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Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

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Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Miér Abr 22, 2015 1:12 pm

Existían lugares sobre la faz de la Tierra que ninguna criatura con aspiraciones a decencia debía pisar. Ryssa Kirgyakos nunca tuvo pretensiones tan nobles y menos mal, porque a juzgar la forma en la que miraba a su intento de comprador, jamás lo conseguiría. ¡Menudo ladrón! Y que alguien como ella te escupiese esas palabras era un honor mortífero: nadie la desbancaba. ¿Pretendía hacerla creer de veras que ese maldito libro no valía su peso en monedas de oro? Si al menos hubiese ofrecido a cambio una bandeja de carne suculenta, se habría ido de ahí silbando con despreocupado buen humor. Pero no, ese elfo se empeñaba e intercambiar un tesoro a cambio de un par de alhajas que había hecho quitar velozmente a su mujer, sin ni siquiera disimular ante ella. La sonrisa de sus dientes mellados hizo que compadeciese a la feérica de grandes ojos tristes. Si ella tuviese un compañero como aquel, no le quedaría ningún diente. No había que engañarse, un ser como él jamás podría ostentar tal emocionante desgracia.

-Si no puedes elevar el precio, me largo con lo puesto. Mi nariz y yo no llevamos bien este hedor. -Bien podría referirse al elfo o a la pestilencia que reinaba entre aquellos puestos lúgubres donde la mercancía ilegal hacía de las suyas- Quédate con tus baratijas. -No iba a regatear por una miseria, volvería a Arcadia con los bolsillos llenos, si no era de su dinero, sería de otra persona, habiéndolo cedido voluntariamente o no.
En realidad, no se hacía una idea de lo valioso que era el libro que portaba entre sus manos. Sabía lo justo y necesario para ser consciente de que debía llevarlo allí por dos parámetros claros: el mago al que asaltaron murió por protegerlo de las garras de los asaltantes en balde y cuando lo abrió no se asemejaba a ninguna lengua que Ryssa hubiese leído ni oído nunca. Y el dato estrella fue el brillo ambicioso que había visto oscilar fugazmente en los ojos del elfo cuando la frenó ante su tenderete hacía menos de cinco minutos. Suficiente. No esperó respuesta, devolviendo el libro al interior de la bolsa que colgaba sobre su hombro, se viró y le dio la espalda. Craso error.

¿Para quién exactamente?

Sintió el afilado cuchillo a través de sus ropas, adivinando el mordisco afilado que procuraría en su piel si se movía un solo milímetro. Chasqueó la lengua y solo miró por encima de su hombro para enfrentar el rostro del elfo.

-Plata. -Fue lo primero que pronunció y al parecer le bastó esa mera palabra para auto declararse vencedor- Dámelo y lárgate de aquí, debiste haber aceptado desde el principio. Lo siento, pero una perrita como tú no sabría que hacer con eso. -Vaya, un hombre llamándola "perra", toda una novedad. En serio, lo era, habitualmente los insultos solo empezaban tras... llamémoslo comportamiento poco ortodoxo, moral laxa. Bueno mira, que tampoco iba muy desencaminado, vamos a dejarlo ahí.
En una muda exigencia, el filo se clavó para acariciar su piel dolorosamente en una punzada molesta. Y fue ahí cuando, por fin, la loba se volteó en un gesto rápido. Instintivamente, el elfo respondió tratando de asestar diana en el cuerpo de la griega en una cuchillada que debería hacer arder y arrancar un grito a la morena. La sangre manó de la herida superficial que se formó en sus costado, pero solo siseó antes de levantar el brazo sobre el rostro del elfo.

-Plata. -Rugió entre dientes, danzando una socarrona sonrisa en sus labios cuando le mostró el brazalete que serpenteaba en su brazo como una sinuosa serpiente plateada. Impulsó el mismo para oír nítidamente el crujido de la nariz del elfo con su cariñoso toque, alejándole de ella cuando trastabilló hasta caer de espaldas contra su puesto bajo las ajenas miradas curiosas. Por suerte para la mujer lobo, precisamente allí nadie olisqueaba en los asuntos de los demás y el suave espectáculo que acababa de ofrecer no era nada en comparación a lo que estaban acostumbrados.
Ryssa le dedicó la sombra de una sonrisa divertida a la feérica anonadada y se volvió, ya era hora de cumplir con lo que le había traído hasta Valtesi, los salvajes parajes de Arcadia aullaban por su regreso, y nunca fue una hembra a la que le gustase hacer esperar. ¿Dónde estaría ese viejo mago...?
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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Abr 22, 2015 10:38 pm

El mercado negro, su lugar menos favorito e irónicamente el que más visitaba. Había cobrado recientemente por la captura de un criminal en Valtesi y, pese a que no acostumbraba a gastar con frecuencia la fortuna que poco a poco iba amasando, estaba en aquel lugar con la intensión de satisfacer un par de caprichos suyos. Sus métodos de caza la llevaban con frecuencia a lugares como a aquel a fin de obtener información por parte de los comerciantes cuando en la ciudad neutral no encontraba rastro alguno de sus víctimas, cuando no podía encontrarlas y orillarlas a abandonar la protección de Valtesi en caso de necesitar terminar sus vidas. Cada contrato tenía una petición distinta y casi se esforzaba por lamentar el que algunos mercaderes conocieran alguno de sus métodos de captura, los cuales consistían en la paliza de sus vidas o un cruel interrogatorio. Gajes del oficio.

Pese a que su habilidad le permitía andar por ahí en plena luz del día, caminaba por entre los estrechos senderos del mercado con la acostumbrada capucha que le permitía ocultar de los ingenuos su verdadera naturaleza. No se jactaba de actuar como humana ni de pretender no ser una condenada, sin embargo fingir ser mortal le ofrecía ciertas comodidades y le facilitaba considerablemente su trabajo de cazarrecompensas, sin mencionar que era rara la ocasión en la que visitaba Bran, la tierra correspondiente a los vampiros. No tenía ningún asunto con ellos, solía decirse en los primeros días de su existencia en Pandora hasta que poco a poco fue olvidando la posibilidad de encontrar refugio con los suyos, pues no lo requería más ya que le era posible andar bajo la luz del sol, siempre y cuando ésta no fuera demasiado intensa.

Torció hacia la izquierda, pasando entre una muchedumbre para finalmente llegar a un pasillo un tanto más espacioso que le permitía caminar sin problema, sin perder la indiferencia característica de ella, dando una mordida a una manzana que sostenía con la mano derecha, misma que exhibía un brazalete con el escudo de su propio linaje, un dragón. No poseía recuerdo alguno que le indicara cuál era su procedencia y era gracias a ello que se permitía construir una herencia propia, su propia fama y su propia fortuna.

Miró de reojo como una precaución primero hacia la izquierda y después hacia la derecha apenas divisara su destino. Se removió la capucha al entrar a una tienda demasiado estrecha y volvió a dar un mordisco a su manzana, disfrutando de ese placer que muchos vampiros aún tenían como terrible. Se aproximó a la barra que dividía el sitio de espera con un pequeño espacio que conducía al pequeño almacén del mercader, mismo que vio aparecer tras haber tocado la campanilla. Lo miró fijamente un momento al tiempo que buscaba la bolsita con monedas de oro, destinada a pagar por su pedido. - ¿Tiene algo nuevo para mí? – Preguntó al hombre de avanzada edad al tiempo que depositaba el pago sobre la barra. Lo siguió con sus ojos fijos cuando el mercader fue se agachó un poco para buscar algo bajo la barra, un paquete y un par de carteles enrollados.

No mucho. – Respondió el anciano mirando simplemente a la mujer desenrollar los carteles y deshacerse de uno con cierto desdén, dándole a entender que ya había cobrado por uno de los buscados. - ¿Está segura de que esto es lo único que quiere? – Inquirió señalando el paquete un tanto extrañado.

La vampiresa no respondió, pues estaba mirando el segundo cartel con una mueca en el rostro. Se trataba de una novata, una mujer por la que ofrecían no más de cien monedas de oro, tratándose tal vez de una novata que hacía delitos menores. Lo enrolló de nuevo y lo guardó, tomando también el paquete. – He pagado por lo justo, no haga preguntas. – Musitó antes de darle la espalda y salir de aquel puesto.

Una vez fuera, no se molestó en cubrirse de nuevo, pues estaba asegurándose de que su pedido estuviera completo. Volvió a la tarea de comer la manzana tras haber visto que todos los dulces que pidió estaban completos. Un gusto absurdo para una mujer como ella, pero inevitable.

Se detuvo un momento al ver a la distancia una pequeña contienda entre una licántropo y un elfo. ¿No era ella la mujer del cartel, la novata por la que ofrecían menos de cien monedas a quien la entregara con vida? Si bien esa cantidad podría parecerle una fortuna a cualquiera, Helena se había acostumbrado ya a los peces gordos, a los grandes sacos repletos de monedas. Quizás aquello era motivación suficiente para buscar algo de entretenimiento al perseguirla, por lo que se echó a andar nuevamente al mismo tiempo en que la morena lo hizo y caminó con sigilo hasta colocarse junto a ella y empujarla con el hombro hacia un estrecho callejón. – No pareces ser una ladrona, pero al menos ofrecen una pequeña fortuna por atraparte. – Le dijo adentrándose con ella y mirándola con indiferencia.
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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Sáb Abr 25, 2015 6:37 am

La mano de Ryssa voló inconscientemente hacia el rasguño que se había dibujado en su piel, una herida superficial que presionó distraídamente para evitar que la sangre tiñese su ropa. Apenas manaba, convertida en una brillante línea rojiza que desaparecería al día siguiente. Y, para entonces, esperaba estar muy lejos de aquel mercado infestado de hombres con sonrisas rotas y oscuras, de mujeres que componían un cuadro de ojos vacíos. Porque la pestilencia que tanto disgustaba a la griega no tenía nada que ver con el olor del barro devorando el asfalto, del alcantarillado de la ciudad inundando potente las calles de agua estancada y sucia, no, lo que le podía enfermar era el fracaso, la resignación, el desesperado intento de supervivencia de la mayoría de los perdedores que se arremolinaban tras puestos ambulantes. Ellos estaban allí en un acto de desesperación, tras cada uno de los rostros, la loba podía leer nítidamente: "Vendería mi alma por un puñado de monedas, mataría a mi madre, conseguiría lo impensable, solo pon un precio" Pero ninguno de ellos podría hacerlo: no eran asesinos, eran desafortunados a los que la suerte les había golpeado hasta dejarles K.O y mordiendo el polvo. La mayoría eran corderos que se habían echado encima la piel del lobo en un intento de aguantar otro día, sin importarles a que estuviesen renunciando a cambio de seguir a flote en un mar que terminaría por ahogarles. Porque algunos tendrían más picardía que otros, pero allí existían auténticos tiburones. Y la mayoría de veces que mezclaban negocios, acababan muertos. Eran débiles, habían perdido las pocas cosas por las que valía la pena respirar: la fuerza, el respeto, la pasión. Había muchos tipos de perdedores, si le preguntabais a Ryssa, esos eran los de la peor calaña... y si no había un dios que les compadeciese y se apiadase de ellos, la loba tampoco lo haría.

El peso del tomo que ocultaba su bolsa se balanceaba con suavidad a cada paso que daba, sus botas marcando un rápido compás. Su nariz se arrugaba en un evidente desagrado que no se molestaba en disimular. Quizá si hubiese estado en sus territorios, hubiese sido capaz de percibir unos profundos ojos persiguiéndola. Igual si no estuviese inmersa en esa marea de rostros esculpidos en hierro desgastado, hubiese atisbado el porte majestuoso de la vampiresa, muy distinto de las demás criaturas. Pero no prestó atención, más ocupada en recordar que camino le guiaría hasta el mago que podría valorar su mercancía.
El empujón le hizo soltar el aire que inconscientemente había retenido en sus pulmones, soltando un improperio que jamás debería estar en los labios de una dama. ¡Ese maldito elfo! Se tragó sus palabras cuando sin alterar la expresión feroz que se apoderó de su rostro, se fijó en la mujer que hablaba. Por un instante, Ryssa solo pudo mirarla. La evaluó, momentáneamente. Estaba sorprendida. Aquello era mejor que un feérico desesperado. Ladeó la cabeza. Por algún motivo, esa vampiresa le recordó a los dioses del panteón a los que aun hoy profesaba respeto. No tenía nada que ver con su cara bonita, eso se podría destrozar fácilmente, era por la manera que tenía de mirarla, como solo sientes una leve curiosidad por ella, por la indiferencia y la autoridad que rezumaba por cada poro de su piel. Porque, de una peculiar manera, su humanidad parecía estar muy lejos de sus ojos.

-¿Y tú quién diablos eres? -Sonó brusca, si bien no hizo ademán de moverse de allí, entre la pared y un enemigo por excelencia. El olor dulzón de aquella criatura podía hacer arder sus pulmones y su nariz con más facilidad que el fuego o la plata. Enarcó una fina ceja oscura, ¿una fortuna por...? Sonrió petulante, arrogante. Se sintió tentada a invitar a aquella muchacha a una jarra, de cerveza o de sangre, le daba igual, solo por haberla reconocido: allí no importaba cuanto pagasen por ti, sino que lo hiciesen- No pareces la clase de mujer que necesita calderilla. -Ronroneó de buen humor la morena, aproximándose a ella, sin mostrar afectación cuando su bestia interna gruñó ante la cercanía de aquella castaña, el hedor contradictoriamente atractivo de la vampiresa que despertaba a su instinto, provocándole en un juego que hizo vibrar un rugido amenazante en su garganta, insólitamente más juguetón gracias al brillo divertido del lapislázuli de sus ojos.
Y, una parte de ella, sabía que debía conocer ese rostro imperturbable. ¿De qué? Frunció los labios ligeramente y en un gesto discreto, llevó la bolsa a sus espaldas, aunque de pronto pareció pensarlo mejor y tras recorrer con deliberado descaro a la vampiresa, de pies a cabeza, llegó a la conclusión de que tendría más cerebro que el elfo de ahí fuera y si eso era cierto...

-¿Qué sabes de magia? -Interrogó, espontánea y con una naturalidad asombrosa para la situación, llevándose una mano a la cadera.
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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Abr 25, 2015 6:03 pm

Ésa era una muy buena pregunta. Ni siquiera la misma vampiresa sabía quién demonios era, de dónde venía o por qué estaba en Pandora. Y lo peor de aquello era que entre más tiempo pasara en aquel mundo, con más frecuencia escuchaba tales preguntas. No era una mujer curiosa y por lo tanto le resultaba casi imposible en un pasado que muy seguramente no le serviría sino para presentarle nuevas limitantes, para forzarla a ser alguien que ya no es y seguir costumbres en las que ya no creía. Era más ventajoso no saber su origen y que nadie más lo hiciera, así se permitiría ser tan sanguinaria y despiadada como su naturaleza se lo permitiera, sin sentir remordimiento alguno a causa del pasado.

Deseó recordar en aquel instante qué era lo que hacía en ese callejón tratando de capturar a una licántropo que quizá era meramente una aficionada a los bandidos. Esperaba concluir sus asuntos ahí rápido y habría sido así de no haber conseguido el cartel que la incitaría a seguir a la mujer que segundos atrás había atacado un elfo. El comerciante no le importaba, sino la ocasión de ocupar una vez más su mente en la placentera tarea de seguir un rastro, de reducir la población de aquel sitio aborrecible, lleno de suciedad y contagiado por la miseria humana. Y ella se alimentaba de miserables. Ironías de la vida.

¿Esperas acaso una presentación? Eso es muy ingenuo de tu parte. – Terció mirándola fijamente a los ojos, con férrea indiferencia y con aire retador. Había visto un centenar de veces ya aquella expresión de autosuficiencia, la brusquedad de una víctima que desconocía el evidente destino que le esperaba al estar entre la pared y aquella vampiresa. Le dio una mordida a la manzana que seguía sosteniendo en su mano derecha mientras estudiaba la existencia apestosa de la loba, dudando si entregar a alguien tan primeriza le proporcionaría el mismo placer que entregar la cabeza de un estafador a quien quiera que fuese tan ingenuo como para ofrecer dinero por ello. Pues era más que evidente que la morena no se preocupó en ocultar el súbito cambio de semblante, como si hubiese reconocido a un colega en su atacante.

Lo normal hubiese sido que el semblante de Helena cambiara finalmente ante las palabras de la bandida, pues hasta cierto punto redujo el tedio que le producía el mercado negro, pero permaneció inexpresiva, como si su rostro fuera meramente una máscara y nada más. – Me gusta coleccionar monedas. – Replicó sosteniendo la mirada contra la de ella y mordiendo nuevamente la manzana. Su seriedad no era algo que se viera fácilmente aceptado por la cercanía de cualquier criatura, así se encontrara frente a un enemigo natural y que quizás equiparara su fuerza. Sabía, gracias a lo que había visto, que la plata contra ella no funcionaría y que por tanto necesitaría ingeniárselas para abatirla si se llegaba a dar el caso, aunque todo parecía muy distante a un combate.

Algo sé. – Respondió con naturalidad, consciente de cuál era la intención de aquella pregunta. – Lo suficiente como para saber que hiciste bien al no intercambiar ese libro por baratijas. – Quizás sabría más acerca de magia si recordara la infinidad de libros que había leído en los siglos anteriores y si supiera que en eso consistía parte de los recuerdos perdidos. De momento, la curiosidad por aquel objeto tenía más peso que la captura de la mujer, de modo que, aunque no se lo dijese de manera directa, estaba dispuesta a aguardar un poco más para capturarla.
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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Dom Abr 26, 2015 4:52 pm

-Cuanto menos, por educación. -Pero a juzgar por la forma en la que sonreía, mostrando cada uno de los dientes marfileños que componían su dentadura, poco le importaba la educación y su nombre, al menos por el que era conocida. Ese apelativo, por muy poco que significase para los demás, para Ryssa lo era todo. Todo. Por eso nunca oirías de sus labios como se dirigía por él a su dueño, no hasta que te aceptase a su retorcida manera. Pero en el fondo, era plenamente consciente de que la insólita mujer que erguía su barbilla frente a ella, sin ninguna expresión surcando sus facciones, esculpidas e inalterables, puro y frío mármol, debía obtener un nombre en su lista- Pero puedes mantener el misterio, también es romántico. -Se encogió de hombros, en un alarde voluntario de despreocupación, exponiéndolo ante la castaña. Y, en mayor o menor medida, era real. Debía andar con pies de plomo, pero que diablos, si aquella mujer estaba decidida a atacarla, lo haría antes o después, ¿qué se suponía que estaba esperando? No podía leer nada, absolutamente nada, en sus ojos. Ese lado más primitivo y bestial que se escondía en lo más profundo de la griega, contenido en una jaula endeble, se revolvía inquieto por actuar, demandado por su instinto animal: el licántropo siempre quería medir fuerzas con su enemigo natural, aunque eso significase la muerte. Por suerte, su semblante continuaba siendo humano, así que tenía el control, aunque no era bueno sentir que a cada segundo que pasaba, estaba más acorralada entre la vampiresa y el callejón. Si no tuviese otra prioridad, ya se habrían desenfundado sus dientes. Además, había otro factor jugando en su contra: no había esperado la presencia de un vampiro, no cuando los rayos de sol acariciaban deliberadamente y con ardor aquella tarde. La suerte podía ser una verdadera hija de puta para tener que colocar a una vampiresa dotada de una habilidad que le permitiese moverse bajo la luz como si fuesen los focos de su fiesta privada. Pero era la primera vez que la loba apreciaba una existencia muerta caminar por el mundo de los vivos, impregnando de dulce putrefacción el ambiente, con la banda sonora de un corazón silencioso.

¿Coleccionar monedas?

Ryssa parpadeó, elevando con desconcierto ambas cejas azabaches, anclada su mirada en la de la mujer. Y entonces escapó de sus labios una risa, llevándose parte de la tensión que se había apoderado poco a poco de sus músculos.
Así que había presenciado el altercado con el elfo, ¿eh? ¿Cuánto tiempo llevaría rondando por la zona sin que la morena se percatase? Torció levemente los labios. No importaba si habían sido horas o segundos, en aquel mundo, no apreciar algo como aquello podía significar la muerte. Sobre todo para ella.

-Bien. -Asintió con la cabeza, entrecerrando sus ojos en un par de rendijas azules- ¿Has podido apreciar algún libro similar, Perséfone? -Tanteó, bautizándole en aquel mismo instante con un nombre de su propia cosecha, careciendo de total importancia que le correspondiese o no, para Ryssa lo hacía, enormemente.  
En el fondo tenía prisa por deshacerse de ese tomo donde la magia antigua había dejado huella, podía percibirlo, y si podía conseguir una tasadora gratuita sería más rápido que andar regateando con cada ser mágico que quisiese timarla, porque si todos iban a ser como aquel elfo, iría expresamente a Baskerville para que viesen como aquel libro ardía. Lo bueno es que al fin y al cabo, era consciente de que no sería ninguna tontería si había tantos interesados. Suficiente para ella, más aún para su banda.
Y, además, hasta que se presentase la opción de una salida de allí, era mejor mantener en vilo la curiosidad de la vampiresa. Aunque la realidad es que a aquellas alturas, el interés de la griega estaba destinado a ella, el libro relegado a un segundo plano, si bien la conversación giraba en torno a él.




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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Abr 30, 2015 11:42 am

¿Educación decía? Obviamente la mujer estaba jugando y, encima, no sabía responder ante las malas situaciones. O quizás sí lo sabía. Las respuestas burlonas de la morena poseían la extraña facilidad de sorprender a la vampiresa, ya que jamás se había topado con un bandido que, más que seguro de sus fechorías, no se redujera a sí mismo a un insecto al mostrarse víctima del miedo, pues era evidente que la loba estaba lejos de mostrar cobardía o cualquier tipo de preocupación por su existencia. Quizás sus modos burlescos era un reflejo del nerviosismo que le provocaba la presencia de la inmortal. – Seamos románticas, entonces, y pasa de mi nombre. No te serviría de nada. – Replicó estudiando a la mujer, insinuando que ni a los muertos ni a los presos les hacían falta un dato como aquel.

Sabía, gracias a los escandalosos latidos de su corazón, que la loba estaba esperando al momento en el que finalmente se abatieran, que aguardaban por un paso en falso que le permitiera abrir sus fauces y clavar sus filosos colmillos en la gélida piel de Helena, a fin de infringirle un daño que poco a poco garantizara su libertad. Pero la vampiresa no era tan estúpida. No iba a darse el lujo de entrar en una pelea con un licántropo ni de salir malherida, así resultara victoriosa, pues sus ropas y la serenidad que la caracterizaban estaban en juego. Era aquella fría indiferencia en su rostro lo que hacía perder la cabeza a sus víctimas, era lo que los hacía presas del miedo y los conducía a un nerviosismo letal, obligándolos a echarse a correr u otro intento de fuga que, en ciertas ocasiones, consistía en atacar a la mujer.

Pasó por alto el nombre con el que la loba la bautizara, en sus días en Pandora había recibido muchos otros que estaban muy por debajo de la decencia a diferencia de este último. Contempló a la loba un instante y tras meditarlo con una sutil mueca en el rostro, habló. – Un par de veces. Déjame ver el libro. – No tenía malas intenciones en lo que se refería al objeto, ya que en realidad no había tenido la oportunidad de observarlo a detalle, algo que muy seguramente contribuiría a la respuesta que la loba buscaba. Y no sólo era que sus intenciones fueran simplemente ver el volumen, sino que se plantó con sumo detenimiento el no cazar a Kirgyakos de momento, dejarla libre sólo si podía ganarse esas cien monedas de oro en un modo distinto.




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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Jue Mayo 07, 2015 3:29 pm

En una cosa aquella imponente vampiresa si se equivocaba: a Ryssa si le serviría su nombre, necesitaba otorgarle uno, por eso lo escogió ella misma. Podía percibir, como unas sombras informes alrededor de aquellos ojos impasibles, el poder, la fuerza. O puede que fuese algo más. No era cuestión de su raza letal, esa condición vampírica que la convertía en su enemiga por excelencia, era... ¿Qué? ¿Por qué le había entregado algo tan valioso como un nombre? La mayoría no se lo merecía, empezaban siendo "el tío ese" y, por norma general, salvo que consistiera en negocios, no se molestaba en grabar ninguno en su memoria, no hasta que, de alguna forma, se lo ganasen. Había dos motivos: ella había peleado con uñas y dientes para conseguir el suyo, para oír Ryssa y sentir un irreverente orgullo hacia él. La segunda parte no era tan fiera, pero si más cruda: Pandora devoraba a los débiles, los borraba de la faz de la Tierra sin compasión ni regodeo, simplemente lo hacía. Ya no solo jugaba que la loba tuviese una percepción retorcida y única de los nombres, un valor desconocido en otras criaturas... es que veía una estupidez apostar por alguien que moriría.

-Nunca fui una mujer romántica, Perséfone. -Admitió, leyendo entre líneas su declaración, devolviéndosela con una sonrisa que mostró cada uno de sus alineados dientes de marfil. Antes que ser atrapada, como cualquier otro licántropo, Ryssa prefería la muerte, la caída en batalla. Si la vampiresa pensaba darle caza y detenerla para entregarla... No. El salvajismo de esa negación se palsmó en sus ojos azules, que adquirieron un brillo dorado, el animal que respiraba en su interior se removió, presa de un sucio y primitivo placer de saberse que podría ser liberado para atacar en cualquier momento. Y lo deseaba. Pero Artemisa buscaba respuestas, y la castaña parecía una persona cultivada, con esa recia dignidad que había visto muy pocas veces en un territorio como Pandora, ni siquiera en otros vampiros. Bueno, el resto de no-muertos tenían esa expresión de asco continuo y mal disimulado que te hacía pensar que tenía una estaca metida por el trasero. Perséfone... en realidad, no mostraba nada. Quizá fuese ese control constante lo que llamó su atención.

¿Quería que le diese el libro? Enarcó una ceja. Y después volvió a planteárselo. ¿Qué podía perder? Si salía corriendo, Ryss le perseguiría y ofrecerían un espectáculo impresionante a un público entusiasmado que probablemente se deshiciesen en apuestas. Una pena que aquella mujer no tuviese pinta de querer armar un show así con ella, amañado para llevarse unas monedas.
Se giró y hurgó en la bolsa, sacó el tomo oscuro cincelado con palabras en un idioma desconocido, las letras que no le decían nada impresas en una caligrafía dorada y armoniosa que atraía la vista como una moneda de oro reluciendo en medio de la oscuridad. Se lo ofreció a la vampiresa, estirando el brazo hacia ella para que lo hojease.

-¿Qué crees que esconde? -Se había hecho muchas veces la misma pregunta, apostando por la magia negra por la sensación que parecía inundarte cuando sostenías entre tus manos el libro- Estaba siendo transportado por una caravana protegida. Solo murió un brujo tratando de llevárselo, el resto intentó impedirlo pero... -Se encogió de hombros. Había resultado una carnicería el asesinato del primero de ellos, los demás, probablemente, no quisieron acabar del mismo modo. Ryssa solo recordaba el rostro del único que se les enfrentó. Por su valor, ella le hubiese dejado vivir. No era su decisión- ¿Entiendes algo de lo que está escrito? -Le brindó toda la información porque las circunstancias hacían mucho, miró con genuina curiosidad en sus salvajes ojos a la vampiresa, aproximándose otro paso hacia ella para echar también un vistazo mientras lo hacia. Su hedor dulce le hizo arrugar la nariz, pero no dio mayor señal de disgusto.




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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Mayo 09, 2015 1:52 pm

Ignoraba cuál era la necesidad de la loba por saber el nombre de Helena, por conocer aquella simple palabra que todos en Valtesi ignoraban. Y aquello significaba una razón más para que su curiosidad hacia la bandida creciera cuando menos un poco, pues había comparado con anterioridad su reacción al encontrarse entre la vampiresa y la pared y había resultado ser un espécimen raro de mortal. Podía percibir cierta tención emanar de ella, lo común cuando se está frente a un enemigo natural y se espera un ataque por parte de él, pero no hallaba ni la más mínima pizca de acobardamiento. Y encima la mujer se atrevía a insistir, a seguir ese tonto juego para conseguir el nombre al que la vampiresa respondía. – Evidentemente. Tu nombre apenas es susurrado entre los cazadores, pero es conocido. – Espetó dejándole ver a la licántropo cómo la balanza se encontraba ligeramente inclinada a favor de Helena.

En realidad no existía tal cosa como “los cazadores” y si lo había, a Helena le importaba poco. Cada vez que aceptaba un trabajo era crucial para ella obtener un nombre o, como mínimo, la apariencia de su víctima, y todo aquello era cubierto por los carteles que se pegaban por todo Valtesi, así como había uno de una tal Kirgyakos por robo y disturbios. Y cien monedas. ¿Qué eran cien monedas para tales crímenes? Demasiado, absurdo, una exageración. Cobraba cien monedas por estafadores, por robos mayores. ¿Qué cosas habrá hecho aquella mujer para que su cabeza valiera tanto?

Comenzó a estudiar el libro desde el instante mismo en que su mano lo recibiera. Analizó el peso, la textura, el grosor y la sensación extraña que recorrió su piel, desde la yema de sus dedos hasta la nuca, erizándola levemente. Quitó el segurillo de la portada después de observarla y comenzó a pasar las hojas hasta finalmente encontrar texto que valiera la pena leer. No obstante, al llegar a la primera página con contenido, dejó de escuchar la voz de la morena, como si ésta pasara a segundo plano para dar lugar a una profunda confusión. – Conozco estas runas. – Afirmó mientras deslizaba la yema de sus dedos por sobre las letras, como si existiera en ellas textura alguna que le otorgara más información, pues, aunque las runas le resultaran familiares, no recordaba dónde las había leído antes y su significado escapaba de su mente apenas trataba de pensar en ello.

Alzó la vista súbitamente y cerró el libro, dejando que su mano reposara sobre la pasta y que su brazalete fuera visible. – Pero no entiendo muchas cosas. – Lo que sí comprendía era la razón por la que ofrecían cien monedas por la morena. – He visto libros como estos ser protegidos a muerte en la biblioteca de Baskerville y sabemos que los magos no se molestarían en proteger esta clase de objetos si contuvieran magia blanca. – Añadió haciendo entrega del volumen. – Así que, si planeas venderlo, te aconsejo que no te detengas en el puesto de cualquier mequetrefe.




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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Jue Mayo 14, 2015 5:41 pm

Touché. Ryssa chasqueó la lengua. Aquella vampiresa tenía una obvia ventaja, al menos en cuanto identidades se refería. Por eso, la morena simplemente dejó el tema tal y como estaba. Al menos, de momento. Tendría más oportunidades para descubrir algo como un nombre, si bien se contentaría de momento con aquel que ella misma le había bautizado. Pateó su curiosidad hasta reducirla a la mínima, asegurándose de captar cada detalle de la vampiresa para analizarlo cuando el sol se escondiese.

¿Qué le importaba en realidad a la mujer lobo? Todo durante el tiempo que la tuviese frente a sus ojos, nada mañana. Se tomó la libertad de aspirar con suavidad su aroma nauseabundo para hallar esa impronta personal que diferenciaba a Perséfone de los suyos, ese brillo astuto de su mirada absorta en las páginas del volumen, la elengancia felina que acompañaba a cada uno de sus leves movimientos. Era la clase de presa que a Ryssa le enloquecería cazar, a sabiendas de que podría satisfacer su retorcido instinto, su hambre voraz de acción... pero la propia bestia que habitaba en su interior estaba expectante, presintiéndose mejor que su parte humana que se hallaba frente a un elemento fuera de lo común. ¿Por qué?

-¿De qué? -Preguntó sin andarse por las ramas, cruzando los brazos sobre su pecho mientras arqueaba una ceja y por fin retiraba la mirada de la castaña para bajar la vista hacia el libro, que parecía emitir el bombeo de un corazón en una atracción que a Ryssa le resultaba repulsivamente magnética. Tenía que deshacerse de él, pronto.
A través de sus pestañas en forma de media luna, miró a la vampiresa. Tomó el tomo en observación y, sin ningún cuidado ni preámbulo, lo dejó caer de nuevo en la bolsa, sin apenas prestarle su debida y merecida atención, porque prefería obviar ese poder que emanaba

-Había apostado que podrías interpretarlo. -Y había perdido una cerveza a la que se tendría que autoinvitar después- Necesitaba saber el valor y que es, no puedo encontrar al mejor postor si no conozco su precio. Quizá debería devolvérselo a sus dueños. -Pero no tenía ninguna intención de hacerlo y, después de todo, no había sido decisión suya- Supongo que será mejor que encuentre a algún mago que pueda evaluar el... -Se quedó a medias y miró por encima del hombro de la vampiresa, en una muda advertencia que se plasmó en la tensión que adquirió momentáneamente su mandíbula antes de relajar de nuevo su expresión- Compañía. -Dijo, tan solo, en un tono cantarín cuando un par de encapuchados hicieron su aparición tras las espaldas de su compañera. Ryssa no hizo ningún movimiento, ya segura de quienes eran... porque ese maldito elfo no pudo cerrar su boca para avisar a los brujos de que era lo que tenían a mano si se espabilaban. No debió quedarse ahí tanto tiempo. Soltó un ostentoso y exagerado suspiro, colgándose bien su petate al hombro y esbozó una sonrisa que podría pasar por encantadora, siempre que no perteneciese a Kirgyakos- Bienvenidos.




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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Jun 15, 2015 4:50 pm

Recordó, para fortuna suya, de dónde procedían las runas y qué nombre se le daba a tal lenguaje, otorgándole una noción más clara del valor del texto que sostenía en sus manos. Era, ni más ni menos, un libro antiguo que había sido escrito entre el siglo VII y XI, cuando en Escandinavia aún se utilizaba el lenguaje en runas y no el idioma con caracteres latinos como se conoce en la actualidad. O quizá, puesto que contenía una extraña mezcla de lenguajes, habría sido escrito muchos años después de la expansión de las runas por algún druida que descubriera el secreto para prolongar su vida, así como el autor pudo también pertenecer a siglos posteriores al renacimiento. No obstante, aquella información no era lo único que la había suponer un alto precio por él, sino que el saber el método de obtención y la extraña sensación que le producía al tenerlo entre sus manos no hablaba de un texto cualquiera.

Su interés por el asunto creció al grado de olvidarse por completo de la recompensa, pero no lo suficiente como para hacerle recitar una buena respuesta sin pensárselo dos veces. – Si vas a entrevistarme, por lo menos invítame a cenar. – Masculló con cierto tono de burla al sentirse ligeramente invadida por la impetuosa curiosidad de la morena. – Cualquier letrado reconocería sin dificultad esta clase de runas. – Respondió de cualquier modo pensando en lo afortunada que había sido al encontrar específicamente esas runas y no las que pertenecen a los elfos antiguos, ya que era poco probable que alguien Thyris pudiera ser de utilidad. – Son runas anglosajonas, el lenguaje se conoce como futhroc. No es difícil encontrarlas, pero normalmente están cifradas y entenderlas no es cualquier cosa, lleva tiempo. – Añadió aunque quizá a la mujer no le interesaran esos pormenores. A fin de cuentas, no podía esperar mucho de alguien que buscaba vender un libro como aquel en el mercado negro, al menos sin haberse asegurado un buen postor.

Y en efecto, la mujer parecía haber ignorado las palabras de la vampiresa que hablaban del valor del volumen. Lo había dicho a base de indirectas, de manera sutil, ya que la privacidad en ese callejón no se podía garantizar. Ella, como vampiresa y cazadora, no le daba valor alguno a la vida ajena y Kirgyakos, como licántropo, seguramente tampoco lo haría. No obstante, para otros el proteger algo con la vida hablaba de un objeto invaluable. Quizás si la griega lograba vender bien el libro, viviría llena de comodidades por el resto de sus días y su pequeña carrera como ladrona no sería necesaria. Pero, de momento, aquella conversación había finalizado a causa de la llegada de los siniestros.

Helena no estaba en buenos términos con esa raza y muy seguramente la loba tampoco, especialmente tras el pequeño jaleo entre ella y el elfo momentos atrás. Eran justamente dos encapuchados y ello, bien o mal, les daría un poco de juego.

Miró a los dos hombres por encima del hombro mientras que la morena les daba una sardónica bienvenida y sus ojos permanecieron siempre fijos en las manos de los siniestros, tomando cada gesto como una posibilidad de ataque, pues esa raza era conocida por andarse sin rodeos. Pero así como estaba siendo vigilada y cualquier movimiento suyo sería motivo para comenzar la contienda, permaneció con las manos a sus costados, acercando una de ella sutilmente a un contenedor metálico que había junto a ellas. Habría añadido alguna sandez a las palabras de la griega, pero, tal y como ella preparaba una defensa, ellos prepararon su ofensiva, de modo que, al momento en que uno de ellos delató sus intenciones, la vampiresa alzó el contenedor metálico y lo lanzó hacia donde se encontraban ambos siniestros. – No creo que quieran invitarnos a salir, así que será mejor que nos larguemos de aquí. – Dijo a Kirgyakos durante el breve momento de ventaja que consiguió y mientras buscaba con la mirada algún rastro del enemigo.




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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Miér Jun 17, 2015 7:55 pm

No eran palabras reales, pero en el mundo de Ryssa el concepto de "invitar a cenar" no existía y por consecuente, como hubiese hecho cuando la luna reclamaba su espíritu animal, arrugó la nariz y descubrió sus dientes en una mueca que hubiese sido igual de expresiva en su hocico lobuno.
Sopesó la información respecto al libro que le brindó la vampiresa, quedándose momentáneamente pensativa tras guardarlo. ¿Tendría que dedicar más de su tiempo a ese volumen? Quería alejarse de la contaminación de Valtesi, de la debilidad envuelta en papel de lija de sus habitantes, de la anarquía mediocre de esas calles, de lo que un puñado de osados llamaban "civilización". Pero no estaba dispuesta a dejar caer en unas manos que no confiase aquel tomo durante el tiempo que requiriese su traducción. Resopló con ligereza, algunos mechones oscuros revolotearon alrededor de su rostro marfileño.
No le dio tiempo a añadir mucho más a esa amena charla, ni siquiera a interesarse más por la dama infernal que tenía delante, no antes de que tuviese que componer su mejor sonrisa de guerrera para los hombres encapuchados. El show pintaba mucho mejor de lo que podía imaginarse: una vampiresa diplomática, dos siniestros creyéndose los cazadores de aquel coto. Diablos, pensaba que lo más interesante que le ofrecería la ciudad sería alcohol y juegos de azar, alguna presa apetitosa si tenía muchísima suerte, a la que arrancarle la ropa o las carnes, dependiendo de en que sentido se convertiría en su cena. Por supuesto, Perséfone hizo gala de un sentido común más sensato que el suyo.

-Una pena, el alto estaba para comérselo. -La última palabra salió entre sus dientes apretados en un gruñido que combinó a la perfección con su lengua humedeciéndose los labios, relamiéndose. Torció su sonrisa, apenas danzó en su rostro antes de agazaparse ligeramente, al acecho. Al parecer, el aludido no tenía tanta paciencia como la que solían demostrar los de su raza, porque soltó un improperio que jamás debería dedicar a ninguna dama. Mientras echaban a un lado el contenedor, Ryss hizo un gesto a Perséfone- Arriba. -Siseó y sin preámbulos, tomó impulso para encaramarse al alféizar de una de las empañadas y sucias ventanas que desembocaban en el callejón, tomando asidero de sus pies en otro cubo metálico. Ascendió hasta posarse sobre el muro que tapiaba la calle, ya que la salida al mercado aún estaba taponada por los otros dos- Suponiendo que no seas Caperucita Roja y no te importe estar con un lobo y no prefieras la cariñosa compañía de los siniestros, sígueme. -El desafío brilló con luz propia en la sonrisa fugaz que le dedicó la morena a su compañera, deteniéndose un momento para mirarla sobre la tapia... y entonces se dejó caer al otro lado, a sabiendas de que aquella mujer podría seguir su ritmo si de verdad quería usar el refugio que entre líneas le había propuesto. Aunque había sido espontáneo, su encuentro había sido útil para la loba... y aún podía ayudarla más, porque no había leído avidez en sus ojos al sostener el libro, quizá ella pudiese interpretarlo y catalogarlo. Viva valía más que a manos de esos capullos. Y, secretamente, se lo debía. Voluntariamente o no, había tomado partido por ella cuando decidió lanzar aquel contenedor. Muchos de su especie se hubiesen dejado llevar por el placer de ver a uno de los lobos caer antes de que priorizar por su propia existencia. Al fin y al cabo, Perséfone decidía.
Echó a correr por las calles asfaltadas de Valtesi, torció la esquina para encontrarse de nuevo con la pestilencia del mercado cara a cara pero no se detuvo hasta que que vislumbró el carromato de los gitanos en el que había viajado a la ciudad, y sin volver la vista atrás, habiéndose calzado la capucha a mitad de la carrera y apartando a algunas personas, abrió la puerta de madera de éste para entrar. Pese a que los caballos empezaron a moverse arrastrando con ellos las ruedas de la caravana, no volvió a cerrarlas. Una cerveza porque en aquella ocasión, tendría compañía.




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Re: Para inalcanzables, ellas. Las utopías, no { Helena.

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Jun 27, 2015 3:53 pm

De manera contradictoria, perdió el interés en el volumen  que prometía algo de información útil. Qué sucediera con él a partir de aquél momento, ahora que la licántropo tenía una mínima idea de lo que sostenía en el morral quizá tomaría consciencia del riesgo que implicaba ofrecerlo a cualquier fenómeno del mercado negro o, quizás, si la mujer no era tan prudente, seguiría portando el libro con naturalidad y sin precaución alguna hasta que alguien lograra arrebatárselo. En el segundo caso y si el asunto no quedaba en el olvido, rastrearía el objeto y lo guardaría para sí. O quizás no. ¿Quién sabe?

El alto estaba para comérselo, sí. Aunque la intención de la vampiresa fuera escapar de ellos sin empeorar la situación, sentía cómo sus dientes afilados exigían encajarse sobre la piel de los siniestros, cómo sus pupilas se dilataban ante la ansiedad que le producía el tenerlos cerca y no poder arrancarles un buen trozo de carne, pues la sangre sería letal para ella si la ingería. Así su aversión hacia aquella raza enardecía la necesidad de matanza y reclamaba nuevas víctimas, pese haberse saciado con anterioridad. Sabía que, si continuaba en ese callejón esperando la reacción del enemigo, sus irises delatarían a una bestia que se regía en base a puros instintos. Es decir, ya no existiría la vampiresa diplomática para la loba ni una simple buscapleitos para los encapuchados.

El súbito siseo de la morena le evitó una demencia segura y se volvió en dirección a ella para comprender sus intenciones, pues la escuchó hablar, mas no prestó atención a sus palabras. Buena idea, Kirgyakos, así no se matarían entre ellos y no terminarían destruyendo el mercado. Y de nuevo le tocaba decidir si seguirla o tomar su propio rumbo. No estaba segura, pero tampoco estaba en sus cinco sentidos. Cualquier error podría desembocar en complicaciones mayores, incluyendo llamar demasiado la atención de los titanes si la situación llevaba a más.

Echó una última mirada al contenedor y acto seguido, tomó impulso para alcanzar a la griega en la cima del muro. – Demasiadas condiciones, pero tomaré el riesgo. – Ironizó hablando más para sí misma que para la loba, pues ella se había adelantado nuevamente, corriendo por las calles de Valtesi hacia quién sabe dónde. No obstante, si daba la intención de tener un rumbo fijo, la mujer debía saber bastante bien lo que hacía. Quizá hasta podía tener algo de experiencia escapando de los siniestros.  ¿Y eso importaba? No. No volvería a considerar la oferta de las monedas sobre ella, al menos no hasta probarse equivocada, hasta saber si la mujer valía una persecución o no, si sería verdaderamente un enemigo o no. Hasta entonces, no podía hacer más sino echarse a correr tras ella a fin de seguirla hacia la imprudencia más grande que un vampiro pudiese cometer, y no sabría hacia dónde se conducía el carromato si la mujer no se lo hubiera insinuado anteriormente.




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