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De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

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De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por Glaraqé T. Alzur el Lun Feb 08, 2016 6:20 pm

Pues nada, ahí andaba la negra otra vez. Esta vez no se había limitado a hacer de la suyas, no señor, ahora, porque sí, se había atrevido a hacer lo que siempre se había prometido a sí misma no hacer: meterse de lleno en la boca del lobo. Porque ya no era que se hubiera metido en un puerto lleno de varones verriondos, ni tampoco que lo hubiera hecho con algunas monedas que quizá, y sólo quizá, tintineaban a su paso. Tampoco era alarmante el hecho  de que por su color de piel, realmente no tan usual como debería, pasara desapercibida, ni mucho menos su actitud de lalalala viva la vida loca, no. Tenía, además, que caminar como si anduviera correteando y pegando saltitos. Sobre todo cuando se suponía que no debía llamar la atención, pero total, ¿qué podía sucederle? Sólo cualquier barbaridad, pero psss, qué más daba.

La cosa es que Glaraqé se había maravillado ante la visión de algo que hacía realmente tiempo que no veía, y ese algo tan sumamente increíble era… un barco. Sí, un simple barco como tantos otros, pero un barco que, a la luz ambarina del ocaso, a la elfa feliz se le antojó espectacular y, cómo no, digno de inspección.

Si bien la elfa solía mantener una actitud un tanto curiosa —que no tenía nada que ver con su curiosidad—, lo cierto era que no había llegado a ser tan buena en su trabajo por hacerlo precisamente mal. Tras un par de embaucamientos y algún que otro escarceo por ahí para despistar a los presentes, Glaraqé se encontraba muy cerca del navío. Se había metido en el recoveco de un saliente de madera que por su pestazo debía pertenecer a una posada, taberna, tasca o como quiera que las llamasen en ese puerto. Desde ahí observó atenta captando cualquier pequeño detalle con sus vívidos ojos, hasta que se hizo un hueco entre la multitud y la negra se escabulló como un gato dentro de un zarzal. Curioseó el barco desde fuera, metió la cabeza por los huecos que encontró, se llevó alguna que otra astilla como recuerdo y, soltándose la melena del todo, creyó que podría ser buena idea escalar la cubierta. Porque sí, porque qué era la vida sin una dosis de posible suicidio, ¿verdad? Lo cierto fue que esa vez no fue ella la de la idea, sino que la idea se la dio una luz titilante que la negra creyó que provenía del interior del barco.

Buscó el ancla y trepó por ella hasta que logró subirse un buen tramo. De hecho, llegó casi hasta la cubierta entre escalada y escalada, hasta que llegó un punto en el que pudo ver gran parte del puerto desde sonde se encontraba.

Y como venía siendo normal en ese tipo de situaciones, Glaraqé se quedó contemplando el panorama embobada perdida en lugar de vigilar que nadie la descubriera.
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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Dom Feb 14, 2016 7:47 am

Levanté la jarra cargada de ron para sellar el trato. Lo apropiado sería estrechar la mano del opuesto pero en Pandora, para mí, eso no era jugar limpio. No cometía el error de brindar mi mano ante un ser que me doblaba la fuerza, la cual significaba demasiado en aquellas tierras. No me importaba la naturaleza de la persona con la que hiciese negocios mientras la recompensa fuese inalterable y acabase en mis bolsillos pero más de uno con una mente supuestamente ágil tendían a emplear más fuerza en la presión, como si de aquella forma declarasen la diferencia que había entre ellos y yo. Y uno ya había aprendido a desenvolverse y a usar esa desventaja a su favor, había tenido años para superar esa barrera escogiendo otros caminos. Por eso entrechoqué mi jarra contra la del licántropo que tenía esa sonrisa dura y animal. Todos salíamos ganando: él me revelaba la coordenadas de un bergantín cargado de plata que iba a manos de un vampiro opresor de su raza y nosotros podríamos quedárnosla. Quizá hubiese sido más sensato para el lobo no pregonar el nombre de esa "asquerosa sanguijuela", porque estaba seguro de que me pagaría una suma considerable por recuperar ese tesoro que apagaría los ojos oscuros del hijo de la luna. Quizá hubiese sido más inteligente para su manada que se supiese donde acababa todo ese armamento, lejos de ellos. Pero no preguntó y, al fin y al cabo, yo cumpliría con nuestro pacto. Después no habría nada que nos uniese. Si esa misma plata acababa partiéndole en dos y abrasándole, no me concernía.

-Invito a esta ronda. -Declaré, tras vaciar la jarra en mi garganta con un par de tragos. La llamarada de fuego que la recorrió ya era suave por la costumbre. Abandoné ésta sobre la mesa y me levanté, dándole la espalda al lobo- Cuando todo este hecho, lo sabrás. Dudo que volvamos a vernos. -Y eché a andar. No haría falta un nuevo encuentro, los rumores corrían como la pólvora y llegaría a oídos del licántropo cuando todo estuviese hecho. Mi tripulación no era precisamente un dechado de discreción.
Franqueé la salida de la taberna, a sabiendas de que el segundo al mando me seguiría al verme salir, igual que el puñado con el que había acudido allí. Tomé una potente bocanada de aire, respirando aquella sal marina que había marcado toda mi vida como mi hogar, echando un vistazo a mi alrededor para contemplar aquel puerto laberíntico que conocía como la palma de mi mano hasta que mis ojos fueron hasta las ondulantes olas que movían las aguas, donde flotaba el Hawk Silver. Como siempre, la visión del barco hizo que mis labios se estirasen ligeramente. Joder, era una maldita preciosidad. Tenía unas curvas que cualquier puta del puerto envidiaría. Eché a andar hacia él, sin apartar la mirada... hasta que reparé en algo diferente. Mis ojos relampaguearon. ¿Qué demonios era eso? Algo oscuro se deslizaba por la cadena gruesa del ancla. Alguien. Imprimí rapidez a mis pasos, mis botas repiqueteando en la madera que me sirvió para subir a la cubierta. Más de uno de mis hombros trató de hablarme pero hice un ademán con la mano, cortando el aire, obligándoles a callarse mientras me acercaba al borde para asomarme, justo para ver tu cabeza cabeza azabache. Ni siquiera podía considerar a un solo ser una amenaza en mi terreno. A una mujer que debía tener menos sentido común que yo, joder.

-Eh, encanto. -Reclamé tu atención, brazos apoyados en la madera mientras mis ojos seguían clavados en ese pequeño cuerpo que se sostenía ahí abajo, contra la madera, enganchado firmemente al ancla de mi barco. Una torcida sonrisa se apoderó de mi rostro- ¿Necesitas ayuda para subir? -Y elevé una de mis manos, en una señal para que levantasen el ancla a sabiendas de que ya había retirado la madera para embarcar. Uno debía tener más atino para acabar encaramándose al barco de un pirata. Al parecer hoy tendrían una invitada entre los míos. Se endureció mi sonrisa.
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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por Glaraqé T. Alzur el Dom Feb 14, 2016 11:48 pm

Bieeeeeeen. NO, NO ESTABA BIEN. ¿A qué vino eso? ¿A qué? ¿A QUÉ? ¿Cómo iba a explicarlo ahora? ¿En qué narices estaba pensando ella cuando decidió que encaramarse a la cubierta de un barco atracado en un puñetero puerto era una buena idea? En nada, obviamente, como de costumbre. La negra era implacable en su trabajo, pero madre mía de mi vida cuando se quitaba el traje. Porque llevaba traje, ¿verdad?
NonononoNOOOOOO —exclamó cuando el ancla comenzó a subir.
«Muy bien, Glaraqé, otro mini punto para ti», se dijo a sí misma. «Gracias, gracias» se autorespondió también.
A medida que el ancla fue subiendo, alejándola del mar pero acercándola peligrosamente al INTERIOR del navío, donde, según unas palabras con recochineo, ahora sí había gente —hombres, Glaraqé, HOMBRES—, la elfa empezó a sopesar si ser posible cena de tiburones no iba a ser mejor que acabar de vetetúasaberqué de aquella tripulación. «Como sean todos igual de majos que el jefe lo llevo claro».
El ancla se recogió por completo y con un grito la negra cayó rodando a la cubierta del barco. Para bien o para mal, acabó a los pies de aquel que la había llamado —qué mal gusta tenía entonces— encanto. La negra, boca arriba, se quedó completamente quieta y miró a ambos lados antes de emitir una risita nerviosa y tratar de ponerse en pie. Hizo ademán de moverse hacia el otro lado, hacia la «salida».
No, no, si yo ya me iba, de verdad. No hace falta ni que me acompañéis, si me sé el camino, es por ahí.


Última edición por Glaraqé T. Alzur el Dom Sep 11, 2016 10:14 pm, editado 1 vez
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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Lun Feb 29, 2016 4:13 pm

¿Quién demonios eras? Me conocía todas las putas caras habituales en aquel puerto pero tú no pertenecías ni a los novatos que acababan de salir del cascarón, eras pura hierba verde, probablemente el próximo pez pequeño más osado y con peor suerte que existía en Pandora. ¿Cómo podías ser tan descarada? Solo pude llegar a la conclusión de que tenías que haberlo hecho aposta, ¿querías que te descubriésemos aquí? ¿Y si no qué? ¿Qué buscabas? Quizá si te hubiese visto en cualquier taberna habría apostado con cualquiera que era otra mujer del puerto con la novedad de la piel de ébano, no te faltarían clientes pero después de aquel espectáculo tan... temerario y estúpido tenía que haber algo detrás o dudaría de toda tu capacidad. Al menos eras la primera anécdota de Hawk Silver que incluía la pesca por ancla de una mujer, aunque no la que se convertía en... invitada involuntaria, llamémoslo así. A mí me importaba muy poco lo que mis marines hiciesen o dejasen de hacer.
Mantuve la sonrisa surcando como una vela blanca en mi cara, contrastando con la negra que portaba el Hawk Silver. Te miré sin borrarla, asegurándome de que fuese lo primero que tenías en tu campo de visión mientras mis hombres con cada vez más curiosidad nos rodeaban.

-¿Ya? ¿Con todo el esfuerzo que has puesto en llegar hasta aquí? -Te dije burlón avanzando hacia ti un paso, solo para ser el hombre que estuviese más cerca, solo para imponer mi presencia mientras me cruzaba de brazos. Podía sentir curiosidad por ti, sí, porque estabas en mi jodido barco sin permiso. Nadie te había otorgado allí ninguna licencia, nadie ponía un pie en esa borda sin que yo lo aceptase, ¿y tú pretendías escabullirte como si nada? No medí mi fuerza cuando en un ademán que podría ser tachado de casual te sujeté, apresándote del brazo para propinarte un tirón brusco que en realidad para mí era lo tachado de normal entre los míos, haciendo que te quedases mientras el mensaje era captado por los míos, algún que otro taponando con una risotada la tabla que servía para bajar a unos metros de distancia de nosotros, también haciendo apuestas descaradas sobre tu destino ahí si no eras capaz de esquivarnos. Chasqueé la lengua. Por lo que estaba oyendo, bien podrías terminar destrozada y no mejor que una de esas putas de tierra. No fue tu idea más brillante colarte en un navío de hombres, ¿no lo habías pensado?- Buen sentido de la orientación, marinera pero antes de saltar por la borda, ¿qué haces aquí? -El tono de mi voz se volvió más duro porque la respuesta era importante, lo suficiente pero no mermó el tamaño de la curva de mis labios ni mis ojos se desviaron de la oscuridad de los tuyos. Y ahí lo vi. No eras humana. Toda una vida en Pandora me había enseñado a reconoceros... pero seguía dándome tan igual como el primer día. Ahí no eras un peligro.

Off: Exámenes, pero ya terminé. Prometido ;)
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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por Glaraqé T. Alzur el Sáb Abr 23, 2016 12:49 pm

Oh, vamos, ¡me habéis hecho subir vosotros!
Lo cierto era que a la negra siempre le habían dado igual los contratiempos. Si bien era cierto que en algunas ocasiones sus reacciones podían resultar incluso infantiles, por dentro seguía siendo igual de dura. ¿Qué por qué a veces reaccionaba de esa manera? Quizá fuera un mecanismo de defensa para no parecer un peligro. En aquel momento concreto Glaraqé empezó a preguntarse si la curiosidad no le había jugado una mala pasada. Aunque, ¿qué iba a saber ella que en un puerto lleno de putas y alcohol ese barco en concreto iba a estar lleno? ¿Acaso todos ellos eran impotentes? Menuda birria de marineros.
Miró a los ojos a aquel hombre cuando la tomó del brazo y la obligó a levantarse.
Sólo era curiosidad, mi capitán. Hacía mucho que no veía un barco y como parecía deshabitado me acerqué a curiosear. Eso es todo.
La elfa escuchó con atención los comentarios de aquellos hombres de mar. Le arrancaron una pequeña sonrisa. ¿Querían jugar? Adelante. Tal vez ella hubiera allanado un barco sin permiso —que no era el caso, ya que ella no había pasado del ancla; en todo caso, ellos la habían obligado a subir—, pero en ningún momento había pensado en hacerle daño a nadie.
Glaraqé era mujer. Sabía perfectamente lo que suponía viajar sola de un lado para otro y los riesgos a los que se atenía. Lo había vivido en todo el planeta y ahora, en Pandora, lo vivía más aún. Pero la morena no se dejaba achantar, porque sabía que en el momento en el que mostrara la más mínima debilidad dejaría de ser el espectador para convertirse en la presa.
Y después de cientos de años sobreviviendo no la iba a derribar un chulo egocéntrico de tantos.
Más os vale no intentar nada raro. Sois vosotros quienes tenéis las de perder aquí.


Última edición por Glaraqé T. Alzur el Dom Sep 11, 2016 10:15 pm, editado 1 vez


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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Lun Mayo 02, 2016 6:33 am

Podía haberme enfrentado a todas las jodidas criaturas de Pandora, sí, y aún no podía entender como diablos pensabais las mujeres. Un matiz como que te habíamos dado el impulso que necesitabas para plantarte entre nosotros y tú te negabas al hecho de que, al fin y al cabo, estabas encaramada al ancla de mi barco. Parte de éste. Tuve, de verdad, que reprimir el impulso de ponerte los ojos en blanco. Las mujeres siempre me habíais dado un especial dolor de cabeza y tú no eras diferente. Si me preguntabais, Pandora era más peligroso porque contenía una variedad irrefutable de hembras de todas las especies aunque de momento el honor de irracionales y locas de atar se lo concedía a las lobas.
Más de uno de mis tripulantes se miraron entre sí, como si no creyesen que tu única observación pudiese ser corregirme. Tenía que reconocérselo, ellos que tenían más afán en pagar a una prostituta no eran capaces de concebir que soltases algo así. Aquellas caras estuvieron a nada de hacerme reír. Cuando no era a mí a quien desconcertabas, morena, podías estar bien.

-¿Y no sabes que los tour se cobran, marinera? -Te repliqué enarcando las cejas, ignorando al resto de los comentarios que te dirigían mis hombres o al menos los que se habían dejado distraer con tu presencia. El intendente, como yo, ya había supuesto que no entrañabas ningún peligro real y con un gesto de cabeza que le hice dio un par de palmadas y envió a la mayoría de la tripulación a continuar con sus tareas. El Hawk Silver siempre fue un navío exigente.
Sinceramente, hasta yo me habría planteado jugar contigo pero había cosas más importantes de las que ocuparse. Cazar al ratón había sido entretenido pero tras asegurarme de que no eras una amenaza real, un siniestro, un enemigo y claramente no eras un negocio, así que la travesura audaz era una jugarreta con la que me las podía apañar. Hasta que vino tu amenaza. Solo entonces volví hacia ti, de nuevo, la sonrisa dura y la mirada más... curiosa. Por un momento me pareciste la chiquilla malcriada de una familia de linaje digno que le apetecía probar algo nuevo. Pero no apostaría eso. No sabía que eras, pero no eras humana por lo cual podría haber condesara más verdad en tus palabras de las que podría encontrarme en boca de cualquier señor del tres al cuarto. Eras una putada entretenida, ¿lo sabías?

-Acabas de castrar los intentos de mis hombres por llevarte al piso de abajo. Así no encontrarás ningún partido. Ni bueno, ni malo. -Dije burlón pero ahora había cierta huella de diversión en mis ojos. Mira morena, llámame retorcido si querías pero te habría dejado a sus manos solo para verte librarte de ellos. Igualmente opté por proteger mi barco a los míos. No tenía ni idea del alcance de lo que eras y si fuese por mí, me la jugaría pero no era yo el que podría tragar la consecuencia y volver esto algo más grande en nuestra visita al puerto para reponer provisiones y hacer negocios breves no me iba a robar el sueño. No había llegado hasta donde estaba por ser un necio.
Te volví a empujar pero esta vez dirección a las tabla para descender del barco pero no te dejé ir sola, te acompañé. Al margen de si eras bien o no recibida, estar ahí significaba discusión asegurada. No te confundas, no por ti, pero ante una mujer como tú mis hombres podían llegar a sacarme de quicio y aunque podría levantar una horda de apuestas para ver quien te conseguía antes, era un tiempo que no pensaba perder, no sin saber que consecuencias podrías acarrearnos... pero estaba claro que ellos no eran unas mentes pensantes muy lúcidas así que lo único que me planteé hacer muy alejarte.

-Entonces ¿qué? -Te miré de soslayo, bajando por la tabla hasta el puerto que nos recibió otra vez-¿Bruja, elfa...? Cuéntame que criatura podría tener tanta curiosidad que olvida su sentido común en cualquier taberna. -Aparte de él, se refería, claro.
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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por Glaraqé T. Alzur el Sáb Jun 18, 2016 8:52 am

Glaraqé tenía que reconocer que, al menos por un momento, una parte de ella creyó que no iba a salir ilesa de aquella insensatez, sobre todo cuando aquel hombre que parecía el capitán dejó ir aquella carcajada. A la elfa le pareció el pistoletazo de salida hacia una carrera de obstáculos en la que ella era el premio, sólo que no era una carrera en sprint, sino que se podía jugar con ella mientras tanto. Tragó saliva y parpadeó esperando algo que nunca llegó. Cuando los volvió a abrir los marineros se estaban dispersando y Glaraqé miró al hombre que le sostenía el brazo con el ceño fruncido. «Castrar, dice… ¿había algo que castrar
Ella sí rodó los ojos ante su comentario. ¿Por qué se tenía asumido que las mujeres tenían que casarse? Dejó ir un suspiro de cansancio. Seguramente ese hombre se creía único e intocable, pero lo cierto era que Glaraqé se había cruzado con muchísimos más así a lo largo de su vida. Porque, aunque se dijera lo contrario por bondad, todos los hombres eran iguales.
¡Oye, cuidado! —exclamó cuando la hizo andar.
Al principio la negra se resistió al creer que la llevaba al interior del navío, pero cuando vio que se dirigían al tablado de descenso al puerto su paso se aligeró hasta que prácticamente caminó de puntillas y dando saltitos.
Se volvió durante un segundo para hacerle una burla a uno de los marineros que la miraba con cara de embobado pervertido. Al verla se dirigió hacia ella, así que la elfa saltó.
Para cuando aquel hombre pisó suelo firme la negra ya llevaba varios segundos ahí como si anda hubiera pasado.
Adivínalo —respondió, casi borde y con una ceja levantada, como si le molestara la pregunta.
Lo cierto era que le molestaba, sí, pero no por la pregunta en sí, sino por la incomodidad de la situación. ¿Y ahora qué? ¿Iban a irse de copas?
El marinero de antes se asomó y balbuceó algo a lo que ella respondió con una pedorreta.


Última edición por Glaraqé T. Alzur el Dom Sep 11, 2016 10:20 pm, editado 1 vez


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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Mar Jun 28, 2016 6:48 am

¿Tienes idea de cuanto me costó no reírme, morena? Eras como una chiquilla que llevaba con osada valentía expuesta la bandera de cierta ingenuidad. Porque eso es lo que te tenías que gastar a la fuerza para subir a un barco como el Hawk Silver con esa actitud. Era la primera vez que veía en Pandora lucirla a alguien con tanta soltura como tú. Te observé ahí abajo mientras mis pies descendían por la tabla, crujiendo bajo mi familiar peso y, a pesar de todo, un brillo peligrosamente divertido se adivinaba en mis pupilas mientras alternaba la vista entre el navío y tú. Varios de mis hombres se habían quedado asomados, soltando alguna mierda a la que mis oídos estaban acostumbrados, no sé si los tuyos. No a todos les sentaba bien que se liberara tan rápido a la invitada de honor. Como si no tuviese rameras en el puerto con las que quedarían más que satisfechos. Supongo la diferencia radicaba en que a ti no pensaban pagarte.
Ahora eras como una cría enfurruñada. Estuve tentado a poner los ojos en blanco pero me limité a otear entre las cabezas de la gente que se arremolinaba en el puerto, al menos hasta que oí aquel gesto infantil que reclamó la atención sobre ti.

-¿Qué tienes? ¿Trece años? -Musité llevándome las manos a los bolsillos de la levita oscura que portaba, sacudiendo la cabeza. Nadie te echaría una edad semejante con aquel rostro de ébano, pero permíteme decirte morena que así no captarías exceso de clientes en aquel puerto. Pero para gustos los colores- Me debato entre bruja y elfa. Ya hice el descarte de lo demás y me atrevería decir que bruja, sería extraño que uno de los hijos del bosque se alejase tanto de sus verdes para acabar aquí y colarse en un barco. -Respondí sin preámbulos... a menos que tuviese una doble intención y eso es lo que me disponía averiguar de ti, aunque con ese humor que te gastabas, era difícil sonsacarte una conversación agradable ¿verdad? Como si hubiese sido yo el que se había metido donde no le llamaban. Por primera vez podía decir que no era el delincuente de aquella situación. Que raro... ¿nadie pensaba darme un premio o algo así?




La cara de Bishop es porque ha confundido la ginebra con el ron. OTRA VEZ:
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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por Glaraqé T. Alzur el Dom Sep 11, 2016 10:08 pm

No fue hasta unos segundos después que la elfa se tambaleó. Su cuerpo se había acostumbrado demasiado rápido a la inestabilidad del agua y ahora, en tierra irme nuevamente, algo dentro de su cabeza refunfuñó cuando giró sobre sus pies para encarar al marinero.  Se llevó una mano a la frente y por un momento su expresión fue suficiente para averiguar qué le había sucedido. Finalmente se sacudió la cabeza y parpadeó varias veces.
Al hacerlo, se fijó en las facciones de aquel hombre. Su cara de chulería le provocó un amago de carcajada que disimuló en un gesto al lamerse las mejillas. Debido a su barba no pudo concretar si su rostro era alargado u ovalado, aunque se quedó con la forma de la nariz y de los ojos, si bien no con su color a causa de la oscuridad. Además, el meterse las manos en los bolsillos le pareció de lo más extraño. ¿Qué clase de hombre que pretendía intimidar y parecer agresivo se metía las manos en los bolsillos? ¡Aquel gesto era digno de alguien tímido que buscaba seguridad!
¿Sabes qué? Los humanos siempre me habéis hecho mucha gracia. Sois como una rueda. Quizá sea por la vida tan corta que tenéis en comparación a la de las otras razas, pero no termináis de superar un conflicto cuando las generaciones posteriores ya se han vuelto a meter de lleno en el berenjenal.
Glaraqé se había dado cuenta de que aquella «familiaridad» tenía gato encerrado. La acusaba de haberse colado en su barco y la sacaba como si nada, incluso parecía querer entablar conversación.
Mira —se acercó a él y extendió la mano —. ¿Crees que una bruja sería capaz de hacer esto? —tras murmurar aquellas palabras, Glaraqé creó un pequeño pero visible tornado en su palma que la  recorrió en círculos. —Esto es fácil, y quizá pudiera hacerlo una bruja, pero… ¿y esto? —el pequeño tornado se deslizó sobre su piel de ébano hacia sus dedos. Cuando cayó, como haría un tronco al llegar a una cascada, en todo el puerto se levantó una ráfaga de viento que sorprendió a todos los que estaban en la calle. Duró apenas dos o tres segundos, pero fue suficiente para tirar a algunas personas al suelo, mover letreros y cubre ventanas, enfurecer el mar y hacer zozobrar las embarcaciones.
Su vestido revoloteó, al igual que sus caballos, pero ella permaneció inmóvil justo en frente de él, con la mirada penetrante.
Movió la mano en la que había creado el pequeño tornado y la colocó en posición horizontal, ofreciendo así un estrechamiento de manos.
Soy Glaraqé, humano.
Quizá la elfa había llegado demasiado lejos, pero, como había quedado patente desde el principio, no solían importarle el peligro ni las consecuencias.


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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por J. William Reed el Miér Nov 09, 2016 6:12 am

Mirad, tenía que admitirlo, me habían comparado con muchas cosas a lo largo de mi vida. Y, que demonios, ninguna buena, ni siquiera cuando hablaban de mi raza en general pero nunca había llegado una verde a llamarnos ruedas. No le faltaba razón, pero a mí no me interesaba los conflictos a gran escala, sino los míos. Y eso solo incluía mi tripulación, el Hawk Silver y tener una botella de ron siempre a punto en mi gabinete. Existíamos hombres que eramos felices con poco, la gran mierda eran las grandes ambiciones... más aventura, que se puede decir.

-Es para que no os quedéis sin espectáculo, vuestras vidas son demasiado largas. Nosotros nos dedicamos a daros sal. -Una acojonante verdad, creedme. Había seres adictos a la adrenalina, miradme a mí y luego... luego criaturas de las tuyas, elfa, que no podían soportar el letargo y observaba como un juego nuestros "conflictos". Quizá no fuera tu caso, ciertamente, podía apostar por ello ya que te dedicabas a colarte en guaridas ajenas, pero había visto a muchos inmortales vivir la emoción salvaguardados a través de mundanos como yo. Y eso era un insulto. Para ellos, no para mí.
No me dio tiempo a sopesar mucho eso cuando reclamaste mi atención. Al principio no noté nada, me limité a mirarte con una expresión escéptica. Ojalá me sorprendieses para que hubiese valido la pena haber dejado el Hawk Silver... y no me equivoqué. Tardé un instante, mientras lentamente la sorpresa excitada iba haciendo mella en mi rostro con una transparencia brutal. No sería ni la primera vez ni la última que vería algo semejante, creeme, pero siempre había un deje de satisfacción al ver una muestra poder. Era algo inalcanzable para mí, sí, joder, pero mientras el resto veía la desventaja, la profecía de una amenaza velada y peligrosa en el viento potente, yo disfrutaba de ese espectáculo. Aullé, con la carcajada acerada y mordaz como el ladrido de un perro callejero escapando de mis labios curvados.

-Tendría que haberte dejado arriba, ¿sabes lo que nos hubiésemos reído con uno de esos a menor escala con mis hombres? Habría apostado por ti, joder. -Reí entre dientes, enfocándote con un brillo de retorcida diversión asomándose a mis pupilas, obviando el caos que había organizado a nuestro alrededor. Claro que si eso hubiese afectado a mi nave, probablemente hubiese buscado tu cuello de ébano para rajar tu garganta.
Miré tu mano, pequeña y ligera, aparentemente frágil. Le propiné un apretón con la propia.

-Por aquí me conocen como Reed o Will, elfa. -Solo algún féerico podía tener ese control por los elementos según la voz de la experiencia de una vida en Pandora. Tiré de tu mano, obligándote a volver a caminar, con la misma brusquedad que me caracterizaba- Llámame descortés, pero no quiero verte cerca del Hawk Silver. Tienes un trasero digno de lucir por el puerto y si quieres destrozar otros barcos con lo que acabas de hacer, no hay problema. -El peculiar sentido del humor afiló mi lengua, despreocupadamente, con esa sonrisa bonachona que contrastaba tanto con lo que podía llegar a ser. Pero, precisamente, esa actitud era lo que hacía que a día de hoy siguiese respirando el mismo aire que tú.




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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

Mensaje por Glaraqé T. Alzur el Miér Ene 11, 2017 10:21 am

«Pues yo debo ser hipertensa, porque ha sido verte y me he puesto mala», pensó.
Glaraqè, después de aquel espectáculo en el que él se había dedicado a recalcarle lo bueno que era, se esperaba cualquier cosa menos unas risas sinceras. Demonios, ella había intentado impresionarle de la forma intimidante, buscando respeto, y casi parecía que acababa de ganarse un colega de birras.
Precioso.
Suspiró mientras le observó, embobado, deleitarse con su viento.
Estoy seguuura de que me habrían ignorado para centrar su atención en el tornado. Ajá. Te creo, sí —porque no la miraban como si fuera un filete, qué va.
Cuando el apretón se deshizo Glaraqè puso los brazos en jarra —con los dedos mirando a la espalda, un gesto muy típico en ella— y alzó una ceja, incrédula. No salía de su asombro. Aquella situación era tan surrealista que había momentos en los que le costaba llevarla. ¿Y ahora qué? ¿Se iban de copas como colegas que eran?
Encantada, Reed. Voy a quedarme con el primero. Te pega más —porque se parecía a «greed» —. No te preocupes, no me verás, tu precioso barco estará a salvo siempre y cuando yo también lo esté. No me malinterpretes, pero yo solamente era curiosa, los de las malas intenciones eran otros, y ahora ya no me fío de ninguno —total, ellos no iban a perder el sueño, así que se lo podía permitir. Aparte, ella no especificó. Si él se sentía aludido ya era cosa suya. —Te he dicho que ya me iba, pero no me has dejado. Esto ha sido muy extraño, pero debería marcharme. Tengo trabajo que hacer y ya he perdido demasiado tiempo al dejarme llevar. Los míos me necesitan ahí fuera, en movimiento, no aquí. Adiós.
Y así, la negra movió sus pies dispuesta a marcharse.


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Re: De truhanes que no saben que lo son... o sí | J. William Reed

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