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Don't play the odds, play the man (Helena)

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Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por J. William Reed el Jue Mayo 19, 2016 4:29 am

Levanté la jarra cargada de ron para sellar el trato. Lo apropiado sería estrechar la mano del opuesto pero en Pandora, para mí, eso no era jugar limpio. No cometía el error de brindar mi mano ante un ser que me doblaba la fuerza, la cual significaba demasiado en aquellas tierras. No me importaba la naturaleza de la persona con la que hiciese negocios mientras la recompensa fuese inalterable y acabase en mis bolsillos pero más de uno con una mente supuestamente ágil tendían a emplear más fuerza en la presión, como si de aquella forma declarasen la diferencia que había entre ellos y yo. Y uno ya había aprendido a desenvolverse y a usar esa desventaja a su favor, había tenido años para superar esa barrera escogiendo otros caminos. Por eso entrechoqué mi jarra contra la del licántropo que tenía esa sonrisa dura y animal. Todos salíamos ganando: él me revelaba la coordenadas de un bergantín cargado de plata que iba a manos de un vampiro opresor de su raza y nosotros podríamos quedárnosla. Quizá hubiese sido más sensato para el lobo no pregonar el nombre de esa "asquerosa sanguijuela", porque estaba seguro de que me pagaría una suma considerable por recuperar ese tesoro que apagaría los ojos oscuros del hijo de la luna. Quizá hubiese sido más inteligente para su manada que se supiese donde acababa todo ese armamento, lejos de ellos. Pero no preguntó y, al fin y al cabo, yo cumpliría con nuestro pacto. Después no habría nada que nos uniese. Si esa misma plata acababa partiéndole en dos y abrasándole, no me concernía.

-Invito a esta ronda.-Declaré, tras vaciar la jarra en mi garganta con un par de tragos. La llamarada de fuego que la recorrió ya era suave por la costumbre. Abandoné ésta sobre la mesa y me levanté, dándole la espalda al lobo- Cuando todo este hecho, lo sabrás. Dudo que volvamos a vernos. -Y eché a andar. No haría falta un nuevo encuentro, los rumores corrían como la pólvora y llegaría a oídos del licántropo cuando todo estuviese hecho. Mi tripulación no era precisamente un dechado de discreción. En cualquier caso, le dediqué una última mirada al agresivo hombre lobo por encima de mi hombro. Resultaba curioso que estuviese tan cómodo en un taberna como esa, más que nada porque hasta yo podía percibir el hedor dulce de los vampiros, su fragancia atractiva para atraernos. Que aquel lobo se hubiese metido en la guarida de los murciélagos hablaba de lo estúpidas que volvía la desesperación a algunas criaturas, más aún cuando más de un oído habría captado los trazos de nuestra conversación. Pero ese no era mi problema.
Me dirigí a la barra, abandonando a mi segundo al mando que se había distraído con las curvas de una atlante. No podía culparle, salvo que iba a pagar un dinero que esa mujer no merecía sin hacer gala de sus proezas como muestra, porque no era precisamente lo más barato que podía encontrar en el puerto. En cualquier caso, que lo disfrutase mientras yo me ocupaba de asuntos más urgentes y, para mi desgracia, aunque tuviese que ver con una mujer, probablemente no lo disfrutaría tanto como él.

-Dile a la jefa que estoy aquí. -La vampiresa ya lo sabría, pero aún así, mero trámite para que supiese que había terminado con el hombre lobo y otros negocios para embarcarse en los que de verdad mantenían a flote a su tripulación y al Hawk Silver impoluto. El vampiro que había detrás de la barra inclinó apenas la cabeza antes de marcharse y observé su espalda antes de perderse. Decía del lobo, no es como si siendo humano yo no me metiese en la boca del peligro al internarme allí. La suerte era, simplemente, que aún no se había extendido que allí hubiese muerto ninguno de los míos. Y, si lo había hecho, no había llegado a rumor en un muelle donde todo saltaba de boca en boca inevitablemente. Aparte, la dueña del lugar siempre había dado una impresión más racional que dejarse llevar por la sed de sangre aleatoriamente. Una suerte para mí, para que engañarnos, sino estaría muerto.




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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Mayo 24, 2016 11:10 pm

Habían pasado muchas horas. Diez. Doce. Un día entero tal vez. Podían ser incluso minutos solamente. Como fuera, no había modo de saberlo.

Se encontraba sentada en el borde de la ventana, con una pierna flexionada y apoyada en la delgada superficie que le servía como asiento mientras que su otra pierna le servía de apoyo. Pensaba en nada y en todo a la vez. Su mirada, cansada, se perdía en la nada, entre las paredes de los edificios y la locura, evadiendo de cuando en cuando a los recuerdos que merodeaban cual sombras entre los callejones. Pero, sobre todo, evitaba la vista que le ofrecía la silenciosa habitación en la que estaba. Era la misma de siempre. Ahí había recibido a un sinfín de aliados y víctimas, algún rival que insistiera en su captura y nadie sabe qué más. Pero ya no era esa misma estancia. Tenía una mancha que le era imposible borrar y, en aquella posición, podía imaginarse que la estancia estaba destruida, que los muebles habían sido reducidos a astillas y que las sábanas y demás telas se encontraban regadas hechas jirones. También le gustaba pensar, gracias a la luz anaranjada del ocaso, que las llamas consumían la pieza y que pronto la alcanzarían a ella también. Su mente y sus sentidos estaban encerrados ahí con ella, ignorando el murmullo del mar que se imponía a lo lejos e inconsciente del barullo producido en el piso inferior de la taberna.

Pronto sus pensamientos dieron por hecho que la habitación ardía en llamas y quedó ensimismada, pensando en nada y todo a la vez. Miraba las construcciones vecinas y echaba un vistazo a las memorias que había adquirido. Eran casi todas. Había voces, ecos, caras, siluetas, sombras, pasillos y fuego. Había dolor, había surcos en la piel, había gritos, pero nada de eso le pertenecía. La piel no era suya, las siluetas no eran ella, las voces no eran la de ella. Sabía nombres, algunos, palabras en idiomas desconocidos, textos que podía recitar sin conocer el autor o el título. Oía pasos en un plano distinto, desconocido. Olvidado. — Geshë. — La voz de Alekséi la despertó. Fue gentil, suave, juvenil, en un idioma que ella conocía sin saberlo, una palabra incompleta. Albanés. A él lo conocía también, pero el chico jamás le dijo nada.

Alzó la mirada y encontró los ojos azabaches del tabernero, del inmortal que tomaba las riendas de la taberna cuando ella no estaba.  — ¿Está aquí? — Inquirió. La mujer se llevó dos sorpresas. La primera fue notar cómo su voz, a diferencia de Alekséi, rompía el silencio pese a pronunciar cada una de esas dos simples palabras con suavidad. La segunda fue notar que la habitación estaba intacta, sin objetos rotos, sin fuego.  Se levantó, entonces, al ver que el inmortal asentía a modo de respuesta y, tras deshacerse la trenza holgada que se había hecho durante sus horas de ensimismamiento, giró levemente su torso en dirección a donde estaba situada la cama. Contempló en silencio la escena que tenía lugar sobre las sábanas, digna de una pintura, durante unos segundos. Era un hombre tendido a medio cuerpo sobre el colchón, con la piel de su cuello desgarrada y su sangre, que horas atrás habría corrido libre por las sábanas, endurecida en la tela, alrededor de él y sobre su piel. Exhaló una sonrisa ladina al ver cuánta sangre había sido desperdiciada por su osadía y se volvió al frente una vez más, a fin de caminar hacia la puerta.

Su mirada se llenó de vitalidad y de astucia apenas divisara a su aliado desde las escaleras. — James. — Lo llamó, anunciándose, con esa sonrisa felina que el hombre le inspiraba. Él conocía su nombre, fue el primero en tener la dicha de escucharlo sin antes probar su valía, y ya habían compartido ganancias, ¿para qué detenerse en las formalidades? — Qué gusto verte en una pieza. — Sus ojos se clavaron en aquella mirada con la que compartía el azul al tiempo que recibía las llaves de otra habitación. Ahí podían saludarse con suma tranquilidad, como si no hubiese nadie más en la taberna, pero el capitán sabía que todos los asuntos la vampiresa los trataba en privado, especialmente siendo él un humano y Sombra del Edén un nido de vampiros, más que de otras razas. Así que, sin decir nada, le indicó con un movimiento de cabeza que la siguiera escaleras arriba. Una vez en la nueva habitación, se giró para mirarlo nuevamente. — ¿Qué tal ha ido tu visita a Arcadia? — Inquirió con aquel aire de satisfacción de aquellos que se adelantan a una respuesta y celebran el éxito con orgullo en su mirada.







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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por J. William Reed el Mar Jun 14, 2016 4:38 pm

Solo existía una persona sobre la faz de Pandora, en la Tierra, que esgrimiese ese nombre con tanta libertad. Curiosamente, nunca me molestó. Quizá formaba parte de ese acuerdo tácito, la única manera de que, para mí, tú fueses realmente "la jefa". Nunca me había importado especialmente como me llamasen, había tenido apodos que ninguna dama, por muy implacable que fuese, debía pronunciar. Tú decías mi nombre con una familiar cortesía a juego con la sonrisa que tendía a flotar como un estandarte en tu rostro que daba un nuevo significado a la vida después de la muerte.

-Jefa. -Correspondí a la curva que se asomó a tus labios, apoderándose la sonrisa en los míos también. Sé que no hacía falta que me dirigiese a ti de ese modo pero conocía tus reparos a pronunciar tu nombre ante el público aunque conocía hombres que matarían por poseer esa información y ser capaces de susurrártelo al oído.
No pude evitar la carcajada que se escapó de lo más profundo de mi garganta, de buen humor mientras extendía mis brazos para que pudieses apreciarme mejor. En realidad, sí que me conservaba de una pieza pero debía reconocer que por un momento no pensé que jamás volvería al mar así. Había necesitado un lento viaje sobre tierra de Arcadia allí para reponerme de unas heridas que sabía que ante la brisa salada del puerto se curarían mejor. Aunque, regresar vivo ya tenía su propio mérito.

-Estoy tan sorprendido como tú. -Arqueé ambas cejas al son de una expresión juguetona, mi eterno gesto junto a la permanente sonrisa que más de uno podría calificar de bonachona... hasta que los buques de guerra entraban de juego y el alarido pirata se entonaba al son de los aceros chocando en la proa.

Te seguí, Helena, ignorando las miradas que parecían seguirnos subrepticiamente para acabar en aquella habitación, acostumbrado a que los negocios se llevasen a cabo allí. Incluso me tomé la libertad maleducada de dejarme caer en la silla. No tenía porque fingir ante ti cuando ya habíamos demostrado mutuamente que aquella relación de negocios era fructífera. A pesar de ser un humano, conseguías que a tu lado estuviese más tranquilo, quizá porque siempre nos habíamos dado beneficios, porque eras la mujer más racional que conocía. Lo cual no hablaba muy bien del resto de mujeres, por cierto. Eráis una bendición diabólica si le preguntáis a este vulgar pirata.

-Encontramos el tesoro. -Usé el plural para que lo captases, reclinándome en la silla mientras oteaba la estancia con la muda pregunta en mi semblante: "¿Dónde está el ron?"- ¿Dónde está el ron? -Yo funcionaba en estereo, para que nos vamos a engañar. Soy un hombre sencillo.
Me retiré distraídamente el pañuelo rojo que envolvía mi cabeza, frotándome con él las ojeras que se pintaban bajo mis ojos azules solo para después dejarlo caer sobre la mesa, despreocupadamente, en compañía de mi brazo.

-Había más de lo que imaginaba, lo cual fue una suerte porque tenía una acompañante que adora lo brillante. -Me encogí de hombros- No puedo creer que los lobos dejasen en medio de la nada en ruinas todo aquello... aunque no dudaron en tratar de reclamarlo y, me temo, Helena, que querrán hacerlo más adelante. -Poco a poco, de mis labios se adueñó una sonrisa distinta, desafiante que hizo relampaguear con un brillo oscuro mis pupilas clavadas en ti- Dudo que en alta mar intenten nada pero... tú estás aquí. -Un aviso estúpido, ¿verdad, vampiresa? Existían pocos personajes capaces de insuflar más respeto que tú y solo un perro contagiado de la rabia pisaría la taberna. Claro, que precisamente así estaban: rabiosos. Eran posesivos, podía entenderlo.




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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Jun 18, 2016 8:49 pm

Examinó velozmente la habitación con la mirada tan pronto la puerta se abriera ante ella. Era parecida a la alcoba que solía ocupar y lo suficientemente distinta como para sentirse cómoda ahí, para no interrumpir sus asuntos con William a causa de lo acontecido semanas atrás. De cualquier manera, era difícil que aquel pirata dejara espacio en la mente de la mujer para cualquier otra cosa, pues le era grato encontrar en Pandora un ser que no se inhibiera, que tuviera la osadía de ser el mismo, de ostentar descaradamente su libertad y sus modos. Lo conocía bien, desde luego, y conocía sus demandas antes de que pudieran reflejársele en el rostro. ¿A quién más le permitiría semejante comportamiento en su presencia? A nadie más. El humano sin duda contaba con el favor de la mujer y quizá la atención que le proporcionaba era similar a la que daba a Alekséi. Si encontraba en su camino algo que fuera de beneficio, se acordaría siempre del pirata, como ocurrió con el bergantín robado a los traficantes de humanos.

Al tiempo en que Reed tomaba asiento, los pies de la mujer ya la habían conducido hasta el mini bar, en cuyas repisas se encontraba una minúscula colección de licores varios contenidos en botellas medianas. Mientras buscaba entre las botellas el ron, emitió un sonido con la boca, dándole a entender al humano que continuara hablando de ese primer asunto. La pregunta por el licor la pasó por alto, no era necesario responderla si el hombre podía ver que ella se le había adelantado.

Mientras escuchaba, tomó una botella y otra, ambas de ron, y las examinó por un segundo para finalmente dejar una de ellas de vuelta en el estante. Tomó un vaso de cristal, que era meramente un extra, una simple formalidad que el hombre podía descartar si le venía en gana. Posteriormente, colocó ambas cosas a la mesa y tomó asiento frente a él. De sus ojos no se había apartado ese brillo de satisfacción y en ellos podía leerse también una sonrisa que no figuraba en sus labios. — Si supieran que hay más en juego, no se arriesgarían, por lo que su ignorancia nos ha favorecido — Celebró al tiempo que se reclinaba, cruzando una pierna sobre otra. Así eran los negocios entre el capitán y la inmortal, ella le revelaba la ubicación de grandes tesoros a cambio de una porción y un servicio, de una misión que el hombre debía cumplir por una suma exorbitante de dinero que conseguiría en el acto. En esa ocasión, la ubicación revelada había llevado al pirata a la región de los licántropos y había ocasionado los suficientes estragos como para dar actividad a la zona, un punto peligroso para aquellos que supieran de estrategias. Además, si el hombre había presumido lo suficiente la daga que le obsequió, los licántropos darían fácilmente con ella al reconocerlo como aliado suyo. — No veo motivo para preocuparnos por su llegada, puesto que me ha ahorrado el trabajo de buscarlos, sin mencionar que es una gran ventaja tenerlos aquí que en su propio territorio. Pero antes de enfocarnos en las ganancias, necesito saber cuántos eran y cómo fue que lograste regresar en una sola pieza — Finalizó con una sonrisa ladina en sus labios rojos. — Desde luego, no te enviaría a un lugar del que no pudieras volver — Recalcó como si realmente fuera necesario. Sabía que Arcadia era una de las regiones a las que más difícil era acceder, más aún para un ser desacostumbrado a estar en tierra firme, por lo que intuía que la mencionada compañera tendría parte de ese mérito.







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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por J. William Reed el Mar Jun 28, 2016 6:35 am

Para mí, el amor debía ser muy parecido a ver a una mujer servirte tu bebida favorita. El paraíso debería asemejarse mucho a esto. Puesto que había asumido que cuando mi cabeza rodase por el suelo no habría lugar de paz para mí ahí arriba y me esperaba sobrevivir en otro purgatorio, tenía que que disfrutar aquellos momentos fugaces. Mi vida se componía de esos malditos momentos fugaces. Todo el tiempo. Reitero: soy un hombre muy simple.
Obvié el vaso de cristal, mis dedos se engancharon en una postura natural alrededor de una de las botellas de ron y en un camino conocido, extremadamente familiar, la llevé a mis labios y le di el primer trago pero jamás el último. Levanté ambas cejas hacia ti, jefa, asintiendo lentamente con la cabeza en una evidente señal de aprobación. Sabía que no tendría ningún efecto sobre ti el alcohol, que tú no necesitabas algo así para mantenerte en pie y recargarte, no, lo tuyo era una sustancia mucho más peligrosa y más adictiva. Algo que yo, probablemente en tu lugar, no haría ningún esfuerzo en reprimir de la forma tan civilizada que tú parecías desenvolverte en el mundo, mera fachada o no. Pero que puedo decir, Helena, tenías un gusto estupendo para un canalla como yo.

La sonrisa se hizo lugar en mi rostro al oírte. Como mecenas, eras lo más legal que existía en Zárkaros y si bien eso me sorprendió en primera instancia, a día de hoy era nuestro acuerdo tácito. Vampiresa, siempre habías hecho honor a nuestros tratos, tus palabras ante mí siempre eran francas. No estaba seguro como habíamos acabado ante esa alianza, pero había pocas cosas sobre tierra firme a las que me atreviese a otorgar tal lealtad.

-Porque la vida es una zorra posesiva y no le gustaría verme en manos de su peor enemiga y mira que no será porque no he tentado a la muerte. -Comenté al son de un deje divertido aunque había que reconocer que si a día de hoy estaba de una pieza era gracias a Moana. E, igualmente, el camino de regreso a mis aguas, en el tiempo que habíamos tardado en recorrerlo había significado para mí la diferencia entre la vida y la muerte. Aún si me movía me dolían las marcas de las garras que se habían hincado profundamente en mi costado... pero no podía quejarme, honestamente, eran heridas de guerra y su huella quedaría ahí para la posteridad. Al menos respiraba, ¿no?
Aparqué la despreocupación de mi semblante, tornándolo más serio si bien la sutil curva seguía coronando mis labios inexpugnable mientras levantaba los ojos hacia tu rostro marfileño.

-Me consta que nos siguen cuatro cazadores de una manada, la más cercana a las ruinas. Consideran el botín de su propiedad y ya sabes lo ofensivo que le resulta a los lobos aquello que creen que les pertenece. Mi aliada se supone que ha estado despistándolos pero no tardarán en asomar las narices por aquí en cuanto recaben algo de buena información, de hecho a juzgar por los rumores del puerto, ya están aquí. -Me encogí de hombros sin darle mayor prioridad, al menos en el sentido de que aquello había sido inevitable. Moana solo había podido conseguirme algo de tiempo para prepararme y para alertar a Helena- Técnicamente, regresé de una pieza por los pelos. Si hubiese estado solo, quizá no me volvías a ver y sé que a ti te incomodaría y partiría el corazón de la mitad de las putas del puerto, así que... por no darte mayores disgustos ni a ti ni a nadie... -Sacudí la cabeza- Una loba me acompañó. Una historia interesante, ella misma sin saberlo se presentó al honor tras colarse en el Hawk Silver. Sin ella probablemente no estaría aquí.




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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Jul 09, 2016 1:42 am

Helena era, por lo general, una mujer celosa con sus propios gestos. No se daba la libertad de expresarse abiertamente en aquella tierra de nadie, pues cualquier aspaviento podía convertirse en el arma de su enemigo, podía revelarse a sí misma a ojos indignos. Pero nada de eso era necesario ante aquel mortal que se presentaba a sí mismo como un perfecto canalla, de modo que pudo responder a su ademán de aprobación guiñando un ojo con falsa soberbia, sin preocupación alguna. ¿Creía acaso que ella en sus años de inmortal no conocería el sabor del licor, que dependería, tal vez, de su olfato para distinguir el buen vino del malo? No, a ella le gustaba el alcohol tanto como a los mortales. Sin embargo, se había deleitado recientemente con la sangre de un hombre y no deseaba menguar el placer que persistía en ella a causa de acompañar al pirata en la bebida.

La sonrisa que desde el principio coronó sus labios, adoptó un aire socarrón ante la respuesta del humano. No iba a negar que le alegraba que la vida fuese tan zorra como él aseguraba y que Arcadia fuese un sitio peligroso incluso para alguien como ella. Buena la hora en que su acompañante se presentó ante él para asegurar el éxito de la expedición. Cabe resaltar que William era un hombre libre, un hombre capaz de tomar decisiones por cuenta propia y conocedor, aunque en lo mínimo, de las regiones que dividen Pandora, por lo que la inmortal no iba a agobiarse por haberlo enviado al territorio de los licántropos ni atormentarse jugando a saber cuán marcado habría quedado aquel cuerpo incapaz de consumir cicatrices.

¿Cuatro cazadores? ¿Cuatro contra todos en Sombra del Edén? O confiaban plenamente en que sólo perseguían a un joven humano o eran lo suficientemente listos como para simplemente rastrear la zona y volver. Pero no había modo de responder a aquello sin tener a esos supuestos cazadores ante ella. La sonrisa en sus labios menguó sutilmente conforme meditaba en las palabras de Reed y se levantó de su asiento a fin de atravesar la habitación hasta la ventana. — En ese caso, habrá que darles una bienvenida — Indicó dándole la espalda al capitán. El panorama que ofrecía la abertura en el muro era distinta a la que tenía en su habitación, no veía los mismos edificios ni la misma área, pero ni siquiera en su pieza habría sido capaz de abarcar una buena parte del puerto con la mirada. Por otra parte, más que pretender percibir la presencia de los lobos en Zárkaros, buscaba más bien cerrar las puertecillas de las ventanas. No obstante, postergó su objetivo un momento, deteniéndose a contemplar el exterior a medida que continuaba escuchándolo y fueron sus siguientes palabras las que la hicieron girar con una risa suave escapando de sus labios, sin interrumpir su discurso, sino mirándolo con aire inquisitivo. ¿Las putas con mayor favor que ellas? Por favor. Las mujeres del pirata no lo lamentarían tanto como su mecenas, como aquella a la que proclamaba como jefa. Pero, claro, nada era literal, no todo era completamente serio si salía de labios de James, aunque gozaba de sus excepciones.

Suena interesante, sin duda — Concedió tras cerrar la ventana y volver sus pasos hacia la mesa. — ¿Vas a contármelo o hay detalles que no deseas compartir? — Inquirió a modo de broma mientras retomaba su lugar ante él. — Aunque siempre tienes la opción de atender antes a tus visitantes. No estoy particularmente ansiosa por quitármelos de encima y tampoco están cerca, así que siéntete con la libertad de proceder en lo que tengas que decir. — Si no mal recordaba, aún no había compartía con él sus intereses respecto a la expedición, aunque estaba más que claro que no era monetario. Sin embargo, ¿qué más podía desear de Arcadia teniendo ya una alianza importante con la manada de Kirgyakos? Quizá buscaba favorecerlos en tanto a territorio o quizá buscaba favorecerse a sí misma con el exterminio de ciertos licántropos. Cualquier razón era válida y cierta, en realidad. Demasiado temprano aún como para pretender definirla para él.







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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por J. William Reed el Mar Sep 13, 2016 7:15 am

¿Y quién sabía mejor que tú, jefa, lo que significaba el concepto "dar una bienvenida"? Contemplé tu silueta contra la ventana abierta de par en par. Supongo que no era ni la primera persona ni la última que tenía la impresión de que no era solo la dueña de una taberna con negocios astutos y turbios entre manos. No pertenecías a mi mundo, simple y llanamente, por pez en el agua y alcohólico en una destilería que te sintieses en él. Solo había que mirarnos. Todo el puerto se había criado entre suburbios y la vulgaridad, todos teníamos en realidad esa huella de supervivencia forzada marcada en los ojos que salía a relucir a menudo, algo sucio y burdo que nos hacía acabar felizmente abordados por un vaso de alcohol como máximo consuelo. O quizá solo fuese yo quien aceptaba de buena gana ese destino, me parecía más libre que el de la mayoría. Sabía hasta donde había llegado y que no era usual, sabía a quien se lo debía y tú figurabas, vampiresa, en un puesto principal en aquella lista. Pero tú conocías los entresijos, había algo de nobleza en tus facciones y ademanes que nada tenían que ver con la elegancia que acompañaba a los de tu especie. No te contentabas con un día más, exigías más. No eramos únicamente razas diferentes, eramos clases opuestas. Y sin embargo ahí estábamos. Y joder, nadie conocía mejor que tú el ron que me conquistaba. Siempre era un placer aquello.

-Por desgracia, salvo los de mis aventuras nocturnas, existen pocos detalles que no compartiría contigo. Y porque eres una dama, jefa. Hasta los contrabandistas respetamos eso. -Alcé la botella en tu dirección, brindando silencioso por ello y por tener algún valor al que aún me podía aferrar- Moana, la loba que me acompañó, quería robar en el Hawk Silver. Conseguirlo fue su prueba y tengo que decir que tiene unas manos muy habilidosas. Lástima no saberlo de primera mano. -Bromeé con sorna, con una complicidad indecorosa que nunca controlé y que me había coronado y llevado a la perdición en igualdad de condiciones- Nos pusimos en camino hará tres semanas y tengo que decir que la tierra firme, definitivamente, no es para mí. Manejar un barco es más fácil que comprender a una mujer. Al menos ella tenía agallas y conseguimos llegar hasta las ruinas sin contratiempos, pero una vez allí, estalló la pólvora. -Moví el vaso, el líquido ambarino lamió las paredes de cristal en las que se hallaba prisionero antes de encontrarse con mi boca en un largo trago- Nos descubrieron y te puedes imaginar el gran recibimiento. Hubo varios enfrentamientos en los que se hubo que abrazar la noble tradición pirata de huir con todo lo que llevabas encima pero eso no evitó más encuentros en lo que saliamos de su territorio. Aún quedarán cosas allí pero aquí nadie se conforma con poco. Por suerte, Moana tenía nociones de curandera, nos las apañamos. -Resumí con un engocimiento de hombros- Pero ya conocemos el punto exacto para la próxima incursión. -La promesa de un segundo recorrido brilló en mi ladina sonrisa- Y antes habrá que hacerse cargo de la visita. Sé que tienes unos modales intachables y que se sentirán muy halagados por tanta atención los cazadores. -Afirmé con una alegría despreocupada.
No sé cuanto tardarían en presentarse allí, tú parecías tranquila, motivo más que suficiente para estarlo yo también, aún con la cuenta atrás a nuestras espaldas. En realidad, tenía hasta unas siniestras ganas de ver a esos tipos y no tanto por afán de una vendetta que, realmente, me era indiferente. Pero, en visión de negocios, facilitaría la próxima vez que deciesemos ir a Arcadia a llenar las arcas. Y, haciendo gala a la verdad, un hombre como yo no desperdiciaba un buen espectáculo ni formar parte de él.

-¿Alguna novedad por aquí? -Me aventuré a preguntarte, volviendo la vista de nuevo hacia ti, si es que alguna vez la había apartado.




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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Oct 08, 2016 8:25 pm

Sonrió satisfecha ante la pregunta del hombre por el que gustosamente respondía como mecenas y como protectora. Y es que en los negocios es importante no guardarse nada y porque también le gustaba ser considerada primero como una dama y después como la perra despiadada que algunos le daban por nombre antes que Helena o Corso. No había modo de negarse a esa verdad que muchos confesaban a modo de reproche en su último aliento, puesto que la vida en Pandora siempre se le figuró ser un juego y a nadie le gustaba ser apartado del tablero en ningún momento de la partida por pésima que fuera la jugada.

Con la misma atención que no hace falta describir como absoluta, escuchó a James recargada en su asiento, con la mirada fija en él a medida que recibía cada palabra que escapaba de su boca. Y aunque su mente seguía presente en el relato del capitán, parte de ella estudiaba sus rasgos, buscando recordar aquel día en que lo tuviera por protegido, contemplando ese brillo descarado en sus ojos que la atrajo desde el principio. Si atendía a las relaciones naturales entre razas, lo normal es que ese hombre no figurara entre sus consideraciones, que no le permitiese vivir ni que privase a sus hombres de hacerle mal alguno. Lo normal era que lo dejase vivir su vida y no que lo guiase a tesoros sustanciosos, lo normal era que permitiera al destino hacer lo suyo y no que ella decidiera tomar cartas en el asunto.

Desde luego. Una segunda incursión puede ser más complicada que la primera, así que conviene tratarlos bien cuando se presenten aquí. — Respondió con jocosa ironía. De esta manera quedaba todo asegurado y un segundo viaje prometido. Quizá deshacerse de cuatro licántropos no menguaba significativamente la cantidad de lobos que custodiaban el tesoro de las ruinas, incluso tal vez los arcadianos los echarían en falta y esperarían un segundo ataque preparándose lo mejor posible. Por otra parte, enviar a cuatro lobos para cazar a dos presas anunciaba un número no muy grande de enemigos allá en las tierras de Licaón, si lo que pretendían era, además de darles caza a James y a Moana, recuperar la fracción robada. Ya mediría las fuerzas de sus oponentes para juzgar la clase de enemigos que los esperaba en Arcadia, mientras no había necesidad de adelantarse a nada.

A montones — Respondió refiriéndose a las novedades por las que preguntaba su protegido —, pero las que valen la pena contarse son pocas. — Por un momento dio la impresión de continuar dando respuesta a la pregunta del capitán, pero se distrajo. Apartó la vista de él y la clavó en la nada y, al cabo de unos segundos, una sonrisa maliciosa se dibujó prometedora en sus labios. — Mis relatos son aburridos, James. En cambio he de ofrecerte algo mejor, que es la prueba de tu éxito en Arcadia — Añadió a medida que se ponía de pie. ¿Bastaba, acaso, más precisión para anunciar la llegada de los licántropos a la taberna? Ella desde ahí podía escuchar todo lo que sucedía en el piso inferior e incluso lo que ocurría fuera de Sombra del Edén. Sentía la inquietud del exterior, el perfume de los árboles de Arcadia mezclarse con el olor tan característico de los licántropos, el cual se negaba a ceder a los olores del puerto y de la brisa lejana del mar.







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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por J. William Reed el Dom Nov 20, 2016 5:11 am

Ojalá estuviese tan bien educado como tú, jefa, para dar esa clase de bienvenidas. Al menos, con la misma elegancia. Bien podrían un lobo franquear el marco de entrada de Sombra del Edén y acabar con un puñal de plata hincado en el corazón en un episodio trágico y fugaz y sería hecho con tal limpieza que nada tendría que ver con una carnicería en el Hawk Silver. De hecho, si no tuvieses tu reputación cargando sobre esos finos hombros, si no te hubiese visto esgrimir tu astucia como una auténtica mujer de negocios, no habría apostado con que tu mancharías tus gráciles manos. Pero había trabajos que había que hacer uno mismo para que saliesen bien, ¿verdad?

Aproveché para ahogar mi garganta en alcohol, emitiendo un gruñido de placer. Sí, había que reconocer que constantemente me debatía entre mostrarte un constante respeto, jefa, pero que siempre fui un hombre de tabernas pendenciero y aunque intentase comportarme ante una mujer como tú, uno tenía sus límites cuando estaba tan relajado. Algo que no tendía a permitirme cuando se hablaba de negocios pero supongo que contigo era demasiado fácil y no estoy seguro en que momento comenzó a pasarme eso.

-Jefa, dudo que algo que te haya sucedido pueda catalogarse tan fácilmente en "relato aburrido". -Arqueé una ceja en tu dirección, con toda la seguridad recayendo en cada una de mis sílabas. Seamos honestos, no eras precisamente una dama que permitiese que algo monótono y normal reinase en su vida... pero respeté tu silencio. Mi lengua era suelta, más sabía que la tuya jamás y ya sabía que ver tu sonrisa de aquella manera no estaba al alcance de demasiados, nunca presionaría más. O sí, pero hasta arriba de alcohol y entonces tenía el perdón de dios o lo que diablos que hubiese ahí arriba.

Se me iluminó la cara cuando mis labios se curvaron ante tus palabras, no fue una sonrisa meramente alegre. El siniestro placer de un espíritu libre y camorrista se dibujó en ésta antes de empinar de nuevo el codo en u último trago de ron antes de abandonar la botella a la intemperie de la mesa. Una crueldad si me preguntáis.
Me levanté bruscamente, provocando un leve empujón contra la silla que sonó escandalosamente al ser arrastrada por el suelo mientras asentía con la cabeza y me dirigía a la puerta, abriéndola. Te lancé una mirada chispeante cuando me incliné, haciendo una reverencia para permitirte el paso a ti antes.

-Las damas primero. -Sonreí, franqueando la puerta hacia el bar solo después de ti.




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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Dic 12, 2016 10:26 pm

El olor a ron era uno de los sellos distintivos en la esencia del capitán y los licántropos tienen un olfato envidiable. Si eran lo suficientemente listos, estaban siguiendo el rastro que habían memorizado en su propio territorio y con ello habían conseguido dar con la posada. Era una conclusión bastante generosa para sus oponentes, pero nada garantizaba que fuera de tal modo. Ni siquiera había garantía de que, al verla, los hombres lobo se dieran cuenta de la jugarreta de la que eran presa ni que se dieran cuenta que llegar frente a la inmortal era todo a causa de una venganza personal en la que la mujer no había puesto mucho empeño. O quizá sí. Había proporcionado un dato importante a un amante de los motines y ese amante había logrado salirse la suya, incluso con la promesa de volverlo a hacer en un futuro.  No era tan complicado darse cuenta de que aquello, en menor o en mayor medida, había sido calculado con antelación, que alguien como ella conocía ya el efecto de un robo en posesivas criaturas y que no había nadie mejor que James para llevar a cabo semejante trabajo.

Eres demasiado bueno conmigo, James, pero Pandora llega a ser bastante aburrida cuando comprendes su juego — Quizá una explicación, el trasfondo de todo aquello, estaba lejos de catalogarse como algo aburrido o tal vez sí. A ella, cuando menos, le aburría sobremanera lidiar con asuntos diplomáticos cuando se trataba de un caso perdido o cuando involucraba a cualquiera de los habitantes de Bran.  Corso hacía todos sus acuerdos según la utilidad que podían ofrecerle, de cualquier ventaja que pudiera sumarse a las que ya poseía, pero no era una mujer insensata que se dejase guiar por un solo factor. Alguien como Reed comprendería que en los negocios intervienen una infinidad de factores, que no todo podía cargarse sobre la ganancia, sino en los medios y en los riesgos, en la otra parte del trato, en la boca que exigía la colaboración de una mujer así.

Respondió a la reverencia del capitán –cómo disfrutaba refiriéndose a él de este modo– y devolvió con su mirada la misma chispa que había en los ojos ajenos, la misma sonrisa de complicidad que acordaba tácitamente disfrutar de la aparición de cuatro enemigos imprudentes. Entonces atravesó el umbral de la puerta y a medida que bajaba por las escaleras fue sumergiéndose en la tensión que provocaban sus visitas en el piso inferior, rodeado de inmortales en espera a una señal para abalanzarse contra la amenaza. Los licántropos parecían particularmente interesados en la tripulación del Hawk Silver que disfrutaba de las cortesías de la taberna, esperando que aquel aroma que desprendían se relacionara con la persona buscada. — Bienvenidos a Sombra del Edén — Dijo Helena anunciando su llegada con sorna, mirando fijamente a uno de los intrusos. No iba a negar que deseaba exterminarlos en el acto, que no toleraba jamás una falta a los suyos, mucho menos en su territorio, pero había prometido entretenimiento y qué mejor despedida para ellos de este mundo que morir a manos de Reed y Corso, ambos bandidos, a fin de cuentas. Además, la presencia del capitán y de la jefa disminuyó el riesgo de una naciente rencilla entre piratas, vampiros y licántropos. Ellos no tenían por qué involucrarse en los asuntos de los mayores, no tenían por qué sufrir por un combate que no les pertenecía enteramente.
 
Los visitantes reconocieron en el acto al humano que estaban buscando, pero se sorprendieron al encontrarlo con una acompañante que no esperaban ver. No se molestaron en ocultar su insatisfacción, ellos querían encontrarlos a ambos de una misma vez y terminar pronto con la cacería e invertir un poco más en la venganza. Sin embargo, sabían que no era prudente abalanzarse en el acto contra el humano, no mientras a su lado estuviera una mujer cuyo rostro y perfume reconocían. Un gruñido expuso la dentadura del que parecía ir a la cabeza de ese grupo, expresando así que era medianamente consciente de quién era esa mujer. — ¿Quién diría que ese ladrón ha venido a refugiarse contigo? ¿Esto es lo que haces cuando las cosas no van a tu favor? — Inquirió el licántropo, a lo que Corso respondió con una sonrisa inocente y comenzó a acortar distancia con el enemigo, como si jamás hubiese pensado en atacarlos. — Todas las cosas funcionan a mi favor — Respondió y a continuación se encogió de hombros, fijando su mirada en los ojos ajenos en una clara amenaza cuando su voz continuaba siendo sedosa —, simplemente algunas toman un poco más de tiempo. 


Última edición por Helena D. Corso el Mar Ene 10, 2017 3:30 pm, editado 1 vez







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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por J. William Reed el Miér Ene 04, 2017 8:56 am

Oh, no, jefa. No para mí. Quizá mi tiempo en aquellas tierras era tan solo un parpadeo para una criatura como tú, puede que simplemente tus ambiciones estuviesen a eones luz de las mías y exigiesen unos juegos más diplomáticos que un grito de batalla en un abordaje pero Pandora era todo lo que conocía y, escoger explotarla, era estar constantemente en una ruleta rusa. Había oído hablar a pobres almas condenadas de ese mundo exterior, de sus comodidades, de su seguridad... y, por por todos los dioses ahogados, eso si que era anodino. Así que, ¿qué demonio podía quejarse de habitar un infierno? Sácale partido. Ambos sabíamos que tú lo hacías.

Nunca fui un hombre dado a pasar desapercibido. Y no, mi presencia no llenaba el local, no contaba con la envergadura de un poder superior, no tenía ningún as bajo la manga en cuestión de estrategias aunque éstas me hubiesen ayudado a lo largo de mi vida. Que va. ¿Pero sois conscientes de lo extraño que era ver a un humano sonreír deliberadamente con el descaro de quien lo tiene todo bajo control? ¿La curva canalla que se esgrimía como una bandera pirata en mi faz? Era un efecto del que me había dado cuenta hacía mucho tiempo, cuando aún el título de capitán no se me había otorgado, cuando no era nadie. Y ahora estaba ahí, apoderándose de mi despreocupado rostro. Varias miradas de los miembros de mi tripulación volaron hacia mí, alternándose hacia Helena. Ellos nunca sabían exactamente que es lo que nos proponíamos cada vez que nos juntábamos, nadie lo podía en duda sin embargo cuando recibían el buen trato en Sombra del Edén y además salíamos con nuevas rutas. Comprendían los negocios, no la naturaleza de nuestra relación. Y, en un principio, incluso yo asumí que aquello era exclusivamente tratos entre dos interesados. Pero luego te conocí, jefa. Te ganaste tu título. El respeto era algo difícil de conseguir en aquellos puertos, lo único que todo el mundo realmente comprendía y por lo que incluso una puta del puerto o la sabandija más ratera del lugar podía intentar conseguir. Y con toda la dignidad de una reina podías vender tu cuerpo mientras que con toda la deferencia de un buscavidas podías vaciar unos bolsillos. Entre malditos e inadaptados también existían sus normas, sucios y legales instintos de supervivencia.

-Caballeros. -Incliné la cabeza, con retorcido buen humor. Dos señales lanzadas: "volved a lo vuestro" a mis hombres, "os estaba esperando" a los lobos. Por mi parte, en el último escalón, apoyé mi codo en la barandilla mientras mis ojos te seguían, vampiresa. Al menos, hasta llegar al aparente líder de los hijos de la luna. Joder, mi última experiencia con ellos aún hbía dejado huellas por mi cuerpo. Cabe decir que, aún así, la celebración del regreso supo a ambrosia de los dioses. Una tripulación sabía dar la bienvenida como nadie, a pesar de que uno llegase completamente destrozado. Y, de nuevo, le debía más de lo que querría a Moana- ¿Os conocéis, jefa? Que cómodo, nada de presentaciones. Que corra a mi cuenta la siguiente ronda de ron. -Y lejos de ser un farol, el hombre de detrás de la barra asintió y empezó a servir para jolgorio de mis grumetes. Nadie tocó cuatro de los vasos, destinados a los recién llegados. ¿Veis? Respeto. Sabíamos lo que significaba.
Al fin me reuní con todos, los gruñidos guturales de los amenazantes lobos coreando de fondo como una banda sonora poco frecuente en la tranquilidad que significa aquella taberna en mitad del escándalo del puerto.

-Sabes lo que significaba adentrarse en nuestro territorio. Son nuestros. -Los tesoros, Moana y yo. Nadie había estado nunca tan posesivo conmigo y ese tipo no tenía las curvas suficientes como para que un hombre de firme heterosexualidad se sintiese cómodo. Menos aún, sobrio como aún estaba. ¿Os dais cuenta de cómo remarco el "aún"? Considero que es sumamente importante. De veras.




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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Ene 10, 2017 4:09 pm

Para ella las cosas funcionaban así. Hacía negocios y si algo no salía bien, buscaba otros métodos, y cuando esos métodos implicaban más riesgos de los necesarios, entonces se colocaba a sí misma como una pieza más en el tablero. Primero determinaba el juego y después formaba parte de él. Y en ese momento ella estaba funcionando como una pieza, por eso estaba ahí, totalmente despreocupada con respecto a la presencia de los licántropos, puesto que así lo había previsto. Tampoco era realmente difícil adivinar los resultados del asalto. Por su parte, Reed terminaría beneficiado por aquel descubrimiento y Corso los forzaría a abandonar su territorio para así, de manera inconsciente, debilitar un poco aquella zona. En términos simples, oro y tierra. La manada de Quick se beneficiaría y, de paso, Corso tendría más posibilidades en Arcadia de las que tenía originalmente.

Así, la tensión entre los licántropos y ella se volvía más tangible, más evidente, conforme se iba prolongando en insignificantes segundos. En los ojos del enemigo podía leer ya la agresividad de sus futuras acciones. Sin embargo, la voz despreocupada de James arrastró por segunda vez la mirada de aquel licántropo que en silencio retaba a esa mujer que llamaban jefa. Ninguno de los cuatro pareció complacido con aquel cambio de humor. Esperaban arrastrar a ese canalla hasta Arcadia, completo o no, no importaba. Quizá codiciaban su vida más que el tesoro que habían conseguido sacar de la región. Y no estaba mal. Corso podía adaptarse, postergar lo inevitable un poco más con la falsa posibilidad de un acuerdo.

Esa sonrisa en sus labios, la misma que esgrimió al recibirlos, no desapareció en ningún momento. Era poco común que sonriera de ese modo, pero al mismo tiempo poseía un significado difícil de ignorar.  Claro que los conocía. No iba a enviarlo directo al suicidio, no. Ella conocía bien esa zona, por ello pudo decirle cómo encontrar lo que estaba buscando y por ello pudo enviarlo con la seguridad de que volvería triunfal. Y lo que era más, ella se había ofrecido para conseguir ese territorio. Necesitaba tener parte en esa pequeña conquista y una mujer tan ambiciosa como ella no puede negarse a una buena parte del crédito. Eso merecía un poco de whisky. No era complicado entender el ademán de su mano cuando se servía ron a la tripulación de Reed, al fin y al cabo, era y sería siempre su bebida predilecta.

Yo también he entrado al territorio de Equión, aunque eso no me hace su propiedad, ¿o sí? No son pocas las ganancias que obtendrían si eso fuese cierto, recuperarían más de lo robado, pero me parece que el trato que buscaba con tu alfa no tiene nada que ver con eso y justo ahora tampoco me interesa acordar nada. —  Replicó al recibir un vaso cargado de aquel líquido ambarino. — Te sugiero que prestes un poco más de atención a este sitio. Justo ahora estás en mi territorio y tus muchachos también. Y él — Añadió refiriéndose al capitán. — Supongo que también sabes lo que significa. — Pero no terminó la frase. No iba a entrar en ese juego de posesión. El mensaje era claro, así que se bastó con un trago de whisky antes de volverse hacia William — ¿Qué dices, James? No creo que deba permitir que estos caballeros te lleven a Arcadia.







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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por J. William Reed el Jue Mar 09, 2017 1:42 pm

Suponiendo, con mi mente privilegiada digna de un investigador, que Equión fuese el alfa de la manada en cuestión que rabiaba por mi compañera, el tesoro y por mí, dudaba que fuese la clase de tipo que fuese pudiese considerar jamás a una mujer como tú de su propiedad. Que decir tiene que tu habitual educación diplomática de alta cuna distaba de considerar que alguien pudiese poseerte. Nunca me había imaginado esa faceta de tu vida. Mientras yo frecuentaba con una sonrisa cada prostíbulo del puerto y conquistaba territorios nada vírgenes, nunca había visto ningún tipo de gesto por tu parte hacia nadie más que Aleksei. A estas alturas no había pensado jamás vuestra relación pero como se asemejaba más a la de un fiel vasallo, de esos difíciles de encontrar por Pandora, no me planteé que pudieses tener ningún trato "especial" con él. Pero todos teníamos ese tipo de asuntos, ¿no? Si no era el vampiro, ¿quién? Una mujer como tú no pasaba desapercibida fácilmente aunque si la mayoría de criaturas reaccionaban como yo ante tu presencia, era imposible verte con ese matiz. Supongo que nosotros siempre fuimos así, quizá si tu sonrisa hubiese sido más vulgar o tus palabras fuera de lugar, si no tuvieses el aspecto de una dama y la clase de éstas en tus movimientos, si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias... yo habría sido el primero en conocer el rechazo en tus manos. Sin problemas, además. Pero no eras una simple mujer, eras aliada, compañera de negocios, jefa. La lealtad que sentía por ti simplemente no podía ser confundida con otra cosa. Además, los lobos y los vampiros y demás, teníais que ser agotadores.

La gente tenia razón, ese pensamiento asaltó mi cabeza: no tenía un orden lógico de prioridades y si me apuras mi instinto de supervivencia era demasiado relajado en aquella ocasión para lo despierto que solía estar. Tener a un puñado de licántropos ante nosotros e hilar por ahí mis pensamientos decía mucho de la suerte que tenía en la vida. Mucha, por cierto, continuaba vivo aún cuando mi atención se dispersaba.

-¿Entonces de quién soy? No debería ir por la calle sin el nombre cosido a mi ropa. -Fruncí el ceño, fingiendo una confusión socarrona en sintonía con la sonrisa que se abría descaradamente paso en mi rostro mientras me unía a ti, jefa. Me planté a tu lado, brazos cruzados y los ojos azules oteando a los invitados furiosos. ¿Lo bueno de aquello? La torpe de Bishop no estaba ahí. De hecho esperaba que estuviese cuidando el Hawk Silver y limpiando la cubierta con la lengua si era necesario. No debí probar el ron antes de bajar, estaba claro que no estaba haciendo nada bueno por mi cabeza. Me sentía extrañamente disperso. Mea culpa, no del ron. Al menos no del último, porque llevaba todo el día empinando el codo- Prefiero tu compañía, jefa.Tu delicadeza es más fácil de tratar que la suya. -Comenté con un deje de humor en mis palabras si bien las expresiones de los lobos se endurecieron al comprender lo que significaba aquello: el fracaso de su misión. Con una tranquilidad que no sentía, prueba de ello mis músculos tensos bajo la tela de mi ropa, estiré el vaso y pegué un trago. Que no fuese mi mejor elección la de beber no era lo mismo que no hacerlo: prioridades en la vida muy malas, ¿recordáis? Y ese fue el grito de guerra. Supongo que aunque no era buena idea para los licántropos atacar allí, sus posibilidades no eran tan reducidas. Un puñado de vampiros quizá, menos que ellos, el resto mortales. Aún las cartas jugaban a su favor a simple vista. Que poco te conocían, jefa.
Mi primer impulso y creedme, ¡creedme! me arrepentí en el acto, fue lanzar el vaso que tenía en la mano contra la espalda del lobo que se abalanzó sobre mí, en un placaje que me derribó contra las escaleras y a él le dejó la espalda con los cristales firmemente clavados. Adiós al ron. El gruñido reverberó entre nosotros cuando asesté una patada y el local se puso patas arriba. Lo lamentaba por ti, vampiresa, aquel era el sitio más decoroso del puerto al menos en apariencia y se convirtió en lo habitual: un escenario de batalla campal. ¿Lo peor? Era lo normal.




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Re: Don't play the odds, play the man (Helena)

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Mar 21, 2017 12:26 pm

¿Ése era el pan de cada día? No. Sombra del Edén siempre gozó de una tranquilidad forzada, estructurada y bien vigilada por aquellos comensales que no gastaban su tiempo libre vagando en vez de ponerse al corriente con misiones y con la situación de aquel grupo de mercenarios bien preparado. Ellos eran los testigos innatos e infalibles de la taberna, estaban ahí incluso en el día, pero ocultos en algún lugar que nadie conocía ni hablaba a rumores. De ellos nacían nuevos trabajos, ellos escuchaban noticias y las más importantes se las comunicaban a aquella mujer que regía esa taberna como si fuese el más grande imperio y, a su vez, como si no fuese nada más que una carpa sin forma y sin razón de ser. Eran ellos quienes miraban fijamente a esos cuatro visitantes que llevaban deambulando quizá la mañana entera. Eran ellos los que pretendían acabar con la amenaza antes de que su líder tuviera que levantar siquiera una mano para defenderse. Y así como ellos esperaban la llegada del enfrentamiento, Corso aguardaba pacíficamente a que uno osara abalanzarse contra su protegido. Quería ver quién de ellos tenía el valor de ofenderla de manera tan directa y en su presencia, quería ver quién de ellos quería sufrir la peor de las muertes. “¿Entonces de quién soy?”. Ahí, de tu jefa, James. Ahí Corso podía hacerse dueña de esa existencia y disfrazarlo bajo un sentimiento de responsabilidad, también legítimo. Fuera no, aunque toda Pandora habría de responder ante ella si la suerte del bucanero llegaba a su fin.

La mujer sonrió complacida en cuanto el pirata tuvo preferencia hacia ella. Naturalmente. El hombre seguía aquella sátira montada para frustrar al enemigo, para fastidiarlo hasta que la rabia ofuscara sus pensamientos y no fueran más los guerreros que podrían llegar a ser si su mente estuviere fría como la de ella y como la de los inmortales que los observaban. Entonces, al fin, su ira estalló. Ahí estaba el lobo masoquista y el lobo que se fingía digno oponente de Corso. Los otros dos fueron invadidos por Alekséi y el resto de los muchachos. Aquel que pretendía derrotar a Helena dio batalla durante breves segundos, antes de que la mujer pudiera tomarlo por las fauces y arrancar su mandíbula mediante un leve esfuerzo. El protagonismo no le correspondía a él, sino al lobo que apresaba al capitán contra las escaleras, a ese cuya piel perforada se había impregnado con el perfume del ron y que ahora se mezclaba con el aroma de la sangre de los primeros derrotados. Fuera de ese lobo que pretendía asesinar a Reed, estaba otro vivo, cautivo bajo la sola orden de una mirada por las manos de los inmortales.

El arma vencedora y nada digna de la mano pálida que la empuñó fue un trozo de tela que fue a enroscarse en el cuello del licántropo. Con ello jaló a la bestia hacia atrás, obligándolo a perder el equilibrio y la atención que tenía sobre uno de los tesoros que había ido a cazar. Sin embargo, la espalda del enemigo no llegó a tocar el suelo ni por poco, fue un simple desbalance con el que retrocedió trastabillando. Y durante esa brevísima distracción, la rodilla de la inmortal se hundió en su estómago y después su codo conectó con aquella mandíbula aún unida a su dueño, siquiera por el solo pellejo. Así, dando esos golpes que permitieron su siguiente movimiento, hizo gala de sus pequeñas cuchillas, clavándolas repetidamente en el cuello del ya derrotado y sobre su pecho hasta que el cuerpo, inerte, no pudiera sostenerse más y cayera al suelo. Quedaba uno, pero su muerte había sido reservada a otro momento, por lo que, satisfecha, Corso se volvió hacia su protegido con una sonrisa, mirándolo como si en sus manos no hubiese rastro de sangre ajena, como si a sus pies no yacieran cadáveres y como si no hubiese uno más por juzgar. — Nos queda uno, James. Si no quieres un cachorro, me gustaría enviarlo como regalo de buena fe. Es probable que en Arcadia esperen el regreso de los cuatro, con o sin tesoro.







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