
Éste gruñó.
¿Recuerdas lo que venía ahora?
Segyg se levantó y tomó la cadena por el lado contrario. Tiró y tiró hasta que Ankog, entre quejidos, quedó casi suspendido en el aire. Tan sólo la punta de sus dedos tocaba a duras penas el frío cemento.
Segyg rasgó su ropa. Poco le importó que Helena estuviera ahí. Supuso que habría visto cosas peores. Con lo seca y cuarteada que estaba su piel Segyg no tuvo más que arañarle para que ésta cediera y la sangre comenzara a brotar. Ankog parecía resistirse a quejarse.
¿Quiénes mataron a Lona y por qué, Ankog? ¿Y dónde están ahora?
No lo vas a saber nunc… —no pudo terminar porque Segyg le soltó un guantazo.
Quién, por qué y dónde, Ankog.
Ella no era quien tú creías, Segyg —soltó una risita burlona —. Te utilizaba.
Segyg se cansó de todo aquello. Arañó la cara de Ankog y tomó con los dedos un pedazo de piel que lucía más profundo. Miró a Helena, más como signo de complicidad que como aprobación, y tiró. Tiró con fuerza y rapidez, tiró de forma que de inmediato la cara de Ankog se tiñó de rojo. El trozo de piel, ahora con carne, quedó colgando justo por encima de la carótida.
Por última vez, Ankog. Dime lo que sabes o acabaré contigo y me encargaré de hacerle sabr a los responsables que fallaste y que no van a volver a tocarme.
Ankog, con las pocas fuerzas que le quedaban, rió a carcajada limpia mientras le decía que nunca sabría la verdad.
Me importa una mierda lo que hagas… Pero recuerda lo que te he dicho: ella no era quien tú creías.
Segyg, sin mover ni un músculo más del rostro, terminó lo que había empezado: con un grito de rabia tiró con tanta fuerza que Ankog se encorvó hacia adelante. Segyg despellejó el cuello y el pecho del otro atlante de forma que no tardaría un minuto en desangrarse. Le había reventado la carótida.
Él, por su parte, se hallaba completamente cubierto de sangre, hasta le goteaba del cabello y la nariz. Se había olvidado de Helena, de Lona, de su persecución, de su miedo, de su tristeza. Durante aquellos segundos en los que el cuerpo de Ankog se balanceó, desangrándose y convulsionando, y la cadena chirrió por los movimientos, para Segyg no existió nada más que aquella sensación que se abrió paso en sus entrañas. Una mezcla de dolor, de rabia, de impotencia y, quizá, de perdón.
Su mirada se perdió en alguna parte del cuerpo de Ankog.


I must hide:
avatar
Apodos : Segyg Fo'Gnir
Avatar : Richard Armitage.
Habilidad : Nana mortífera.
F. Inscripción : 20/05/2016


Ver perfil de usuario
Litoral

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Nov 05, 2016 4:26 pm

Contempló cada golpe, cada gesto y escuchó cada palabra que se producían en su protegido. No podía reprocharle lo que hacía, porque a primera instancia no parecía reprimirse, pero lo estaba haciendo. Segyg seguía sin sentirse capaz de ir más allá, indispuesto a aceptar que había algo más que el dolor físico y que lo hacía era tan sólo una parte de lo que el traidor podría soportar. Tenía que lograr que la muerte se convirtiera en un consuelo y no en un escape. La verdad tenía que salir a flote con la promesa de un respiro. Por eso Ankog se resistía a hablar. Ankog veía lo mismo que Helena y por eso seguía acorralando a Segyg en una jugarreta infructuosa. Aunque estuviera colgando como un animal a punto de ser sacrificado, no daría respuesta alguna, porque aún no había alcanzado la miseria, porque su cobardía lo sujetaba aún del cinismo y porque no conocía aún el verdadero dolor.

A Helena no le importaba Lona ni su posible relación con aquellos hombres. Ella ya había sido redimida con la muerte y la media década que Segyg dejó pasar. Lo que Corso necesitaba eran nombres, identidades de personas vivas y activas en su entorno, pero sus posibilidades se redujeron a la mitad con la muerte de Ankog. Encima, el reguero de sangre la ofuscaba y los constantes gimoteos de Jkerm terminaron de fastidiarla. — Lo has matado demasiado pronto — Reprochó. Su voz no fue hostil, pero tampoco era sencillo encontrar dulzura en ella. No hacía falta, no era un sitio para tratar al atlante con la misma delicadeza que al principio y tampoco podía ser así siempre.

Se giró entonces al prisionero que quedaba y lo contempló en su miseria durante unos segundos. Jkerm se movía medio atontado, tratando de encontrar alguna posición que redujera los dolores que ahora gobernaban su cabeza, con los quejidos abultados en su garganta, difícil de identificar uno de otro. ¿Cuánto podía hacerlo durar? — Tú lo conoces mejor que yo, Segyg. ¿Qué tan prometedor es este hombre comparado con el otro? — Aunque la pregunta estaba dirigida a su protegido, la intención no era precisamente conseguir una respuesta de eso, sino una reacción por parte del atlante, estimular su miedo y el deseo de acabar con todo aquello pronto. — ¿Merece vivir un poco más? — No perdería más el tiempo ahí abajo si el hombre no tenía nada que ofrecer. El otro prisionero había sido más hablador, pero igual de inútil. Si el silencio prometía una respuesta, lo dejaría vivir. Si no, ¿para qué esperar?




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Miér Nov 23, 2016 10:45 pm

Lo sé.
Aquella escueta y apagada confesión fue todo lo que Helena recibió como respuesta a su reproche.
Segyg lo sabía. Desde el momento en el que sus dedos se habían enfilado en dirección al labio del otro atlante algo le había gritado en su cabeza que procediera. Sin embargo, lo que había hecho que Segyg diera el paso no había sido una voz opositora que le gritaba lo contrario, que no fuera como aquellos hombres, sino algo completamente diferente. No es que hubiera una oposición, es que directamente no había nada. Allá, en su mente, resonando entre las paredes de su memoria, solamente se oyó: «hazlo».
No obstante, no había sido hasta que la voz de Helena lo sacó de su ensimismamiento que Segyg cayó en la cuenta de que le daba igual lo que había hecho. No era su primer crimen y tampoco sería el último, pero todos, sin excepción, aunque hubiesen sido por «una buena causa», se habían ido llevando una parte de su ser con ellos. ¿Qué tenía aquel de diferente? ¿Por qué no le importaba lo más mínimo haber destripado a su hermano? La respuesta era sencilla: Lona. Aquel trozo de carne inerte le arrebató a Lona y Segyg nunca pudo entender ni perdonar aquello. Ankog se lo había buscado.
Lo sé, y no te voy a pedir disculpas por ello. No sé ensañarme, aunque sea personal. Mi ensañamiento sería más a puñetazo limpio para desfogar mi rabia —el atlante de ojos azules se dio cuenta de que sus palabras podrían contener soberbia, y por eso las dejó ir con un timbre suave y hasta dulce. No era una mala contestación, no era un arranque de inmadurez, tan sólo eran un recordatorio. —Me contento con saber que el asesinato de mi mujer no va a quedar impune.
En ese momento Segyg se encaminó hacia ella. Al caminar, al impactar sus pies contra el suelo, las gotas de sangre que se habían quedado pegadas a su piel y a su cabello ante la falta de peso resbalaron y cayeron. Así, una o dos de ellas trazaron dibujos abstractos sobre la piel del atlante, líneas desdibujadas que, en cierto modo, parecían tener un sentido concreto.
Al llegar a la altura de la vampiresa se detuvo justo detrás de ella. Su postura, aunque firme, distaba mucho de ser controladora. Tal vez autoritaria, pero no controladora. Helena podría escuchar su respiración tranquila y su latido acompasado. Como si no acabara de asesinar a un hombre a sangre fría. Quizá también olería la sangre fresca sobre su cuerpo caliente. Una sangre que, aunque no era suya, había invadido su piel y su ropa.
Jkerm no es Ankog. Él sopesará muy bien si le sale rentable hablar o no, y si decide que no, no nos provocará como Ankog. Él siempre ha sido el segundón, ¿eh? el que necesitaba un líder o un dominante al que acompañar.
Segyg dejó ir una sonrisa fría como el hielo.
Opino que si lo dejamos vivir un tiempo más podemos matar dos pájaros de un tiro. Podemos conseguir información y, también… — movió su cabeza hasta que sus labios estuvieron frente a frente con el oído de la vampiresa. Le habló en un susurro, y mientras lo hacía, desvió la mirada hacia el atlante prisionero. —Podrías enseñarme a torturar. Estoy seguro de que eres de las mejores en el terreno.
Y Segyg, de forma casi inconsciente, le tocó levemente el brazo a la vampiresa a la altura del codo con los dedos. Algo íntimo, suave, con la complicidad que habían construido antes, pero al mismo tiempo cortés y sin invadir su burbuja.


I must hide:
avatar
Apodos : Segyg Fo'Gnir
Avatar : Richard Armitage.
Habilidad : Nana mortífera.
F. Inscripción : 20/05/2016


Ver perfil de usuario
Litoral

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Nov 23, 2016 11:41 pm

La reacción de Segyg le fue ciertamente inesperada y a la vez quedaba justa a sus expectativas. Sin embargo, no hubo rastro de emoción alguna en su rostro ni el susurro de una ligera confusión dentro de su mente cuyo reinado pertenecía al silencio. Fue tan sólo un detalle en aquellas palabras que desentonaron en lo escaso que conocía del atlante y de lo que estaba segura escucharía de él. No había modo en que ella esperara una disculpa, ni tampoco, a pesar de haber reprochado una muerte prematura, esperaba obtener algo de arrepentimiento por parte del atlante. Era suficiente con haber visto que el hombre se apropiara de la tortura, que él mismo llevase a cabo un breve interrogatorio infructuoso a uno de los prisioneros. Temía, en realidad, que el hombre se hubiese quedado al margen y que al final hubiere sido ella quien prolongara la muerte en Jkerm y Ankog. Aquello era mejor, quizá con una insignificante imperfección, pero mejor.

Retuvo cualquier respuesta para sí misma y en su lugar lo vio de reojo mientras se aproximaba, mientras avanzaba a través del sótano, haciendo gala de aquellas gemas rojas en su cuerpo. El perfume de la sangre que se había apoderado del aire viciado de aquella estancia la había entregado a un ligero malestar que se volvió un poco más notorio en el momento en que el atlante se detuvo a sus espaldas. Aborrecía sobremanera aquella sensación, el estar frente a alguien bajo aquellas circunstancias, con semejante aura. Fue necesario recordarse a sí misma lo que estaba ocurriendo, que Segyg era su aliado y que atacarlo sólo desecharía los planes que había hecho hasta el momento. De manera que lo dejó estar, tan sólo por breves minutos, para escucharlo.

Torció una sonrisa que desapareció al instante. Ankog era la abeja reina en aquel juego de mentiras y traiciones. Después, cuando su aliado se aproximó a murmurar más palabras a su oído, cerró los ojos y echó la cabeza ligeramente hacia atrás, no apreciando la cercanía del atlante, sino el olor de la sangre. Sintió el peso de su cabello, los pendientes en sus orejas horadadas que cedían a la sutil inclinación. Y cuando abrió los ojos nuevamente expuso sus pupilas dilatadas. Su cabeza volvió a moverse, esta vez para encontrarse cara a cara con Segyg al tiempo que una sonrisa maliciosa coronaba los labios rojos de la inmortal. — Quizá te resulte tentador, pero yo no te recomendaría jugar al alumno conmigo — Susurró con sedosidad, con ligera lascivia. Recordó en un brevísimo instante sus vivencias en Prejkme allá en Rumania, evocó memorias que no deseaba enfrentar en ese momento, que le provocaban úlceras y que, lejos de apelar a un juego de insinuaciones, lo alejaban más de ello.

Si soy la mejor o no, eso lo decidirá Jkerm. — Añadió al tiempo que miraba al atlante, afectado aún por la fractura de su mandíbula. — Levántalo — Dijo a Segyg. — Te guiaré con él, así aprenderás —  Finalizó mirándolo nuevamente y deslizando la yema de sus dedos por la mejilla del atlante para recoger las gotas de sangre que se resistían a resbalarse hasta perderse en su espesa barba.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: The wave | Helena D. Corso | +18 violento, tortura

Mensaje por Contenido patrocinado

Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.