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A thief who robs a thief | J. William Reed

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A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por Invitado el Dom Mayo 01, 2016 10:26 pm


▬ 22:40 — Hawk Silver
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N
o había manera de escuchar los refinados pasos que daba Savage, caminaba entre techos y saltaba para avanzar, la brisa nocturna chocaba contra sus pómulos mientras tarareaba divertida en un tono casi imperceptible una sutil canción.

«¿A quién molestarás ésta noche, Moana?»  

La pregunta no demoró en tener respuesta, sus ojos se posaron más allá del muelle sobre un barco tan grande como su sonrisa de satisfacción. Se mordió el labio inferior preguntándose qué tesoros podría haber allí y ella que era curiosa y amante del saber no se pudo resistir. Avanzó rápido con el viento a favor, el paso a través de los tejados era mucho más seguro y rápido que cualquier otro camino a tomar, ventajas de la longevidad.  

Sus botas retumbaron contra el suelo cuando aterrizó sobre el suelo frío y sucio de la ciudad de Zárkaros, tierra prohibida decían los líderes de manadas, una tierra más ante sus ojos, ya había tenido oportunidad de recórrelas varios años atrás por lo que volver no resultó ser una molestia. Miró hacia ambos lados para luego avanzar sigilosa pero precavida hasta llegar al muelle y ver a lo alto aquel navío que prometía ser la diversión de la noche.

Moa se cubrió el rostro y dejo que la capucha negra cubriera su cabello, con algo de fuerza se sostuvo firme en una de las cuerdas que se anclaban al muelle, avanzó rápido y silenciosa, una fugaz mirada sobre la cubierta para observar que se encontraba levemente iluminada, no podía derribar a nadie, tenía que entrar y salir de allí en cuclillas tal como le gustaba.

Aterrizar sobre la cubierta no fue difícil pero tuvo que esconderse rápidamente bajo la oscuridad de la escalerilla que ascendía hacia el timón, humanos, infestado de humanos. Resopló y rezó a la luna para que ninguno se percatara de su presencia, de lo contrario tendría que ocuparse de ellos. Se deslizó en segundos hasta quedar frente a la puerta del camarote del capitán, allí siempre habían cosas de valor, no podía darse el lujo de perder el tiempo por lo que no tardó en sacar una filosa daga que metió dentro de la cerradura para abrir la puerta y entrar. Dejó caer la capucha y observó a su alrededor, cartas de navegación, mapas, todo ligeramente desordenado. ―Muy bien… veamos que esconde el capitán de éste gran barco― y es que todo era un juego para ella, no, no necesitaba robar pero la sensación de sentir la adrenalina sabiendo que no moriría pronto era necesaria en su vida. A Moana no le importaba el riesgo porque actuaba de forma impulsiva, porque no le debía nada a nadie, porque estaba sola y así trabajaba, sin obstáculos, sin manada que se interpusiera en sus decisiones.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Lun Mayo 02, 2016 9:01 am

Dame un jodido siete, necesitaba un siete. Sacudí los dados en mi mano, con la ebria y descarada sonrisa en mis labios mientras lanzaba mirándole a los ojos al vampiro. Pozos negros para un ser si alma, un hombre que si sacaba el número que rogaba a un dios en el que solo creía cuando veía el final de mi botella de ron, igual me veía como un aperitivo como vendetta por la victoria. Los inmortales como él nunca solían apuntarse al juego, más estirados y rígidos, los había visto toda mi vida ocultarse del sol y esgrimir la formalidad y frialdad para mantenerse a eones de la humanidad, del resto de Pandora. Estuve tentado a invitarle a una jarra cuando oí su voz uniéndose a la partida de cartas y después a los dados, aunque tuviese que usar el filo de mi sable para obtener la bebida que él deseaba. Se lo merecía, cuanto menos.
Aullé el triunfo cuando el azar, una zorra traicionera y atractiva, se puso de mi lado. Ahí estaba, mi siete saludándonos desde la mesa de madera. Vi como el vampiro marfileño chasqueaba la lengua y, lo que permitía ver desde su naturaleza sobria, a regañadientes, lanzaba una bolsa donde repiquetearon las monedas en su interior. Negué con la cabeza.

-Estoy dispuesto a una revancha. -Y ahí empezó la auténtica noche cuando sonrió por primera vez. Yo seguí bebiendo hasta que mis bolsillos se vaciaron y llenaron a una velocidad pasmosa según avanzaba el juego y él, bueno, llevaba treinta años en Pandora y rara vez había oído la risa de un vampiro sin que hubiese ese líquido carmesí que parecía colocarles y teniendo en cuenta de que no vi más que el filo de sus colmillos de lejos, era uno de los nuestros, uno de esos perdedores vivos que aún quedaban en aquellas tierras, exprimiendo el alcohol con música, juego y mujeres.

Para cuando regresé al Hawk Silver, todo seguía igual que cuando bajé de esa preciosidad. Hombres que continuaban sus momentos en el puerto fuera y dentro del barco, ocupándose de sus asuntos y desfogándose antes de volver al mar. Supongo que mi mejor idea, aún estando con la cabeza algo nublada por el alcohol, era sumergirme en más ron mientras concebía la ruta que seguiríamos para el siguiente botín. Lo bueno de frecuentar las tabernas de Zárkaros, de que ya conociesen tu rostro y tu nombre, era los tratos a los que podías llegar, los chivatazos, el flujo de información para que todos saliésemos ganando. Me gustaba como funcionaba Pandora.
Me dirigí hacia mi camarote, botella en mano y surcando el mapa mentalmente mientras aún brillaba la posición de nuestro próximo objetivo en mi cabeza. Giré el picaporte. Abrió. Me quedé momentáneamente quieto. Algo no cuadraba. No podía acertar el tiempo que miré mi mano apoyada en la madera de la puerta. Yo siempre cerraba el camarote. La verdad atravesó como una flecha certera mi mente. Siempre. Todos allí sabían lo que podían o no hacer y aquel era mi territorio. Sin invitación previa, no se entraba allí. Empujé bruscamente, quedándome en el marco solo para taponar al única salida, avanzando únicamente un paso mientras mi mirada azulada recorría el camarote. Y ahí estabas. Lo último que esperaba. Fruncí el ceño, sorprendido solo durante un segundo. Una mujer. Si no apenas mi tripulación entraba ahí, figúrate tú una mujer, siempre cuidándome de mantenerlas en el puerto y no en el Hawk Silver. ¿Por qué últimamente teníais esa devoción por mi barco? No os culpo, de hecho os entiendo perfectamente pero comenzaba a ser demasiada casualidad. Sin mediar palabra, te observé desde mi posición, desde esa melena desordenada y oscura a los ojos ardientes, el rostro femenino pero de facciones duras. Joder, no necesitaba más que verte para saber que eras. Ninguna humana tenía ese aura de agresividad que vuestra raza exudaba por cada jodido poro de vuestra piel y yo llevaba mucho tiempo ahí para saber reconoceros, pasado de alcohol o no. Lo que no entendía era porque una loba estaba tan lejos de sus bosques, no veía a menudo a muchos como tú por allí. No libres, al menos.

-Si no vas a empezar a desnudarte, me debes una explicación. -Te saludé cuando ya parecía que no iba a hablar, la afilada y despreocupada sonrisa haciéndose lugar en mi rostro mientras apoyaba el brazo que sostenía la botella al final de éste en el marco de la puerta, sin apartar los ojos de ti.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por Invitado el Mar Mayo 03, 2016 2:59 pm


▬ 22:40 — Hawk Silver
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P
odía sentir el olor añejo de un licor que se encontraba guardado dentro del cajón inferior de la mesa cubierta por mapas, podía incluso escuchar el murmullo de los hombres, los comentarios alevosos sobre sus insulsas experiencias sexuales, hasta el sonido del agua chocar contra la madera del barco. Le resultó gracioso recordar que décadas atrás aquellos ruidos la volvían literalmente loca, cuan difícil era controlar ese poder, tan peligroso y útil a la vez.

Aquel lugar no era demasiado amplio ni lujoso pero guardaba infinidad de cosas interesantes, las cartas de navegación llamaron su atención quizás por eso se detuvo en ellas, muchos detalles, información valiosa para cualquier navegante, relataba lugares específicos con tesoros particulares, conocía varios de ellos, lugares a donde su curiosidad había llegado. No era un navío cualquiera, era un barco pirata que cumplía con todos los requisitos para serlo, sobretodo teniendo en cuenta el hablar de sus tripulantes…

«Siempre caen ante los vicios»

La apertura brusca de la puerta no llamó su atención, había sentido sus pasos desde el momento que los mismos avanzaron hacia su ubicación. El olor a alcohol acaparo el aire de la habitación, una mueca de asco se escondió bajo el pañuelo que cubría su rostro, no le gustaba el licor, no en exceso, siempre le había parecido que sacaba facetas en las personas que ciertamente necesitaban permanecer ocultas, no todas pero ante sus ojos revelar datos en un estado de borrachera pura era una decepción. Moana siguió en la misma posición, de espaldas hacia la puerta observando los mapas y analizando las rutas de navegación.

Las palabras del hombre chocaron contra sus oídos, la sonrisa divertida se ocultó en el anonimato de su rostro, volteó para verlo y verificar lo que su voz le había hecho imaginar, cabello claro, mirada sutilmente altanera, ojos reveladores, no le daba más de treinta y tantos… la botella en mano, el ritmo de su sangre circular a través de sus miembros, de seguro su hígado sentía todo aquel licor. Negó con la cabeza sin quitarle los ojos de encima, avanzó solo un par de pasos hacia delante para quedar justo frente a él. ―Ya quisieras tener a tu merced una mujer como yo pero posees dos cualidades que detesto de cualquier hombre: juventud y placer por los malos vicios― sus palabras solo reflejaban dos cosas habituales en ella, la verdad en cuanto a sus gustos y lo que pensaba, dos cosas que combinadas no eran soportadas por cualquiera.

―Ya sabes lo que dicen… a los lobos en la noche nos gusta jugar, tu barco pareció un buen lugar para comenzar― comentó sincera y sin rodeos pues Moa no disfrutaba en absoluto dar vueltas absurdas a la hora de hablar, le parecía un gasto innecesario de oxígeno.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Miér Mayo 04, 2016 6:26 pm

Seguí tus movimientos, que no hicieron más que darme la razón. Podía correr un torbellino de alcohol por las venas y aún te aseguro que no era ni la mitad a lo que había acostumbrado a mi cuerpo tras largas travesías por el mar turbulento o creciendo en el mismo puerto que acababa de dejar atrás con su arrolladora vida nocturna. Te movías como un depredador y apenas habías cambiado tu posición salvo para permitirme tenerte delante de mí, descarada. Como si yo no entendiese de territorios tan bien como los de tu raza.
Por mi parte, me mantuve erguido y clavado en el sitio, despreocupadamente apoyado como si estuviese ante una invitada y no una intrusa... aunque seguía habiendo una leve tensión en mi espalda que había quedado rígida, el brillo que podía confundirse fácilmente con ebriedad al sonreír abiertamente era duro y desconfiadamente tranquilo. No sabía que es lo que te había llevado a poner los pies en mi camarote pero había pocos lugares donde yo me sintiese más cómodo que ahí dentro, jugando en casa. Mis sentidos no respondieron con la alarma que cualquier otra persona habría demostrado. Incluso, pese a sentir cierta tensión acariciando el ambiente, solté una carcajada ronca al oírte. No tenía que ser recíproco, ¿sabes, loba? pero nunca había subestimado ni disgustado una lengua afilada como la tuya aunque no conociese a su dueña.

-Aún no he descubierto diferencia entre tú y cualquiera que ronde por el puerto, pero las curvas se aprecian igual. -Me encogí de hombros, escogiendo aposta cada una de mis palabras e incluso te dediqué un burlón saludo militar con la mano que tenía libre- Espero que no sea decepcionante verte la cara, siembras muchas expectativas con tanto misterio y arrogancia... cualidades que no detesto, todavía. Quizá por mi juventud. -Usó las mismas palabras y por un momento realmente me sentí divertido, loba... hasta que continuaste a hablando. Entonces me di cuenta de que compartir jaula con un animal desconocido podía ser un problema. Mi problema. Por eso no dudé cuando adelanté otro paso, más cerca de ti, cerrando tras de mí la puerta. Eras mi problema, no del resto de la tripulación. Para que me entendieses, estabas jugando en lo que consideraba mi territorio privado, no el de mis camaradas y puesto que no conocía tus auténticas intenciones prefería que continuases siendo algo mío, de momento- No pensé que quisieses jugar tan cerca del agua. -Observé sin más y aunque el instinto de supervivencia, ese que creía bastante muerto en mi persona desde hace muchísimo tiempo, me decía que por sentido común, otro que tal bailaba, guiase la mano al puño del sable que descansaba en el cinto que se estrechaba en mi cintura, no lo hice. Quizá porque abiertamente aún no hubiese reconocido la amenaza en ti, porque sabía que en cuestión de fuerza siempre serías tú la vencedora. No seguía vivo a estas alturas porque sacase mi arma ante cualquier criatura, enemiga o no, a la primera de cambio por muy bien que la experiencia en el Hawk Silver me hubiese hecho esgrimirla.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por Invitado el Jue Mayo 05, 2016 12:46 am


▬ 22:40 — Hawk Silver
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L
a actitud fue lo que más le impactó, buscó sus ojos para verificar lo que ya venía calculando minutos atrás, el mundi como a ella le gustaba llamarlos no solo tenía cierta actitud sino que también el valor osado de hacerle frente, a ella le gustó porque por lo general no se topaba con ese tipo de gente. La morena lo observó como quien observa un espécimen nuevo en plena etapa de revelación, tenía valor pues eran pocos los humanos que se aventuraban a concebir un mínimo diálogo, a Moa no le importaba de hecho le sorprendía gratamente pues pese a que era un humano sabía la diferencia entre mantener el porte u optar por la cobardía.

«Pobre de ti, mundi kamikaze, avivar el fuego de una llama indomable»  

―Me gustó lo de las curvas― contestó con cierta burla, el saludo militar le pareció todo un detalle a destacar pues de pretensiones estaba hecha la gente y aquello que para los humanos era una burla para ellos no era más que juego. La morena lo escuchó, tenía muchos años para hacerlo y ciertamente no le molestaba hacerle creer que toda su atención iba dirigida hacia él, tenía que verificar sus movimientos, las pausas de su respiración como también el palpitar de su corazón, cálculos en su mente ampliamente compleja que le permitían ser escapista hasta en las situaciones más complejas. ¡Que osadía! Desafiarla de esa manera, incitándola a todo juego bardo que se interpusiera. ―Jamás es decepcionante mi presencia, capitán― ¿Realmente quería lanzar las fichas? Tendría que estar preparado para una derrota brutal. El hombre avanzó hacia ella acortando una vez más la distancia pero no sin antes cerrar la puerta que tenía detrás. ―¿Acaso está nervioso, capitán?― preguntó al tiempo que llevaba su mano izquierda hacia el pequeño broche que ajustaba la tela sobre su rostro, lo abrió para dejar ver al fin su rostro que frente a otros criminales no era más que otro en la multitud ―si le sirve de consuelo no tengo nada de hambre, no hay de qué preocuparse― la puerta cerrada no era un problema para ella, había llegado allí entre las sombras y se iría de la misma manera, satisfecha y con las manos limpias pero no libres…

Una vez más dio un paso al frente y cuando lo hizo no pudo bajar la mirada, no iba a darle el gusto. ―Los elementos no son un impedimento mucho menos el agua, usted debería saberlo mejor que nadie, navegante de aguas sin fronteras…― el estigma del territorio era algo que perseguía a los lobos pero Moana había adoptado un estilo de vida pocas décadas atrás, moverse, explorar, derribar la barrera del territorio para un lobo, había utilizado sus años para domarse a sí misma para superar los límites de lo que fuera.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Vie Mayo 06, 2016 7:22 am

Está de más admitir que volviste a sorprenderme, quiero decir, aparte de por el hecho de encontrarte ahí sino porque también esgrimiste el mismo humor de regreso a mí. Solo por tu naturaleza, ante tal insinuación, habría esperado que me acarrease como mínimo un zaparzo de indignación. Estabas empeñada en ser la sorpresa de la noche, ¿eh?

-Ya tenemos algo en común, pues. -Te concedí mientra la esquina de mi labio tironeaba un poco más, torciendo de forma canalla aún más mi sonrisa y esta vez no solo por apreciar las curvas. No estaba acostumbrado a cruzarme en mi camino gente que se tomase bien aquellas réplicas, ya sabes, la mayoría de los vuestros y de las criaturas que andaban por Pandora tendíais a mostraros más hostiles y ese es al trato al que me había habituado, no a la sorna descarada que se adivinaba en tu tono de voz- Demuéstramelo. -Me limité a pronunciarme, otra vez encogiéndome de hombros. Es verdad, dudaba que tu presencia fuese decepcionante pero por motivos distintos probablemente a los que creyeses: eras inesperada, eso ya te había convertido en el punto de mira de todos mis sentidos. El hecho de que estuvieses ahí de pie, como si cada tabla de madera del barco te perteneciese, como si en realidad simplemente no hubieses sido descubierta y estuvieses esperándome desde el principio. Sacudí levemente mi cabeza, apenas menguando mi sonrisa mientras lo sopesaba. Que arrogante y entretenida, una pena que fuesen los que fuesen los motivos que te habían llevado ahí no me fuesen a hacer tanta gracia en realidad, no dejabas de ser una trampa con forma de mujer- ¿Acaso vas a hacer algo por lo que tenga que ponerme nervioso, loba?

Y entonces te destapaste. Bueno, yo habría pagado por ti si frecuentase la compañía que se vendía por un par de monedas pero contemplar a la luz de las velas encerradas en un par de candiles tu rostro no era suficiente para ponerme nervioso, aunque he de reconocer que no esperaba en realidad encontrar nada que me gustase ahí debajo. Quizá porque meramente no era ciego. Sin más, tras echarte un vistazo y grabando tus facciones salvajes en mi cabeza, te rodeé para ir hacia el escritorio atornillado al suelo y que se movía al son del bamboleo de las aguas en las que flotábamos. No quería olvidar una cara como la tuya, menos aún si habías logrado colarte en el Hawk Silver.

-Conozco a muchos perros que disentirían de tu opinión. -De los que aullaban a la luna y de los que corrían sobre sus cuatro patas y meneaban el rabo calificándose el mejor amigo del hombre. Independientemente, conocer que al menos estaba fuera de tus intenciones atacar sin ton ni son a los míos era un factor a tu favor. Me apoyé en en el mueble, sin alejar la mirada de ti. Solo un imbécil no estaría pendiente de una bestia fiera aunque estuviese escondido detrás de la cara de una mujer. Eso era incluso más peligroso, ¿verdad?- Entonces ¿qué? -Abordé la pregunta sin pelos en la lengua: ¿Qué te traía aquí? Las gana de jugar las podías tener en el mismo puerto... y si no eras la chica con peor criterio que había conocido sobre la faz de la tierra.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por Invitado el Vie Mayo 06, 2016 10:09 am


▬ 22:40 — Hawk Silver
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D
iversión, su palabra favorita y aunque muchos la tacharan de imprudente, impulsiva y rebelde ella simplemente era más que eso, no podía evitarlo. Se encogió de hombros sin dejar de mirarlo, sería la primera vez que tenía algo en común con un humano, quizás porque él estaba hecho de la misma esencia pero inevitablemente eran distintos porque al final del día el capitán no era más que la comida. Moana no se regía por las reglas brutas de los de su raza, no todos eran asesinos sin piedad y no todos se comían a la gente, estaban lejos de ser seres tan destructivos aunque su condición los forzara a ser bestias.

A la loba no se le movió ni un pelo, su fijación en el hombre no era más que rutina para ella, movimientos, miradas, gestos, lenguaje corporal, lo básico estudiado para derrocar a un posible enemigo y aun así su simpatía no era más que sincera pero siempre con segundas intenciones. ¿Confiar en humanos? ¿Qué clase de pensamiento era aquel? Infinidad de veces había escuchado hablar de ellos con el discurso de que “algunos no son tan malos” y ella se negaba a tal cosa porque no creía en la bondad absoluta, siempre había maldad, lo sabía, lo había vivido tiempo atrás. Ella misma era una persona terriblemente rencorosa si se le traicionaba o dañaba y le importaba poco o mejor dicho nada si se tenía que ensuciar las manos para arreglar lo que ya estaba marchito desde el inicio. No podía fiarse de él como no podía fiarse de nadie en Pandora, las almas bondadosas se habían corrompido siglos atrás y un pirata no hacía la diferencia, además eran terriblemente engañosos y astutos, algo que desde su experiencia podría admirar e incluso elogiar pero eso no solía pasar. ―Créeme que si hubiera querido acabar contigo ya lo hubiera hecho, ni siquiera te habrías dado cuenta― porque su amabilidad desaparecía cuando tenía que cazar y cien años no eran poca cosa.

Se cruzó de brazos en cuanto se movió y una vez la rodeó ella volteó para no quitarle la mirada de encima, no le preocupaba en absoluto ya que en su mente que una persona como él se enfrentara a una criatura como ella era en efecto un suicidio inevitable, aunque Moana era de las que tenía paciencia, cualidad que era escasa entre los de su raza. Avanzó en la cercanía del escritorio, visualizando algunos libros tirados, tonteando, le seguía pareciendo un lugar poco seguro porque él podía desenfundar sus armas pero estaba expuesto a todo tipo de visitantes aunque la mayoría respetaba las reglas. El territorio… rodeó los ojos mientras negaba con la cabeza entre leves risas, no, no aceptaba todo el asunto de las fronteras entre razas, le fastidiaba y obstaculizaba sus trabajos.

―No somos perros…― que manía de llamarlos de esa manera ―Independientemente del concepto… lo que dices no es cien por ciento cierto, es verdad, la mayoría prefiere quedarse en su territorio pero es porque están ligados a la tontería de la manada…― todos afirmaban que la manada los hacía más fuertes pero ante sus ojos, su experiencia y su historia personal la manada solo dificultaba las cosas, ella no era mujer de reglas ni de tierras, no se asentaba en ningún lugar, obligaba a la bestia a adaptarse, a ser camaleónica con la única intención de permanecer viva y volverse más fuerte. Ante la pregunta no pudo más que avanzar hacia el escritorio apoyando codos contra madera y apoyar su mentón contra sus manos unidas, fijando la mirada satisfecha sobre el hombre y luego sobre los mapas, las notas, todo. ―Pensé que jamás me lo preguntarías― fingió reproche y luego suspiró ―Particularmente me ha llamado algo la atención y es que tus cartas de navegación son muy detalladas y maliciosamente valiosas lo que me hace pensar que no te dedicas a cuestiones decentes… me importa muy poco en realidad aunque sí esa página donde hablas de Arcadia y sus tesoros ocultos― porque un humano no tocaba tierra de lobos así como así, era casi imposible ―No has acertado con la fuente por cierto, el pantano es una trampa para los curiosos, eso que has registrado se encuentra en otro lugar y tú, capitán, pirata y humano… tú no tienes posibilidad de llegar, me da curiosidad cómo es que lo registraste siendo que seguramente te habías convencido en el momento de averiguarlo que no llegarías hacia ese lugar, aunque tuvieses un ejército detrás, te harían pedacitos― se acomodó el cabello para luego sentarse sobre el borde del escritorio.

―Es una pena, ¿sabes? Yo que pensé que me llevaría de aquí una joya bonita para mi colección―.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Dom Mayo 08, 2016 8:57 am

Por supuesto, que una mujer lobo acabase conmigo y morir iba a ser un trámite de lo más silencioso y discreto incluso para mí, el siguiente en la cola de la Parca. Quizá el humor retorcido de aquella morena escondía a una asesina pero no apostaba por ello. Alrededor de ti crepitaba esa mortal sensación de encontrarme ante los ojos de un depredador pero aún no habías hecho ningún movimiento que indicase que debía temer por mi vida, salvo quizá simplemente estar allí. En cualquier caso, no me amilanaba, probablemente por un único motivo: había nacido y crecido en Pandora, estaba curtido en aquella clase de encuentros y había algo que en mayor o menor medida, casi todas las razas que estábamos encerradas allí valorábamos: entereza. Si hubiese desenvainado el sable curvo que descansaba colgado en mi cadera, habría firmado ante ti mi sentencia de muerte o al menos un golpe que me habría tumbado en el suelo y no tener la oportunidad de descubrir que es lo que pensabas llevarte de aquí. Información, objetos, personas... codiciabas algo o solo tenías una pésima idea de como disfrutar una noche de libertad, loba. Sinceramente, no sería yo el que juzgase tus gustos.
Mis brazos seguían cruzados, mi sonrisa continuó dibujada en mi rostro, imborrable. Podía contar con los dedos de una mano aquellos seres vivos que alguna vez me habían visto serio sin la más remota sombra de la curva de mis labios llegando a mis ojos. Hacía tiempo había descubierto que era la mejor forma de enfrentarse a cualquier cosa, sobre todo a la hora de los negocios y cuando tenías pocos recursos, claro que a un por ciento siempre le habría sacado de quicio. Ambas opciones nunca me habían disgustado.

-Vaya, vaya... -Canturreé, mirándote de soslayo y volvía a moverme, despegándome del escritorio tras dejar la botella de ron sobre éste- Así que me encuentro frente a una loba solitaria, ¿eh? -No me sorprendía demasiado que anduvieses sola por Pandora, existían muchos como tú, nómadas. De hecho, eran los pocos que habitualmente se aventuraban por Zárkaros pero eran casos bastante singulares. Lancé una mirada a tu torso, buscando la marca que te revelaba como condenada. Los solitarios solías ser marcados obligados a vivir allí, sin haber encontrado un lugar al que pertenecer pero nada relucía encima de tu pecho a través de las ropas.
Esperé cuando te acercaste, cerniéndote sobre los datos que había recopilado en Zárkaros, en otros abordajes donde la lengua de muchos marineros se soltaba solo por mantener la vida. Un acto que condené siempre: la vida no era nada sin dignidad, pero me había venido bien aunque esos hombres rara vez volvían a ver otro amanecer. Pero cada detalle que había descuidadamente desperdigado sobre la superficie del mueble atornillado había supuesto mi trabajo.

-Todo el mundo sabe, en realidad, que soy y a que me dedico. -Te acepté, sin preámbulos, asintiendo lentamente con la cabeza. No tenía mayor relevancia, era un secreto a voces porque cuando salía de ese puerto la bandera que ondeaba el Hawk Silver era negra y mientras no fuese contra el enemigo inadecuado, podía seguir haciendo lo que hacía. Aprendías, a la fuerza.
Enarqué una ceja, aún mirándote sin dejar traslucir gran cosa en mi expresión. No quería que supieses la verdad: tenías razón. Arcadia se me resistía, no solo por mi naturaleza humana, también porque yo estaba acostumbrado a guiar a los míos entre las olas y por las calles del puerto, únicamente. No era un bandido, era un pirata, manejaba terrenos diferentes y esa diferencia lo era todo para mi propósito. Nunca habría aceptado esa información en tierra, la debería haber vendido a cualquier criatura que quisiese hacerse cargo y haberme hecho algo de fortuna para mi tripulación con esa venta. Pero algo dentro de mí renegaba de eso. Quería ese tesoro. Era sustancioso, o eso se decía, el botín olvidado en unas ruinas perdidas en una tierra desconocida y regentada por las bestias más salvajes y agresivas de Pandora. No sabía si en tu estirpe loba había respeto por familias antiguas y poderosas de lobos tal y como en otras especies, presumía que sí y que esos trofeos enterrados en el olvido de la fauna oscura de tu tierra debían pertenecer o a un linaje o, simplemente, ser guarida oculta de algún conquistador entre los tuyos. Realmente no habría tenido pretensión de hacerme con ello si no hubiese venido de la dueña de una de las tabernas donde se hacían negocios por excelencia. Fue como un reto y, simplemente, no me pude escapar del encanto que despertó en mí, sobre todo porque realmente se desconocía que era lo que se escondía en las marcas del mapa. Rumores lanzados al aire que yo quería descubrir para desenterrar la verdad y todo un golpe de gracia para mi reputación si lo lograba, aspirando a mayores encargos y tratos. Había mucho que ganar.  

-Porque pensaba ir únicamente yo. -Mentira a medias, sabía que no podía hacerlo solo pero cuanto menos implicados en aquella misión. Te lo confesé tranquilamente, como una mera observación antes de rodear el escritorio y tomar asiento, tirándome prácticamente en la silla tras éste, rescatando de nuevo el alcohol de encima para llevármelo a los labios- Me va el riesgo, loba y, sobre todo, las apuestas. -Otra sonrisa oscura y sardónica nació en mi boca tras mis palabras, inclinándome hacia el frente para dirigirme a ti- No eres a la única a la que le gusta jugar. Y el pantano es el sitio que estará más despejado para entrar en la región, la más deshabitada. No es donde se esconde lo que estoy buscando. -Y suerte que ese dato no lo había señalado en el mapa, solo un puñado de indicaciones de aproximaciones porque en realidad nadie sabía el punto exacto. Era parte del misterio- Y llegaré. -Te miré con la decisión plasmada en mis ojos azules, ahora clavados en los tuyos ahora negros bajo la luz de los candiles y salvajes. Solté una carcajada- El botín no se deja a la vista con tanta facilidad y mi objetivo no son las joyas, loba. ¿Eres como un gato con los brillantes o qué? -Repliqué con una nota burlona en mis palabras y vacíe más ron en mi garganta, dejando el rastro ardiente que me hizo soltar una potente exhalación antes de ponerme en pie- ¿Así que eso es lo que haces, loba? ¿La ladrona bajo la luz de la luna? -Comenté la obviedad que era desde que había abierto la puerta y ella estaba allí- ¿Ya nadie respeta el código entre ladrones?
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por Invitado el Dom Mayo 08, 2016 10:54 pm


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o, definitivamente no le apetecía filete de humano esa noche, bromeaba por supuesto, ni de cerca era una persona tan fría y maligna, no le agradaba demasiado cazar humanos, eran molestos, difíciles de digerir, no, ella prefería las presas pequeñas, fáciles de llevar. Comerse al capitán de un barco no era el sueño de su noche ni mucho menos un deseo por cumplir, implicaría más problema que victoria además sería una pérdida de tiempo intentar atacar a aquel hombre, ambos ladrones, ambos fuertes en su rubro, no podía eliminar a la competencia, no de una manera tan poco diestra.

«¿Será que has encontrado a alguien que no cede a tu intimidación? ¡Qué interesante!»  

A Moana le pareció que lo del hombre era más juego que valentía, era curioso ver en carne propia cómo se veía su juego desde fuera ya que era evidente que ella no se escuchaba a sí misma cuando actuaba frete a otros de la misma manera que se estaba comportando el pirata. El tono del cantar del joven solo provocó que su sonrisa fuese más intensa pero al mismo tiempo más fría. Percibió la mirada lenta que él le dedicaba, ¿se le habría perdido algo? No, él buscaba otra cosa, algo que no iba a encontrar en ella ―Aunque es verdad que mi cuerpo es digno de ver… temo decirte que esa marca que buscas es la única que no poseo― agradecía por ello porque la marca no solo era una condena que todo mundo podía ver sino una prisión constante, una manera lenta de morir. La condena de la morena no era otra que su propio recuerdo, uno que no se veía por fuera pero que reventaba por dentro. Sí, ella era solitaria, obligada hacía tiempo a desligarse de su origen, solitaria porque luego de aquello ella no tuvo otra opción para sobrevivir, con el tiempo se aprendía que la sonrisa era mejor que nada, que la debilidad solo es base para el valor y la fuerza, que la pérdida alimentaba a los que renacían para vencer.

―¿Te refieres a los de tu especie, no?― preguntó burlona  ―no creo que tú, capitán, seas el tema de conversación de todas las tabernas de Pandora― a ella le gustaba buscar pero más le gustaba decir lo que pensaba, en cada momento, en cada situación porque así era ella, parte de la esencia de Savage. Ella sabía algunas cosas, relatos, rumores que llegan a oídos de cualquiera, conversaciones escuchadas en alguna taberna, podía escuchar lo que sea sin tener que mover un solo pelo, ventajas claro de tener el olfato mejor desarrollado.

No pudo creerle, no podía aceptar que alguien fuera tan tonto como para pensar que podía lograr algo tan estúpido como lo era meterse en Arcadia sin conocer un centímetro de tierra. Los humanos eran cazados rápidamente, no les esperaba el mejor destino, no si ante ellos se cruzaba un lobo sin sentimientos. ―Sé que sabes que es una mala idea― por alguna razón ella le estaba advirtiendo, ¿De verdad Moana? ¿De verdad estabas haciendo un acto de bien? Era un humano raro. Suspiró ante lo que le decía, rodeó los ojos, todos los hombres decían eso. ―Vaya, vaya… un pirata que sabe jugar sus cartas. Manejaste la información para un cruel engaño, bien por ti, pirata. Yo hubiese hecho lo mismo― era un jugador ideal, de esos que captan sus sutiles ataques, un grato encuentro. Su mirada que de pronto se posó sobre sus orbes oscuras no hizo más que intensificarse mostrando decisión, determinación, Savage admiraba eso, no ceder si algo de verdad se quería.

―Sé que no dejarías el botín a la vista, eres demasiado minucioso en tu trabajo como para facilitarle a alguien que te robe tu ganancia. Tus cartas de navegación con meticulosas, prolijas, imagino que te mueves de la misma forma para todo― licántropos, demasiado perspicaces, les gustaba unir cabos, resolver acertijos y sobre todo: leer personas. ―A las mujeres nos gustan las joyas, deberías tenerlo en cuenta― le encantaban, suspiraba ante las piedras preciosas porque eran su debilidad, podía robar oro, arte, objetos, libros, extrañas reliquias pero las joyas... las joyas le apasionaban. ―Hago muchas cosas, pirata, te sorprenderías… pero sí, la noche siempre es buena para estas tareas, ¿No lo crees? ― ladrón hablando con ladrón, que momento más extraño, seguía sentada sobre el escritorio, enroscando un mechón de su cabello, jugueteando, no se inmutó cuando él se puso de pie y avanzó. ―No le robo a otros que hacen lo mismo que yo, lobo, humano o lo que sea… aunque parece contradictorio, se supone que los piratas no tienen códigos― pirata y ladrón era la misma cosa pero al mismo tiempo no. Savage sintió el fuerte aroma del alcohol, desprendía una amargura particular que le desagradaba, la textura era áspera y el ruido del líquido chocar contra las paredes de la botella de vidrio era terriblemente molesta. ―hasta la botella en mano, típico de los relatos que hablan sobre los tuyos― no los entendía, ahogados en vicios y placeres absurdos, llevados por la bebida. Tan distintos el uno del otro pero al mismo tiempo tan auténticos y similares. Suspiró, le tentaba la idea de tener cien años de perdón pero simplemente no podía arriesgarse a robarle a otro ladrón.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Sáb Mayo 14, 2016 1:57 pm

No podías culparme por creer que encontraría la marca oscura dibujada en tu piel. Por naturaleza, los lobos sois carne de manada, no puedo culparos, la mía se encontraba en el Hawk Silver, era el Hawk Silver. El privilegio de ver a un licántropo solitario solía venir acompañado de la máscara de una traición enfriando unos ojos inhumanos que brillaban salvajemente como llamas castañas en tu rostro. No me parecías el caso de los que habían sufrido la experiencia brutal de perder a los suyos, así que era fácil intuir porque deduje que tendrías la runa convirtiéndote en una criminal. ¿Y quién era yo para decirte nada? Con tatuaje indeleble o sin él, eso era lo que éramos. Los dos. Salvo que ninguno estaba allí viviendo un purgatorio personal.

-¿Quién te dice que no me estaba recreando? Ya admití que aprecio tus curvas. -Otra sonrisa torcida se coló sin esperar su turno decente de aparición en mi rostro. Ambos sabíamos que mentía, ambos sabíamos que buscaba en realidad, como ambos sabía que seguramente había aprovechado el momento para también fijarme en lo primero que vi de ti. Si nos apetecía ponernos finos, era tu cuerpo al fin y al cabo, loba. Y lo cierto es que fue gracioso, ¿te importaba más que buscase la huella imborrable en tu cuerpo a que te comparase con una mujer que se vendía en el puerto? Traté de no reírme, pero la carcajada ronca que resonó por el gabinete fue real. Eras peculiar, loba.
Sacudí la cabeza con una negación, tamborileando con los dedos distraídamente en el vidrio transparente que dejaba a la vista el ambarino ron.

-No, pero en Zárkaros saben quien soy. -No era cuestión de vanagloriarme, sencillamente cuando eras un humano dedicándote a esto, llamabas la atención. En tus tierras nadie sabría mi nombre, allí, en aquellos muelles, yo había crecido y me había hecho quien soy. Conocía cada rincón a fuerza de haberme enfrentado a ellos desde que nací. Podía decirte cada nombre de los tugurios que hervían allí de vida, cual te convenía pisar, cual debías evitar si querías seguir vivo, donde los negocios eran legales o en cuales encajaba la gente como nosotros. También los rostros de los habituales, quienes tenían un puñal para clavar en tu espalda con el que deberías andarte con cuidado, quienes cumplían los tratos como si dar su palabra fuese la ley que regía sus vidas.

No necesitaba que nadie me dijese que era una pésima idea. No conocía Pandora, los secretos brutales que entrañaba pero podía deducir en que me convertiría si me internaba en Arcadia: comida para perros. Y yo tenía planes grandes sobre mi muerte. Bien, tenía claro que tendría mucho que agradecer si llegaba a tener canas pero prefería ser devorado por el oleaje a que mi sangre tiñese la tierra. Justo donde estábamos era donde quería pasar el final de mis días, cosa que era ciertamente complicada si me largaba de Zárkaros en una misión suicida por alentar mi reputación. Pero era pura atracción, Arcadia me estaba llamando como el jodido canto de una sirena, susurrándome salvajemente que escondía lo que yo quería. Siguiendo el tópico: era mi faro en la oscuridad. Creo que solo era por la cantidad de cosas que había en mi contra. Lo que no podías tener, lo prohibido, siempre fue más tentador, ¿verdad? A mí, de alguna forma, me vetaban encontrar esas ruinas, ese tesoro que aún nadie me había podido confirmar al 100% su existencia. Pero cada partícula de mi cuerpo apostaba por el "sí, está ahí" esperándome, provocándome más que una mujer con lencería fina. Y no era un hombre que se resistiese al pecado, nunca lo fui, ¿por qué empezar ahora? Un perro demasiado viejo para cambiar.

-Es la peor idea que he tenido en mi vida. -Te lo confirmé, acompañando a mis palabras con un asentimiento de cabeza mientras me inclinaba hacia delante, apoyando los codos sobre el escritorio y apoyaba mi mentón en mis dedos entrelazados, relegando la botella que apenas tenía ya alcohol. Me acerqué a ti, en un gesto cómplice, ¿sabes por qué? Porque podía leerlo, me entendías. Porque lo decías todo en tus palabras, porque probablemente tú te embarcarías en la misma empresa por una diadema de piedras preciosas que decorase tu cabellera oscura. ¿De verdad eras esa clase de mujeres que les atraía lo brillante? No me lo parecías, no había nada en ti que reflejase esa pomposidad pero bueno, cada cual tenías sus vicios aunque no te veía con ninguna corona, ningún colgante ni pendientes... solo por un motivo, eras la viva imagen de la libertad, ahí, asentada en tu porción de mesa, demasiado salvaje como para sujetar con cadenas doradas, para reclamar como propia con una correa de esmeraldas incrustadas. Quizá por eso estabas delante de mí, puede que por eso fueses una ladrona porque declarándote como tu dueña tu misma te conseguías lo que el resto podría utilizar para marcarte sin necesidad de un tatuaje. O también que todo fuese más simple y a mí el alcohol por fin se me comenzase a subir hasta límites insospechados- Deberíamos jugar alguna vez al póker, loba. Sospecho que sería una partida entretenida. -Me lancé a decir una vez ya me puse en pie. Fue un tanto acto reflejo, mi reacción instintiva a tus palabras. No me gustaba que se me leyese con tanta facilidad, tú podías hacerlo, así que inconscientemente me moví como si así tu análisis perspicaz se quedase ahí aunque realmente debería serme indiferente pero vamos, loba, soy un romántico, en el primer encuentro debería haber más misterio, ¿no crees?

-Si que tenemos códigos, te sorprendería. -Normas inalterables impuestas en cada barco y por saltártelas, encontrabas tu muerte. Así es como se sobrevivía en el Hawk Silver o en cualquier otro barco. Demasiados canallas juntos en un espacio reducido- No quiero ser una decepción para aquellos que saben de nosotros. -Comenté con un deje divertido que curvó de nuevo mis labios, casi distraídamente, pero mis ojos seguían clavados en ti- Tú no eres como los tuyos. No como los que he conocido. -No había razón para negártelo, incluso lo sabrías así que ¿qué ganaba no rindiéndome a tal verdad? Y entonces esa verdad me golpeó: no eras igual a los tuyos. Te miré con un matiz distinto, observándote directamente mientras mi sonrisa, por primera vez, se evaporaba para dar paso a un gesto reflexivo. Duró un segundo antes de que me pasase los dedos entre la cabellera castaña y desapareciese esa sombra de repentina seriedad y lúcida de seriedad, volviendo a permitir que la ebriedad pareciese adueñarse de mi mirada- ¿Crees que eres capaz de robarme? -Cuestioné entonces, en un abierto desafío, apoyando mi mano al lado de tu cuerpo y cerniéndome sobre ti, sin importarme si esto te incomodaba o no, era una provocación más para hacerte saltar. Ahora necesitaba verte en acción, loba.



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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por Invitado el Lun Mayo 16, 2016 12:10 am


▬ 22:40 — Hawk Silver
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L
a marca, una condena que se les daba a todos aquellos que no merecían siquiera una mirada, cazados por toda Pandora, ella llevaba muchas runas que la marcaban pero jamás etiquetándola como una criminal. Moana volvió a percibir su alrededor, el ruido casi imperceptible que hacía la llama de la vela al moverse, los barullos de la tripulación habían cesado, dudaba que se hubiesen satisfecho tan pronto con el alcohol, quizás solo necesitan un receso de tanto ocio. El silencio pausado del capitán no hizo más que hacerla pensar, aquel pirata le estaba dando más curiosidad de la que podía permitirse.

Rodeó los ojos con una sonrisa, hombres… tan mentirosos como siempre. ―De ser así deberías verme con mi ropa habitual― la morena no iba a creerse tal cosa, tan solo porque conocía este tipo de artimañas, las mismas que ella usaba sin pena cuando la situación lo demandaba. Podía percibir el efecto del licor sobre el cuerpo del capitán pero al mismo tiempo ese control que solo él podía ejercer sobre sí mismo, aún en los peores estados. No era el caso pero la soltura con la que se estaba comportando solo le hizo verificar que su juego estaba siendo seguido e incitado. Visualizó sus movimientos, sus siguientes pasos, su actitud vanidosa.

Y ella también lo sabía, el mercado de ladrones podía llegar a tener una lengua demasiado larga, se conocían las andanzas de los más osados, de los buscadores de tesoros y de los suficientemente valientes como para traspasar cualquier frontera. ―Jamás pondría en duda tu fama― acotó mientras se quitaba lentamente los guantes agamuzados que completaban su atuendo. La fama de los ladrones era un arma de doble filo, expuestos a traiciones y muertes insignificantes, por esa misma razón prefería la intimidad de las sombras donde su identidad y sus logros estaban fuera del alcance de cualquiera.

El tema en cuestión no tenía base de discusión, Arcadia estaba prohibida para todos aquellos que no fueran naturales de allí, las manadas se movían rápido, fulminantes a la hora de cazar, cumplidores cuando una presa se cruzaba por sus caminos. La tierra de bestias no era otra que una de las más peligrosas, las zonas más antiguas eran patrulladas, cuidadas de los ojos curiosos que deseaban meterse con lo que no debían. La loba sabía de memoria la ubicación del lugar, los rumores siempre iban y venían en lo más profundo de Arcadia y particularmente ella había vivido en las cercanías de aquel territorio prohibido. Efectivamente, era la peor idea que había escuchado de un humano y aun así, dentro de la insana locura, de la consciencia sobre el hecho de que era una misión suicida, un robo imposible, él se mantenía firme ante la peor idea que un humano podía tener. ―Podrías tener éxito, si es que consigues la alianza adecuada… o alguna pócima que pueda repeler licántropos― lo segundo quizás era factible pero poco viable ya que suponía ese tipo de cosas no tenían un efecto prolongado pero la alianza, la alianza no era una loca idea.
Una curva se asomó sobre su rostro para formar una sonrisa de aprobación, le gustaba la idea ―Sospechas bien, aunque solo lo haría si apostamos las prendas, es más divertido ¿No crees? ― se mordió el labio inferior mientras seguía cada uno de sus pasos, la madera rechinó bajo sus pues, la botella casi vacía reclamaba más bebida, él quizás también. Lenguaje corporal, ellos podían comprenderlo mejor que nadie, raza impulsiva y monumental, se había criado de diversas formas, una de ellas (enseñanza de lo que alguna vez había sido su madre) era el arte de despojar todo a su alrededor para solo ver a la persona que tenía en frente, estudiarla, visualizar gestos, suponer acciones, un arma para poder sobrevivir, le era irrelevante la comodidad del otro, ella no estaba allí para apaciguar los aires, todo lo contrario. Se sentía a gusto siendo de esa manera, un poco a su aire, en apariencia desinteresada, tenía una reputación que conservar.

«¿No me sorprende, pirata»  

Ella seguía las reglas, respetaba los códigos al igual que cualquier otro ladrón, además se ahorraba el hecho de meterse en problemas, arruinar sus contactos y los negocios, jamás había considerado perder lo que tanto le había costado tener en Zárkaros, no era una ciudad fácil.
Le encantaban las adulaciones ―Lo sé, soy mejor― su mirada no se separaba del capitán quien comenzaba a moverse más, de juegos estaba hecha la vida, aquella noche no era la expresión, pirata y loba ya se habían percatado que ambos eran un blanco por estudiar, peligrosos e impulsivos, una bomba de tiempo en la misma habitación. Se irguió al instante que captó la mirada inquisitiva de aquel hombre, la morena no se tragaba ningún truco, se los sabía todos como buena ladrona que era, el sutil gesto del capitán solo fue un fugaz maquillaje para esconder lo que quieren ocultar, alzó la mirada brevemente para luego dedicarle una sagaz sonrisa. ¿Qué más quería ella que diversión? Su vicio personal, perdida ante la constante necesidad de ceder ante los juegos.    
Ladeó la cabeza lentamente mientras que su rostro, astuto y con la misma mirada de picardía se fijó en él y solo en él para regalarle aquella respuesta ―¿Crees tú que me lo puedes hacer a mí?― lo devora con la mirada como el fino animal que era porque en ese instante no la estaba desafiando solo a ella sino a la loba que descansaba adentro. Extendió su mano suavemente hasta rozar con la ajena, el jugueteo con la piel ajena fue cuestión de segundos, tomó con rapidez la botella para acercarla a sus labios que sin permitir el contacto pudo verificar lo malo de aquel ron. ―¿De verdad quieres hacer esto, pirata?― se aventuró a preguntar mientras acortaba lentamente la distancia entre ambos, ella no tenía la culpa después de todo había sido el capitán el que había traspasado la línea de su espacio personal. No lo había calculado pero supuso que apenas unos pocos milímetros separaban su rostro del suyo, no le quito la mirada de encima, dejó la botella sobre la mesa y se separó lentamente de él para luego simplemente girar sobre sí y tomar apenas un metro de distancia, su mirada recorrió la totalidad de aquel hombre acechando de forma discreta, pero no menos amenazante, todos sus movimientos. ―Es curioso como ustedes, los hombres, son propensos a perder las cosas― comentó dibujando pequeños movimientos al aire con las manos, si él se lo pedía ella tenía que dárselo. De la nada o mejor dicho de algún lado demasiado bien escondido saco una daga, la empuñadura estaba decorada con polvo de oro, afilada pero demasiado bonita como para desperdiciar su hoja en gente sin importancia ―Que buen gusto tiene usted, capitán― dijo exponiendo el arma blanca de su contrincante, sonrió con aquella expresión de algo bien hecho, un punto para ella ¿Qué haría él entonces?.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Jue Mayo 19, 2016 4:15 am

Siempre he alardeado de tener una brillante imaginación pero también he cruzado los dedos por la que la realidad superase la ficción. No era ningún creyente, pero loba, si con esas prendas ya se podía adivinar lo que escondías debajo como una promesa al paraíso, rezaba porque con tus "ropas habituales" se descubriese. Con lo gilipollas romántico que me podía poner el ron y tú decidías desaprovechar una noche donde no tornabas a tu forma lupina robando baratijas. Porque era lo único a lo que te permitiría llegar si de mí dependía.

Ah, las mujeres, no había quien os comprendiera pero ni ganas de desde hacía mucho tiempo en el que decidí que hacerlo no cambiaría nada.

Morena, quizá tú no pusiese en duda mi reputación pero yo ni siquiera conocía tu nombre. Eramos las distintas caras de una misma monda y el canto de ésta apenas nos exponía lo que teníamos en común cuando había diferencias tan abismales entre nosotros. Tu naturaleza, la mía. Tu discreción, mi escándalo. Navegar en el Hawk Silver, ondear la bandera negra y moverme por los tugurios del muelle mientras que mi oficio era un secreto a voces, tan solo respetando el límite que Davy Jones había impuesto para no ser cazado por el rey de las profundidades. Podía vivir así, conservando esa libertad aún teniendo un nombre sobre mis hombros que fuese de boca en boca por el mero motivo de demostrar que un humano podía aspirar a algo más que ser el bocado apetecible de uno de los vuestros. Y luego estabas tú. Te movías como una sombra sinuosa. Incluso ahora, descubierta, solo permitías que tu voz fuese lo único que no devorase el sonido de las olas estrellándose suavemente contra mi navío. Habías ocultado tu rostro de mí, de cualquiera pero me temo que tenías una mirada que quedaría grabada a fuego en la memoria de cualquier mortal, loba. Había algo indomable ahí dentro, brillando en tus pupilas como si un incendio te alimentase por dentro. Aún relajada, crepitabas.

De tus labios había salido: una alianza. ¿Mi problema? Los hijos de la luna no erais lo que se decía un dechado de amistad y buenas intenciones, más aún si hablábamos de que llevaseis visita a vuestro coto de caza y refugio. Pero siempre había excepciones. Te miré, la media sonrisa asomándose a mi rostro, si bien no fue más insinuante hasta que no abrí otra vez la boca:

-Esa es la forma de incentivar a un hombre. -Me limité a concederte, sonando más atractivo tu póker cada vez más ligero que el mío tradicional, con un elocuente suspiro escaqueándose descaradamente desde lo profundo de mi garganta.
El desafío nació entre nosotros, dibujado en tus facciones mientras sentía la casual caricia suave de tu piel que contrastaba con la dureza que te rodeaba. La seguridad se aposentó en mí pero te sorprendería averiguar porque no te respondí abiertamente: yo no podía robarte, no en el silencio de la noche, no con la eficacia y limpieza de tus movimientos. Mis abordajes e incursiones seguían el mismo patrón de jolgorio, cada vez que pisábamos una proa desconocida y buscábamos el botín, todos los miembros de la tripulación opuesta sabían que estábamos allí. En el mar las cosas se hacían cara a cara y los premios eran grandes mercancías, no valía la pena disimular o ser discretos. Ese era tu trabajo. Tú te fundías, provocabas, eras letal, loba, como una bestia hecha a su hábitat. Éramos una clase de ladrones muy distintos pero mientras práticamente podía sentir tu aliento, no puedes imaginar hasta que punto me daba igual. Ladeé la cabeza, aún con la mirada hundida en la tuya mientras una parte de mi mente me hacía estar vigilante a aquellas manos que había perdido de vista.

-¿El qué? ¿Qué te arrimes así? ¿Por qué no, loba? -Dije con la juguetona sorna bañando mis palabras, enarcando una ceja oscura sobre uno de mis ojos que, inevitablemente, siguieron tus curvas cuando te propusiste alejarte mientras yo continuaba ahí, brazos cruzados, apoyándome en el escritorio como si no hubiese pasado realmente nada salvo que el escaso ron que me quedaba no había pasado tu prueba de fuego. Hasta que mostraste el arma. Apenas me traicionó la sorpresa aunque habría podido apoderarse de mi rostro. No ocurrió. Continué con la vista clavada, esta vez, en la daga. Siempre había opinado que ese filo no me correspondía, me resultaba más consolador el peso del sable sujeto a mi cintura que esa daga que atraería más fácilmente la atención de un, irónico por fijarme, ladrón... pero había sido cortesía de un botín proporcionado por la información de una útil socia de los muelles, Corso, a pesar de mostrar unos afilados colmillos cada vez que se dirigía a mí, era una buena confidente. Sus indicaciones siempre me habían aportado grandes recompensas y no podía un porcentaje desorbitado por éstas, así que funcionábamos bien juntos. Fue ella quien me dio el mapa de Arcadia junto a las instrucciones del nuevo botín, a sabiendas de que probablemente yo no me aventurará por terrenos salvajes. Pero, por si acaso, me lo dio. Aquella mujer leía bien a las personas.

-Solo en mujeres y barcos, en realidad. -Te respondí, incorporándome de nuevo para alejarme del mueble, salvando la distancia que nos separaba de nuevo con la sombra de una sonrisa en mi rostro. Me incliné ligeramente hasta estar alcanzar el tuyo y alargué mi mano hasta posarla en tu brazo, deslizándola lentamente por este hasta que mis dedos se cerraron en torno a los tuyos, por encima de la empuñadura de la daga- Pero pensé que te gustaban más las joyas, ¿verdad? Algo que está en el almacén de abajo, no aquí. Pero todos mis hombres están pululando por el barco, sobre todo en proa, así que dudo que puedas acercarte siquiera. -Levanté las cejas, obligándote a doblar el brazo cuando coloqué la daga entre el cuerpo de ambos y, de paso, tentando al destino mientras demostraba que el sentido común era le menos común de los sentidos que un hombre podía poseer- ¿Tu qué crees? -Te volví a lanzar, entrecerrando los ojos en un par de rendijas azules. Robarme a mí era relativamente fácil, más aún si lo tenías todo para distraerme ¿y quién era yo para no caer en eso, loba? Nunca fui ningún santo ni lo pretendía... y lo que había en Arcadia no era una baratija, era algo grande y seguramente un camino difícil. Lo que yo necesitaba ver no era lo que podías hacer conmigo, sino si cumplías tu trabajo mientras los planes se hacían solos en mi cabeza.




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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por Invitado el Sáb Mayo 28, 2016 11:06 pm


▬ 22:40 — Hawk Silver
Puerto | with J. William Reed

M
oana era el tipo de mujer que se sentía cómoda con su cuerpo, no le molestaba hacer uso de sus atributos si la situación lo demandaba, quizás ese era su pecado más cometido pero en un mundo como lo era aquel nada tenía mayor importancia que la propia subsistencia de cada uno.

¿Realmente conocía al pirata? Pues no pero aun así ella se movía entre las sombras, observando, escuchando, vigilando. Moana vivía en todas las ciudades, su supervivencia dependía de ello, de moverse, correr hasta dar con lo que venía buscando hacía más de dos décadas, ella no era nómada por elección lo era porque llegaría el momento que daría con lo que tanto deseaba y una vez pudiese tenerlo en sus manos podría descansar. Moverse de un lado a otro no solo había abierto una puerta para dar sus golpes sino que también le había dado la posibilidad de moverse entre los suyos, de ver más allá de cualquier ladrón, no eran pocos los rumores sobre el capitán del Hawk Silver, desafortunadamente su fama de bebedor opacaba cualquier otro encanto. Aún estaba sacando sus propias conclusiones sobre él, ella no congeniaba con humanos y sin embargo los curaba de sus males, la morena no le debía nada a nadie de alguna manera siempre se las arreglaba para toparse con ellos.

―Una de mis muchas virtudes― agregó divertida, ¿Qué más quería ella que sonrisas pasajeras que le apaciguaran la noche? El pirata se lo estaba dando y ella no podía quejarse, todo era un juego, una baraja maestra que se encargaba de recolectar detalles, ganar tiempo para obtener información.

No fue sorpresa ver su reacción, ella conocía a los que eran como él, hechos a la medida de un escudo paralizante que solo obstaculizaba su trabajo pero la morena se tomaba su tiempo para hacer lo suyo, aquello solo era un simple juego, uno de niños por cierto pero uno que le encantaba repetir de vez en cuando. Intriga fue lo que le dio entonces, ver con sus propios ojos que tan eficaz podía ser el capitán de aquel gran barco, a ella le gustaba aquello, juzgar los movimientos, las palabras, los botines, las formas y al mismo tiempo las batallas. La de ellos era una completamente distinta a las demás, ¿Qué fue lo que la mantuvo allí? Era curiosidad casi infame que le estaba provocando aquel hombre, el pirata, mismo oficio, mismo ego, pero ninguno de los dos llegaría a ser como el otro, quizás eran las diferencias, quizás no, Moana no se detuvo a llegar al fondo de aquel asunto, Savage apenas se inmuto.

«Como tú quieras, pirata.»  

La loba comenzaba a preguntarse qué tanto sabía sobre Arcadia, él ni siquiera se lo imaginaba pero Moana tenía un interés particular en la información que con tanto recelo guardaba el pirata, ¿Por qué? Porque siempre que había un tesoro un mapa se escondía detrás. La morena no se interesaba en las joyas por el amor al brillo, su constante búsqueda no era otra que la recuperación de una pieza fundamental de su pasado, una que se le había arrebatado de la peor forma y ella necesitaba recuperarlo. No podía asegurar que aquel tesoro guardase dentro de sus tantas cosas de valor un accesorio específico perteneciente a la única persona que era su dueña: ella.

La morena se cruzó de brazos, tranquila y en completo silencio. Por supuesto que tenías esos gustos, capitán, a fin de cuentas eras un pirata y además de tu amor eterno el ron, encontrabas placer en navíos, mujeres y las buenas ganancias. Siguió con cautela los movimientos del pirata, no tenía que temer, en todo caso él debía de cuidarse la espalda, más cuando a esa mujer poco le importaba lo que tuviese que hacer con tal de obtener lo que quería. No iba a negar que estaba fascinada con la situación, los desafíos siempre eran bienvenidos, no podía evitarlos pues se alimentaba de ellos. La corta distancia solo hizo que su mirada se intensificara, seguramente aquellos movimientos le servían de mucho al capitán pero con una loba que además de serlo poseía piel de hierro… pues, no era fácil sensibilizarla. Alzó levemente la mirada para quedar un poco más cerca de él, una amplia sonrisa se dibujó sobre su rostro, a los hombres nunca les decían que no tenían que meterse con el lobo feroz, mala suerte la suya. ―¿Dudas? Me rompes el corazón― comentó entristeciendo su voz. El filo de la daga ahora permanecía entre los dos, Moana había cedido a sus movimientos y en consecuencia un nuevo desafío se presentó. ―Creo que no deberías poner en duda mis habilidades, tu tripulación no es un desafió para mí, ¿Quién crees que arrebató la diadema de Thyris?― a diferencia de él, ella no tenía una banda de hombres detrás para apoyarla en sus golpes y eso era lo que más destacaba en ella, trabajaba desde la oscuridad para ser más letal, que el pirata dudase no era algo que llamase demasiado su atención porque estaba segura que él sabía muy bien a quién tenía en frente. No se soltó pues hacerlo hubiera implicado una desconexión forzada y necesitaba mantenerla apenas unos segundos más para buscar eso que tanto quería. ―¿Qué quieres hacer, capitán? ¿Jugar toda la noche hasta que salga el sol? Soy una mujer de altas demandas, necesitas mantenerme interesada― y es que en ese momento todo dependía de él y de cuan inteligente podía ser, por supuesto Moana no dudó de su capacidad, Savage sí lo hizo.
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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Lun Jun 27, 2016 5:30 am

Toda la plata que tu cuerpo no toleraba relucía en tu sonrisa peligrosamente, como si descaradamente mostrases tu peor y más letal arma. Sabía lo que podías provocar con tus fauces, lo que, sin duda morena, eras capaz de hacer con la implacabilidad primitiva de tu naturaleza... pero en lugar de ese escalofrío de peligro recorriendo mi espina dorsal, sentía algo más prometedor. Era imposible subestimarte y yo era un hombre,un humano... quizá sin excesivo sentido común, puede, porque si bien estaba alerta ante tu presencia, si bien sabía que este cuento podría terminar como acaba terminando todo en Pandora, seguía ahí, más tentado por tu sonrisa que por el filo de mi propia arma entre ambos que podrías ensartar con tanta facilidad en mi cuerpo. Quisiera pensar que todo era culpa del alcohol, pero no era tan hipócrita de saber que sobrio estaría igual y a mis pensamientos les costaría menos discurrir por los conductos de mi cerebro. No creía en que fueras mi muerte aquella noche, a esa astuta y vieja zorra la había conocido demasiado de cerca como para verla saludándome en la oscuridad de tus ojos, loba. Todo podía cambiar en un suspiro, pero en este, en mi nave, estaba bien.

-Mi madre siempre me llamó rompecorazones. -Hablé con mofa, mis ojos clavados en los tuyos sin moverse un ápice aunque una de las esquinas de mi boca tironeó más, dibujándose una sonrisa torcida en mis labios. Podía sentir tu cercanía, el aura de depredador que te rodeaba y alertaba a mis sentidos irremediablemente. En el orden natural de las cosas, era carne ante la boca hambrienta del lobo feroz. No te gustaría, loba, sinceramente, solo tenía la treintena (aunque eso supusiese un mérito en mi vida haberlos alcanzado) pero tenía la certeza que tenía que tener mal sabor para alguien como tú.

Y entonces, aún queriendo verte en acción, aún pensando en mis cosas, conseguiste llamar poderosamente mi atención con solo un puñado de palabras. La diadema de Thyris. No traté de disimular como se evaporó mi sonrisa inconsciente solo para arquear una ceja con evidente escepticismo. Esa mentira sonaba demasiado natural en tus labios y, realmente, no te serviría de nada el alarde porque ¿por qué motivo tenías que impresionarme? Así que rápidamente llegué a una conclusión: tú eras su ladrona, la real. De nuevo, el brillo calculador resurgió en mis pupilas. Los negocios tendían a hacer eso en mi cabeza, reamueblarla rápidamente aunque siguiese infestada de alcohol.

Cambio de estrategia.

Decidí creerte, evitaba exponer a los míos y a mí me seguían saliendo las cuentas. Fue entonces cuando me aparté de ti, soltando un resoplido que en realidad era una ronca carcajada que apenas resonó en el camarote en penumbras. Te di la espalda, regresando sobre mis pasos hacia el escritorio. Tú atacabas en la oscuridad, loba, era tu elemento, ¿pero por detrás? Eso era mezquino y había reglas ante las cuales nos sosteníamos todos, además no sacabas nada abalanzándote ahora sobre mí salvo llamar la atención de toda una tripulación. Si solo estuviese compuesta por humanos, el Hawk Silver sería una fuente de inagotable diversión para todas las criaturas que quisiese cazarnos, la presencia de que los vuestros también fuesen capaces de convivir con nosotros redoblaba mi confianza en la tripulación. No era tan fácil, loba y aunque algnuo hubiese captado tu olor, pensarían igual que yo en un inicio: compañía bien pagada y merecida por las curvas salvajes que te gastabas.

-Ninguno de los dos tiene tiempo, ¿verdad? A ti te espera tus altas demandas, a mí mi botella de ron. -De nuevo ahí esta, la nota burlona que rara vez desaparecía de mi voz contrastando con la habitual sonrisa bonachona.
Extendí entonces, de nuevo separados por el escritorio anclado al suelo, los papeles sobre Arcadia. Los deje a tu vista, sacando la información restante de uno de los cajones, ¿lo único que guardé para mí? Las coordenadas exactas. Helena no era una mujer que me diese información a medias, la vampiresa sabía trabajar conmigo y fueron unas palabras suavemente susurradas en mi oído acompañadas de esa sonrisa que sabía que no mostraba a todo el mundo.

-Quiero que vengas conmigo, loba. -La invitación salió repentinamente de mis labios curvados, apoyando las manos en el escritorio y mirándote de soslayo con el reto implícito en mi mirada azulada- Quiero que vengas a Arcadia y te unas a mi expedición.



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Re: A thief who robs a thief | J. William Reed

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