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Muse of death × Helena Corso

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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Mayo 08, 2015 8:20 pm


Prefacio
● CHRONIQUES D’UN IMMORTEL ●

La vida de un condenado es demasiado larga como para dejarla en manos de las divinidades de la memoria, como para confiarla a una persona y arriesgarse a que el entendimiento le sea insuficiente para comprender las anécdotas de un ser atormentado como lo fui yo por largos años. Jamás esperé, en cambio, relatar mi propia vida y no habría sido así de no encontrarme yo en el turbio mar del ocio, reclusa siempre entre las paredes gélidas e indiferentes a las emociones que en algún momento llegué a sentir con vehemencia y candor. Encerrada en el castillo de mi padre, sentada entre abundantes estantes repletos todos de títulos que en años venideros serán considerados reliquias y que actualmente sufren de terribles críticas, me dispongo yo a tomar un libro en blanco y llenarlo de mis vivencias, no con la esperanza de compartir algún día mi demencia con algún individuo, sino para permitirme a mí misma retomar las emociones que el tiempo y la soledad borrarán de mí, pese a ser condena propia de los inmortales el recordar cada detalle de su vida, y no olvidar jamás de dónde provengo ni qué circunstancias me condujeron a ser lo que soy ahora, no refiriéndome a mi naturaleza.

Lleno estas primeras hojas y las dedico al paso del tiempo, mi indiferente compañero por la eternidad  y fiel sanador mío, a mi adorada y aborrecible entidad abstracta que acentuará mi locura.






Última edición por Helena D. Corso el Dom Abr 03, 2016 8:09 pm, editado 1 vez




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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Mayo 08, 2015 8:31 pm


La dulce vida de un mortal
● CHRONIQUES D’UN IMMORTEL ●

No hablaré de los pormenores de mi nacimiento, ya que ello no tiene relación alguna con la construcción de un individuo, sino que se limita a ser una clasificación absurda de una sociedad de la que actualmente soy ajena. Sin embargo he de aclarar que en mis días de humana llegaba a mí con mucha frecuencia el rumor de la sociedad, tanto invitaciones para estar siempre a la vanguardia por medio de tertulias como aquellas historias sencillas que iban de boca en boca narrando las desgracias ajenas, provocadas mayormente por la ingenuidad con la que se educa a las mujeres y a la poca oportunidad que se les daba a poseer las mismas experiencias que yo poseo ahora.

Viví durante las últimas décadas del siglo XV, viajando siempre de las provincias italianas a Francia según la sociedad nos requiriera o, en su defecto, el trabajo de mi padre. Y, pese a que no permaneciera mucho tiempo en alguna de las residencias que poseíamos en ambas regiones, estuvimos siempre ligados a las grandes familias nobles, inclusive con el sumo pontífice, Alejandro VI, y Caterina Sforza antes de que se viera amenazada por los Borgia y las varias confabulaciones de las que no supe sino a través de textos un siglo después.

Era pues, la casa de ésta mujer la que frecuentábamos más, siendo mi padre, Oswald Corso, siendo muy afecto a Girolamo Riario, tanto como lo fui yo de los hijos que fueron fruto de aquel matrimonio, pues era hija única y fuera de ellos no poseía yo más compañía que una nodriza que me seguía a todas partes y autores clásicos como Platón  y Ovidio, a quienes leía con particular interés. Conversaba, entonces, con los herederos de Sforza siempre que me era posible y disfrutaba con ellos juegos, que en aquel entonces se les atribuían al enérgico ingenio de los más jóvenes, en medio de interminables risas, siempre bajo el delicioso calor que regía aquella provincia y abarcando sin falta cada metro de los jardines durante los momentos de ocio. No faltaba, además, el tiempo para que pudiésemos discutir los textos que nos agradaban, así como los que no, incluyendo los sermones que, como buenos y devotos católicos que debíamos ser, teníamos casi aprendidos de memoria. Adoraba también a Caterina, una íntima amiga mía en mis tiempos de avanzada juventud y quien me otorgaba consejos de lo más joviales como para provenir de una mujer como ella. De este modo, mis cortas estancias en Forlì eran siempre bien aprovechadas.

No hablaré tampoco de Francia, pues las amistades ahí pareciéronme siempre frívolas e inclinadas, en su mayoría, a la cotilla, de la cual espero haber salido bien librada y que mi nombre jamás hubiese sido pronunciado en compañía de perniciosas palabras o relatos inverosímiles. Cabe destacar que mis viajes a dicho país fueron siempre escasos a pesar de ser Ginevra la ciudad natal de mi madre, pues rara vez los asuntos de familia nos conducían ahí y mi padre expresaba con frecuencia lo innecesario que le resultaba el sacarnos a mi madre y a mí de la cómoda ciudad de Bérgamo, nuestra sede y el origen de todos mis males.

Amaba yo desde siempre Bérgamo, pues tratábase de una ciudad bastante tranquila y su cercanía con Suiza nos traía siempre viajeros a la puerta de nuestra morada y que recibíamos gustosos, sin poner traba alguna a su estadía. Mi padre y yo poseíamos una gran fascinación por las historias ajenas, por lo que pronto nos sentíamos en confianza con nuestros invitados para escuchar hasta la más absurda peripecia que nos relataran, así como también nos referían noticias de otros países. Así, entonces, llegó cierto caballero que sufría más por su desorientación que por la falta de recursos, ya que su porte, sus vestimentas, inclusive su manera de hablar, dejaba en evidencia que no estábamos tratando con un viajero común, sino con un joven apartado de su hogar a causa de los infortunios que sólo al principio ignoramos.








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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Jul 20, 2016 12:28 am

Straight from the abyss
● The Witness ●
El pasado siempre se visualiza con colores distintos con los que se vive el presente. Pero hay, desde luego, un motivo. Yo lo veía todo muy diferente. Mi pasado era de colores vivos en comparación a lo que estaba viviendo en esos momentos. Quizá era el ambiente. En el castillo de mi padre el rojo de las telas era tan vivo como el fuego, el café de la madera tan profundo como un abismo y el dorado de los encajes tan puro que despertaba en el alma más noble una terrible avaricia. El silencio, además, era un tesoro. La soledad era también distinta, más disfrutable. Tal vez porque la conocía mejor. Pero al abandonar mi cautiverio me encontré con un tipo de soledad distinta, una soledad con miles de rostros, que me miraban, que me juzgaban, que se enganchaban en mi persona. Era abrumador, pero la promesa de la libertad era más grande.

Me dejé educar cual novata. Permití que expusieran ante mí sus conocimientos, que se ridiculizaran a sí mismos pretendiendo grabar en mi mente las mentiras con las que se habían fundamentado. Sin embargo, mi cuerpo y mi mente no terminaban de encajar ahí, no en ese lugar, no en esa posición, no al final de la jerarquía. ¿Y cómo probar que siglos con la cara contra las páginas de los libros lograban más que siglos de tradiciones y de convivencia? Yo sabía que su ambición era someter su naturaleza hasta humanizarse en lugar de aprovechar al máximo lo que la muerte les había ofrecido. Lo sabía incluso en mis años de mayor dulzura, pues aunque la soledad se había acomodado dentro en mi espíritu y había causado estragos en mi mente, yo seguiría siendo una dulce mortal atrapada en una grieta del tiempo durante cinco siglos.

A mí padre lo admiraba. Aún después de ese largo encierro al que me sometió. Sabía que la región que me había acogido cual alumna era, en parte, creación suya, que incluso ahí podría deleitarme bajo su protección. Pero pasaron los días y esos días se volvieron semanas y las semanas meses. ¿Dónde estaba él? Nadie sabía nada. Yo seguía siendo una simple alumna. Mi farsa me pesaba sobre los hombros. A veces, me sentaba durante horas de sol en los pasillos, peligrosamente cerca de los rayos de luz que se proyectaban en el suelo, y comenzaba a recitar los libros que me había aprendido con una simple y única lectura. Griego. Latín. Gaélico-portugués. Rumano. Entre otros idiomas antiguos que no llegué a comprender y las nuevas vertientes que son las lenguas tal y como se conocen en la modernidad. Como era de día, no había quien pudiera regresarme a las criptas. Los inmortales dormían y los mortales se ocupaban en otras actividades, muy lejos de mí. No había nadie que pudiese percatarse de que era yo una biblioteca andante.

Con el tiempo fui capaz de adaptarme. Los rostros me eran iguales que los muros del castillo, el barullo idéntico al silencio y la sensación de estar siendo vigilada justo como estar sola. Pero yo estaba harta de la monotonía. Siglos en lo mismo. No soportaría otro mes más. Cierto día, en una de esas magníficas invenciones de los magos que podían reflejar a un ser sin alma, encontré que ya no era la misma persona. La mirada en mis ojos había sido afilada por el constante sufrimiento al que era sometida en mis propios pensamientos, mi rostro ya no se miraba dulce e inocente. Era la viva imagen de la demencia y de la determinación. La peor combinación para el mundo. Entonces me hice un lugar entre los grandes y aquellos que me habían visto como alumna me tenían ahora por superior y se dejaban enseñar por mí. Yo no fabriqué humanos. Fabriqué actores, fabriqué verdaderos vampiros, seres oscuros disfrazados de ovejas, como ángeles de luz. Y pronto el poder me impulsó a tomar el lugar abandonado por mi padre. Me convertí en aquello que conocían como sabios y reemplacé la ambición por el control.

¿Cuántos años duré tratando de impulsar una raza que se desea perezosa e imprudente? Les deseaba una muerte definitiva a todos, peones inútiles, sin remedio. Busqué convertir su área de preparación en su habitad. Sin éxito. Dejé entonces que los años se escurrieran como arena entre mis dedos.

Conocer el mundo humano me hizo firmar la sentencia de los míos y de los que se resistían a mí. Todos perecieron por igual.


—  Dresde Dragwlya




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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Jul 21, 2016 12:29 am

Death has spoken
● The Witness ●
A veces completaba mi silencio con palabras y otras veces lo complementaba con el suyo. Me dijo una vez, en medio de su verborrea, que la verdadera diferencia entre los mortales y los inmortales no era el tiempo de vida, sino la manera en la que cumplían sus logros según el largo de su existencia. Los mortales se limitan a una cosa, se comprometen a sus propias vidas y no toman demasiados riesgos. Los inmortales, en nombre de la eternidad, lo intentan todo, lo son todo, lo piensan todo, lo arriesgan todo. Pero ella había sido siempre una misma cosa: una humana en el cuerpo de una inmortal, una criatura en imperfecta sintonía consigo misma. Me decía que ella cerraba sus propios ciclos, que el tiempo la había abandonado desde hace tiempo y que el destino tenía que forjárselo ella misma porque no había nadie que guiara su existencia, nadie que jugara con su vida cual títere en una función. Me decía que, como los humanos, estaba conformada por un manojo de contradicciones, que hablar jamás fue su fuerte, pero era plenamente consciente de la manera en la que esgrimía su discurso, elocuente y astuta. Que se conocía y que a la vez se desconocía, que ignoraba en qué momento sus memorias la sofocarían y cuándo alegrarían. Me decía que no conocía la felicidad, que no había alegría en sus recuerdos, pero que a veces el sufrimiento y el dolor la hacían feliz. Yo veía esa sonrisa. No era felicidad, no era alegría. Estaba rota. Conocerla me destruía.

A veces permanecía a mi lado todo el tiempo, siguiéndome. A veces mi alma se desgastaba con su mirar. Me observaba, yo lo sabía, como si devorara mi rostro con sus ojos, como si quisiera acostumbrarse a mi rostro, que le era nuevo a cada reencuentro por culpa del tiempo. A veces me abrumaba. A veces me tranquilizaba saber que estaba ahí, vigilándome. Sólo una vez deseé yo jamás verla, que el abismo en sus ojos fuera el resultado de mis pensamientos, del peso de mi yo ilícito. Y a partir de entonces no deseé nada más que el fin.

Me siguió el rastro. Me encontró. No sabía que mi rostro en las noticias era una trampa, que debía yo sufrir la miseria cual carnada. De un día a otro me encontré rodeado de condenados y era yo uno de ellos. Un humano con suerte, dejado al azar en un matadero, sin mayor utilidad que esparcir el rumor de mi ubicación a las personas correctas en los lugares correctos. Y ella llegó a la isla, rodeada de aquella seguridad imprudente que la condenó, que la hizo como yo en esta tierra de nadie. Me dijo, ignorante aún de su condición, que aquel lugar, Pandora, debía convertirse en su nuevo hogar, que eso había estado buscando todo el tiempo, lo que Rumania debió haber sido desde el principio. Y olvidó lo que había dejado atrás, a su pareja, a mi hermano, para pedirme que la esperara, para prometerme que volveríamos a encontrarnos dentro de unos días y que sería conmigo el pilar de un nuevo imperio o que compartiría conmigo años de tranquilidad. Pero se esfumó. Fue a pedir una nueva oportunidad, que borraran las vivencias de su mente, que la restauraran. Entonces notó el engaño, lo notó cuando era muy tarde para actuar. No esperé a sus promesas. No esperé verla volver aún y cuando me lo prometió. Sin embargo, siete años de espera fueron difíciles porque no sabía qué aguardaba. Mi hermano llegó después, con la mente destruida, con el cuerpo herido. Él murmuraba su nombre. La invocaba en sus sueños. Al despertar era un hombre desorientado y sin recuerdos. Él era yo en el estado más vil. Y pronto mi hermano me abandonó también. ¿Muerto? Tal vez. Sólo faltaba mi propio fin.



—  Zeughaunn Schmeichel




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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Vie Jul 29, 2016 11:07 pm



Merciful pain
The Witness

Mis labios estaban sellados cuando lo conocí. Me entregué a mí misma a sonrisas falsas, a silencios prolongados y solitarios en donde no veía más que el abismo al que me había arrojado. Me vendí a conversaciones vanas, a besos y a amantes efímeros, a juegos absurdos con aquellos que debía educar y, fuera del paraíso de los no-humanos, con otros tantos que deseaban ganarse un espacio en mi mente. Tenía que llegar a eso en algún punto. Quinientos años de promesas debían agotarme en algún momento y yo estaba decepcionada con el mundo que tanto había deseado conocer.

La música que antes me seducía, la voz que conseguía conquistarme para entregarme a otros brazos, había dejado de tener efecto sobre mí. Una hora de tango y un beso en la comisura de mis labios. Una prolongada despedida. No estaba segura si quería que mi estudiante se marchara o si deseaba que su compañía postergara mi encuentro con la soledad. ¿Qué tan orgullosa me sentía de dominar a un puñado de idiotas? Quizá es justo decir que esa profunda decepción agravó los trastornos de mi mente. Quizá es injusto atribuirles semejante mérito. Sin embargo, también era injusto para mí negarme a la verdad.

Ignoro cuándo comencé a alterar mis horas de sueño. El alba no me debilitaba como a los demás, podía permanecer un poco más de tiempo despierta antes de debilitarme a causa de la luz del sol. Pero en esa noche en particular resentí lo que los humanos llaman insomnio. Comprendí entonces que huía de mí misma, que no había nada más que me impidiera ceder al sueño salvo yo misma. Lo noté por la manera en que cerré la puerta tras mi estudiante, por cómo suspiré y por el modo en que me llevé las manos al rostro en un gesto de fastidio y agotamiento. Respiré por unos segundos y volví a abrir la puerta. Acto seguido, me dispuse a completar el trabajo de oficina que había dejado pendiente. Eso fue a propósito, claro. No iba a negarme el placer de leer absurdos en vez de lidiar con mi propia mente.

¿Pasó una hora? ¿Pasaron dos? ¿Tres? Alguien llamó a la puerta para atraer mi atención, para anunciarse, pues el acceso al despacho estaba abierto y entrar no era ningún imposible. ¿Qué iba a saber yo, en ese entonces, que esa breve presentación sería la clave para traer mi espíritu de vuelta en los años venideros? Veía yo al mago como a cualquier recién llegado. Era un extraño que desentonaba en ese lugar de la misma manera en que lo hice yo, en la misma manera en que desentonan todos los demás. Pero de alguna manera debía adaptarse. Él estaría, como yo, a la cabeza de su raza, él guiaría a los suyos cual líder y esos ojos pardos, impenetrables, prometían grandes hazañas. Ahí, en esos minutos frente a él, supe que valdría la pena conocerlo. Y así fue.

Un mes después decidí que no podía continuar huyendo de mis sueños y a la mañana siguiente desperté deambulando en los pasillos. Soñaba con ese maldito pasillo que me negaba a reconocer, pero que conocía a la perfección. Soñaba con mi propia muerte, con ese vacío que me llevó a entregarme al fuego. Dicen que los sueños retratan la realidad, ¿no es así? Yo no quería darle sentido a eso, pero sabía, muy dentro de mí, que en ese momento me sentía tan vacía como antes, que no faltaba mucho para que volviese a recorrer aquel pasillo hacia la hoguera. Y cuando desperté lo vi a él. Estaba de pie frente a mí, extrañado de verme tan expuesta a tales horas. Me dio su abrigo y me pidió que lo acompañara.

Ahí, en su despacho, redescubrí las sospechas que tuve cuando lo conocí. Ahí él y yo dimos forma a las luces sutiles que daban giros a nuestros encuentros, a esas miradas sutiles que cruzaban de un sitio a otro hasta encontrarnos mutuamente. Era el momento ideal, ¿quién iba a negarlo? Yo sabía que él llegó a ese lugar para mí, tal cual Dimitri llegó a Rumania para acompañarme. Desde luego, hago esa comparación en más de un sentido. Aquel nigromante no podía ser para mí eternamente. Ese hombre estaba entregado a sus metas y, aunque quisiera, no podía quedarme con él. Así que entre él y yo existió una muralla con una pequeña rendija para mirarnos y compartir palabras. Era de lo más sofocante, pero necesitaba de eso para vivir.

Él parecía ajeno al paso del tiempo, como yo. Pasamos décadas detrás de esa muralla, encadenados para no ceder a nuestros impulsos. Al cabo de cuatro décadas, vi a mi padre volver. A esa leyenda no le interesaba recuperar el sitio que yo le había arrebatado, sino que venía altaneramente a burlarse de lo que nos habíamos convertido. Los inmortales, los licántropos, los magos. Todos. Pero en algún punto vio que yo estaba tan decepcionada como él, pues alguna razón debió tener para ofrecerme lo que yo había deseado hacer durante tanto tiempo. Él me daría el caos y la destrucción que yo quería. Él me dejaría ser la muerte. No me negué. Quería ver a los altos mandos mirarme y rogarme por piedad como el ángel de muerte que era. Quería que no viesen a un heraldo, sino el fin de todo hecho carne en mí. Previne, entonces, a mi amado. Le rogué que se marchara, pues no habría aliados ni sobrevivientes. Verlo marcharse me dio el valor suficiente para lo que debía hacer. Me dejó tan vacía que ningún rostro me movió a misericordia.
—  Dresde Dragwlya



Última edición por Helena D. Corso el Lun Sep 05, 2016 1:22 am, editado 3 veces




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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Ago 07, 2016 3:30 am

Reflections
● The Witness ●
Le prometí no morir. Sin embargo, ¿qué iba saber yo en aquel entonces acerca de lo que viviría en el futuro? Llevo horas mirándome en el espejo, en el único de Bran que puede mostrarme cómo soy. Cada detalle de mí misma dispara nuevos recuerdos, como si cada parte de mí fuese una herida producida por el tiempo. Si cierro los ojos, me odiaré por cobarde. Si cierro los ojos ahora, viviré el resto de mis días haciéndolo, me negaré a la verdad y dejaré de ser yo, la de este lado del reflejo. La otra no existe más que para mí. Otros la conocieron en vida, otros la amaron, otros la traicionaron, otros la abandonaron. Pero no a mí. Dicen que ella y yo somos iguales, que nuestro pasado nos hace una misma persona, pero ella tiene un nombre distinto, una meta distinta, sentimientos distintos. Si comienzo ahora mi encierro es para no verla más, para recordar su imagen como si fuera la mía y ser al fin sólo una Helena. Lo único que contará para mí será aquello que viví en Pandora, las alianzas que creé en Pandora y a todos los que he amado en Pandora. Todo lo que pasó en el mundo de los humanos pertenece a ella. Si aparto la mirada ahora seré una cobarde. Conozco lo que siente, es difícil negarlo y suprimirlo.

Apuesto a que yo misma me hubiese borrado la memoria si los titanes no lo hubieran hecho primero. Habría buscado la forma de empezar de nuevo sin el sufrimiento que llevo arrastrando durante siglos. Sin embargo, si hubiera un modo de saber que ella me perseguiría hasta el último de mis días, me aseguraría de que no fuera así. Estoy segura de que hay una manera de evitarla, de no recordar como lo estoy haciendo ahora ni como lo hice en la casa del mago. Me aseguraría de que no queden incógnitas que me lleven a buscar respuestas, me aseguraría de cortar cualquier lazo con el mundo para no encontrar nada en nadie. Así no discutiría conmigo misma la idea de morir. Sin promesas no hay compromisos. Sería totalmente libre de morir una y otra vez para no enfrentarme al mundo, de dormir cuantos años desee y de explorar cuantos años me parezcan suficientes. Y sería yo completamente consciente del tiempo que pase lejos del mundo. Tengo años de mi vida que no recuerdo, años recientes. ¿Siete, tal vez? ¿Y si le pertenecen a ella? Quizá no pertenezcan a ninguna de las dos, sino a quien ocultó mis recuerdos. ¿Cuánto tiempo me retuvieron? ¿Fueron esos años prolongados a causa mía? Quizá demoraron a causa del fracaso. Borrarle la memoria a un inmortal debe ser más complicado que robársela a cualquier mortal y más aún robársela a un humano.

Maldita sea…

No puedo más. De todas las personas a las que debo recordar… ¿Por qué? Mentira es decir que no es justo, porque esto debe tener una razón. ¿Cuánto tiempo me tomará a mí recordarlo y asimilarlo todo? Si a ellos les tomó mucho tiempo deshacerse de ella, ¿cuánto me tomará a mí si somos una? Cerraré los ojos porque ahora seré sólo yo.



—  Helena Della Rovere C.




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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Sep 05, 2016 1:23 am



The curse of death
The Witness

¿Cómo explicarlo? ¿Sirve de algo si no tiene remedio? La gente le teme, dice que la soledad es estar rodeado de gente y no tener a nadie a tu lado, dice que la soledad no se comparte, pero que es un mal común. Ellos no saben, en realidad, qué es la soledad. No pueden entenderlo. ¿Qué es, pues, peor que sofocarse de dolor y no poder expresarlo? Las palabras se desvanecen incluso si las dedican a alguien. Hablarlo no es suficiente, gritar no es suficiente. El aire sólo escapa del cuerpo y aprisiona más el dolor. La soledad es entender que las palabras son aire y que ese aire nade lo merece, que la nada lo absorbe y la gente lo ignora. La soledad es comprender que el mundo es egoísta y que no desea escuchar nada más que a ellos mismos. La soledad es comprender que nadie entiende.

Y luego estoy yo.

Para mí no hay mundo, no hay gente, no hay palabras. Sólo papel. Papel y tinta. Si hablo, se lo comparto al aire y me tengo a mí misma para no entender. El papel no juzga, por eso hay tantos libros. Escribir y escribir hasta agotar la mano, la tinta y el papel, porque el aliento no lo necesito para existir. Y cuando me doy cuenta que no escribo para nadie, sino para mí, para un lector ficticio e inexistente, es que pierdo la razón. Mi mayor esperanza es morir, pero mi soledad es tal que ni siquiera la muerte me visita. La presencia de cada objeto es tan sólo una ilusión. Me engaño pensando que tienen alma y que me ven, que me escuchan y que saben lo que sufro, pero no. Mi soledad consiste en saber que no hay nadie incluso más allá de estas paredes que me tienen cautiva. Mi soledad existe porque yo existo y no puedo no existir. El fuego me devora y después me escupe, me dice que yo no tengo derecho a morir porque la soledad está conmigo. Ella es mi deuda.

¿Para quién narro mi vida si nadie la conocerá nunca? ¿De qué me sirve plasmarla si no deseo recordarla? Soy una inmortal, no puedo escapar de mí misma, escribir no agota mis recuerdos, no supera nada. Escribir intensifica el dolor porque recuerdo lo que viví y lo que existe allá afuera. Mi soledad consiste en esperar a alguien que no llegará nunca. Es una eterna espera. La ironía también. Soñar no ayuda.

Me otorgaré un par de años de consuelo. Moriré en las llamas una vez más y esperare a despertar lejos de esto. Soñaré con mi libertad, con calles abarrotadas se gente, con una mirada por amar y un cuerpo por esculpir al tacto. Soñaré que jamás conocí tal cosa como la soledad.
—  Dresde Dragwlya





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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Oct 30, 2016 10:25 pm



A little bit of mercy
The Witness

Arrinconada, he tratado de arrancarme el dolor que oprime mi pecho a gritos y sollozos, pero continúa aquí, adentro de mí. Este sufrir se expande a mi garganta, a mis piernas, a mis brazos y se escapa por mis ojos en forma de lágrimas, de riachuelos de agua salada que parece interminable e inconstante. Va y viene, pero yo sé que esto no terminará en unas horas ni en los días que llevo encerrada aquí. Me seguirá doliendo por muchos años más, porque este dolor lo tengo desde mucho antes también.

Siento mis manos vacías a pesar de que se aferran desesperadamente a mi cuerpo, siento que mis brazos no deberían abrazar mi pecho. Supe que hui a mi santuario no para cuidar del mismo, sino para llorar a gusto, para estudiar mi dolor y para comprender que si mis brazos se cruzan ante mi pecho es porque el corazón me está matando, porque temen que me deje morir o que lo entregue una vez más. No lo he recuperado, ya no es mío. Me queda un abismo adentro y me succiona el alma. Yo solo grito y lloro esperando a que me trague también.

Cuando lo supe corrí a Bran, consumí el camino cual viciosa y busqué con desesperación una carta suya. Era la última que recibí de él. ¿Para qué las buscaba? Yo me arranqué el último pedazo de alma, fue culpa mía haber terminado aquí. Me recordé que no era la primera persona que debía apartarse de mí en vida, que era la segunda vez que debía amar a alguien detrás de una línea invisible y verlo marchitarse hasta la muerte. Creí que saberlo a tiempo me libraría de todo esto, del dolor, de saber que amado mío es, pero me equivoqué. Quisiera que todo fuese distinto. ¿Es acaso una maldición?

No puedo desmentir el dolor, no me siento capaz de hacerlo menos. Es real y tiene forma, me cala hasta los huesos, me corta la respiración. Las lágrimas van secándose poco a poco en mi piel, mientras algunas nuevas dejan trazos frescos en mi rostro hasta mi cuello. Mis pies me empujan contra la pared, como si pudiera huir de esto y mis brazos se afanan en protegerme. No sé a qué se aferra, si dejé mis restos allá en Baskerville y ahí se quedarán. El eco de mi voz me hace compañía, pero me recuerda que estoy sola, que nadie me verá aquí y que él está muy lejos de mí, a salvo de mí y presa de las mismas penas.

Qusiera… un poco de fuego.



—  Helena Della Rovere C.





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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Nov 10, 2016 10:58 pm



The Other
Letter that were never sent


Sombra del Edén
Puerto de Zárkaros
S.f.

Sin destinatario.

No quisiste preguntarme por detalles. Sabías que mi ignorancia respecto a este tema era absoluta en su momento, pero ya no lo es. Comprendí qué ocurrió y, de servirnos de algo, quisiera compartirlo contigo, no excusando mis acciones, sino a fin de intimar contigo en este asunto que nos hemos permitido conocer juntos.

Antes de mí existió otra mujer. La llamaban Helena, igual que a mí, y aunque compartimos el mismo cuerpo, no somos la misma persona. Ella existe en el pasado, su vida se detuvo cuando caí a manos del olvido. Desde luego, para ti no cambia nada saber quién era aquel hombre a quien mencioné, pero para mí sí. Me hizo saber que no peleabas contra mi cuerpo, sino con una mujer que debió haber muerto sofocada por los titanes. Ella buscaba a un muerto y quizá es demasiado pronto para compartir mi teoría al respecto, porque te involucra en maneras que tú y yo no hemos conversado aún.

Mencionaste que me quedaba viéndote sin hacer nada, pero te equivocas. Me viste quieta, inexpresiva. Ninguna de nosotras desaprovecha una oportunidad para atacar, ni siquiera cuando estamos divirtiéndonos con nuestras víctimas. Ella quería matarte cuando no se movía, ella trataba de invocar tu sangre y controlarla como solía hacerlo antes de conocer a los siete. Ella quiere volver. Y lo hará algún día, cuando yo termine de recordarlo todo. Moriré al fin, amado mío, no como los mortales, sino como se esfuman las palabras en el aire. Ella tomará mi lugar y esta mujer que conoces y a la que le diste tu sangre, no existirá más.

Siempre tuya,
Helena





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Re: Muse of death × Helena Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Mayo 07, 2017 2:14 am



The shape of you
Last memories of a muse

No puedo recordar tu nombre. Los detalles de tu rostro se han esfumado y se han ido lejos de mí, donde no puedan dejarse recordar. Pero recuerdo tu esencia, recuerdo las sensaciones que desataba tu piel al entrar en contacto con la mía, recuerdo mi éxtasis, me recuerdo embelesada por tu persona. Pienso en cada uno de los amoríos que he tenido a lo largo de mi existencia y sé que no hay ninguno que se equipare al tuyo. Pero no puedo recordarte más allá de esto. Si vuelves a mí, no te reconocería y moriría otro poco.

Al leer tus cartas, al sostener los pocos obsequios que conservo de ti, sé que no amé a tu sangre, sino que te amé a ti sin saberlo, que en cada mirada te buscaba, que en cada caricia exigía tu cuerpo, que en cada beso te anhelaba a ti, que no era a él por quien moría, sino por ti. Y el velo que me cegaba desapareció cuando supe que, al igual que tú, me habría de abandonar. Sufrí porque por ti sufrí, por ti mi corazón se desgarró cada día sin descanso, sufrí porque recordé cuánto dolía perderte y cuánto me faltó aliento en aquellos primeros años de ausencia. Sufrí porque se apartaba de mí lo más cercano a tu persona que llegué a tener en mis manos. Por eso ahora te entierro junto a mí. Tus palabras y tus joyas yacerán junto a las mías, junto a esa fotografía que, aunque es mía, me recuerda a ti, junto a los discos de vinilo que contenían en esencia todos esos momentos que pasamos bajo el influjo de la música, sosegados o extasiados, según fuera la pieza. Te amé tanto y te añoré tanto que ahora que desaparezco has de perecer conmigo, en el olvido.

En el jardín he de enterrarte, a la sombra del sauce que corona el espacio, bajo las caricias de sus ramas deprimidas que llorarán por nosotros eternamente. Ya no llevo el infinito en el cuello, sino que está en esta pequeña caja en donde todo fue guardado. Aquí yaceré contigo hasta que el olvido me consuma y forme yo parte del jardín, una estatua de mármol que volverá a la vida algún día, con el alma mancillada al sufrir aún tu ausencia. Qué terrible es haber existido tantos años en esta isla y no llorarte sino hasta el final, cuando mi cuerpo cede al maltrato de los tuyos y cuando mi mente me abandona en un mar que nos consumirá a ambos.

Si vienes a mí, no me encontrarás. Verás sólo mi cuerpo, pero no podré mirarte como antaño. Mis manos no podrán reconocerte ni reconquistarte. Si vienes a mí, me hallarás perdida, una cáscara vacía por la que ya no puede hacerse nada.



—  Helena Della Rovere C.





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