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Road to Glory :: Helena D. Corso

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Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Invitado el Sáb Abr 23, 2016 3:22 pm

Llovía. No sabía cuánto tiempo llevaba deambulando por las tierras de Pandora. Desterrada, humillada y lo peor: muriéndose en vida. Sentía cómo un ardor incesante se apoderaba de su garganta, estómago y todo su rostro. Los músculos habían dejado de funcionarle, ahora ya siquiera era capaz de ponerse en pie o incorporarse. El veneno que en tantas veces había consumido: la estaba matando. Necesitaba ayuda o encontrarse con la muerte, porque se retorcía del dolor y angustia. Además, llevaba cerca de dos días esperando que lloviera para recoger agua y beber. No encontraba ni un solo lago, ni un solo río. Todo era sequía. Sequía y aridez que volvían el ambiente de la nueva tierra, su nuevo hogar, en un lugar oscuro y tenebroso. Había oído hablar de ella, de la tierra de los Desterrados y de los sucesos que allí se acontecían. ¿Cuánto duraría ella? Se preguntaba aún sorprendida de ver que no se había vuelto abono para la naturaleza o alimento para algún sobrenatural. Llevaría cerca de tres días esperando una muerte, pero la Parca se estaba retrasando.

Permanecía inmóvil sentada contra la pared de la cueva, nadie podría saber que estaba allí puesto que la oscuridad apoderaba el cielo. Sus llantos y quejidos, se volvieron, junto la lluvia, la nueva sinfonía que envolvía la cueva. Aquel fuerte dolor comenzó cuando estaba intentando dar caza a un conejo horas atrás con el arco, ese arte que a cualquier que la viera le haría reír por lo torpe que era. Y pensar que en la cárcel -como ella le llamaba- era tan fácil acertar en cualquier objetivo, y allí, que era cuando más lo necesitaba, no; la desesperaba. Se cabreaba en sobremanera consigo misma, con Aruk, con el arco, con el animal. Con todo. Absolutamente todo. Se volvía una energúmena porque estaba hambrienta y sedienta, pero no sólo eso, sino que también estaba jugándosela al estar por allí sin cuidado. Ella no sabía del todo qué era lo que escondía Pandora, sabía de habladurías pero hasta que no lo viera con sus propios ojos, no lo creería.  

Al segundo día de su llegada, pensó que Pandora era más un purgatorio que un lugar repleto de sobrenaturales donde le darían caza. No había agua, tampoco animales para cazar -o más bien ella no los encontraba-. ¿Esa era su sentencia? Pensaba. Poco después y tras tres días de soledad, se dio cuenta de que quizá sí lo era. Que moriría sola. Y es que, en realidad, poco le quedaba para ello.

Un fuerte retortijón la hizo gruñir y sudar como nunca lo había hecho antes justo en el momento en que escuchó algo en la entrada. Temblaba, convulsionaba incluso, pero el arco que reposaba en sus piernas no lo soltaba a pesar de ello. Estaba dispuesta a luchar hasta el último momento. Hasta el último segundo. La última milésima.

Se rió vacilonamente. Quería que lo que fuera que estuviera allí, ya se tratase de un animal o uno de esos superiores, supiera que estaba allí. Que le estaba esperando para bien o para mal.


Última edición por Ragma D. Arodn el Sáb Abr 30, 2016 3:31 pm, editado 2 veces
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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Abr 23, 2016 6:25 pm

Pasear por las calles de Bran se sentía distinto en la nueva posición adquirida entre su raza. La región se le antojaba más ajena, más irreal, más inferior y ella más inmune. Su propia raza siempre le había resultado una mala broma, un montón de bufones que no hacían más que imitar a la vida desplazándose de un lugar a otro sin mayor intención que lograr algo más que existir entre sus construcciones fantasmales. Los inmortales habían perdido la gloria que solían poseer durante los siglos pasados, aunque no poseía los recuerdos suficientes como para afirmarlo en voz alta, y ahora eran criaturas olvidadas y viles, con la única función de purgar Pandora de vez en cuando, siempre que la sed les empujase a abandonar la región. Por su parte, sus visitas a Bran a lo largo de su estancia en la isla se reducían a cuatro o cinco ocasiones. Aquella era la quinta, esa en la que pisaba su prisión a fin de exigir los derechos que le correspondían como la regenta sin trono que era, pues aquella era la función de los señores en todas y cada una de las siete regiones de Pandora. Tener una posición inmediata a los titanes; era lo único que se podía presumir de su nuevo rango, la única razón por la que se esforzara sobremanera para ascender durante el año que había habitado en el país de los condenados.

Sus planes más inmediatos la situaban en Arcadia, en las profundidades del bosque en donde los territorios se dividían por manadas y en donde podría encontrar al alfa con quien sostenía una alianza desde varios meses atrás. La única intención que la movía a adentrarse e interactuar con los lobos era, simple y sencillamente, establecer nuevas condiciones y ventajas mutuas en su alianza, y asegurarse, además, que estaban recibiendo lo acordado. No obstante, consciente de que el tiempo seguía a merced de ella, optó por tomarse su tiempo para atravesar la región de los lobos, adentrándose desde el punto que conectaba con Bran: la ciénaga. Esa zona podía conducirla tanto al páramo como al pantano, según atravesara las últimas hectáreas de la región que se negaba a considerar como propia. Habría sido más sencillo y más rápido, desde luego, transformarse y volar hasta un punto específico del bosque, pero insistía en esa necesidad de prolongar la sensación de poderío hasta que se asentara por completo en su persona.

No le importaba realmente desplazarse en pleno día. Las nubes se arremolinaban en el cielo con ese color grisáceo, mismo con el que solían anunciar lluvia y, aunque aquel tono que reducía la luz del día fuera solamente un engaño para aquellos que anhelaran sentir las frías y pequeñas gotas recorrer cuesta abajo sus cuerpos hasta empapar sus ropas, el olor delataba el agua contenida. El perfume de la lluvia se mezclaba, en realidad, con la pestilencia de la ciénaga y con la del pantano que estaba más próximo de lo que prometía en los mapas, por lo que decidió desviarse y cruzar por el páramo. Al cabo de unos minutos de andar por la planicie, el agua comenzó a caer compacta y a gotas gruesas desde el suelo, siendo algunos truenos y relámpagos lejanos el preludio a la precipitación. Terminó empapada, con ríos de agua recorriendo su rostro sin tregua alguna, contorneando sus facciones desde el nacimiento del cabello hasta el mentón, en ocasiones también su níveo cuello. El peso de la ropa no ralentizaba sus pasos, pero sí los tornaba más incómodos, puesto ella siempre había apostado por la movilidad y la libertad por desplazarse a su gusto, pero aquel desagrado no se reflejó, ni por asomo, en su expresión neutra.

El eco de una risa atrajo su atención y desvió ligeramente sus pasos. Si antes no se había percatado de la presencia humana en el páramo era a causa del perfume de la lluvia, del olor de la tierra al humedecerse a cada gota que devoraba egoístamente. Pero, al parecer, la mortal que había decidido dejarse enloquecer por Pandora estaba sola. Era raro que no hubiese ningún lobo o alguna otra criatura a quien se pudiera atribuir esa risa súbita que rompió el silencio con la misma intensidad que los truenos. Llegó pronto hasta la mujer sin alterar la velocidad de sus pasos y la observó de pie, con la misma seriedad con la muerte mira a sus víctimas, dictaminando si era su deber o no tomar su vida. Le habría hecho un favor si, de haberle apetecido, la asesinara robándole las últimas energías que poseía, puesto que no había necesidad de ser un gran observador para percatarse de que la humana estaba en malas condiciones. Se transformó en aquella bestia humanoide que representaba bien la bestialidad de su raza y, sin decir nada, la tomó con fuerza de la camisa y alzó el vuelo sin delicadeza alguna, llevándola consigo al campamento gitano, dentro de la misma Arcadia.





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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Invitado el Dom Abr 24, 2016 7:13 am

La adrenalina comenzó a correr por sus venas al rememorar aquel próximo pasado con Aruk. Todavía recordaba los primeros días que estuvo con él, cuando la terquería le hizo pasar por mil calvarios al no obedecerlo. Su cuerpo se convirtió en un mapa de cicatrices donde cada una de ellas se convertiría, en un futuro, en simples anécdotas; pues ella confiaba -o más bien aseguraba- que no volvería a ser esclava de nadie. Había perdido muchos años de su vida, tantos, que no estaba segura de poder recuperarlos. Desde que Aruk la había cazado, había envejecido muchísimo, ya no sólo por las brutales palizas o por la manera tan devastadora que tenía de poseerla, sino por el hecho de tener que llevar una vida que no quería. Eso la atormentaba desmesuradamente, perdía el sentido, se entristecía de pensar que el destino le había deparado aquel martirio diario. Aunque, si hubiera sido una mujer menos terca y le hubiera dado la estirpe que Aruk buscaba, seguramente habría estado viviendo mejor, no habría llegado a esas tierras y tampoco se habría encontrado con, la que posiblemente, sería su muerte.

Un perfume embadurnó la cueva, o quizá era imaginación suya, pero realmente; olía muy bien. Provocador, seductor, femenino. Ragma gruñó al escuchar cómo los pasos cada vez estaban más cerca, sabía que iba en dirección suya, era obvio. Sostuvo el arco más fuerte de lo que en realidad podía e incluso intentó erguirse, más no podía. Echó la mirada hacia el lateral y pudo ver su perdición: una figura alta y esbelta. Aferró su puño alrededor del arco más aún, pero sus reflejos estaban tan atrofiados por la fiebre y el continuo malestar, que ni se dio cuenta de que la tenía tan cerca.

Pronto sintió cómo la agarraba como si de basura se tratase, otra de las odiseas que Aruk le hacía pasar cuando se negaba a hacer algo. Se quejó mientras era arrastrada por el lodo sin miramiento alguno. Haberla movido fue lo peor que pudo ocurrirle desde que cayó en la fiebre, pues si quieta ya sentía dolor, moviéndose mucho más. Gruñía de dolor, intentaba revolverse, pero la tos le hacía detenerse. No fue hasta que salieron de la cueva, que encontró árboles a su paso para enganchar su preciado arco. Hizo palanca con él con toda la fuerza que tenia, como si así fuese a detener a la fiera que la arrastraba. Lo sostuvo con las dos manos y se ayudó del enganche para intentar liberarse.

La camisa en ese instante quedó pegada a su garganta, ahogándola mientras la mujer tiraba. Le hervía, la sangre subía por ella descomponiéndola. Escupió aquello con asco y tomó una gran bocanada de aire descompasada por más arcadas acompañadas de sangre. Estaba debilitándose, el arco crujía. Su ribal vencía por el momento, pero las tornas giraron de nuevo hacia Ragma: la camisa se rajó por toda su espalda y de repente cayó molida al barro, tendido completamente su cuerpo sobre el. El arco y su agarre, pasaron a otro plano: este había quedado entre los arbustos cercanos al árbol. Arg... su preciado arco.

Una nueva arcada la agitó, la hizo temblar mucho más. Vomitó sangre, se moriría, pero no sin luchar. - ¿Qué eres? - Se atrevió a preguntar como si fuera muy importante la respuesta, aunque en realidad solo quería ganar tiempo para recomponerse. Pero, ¿todavía seguía pensando que iba a mejorar?

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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Abr 25, 2016 1:24 am

El viaje fue breve y pronto se encontraron ambas mujeres entre el espeso bosque arcadiano, víctimas aún de la lluvia que caía sin tregua alguna, insertándose en la tierra hasta convertirlo el fango. Corso no se había detenido a considerar que la prenda que sujetó durante el vuelo cedería al fin, rompiéndose y depositando a su dueña en la cama húmeda y fría de tierra y agua. Tampoco se preocupó por atender los quejidos de la mujer que parecía morir a cada minuto que transcurría y no detuvo a tironear cuando ésta, en un esfuerzo por no ser secuestrada por la inmortal, enganchó su arco a uno de los arbustos, segura de que aquello detendría a la morena que ya había dictaminado el destino de la humana dentro de su mente. No obstante, detuvo sus pasos cuando la nueva habitante de Pandora vomitó sangre, y no fue con la intención de proporcionarle la oportunidad de reponerse un poco antes de continuar el camino al campamento, sino a fin de inspeccionarla. Della escuchaba el rumor de la sangre humana corriendo tempestuosamente a través de aquellas venas, invadiendo sin piedad los órganos y contaminándose lentamente con el peso del sello que marcaba el pecho de la mortal. Jamás había presenciado el preludio de la muerte en ningún alma viva.

Observándola, Corso no pudo sino preguntarse a sí misma cuáles eran sus intenciones al transportarla a la mediocre civilización de los gitanos, puesto que aquella acción implicaba la supervivencia de la pelirroja, implicaba que ella desease que viviera. Una parte de sí, pugnaba y apelaba a sus memorias, reproduciéndolas dentro de su mente como si se tratasen de una mera alucinación. Era el espíritu de lucha de aquella humana que la hacía recordar su llegada a Pandora, que alegaba, sin proponérselo, que Della seguiría luchando para no quedar jamás a merced de nadie, por tener la fuerza suficiente para romper cualquier cadena y yugo que pretendiera reprimirla o contenerla en cualquier forma de prisión. Importaba, también, que la humana fuese mujer y que, a pesar de aquella marca en su pecho que la etiquetaba como una criminal de alto riesgo, parecía más víctima que victimaria.

Determinada al fin a continuar con el viaje, tomó el manto rojo que le servía de ornamento en su nueva indumentaria y, sin importarle mucho que estuviese tan empapado como cualquiera de sus prendas, lo colocó sobre la mujer, cubriéndola ahora que su blusa se había roto. Posteriormente, la tomó del brazo con más consideración para después pasárselo por los hombros y levantarla del suelo. Su mano contraria, en lugar de situarse en la cintura de la extraña, la sujetó del brazo a fin de que no se resistiera durante el trayecto. El campamento no estaba muy lejos, podía escuchar ya el rumor de los gitanos llegando a ella por entre los árboles, por lo que no le importaba mucho completar el viaje llevando a la mujer como si ambas hubiesen peleado juntas en batalla, como si fueran aliadas de mucho tiempo. ― Un vampiro. ― Respondió puntual. No le molestó que, aún después de que se hubiera convertido en la bestia voladora que siempre describían en los cuentos de vampiros, ésta no supiera con qué clase de criatura estaba librando. Estaba en tan malas condiciones, que Helena atribuyó aquella pregunta a una segura visión degenerada por su estado crítico.

Una vez los árboles se separaron ante ellas en un claro, una gitana las recibió al reconocer tanto la naturaleza y estado de la pelirroja y al encontrar un rostro familiar en la vampiresa. Primero había hecho un pacto con los licántropos y ahora pretendía salvarle la vida, o quizá otorgarle dignidad en los últimos minutos de vida, a una humana. Sin preguntar nada, las condujo a un carromato, a salvo de la lluvia,  en donde Helena depositó a la pelirroja en un lecho. ― Es el sello lo que te está matando, desventurada. ― Le dijo tras examinarla por segunda ocasión. Sus dedos sostenían los vestigios de la blusa a fin de dejarle ver por completo la marca de los condenados. Era reciente, a juzgar por las marcas en la piel nívea de la mortal, por lo que no debía tener más de tres días viviendo miserablemente en Pandora. Su cuerpo, desnutrido, anunciaba la falta de alimento, pero la hambruna no era suficiente como para destruirla, no. Alguien deseaba su muerte, una lenta y tortuosa mente. Corso estaba deseosa por negar aquel placer de un modo u otro.




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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Invitado el Mar Abr 26, 2016 2:18 pm

Ragma forcejeaba consigo misma con tal de ver la realidad que tenía frente a sí. Llegó a pensar que era una alucinación, que el vuelo en el que se encontraba en un momento dado, era producto de su imaginación. Los arbustos, árboles y todo alrededor comenzaba a nublarse. Veía doble, a veces turbio y era incapaz de enfocar. No sabía ya siquiera dónde se encontraba. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde que la inmortal la alcanzó en la cueva? ¿Mucho? ¿Poco? Se encontraba tan sumamente mal, que estaba empezando a delirar y a perder el orden del tiempo. Por eso, cuando cayó de bruces en la tierra, tan solo se quejó. El dolor que sentía y la hacía retorcerse era interno. Había alcanzado tal nivel, que se había acostumbrado -por decirlo de alguna forma- al sufrimiento.

Ahora, con las manos enfangadas de barro y su arco perdido entre la maleza, la vampira se dispone a ayudarla. Ragma siente un frío que la envuelve por toda la espalda y parte de los brazos. Ya no siente la lluvia cayendo por su sien, ni recorriendo su rostro. Era como si tuviera anestesiado todo el cuerpo o la hubieran drogado con un cántico. No tenía siquiera decisión propia en su cuerpo, se dejaba llevar, pues sabía que luchar no le serviría ya de nada. Por eso es que cuando la vampira la puso en pie, Ragma sin rechistar, se sostuvo como pudo de ella. Comprendió en ese momento que la vampira la estaba ayudando por lo menos a no tener una muerte triste y solitaria. Luchar ya no valía la pena, aunque en realidad, es que tampoco podía, pues estaba con medio cuerpo ya dentro del mundo de los muertos.

Ragma conocía muchas historias acerca de los superiores, pero solo había tenido contacto directo con Aruk y aquella mujer que la había rescatado, y jamás había visto nada semejante. Nunca había visto un brujo conjurar, tampoco a ninguno de los atlantes que decían que se encargaban de crear tsunamis cuando enfadaban. Mucho menos a un elfo recogiendo frutillas en el bosque y ayudando a las hadas. Todo eran leyendas de la Tribu Rikiat, historias que con el tiempo comprendió que eran eso, simples leyendas, porque la realidad era completamente diferente. No imaginó que un vampiro se vería de la forma en que se presentó ella. Tenía un mundo entero por descubrir de los sobrenaturales.

Llegaron a algún lugar, Ragma podía escuchar las voces de varias mujeres y algún hombre. Abrió los ojos, miró a su alrededor y todo daba vueltas. Pronto, la que la había llevado hasta aquel poblado, la depositó sobre un lecho. La lluvia, que tan aliada se había vuelto en la lucha contra la fiebre, desapareció. Ragma no se había dado cuenta, pero estaba en uno de los carrumatos a salvo de la oscuridad y la llovizna. Se restregó las manos aún manchadas de barro contra los pantalones y gruñó de impotencia. Todas las fuerzas que le quedaban las había consumido andando hasta allí.

“Es el sello lo que te está matando, desventurada.“

¿Qué sello? Se preguntó a sí misma a la par que buscaba enfocar a la mujer, y por inercia, su izquierda se fue derecha al pecho que ardía por momentos. – Necio. – Murmuró para sus adentros. - ¡Necio! – Gritó revolviéndose. En los tres días que había sido abandonada, no cayó en la cuenta de que Aruk la había convertido en una criminal. Maldijo en susurros su nombre, su estúpido deseo de crear un ejército y todo lo que conocía de él. En ese momento sintió la necesidad de vengarse, el deseo que en algún momento sintió de morir, pasó a otro plano. Quería vivir para buscarlo por no sólo haberle robado años, sino por haberla amordazado y retenido por tanto tiempo, y además, por condenarla. Ambas manos se metieron por debajo de la camisa y rascaron con ímpetu sobre la marca. Un llanto desgarrador salió de lo más profundo de su garganta, un grito ahogado, y con ello lágrimas de rabia.

Jamás pensó que se vería en aquella situación y tampoco que pediría ayuda a un superior, pero estaba dispuesta a pagar cualquier deuda por seguir viviendo. Tenía que encontrarlo y convertir a esa escoria en alimento para animales. Buscó la mirada de la vampira decidida y le dijo:

- Quitádmela. Sacádmela de encima y haré lo que vos queráis lo que me quede de vida. Sanadme. Por favor.
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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Abr 28, 2016 12:24 am

¿Qué motivos tiene la muerte para negarle el consuelo a los malaventurados? Helena jamás fue una mujer compasiva, siempre supo reconocer a los más fuertes, incluso entre los humanos, a aquellos que se aferraban y se despojaban de la vida a fin de defenderse de cualquier amenaza, pero esa mujer no. Esa mujer no prometía ningún tipo de fortaleza, ninguna habilidad, no hablaba de grandes hazañas. Era una simple humana que sufría los infortunios de la injusticia y Corso no era la clase de mujer que interpelara por los derechos que les correspondían a los humanos. Entonces… ¿para qué salvarla? No llegaba a comprender qué parte de ella era la que estaba al mando ni bajo qué argumentos insistía en otorgarle dignidad a sus últimos minutos de vida ni mucho menos qué parte de sí era la que pretendía salvarla. No la conocía y no sería la primera vez que ignorara el sufrimiento de alguien por continuar su camino. Estaba convencida de que aún no llegaría el fin de ese desinterés suyo por la vida de otros. El eco de aquella risa que captó su atención resonaba dentro de su cabeza cada vez que le veía el rostro, como un insistente recordatorio de que podría encontrar algo de sí en la mujer y que su vida se había enganchado irremediablemente a la de ella en el momento en que fuera testigo de su demencia agonizante. Della podía acabar con el sufrimiento de aquella humana desafortunada y evitar cayera por enésima vez bajo el yugo de una víctima vengativa, no porque temiera por la isla, sino porque temía encontrar a alguien que comprendiera qué se sentía vivir subyugada y condenada injustamente.

Escuchaba la lluvia caer escandalosa y vehemente sobre el techo del carromato, menguando el incansable rumor de la vida gitana; incluso ahí dentro se colaba el olor dulce de la precipitación, el de la tierra húmeda y el de los árboles. Era vago el rastro que quedaba en el ambiente del olor a licántropo. La lluvia había limpiado la zona y ahora podía respirarse el aire puro y húmedo que traía consigo, ese sutil olor a tabaco que se había impregnado permanentemente a la madera de los carromatos y a la tela de las tiendas, la sangre viva de la gitana que les ofreció refugio y la sangre moribunda de la pelirroja. Podría haber estado contemplando el bosque, estar caminando entre senderos encharcados, llenos de fango, podría estar escuchando la voz de Quick y de Kirgyakos, pero estaba ahí aunque su mente tratase de viajar inútilmente a otros sitios. Estaba anclada aquel lugar, junto al lecho de la pelirroja, contemplando su muerte segundo a segundo, escuchando sus alaridos, los gritos de odio, el nombre del culpable, viendo las lágrimas correr por sus sienes como ríos torrenciales, viendo aquellos intentos por liberarse del sello. ¿Cuán privada del mundo debía estar? ¿Lo había estado tanto como ella? Se sentía extrañamente conmovida, irremediablemente identificada con aquella miserable alma. Aún estaba a tiempo de dejarla a su suerte, de abandonar el carromato y continuar con su vida, continuar con sus planes como si jamás hubiese tenido ninguna distracción. Pero no fue así. Sus manos tomaron rumbos distintos cuando las palabras de la humana se tornaron hacia ella de nuevo; una detuvo la mano contraria que buscaba arrancar de su piel la marca de los condenados y la otra acunó el rostro de la mujer. ― Dame tu muerte y te sanaré. Dame tu vida y te liberaré del pasado. ― Susurró tras inclinarse ligeramente sobre la mujer, con aquella voz suave y sensual con la que la muerte seducía a sus víctimas. No podía respetar su naturaleza actual y salvarle la vida. Si la mujer quería librarse del sello, era preciso convertirse en algo más, volverse inmune a los efectos de la maldición que acompañaba a aquella marca. Ignoraba qué clase de persona la habría condenado, pero podía hacerse una idea al saber que se había tomado la precaución de asegurar su muerte al añadir más sufrimiento a la pobre mujer. Por otra parte, debía asegurarse de que la desconocida fuera consciente de lo que implicaban las exigencias de la mujer y el tipo de salvación que le otorgaría. Si la encontró sufriendo en la boca de una cueva, debía saber que convertirla la haría pasar por dolores más fuertes, que olvidaría su deseo de venganza y desearía nuevamente la muerte.




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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Invitado el Mar Mayo 03, 2016 4:44 pm

Todavía se escuchaba el tintineo constante del agua cayendo sobre el tejado. Todavía sentía el hedor que emanaba y dictaminaba el sexo de su depredadora. También, una mezcla de aromas e inciensos, incluso a leña quemada podría jurar. No sabía si estaba delirando, pero podría jurar que el tacto de la vampira era como la nieve. La calmó incluso que tuviera una temperatura tan baja, puesto que Ragma, la tenía altísima. Dejó que la detuviese en su estúpido intento por deshacerse de la marca que la estaba sentenciando, pues tampoco tenía fuerzas para deshacerse del agarre. Tampoco veía crueldad o ánimo de querer dañarla, pero bien sabía la mortal que debía andar con cuidado. Fue lo único que le enseñó bien su maestro. Veía aquel gesto como un acto benévolo y sin ningún tipo de malicia oculta. Y quizá era pronto para confiar en ella, pero era quién la había arrastrado hasta aquel poblado y la había cobijado. Algún sentimiento más humano que sobrenatural tubo para hacerlo, ¿no? No había vuelta atrás, la petición estaba hecha y la promesa también. Tiraría con todo hacia delante.

«Dame tu muerte y te sanaré. Dame tu vida y te liberaré del pasado.»

Ragma meditó a qué se tendría que enfrentar o cuál era el precio de su salvación. Pero en ese momento no había otra manera de librarse de la muerte, la vampira era quién encaminaría su nuevo camino. Ella cada vez estaba peor, a cada segundo que transcurría sus venas se consumían. Todos sus órganos, probablemente, estarían carcomidos y deshaciéndose en su interior. O si no era así, era la sensación que Ragma estaba sintiendo. La boca le sabía a sangre, a hierro oxidado. Seguía temblando. Seguía con la fiebre. Seguía delirando. Era preciso empezar a competir con la muerte antes de que fuera ella a buscarla. Buscó la mirada de Helena decidida y voraz a la vez que agarraba la mano que la había detenido anteriormente. Nada más toparse con su gatuna mirada, asintió con la cabeza. – Te doy mi vida y mi muerte. – Dijo sin romper el contacto visual, como si aquello fuera parte de un pacto que estaban creando. Tenía mil preguntas rondándole la cabeza: cómo lo haría, en qué consistía, cuánto tiempo tardaría en sanarse completamente; más no vio preciso romper el silencio que se abrió en el carromato. Solo se oía la lluvia, la bendita lluvia que en tantas ocasiones la había acompañado en sus días de soledad. Siempre había estado ahí, su fiel compañera de aventuras y desventuras.

No lo sabía todavía, pero la tormenta de esa noche quedaría sellada en su conciencia eternamente.
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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Mayo 07, 2016 6:29 pm

Sólo hacía falta tocarla para conocer los movimientos de sus músculos, los cuales se relajaron a los pocos segundos de entrar en contacto con la piel fría de la inmortal. El contraste entre una temperatura y otra debía resultarle de alivio dada su reacción; lo extraño en su respuesta corporal radicaba en el hecho de que el carácter frío tendría, en un futuro próximo, el mismo efecto en su ánimo enardecido a causa de la rabia, el rencor y el deseo de venganza. No planeaba disuadirla, sino adiestrarla y conducirla por el mismo camino que ella misma había creado para sí, de modo que la pelirroja no sufriera más a causa de su pasado.  Helena tenía que estar demente para definir tan decididamente el futuro de la mujer que yacía ante ella, tenía poseer una mente retorcida como para buscar con absoluta seriedad romper con toda barrera en Pandora. ¿Y qué mejor que tener como salvadora a una mujer tan obstinada como la mortal? No cualquiera comprendería ese impulso súbito de vivir ni ese desgarrador deseo por conseguir venganza, por fijar al fin su libertad.

¿Qué pasaría con aquella confianza reflejada en los ojos de la mortal cuando supiera que estaba por atravesar un proceso sumamente doloroso? ¿Aún le daría su vida y su muerte? Lo cierto era que Corso nunca había experimentado nada igual, jamás había compartido con ninguna criatura el don de la oscuridad, pese a conocer bien el procedimiento, por lo que ni siquiera ella podría decir con seguridad por cuánto dolor tendría que pasar ni cuánto demoraría el proceso. A fin de cuentas, la transformación estaba ligada a la condición física del humano en cuestión; es decir, el proceso podría durar desde escasos minutos a horas, dependiendo de qué tan maltratado estuviese el nuevo inmortal, y Ragma estaba al borde de la muerte.

Consciente de que toda demora complicaría más la transformación, le dedicó una última mirada a la humana, diciéndole en silencio que todo estaba por comenzar. Posteriormente, se inclinó hacia ella en dirección a su cuello, frío y frágil, y lo perforó con sus colmillos. De no haber superado aquel periodo en donde su mordida podía acabar con la vida del más resistente guerrero, no habría tenido la oportunidad de morder a aquella mujer ni habría sido capaz de prometerle una nueva vida. Así que, tan pronto perforó su piel, comenzó a succionar su sangre, a beber de ella, hasta que los latidos de su corazón se acompasaron con los de ella, estableciendo un vínculo que podía mantener o romper, según lo decidiera la vampiresa. No obstante, no tuvo la oportunidad de robar una cantidad considerable de sangre, al menos no la necesaria para que ambas pudiesen superar el cambio sin problema alguno. La razón de que tuviera que robarle su vitalidad era que la siguiente parte del proceso implicaba compartir con la humana su sangre, hacerla beber de sí hasta transmitirle su maldición, y no podía darle lo que se demandaba si no lo poseía. No obstante, estaba dispuesta a tomar ese riesgo. De modo que se apartó de su cuello al sentirla al borde de morir y, haciéndose una herida en la muñeca, aproximó su antebrazo a los labios de la mujer. ― Bebe. ― Ordenó con suavidad y autoritaria a la vez. Pese a que la humana pudiese sentirse débil, una vez que su boca sintiera el sabor de la sangre, recuperaría un poco de fuerza a fin de iniciar los cambios en su cuerpo.




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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Invitado el Dom Mayo 29, 2016 1:34 pm

Pensó que todo el dolor que había vivido con Aruk sucumbiría al quedar liberada, más no fue así. Todo fue a peor y en alguna ocasión pensó en llamarlo a los cuatro vientos para reclamarle ayuda, porque era cuando más lo necesitaba. No estaba herida por unos golpes, no tenía ningún hueso dislocado que ella misma pudiera recolocarse, no, estaba muriéndose. Los colmillos de la vampira fue algo más allá del dolor que ya había estado sintiendo durante esos tres interminables e insufribles días. Se retorció sobre sí misma y soltó un pequeño grito mientras su espalda se arqueaba como si tuviera vida propia. Debía de acabar con aquello cuanto antes, pero conforme la vampira le miraba, no parecía asegurarle que fuera a ser instantáneo como Ragma esperaba.

Quería levantarse y ser un ente de la noche, que la reconocieran por sus alas como a la mujer lo hacían. O mejor dicho, como los demás lo hacían, porque Ragma no lo supo hasta que ella se lo dijo. Era una estúpida en ese sentido, pues Aruk siempre la privó de esos conocimientos. Le decía que no era necesario porque jamás vería el sol mucho más tiempo del que estaba con él en su cama, y que una humana como ella no podía conocer los secretos de las grandes bestias. Ragma comprendió el por qué al ver a la mujer, ¿cuántas razas más habrían a parte de la de ellos dos? Y el kit de la cuestión, ¿qué era Aruk? Lo descubriría. No sabía ni leer ni escribir, pero lo averiguaría. Y cuando lo supiera, iría en su búsqueda a hacerle pasar todo por lo que ella pasó. No tenía por qué estar pasando por aquello. Iba en contra de sus principios.

Sintió cómo los colmillos salieron de la piel y como la viscosa sangre se derramó allá donde mordió. Seguidamente, la vampira le ofrecía su sangre que se le apeteció atractiva. Las gotas de aquella sangre muerta caía sobre sus labios a borbotones y Ragma, obediente y sumisa, hizo caso a su, ahora, matriarca. Pues ella le estaba dando una segunda oportunidad. Desconocía los fines y lo que tendría que hacer para satisfacerla, pero cualquier precio era mínimo con lo que Ragma obtendría: la inmortalidad.

***

Horas más tarde y tras un gran periodo de sufrimiento, Ragma despierta. Los rayos del sol le molestan, grita para que esas cortinas se cierren. Busca a la mujer de la que todavía desconocía el nombre. Qué había pasado. Qué era. - ¿Ha acabado? - Preguntó al aire con los ojos cerrados con un deje de súplica y cansancio.


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Re: Road to Glory :: Helena D. Corso

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Jun 02, 2016 11:23 am

La vio obedecer y permitió que tomara su sangre tanto como le fue posible. No podía darle poca, así como tampoco podía exponerse a sí misma a estar vulnerable, de modo que, al sentir que su cuerpo comenzaba a sufrir la falta de vitalidad, la apartó con fiereza, pues los neófitos siempre se resisten a abandonar la sangre de su maestro. Y aunque la mujer hubiese querido seguir bebiendo, la transformación la mantuvo fija a su lecho durante unas horas. Ignoraba la hora en que la salvó de las garras de la muerte, pero el proceso terminó en los primeros minutos del ocaso, cuando la luz aún no se teñía de otros colores. Ordenó a la gitana que tapara todas las ventanas y, cuando no se colaba ya ni el más mínimo rayo de luz, le pidió que abandonara el carromato. La gitana comprendía muy bien lo que había ocurrido, así como también comprendía de qué clase de peligros la estaba previniendo, así que no demoró en salir. Helena escuchó, más allá de las paredes del carromato, que la mujer se daba a la tarea de prevenir a los demás habitantes del campamento, pero solo algunos. Tres personas, al parecer.

A juzgar por la reacción de la pelirroja ante la luz, Corso lamentó que no hubiese heredado el don del viajero del alba. Cualquiera con esta habilidad tenía más posibilidades de dominar las regiones y no había otra cosa que su propio linaje no mereciera. Fijó su mirada en su creación, observándola con aire maternal y frío a la vez. La tomó del brazo, invitándola a incorporarse, al tiempo que su mano libre acunaba el rostro ajeno. — Sí, ha terminado. — Anunció y después apartó la mano. Había terminado su vida humana y ahora comenzaba una nueva, una vida que Helena no iba a perderse, que deseaba moldear. — Dime tu nombre. — Pidió con tranquilidad. Posteriormente, se puso de pie y estudio el carromato en la oscuridad en busca de una vela o de algún candil que pudiese iluminar el lugar. Verla sin luz no era ningún problema, pero deseaba capturar esos primeros minutos con absoluto detalle, incluyendo los colores, especialmente el rojo de su cabello, que había cobrado intensidad al cabo de la transformación.

Mi nombre es Helena. Puedes llamarme así o decirme Geshë, como otros de nuestra clase, los más cercanos a mí. — Se presentó mirándola de soslayo. Había muchas cosas que deseaba saber de ella y, aprovechando que aún faltaba al menos una hora para el anochecer, se enfocaría en descubrir a qué clase de mujer había convertido. Tras encender un candil, regresó junto al lecho de la mujer. — Quiero que me digas qué es lo que sabes de nosotros, de Pandora, qué has leído sobre otras criaturas y… — Hizo una breve pausa a fin de mirarla con severidad. — Quién es ese tal Aruk. Has dejado tu humanidad atrás y con ella el yugo que te convierte en esclava de Pandora. Dime quién eres y te diré qué clase de criatura te ha dado una vida nueva. — Finalizó refiriéndose a todas esas pequeñas cosas que formaban a Helena, su fama, sus dominios, sus seguidores, su rango. No importaba demasiado cuánto tiempo tuviese que emplear para conducir a su neófita a la gloria y hacerla merecedora de su linaje. No tenía más opción que valer la pena.  




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