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Crisantemo | Helena D. Corso

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Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Lun Sep 05, 2016 1:53 pm

Segyg ya había perdido la vergüenza.
La primera vez que se había decidido a ir a un burdel había sido años atrás, mucho después de haber perdido a su mujer, cuando sus necesidades físicas se volvieron tan insoportables que fue capaz de abandonar la seguridad de su refugio para buscar un desahogo.
Al principio creyó que no sería capaz, que haría el ridículo, que sería una experiencia completamente aterradora, incluso. Lo cierto era que estaba tan nervioso que, incluso después de haber tenido dos hijos, la chica en cuestión tuvo que llevar la voz cantante sobre él mientras él se debatía internamente entre si lo estaba haciendo bien, si de verdad era necesario estar allí y si, con todos sus años de ausencia, no estaría manchando la memoria de Lona. Al final se dejó hacer, y no pasaría mucho tiempo antes de su segunda visita.
Eso fue años atrás. Con el paso del tiempo fue perdiendo la vergüenza y las inseguridades, pero también otras cosas. Podría decirse que sus visitas se habían convertido, más que otra cosa, en una costumbre. No era que no le gustara mantener relaciones, no era que no apreciara el poder distraerse aunque fuera durante un período de tiempo. Era que, después de tantos años de miseria, a Segyg ya le era prácticamente imposible mantener la máscara y su oscuridad traspasaba la barrera que separaba sus emociones de su propio físico. Sus ojos se habían oscurecido, sus gesticulaciones se habían ralentizado, su voz se había tornado apagada y más grave. Por supuesto, sus movimientos también se habían vuelto más pausados.
Allá, en su mente, la primera batalla seguía librándose descarnadamente, pero él ya no lo sentía. Ya no le importaba.
Algunas de sus chicas favoritas —las cuales eran, sencillamente, con las que se sentía más cómodo— se habían dado cuenta de esto con el paso del tiempo y hasta se atrevían a bromear con él; siempre, claro estaba, dentro de los límites que él, ya quizá de manera inconsciente, marcaba.
—Cuando estás tú encima, a veces, se me antoja estar yaciendo con un abuelo —le había dicho una de ellas tras una larga insistencia por parte del atlante.
Fue de las últimas veces que Segyg había cedido a su curiosidad.
Segyg creyó que desahogándose antes de sentir una necesidad mayor ayudaría a prevenir más de una noche de malestar deseando estar en compañía, pero después de tanto tiempo se había dado cuenta de que aquello realmente no tenía nada que ver. Había podido estar meses enteros sin sentir nada y también volver al burdel apenas dos días después de la última visita. El atlante se había dado cuenta de que la mejor manera de sobrellevarlo era adaptándose a lo aleatorio, y se adaptó. Se aseguró de acostumbrarse a llevar siempre algo de dinero —el que pudiera conseguir— encima como fuera «por si acaso». A veces caía compañía femenina, a veces una cena más lujosa que de costumbre. Casi siempre era compañía.
Aquella noche el atlante moreno lucía diferente. Sus ojos estaban abiertos, despiertos, su sonrisa se curvaba sin motivo aparente y su porte era erguido. Parecía otro, parecía el viejo Segyg de hacía unos años. Parecía que sucediese algo, y, aunque así era, él no lo sabría hasta minutos después. Él, nada más entrar al Danza Lunar, ya había dado con la chica, la cual, al verle, sonrió. Segyg comenzó a aproximarse hacia ella, pero apenas dos pasos después sintió un fuerte golpe en la cabeza, tan fuerte que acabó de bruces en el suelo y con una fina cascada de sangre resbalando por su frente y su nariz. El atlante se tocó la herida entre los gritos mayormente femeninos de la gente. En el suelo se había formado un pequeño charco. La rabia, el miedo, la impotencia y el dolor —no el físico, sino el que traían consigo los recuerdos más crueles— se agolparon en su pecho. Él ya sabía a qué se debía aquello: conocía esos golpes. Eran golpes destinados a derribar sin arrebatar el conocimiento, golpes creados para poder reducir al rival mientras se disfrutaba del pánico en sus ojos antes de acabar con él. Segyg, atontado, hizo amago de levantarse para responder a la agresión, pero hubo otro golpe y entonces todo se volvió negro.
Allá, a lo lejos, comenzó a oírse algo parecido a las olas por debajo del agua.






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Sep 06, 2016 11:35 pm

Era, justamente, el día fijado para la inspección de Danza Lunar. No era cualquier inspección, no era de esas revisiones que se realizaban cada semana. Tres días antes, Helena decidió que tenía que conocer el progreso del burdel por cuenta propia, que sus visitas arbitrarias y fugaces no eran suficientes para conocer las condiciones de su nuevo establecimiento. Por otra parte, Cornelius tampoco estaba disponible para acompañarla durante su visita, él, quien era el puente entre la dueña y sus empleadas. Quizá su presencia habría aminorado el rigor que la inmortal exigía en el negocio. Las chicas ya lo sabían y la matrona también; Danza Lunar no era cualquier burdel y Helena no era cualquier dueña. Ellas sabían que la mujer podía llegar en cualquier momento e ignorar la fecha que ella misma señaló para su visita. La razón era fácil de entender para cualquiera. Sin embargo, erraron en su predicción y Corso llegó el día prometido cuando el cielo comenzaba a oscurecer.

Entró por la puerta principal, como si se tratara de un cliente, y fue recibida por una de las anfitrionas del lugar para después conducirla al despacho que Madame Romaine ocupaba en representación de la inmortal. Ahí, la matrona le entregó varios documentos, entre ellos cuentas del capital que se invertía en el establecimiento, así como los frutos que las niñas daban. — Hace unos días vino el señor Tomburän, ese elfo que tiene un montón de carteles con su rostro en toda Valtesi. — Comenzó a relatar Madame Romaine mientras que la inmortal leía los reportes en la silla que correspondía a los visitantes del despacho. — Dejamos que continuara viniendo unos días más, hasta que las niñas que promocionan Danza Lunar en las calles supieran en dónde se escondía. Aatos murió aquí mismo, porque entró por la puerta del callejón y sin que nadie lo supiera, hasta que Emma lo encontró. — Continuó, segura de que Corso la escuchaba a pesar de que estuviera con la mirada fija en el papel, ausente e indiferente de todo lo que ocurriese a su alrededor. Aquello que relataba era el contenido de las misivas que le enviaba con frecuencia a Zárkaros o las que Cornelius recibía en persona. Y aunque planeaba continuar compartiendo los resultados de la verdadera intención del burdel, gritos femeninos le arrancaron las palabras de la boca y provocaron que la mandíbula de la inmortal se tensara. Malhumorada, Corso apartó la vista del papel y miró a la matrona, como si fuese ella la responsable del ajetreo del burdel. Como los gritos continuaban y la naturaleza de los mismos revelaba sus razones posibles, se levantó al fin de su asiento y abandonó el despacho con aquel andar que prometía una muerte digna de un burdel y tan cruel como sólo ella podía ofrecer.  

El olor a sangre sólo la enfureció más y al llegar al recibidor se encontró a las mujeres amontonadas frente a la escena que les había inducido al pánico y mirando impotentes la golpiza que le propinaban a un hombre. Se abrió paso sin dejar de lado aquella tranquilidad cruel que tanto le caracterizaba para luego posicionarse ante todas ellas, en un lugar perfectamente visible para los atlantes. Habría hablado; Helena tenía la mala costumbre de jugar con sus presas antes de aniquilarlas, pero no en esa ocasión, no estaba de humor para juegos. Esos hombres se habían atrevido a crear alboroto en sus dominios y abusaban ahora de uno de sus clientes. — Romaine — Habló la inmortal con voz firme —, Prepara el sótano, enciende la hoguera. — Ordenó antes de aproximarse a los militares y aprovechar la ofensiva de los mismos para derribarlos. No los mató, sino que se limitó a noquearlos y a dislocarles algún miembro en el proceso. Tampoco les perdonó la vida. Iba a mandarlos al sótano e iba a torturarlos en cuanto atendiera la salud de su cliente. Mientras tanto, ellos la esperarían encerrados con un buen fuego, deshidratándose lentamente y durante varias horas hasta que la sed agotase sus sentidos. Pidió entonces que las actividades del burdel cesaran durante unas horas, que se cerrara el establecimiento (sin dejar de atender a aquellos desventurados clientes que presenciaron el ataque) y que se limpiara el desastre. Además, ordenó a un par de mujeres que llevasen al atlante a una habitación y atendieran sus heridas mientras ella se encargaba de los militares, a quienes llevó al sótano, dejándolos libres en el aire seco y encerrado de ese olvidado almacén. Posteriormente, volvió con el herido y esperó, sentada en una silla junto a su cama, que recuperase la consciencia.




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Jue Sep 08, 2016 6:20 pm

Lona apareció en la puerta con una tarta enorme en las manos.
—Eso… eso es… —empezó Segyg.
—Chocolate —adujo Lona.
—Iba a decir enorme.
—Oh, vamos, no es para tanto. Son niños y es el cumpleaños de tu hija; además, no se lo van a comer todo, tú también estás aquí.
—¿Eh?
Lona desapareció tras cruzar la puerta del salón.
Esa noche, abrazados en la cama, Lona susurró algo a su marido.
—¿Sabes algo que me gusta mucho? Que me acaricies la cabeza.
Segyg sonrió y tras besarle la mejilla con dulzura procedió.


Segyg, ya tumbado boca arriba en la cama de alguna habitación del mismo burdel, y tranquilo hasta ese momento, movió los dedos de una mano. Los encogió y estiró como si pretendiera acariciar algo.
La caricia se prolongó varios segundos.
Luego se detuvo, pues los dedos de ambas manos se estiraron por completo y sus párpados, cerrados, comenzaron a vibrar. Debajo, los ojos del atlante se movían de un lado para otro.

—¡Segyg!
—¡Lona! ¡Aguanta!
El atlante y su mujer se encontraban en un pasillo completamente oscuro del que de pronto surgió un haz de luz cegador. De él, varias sombras finas y alargadas se acercaron y tomaron a Lona con rapidez. La atrajeron hacia el haz de luz con sorprendente velocidad mientras ella le llamaba y Segyg se quedó atrás sin apenas poder avanzar. La sensación de pesadez en sus piernas era demasiada, aun cuando, al mirarse, nada las retenía. Simplemente no podía moverse. Cuando su mujer se transformó en poco menos que un punto diminuto, Segyg comenzó a gritar.


Y gritó. Gritó hasta que le dolió la garganta y pudo abrir los ojos.
Su pecho parecía tener vida propia, pues ascendía y descendía tan fuertemente que a Segyg llegó a dolerle, como la garganta. El sudor perlaba su rostro, su cabello, ni qué decir la cantidad de sudor que había bajo su ropa.
Lo primero que vio fue un techo para él conocido, algo que le alivió, pero segundos después empezó a cavilar y tuvo, con torpeza, que llevarse la mano temblorosa a la cabeza.
La herida.
Aún sangraba, aunque ya no tanto como antes. Al mirarse los dedos giró la cabeza, lo justo para darse cuenta de que en aquella habitación no estaba solo. Una mujer preciosa, blanca como la leche y con una expresión mezcla de la indiferencia y las ansias de conocimiento estaba postrada a su lado. Era evidente que no acababa de llegar, aunque obviamente desconocía si siempre había estado tan cerca de él.
El atlante la miró durante varios segundos. En ese breve período de tiempo le pasaron muchas cosas por la cabeza. ¿Quién era? ¿Tenía algo que ver con sus atacantes? ¿Era una de ellos? Los ojos del moreno se clavaron en aquella figura de marfil. Tanto si pensaba matarle como si estaba allí cuidando de él, Segyg eligió la precaución.
Tenía varias preguntas en mente que se atropellaban las unas a las otras. Finalmente consiguió verbalizar la que creyó más acorde con la situación.
—¿Qué ha pasado?
¿Qué otra cosa podía decirle? Él sabía quién (o quiénes) le había atacado, pero no era algo que pudiera ir diciendo por ahí. ¿Y si ella estaba con ellos? Segyg llevaba años sin poder confiar en nadie, ni siquiera cuando había dinero de por medio, porque había aprendido a la fuerza que si el dinero era necesario para conseguir un favor entonces había otros con más dinero que él que podían encargarse de que él no lo recibiera.
De repente abrió más los ojos y trató de incorporarse, pero le dolió y volvió a su sitio. Parecía que le habían pateado el pecho.
—¿Dónde está Alicia? ¿Está bien?
El atlante cerró los ojos con fuerza unos segundos y cuando los volvió a abrir clavó nuevamente su mirada en los de aquella mujer.
A Segyg, en medio del atontamiento, se le antojó estar mirando a un abismo sin fondo.






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Sep 16, 2016 12:39 am

Anda por un cuenco de comida y dile a Romaine que me traiga los documentos que dejé en el despacho — Ordenó a Alicia, la chica que había estado más presente en los cuidados al atlante y la vio salir, a pasos gráciles y veloces, de la habitación, dejándola sola con el hombre herido. Mientras esperaba lo que había pedido, se limitó a observar al desconocido, a dejarse distraer por el tranquilo subir y bajar de su pecho, y a escuchar lo silenciosa que era su respiración. Si no fuese por el penetrante aroma del incienso o por los sutiles jadeos provenientes de las habitaciones dedicadas al entretenimiento, pensaría que se encontraban en un sitio distinto, pensaría que él no era un extraño y que simplemente se dedicaba a dormir.

Romaine apareció pronto. Se asomó desde el umbral, como anunciando su llegada en busca de que se le permitiera acceder a la habitación. Y tan pronto como la inmortal posó su mirada azul en ella, la matrona se adentró e hizo entrega de los documentos que se le habían pedido. Romaine llegó en silencio y se marchó en silencio. Helena dejó de observar al atlante para reanudar su lectura, pero las letras se resistían a ella, bailaban en el papel al son de los gritos del extraño.  Bajó los registros a fin de observarlo. Había advertido, sin darle mucha importancia, el sutil movimiento de sus dedos contra las sábanas, caricias que suponía proporcionaba en sueños.

Los gritos desgarradores que emanaban de la garganta del desconocido no la obligaron a levantarse de la silla ni de bajar los documentos que insistía en leer. Ella aguardó pacientemente a que ello terminara, a que el dolor que podía estar experimentando menguara hasta que ella pudiera traerlo a la realidad, puesto que esos gritos no eran causados por dolencias físicas. Corso había gritado tanto como él siglos atrás. No había modo de consolarlo.

Sus ojos continuaron repasando la información aún y cuando el hombre había vuelto en sí. La respiración agitada y sus movimientos lo habían delatado, pero ella continuaba leyendo y no dejó de hacerlo hasta que él habló. Con suma tranquilidad, depositó los documentos en la mesita de noche para volver a clavar la mirada en él. Cuando vio aquel intento por incorporarse, se puso de pie y fue a sentarse a su lado. — No te levantes aún. — Reprendió con voz sedosa, casi dulce, y con una mano lo sujetó de un brazo, sin presionarlo ni forzarlo, mientras que con la mano libre tomaba el pañuelo que habían dispuesto para tratar sus heridas y lo remojó para luego exprimirlo y limpiar con ello la sangre que continuaba emanando de la herida. — Alicia está bien, ha ido a conseguirte algo de comer. — Explicó mientras devolvía el pañuelo a su lugar. Apartó su mano de él, pero permaneció sentada a un lado suyo, a la orilla de la cama. Lo miró un momento antes de aventurarse a volver a hablar. — No voy a preguntarte por qué te han atacado un par de militares en mi negocio, no aún, pero sí me gustaría saber tu nombre. — En ese momento entró Alicia con una bandeja en la que llevaba un cuenco de estofado, una hogaza de pan y una botella de vino. De camino a depositar los alimentos en una mesita disponible, miró al atlante y le dedicó una sonrisa discreta. Sin decir palabra, era evidente que Helena no admitía que le rechazara los alimentos y, de algún modo, su tranquilidad daba a entender que aquello corría por su cuenta. Alice salió con la misma gracia que antes y de nuevo el silencio se acomodó entre ellos. — Come sin presión, — dijo poniéndose de pie — tus enemigos continuarán con vida y bajo mi custodia hasta que podamos decidir su destino. — Regresó a su lugar en la silla, otorgándole al atlante el espacio para que pudiese actuar a voluntad y levantarse en el momento que quisiera.




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Lun Sep 19, 2016 10:26 pm

Una vez más, por desgracia, Segyg tuvo razón. A menudo los pensamientos generados por el remordimiento y la culpa lo golpeaban una y otra vez como si estuviera encerrado en el mecanismo de un reloj de péndulo. Sentía que le faltaba el aire, que llenarse los pulmones con una bocanada grande de aire no era suficiente. A veces vagaba por las calles sin rumbo fijo presa al mismo tiempo del miedo y de la indiferencia, del delirio. Segyg se había perdido a sí mismo hacía tanto tiempo atrás que ya no recordaba cuándo fue. Siempre recordaría perfectamente cuándo y cómo comenzó, pero aquella caída definitiva no era capaz de concretarla. Y, sinceramente, ya no le apetecía descubrirlo.
Aquella sangre que brotaba de sus heridas no era otra cosa que el recuerdo de su error, uno que le arrebató a su mujer, a sus hijos y la vida que hasta entonces él había conocido. Todo. Y la habían provocado los mismos que habían hecho que la sangre de su mujer se mezclara con el agua salada y se desvaneciera en el océano.
Temblando, se acarició los dedos de la mano manchada con el pulgar y apretó los dientes. Quizá por el dolor físico, quizá por el emocional, Segyg no pudo reprimir que se le aguaran los ojos.
Por suerte o por desgracia, mientras luchaba por no echarse a llorar, la mujer que había visto al despertar se sentó al borde de la cama. Le colocó la mano en el brazo y Segyg frunció el ceño ante la frialdad que provenía de su cuerpo. Ahora todo tenía más sentido.
Ante su explicación sobre Alicia, Segyg asintió. Sintió alivio.
Luego tragó saliva, cerró los ojos y al volverlos a abrir la miró.
Todo esto ha sido culpa mía. Lamento mucho los destrozos y el susto que hayan provocado. Venían a por mí, siempre me acechan, no debería haber bajado la guardia. No los vi venir. Lo siento. —murmuró con voz cansada, apagada.
Cuando Alicia entró el atlante sonrió con una sonrisa rota. No quería parecer un hipócrita. El olor de la comida le despertó el estómago, mudo hasta el momento que gruñó al tener la bandeja encima.
Eso es… ¿eso es para mí?
La mujer respondió y Segyg no tardó en tomar el cuenco y el pan, ignorando el dolor. Estaba delicioso. Llevaba tanto tiempo sin comer en condiciones que su estómago rugió de una manera diferente, como si estuviera agradeciendo volver al trabajo.
Sin embargo, a la tercera cucharada Segyg recapituló todo lo acontecido —desde donde recordaba, justo antes del golpe que le dejó inconsciente— y se detuvo en algo especialmente interesante e intrigante.
¿Qué has hecho con ellos? Con los militares. ¿Dónde están? ¿están aquí? ¿siguen aquí? —y tragó pesadamente.
En ese momento el atlante se puso muy nervioso. Si le atacaban en aquellas condiciones no le sería sencillo defenderse.
Si siguen aquí no puedo quedarme. Debo marcharme. No voy a arriesgarme a que me vuelvan a atacar y esta vez sí me maten.
Se destapó e intentó levantarse, pero la punzada de dolor fue tan intensa que tuvo que retroceder y sentarse. Se incorporó hacia adelante ante el súbito mareo. Con una mano se abrazó el estómago y con la otra se sostuvo la frente.  Sintió que iba a vomitar.






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Sep 21, 2016 10:48 pm

No pudo evitar manifestar su estado de alarma a través de sus ojos al ver que el atlante hacía un esfuerzo por apartarse de la cama y huir de aquel lugar. Aún era muy pronto para responder a sus preguntas, puesto que aquella reacción había sacudido la mente de la inmortal y había despertado recuerdos en su mente. No obstante, tuvo el control suficiente para no permitirse divagar y para centrarse en la situación de aquel hombre. Era incapaz de imaginarse qué clase de cosas le habrían hecho en el pasado como para generar semejante reacción al hacer mención de los militares. Y, de alguna manera, aquello le intrigaba. Al parecer, el ataque en el burdel no había sido nada arbitrario y quizá iba más allá que una ridícula persecución. Sabía que los atlantes eran celosos con su propia gente, pero no tan lejos del mar, donde no tenían justificación alguna de dañar a su propia raza.

Suspiró suavemente y abandonó por segunda ocasión su silla para ir a sentarse junto al desconocido. Ahí, a su lado, los latidos de su corazón eran más claros e incluso escuchaba los quejidos de sus músculos ante el esfuerzo, así que, llevó una mano al cabello del atlante y lo acarició buscando tranquilizarlo, buscando recordarle dónde se encontraba y que, fuera de eso, no había nada más. — Si puedes sentir lo que soy, no te preocuparías más por tus enemigos. Si supieras quién soy, sentirías pena por ellos. — Explicó y enseguida ladeó la cabeza, dedicándole una sonrisa sutil. — Lo siento, pero no puedo dejarte ir en tu condición.  — Con la mano que lo acariciaba, se apoyó en la almohada, de modo que pudiera inclinarse tan solo un poco. Su cabello caía cual cascada, enmarcando a su vez el rostro de la mujer y el del atlante. — Como anfitriona, me corresponde cuidar de ti. Como dueña de este burdel, me corresponde sancionar a aquellos que atacan mi negocio o a mis clientes. — Aquellas palabras tenían un matiz distinto. Eran dulces aún, sedosas, pero contenían cierto grado de frialdad, como si estuviese adiestrado al hombre que yacía herido en cama. Posteriormente, recuperó su distancia y tomó la botella de vino para abrirla. — Responderé a tus preguntas aunque tú no hayas respondido a la mía. — Reprochó a medida que vertía algo del líquido púrpura en un vaso, el que se suponía era para el atlante. — Los militares que te han atacado continúan aquí, pero son mis prisioneros. Te he dicho que tengo como intención sancionarlos y, para mala fortuna suya, no planeo soltarlos después de que haya quedado satisfecha. Morirán, porque es lo que sucede con aquellos que me hacen enfadar, pero no he de darles un final rápido.  — Al finalizar, dio un trago al vino.

Ahora, si mi explicación te basta para sentirte tranquilo, me gustaría saber tu nombre. — Insistió tras un segundo trago a su bebida. — También me gustaría saber por qué te han atacado. — ¿Alguna traición tal vez? Realmente no cambiaría de postura si supiera que albergaba como huésped a un traidor y tampoco permanecería indiferente si supiera que había algo más allá de las acciones de los militares, tal y como sospechaba.




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Mar Sep 27, 2016 7:15 pm

Segyg, todavía mareado, levantó la vista hacia la mujer.
Escuchó sus palabras con sorpresa y temor a partes iguales. Intentó memorizarlas todas, y si bien muchas se perderían en el tiempo, salvaría en un recuerdo imborrable las más importantes y la sensación que le produjeron. «Si pudieras sentir lo que soy». Recordaría aquella mano acariciando su cabello, su voz dulce, sedosa y apagada, la forma en que saboreaba las palabras, especialmente aquellas en las que mostraba su poder; recordaría la forma en la que su cabello bailó cuando se apartó de él, como también recordaría a la perfección movimientos, sutilezas y detalles que en aquel preciso instante no advirtió, como el sonido de la botella de vidrio al ser abierta. Se daría cuenta porque ciertas palabras o gestos le traerían a la memoria recuerdos que creería olvidados, y también porque, en más de una ocasión, él habría querido recordar aquella noche en un vaivén de sentimientos y emociones que le harían plantearse muchas cosas.
Segyg —respondió, al fin, más tranquilo después de las caricias de su acompañante —. Me llamo Segyg y soy… era un soldado de Zárkaros.
El de ojos azules, que había seguido sus movimientos con la mirada, no había pasado por alto el detalle de que sólo había servido una copa. Había tenido que ser a propósito, pues lo había mandado traer para él con la comida y ni siquiera le había preguntado, al servirse, si también deseaba un poco.
Ahora, aliviado al saberse a salvo, intentó levantarse por tercera vez. Lo consiguió, aunque tambaleándose. Había pasado tantos años huyendo que su instinto de supervivencia marino se había acrecentado aún más debido al miedo consciente y le costaba estar ya no sólo quieto, sino también sentado. Segyg advirtió entonces que le sacaba una cabeza a aquella mujer.
Te lo contaré si así lo deseas, pero antes, ¿te importaría darme un poco de agua? La necesito —hasta el momento había creído innecesario revelar su raza, primero porque ella no había preguntado por ella y segundo porque también creyó que resultaría evidente.






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Oct 01, 2016 5:12 pm

El vino no estaba mal, aunque claramente podían encontrarse mejores en aquella zona. De cualquier modo, no había nada que pudiera reprocharle a la chica que lo consiguió, pues había cumplido bien su trabajo y la inmortal era de gustos más exigentes. Quizá su disgusto se originaba en los recuerdos, en lo que el sabor del vino evocaba en su mente.

Lo miró de soslayo cuando lo escuchó presentarse y anunciar que, como muchos, había formado parte de la milicia de Zárkaros. Más que extrañarle la distancia del mar, le daba curiosidad el estado descuidado en que lo habían recibido, por lo que a nadie le preocuparía decir que ese hombre no parecía un exsoldado, sin mencionar que los atlantes, cuando menos la mayoría, suelen ataviarse de telas finas y son grandes amantes de la belleza y los tesoros. Era sospechoso, por lo tanto, que lo hubiesen atacado un par de militares, pues sumado a la apariencia de este tal seguir, tal pareciera que estaba tratando con un desertor. Y siendo ella una mujer que no toleraba traiciones, decidió que no era sensato otorgarle entera confianza a su ahora huésped.  

Sonrió ante su petición y asintió al tiempo que dejaba su vaso de vino sobre la mesa. — Te lo traeré en un momento — Aseguró poniéndose de pie. Era una buena oportunidad para conocer la situación de los dos militares que tenía bajo custodia. La tranquilidad de su rostro fue reemplazada por la dureza que exigía semejante situación y mandó a llamar a Romaine mientras ella se dirigía a la cocina. Una vez la matrona la interceptó, Corso preguntó por el estado de los militares. — Están muriéndose… Se les nota en la piel. — Helena demoró en responder a esto, pues se enfrascó en sus pensamientos mientras colocaba una jarra de agua y un vaso sobre una bandeja. — Échales una palangana de agua. — Determinó con voz áspera y después la miró como si clavara cuchillas en la pobre mujer. — No deben ser capaces de nada salvo arrastrarse para cuando pueda yo visitarlos. — No hacía falta que anunciara las consecuencias de la desobediencia, pues confiaba en que Romaine las conocería. Matar jamás se compararía a la tortura, por lo que tampoco podía esperar a que la matrona estuviese acostumbrada a tales fechorías.

Habiéndole dado instrucción a Romaine, regresó a la habitación de su invitado con la bandeja, la cual colocó junto a la que estaba ya con alimentos y vino. — Perdona que me haya olvidado de este detalle. — Dijo con voz amable mientras vertía agua en un vaso para después entregársela al atlante. Posteriormente tomó asiento en la silla y cruzando una pierna sobre otra y sus manos sobre el regazo, se dispuso a escucharlo.




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Sáb Oct 01, 2016 11:53 pm

Gracias —mustió, y se dispuso a esperarla una vez abandonó la habitación.
Fue entonces, con sus pasos aún resonando en el pasillo mientras se alejaba, cuando la mente de Segyg, sin darle tregua, volvió a ensombrecerse. El susto inicial ya había menguado sus efectos en él y ahora, aunque sorprendido, podía razonar con considerable normalidad.
Aquella vez habían arriesgado mucho. Nunca antes se habían atrevido a llegar tan lejos, y menos en público, y menos tan lejos de una fuente segura de agua. Segyg sospechó que aquello tendría que ver el agotamiento de la paciencia de quienes lo habían estado buscando durante cinco años. Claramente habían puesto toda la carne en el asador y aquello significaba que todo era cuestión de tiempo. Segyg, tras cerrar los ojos y agachar la cabeza, suspiró profundamente. ¿Y ahora qué? Aquel acontecimiento, aquella mujer, no durarían para siempre. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿llorar?, ¿seguir luchando?, ¿resignarse?
El atlante dio un par de vueltas por la habitación. Era pequeña, pero acogedora. Era, quizá, demasiado reconfortable para ser la habitación de un burdel, pero luego pensó en la clase de dueña que tenía y todo encajó mejor. Quiso reír por aquello, pero el pecho le dio una punzada de dolor como advertencia.
Se apoyó en la pared y, despacio, se desabrochó la camisa. Observó sus heridas. Estaban tratadas. Las que él podía ver le habían dejado ematomas en el pecho, uno grande, en el estómago y los costados. El golpe más grande, sin embargo, lo tenía en la espalda, ya que ése había sido el primero que había recibido. Le habían atacado por detrás, a traición, como los cobardes que eran. Con dolor, terminó de quitarse la prenda y observó que en los brazos también tenía magulladuras de haber caído al suelo y haber intentado protegerse. Masculló algo, probablemente un insulto, y siseó al tocarse una de las heridas del costado.
De pronto, a Segyg su mente le sorprendió con una pequeña tregua. Mientras rodaba la mirada por la estancia sus ojos fueron a parar, bajo la ventana, a un macetero que contenía unos crisantemos. Segyg los reconoció de inmediato porque el crisantemo era la flor preferida de Lona. Según decía ella, simbolizaban la eternidad, la esperanza y los cambios positivos. Cada vez que salían a la superficie se escapaba un rato para buscarlos. El atlante se aproximó, melancólico y con una sonrisa rota. Los observó detenidamente, como quien observaba los detalles de una obra terminada. Se preguntó si Lona tendría razón, si realmente unos simples pétalos de colores podrían tener un significado real.
Alargó la mano para acariciar las flores, para, quizá, volver a tocar a Lona. Justo cuando sus dedos rozaban el primer pétalo la mujer volvió a entrar por la puerta. Estaba tan absorto en sus pensamientos que no la había oído regresar.
Su primer impulso fue cubrirse, pero las punzadas de dolor le hicieron pensar que así estaba mejor. Al fin y al cabo no creía que aquella mujer fuera a asustarse de un torso magullado. No obstante, mantuvo la prenda frente a él.
Gracias —repitió nuevamente, alargando la mano hacia el vaso que le ofrecían —. ¿Por qué debo perdonarte? ¿cómo ibas a saber que la necesitaba más por raza que por simple sed?
El atlante bebió con ganas. Sí, la necesitaba para no secarse, pero también tenía sed. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, y había sudado bastante.
Segyg siguió a la mujer con la mirada. La observó. Prestó atención a todo aquello que pudiera decirle algo que ella no hubiera dicho con palabras, y se fijó en su pálida tez. Si bien Segyg no tenía ningún tipo de problemas con las demás razas éstas sí suscitaban su curiosidad.
Suspiró y se acomodó contra la pared antes de hablar.
Yo… —comenzó, pero se detuvo para acercarse a tomar la jarra entera. Luego volvió a donde estaba. —Hace más de cinco años yo tenía trabajo y familia, mujer y dos hijos. Pertenecía a una división encargada de asuntos exteriores. Nos agrupábamos en grupos de cinco o seis y llevábamos a cabo distintas misiones que nos asignaban desde puestos superiores. Que los atlantes sean una única raza no significa que todos convivan en paz y armonía, supongo que ya me entiendes. Los que viven en aguas profundas recelan bastante de los que viven más cerca de la superficie porque creen que tratan con las demás razas de forma normal y constante, incluso provechosa —Segyg hizo una pausa para beber. Su piel se volvía más agradable a la vista. —Mi equipo y yo nos encargábamos de realizar expediciones por mar abierto que a veces duraban incluso meses. Si encontrábamos algo fuera de lo normal —enfatizó esta última palabra —debíamos hacerlo saber de inmediato. No sé si sabrás que a menudo los atlantes son heridos por maquinaria humana. Pues bien, algunos atlantes de las profundidades provocan accidentes a propósito. Como es en mar abierto, muchas veces muy lejos de ninguna parte, nadie se entera. Para cuando se quiere buscar al herido o fallecido las bestias habrán dejado poco más que los huesos, y por tanto no se realiza ninguna búsqueda.
En este punto Segyg se detuvo unos segundos y su rostro se ensombreció.
Mi equipo recibió la orden de detener un supuesto ataque que se iba a llevar a cabo cerca de Nueva Zelanda, así que fuimos. Fue un desastre. A mitad de camino fuimos atacados dos veces, la primera por orcas y la segunda por atlantes. Fue una emboscada. Solamente dos miembros pudimos escapar. Mi compañero decidió adelantarse, y aquella fue la última vez que le vi.
» Cuando yo volví lo primero que hice fue acudir al cuartel a relatar lo sucedido. Las caras y trato que recibí no fueron de lo más cortés, diría que hasta se enfurecieron de verme. Me dieron explicaciones sinsentido durante un rato y, a pesar de su insistencia para que me quedara, decidí regresar a mi casa. Y, cuando llegué... —Segyg suspiró y movió la mandíbula, fingía tener algo dentro de la boca, como si aquello le ayudara a contener la rabia y las lágrimas antes de relatarle a una completa extraña el episodio más doloroso de su vida —Ella ya no estaba allí. Su cuerpo… su cuerpo sí, pero mi mujer ya no estaba allí. La habían torturado, seguramente violado… y empalado.
El atlante dejó caer la camisa al suelo cuando utilizó los dedos para acariciarse los ojos. El silencio se adueñó de la estancia durante lo que a él le pareció una eternidad. Quizá los crisantemos tenían razón.
En aquel momento entendí porqué la emboscada y por qué el entretenerme en el cuartel. Al no haberme podido matar a mí la mataron a ella y les lavaron el cerebro a mis hijos. Iracundo e impulsivo busqué a los responsables, pero aquello era mayor de lo que me hubiera haber podido imaginado nunca. Muchos, incluso superiores a los que consideraba mi familia, participaron en aquello. No sé cómo, pero conseguí escapar. Horas después vi un cartel con mi rostro dibujado y un texto a mano en el que se me sentenciaba en busca y captura por traición y deserción. Quise ver a mis hijos, pero no quisieron saber nada de mí y desaparecieron. He estado huyendo desde entonces.
Segyg, que había levantado la mirada hacia la mujer para terminar la explicación, y cuya voz se había ido ensombreciendo a medida que había ido avanzando la explicación, volvió a bajar sus ojos hacia la jarra. En lugar de beber, se echó un poco de agua en la mano y la dejó caer por su pecho. Escoció, pero de inmediato se sintió mejor.






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Oct 02, 2016 3:34 pm

Precisamente porque sé lo que eres y porque conozco las necesidades de tu raza. — Se justificó. De otro modo, ¿cómo sabría que la mejor manera de someter a los atlantes era por medio de la deshidratación de no conocer a la raza? Desde luego, el asunto de la jarra de agua no había sido más que un simple descuido, pues había dado prioridad a las heridas de Segyg y a alimentarlo sin antes pensar que, más que el vino, lo que él necesitaba era una jarra de agua. Quizá también un baño, cualquiera que sea el método más eficaz para ellos.

Al no estar segura de cuán sensato era creer las palabras de su invitado, lo escuchó con suma atención a medida que estudiaba cada gesto y cada expresión, su ritmo cardíaco y respiratorio. Sin embargo, en el transcurso del relato no encontró señal alguna que le indicara que estuviera mintiéndole y la reacción del cuerpo del atlante correspondía a las emociones que trataba de ahogar según revivía su gran tragedia. Por otra parte, aquel relato no terminaba de dar respuesta a la pregunta que le había hecho al principio. ¿Por qué lo habían atacado? Al parecer ni siquiera él lo sabía y tampoco había buscado saberlo al estar tan enfrascado en su escape y en su supervivencia. Lo cierto era que, si alguno de esos carteles que él decía hubiese caído en sus manos, quizá la situación se habría dado distinta y él se hubiera convertido en víctima de la inmortal y no en su huésped.

Guardó silencio y se encerró en sus pensamientos apenas el hombre terminó de relatar su historia. Cuando menos ahora tenía una razón más para mantener con vida a los atlantes y no pensaba sino en las preguntas que debía hacerles para conseguir las respuestas que necesitaba. — Si prefieres tomar un baño, dímelo y lo mandaré preparar para ti. — Dijo al fin, después de lo que pareció ser un suspiro. — Me parece que será mejor que te hidrates bien, pues me gustaría que me acompañaras a interrogar a tus atacantes y no están en un lugar muy húmedo que digamos. Tienes derecho a dar respuesta a tus preguntas y a decidir conmigo su destino. — Continuó — Y como sé que no ha de ser sencillo para ti, esperaré a que te sientas seguro.




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Jue Oct 06, 2016 8:30 pm

Segyg agradeció el silencio. Durante años había soportado la tensión de alertarse ante el más mínimo ruido, especialmente por la noche, y más para cuando entonces todavía no había encontrado un refugio donde guarecerse. Aquellos instantes de absoluto silencio tras finalizar su relato fueron como un bálsamo para sus músculos y su mente. Se dio el lujo, incluso, de cerrar los ojos mientras duró. Total, si aquella mujer quería matarle y estaba fingiendo hasta encontrar el momento adecuado de ejecutarlo lo haría fuera él sincero o no, disfrutara de lo poco que tenía o no.
Se sorprendió con sueño tras suspirar. Quizá no era sueño y sí cansancio o el entumecimiento por el dolor, ya no estaba seguro, pero sentía que los párpados le pesaban y un hormigueo en ellos cuando exhalaba. Se permitió, también, dejar su cuello expuesto y apoyar la cabeza contra la pared. Por alguna razón, si no confiaba en aquella mujer, tampoco la consideraba una amenaza. Le intrigaba el porqué, pero no tenía miedo, no sentía que debiera protegerse.
Sólo volvió a abrir los ojos y a bajar la cabeza cuando ella rompió el silencio.
¿Vas a venir conmigo? —preguntó en respuesta a su ofrecimiento del baño con una sonrisa afable.
Quizá podría parecer que se le insinuaba descaradamente, pero no. Segyg lo preguntó con voz apagada, suave, casi tierna. Se lo preguntó como si fuera lo más normal del mundo. Quizá intentaba sonar amigable y su voz le traicionó. Quizá se sentía tan solo que aquella posibilidad se le antojaba agradable.
Luego frunció el ceño.
¿Interrogarlos? ¿Yo? No entiendo —más bien Segyg no quería entender.
¿Dudas? Sí, siempre había tenido, pero eso no significaba que quisiera resolverlas. Más bien no tenía la necesidad de hacerlo. Habían matado a su mujer a sangre fría. La habían violado. La habían torturado. Sus hijos le despreciaban profundamente y se habían marchado al creerle culpable de todo y una vergüenza. Segyg ya no tenía nada, y unas respuestas no le iban a devolver la vida que le arrebataron. Día a día, llanto tras llanto, el atlante había perdido su fuerza interior. No tenía ganas de plantarse delante de aquellos hombres y encararlos. No se veía capaz.
Se acercó a ella, despacio, sin intimidar, y habló con la misma voz con la que había respondido a su pregunta, todo lo respetuosamente que pudo.
¿Por qué haces esto? ¿Por qué quieres ayudarme o hacer algo por mí? ¿Por qué te intereso… como sea que te llames?
Si ella se fijara en su piel, ahora que lo tenía muy cerca, podría ver que el color oscuro de sus hematomas se había aclarado.






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Oct 06, 2016 9:52 pm

Aunque lo negara con palabras, no había modo en que pudiese ocultarse a sí misma el efecto que tuvo la pregunta del atlante sobre ella. Quizá no fue lo que dijo, sino el modo en que lo hizo lo que la enterneció. El hombre simple y sencillamente había logrado apartar de lleno el mal humor de la mujer, ese enojo que ella logró ocultar bastante bien de su huésped, y, sin bastarse con eso, de labios de la mujer surgió una risa suave y su cabeza se movió con ligereza en una negativa. Se le antojó de lo más inocente que casi le costó trabajo decirle que no. — ¿Deseas compañía? — Replicó con suavidad. La pregunta era fácil de interpretarse. A ella no le correspondía involucrarse con los clientes y, aunque no fuera tal, no era propio de ella ofrecer esa clase de compañía a un desconocido por más que le haya derretido el corazón. Por lo demás, supuso que él comprendería que lo que podía ofrecer era lo que se encontraba en un burdel.

Las preguntas continuaron y ella las dejó venir. Las recibió con un suspiro que anunciaba la complejidad de la respuesta que exigía y posteriormente aguardó a que el atlante continuara interrogándola. Y es que la mujer podría responder cualquier cosa y cualquier cosa sería verdad; podría decir que era lo que le correspondía como dueña, que no podía ignorar semejante afrenta contra su territorio y contra sus clientes y sería verdad; podría decir que no podía simplemente dejarlo sufrir al encontrar en sus ojos el potencial de un guerrero, pues a ella no le agradaba desperdiciar algo así, y sería cierto; podría decir, incluso, que reconocía la soledad en sus ojos y que, más que su tono de voz, le enternecía saber que él había alcanzado el punto álgido al igual que ella y quizá más pronto por todo lo acontecido, y no mentiría. Cualquier cosa sería válida, pero no podía ofrecerle cualquier cosa al hombre que la miraba de semejante manera, al atlante cuyos ojos relucían de azul a pesar de existir en el abismo y en el olvido de la soledad. Así que se puso de pie y cuando estuvo frente a él le dedicó una sonrisa amable, gentil, con aquella dulzura que Corso sabía ofrecer a aquellos que lograban llegar a ella. — Mi nombre es Helena — Se presentó al fin, con voz suave, sedosa. — No busco nada de ti… — Iba a continuar, pero las palabras se ahogaron antes de salir y en su lugar la sonrisa de la inmortal se ensanchó apenas unos milímetros. Entonces elevó sus manos a él con delicadeza y acunó su rostro, buscando sostener el encuentro entre una mirada y otra. Ahí estaba el potencial sofocado por la soledad y por una persecución que hasta ahora le pintaba injusta, y es que el nombre no podía ocultar su nobleza. — Todo este tiempo has estado solo, ¿no es así? Sólo déjame ayudarte, quiero hacerte libre, quiero hacerte fuerte una vez más y, si me es posible, aliviar la soledad que has cargado por tanto tiempo, cuando menos un momento.




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Vie Oct 07, 2016 8:08 pm

«¿Deseas compañía?».
La pregunta le arrancó una milimétrica sonrisa que se desvaneció al momento. Sí, la deseaba y mucho, pero no la que aquellas chicas ofrecían. Segyg necesitaba unos brazos cálidos que lo rodearan por voluntad propia. Necesitaba que aquel calor fuera sincero, sentirse querido. O, al menos, tenido en cuenta y respetado.
Quizá por eso le sorprendió que aquella mujer, quien se había presentado como Helena, le tomara el rostro entre las manos. Su primer impulso fue apartarlo en un acto reflejo con un ceño muy fruncido, primero porque no se lo esperaba, segundo porque, desde su perspectiva, no venía a cuento de nada, y tercero, porque estaba fría. Segyg ya había sospechado algo por la blancura de su piel, pero ahora, con aquella frialdad inusual, ya no le quedaron más dudas.
Las manos frías de Helena tenían cierto encanto. Tenían algo que atrapó al atlante y le obligó a devolver el rostro a ellas. Eran frías, pero no desagradables. Tal vez las sintiera menos frías debido a su espesa barba.
Segyg suspiró, se relajó y la miró. Así, de cerca, pudo comprobar que entre la palidez de su piel y la claridad de sus ojos, azules como los suyos propios, el rostro de Helena parecía un busto de mármol con dos zafiros incrustados.
Vampiresa —murmuró, cercano.
La escuchó. Prestó atención a todas y cada una de sus palabras por igual y al final no pudo sino emitir una sonrisa ladeada, una risa sardónica, más bien un bufido nasal, con el que hasta movió el rostro y miró hacia abajo. ¿Libre él? Ojalá pudiera. Ojalá. Se le hacía muy raro que quisiera ayudarle.
El atlante colocó sus manos sobre las de Helena muy despacio. No temía sobresaltarla ni tampoco no ofenderla, sino simplemente ser amable. Una vez colocadas, casi por sí solas, las acariciaron suavemente con los pulgares durante unos segundos. Luego entrelazó sus dedos con los suyos y los alejó un poco, sólo un poco, de su rostro. No quería que cesara el contacto físico, pero sí quería hacerlo menos personal. Así, con sus dedos entrelazados, Segyg mostraba —y devolvía— confianza y también indicaba otra cosa.
Te lo agradezco, pero no —respondió con voz apagada —. No tiene sentido y no serviría de nada. No voy a poder recuperar a mi mujer ni a mis hijos ni la vida que un día tuve. No va a hacer que me sienta manos mal, al contrario, desconozco cuál fue el motivo que tuvieron y saberlo podría ser incluso peor. ¿Crees que no sé, que no noto, que no siento, que estoy a un paso de perder la poca cordura que me queda? —la expresión de su rostro había cambiado. Era difícil describirla, pero se notaba que no era la misma de unos segundos atrás. —No puedo negarte que me encantaría arrancarles la piel a tiras debajo del agua para que con la sal les doliera aún más porque estaría mintiendo descabelladamente… pero eso lo único que haría sería convertirme en uno de ellos. Yo no soy como ellos.
Ahora, tras terminar, la expresión de su rostro sí fue descifrable. Sus ojos abiertos, su mandíbula apretada, sus pómulos firmes indicaban rabia e ira contenidas. Segyg, muy, muy en el fondo, deseaba poder deshacerse de ellos con sus propias manos, pero Lona y su recuerdo lo frenaban, le recordaban que él era bueno y que jamás haría algo así. De repente, allá en su cabeza, se comenzó a librar una batalla. Un bando quería olvidar a Lona, aceptar que se había ido y que su influencia ya no era posible. El otro, se negaba a dejar marchar algo, una parte de su propio ser, que ya le fue arrebatado a la fuerza y cuyo recuerdo era lo único que le quedaba. Segyg, en un intento por contener el llanto, soltó las manos de Helena y se alejó unos pasos. Fingió buscar la jarra que había dejado sobre un mueble y beber. Bebió, realmente, pero no por ser, sino para tragarse su angustia una vez más.
Al terminar intentó desviar el tema, o, al menos, ganar tiempo para lo que podría estar por venir.
... ¿cómo has sabido que soy un atlante?






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Oct 07, 2016 9:07 pm

Helena era una mujer impetuosa. Se sabía dueña de muchas cosas y pretendía serlo de muchas más, se sentía con la libertad de hacer cuanto le apetecía, de tomar lo que le apetecía y de tocar cuanto le apetecía. Sin embargo, sólo una vez y un alguien a quien se resistió a hacerlo pese a sus propios impulsos. Segyg, en cambio, osaba rechazarla en un principio y el tacto que ella pretendía ya no era ni sería el mismo. El brillo de la mujer ya no sería el mismo. Quizá reflejaría aún compasión, pero habría de aparecer ese brillo de frialdad que le impedía continuar deseando el contacto entre la piel del atlante y sus manos heladas.  Y justo cuando iba a dejar de tocarlo, las manos ajenas se apoderaron de las suyas y las sostuvieron gentilmente a un centímetro o dos de su rostro. Sin embargo, esa gentileza no lograba ya conmoverla.

Sufrió un desencanto más al escuchar sus palabras. Era como si el atlante se resignara a vivir bajo el peso de una montaña a pesar de tener frente a él a alguien con lo necesario para quitársela de encima. Entonces apeló a la locura, a aquella entidad que Helena conocía muy bien, esa vieja amistad que le había hecho compañía durante siglos en Rumania y la que seguía susurrándole sinsentidos hasta el día presente. Claro que ella lo sabía. Helena había vivido eso y más, había traspasado la barrera que existe entre la cordura y la demencia, se había entregado por completo a una soledad enfermiza al no tener más remedio que eso y que la muerte que, al igual que Segyg, no quiso recibirla por mucho tiempo. Claro que ella lo sabía. ¿Cómo iba a pensar que una inmortal no entendería que había cosas imposibles de recuperar? De no haber visto la rabia reflejarse en los ojos azules del ex militar quizá no le interesaría sacarlo de su error, educarlo en lo que era preciso para que conociera quién era ella realmente y, tal vez, contarle por qué deseaba ayudarlo realmente sin necesidad de apelar a la humanidad restante en ella, aunque quizá no hubiere tal cosa.

Lo miró apartarse, agradeciendo que sus manos no fueran presa ya de un contacto que al parecer a ninguno de los dos le apetecía más y, aunque tuviese en un principio la intención de dejarlo solo sin insistir más, decidió responder a esa pregunta que no funcionaría por tanto para evadir el tema. — Porque soy un vampiro, tú mismo lo has dicho, aunque aparentemente no sepas mucho de nosotros — Comenzó a explicar mientras fingía explorar una habitación que nunca antes se dedicó a conocer. — Tenemos un buen olfato y nada escapa a nuestros ojos. Vivimos siglos y siglos, experimentamos mucho más cosas que los mortales y los vemos extinguirse en el transcurso del tiempo, irrecuperables.  Conocemos la soledad muy bien; algunos se niegan a aceptarla y otros no tenemos más remedio que hacerlo. Sin embargo, no todos han experimentado la locura de la misma manera y yo, particularmente, viví con ella por muchos más años de los que puedas imaginar. Si fuera una persona, diría que fue mi única compañía durante siglos, de modo que la conozco muy bien y sé, por lo tanto, cuándo un hombre está realmente cercano a ella. — Continuó distraídamente, aunque en ningún momento dejó de mostrarse amable, ni siquiera su voz se había librado de esa dulzura inicial que el hombre le inspiraba. — Yo no ofrezco cosas inservibles ni mucho menos prometo a nadie recuperar la vida que una vez tuvo. ¿No te parece que, de ser posible, yo habría recuperado la mía propia? No se puede, ¿quién ha de negarlo? Y no es eso lo que quiero, sino que cruces el abismo en el que te han metido — Hizo una pausa de apenas un segundo y posteriormente devolvió la mirada al atlante, una mirada vacía que mostraba realmente la naturaleza de aquella mujer — Tú no eres como ellos, como bien dices. Pero yo soy peor. Tengo el poder suficiente para hacer de ellos cuanto me venga en gana y aún más para dar caza a quien me apetezca. Debo insistir en que yo no ofrezco nada sin valor ni cosa que no pueda lograr. Tampoco voy a obligarte a acceder, no puedo convencerte de nada si tú mismo te niegas lo que se te debe.  




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Sáb Oct 08, 2016 12:21 am

Segyg, inconscientemente, se había declarado vulnerable. Él solo, sin presiones, sin exigencias, había revelado su punto más débil: la pérdida de la fuerza de voluntad. Ahora ya poco importaba si en algún momento pudo haber tenido ganas de aceptar su ofrecimiento. Ahora Helena ya poseía en sus manos todo lo que necesitaba saber para terminar de destruirle si lo deseaba. Ahora que ya le había dicho aquello, ahora que ella le había respondido de aquella manera, ya no había vuelta atrás. Ahora ya parecía estar todo dicho.
También, de forma inconsciente, se llevó una mano al cuello, a esa parte en la que sus branquias, cicatrizadas en forma humana, lucían a vista de quien le observara. Como ella.  
Segyg suspiró. ¿Abismo? Él soñó con un abismo. En aquel sueño él flotaba ininterrumpidamente a la deriva mientras veía cadáveres hundiéndose hacia el abismo marino. En ese sueño él se hundía también y, una vez en el fondo, algo lo agarraba y le impedía escapar por mucho que él luchara.
Segyg luchó una vez más, ahora en aquella habitación. Si bien la batalla entre jedar o no ir a Lona seguía librándose, ahora tenía que deshacerse de sus prejuicios, de sus temores, que tantos años le habían acompañado, y confiar en aquella mujer que intentaba decirle algo. El atlante, cansado, se giró para mirarla, y se sorprendió con una sonrisa tierna en sus labios. Él no tendría la experiencia de Helena, pero era padre de dos hijos y había ciertos detalles que sólo alguien como él podría percibir y entender.
La dejó hablar. Algo que, para bien o para mal, no había perdido era la paciencia y la capacidad de escuchar. Tampoco perdió la voz suave, grave y amable que había mantenido durante toda la conversación.
No lo sé, Helena —respondió a su primera pregunta —, me acabo de despertar en esa cama hace apenas un momento, no te conozco, no puedo saberlo o intuirlo. Aunque me hayas dicho qué podrías hacer no sé qué serías realmente capaz de hacer. Y, sinceramente, después de haber visto a mi mujer atravesada de un lado a otro con un palo afilado, con la mandíbula desencajada, una expresión de horror puro en el rostro y  los ojos parcialmente salidos de las cuencas… no me interesa demasiado saberlo.  
Segyg, por primera vez en mucho tiempo, fue tajante y directo. No fue agresivo, no pretendió ofender, no era su intención el que Helena lo tomara como un ataque. Lo que pretendía era que entendiera que él estaba hundido y que necesitaba su tiempo, fuera el que fuese, para recuperarse, si es que llegaba a hacerlo. Ella no podía sacarlo de allí por mucho que quisiera si él no estaba preparado.
Pero me conozco a mí —continuó —. Te acompañaré si así lo deseas, te lo debo por tu amabilidad, eso puedo hacerlo. Sin embargo, no puedo prometerte que saldré de ahí mejor de lo que estoy ahora. No sé nada, Helena. No sé por qué lo hicieron, no sé por qué a mí, no sé quién lo hizo o quién lo mandó hacer. No sé a qué me puedo estar enfrentando. Lo único que tengo claro es que jamás me había atacado en público. Es descarado y muy arriesgado, y si lo han hecho ha sido… —el atlante se dio cuenta de que estaba hablando demasiado. No estaba revelando ningún secreto de Estado, obviamente, pero había cierto tipo de privacidad que quería dejar para sí. Se acercó a ella nuevamente y esta vez fue él el que hizo el amago de acariciarle la mejilla con los nudillos, pero se quedó sin hacerlo. No estaba seguro de si ella querría recibirlo. Suspiró. —Necesito mi tiempo, Helena. Por muchas oportunidades que me ofrezcas, por muchas ganas que tengas de ayudarme… no estoy preparado y necesito mi tiempo. Quieres ayudarme a ser fuerte otra vez, ¿no? puedes empezar por intentar conocerme y así entenderme, y luego apoyarme. Yo haré lo mismo contigo… si me dejas. Te lo prometo.






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Oct 08, 2016 12:59 am

Suspiró. Suspiró de manera tan sutil, que aquel gesto pasaba como parte de su respiración. Pero no. Era un suspiro y con ello le daba la razón al atlante y, de algún modo, le hacía replantearse las cosas según las tenía pensadas. No quería presionarlo, no era su intención que el hombre decidiera enfrentarse a una terrible verdad por ella que lo animaba a respetarse. Sin embargo, lo entendía y recordaba aquellos años en los que deseaba cualquier cosa, incluso morir, antes de conocer los secretos que la rodeaban. Y es que a veces la verdad es peor que la muerte, peor que la tortura que planeaba hacer a los militares y peor que lo que había visto Segyg encarnado en su esposa. De modo que, si era necesario, aceptaría por él tomar medidas distintas o esperar a que se sintiera preparado para enfrentarse a aquellos enemigos descarados que buscaban dañarlo con tanto ímpetu.  

Advirtió que la mano del atlante se elevaba con la intención de tocarla y, tras ver que se interrumpía y tras escucharlo hablar, esbozó una sonrisa sutil, dulce y afable como la misma que le dedicara antes de que ella le tocase el rostro. Pero no quiso que el gesto muriera sin haberse completado, de modo que tomó gentilmente la mano del atlante y la elevó hasta que tocara su mejilla, sintiendo de ese modo la calidez en la piel de Segyg. Ya no le importaba siquiera que el hombre exigiera aún más tiempo de los cinco años que había pasado huyendo y abandonado de sí mismo. No obstante, tampoco podía negarse a lo que le demandaba, puesto que aquella mujer impetuosa debía conocerlo antes de atreverse a hacer cualquiera de las cosas que le había asegurado era capaz. Si deseaba ayudarlo, lo más sensato era comprenderlo, de otro modo sólo lo perjudicaría e incluso podía hundirlo más en aquel abismo del que había prometido sacarlo. — Seré para ti un libro abierto — Aseguró aún con la mano ajena contra su mejilla y mirándolo a los ojos. — Te daré el tiempo que necesites y te conoceré en la medida que me lo permitas. — Entonces suspiró y cerró los ojos un momento. — Tampoco es necesario que me acompañes si no lo deseas y tampoco es preciso que las preguntas se hagan pronto. Dejaré que tú lo decidas.




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Sáb Oct 08, 2016 6:07 pm

El suspiro de Helena no le pasó desapercibido. En él advirtió la pizca de ternura que, según su experiencia, caracterizaba a ciertas personas, sobre todo a mujeres. Era algo que provocaba confort en la otra persona, comprensión, esa señal que indicaba que algo había cambiado. Y, si le había entendido por fin, para Segyg iba a suponer todo un alivio porque no tenía fuerzas para abarcar un tema tan complejo.
Sin embargo, lo que ella le proponía, podía intentarlo. ¿Por qué no? ¿Y si mañana decidía no hacerlo sin posibilidad de volver atrás? Lo peor, fuese cual fuese la razón de su desgracia, ya había sucedido. El destino del mundo tal y como lo conocían ya podía haber dependido de si Lona vivía o moría, que para Segyg aquello jamás sería justificación suficiente. Él como soldado sabía muy bien que el culpable de las desgracias siempre era el ejecutor, no el ejecutado. Al menos en cuanto a criminalidad se refería, claro. La justicia poética ya era otra cosa.  
Que Helena aceptara su caricia lo pilló por sorpresa, y no sólo eso: que fuera ella la que procediera para terminarla hizo que abrió los ojos y alzó las cejas. Juraría que hacía un momento… bueno, ya no importaba.
Estás fría —observó en un murmuro. Le pareció haber dicho una obviedad porque era la tercera vez que la sentía desde que había despertado, pero hasta el momento no lo había puesto en palabras.
No le disgustaba su frialdad. Se le antojaba extraño, pero no desagradable. Su tacto, frío y suave, le recordó al que tenían las rocas marinas, pero pensó que sería mejor no decirlo en voz alta.
La acarició con los nudillos como había pretendido desde un principio, pero después se atrevió a abrir la mano entera y colocarla en toda su extensión sobre la mejilla de la vampiresa. Con el pulgar se permitió acariciarle la quijada y al seguir el movimiento con la mirada sus ojos se fijaron en sus labios. Los describiría como suaves y finos, elegantes, y le resultó sorprendente que de un lugar tan bonito hubiera salido una amenaza tan macabra. Empero no tendría que ser algo insólito. Helena era una vampiresa y su naturaleza era aquella.
Te lo agradezco, de verdad —le contestó —. Pero… creo que tienes razón.
Alzó la vista para mirarla. Por un momento le pareció que el azul de sus ojos era tan pálido como su tez.
Si obtengo respuestas puede que la verdad sea dura, pero tendré tiempo de aprender a vivir con ello. Si me quedo con las dudas… me acabaré arrepintiendo de no haber aprovechado la oportunidad que tengo delante y en lugar de ir a mejor acabaré peor de lo que estoy ahora. Acabaré loco del todo como ya te he dicho. Después de comer y beber me encontraré mejor. Para entonces llévame con ellos.






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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Oct 09, 2016 5:24 pm

Disfrutó las caricias en su rostro durante unos segundos más, con los ojos cerrados, puesto que no había mejor manera de apreciar el tacto que aquella, y al fin lo miró cuando el atlante acunó su rostro con la palma de su mano. El azul de sus ojos le recordó lo lejos que se encontraban ambos de Zárkaros, le recordó a ella que en el puerto había para ella la tranquilidad de su taberna, pero para él quizá no había nada más que el mar lamiendo celosamente la arena de la playa, buscando tragarse lo que hubiere a su paso. Segyg no tenía razones para volver, y aun así llevaba en océano en sus ojos. Ella, por otra parte, llevaba el recuerdo de la muerte en su piel. Por eso, aunque se trataba de una verdad que no la enorgullecía como a otros inmortales, dejó que en sus labios la sonrisa adoptara un aire risueño, siendo ésta la única respuesta a sus palabras. Tuvo como intención que él conociera su naturaleza desde el primer contacto, cuando le acariciara el rostro en un intento por mantenerlo en reposo, pero al parecer no había sido así. Tampoco pasó por alto el momento en que el hombre anunciara su descubrimiento con una sola palabra. Vampiresa.

La crudeza de su situación no era una posibilidad, sino un hecho. El hombre debía esperar lo peor en las redentoras confesiones de los militares que aguardaban su muerte al borde de la misma. Sin embargo, si esos hombres llegaban a morir sin haber confesado sus crímenes y Segyg decidía conocer la realidad de su situación, Helena haría lo necesario por conseguir otra oportunidad, cazaría a los atlantes que hicieran falta para restituir la tranquilidad en aquel hombre que deseaba liberar de su pasado. No había modo en que la mujer pudiese asegurarle que todo estaba perdido, que sólo tendría una oportunidad en la vida de conocer el secreto de su traición, porque ella tenía la locura que hacía falta para forzar las cosas a su voluntad y aun para hacerlas parecer una simple casualidad.

Asintió sutilmente y la mano que aún sostenía la ajena se deslizó en una caricia por sobre la piel del atlante. — Está bien. Te dejaré a solas un momento y volveré en un par de horas — Anunció mientras su mano volvía a apoderarse de la ajena en un suave apretón antes de apartarla de sí con dulzura. Acto seguido, se dispuso a abandonar la habitación, puesto que ya se había establecido lo siguiente y no había nada más que discutir. Ella, por su parte, debía atender nuevamente sus propios asuntos, los mismos que había dejado inconclusos para atender al atlante desde el inicio.




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Re: Crisantemo | Helena D. Corso

Mensaje por Segyg Fo'Gnir el Dom Oct 09, 2016 10:49 pm

Gracias.
Cuando Helena se hubo marchado Segyg volvió a quedarse solo. Volvió a no tener a nadie, a estar rodeado de paredes y cosas que no le pertenecían, a no sentir otra presencia que no fuera la suya propia, a sentirse un extraño. Volvió a creer que en algún momento tendría que marcharse, que aquello no era más que un contratiempo y que volverían a perseguirle, incluso llegó a pensar que aquello no era real, que era un sueño que lo parecía pero que no era más que eso, un sueño del que terminaría despertando por culpa de un ruido que le haría ponerse en pie y correr por su vida como había estado pasando los últimos cinco años. Segyg volvió a convertirse en el traidor y desertor que todos le creían.
El atlante de ojos azules y piel plateada cuando estaba mojada respiró profundamente aun a riesgo de sentir dolor. Así pasó, pero le dio igual. Necesitaba sentirse vivo y sentir el aire frío en su interior siempre le había servido. En los últimos años ni siquiera el calor de una mujer había podido aliviarlo. Sabía (y se había resignado a ello) que era irreal, que en realidad semejante cariño nunca existió. Nadar tampoco, pues le tenía miedo a lo que pudiera depararle su propio hogar. En cambio, respirar… Y aquella vez fue diferente. Esa vez, cuando respiró, el aroma de una flor llegó hasta él y le devolvió una parte de sí mismo que, si bien se desvaneció tan pronto como lo hizo su olor, le recordó que él no era un cobarde. Había luchado para vengar a su mujer y había perdido, pero había dado la cara y había buscado a los culpables. Huyó para sobrevivir, y, aunque él no lo sabría hasta más adelante, ahora que gracias a esa flor y a la oportunidad que Helena le brindaba tenía la oportunidad de intentarlo una vez más, Segyg ya no se consideraría un pusilánime.
Segyg temía lo que pudiera encontrar en la verdad, pero ya no tenía miedo. Al menos (y aquello era un buen inicio) cuando miraba el crisantemo.






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