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De voces y silencio. // Helena D. Corso.

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De voces y silencio. // Helena D. Corso.

Mensaje por Invitado el Sáb Mayo 07, 2016 6:29 pm

El mundo es todo silencio. Un silencio que incomoda y hiere, que asfixia y quema.

Mi cabeza es todo ruido. Pensamientos que se mezclan con una vocecita chillona y repugnante que asalta las paredes del cráneo con enormes picos y excava, excava y excava infligiendo más y más dolor. Debería ponerle nombre a ese engendro que se enfrenta primero a mi conciencia y luego a mis pensamientos en una batalla sin ningún tipo de cuartel. Nadie puede imaginar el suplicio que es tener esa lucha constante dentro de ti. Te extirpa todas las energías, succiona hasta la más ínfima parte de tu mente. Y hay noches donde no duerme y sigue hablando en largos y macabros monólogos.

¿De qué te sirve ser noble y leal, Nadir? ¿Qué es la justicia sino un mero invento de los traidores? ¿Hay justicia en lo que te han hecho? ¿Existió algún motivo para la traición y el dolor que has padecido? Ni uno solo. Ni un puto motivo. Y ahora, tú, que estás respaldado por un sinfín de razones, te mantienes impasible y dejas que el tiempo te devore. Compadécete de ti mismo y sal, ¡véngate! Redímete. Si lo hicieras yo ya habría salido de tu cabeza. Sabes perfectamente que los recuerdos no te dejan vivir en paz, no te dejan seguir adelante. Estás anclado en el pasado…

Y así día tras día. Una guerra ética y moral, sin espadas ni sangre, solo pensamientos que entrecruzan y arrojan valores como hachas arrojadizas. Llevar todo esto en soledad es una tarea tremendamente difícil; tener un agujero en el pecho en vez de corazón también. Me obligo a seguir con mi existencia porque es mi deber, lo que la sociedad me ordena, lo que la gente me pide. La misma sociedad que muchas veces me oprime y desea cortarme las alas. ¿Volver a confiar en alguien? No. Un no rotundo, arraigado en lo más profundo de mi ser.

En el momento en el que el sol se desvistió tímido y anaranjado y se escondió detrás de las montañas, extendí las alas y salí de Mördvolathe con la necesidad de alejarme de las preguntas y del ruido, de las personas. Quejarse de la soledad y acudir a ella; benditas contradicciones.  Lo único que quería era subir y seguir subiendo hasta que no pudiera más. Las montañas, a lo lejos, se antojaban tentadoras y perfectas, con los hombros níveos al descubierto llamándome en susurros seductores. Silencio y soledad, locura y silencio.

Posé los pies y plegué las alas en una de las planicies entre los picos de la montaña. Desde allí la ciudad de las alturas se contemplaba en todo su esplendor. Me tomé un respiro. El pecho subió y bajó varias veces, todavía enfundado en la armadura ligera.  Moví varias veces las alas y disfruté del silencio, de los breves segundos de descanso que me dio la puta voz.

¿Te sientes bien, Nadir? No deberías. No deb…

-Cállate de una vez. Cállate de una vez y déjame en paz. No conseguirás nada ni hoy ni mañana. Cállate.

Y el comentario hecho en voz alta pareció amedrentarlo. Un escalofrío recorrió mi espalda e hizo que mirase hacia atrás. Entrecerré los ojos y esperé en silencio, buscando la figura de alguien o algo. No encontré nada. Volví a mirar hacia la ciudad y suspiré. ¿Estaría entre aquellos edificios la verdadera justicia? ¿Estaría entre aquellas calles el verdadero motivo para que siguiese viviendo? ¿O ese motivo se escap…

Tu motivo para seguir viviendo se lo folló tu hermano.


Dolor. Rabia. Impotencia. Angustia. Ira. Recuerdos y más dolor.  Me llevé las manos a la cabeza, haciendo presión sobre la frente y gritando para acallar las siguientes frases de la voz. Esa era su venganza, la tortura mental. En medio de la tormenta de palabras me dejé caer al suelo, de rodillas. Aferré los cabellos con fuerza y cerré los ojos, hiperventilando. Después de varios minutos así, de dolor y asco por unos recuerdos que me atormentaban, volvió el silencio.

Silencio… Y mis manos cayeron sobre mis muslos, los mechones se echaron hacia adelante y taparon mi cara. Dentro de mí, vacío. Por fuera, la actitud de derrota de un hombre solitario.  
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Re: De voces y silencio. // Helena D. Corso.

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Mayo 08, 2016 7:38 pm

Su mente era incapaz de concebir lo ocurrido en el páramo de Arcadia y apenas le era posible procesar lo que sucedió posteriormente, en el puerto de Zárkaros. Su carácter nómada la había seducido, exigiéndole perderse en las blancas montañas de Mördvolathe, sepultarse en su santuario y dejar que su mente trabajara en el caos que ella misma había creado. Esa mujer, que había luchado por conseguir el poder a lo largo y ancho de Pandora, no podía controlarse a sí misma. ¿Qué sucedió en el páramo? ¿Cómo llegó a convertirse en riesgo para esa persona que tanta ayuda le había brindado? Sin duda atribuía los sucesos a sus desesperados deseos por recuperar su memoria, por descubrir quién le había arrebatado su pasado y bajo qué argumento se habían atrevido a confinarla a la isla cual criminal. ¿Cómo podría continuar mirándolo cuando su cuerpo era testigo de la locura a la que ella se había entregado? Jamás había sentido semejante culpa. Nunca había sentido la necesidad de detener su mundo un largo tiempo, de escapar de sus dominios y confinarse a sí misma en el mismo sitio en donde guardaba celosamente sus tesoros. Así que, tornándose la bestia que encarnizaba lo terrible que podía ser, atravesó Pandora desde el puerto hasta las montañas, descendiendo y recuperando su forma humana tan pronto la nieve comenzara a teñir el paraje.

Caminó durante una hora o dos, pese a que pudo haber aterrizado frente a su morada. Necesitaba ese tiempo para llenarse de la tranquilidad de la zona, necesitaba la resistencia de la nieve que sus pies perforaban a cada paso. El silencio era absoluto. El susurro del viento no estaría con ella en esa ocasión, no acariciaría consoladoramente su rostro ni la recibiría cual amante después de un largo tiempo. Necesitaba saberse solitaria. Sola. Deseaba prolongar el dolor que oprimía en su pecho, con la esperanza de que éste terminara por matarla y que convirtiera a la nieve en su sepulcro. Indescriptible. No tenía palabras para expresar cuánto deseaba la muerte, el pago por las atrocidades que marcaban el cuerpo del mago herido, esos surcos en su piel que la acosarían día y noche. Eran heridas distintas, trazos, palabras ilegibles escritas por la Helena que fue alguna vez, que existió en el mundo de los humanos y que se extinguió inevitablemente al despertar en Pandora. Cerró los ojos al escuchar las palabras del mago resonar en su cabeza con todas las explicaciones brindadas tiempo atrás. ¿Cómo podía tener el descaro de recordarle en sus mejores días? No importaba lo que se hubieran dicho en el hostal de Zárkaros, si el hombre la perdonó o no, era incapaz de pensar en ello a causa de lo que vio al finalizar su combate contra él. No. Aquello no merecía el honor de ser llamado un combate. Simplemente había enloquecido, había dado lugar en su mente a la otra Helena, a esa mujer despiadada que juntó, durante largos años, centenar de razones para terminar en una pira, a esa mujer para con la que habían sido benevolentes y arrojaron a Pandora cual bomba de tiempo.

Pronto los cristales blancos llegaron a la altura de sus rodillas, ejerciendo mayor resistencia a su caminar. Ella se limitó a abrir los ojos y a continuar andando. No se detuvo, no aminoró el paso. La tortura debía durar lo justo, el tiempo prometido desde el principio. Ella misma podía encargarse de prolongar su dolor una vez atravesara las grandes puertas de su refugio, las cuales se presentaron ante ella en poco tiempo. Ahí estaban. La imponente entrada a su palacio, a su santuario, incrustada en la montaña, oculta de los viajeros perdidos e invisible a ojos de los alados. Las delgadas nubes que reinaban a esa altura le abrieron paso también, previniéndola de la muerte al mostrarle el puente que conectaba la brecha natural que debía atravesar para llegar. La musa había vuelto a casa.





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Re: De voces y silencio. // Helena D. Corso.

Mensaje por Invitado el Jue Mayo 19, 2016 12:28 pm

No sé cuánto tiempo estuve así, rendido ante la nieve y los mismísimos ojos del universo, saboreando el silencio sobrecogedor y denso que se había instalado en la planicie. La cabeza me dolía; nueva jaqueca. Me acaricié la frente varias veces con los dedos índice y pulgar, visiblemente molesto. ¿Por qué tenía que continuar con aquella tortura? Era una guerra agotadora, una carrera de fondo que solo acababa cuando uno de los dos participantes (la voz y yo) se desplomaba en el suelo, hecho trizas de cansancio.

Nunca habría imaginado que un acto podría marcar tanto mi vida, y mucho menos que una traición viniera de un hermano, de mi propia sangre. Ahora es sumamente real, pero antes parecía algo inconcebible. En ese instante, entendía por qué los humanos le daban tanta importancia a los sentimientos (una importancia que yo solo había otorgado en un único sentido: en el del amor). Te podían matar igual que cualquier otro enemigo, te podían agarrar el corazón y estrellarlo contra la pared una y otra vez, riendo y riendo hasta convertirlo en un amasijo de carne.

Me erguí lentamente y moví las alas para quitarme la nieve de encima de ellas. Volví a mirar a mi alrededor, a todo el paisaje en sí, y hubo un rastro que me llamó la atención; unas huellas encima de la nieve que hacía unos instantes (antes de la batalla mental) no estaban ahí. Seguí las huellas con la mirada hasta encontrarme con una figura desconocida que caminaba hundiéndose en la nieve. Desplegué las alas y volé hasta esa otra planicie, ese sendero casi oculto de destino desconocido. En el momento en el que llegué allí, la mantuve suspendido en el aire, en un intento de volver a encontrar a esa persona. ¿Qué figura había desaparecido. Intenté ir tras su rastro, pero éste no me llevaba a ningún lugar. Se cortaba de repente, sin más, como si la persona hubiese dejado de andar. ¿Qué hacía allí?
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Re: De voces y silencio. // Helena D. Corso.

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Mayo 26, 2016 9:13 pm

El viento golpeó duramente una cara de la montaña, precisamente la curvatura que ocultaba las grandes y magníficas puertas de piedra. Aún faltaban unos cuantos metros más para alcanzar la entrada de su santuario y lo único que le era posible escuchar era el agresivo silbido del viento que exigía un sacrificio, algo que devorar. Pero los pies de Helena continuaron pegados al suelo según continuaba su andar. Esa fuerte corriente de aire no había conseguido moverla ni un ápice y tampoco conseguía disuadirla en su afán de encerrarse en su palacio, ocultarse a la vista del mundo por el tiempo que juzgara necesario. No obstante, no retuvo el ornamento rojo que se ceñía a su cuerpo cuando éste, forzado por el viento, se desprendió de ella, uniéndose a una alegre y fogosa danza con aquel cuerpo invisible que fungía como guardián de la morada. Aquello hubiera revelado a cualquiera su paradero, pero tampoco le importaba. Si ponía su vida en riesgo por ese descuido estaba bien. Merecía cosas peores.

Haber herido al mago no era el mayor de sus tormentos, sino sus propias memorias. Los recuerdos de su propia locura y su propio dolor la habían estado acosando durante los últimos días, despertando sin orden alguno y amontonándose en la mente de la mujer sin tener compasión de ella y sin pensar en lo que ello podría ocasionar. La primera sesión en que Robert trató de recuperar la memoria de la inmortal le advirtió a Helena que, si el proceso no se llevaba a cabo con cuidado y a un ritmo moderado, podría llegar a abrumarla. Y no era sino hasta ese día que comprendía hasta qué punto ese desorden podía agobiarla siendo ella una criatura con un poco más de medio milenio de existencia. Necesitaba soledad y silencio, tranquilidad.

Las palmas de sus manos se posaron dulcemente sobre la piedra fría y empujaron las pesadas puertas hasta abrirlas lo suficiente para que ella pasara holgadamente. Y así las dejó. Nadie que no gozara de fuerza superior habría sido capaz de moverlas tanto y ahora que se sentía indispuesta a sellar nuevamente la entrada, se aseguraba visitas inesperadas, más riesgo aún de que alguien asediara su santuario. A ella podrían atacarla y, aunque se sabía con la suficiente fuerza para apagar cualquier intento por dañarla, no se sentía con el ánimo para sostener una batalla más.




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Re: De voces y silencio. // Helena D. Corso.

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