Últimos temas
» En el bar tomando un refresco privado (Aldair)
Sáb Sep 23, 2017 11:28 pm por Aldair Orgnar

» Mis hijos {2/2}
Jue Sep 14, 2017 8:02 am por Segyg Fo'Gnir

» Buscando a mi Hermano♥
Jue Sep 07, 2017 9:40 am por Ptalka Fo'Gnir

» Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako
Mar Ago 29, 2017 3:05 pm por Drako Portgas

» Death parade × Alajëa
Sáb Ago 26, 2017 4:43 am por Alajëa N'Ralla

» ♥ I want to find you{Helena }
Mar Ago 22, 2017 12:07 am por Ptalka Fo'Gnir

» Brontide Ȣ Arabelle
Vie Ago 11, 2017 10:06 pm por Marie Arabelle Laveau

» Ad infinitum || Helena D. Corso
Jue Ago 10, 2017 9:20 pm por Ghünter L. Schröder

» Last beginning (Helena) FB
Mar Jul 25, 2017 8:24 pm por Nikola Tesla

Afiliados Hermanos
Afiliados de recursos/Directorios
Afiliados elite (36/55) [26/08/17]
Jurassic Park: The Walking FossilsElentarirpg No aceptamos Afiliaciones Normales

Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Jul 17, 2016 9:53 pm

"The water in a vessel is sparkling; the water in the sea is dark. The small truth has words which are clear; the great truth has great silence. "
— Rabindranath Tagore


Mundus vult decipi, ergo decipiatur
«The world wants to be deceived, so let it be deceived»

Era la cuarta hora de la mañana y hacía un frío inusual en Zárkaros, un frío lúgubre, sombrío, húmedo. La bruma que se extendía a través de las calles no era lo suficientemente densa aún como para ahogar las tintineantes luces de los faroles, pero alcanzaba a difuminarlas, a reducirlas a pequeños manchones que flotaban como fuego fatuo. Casi no había transeúntes, pero las pequeñas siluetas de los que se atrevían a surcar la bruma se desvanecían como sombras negras, consumidas por ese manchón claro que poco a poco iba devorando la región. En el piso inferior, el silencio era absoluto. En su habitación, el fuego chisporroteaba, hablando sinsentidos para ella, compartiendo las atrocidades que había cometido y lo útil que podía llegar a ser en noches así. Había amortiguado el frío de la región durante un par de horas, había dibujado la silueta femenina que lo contemplaba sentada en el suelo, con los ojos bien abiertos y la mirada perdida en el danzar de las llamas, había mordido celosamente la piel de sus mejillas y la de su frente, había calentado sus ropas y le había otorgado el placer de estar tan cálida como cualquier otro ser vivo. Pero el fuego, que conocía los destellos, sabía que la mente de la mujer no tenía espacio para apreciarle. Aun así, menguó cuando la inmortal, a quien había abrazado varias veces en el pasado, se levantó sin más y salió de la habitación.

El repiqueteo de sus suelas contra los adoquines no era natural entre los inmortales, pero a ella le agradaba ese gesto humano que llenaba las calles abandonadas, que se sofocaba con la bruma hasta perderse en un eco difuso en un vano intento por darle vida a la zona. La mayoría de los habitantes dormían, incluso los posaderos que más atención dedicaban a sus clientes, incluso los amantes furtivos y devotos. Helena había desplegado a sus hombres para llevar a cabo misiones varias, entre otros que habían aprovechado su libertad para ir de caza, de modo que no había nadie más. Si batía sus alas de reptil, nadie lo escucharía, nadie se daría cuenta de que había alguien moviéndose en las penumbras, por lo que no importaba en realidad lo que hiciera. Tal vez, si no hubiese tenido algo que hacer aquella noche, gastaría las horas en paseos sin rumbo o habría permanecido en Sombra del Edén contemplando el fuego hasta el amanecer. Así que se transformó y se elevó en el cielo, yendo más alto que la bruma en dirección a Thyris.

Llegó a la región de los elfos en cuestión de minutos y descendió suave y sigilosamente en el linde del bosque que delimitaba el territorio. Ahí, según le informaron, se encontraba el ejército de insurrectos que amenazaban con invadir el palacio de Freyja. Era un enfrentamiento que los mismos guardianes de Thyris habrían podido llevar a cabo, pero su contratista se deleitaba con la idea de interceptar una emboscada, más que por el hecho de evitar más conflictos entre una región y otra. En todo caso, debía la matanza llevarse a cabo antes de que alguien más llegara a involucrarse, cosa que la inmortal deseaba evitar a toda costa tras el incidente con Schmeichel. De modo que se internó al bosque sin demora y buscó el improvisado asentamiento.

Una vez localizado el objetivo, se desplazó silenciosamente entre las tiendas, contando la cantidad de mercenarios que dormían tranquilamente y buscando a aquellos que estaban destinados a hacer guardia durante esas horas. Encontró que era un grupo relativamente pequeño; veintidós descansaban y cuatro hacían guardia alrededor de una fogata, susurrando las frases que componían una conversación sin mucha utilidad. Las armas de los guardias descansaban junto a ellos, sin estar ceñida a sus cuerpos, como si en verdad no esperasen una complicación en sus planes, y entre ellos se encontraba una cimitarra sarracena que llamó la atención de la inmortal. Tenía, pues, dos opciones: divertirse un poco o matarlos a todos sin romper con la tranquilidad de la noche. Pero esa bella cimitarra había definido el destino de su amo y esa noche Helena la convertiría en su amante.

Así pues, abandonó su escondite sin mucha discreción y caminó directo a la escena de la fogata, torciendo el pescuezo del dueño de su amante por medio de un golpe en la cara. Entonces tomó el arma y la blandió contra los demás centinelas. El último en morir tuvo la precaución de emitir un grito de alarma que despertó a sus compañeros que dormitaban en las tiendas, quienes fueron levantándose rápidamente para disponer de sus propias armas y enfrentarse a la única enemiga que ponía en riesgo su cometido. Fueron cayendo todos uno a uno, sin alejarse del fuego que contorneaba sus figuras en la noche, delatando así su posición con más facilidad. Cuando hubo terminado, el cielo estaba esclareciendo.  Limpió la cimitarra mediante un flojeo y dedicó casi una hora explorando el campamento, mismo que fue internándola más en el bosque hasta dejarla a cien metros de una caída de agua. Así, habiendo olvidado su deber, agotó la distancia que había entre el río que recibía el agua de la cascada y ella. Anduvo un poco más, atravesando el río gracias a la poca profundidad y llegó hasta una pequeña isla justo en medio, para quedarse finalmente allí, en medio de aquella joya de Thyris, desconocida hasta ahora para ella.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Sáb Ago 27, 2016 11:10 am

La mano de la muerte se cernía audazmente sobre el tablero que era el territorio de Pandora. No distinguía de sangres o razas, de fronteras y regiones... solamente actuaba. Pero, aún así, el espectáculo que dejaba tras de sí era más común en ciertas zonas. Thyris no era uno de esos lugares, no solía serlo. La belleza de ese bosque se inclinaba ante la madre naturaleza, hacia el cálido aliento mortal de los caprichos de su titánide regente. Freyja, pese a su poder, no era conocida por injusta. No era Vlad o Licaón. Tan monstruosa y poderosa como el resto pero respetaba de alguna forma el ciclo de la vida como solo podía hacerlo un elfo. Sus guerreros podían ser feroces pero sus ataques, si bien podían ser sacrificios para la tierra y abandonados entre la vegetación los cadáveres, no formaban la escena que Drako Portgas tenía delante. Inclementes, sus orbes aceradas recorrieron el campamento que se erguía consumido frente a él. Un rostro en un ángulo imposible le devolvía una vacía y hueca mirada. Una película vidriosa cubría sus ojos, la señal inequívoca de que la muerte le había poseído.

¿En nombre de quién?

Con el silencio como fiel aliado, el rubio avanzó hacia los restos del fuego que chisporroteaban sin apenas vida como si estuviese esperando que un testigo le contemplase perecer. Era lo único que podía morir a juzgar por el círculo de cadáveres que desfilaba en el suelo. No significaba nada para Hunter, aquello tenía que suceder... con una sutil diferencia: debía ser él el último rostro que aquellos hombres viesen o, como mínimo, de los suyos. Un cuadrilla de siniestros, con él a la cabeza, habían sido enviados para hacer una inspección de la zona tras un juego de pistas y varios susurros en las calles de Thyris sobre rebeldes en las fronteras del bosque. Debían atraparlos y después, tras haber sonsacado la información, debían cumplir sentencia. No había delito sin su debida penitencia. Sucedería una masacre igual, antes o después, puesto que así habían firmado su destino aquellos hombres cuando aceptaron unirse a las filas de una misión suicida en aquellas tierras. Cada acción tenía su pago y responsabilidad. Ellos pagarían con sus vidas, más no había cobrador presente ni motivo. ¿Quién había tomado la delantera? ¿Por qué? No esperó a reunirse con los suyos para tomar la decisión: no debían quedar hilos ni razones al aire.
A juzgar por el estado de los cuerpos, de la hoguera y la sangre fresca, no había presenciado la carnicería por el lapso pequeño. Aún debían estar cerca, debía haber un rastro en el aire mientras el sol aún le brindaba la luz de las primeras horas de la mañana. Sin mudar su expresión impertérrita, sin que sus pies dejasen una huella sobre la tierra, inspeccionó el campamento sin que nada le dijese nada. No buscaba realmente algo allí, buscaba un alguien. Y no tardó en hallar el revoltijo de tierra removido al caminar, rocío rojizo perdiéndose entre la vegetación. Dejó el campamento a sus espaldas, fusionándose de nuevo con el bosque para otear los alrededores. Llegó a sus oídos el rumor del agua, el frescor de ésta acariciando sus mejillas cubiertas del rastro de barba. Atento, descubrió que no había más que una solitaria silueta en el amparo de la corriente fuerte de la cascada. Bajo las sombras protectoras de los árboles, con la espalda pegada a uno de los troncos y las ramas sobre él como un manto, Drako vislumbró aquella melena castaña que recordaba haber visto deslizarse por su hombro marfileño con sedosa suavidad. Ni el paso del tiempo, tan presente para un mortal como él, había borrado de su memoria el perfil helado de aquella implacable mujer. Relegada a las profundidades de sus pensamientos, hasta aquel día no había evocado su imagen ni una sola vez. Cobró fuerza junto a la realidad. Deslizándose con la dignidad de un alto rango se abría paso en el oleaje natural de esas aguas dulces. Quizá fue el momentáneo desconcierto de verla allí inesperadamente por lo que su cuerpo no respondió, permitiéndole un humano instante contemplativo. Fue solo una súbita fracción de segundo, el aleteo de un águila ante el avistamiento de un conejo en mitad de un terreno yermo cuando está famélico. La sorpresa inicial, el placer antes de cumplir su objetivo. Las arrugas que ya se dibujaban acusando la dureza de Pandora y la vida alrededor de los ojos del rubio desaparecieron mientras Della se encaramaba a aquella isla, la belleza maldita inalcanzable. Los boca masculina se abrió apenas. Pero, igual que había llegado aquel golpe más propio de un natural desastre, se fue, desterrado del gesto del siniestro. Hunter regresó con su rictus duro bajo la sombra de la barba, bajo la luz matinal que se colaba apenas entre las pobladas nubes y el brillo firme volvió a sus iris azules.

¿Había sido ella?

Todo dictaba que así era, que la pantera oscura y dama de hielo podía haber orquestado, con la misma facilidad que enarbolaba sus colmillos, un ataque de aquella magnitud. Nadie mejor que Portgas sabía de lo que era capaz aquella vampiresa. La había visto en acción e incluso ser una potencial amenaza cuando el veneno la tenía inmovilizada, siempre con aquellos movimientos lentos e hipnotizantes. Lo había visto, sufrido en sus propias carnes. Eso era digno.
No necesitó más incentivo, tenía que averiguar al menos un porque, la motivación que se escondía detrás. Avanzó, a sabiendas de que ella ya había captado su presencia. No había razón por la cual permanecer oculto, era innecesario. Como dagas afiladas, mantuvo profundamente la mirada clavada en aquellas curvas húmedas, buscando los ojos de la inmortal. No hubo ceremonias ni palabras por parte del hombre para el cual los años pesaban a diferencia de ella, aún su rostro igual al que recordaba, sin ninguna imperfección moteando la historia de su piel de granito.

-Della. -Fue lo único que dijo tras un instante que se tomó para escrutarla a plena luz del día, no desde su escondrijo.




Della:


yaoming


I'd rather be your enemy :

Drako PortgasVigilante
avatar
Apodos : Mejor llámame Hunter.
Avatar : S.E.
Habilidad : Gracia felina. Danza de hojas.
F. Inscripción : 03/05/2015


Ver perfil de usuario
Vigilante

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Sep 04, 2016 12:49 am

Ninguna mirada merecía contemplar la pureza del agua ni el verdor de los árboles. Nadie merecía las caricias del viento ni impregnarse con la fresca brisa que surgía de la caída del agua. Aquello no podía ser sino un santuario para los elfos, ¿y quién mejor que la inmortal para comprenderlo, quién mejor que ella quien se dejaba lavar por las dulces gotas de agua? Ríos de líquido cristalino descendían por su cuerpo arrastrando consigo la sangre de sus enemigos y algunos llegaban a desembocar en la impoluta hoja de la cimitarra, dejando ver con descaro la mezcla entre la tinta índigo y el agua pura de la cascada. No obstante, su indumentaria no absorbe el agua, sino que permanece seco a causa del material con el que fue fabricado. Con sus ojos cerrados se concentraba en la pureza del aire, en memorizar el aroma del lugar para que, al volver a Zárkaros, tuviese algo que añorar más que a su propia taberna.

Su olfato detectó un olor distinto en el aire, un cambio que se desvaneció al instante, y si bien le resultó familiar, lo asoció desinteresadamente a la matanza de la que había sido autora. De acuerdo a su razonamiento, aquel aroma no podía permanecer al hombre que su mente evocaba, no podía sino tratarse de una mala broma, de una asociación equivocada y que en realidad pertenecía a los muchos hombres que tiñeron sus ropas de índigo. Quizá ese desinterés se debía al estado de plenitud en el que se encontraba, a los celos de la brisa que deseaban conservarla para sí. Y de no ser por aquel follaje que desvaneció el aroma, su mente habría continuado en un estado caótico, lleno de incógnitas que no deseaba resolver.

Finalmente sus sospechas se materializaron en sonido, en aquel modo peculiar de referirse a ella y en aquella voz que sólo podía corresponderle a él. Abrió los ojos, arrebatada de la tranquilidad y del arrullo del agua, para después girarse y encontrar por sí misma la mirada del siniestro. Ese hombre, sin embargo, no parecía ser el mismo que conoció años atrás en el paso de las montañas, el mismo que un beso funesto la dejase fuera del combate ni el mismo a quien besara semanas después con las mismas intenciones. Este Drako era distinto. El tiempo se marcaba en sus facciones, Helena le robó un par de segundos para contemplarlo y encontrar en su rostro cada marca que desconocía, cada marca que apareció en él desde la última vez que lo viera. Sin duda no era el mismo. Este Drako, aún rictus duro, la incitaba a conocer los cambios en su piel mediante el tacto. Y aunque se deseara entregarse a semejante placer, no lo hizo. — Al fin se cruzan nuestros caminos. — Dijo sin moverse de donde estaba, aun estudiando su mirada sin objeto alguno. Su voz, que reemplazó el silencio durante un par de segundos, se desvaneció al instante y se olvidó de sus propias palabras mientras que el eco de su propio nombre, pronunciado por el siniestro, deambulaba casi tangible por su mente. Entonces descendió de la roca y pasó junto a él hasta situarse en la orilla del río. Sabía que si continuaba sin moverse terminaría cediendo al deseo de su mano. — ¿Has venido por el asunto de los rebeldes? — Inquirió (como si jamás hubiera pasado tanto tiempo entre un encuentro y otro) a sabiendas que no habría otro motivo por el cual el siniestro rondara aquella zona. Y de haber sabido que él estaría allí, habría sido paciente, habría esperado por él y quizá esos hombres habrían vivido tan solo una hora más.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Dom Oct 09, 2016 6:22 pm

Podría mentir. Podría decir que habia olvidado el timbre de aquella voz femenina e inhumana, un cristal puro rasgando limpiamente seda. Pero no sería cierto y Drako Portgas nunca, jamás, había osado engañarse a si mismo desde que tenía uso de razón. Veía las cosas a través de su punto de vista, como todos, tratando de imprimir la objetividad completa a su deber. Pero no mentía. Oír a Della fue como desatar una tormenta que, hasta ese momento, no era consciente de que yacía en las profundidades de su mente. Había desterrado su imagen y la distorsión que a veces ella había logrado levantar, lo había alejado de si mismo durante aquellos años. Pero no se había ido.

La fría dureza de los ojos del siniestro no se apartó de la silueta helada de la vampiresa, la misma que se movía como una serpiente hipnótica. Y, en el cazador, en el preciso instante en el que pasó a su lado, como una presa contoneándose al saberse depredador, cambió apenas su mirada. El mismo témpano que siempre había coronado impasible sus orbes azules, esa aspereza y rigor que siempre había ahí, que continuaba ahora, se había caldeado. Lava azul. Apenas un vistazo experto podría captar el sutil cambio, ya que en su rostro no se operó ningún otro. El mismo gesto severo y serio.
Analizó cada palabra que escapó de entre los labios femeninos con la eficacia que le caracterizaba, para la que había sido entrenado día tras día.

-No sabía que lo ansiabas. -Matizó con unas palabras que, por norma habitual, no hubiese pronunciado. Eran innecesarias pero aún así las dijo. ¿Qué importaba leer entre líneas lo que pudiese expresar, a su juicio, una criatura como ella? Solo había una respuesta para eso: porque se trataba de Della. Signifcase lo que significase eso. Traerla de entre los fantasmas de su pasado, ver sus facciones elevarse hacia él y sostener su mirada con la elegancia de una pantera tranquila, ser plenamente consciente de sus ropas húmedas sobre un cuerpo que no había conjurado aposta. Había replegado aquel recuerdo y lo había enterrado bajo muchas losas, sin que eso pareciese traducirse en ningún tipo de esfuerzo. Pero ahora cobró más fuerza al resquebrajar la piedra con la que lo había sellado.

Su posición no varió, no hizo ningún nuevo ademán ante la cercanía de la castaña. Siempre estaba en tensión, sus músculos preparados para una defensa. Y, si bien era su estado natural, no percibía a aquella mujer como una amenaza. En su lugar, el eco de un impulso que estaba acostumbrado a ignorar se apoderó de su cuerpo.

-Sí. -No servía de nada negar lo evidente. Los rebeldes eran un problema real en Pandora, uno que corría a cuenta de los propios siniestros- Pero antes de poder cumplir con mi trabajo, otras manos se me han adelantado. -Observó con la única intención de una pregunta velada: ¿por qué? Sabía lo suficiente de aquella mujer para saber que siempre había un motivo detrás de sus movimientos, que los engranajes de su cabeza siempre giraban astutamente, que la inteligencia que titilaba en los pozos azules de su rostro de marfil era más que la mera ilusión de una vida extremadamente larga. Pero, para alertar al propio siniestro, esa respuesta que debía ser todo lo que le tenía que importar de ella, era, precisamente, lo que menos le importaba. Esa consciencia podría haber creado cierto desconcierto en él, más no pasó. En su lugar, Hunter continuaba mirándola a través de los rayos de sol que jugueteaban a reflejarse en las aguas teñidas de carmesí, diluyéndose poco a poco gracias a la cascada, que volvía a dar fulgor y transparencia a aquel paraje idílico.
Por fin, de nuevo, inició el acercamiento, sin tener un auténtico motivo. Avanzó para quedar al lado de aquella silueta curvilínea pero, a su vez, se obligó a apartar la vista de ella y mantuvo el rostro hacia el frente, clavado en la espesura que los encerraba en un círculo casi perfecto que separaba aquella cascada del resto del mundo. Lo hizo para que el control volviese a su ser, tironeando de las cadenas que reprimían su cuerpo, volviéndole como una estatua aparentemente tranquila y reposada eternamente en la misma postura engañosamente relajada.




Della:


yaoming


I'd rather be your enemy :

Drako PortgasVigilante
avatar
Apodos : Mejor llámame Hunter.
Avatar : S.E.
Habilidad : Gracia felina. Danza de hojas.
F. Inscripción : 03/05/2015


Ver perfil de usuario
Vigilante

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Oct 11, 2016 7:54 pm

Una sonrisa se apoderó de sus labios ante aquella respuesta que, si bien atrapó las palabras de la inmortal, se aventuraron a adoptar significados implícitos que quizá fueran reales o no. Pero no, no lo ansiaba. No era tal cosa. Helena era una mujer impetuosa, ella misma se daba cuenta de que lo era, de que si tenía algún capricho que deambulara por sus pensamientos lo satisfaría. De modo que, si hubiere ansiado encontrarse con el siniestro, lo hubiera buscado, habría tratado de interceptarlo en alguna misión y no habría dejado pasar tanto tiempo, años, entre un encuentro y otro. Sin embargo,  no iba a negar que Drako no se presentó en sus recuerdos durante esos cinco años, aunque tampoco se haya instalado de manera permanente en ellos. De cualquier manera, la presunción de Hunter le granjeó la ya mencionada sonrisa de la inmortal, acompañada de una mirada que aunaba la familiaridad propia de dos viejos rivales que ostentan la posibilidad de algo más y la perspicacia propia de aquella mirada helada. — ¿Habría sido distinto de haberlo sabido? — Inquirió. No esperaba una respuesta, tampoco una reacción, puesto que tampoco apelaba a la realidad de la que era consciente, pero sí a la posibilidad de encuentros frecuentes y a la no necesidad de reprimirse.

La sonrisa del principio se desvaneció, no en un gesto de disgusto sino ante la realidad de las presentes circunstancias. Y es que ello era culpa suya, de la inmortal, puesto que aquel encuentro bien pudo haber continuado o terminado sin haber involucrado los asuntos evidentes que los colocaba a ambos en el territorio de los elfos. — Tuve la sospecha de que me estaba adelantando a alguien, pero el resultado habría sido el mismo de haberte esperado. — Respondió sin más. No tenía sentido divagar sobre lo distinto que habrían sido las cosas de haber hecho o no tal cosa. Incluso se atrevía a pensar, a dar cuenta en palabras dentro de su mente que era mejor tenerlo bajo esas circunstancias que con algo más de por medio. No obstante, mirarlo a los ojos era extraño. Faltaba o sobraba algo. Mirarlo a los ojos no era tan sencillo como antes, pues el azul en su mirada parecía tragarse su atención al igual que absorbía los primeros rayos de la mañana y era complicado mantenerse a sí misma sin perderse en ese abismo que era tan frío como el de ella. Y el hechizo terminó tan pronto el hombre desvió la mirada. Ella parpadeó, retomándose a sí misma y regresando a la tranquilidad hipnótica en la que se encontraba gustosamente sumida, pero las cosas no terminaron ahí. El silencio se acomodó entre ellos, y no es que no hubiese nada por decir. Helena lo contemplaba en silencio. Se había entregado a observar, una vez más, los detalles de aquel rostro que resentían el paso de los años. ¿Era una ilusión, acaso, o unas gotas de agua, muy finas, descansaban en su rostro, llevadas por el viento y la escandalosa y perfecta caída del agua? Esta vez no se contuvo, puesto que ahora en su mente corría una justificación para elevar su mano con el sigilo y la discreción que demandaba el aproximarse a una bestia y remover con el dorso de sus dedos las finas gotas de agua. Sintió de inmediato el contraste entre la barba del siniestro y la textura de su piel, la calidez de la misma acompañada con el fresco rocío de la cascada. Sin embargo, si sus manos hubiesen estado secas en ese momento, el gesto habría cumplido su función, no la real sino la puesta bajo engaño, y no habría quedado en una caricia.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Miér Oct 26, 2016 6:30 pm

Cada palabra que pronunciaba aquella mujer, provocaba en el siniestro el funesto deseo de haber aprendido a mentir con la misma soltura con la que ella resultaba un ente ambiguo. Pero, de nuevo, ninguna falacia escaparía de entre sus labios. Ni siquiera piadosamente, con la única excepción de un bien mayor. Por eso, al menos su mente racional concibió la respuesta audaz de su instinto ante aquella pregunta.

Sí.

Helena Della Corso había sido excluida durante un largo tiempo pero ahora se hallaba ante él. Y quizá, lo más probable, aquella impresión que le mantenía consciente de la presencia femenina, tan cercana, tan real, naciese de aquel tiempo sin verla. Sus recuerdos sobre ella seguían intactos, cincelados duramente en marfil. Sí. Pero el tiempo hacía su mella, se había creído inmune al encanto fatal del inhumano azul de aquella mirada felina. Cinco años y habría podido afirmar que no recordaba el sabor de su propia sangre manando de aquellos labios que había probado. También cargados con irónico veneno. Todo para descubrir que no era cierto.

-Así es. -Afirmó, contundente, con la inflexibilidad en su voz rasgada. No por haberse doblegado a los deseos de la inmortal, sino porque seguramente si sus encuentros hubiesen sido más frecuentes, no sería ahora el mismo impacto. Estaría acostumbrado a su perturbadora belleza. Pero seguía teniendo en su colmillos el pecado de su condición, visibles en aquellas sonrisas que tendrían más poder en algunos hombres que el filo de un cuchillo.

No necesitaba mirar a la castaña para controlar sus movimientos, por eso mantuvo vagando los ojos en la violencia natural de la cascada cayendo, relajante en su tormenta. Sí, no habría habido ninguna diferencia para el final de los rebeldes, cada uno debía pagar su delito. La única diferencia habría radicado en su encuentro. En cualquier caso, no le preocupaba el digno sufrimiento de los caídos, había visto a Della enfrentarse a una titánide, era letal como una serpiente y no la había recrearse ni regodearse en ello. Hacía lo que debía, con un control envidiable. Como el propio. Cada uno tenía su propia contención o al menos, así era en Hunter. El cazador se mantenía como su propio guardián. Su postura, la rígida sobriedad que pesaba en sus facciones, la firme jerarquía de principios armada en su cabeza, el apego a unas normas impuestas a si mismo que servían como un perfecto autocontrol. Por eso mantenía la estoicidad, recuperando la calma en aquel remanso de paz... hasta que percibió el movimiento de la vampiresa. Sus ojos se movieron en su dirección, sus músculos se tensaron en una respuesta automática e instintiva de los años de entrenamiento pero solo fue eso, un ademán antes de volverse de piedra. Porque aquello no era usual entre ambos. Nunca hubo tal proximidad sin la amenaza velada de por medio. Pero fue natural, magnética, la manera en la que fluyó aquel movimiento hacia él, lo desconcertantemente familiar del contacto de aquella mano fría y aterciopelada. Permitió aquello como si fuese inevitable, una verdad universal más era consciente del rechazo que debía producirle, de la incomodad que debería despertar en él solo porque no era humana. Vidas habían caído a los pies de aquella mujer, la de ella misma. Había tenido que entregarse a la muerte para abrazar aquella naturaleza sanguinaria. Era una aberración, un demonio agraciado. Y Drako solo podía repetirse aquella retahíla una y otra vez, consciente de que su deber residía ahí. Pero no hubo ese efecto, no esa vez. No sería la primera criatura que había obrado seductora ante él, no sería la última, pero vencer esa tentación era algo inherente en el siniestro. Sin embargo, Della despertaba otra cosa en él. Su rechazo escondía su fascinación, su indiferencia se resquebrajaba filtrando entre sus rendijas el mudo interés que tan solo una persona había podido llegar a apreciar a viva voz en una herrería, azuzada por el alcohol.
Se enganchó a aquella mirada que parecía querer ahondar astutamente en su interior. La sostuvo con sus propios ojos, viéndose lentamente atraído. Ante el movimiento de su cabeza al girar, sintió las yemas de sus dedos, la mano, deslizarse como suave seda por mejilla en un agradable cosquilleo. Quedaron sus labios finos bajo su pulgar. Sintió ahora el hambre. Lento, expandiéndose desde sus entrañas, impulsándole a levantar su propio brazo para que su mano se posase sobre la de Della. No fue realmente consciente de lo que hacía, de lo que desataba cayendo con suavidad las cadenas de su orgulloso autocontrol al caer al suelo, liberándole poco a poco de ese peso y haciendo que avanzase un paso hacia ella, inclinando su rostro hacia el de la vampiresa. Levantó la mano opuesta hacia el marco etéreo que era su rostro para aquellos ojos, tomándose aquella osada licencia en un quid pro quo. Pero él si tenía un objetivo, el pulgar en carnoso labio inferior, obligándola con una leve presión a entreabrir aquella boca para vislumbrar los colmillos. Esperó la aversión. No llegó. Repasó con la yema los labios, con la intensa mirada en la boca, la seria gravedad cincelada en su rostro.




Della:


yaoming


I'd rather be your enemy :

Drako PortgasVigilante
avatar
Apodos : Mejor llámame Hunter.
Avatar : S.E.
Habilidad : Gracia felina. Danza de hojas.
F. Inscripción : 03/05/2015


Ver perfil de usuario
Vigilante

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Oct 31, 2016 4:54 pm

En un engaño tras otro, al final desconoció sus propias intenciones. No sabía a ciencia cierta qué esperaba al acariciar su rostro, no sabía si se atenía al rechazo, si esperaba a que el gesto fuera pasado por alto o que se desvaneciera al cabo de escasos segundos. No sabía, no pensaba. Su cuerpo se había apoderado de sus movimientos, su mano se deleitaba al tacto, en aquel robo de calor y despertar de los deseos. Tampoco se preocupaba en reprochar que su mano no la obedeciera, que se hubiere rehusado a apartarse y que se hubiese enganchado a la textura y al calor de aquella piel. Se sabía fría, ¿y qué importaba? Le robaría su calor, tan solo durante unos segundos más.

Después ella quedó hipnotizada por el proceder del siniestro, por el movimiento de su rostro bajo el tacto frío de su mano. La mujer simplemente contemplaba cómo la yema de sus dedos iba consumiendo poco a poco aquel rictus duro, de manera lenta hasta detenerse en sus labios. Ahí se silenció todo. El arrullo del agua cesó, el viento calló y la hierba dejó de quejarse de aquel danzón. Los árboles dejaron de susurrar los secretos de Thyris. No existía nada salvo la figura negra ante Della y esa boca. Sus ojos, a nombre de sus propios labios, se apoderaron de aquellas líneas que daban forma a sus labios. Sus dedos palpaban esas curvas suaves que ya había conocido antes. Mördvolathe. Zárkaros. Nada se comparaba. Aquello era distinto. Las memorias de sus encuentros desfilaron por sus pensamientos, ninguno sin poder encajar en lo que estaba ocurriendo, todos en un fracaso por explicar un contexto que nunca existió. Sus labios se conocieron bajo la razón del veneno en dos ocasiones, pero ni siquiera aquella marca invisible que el hombre dejara en su frente en los fríos caminos de Mördvolathe tuvo intenciones reales. El primero fue un ataque y los otros dos una mentira. Calló. Sus pensamientos quedaron atrapados entre la mano del siniestro y la propia. Ya no tenía caso pensar.

Lo vio aproximarse, lo vio apoderarse de su rostro y sintió el tacto de sus dedos en sus labios. No había modo en que supiera el tipo de pensamiento que surcaba la mente del siniestro y viceversa. Él no podía saber lo que provocó con aquella presión, con esa mirada enfrascada en los labios rojos que deseaban conocer los ajenos. El hombre desató el caos en su cuerpo con su simple tacto, con su simple naturaleza alterada a partir de una caricia. Comprendió entonces que sus pensamientos no estaban muy lejanos los unos de los otros. Miró sus ojos y después su boca, esperando que de ella partieran palabras y que así terminara de apoderarse de su fuero interno. Pero no pasó, no había necesidad. ¿Qué palabra podría esgrimir en ese momento? ¿Qué valía un poco de su voz para satisfacer un capricho? No había nada que pudiese aportar, ese capricho suyo debía esperar a que el silencio terminase aquella obra suya.

Avanzó un paso para quedar bajo la sombra del siniestro. Si todo era una trampa, se dejaría caer gustosa, se dejaría burlar, se dejaría hacer y deshacer. Incluso morir si aquellas manos frías y severas así lo determinaban. Pero él debía fundirse también, sumergirse en la lava que destilaban sus ojos azules, la mirada de ambos en un mismo sentir. Fríos, igual de letales. La cimitarra se encajó en la tierra, reemplazada.

Acunó la mano del siniestro con la propia y la acarició hasta que sus dedos rosaran su palma. Entonces guio a aquella mano hacia abajo, sin necesidad de cesar el tacto con su piel y moldeó así su propio cuello. Mientras tanto, la mano que descansaba, refugiada por el tacto del rubio, se desplazó y abandonó su coraza para posarse en su nuca y, finalmente, atraerlo a sí. Recordó entonces que existió algo. Un juego, una frase, una mirada. Algo sutil, algo que no llegó a rasgar sino a acariciar aquella realidad en la que ambos se regodeaban. Ella lo deseó desde antes, sabía lo que imponía y eso la atraía. Ya había querido probar esos labios sin la mentira de por medio, sin aquella rivalidad marcada entre ellos cinco años atrás. Y así fue. Sus labios lo probaron al fin. Un beso que llevó a otro, la cercanía que desataba el magnetismo entre sus cuerpos.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Dom Dic 04, 2016 11:17 am

"Estás a tiempo. Sálvate."

Esa voz, imperiosa y exigente, la orden de un superior que bien podría haber salido de sus propios labios entreabiertos. Pero el siniestro apenas escuchó su ferviente consejo, el dictado de su sentido común, la necesidad de su deber. Bien podría haber resultado el arrullo de la cascada o la brisa sacudiendo la vegetación en una perenne canción feérica. Solo podía oír el latido de su propio corazón reverberando en sus sienes, como si supiese que se hallaba ante la elección entre la vida y la muerte. Él era un buen soldado. Aceptaba su hora, acataría un orden divino si fuese necesario que le guiase a la tumba por una creencia. Nunca un acto de fe había cegado sus sentidos, jamás había tenido el nombre de una mujer. Una mujer. Tenía pruebas irrefutables de que aquella criatura no lo era. Sentía el frío a través de la yema de sus dedos, veía la firma de su condición en sus afilados colmillos, conocía la inhumanidad helada de sus orbes azules. No había nada humano. Nada. Y él se entregaba a esa verdad. Nunca la había negado. Helena Corso era sanguinaria, letal, una mamba negra con el veneno en las palabras y la maquiavélica astucia de un demonio escondido tras aquel rostro marmóreo. La musa de la muerte, la amante de la Parca.

Pero Della...

Nunca había visto arder los ojos de aquella mujer de esa manera. Su fría calma, sus movimientos comedidos y coartados siempre por intenciones ocultas. Como las propia. Ahora no había que ganar. Nada que perder. Drako se estaba descubriendo en el reflejo de aquellas pupilas inmortales, más intensas libradas de su frialdad. Y no quería escapar de esa trampa. No podía serla cuando todo su ser sentía el magnetismo, cuando sabía que aquello era lo inevitable, la ola que erosionaba la roca poco a poco hacia la evidencia absoluta. Deseaba a Della. Esa condenada mujer, corrompida por su naturaleza inmortal, enloquecía al cazador. Y entonces él se volvía más humano de lo que había sido en años.
No pudo oponerse, no quería. El rubio descendió su cabeza atraído hacia esos labios carnosos en señal de rendición. No había cabida para una bandera blanca cuando quería lamer el marfil de aquella piel aterciopelada. Y cuando probó su boca, comenzó una nueva guerra. Todo lo que había contenido, todo aquello que se había negado a conocer, reclamó su lugar imperiosamente, un conquistador dispuesto a hallar el paraíso prohibido. Sabía porque, porque no había querido cruzar esa frontera, porque tocar a la vampiresa exigiría más de él que de cualquier otro hombre. Un precio muy alto. Quiso mancharse las manos y aceptó caer en el infierno de esa mujer cuando su aliento se entremezcló con el del enemigo, cuando el roce de su lengua exigió más besos a esa boca conjurada para ser su único pecado. Dejó, por un parpadeo, de ser consciente de lo que significaba ser un siniestro reclamando a una vampiresa y se juró que aquella figura helada, sin auténtica vida, sin latido ni sangre caliente, iba a estallar en las mismas llamas que él. Lo que se inició como algo lento e innegable se transformó en la erupción de un volcán. El fenómeno natural inexorable que su esencia demandaba, la montaña, despacio, moviéndose hacia el monje y que ahora cobraba la fuerza del derrumbamiento de una muralla, con una grieta que correspondía a la sonrisa de Della.
Se atrevió a recrearse en la frialdad de su piel, caballo dejándose montar con aquella mano apresándole por la nuca, moviendo sus labios contra los de ella. La propia seguía acunando aquel rostro níveo, impidiéndole vía de escape mientras la besaba sin temer el veneno. Ya estaba condenado. La mano opuesta aferró los mechones castaños, echándole hacia atrás aquella suave cabellera húmeda que parecía una bandera indomable y oscura. Descendió, atrapó su cintura, recorriendo la curva de su espalda que ansiaba su tacto desde que la vio en aquel camarote. La atrajo hacia él, firmemente, exigente, cerniéndose sobre ella con la voracidad del primer deseo suelto, olvidándose de tantearla. No había necesidad. E hizo lo mismo que bien podría hacer ella, fue su forma de firmar su tregua, su sentencia, su perdición. Atrapó la barbilla femenina, apartándola de él, solo para obligarla a levantar la cabeza y exponer su cuello. Sus ojos azules, silenciosos y dilatados, recorrieron aquella curva implacablemente antes de que ese camino lo demandaran sus labios finos. Primero el lento roce de su boca, después la presión suave de sus dientes. No había colmillos que enterrar, pero eso no significaba que su dueño no tuviese hambre. Su lengua saboreó la piel que quería mantener incoherentemente impoluta.




Della:


yaoming


I'd rather be your enemy :

Drako PortgasVigilante
avatar
Apodos : Mejor llámame Hunter.
Avatar : S.E.
Habilidad : Gracia felina. Danza de hojas.
F. Inscripción : 03/05/2015


Ver perfil de usuario
Vigilante

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Dic 19, 2016 5:03 pm

Sus pensamientos pululaban por su mente como sombras acosadoras, como lóbregas voces clamando por un mejor destino. Estaban tan presentes y parecían tan efímeras que la inmortal llegó a pensar que si abría los ojos llegaría a ver la cordura de ambos danzando desaforadamente como ríos de humo negro. Pero, fuera de su propia mente, la cascada y el bosque de Thyris seguían tan puros como siempre lo habían sido. El agua continuaba cayendo cristalina y el césped alto se dejaba acariciar por la suave brisa matutina. Incluso el sol amenazaba con asomarse sobre sus cabezas. El único caos que había en aquel santuario eran ellos dos, criaturas de las sombras cuya rivalidad había sido pactada muchos años atrás. Y ahora pareciera que la tinta se desvanece con el tiempo, pues eran palabras que ambos parecían decididos a ignorar.

En la oscuridad de sus ojos cerrados, respondía a las exigencias de los labios ajenos, disfrutaba el roce de aquella lengua que en ocasiones se tornaba intrusa. Había que compensar la espera, años silenciados que ella se atrevía a reprochar sin fundamento alguno, una demora que perdía su peso contra los labios cálidos y suaves de Hunter. Él era el fatídico destino de los males de Pandora y ella era la muerte, criaturas poco distintas fuera de la luz. La humanidad no tenía nada que ver con el deseo de ninguno. Vivir o morir no significaba nada para seres como ellos, por eso era más sencillo ceder al estallido que tuvo lugar entre ellos, por eso era más fácil dejarse llevar e ignorar la rivalidad de cazadores cuando el frío y el calor deben reencontrarse. Las manos frías de Corso continuarían aferrándose a él en medio de la condenación recíproca, su boca se dejaría ser presa mientras que su mente se esforzaba por encontrar un indicio de razón que no existía ya. Desearse en medio del recelo era el encanto de entregarse ciegamente y de esperar la separación que supone la muerte tras una vaticinada traición.

Sin embargo, el apoderamiento se sus cuerpos continuaba sin ser interrumpida por nada. Y ella se dejó consumir por el deseo de Drako. Permitió que sus manos moldearan a voluntad sus curvas, que sus dedos se perdieran entre las hebras de su cabello y que sus labios buscaran con voracidad la curva de su cuello. El tacto de los labios ajenos contra su piel fina terminó por cegar a la inmortal, quien exponía su cuello con entereza, ofreciéndoselo al hombre con la seguridad de que su voluntad ahí resultaría sumamente placentera para ambos. La conquista del hombre fue disfrutable y su fin negado en el momento en que los dedos fríos de la inmortal continuaran ascendiendo lentamente por la nuca del siniestro hasta atrapar entre sí sus rubios mechones. No tenía permitido apartarse.

Separó sus párpados y el iris de sus ojos devoró en su abismo la luz de la mañana antes de buscar la figura del siniestro. Nada tenía sentido. Se trataba de un brevísimo segundo de lucidez. Lo miraba gozar de su piel mientras pensaba en años vacíos. Ella no había seguido su sombra, sino que le permitió perderse, seguir con su propia vida como si al final no hubiese terminado todo en el mismo punto. Y entonces esperó nuevamente a que él o ella clavasen un puñal en el otro. Ése era el momento perfecto. Podría matarlo ahí mismo, pero su ánimo no correspondía al de un asesino. No deseaba ponerle fin a su existencia. Bastaba mirarlo para saber que no había siquiera la necesidad de defenderse, que ambos estaban tan cegados como para ceder a su instinto. Entonces volvió a entregarse a la voluntad del siniestro, a disfrutar de las mordidas en su cuello. Deseaba que sus dientes dejasen marca en su piel, marcas visibles, y permitió que su aliento escapara entre sus labios en un suave jadeo.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Mar Ene 10, 2017 5:44 pm

Podía llegar a entenderlo. Atrapado, Portgas lo supo como una revelación que tambaleó su mundo mortal como nunca antes. En el instante en el que sus labios entraron en contacto con la piel marmórea de Della, comprendió la sed, el hambre, la lujuria. No necesitaba sentir el pulso de su corazón bombeando violentamente la sangre por sus venas, tampoco que los ríos rojizos reconociesen la vida bajo su piel, ni siquiera el calor de la pasión y la existencia terrenal provocando que subiese la temperatura. No. Porque ahora eso carecía de importancia. La vampiresa estaba llena de pasión, de energía, de esencia. Y él quería eso. Sentía esa urgencia acuciante que nublaba los sentidos cuando entraba en juego una droga mayor, algo de lo que siempre se había cuidado de caer. De una forma u otra.

El siniestro abandonó, por primera vez en su vida desde que fue rescatado de la inclemente Pandora, desde que se había otorgado el nombre de guardián, su papel. Hunter se sentía más despierto y frenético que nunca. Drako. Mortal, cegado, humano. Hombre.

Por encima del rumor del agua, aquel sonido que salió de entre los labios femeninos resultó su condena. No fue consciente de hasta que punto. Nunca lo sería. No sabía realmente lo que acababa de firmar cuando, por fin, su instinto ganó la batalla. Con mayor fuerza, sus dientes ejercieron la presión en la curva de su cuello. Encontró placer en el acto de un monstruo. Si hubiese podido desgarrar con unos colmillos afilados como los de ella su piel, lo hubiese hecho... porque los muros de contención, ya no existían. Quizá empezaron a temblar cuando sus miradas de acero se cruzaron, cuando intercambiaron el primer beso en forma de bala de plata, cuando pronunció por primera vez el nombre de mujer que la vampiresa Helena Corso escondía. Aunque nunca habría aceptado aquella derrota con sabor de victoria, no habría tolerado pensar que su mundo bañado de sombras escondía alguna luz. Sabía que la criatura que sostenía entre sus brazos era una asesina, la pantera peligrosa que observaba atenta los movimientos de la presa, la máscara del ángel que, tras ella, cubría el rostro de las pesadillas. Conocía de sobra la astucia con la que habilidosamente era capaz de mover los hilos. Como una auténtica estratega, un buen soldado, el capitán. Aquella mujer no era un peón. Nunca lo fue. Lo podías percibir en la serena sagacidad que escondían siempre sus palabras, la consciencia de su ambición. Y, en contra de toda creencia, eso había despertado la conciencia del hombre de Hunter. Helena Corso no le necesitaba. Della tampoco. Pero lo exigía con su boca cada vez que sus labios se habían unido, cuando el azul brillante de su mirada había sostenido la suya, cuando le había empujado al límite en cada trabajo en el que se habían nombrado aliados. Un paso irrevocable tras otro, dado voluntariamente y situándole más cerca de ella y su magnetismo. Ahora él, sin necesitarla, habiéndola desterrado tanto tiempo de sus pensamientos, sin evocar su figura ni su carácter, sin ser llamada en ninguna noche ni día, ahora, Drako Portgas la deseaba. Más allá de ese momento, demostrándole que el tiempo no había pasado en balde. Por el contrario, de alguna forma, Della se arraigó más. Mala hierba nunca muere. Y, por primera vez, esa ironía le agradó más de lo que estaría dispuesto a explicar. Pero en ese momento de brillante y retorcida lucidez, podía admitirlo a su arrolladora mente. Poco importaba cuanto durase ese período, ya fuese solo un minuto más o los siguientes milenios.
Como un felino, los dedos de la castaña en su nuca, dejando el rastro frío mientras embarcaba ese ascenso por su cabellera le provocó una sutil descarga por su columna vertebral. Un placer oculto el que le tocasen de aquella forma la cabeza, que permitiese de hecho que la mano de la mujer acariciase cualquier zona que escapase a su vista cuando, por norma general, era receloso a aquel tipo de contacto, sobre todo cuando era la manera ideal de descargar un puñal en su espalda. No pensó en ello, como tampoco en la facilidad con la que ahora ella se sometía entre sus brazos. Y el ataque que vino después nada tuvo que ver con sus armas habituales. Su lengua ascendió por su cuello de nuevo, tras dejar ahí la marca de su recorrido, mordiendo con suavidad su barbilla antes de besarla mientras uno de sus brazos se enroscaba firmemente en el talle femenino. Exigió más en aquel beso, sintiéndose poco a poco más violento, más ávido. El brazo libre fue hasta la parte posterior de las rodillas de la mujer para tomarla, cargando con ella mientras su nariz rozaba el lateral de su rostro, dirigiéndose a su oído.

-Creo que interrumpí un baño... -Probablemente no existiese sobre la faz de la tierra nadie que hubiese escuchado jamás aquel tono de voz saliendo de los labios de Drako. Aún en su habitual gravedad, parecía ligeramente más ronca, con una seria complicidad que transformaba sus palabras en una juguetona pulla que resultaba casi chocante con la voracidad que no ocultó en en sus ojos, desviándose de ella para avanzar hacia el agua de nuevo, manteniéndola peligrosamente cerca de su cuerpo.




Della:


yaoming


I'd rather be your enemy :

Drako PortgasVigilante
avatar
Apodos : Mejor llámame Hunter.
Avatar : S.E.
Habilidad : Gracia felina. Danza de hojas.
F. Inscripción : 03/05/2015


Ver perfil de usuario
Vigilante

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Ene 14, 2017 12:17 am

Su cuerpo elevado a la misma altura, la cercanía intimidante de un cuerpo y otro, el calor de la piel ajena en una amenaza cargada de lujuria. A partir de ese momento, todo acontecería guiado por un algo invisible, pero tangible para ambos, por el deseo de establecerse sobre el cuerpo del otro y gozar de una autoría, de una pertenencia, que bajo el nombre de ambos cazadores no prometía desaparecer como la sangre en un sable. Sería una marca irreversible, un acto que desde ese momento hacía mella en la estructura de sus mentes, de cada pensamiento que surgiría a partir de ese momento. Corso lo deseaba, dispuesta desde el primer momento en que esa boca prometiera destruir su piel. Desde mucho antes, tal vez. Y por segunda ocasión, sus labios se reconocieron. Un segundo encuentro que otorgaba la libertad para descargar una exigencia que se asomó desde el inicio, en una mirada, en una caricia. Entonces el estorbo de la segunda piel fue real, la indumentaria que establecía entre ellos una brecha que sus labios pretendían unir en un beso temporal.

El cálido aliento de Hunter en su oído y las palabras que partieron de su boca erizaron la piel de la mujer y comprobaron un dominio jamás habitual en ella. La mujer sonrió, entregada aún al sonido de esa voz, extasiada por la intención de sus palabras, y entonces fue ella quien buscara encontrarse con su cuello mientras que sus manos exploraban su piel de siniestro en aras de exponer aquella que le pertenecía al hombre. — Entonces continúalo — Exigió en un ronroneo contra su piel, respuesta a una bien recibida pulla. La razón en ese instante era un extra, un exceso que en medio de la practicidad era desechada cual lastre. No hacía falta, no la extrañarían. Corso no la echaba de menos, pues en su lugar se había encaprichado con apoderarse del calor de aquel cuerpo que la mantenía cerca con firmeza, con robar esa calidez si es que le era posible. El instinto, la única voz escuchada, la mantenía consciente de esa pequeña limitación a la que no estaba acostumbrada. No podía perforar su piel, la sangre del siniestro le era prohibida, pero se trataba de algo prescindible, un simple capricho que no necesitaba estar incluido en esa sentencia.

A medida que el agua fría escalaba por su cuerpo, la mujer fue depositando amenazas de mordidas reales en su piel, sin llegar a dañarlo en ningún momento y siguiendo peligrosamente la línea de la yugular, posando ocasionalmente sus labios sobre la arteria palpitante de la que no tenía permitido beber. Entonces, distraída por el peso de su indumentaria, se apartó. El agarre de Hunter debía menguar; un pequeño sacrificio por un bien mayor. Pronto las prendas comenzaron a ceder ante las manos de la mujer, conocedora de sus propios nudos y de su propia piel, para que al fin su torso quedase expuesto al libre tacto de las manos ajenas, a las caricias del agua que, contra su piel, era igual de fría. Y en todo momento, los ojos grises de la inmortal quedaron fijos en los ajenos, lejos de hallarse gélidos, consumidos ya con el mismo fuego que le había sido compartido. Incluso sus labios parecían alentarlo con aquella sonrisa sutil, una muda invitación a conocer su piel en el modo en que lo había hecho en el camarote, años atrás. Corso pediría su calor a cambio, la firmeza de su cuerpo contra la suavidad de su piel.

Más le valía la inconsciencia, la consumación sin razón, sin marcas. El tiempo vacío era una mentira a la que debía apelar, un pasado en blanco apenas escrito por la mano del cazador, condenas demasiado sutiles para que ambos fueran capaces de notarlas. En ese momento nada tenía autorización de existir, los segundos debían prolongarse, aplazar su conversión a minutos y llegar más allá pasando desapercibidos. Corso sería Della indefinidamente, el tiempo que permaneciera entre los brazos ajenos, presa del éxtasis que le provocaba lo prohibido y el palpitar de su piel ante una cercanía peligrosa. Y esperar. Esperar su muerte y el derrumbe definitivo de ideas, el silencio de su mente que permitiera entregarse enteramente al porvenir más cercano que Portgas podía ofrecerle.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Jue Ene 19, 2017 4:56 pm

Cerró los ojos. Limpiamente, sin dobles intenciones, sin el reparo que el peso de Pandora había cargado sobre sus hombros día tras día. Los labios que prodigaban atenciones sobre su piel no eran los de una despiadada vampiresa curtida de los siglos de frialdad sino los de una voluptuosa mujer. Solamente. Della dominaba aquel arte igual que Corso esgrimía su mente afilada. Aquella boca provocativa no prometía el dolor de una mordida, alentaba la llegada del fuego no de la sangre. La amenaza se disipó como si nunca hubiese existido, como si antaño cada vez que se había tocado no hubiese sido con frío interés. Nuevos significados se revelaban en los recuerdos de Hunter, revelaciones que había escondido lealmente ante su deber. Quizá era un agujero donde no se había asomado, diciéndose que no había nada real. Pero no podía negar aquel momento, el ahora, ese instante de entrega que dotaba con inédito brillo a todo lo anterior de aquel encuentro en la intimidad del bosque de Tyhris. Rememoró mientras sentía su mordisco aquel primer beso lleno de sangre índiga, cincelando aquellos labios que ahora recorrían la curva de su cuello. Ahora la llama del deseo le prodigaba otro matiz, un recuerdo que azuzaba su deseo mientras se enfrentaba a aquella batalla de calor y carne. Igual que la segunda vez que saboreó su veneno y lo adecuado hubiese sido que actuase como lo estaba haciendo ahora, enredando los dedos en aquella melena larga y oscura para impedirle que se alejase. El preludio de su destino minutos después en aquel camarote, grabando en su mente aquella imagen de Della en el espejo, como un cuadro que cualquier hombre querría acariciar.

No podía escapar del campo magnético por el que orbitaba. Cuando Della impuso aquella distancia, Portgas la siguió con la mirada de halcón. No podía apartar los ojos intensos, arrasados por la excitación de los movimientos de los dedos de aquella mujer, librándose de las prendas. Poco a poco, más porción de piel expuesta, las suaves curvas de su pecho. Vagamente, se preguntó lo que sería capaz de hacer cualquier ser humano por tocarla, así, al descubierto, sin el peligro más allá de la seducción reflejándose en la claridad de sus ojos. Eternamente fríos... excepto en ese momento. La perfecta escultura de hielo derritiéndose, descubriendo a una mujer ardiente.
El cazador estaba en tensión, su presa demasiado cerca, podía olerla en medio de su deseo, sintiendo el despertar en su interior. No fue consciente de la voracidad con la que sus ojos perdían el acero, consumiéndose rápidamente. Volvió a acercarse a Della, incapaz de reprimir aquel impulso ahora que había dado rienda suelta a su instinto. Y, cegado en ese instante, sin esa compostura comedida y seria que le embargaba a pesar de que su rostro continuase con esa implacable severidad, ahora tiznada por la atracción hacia aquella mujer, no podía sino obedecer e inclinar su deber a otros ideales mucho más mundanos en los que jamás se había dejado caer antes, no de esa forma, no con alguien como ella. El problema radicaba en que... era Della.
Estiró las manos en un rápido movimiento, delatando lo poco que quedaba del siniestro en él, permitiendo la baja de éste durante aquellos momentos como si la frontera de vegetación que los rodeaba fuese un muro que los había llevado a un mundo aparte.


Última edición por Drako Portgas el Miér Jun 28, 2017 10:09 am, editado 1 vez




Della:


yaoming


I'd rather be your enemy :

Drako PortgasVigilante
avatar
Apodos : Mejor llámame Hunter.
Avatar : S.E.
Habilidad : Gracia felina. Danza de hojas.
F. Inscripción : 03/05/2015


Ver perfil de usuario
Vigilante

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Feb 26, 2017 11:29 pm

Instinto. La mente ya no tiene nombre, sino un objetivo, encaprichada totalmente al porvenir que se presentaba lentamente a cada caricia del agua, a cada susurro de esa superficie interrumpida por torsos desnudos y el comienzo de una muerte colectiva de ideas y la sentencia voluntaria de dos cuerpos. Manos que se deslizan autómatas sobre quien es presa y muerte al mismo tiempo, reclamando osadamente continuar aquello interrumpido al palpar la firmeza de un torso esculpido mientras, más abajo, oculto por el agua, se exige destruir los mismos límites de los que comenzaban a liberarse en la superficie. Curvas que se pierden ante un muro, fricciones insinuantes, prófugos jadeos que se cuelan entre besos. Ella lo exige con la boca, buscando sus labios, mordidas inocuas y manos aferradas a la muerte. Sabe lo que le espera y aguarda anhelante, con la identidad desvanecida ante el deseo y un nombre como único pensamiento. No existe la dama letal, sólo Della.

La piel al descubierto en su totalidad, una estatua de mármol de engañosa fragilidad, expuesta a detalle a la frescura del agua, a la calidez menguada de las manos ajenas, a la voluntad del cazador. Y tras una caricia se aparta lasciva, ocultando hasta sus hombros bajo la distorsión de aquella superficie viva, invitándolo a perderse junto con ella y completar aquello que habían comenzado. Ahí la cascada reduce su mundo, ahí el aliento que escapa voluntario fallece sin llegar más lejos y los que contienen voz sin forma apremian y premian más caricias, más roces, hasta la invasión placentera que tensa el cuerpo en éxtasis. El mundo se reduce a uno, al opuesto, y ella goza de llamarse ajena, disfruta ser dueña, el no deberle nada ya a los años. Lo besa, se aferra, recuerda su nombre, mira su piel, escucha su corazón y el ritmo del agua acelerarse, no existen pausas, sólo estocadas y la idea de saberse mutuos.  

Entonces, el clímax. Sus labios encuentran refugio en el cuello ajeno, sus piernas tensas permanecen inmóviles y de pronto el mundo cesa. No hay aliento, no hay latidos, solo fuerza y una presión que no desea apartar. Sus brazos lo aprisionan, suyo para siempre, firme. Ya no hay tiempo, no hay agua, sólo una caída libre, la aceptación de la muerte y una entrega total. Suya para siempre. Ahí permanece, en esa eternidad a punto de acabar, en ese mundo en donde la piel ajena es la propia. Entonces nace la conciencia, de nuevo surge un nombre, reconoce su esencia y un gemido suave, lento, le devuelve finalmente su libertad. Della se llama. Un recuerdo débil, después Corso. Cinco años. Thyris. Drako, sus labios. Su piel. La canción perenne del santuario suena al fin. La cascada llena el silencio, esa pausa y la realidad de la que lograron escapar. Le recuerda que temía a la muerte y que ésta jamás llegó, pero estaba ahora condenada por una sola mirada.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Lun Mayo 22, 2017 4:33 pm

El sabor, la textura, el calor. Por primera vez desde que su camino se cruzó con el de Helena Della Corso, el siniestro la vio proclamándose mujer. Por primera vez, el siniestro ansiaba el roce de aquellos despiadados colmillos que acariciaban su piel con destreza. Por primera vez, el siniestro no sintió el recelo prudente cernirse sobre él mientras la realidad parecía ser borrada de un plumazo. Por primera vez el siniestro supo porque grandes hombres habían renunciado a todo por una mujer. Lo que significaba la intimidad de sus piernas estrechándose alrededor de su cintura mientras sentía el arma de fuego apuntando en su pecho, acelerando el latido violentamente, encontrando un placer oscuro y sincero en ello. Otras mujeres le tocaron de aquella manera, ninguna acarició lenta y seductoramente las grietas de su muralla mientras las hacia suyas, mientras se inclinaba para besar cada una de ellas y dejar para siempre su impronta en ellas.
Si en algún rincón de su mente llama al juicio, exige un castigo por el pecado original, Drako asumirá la pena pero no está dispuesto a renegar de aquella tensión erótica que se apodera de ambos cuerpos, de la mirada de frío color que contiene su infierno personal, ahora más real que nunca. Una vez pensó que comprendía lo que otros podían ver en aquella mujer, en los labios de los que parecía no poderse apartar, jadeando contra éstos mientras una seriedad tensaba sus facciones, muy diferente a la concentración helada que mostraba habitualmente. Comprendía el deseo que podía despertar en otros hombres de franquear la distancia de seguridad y acariciar el lóbulo de su oreja con un susurro, aferrarla por las caderas mientras danzaba en el agua y la sentía suya. ¿Pero podrían entenderle los otros a él? ¿Hasta donde había llegado Della con sus discretas y torcidas sonrisas? ¿Con la mirada inteligente y profunda ahora en llamas? ¿Lo que había liberado en él, lo que había atrapado? Aquellas preguntas fueron una bruma confusa que relegó cuando las olas de placer provocaron un profundo suspiro contra la boca de ella, dejando caer ahí cada duda con el roce de su lengua. Solo existía lo que quería, lo que sus manos sostenían y se perdía entre aquellos muslos fibrados y femeninos, la manera de contonearse, la forma en la que cobró vida una mujer entregada a la muerte. Y ahora a él. En eso termina todo: en los dos. No hay rastro de la sangre de la pantera implacable, la dama de hielo, del deber de una misión empañando las sensaciones más reales que el siniestro había experimentado en mucho tiempo. Y es como una explosión a la que Hunter jamás se entregaría voluntariamente, pero lo hace. Ha vendido su alma y como único testigo está aquella cascada que marca la banda sonora del pacto y la entrega. Y, en ese momento cúspide, cuando todo desaparece de su mente, cuando solo puede sentir que aquella mujer le rodea y lo es todo, cuando las embestidas estremecen su cuerpo hasta el límite, gruñe ronco sintiéndose libre contra su fino oído. La sujeta con fuerza contra él, un instante de quietud en medio de aquel paisaje vivo y salvaje. Se quedó así, respirando pesadamente con la barbilla apoyada en su hombro, mientras una de sus manos ha recorrido la curva de su espalda para acabar en su nuca, donde sus dedos inconscientemente propinan una suave caricia, un gesto reflejo propio de aquella atmósfera íntima, apurando el tiempo de Della y su humanidad. Cualquier otra persona llenaría ese silencio lleno de sonidos más no Hunter. Recuperó aliento y, limpiamente, de la forma eficaz en que lo hacia todo, se apartó de ella... pero justo cuando parecía que le iba a dar la espalda, que no tenía palabras que arrojar al fuego que se había tratado de sofocar en aquellas aguas, cuando su manera de proceder práctica le decía que tomase sus ropas y sucediese la consecuente despedida, el cierre de todo, se giró de nuevo hacia la vampiresa, hacia sus ojos inhumanos y los labios creados para caer en ellos. No vaciló. Rompió el agua que los había vuelto a separar cuando tomó la barbilla femenina y levantó otra vez su rostro al suyo para capturar de nuevo su boca con la suya. Solo se alejó los centímetros suficientes para poder hablar y ser escuchado:

-Prefiero esto a tu veneno. -Una reflexión de lo más sincera que concedió la tensión a la comisura de sus labios para componer la sombra de una sonrisa. Y ahí estaba, aquella cesión, la misma decisión que había tomado hacia unos minutos atrás. Helena era Della y Della era la mujer que había aceptado. Su mente y su cuerpo inconscientes, independientemente de lo que eso realmente significase.




Della:


yaoming


I'd rather be your enemy :

Drako PortgasVigilante
avatar
Apodos : Mejor llámame Hunter.
Avatar : S.E.
Habilidad : Gracia felina. Danza de hojas.
F. Inscripción : 03/05/2015


Ver perfil de usuario
Vigilante

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Jun 05, 2017 3:44 am

El fin de todo se antoja extraño. La realidad se había tornado un desconocido al que era complicado, incómodo tal vez, regresar. Se escucha de nuevo la cascada con la total intensidad del sonido; el viento, ignorado por completo hasta hace poco, está ahí también, lamiendo sus pieles y enfriando el rastro de agua, una mancha transparente que se había apoderado de cada rincón de sus cuerpos. Sentía el peso de su melena empapada, la resistencia que el cuerpo azul ejerce sobre sus movimientos y, más allá de las rocas que bordeaban la cascada, la fauna perdida entre las fibras verdes de la flora salvaje. Y Drako ante ella retoma su forma habitual, la piel hermética y tibia que encierra a una bestia implacable, un asesino y un cazador ceñido sobre su presa. Un sinfín de sensaciones vueltas a su estado original y un cambio sutil en el brillo de aquella mirada que estudia la figura del siniestro como si fuera propia. Al mismo tiempo, no hay nada más real que lo que tiene ante sí, nada existe con la misma intensidad que aquella caricia que cierra un ciclo de manera temporal ni el agua que les otorga su abrigo gélido.

El eco de sus propias cadenas resuena en su mente al verlo apartarse y entonces comprende que escucha su atadura. Así el suave tintineo la vuelve consciente de su propia esclavitud, del error que cometió al haberse entregado de aquel modo para ser finalmente desechada como si no fuera ella la musa ante la cual muchos habían sucumbido. Él la había derrotado por segunda ocasión, había conseguido su cuerpo y ahora se marchaba dejando atrás aquella nimiedad que lo miraba como quien pierde su alma. Y es en aquella fracción de segundo en que, resuelta, maquina una muerte rápida, precisa dentro de su mente el movimiento que dará fin a todo con la mayor prontitud y que le devolverá cuanto antes el honor de volverse invicta al destruir la existencia de quien la destronara. Decide que debe corregir la línea temporal antes de que su decisión equivocada escape de aquel santuario, que debe borrar de su historia todo rastro del siniestro mientras estuvieran protegidos por la soledad de aquel minúsculo paraíso y fingir después que nunca hubo un tal Drako y que jamás se entregó a ningún cazador después de cinco años de silencio. Callará entonces, no hará falta confesar a nadie que en algún momento gozó de su atadura y lo fácil que sucumbió a sus manos cuando Hunter, consciente del error que estaba por cometer, interrumpió sus movimientos para volver a los labios que otrora habíanle de resultar mortales. No hacía falta confesar cuán débil era en realidad el corazón de la vampiresa, él no necesitaba saber cuánto había pasado por aquella mente ni que perdonaba una potencial ofensa al olvidarla por completo a causa de un simple beso. No hacía falta saber que llevaba ahora el alma de Corso en sus manos y, con ello, la isla entera, que bastaba una sola palabra para ver su más oscura ambición cumplirse ante sus ojos, pues habíase adueñado del trono de Pandora gracias a aquella musa que lo entregaba todo de manera voluntaria.

Sintió la calidez emanar aún viva del cuerpo del siniestro, sintió el cobijo de aquella figura como si hubiese pasado su vida entera aguardando en aguas gélidas la llegada de su piel. La condición de su existencia jamás le había permitido sufrir los mismos tormentos que aquejan a los mortales y aún así los sentidos se atrevían a señalar el modo en que un par de manos era capaz de convertirla en humana desde el más natural de los actos y devolverla a la vida con el fuego que sólo la consumiría por dentro. Además las vibraciones de su voz ronca y la sonrisa naciente, hasta ahora desconocida, en sus labios le hacían saber cuál era el único modo en que ella moriría. Y aceptaba esa muerte, la aceptaría una y otra vez, sin darse cuenta que se despojaba de sí misma por una acción que parecía no tener antecedentes.

Te dije que era mejor — Respondió imitando la curvatura de los labios ajenos, mismos que miró y que acarició con el pulgar, como si con ello perpeturara aquel gesto mínimo, legible para ella que conocía la seriedad incorruptible de su rostro. Reprimía su propia boca al retener su labio inferior presa de sus dientes, pues antes deseaba memorizar el gesto de Portgas y conocer el abismo de sus ojos que ahora se manifestaba distinto. No obstante, consciente ya de su propia condición, optó por recuperarse a sí misma y ser ella quien terminase de traer la realidad de la isla de vuelta, de modo que apartó su mano de la boca ajena a través de una caricia que culminó en su pecho para finalmente apartarse. No había desdén en sus movimientos ni falta de memoria en su piel, no negaba lo ocurrido ni siquiera al llegar a la orilla para apropiarse de su indumentaria. No lo despreció mientras retiraba de su melena el exceso de agua ni tampoco negaba con su silencio encuentros futuros. Él sabe y siempre supo cómo encontrarla, sabía incluso que le hallaría esperándolo, que gozaría de un sinfín de casualidades gracias a la similitud de sus oficios.




Portgas:

Schröder:





Nikola:

avatar
Apodos : Della, Muse of Death
Avatar : Jessica De Gouw
Habilidad : Viajero del Alba y Bat-man
F. Inscripción : 01/04/2015


Ver perfil de usuario
Maestro

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Mar Ago 29, 2017 3:05 pm

Era tarde. Muy tarde. Cuando el propio Hunter sintió aquel inusual tirón en la comisura de los labios acostumbrados a un rictus serios, cuando sonrió ante aquel rostro cincelado en marfil, cuando permitió que aquel dedo helado le acariciase, lo supo. Un guerrero no era entrenado para eso, lo era para jamás llegar a estar ahí. Drako Portgas había aprendido a renunciar con diligencia a la sinuosa sonrisa que prometía el paraíso en las sábanas en cualquier taberna a cambio de un puñado de monedas o de placer, a percibir el poder de la belleza como el arma de doble filo que podía ser usado en su contra con la misma facilidad que un cuchillo podía darte el mordisco fatal con sus dientes de acero. Lo había visto desde el primer día en aquella mujer mortal, cuando la nieve se había enredado en su cabellera oscura, cada vez que había osado mostrar sus colmillos en una de las curvas más peligrosas que podía conjurar. Las órdenes secas y autoritarias, las advertencias, los entrenamientos indecibles a los que había sido sometido, brutal secreto oculto entre los siniestros... no podía preparar a un hombre humano para estar donde estaba el rubio. Su fortaleza era la armadura distante del deber, la cabeza fría de la responsabilidad. Había vuelto sus murallas parte de él porque así es como se sobrevivía en Pandora, como se luchaba en Pandora. Ahora conocía otra causa, otra bandera y nadie le habría preparado para esa guerra. No había barajado jamás la posibilidad de que unas manos diestras y finas quitasen lentamente cada pedazo de armadura, que el jadeo al límite se convirtiese en una oda a la vida, que cada envite se convirtiese en un latido más rápido.

-Ya aprendí a creer en tus palabras, vampiresa. -No hubo ese matiz despectivo o frío, no fue un jarro sobre su cabeza tomar conciencia de la realidad. Una vez le importó su naturaleza, la acusó una y otra vez de carecer de vida. Había perdido todo derecho. No podría volver a engañarse, no cuando había visto el infierno arder en aquellos ojos, cuando el calor se había apoderado de su cuerpo, reclamándoselo a él. Y había aceptado. Cedió. Toleró. Deseó. Sucumbió. Volvería a hacerlo. Por ella.
Aquella verdad hizo que se mantuviese inmóvil, su mirada recomponiéndose en su estoicidad de acero. En la intimidad de aquel paraje donde la cascada caía turbulenta, tras el rastro de unos cuerpos inertes y el escalata indicándole un camino inconscientemente anhelado, Portgas había hallado otra forma de morir. Por la que hacerlo. Se tomó un momento, el mismo que utilizó la castaña para alejarse. Por unos segundos, el cazador se sentía muy lejos de allí, como si estuviese presenciando la intimidad de un ritual donde él no formaba parte. Las gotas del agua resbalando por la nívea piel femenina, los carnosos labios entreabiertos que, sin buscarlo, atraían su mirada en un recuerdo del sabor que aún estaba en su propia boca. Las manos ágiles tomando la ropa, las curvas aún descubiertas por él pero ya no para él. Della era un animal más entre todos en Pandora que había disfrutado de un baño, algo normal. Extraordinariamente normal en ella. Como lo había sido con él mientras estuvieron juntos en el agua. Hunter había formado parte de esa intimidad. Lo seguía siendo. Por eso salió, en tranquilo silencio, del lago, uniéndose a ella mientras recuperaba su identidad. El negro volvió a identificar a Drako Portgas, como inevitablemente siempre haría. Eso era lo que él era. Ajustó con dedos expertos el cinto de sus armas en su cintura, acomodándolas en el reparto de sus extremidades, sintiendo el familiar peso que le acompañaba. Sus orbes azules se alzaron al cielo. Ya era tarde. No había más explicaciones, no necesitaba más palabras, no había más excusas. Había acudido allí a desmantelar el campamento, indagar. Se había quedado en nombre de otra misión que aún hacía arder su piel, que había dejado marcas de guerra en él. Ahora debía partir.

-Della. -Su voz volvía a tener esa austera autoridad, reclamó la atención de la vampiresa mientras se volvía hacia la zona del claro por la que había atisbado en una voluntaria vigilancia a la castaña. Por última vez, buscó su mirada para anclar firmemente la suya ahí- Volveré a encontrarte. -Por primera vez no era la constatación de un hecho lógico, tampoco una amenaza. Era una promesa. Echó a andar, convirtiéndose en uno con la densidad de la vegetación.




Della:


yaoming


I'd rather be your enemy :

Drako PortgasVigilante
avatar
Apodos : Mejor llámame Hunter.
Avatar : S.E.
Habilidad : Gracia felina. Danza de hojas.
F. Inscripción : 03/05/2015


Ver perfil de usuario
Vigilante

Volver arriba Ir abajo

Re: Mundus vult decipi, ergo decipiatur ◊ Drako

Mensaje por Contenido patrocinado

Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.