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Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos [Lynceus Bàlor]

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Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos [Lynceus Bàlor]

Mensaje por Invitado el Jue Ene 07, 2016 6:30 am

Humo negro, sofocante, opaco y asfixiante.

Llamas azules.

Polvo y cenizas.

La opresión en el pecho me hundió aún más en la oscuridad, el nudo de la garganta me impedía gritar. Iba a morir, estaba totalmente segura.

Morir.


Saqué la cabeza del agua de la bañera entre toces estranguladas y espasmos de terror; el agua había dejado de estar caliente para pasar a estar tibia, casi fría. Me agarré al borde de la pila como si fuera lo único capaz de mantenerme a flote, aunque era imposible hundirme en aquella bañera.

Hiperventilé hasta que pude recomponer la compostura, qué miedo había pasado. Todavía podía sentir la opresión del pecho y el humo oprimiéndome los pulmones; me miré las puntas de los dedos, arrugadas por estar tanto tiempo en remojo. Tenía la piel de un color oliváceo a pesar de que pocas veces tomo el sol, tal vez eso era lo que necesitaba para entrar en calor.

Salí de la bañera, llena hasta arriba, tambaleándome con el agua resbalando sinuosamente por mi cuerpo. Alcancé una toalla para envolverme en ella, sentí como su tejido rígido de tanto lavarlo y tenderlo al sol, me raspaba la piel. Me sequé bien y me vestí lo más rápido que pude, enfundándome unos pantalones y una camiseta.
Dirigí un rápido vistazo a la habitación de la posada y rumié durante unos segundos a ver si se me olvidaba algo, pero no, viajaba con poco y liviana. Me puse la gabardina y me colgué la mochila a la espalda, no esperaba volver a pesar de que había pagado una noche de más.

Salí en silencio, haciendo el menor ruido posible.

La calle estaba desierta en ese momento, el sol estaba a punto de despuntar y yo tenía aún un largo camino por delante. Me cubrí el rostro con la amplia capucha y eché a andar entre la poca gente madrugadora, estaba decidida a quedarme en la biblioteca el día entero. Necesitaba hacer alguna que otra indagación.

Entreabrí los labios cuando me llegó el rico aroma de pan recién hecho y no pude evitar detenerme para saborear el dulce olor. Quizás en otro momento, pagar la noche de más en aquella habitación no había sido el impulso más acertado y estaba pasando factura a mi escueto bolsillo, asique apreté los dientes y seguí caminando, siempre podía comer las galletas que guardaba en mi mochila.

No fue hasta casi el mediodía cuando me encontré frente a la gran y hermosa estructura que conformaba la biblioteca de Baskerville. Eché la cabeza hacia atrás para repasar punto por punto su arquitectura y la capucha cayó, dejando libre el pelo castaño, completamente seco a esa hora del día.

Y entré, suponía que no habría ningún problema, era una chica menuda y parecía pasar totalmente desapercibida. Efectivamente, nadie levantó la vista para mirarme, si quiera me prestaron atención.

Caminé entre las largas y altas estantería repletas de libros tan antiguos como el mismísimo mundo, contuve el aliento demasiado sobrecogida por el espectáculo. Me detuve en una mesa lo suficientemente aislada como para que me pudiera sentir cómoda, dejé la mochila en un lado y comencé mi búsqueda.

Tardé lo mío en ubicar una sección que me pudiera servir de ayuda, cogí un par de libros y volví con algo de dificultad a mi mesa, no me había dado cuenta de lo mucho que me había alejado de ella, esa biblioteca era un verdadero laberinto del conocimiento.
Pasé un puñado de horas entre libro y libro, queriendo conocer algo más sobre mi habilidad, la animación, pero poco iba a conseguir comprender si no me encargaba a algún maestro dispuesto a enseñarme… Cerré el décimo libro con cansancio, podía saber todas las lenguas del mundo que seguiría igual de perdida.

Me imaginé a mí misma bajo la tutela de un maestro, aprendiendo y obedeciéndole, me estremecí, era demasiado independiente, demasiado mía como para poder mantenerme dócil. Sacudí la cabeza, no, no podía rendirme.

Con un entusiasmo que no creí que llegara a poseer me volví a poner en pie, dispuesta a enterarme de algo por nimio que fuera. Llegué a unas estanterías llenas de polvo y saqué un libro grueso y pesado, con un título algo extraño. Tan concentrada como estaba no me di cuenta hasta que lo tuve en frente, al otro lado de la estantería. Habían sacado un libro del lugar que, a su vez, correspondía al que tenía yo en mano.

Rubio, alto y de piel blanca como el marfil. Y rico, muy rico. Con ojo astuto analicé todo lo posible que el huequito me dejaba, era guapo, pero eso era lo de menos. Mi bolsillo vacío parecía pesar toneladas, reclamándome dinero. Mi estómago también necesitaba algo de comer, algo más que un par de galletas rancias que me quedaban en la mochila de hacía días y que, encima, me veía en la obligación de racionar.

Sin embargo aquel muchacho tenía toda la pinta de llevar algo caro y lujoso encima, algo que me podía mantener alejada de vagabundear por las calles robando a mercaderes grasientos y feos.

Entonces fue cuando las vi, aquel par de alas doradas emergiendo de su espalda y retrocedí tragando saliva. Un guerrero alado enfadado era lo último que precisaba en mi lista pero… quizás, si la suerte estaba conmigo podría robarle. Quizás.

No lo perdí de vista y si se movía, lo seguía; calculando y analizando. Preparándome para dar el golpe en el momento indicado y de la manera más óptima posible, cuanto más tarde se diera cuenta de que le faltaba algún objeto, mejor para mí.

Durante casi cuarenta minutos me mantuve en pie, moviéndome entre las estanterías a la par que él. Haciéndome a sus pasos, a su manera de moverse y lo supe, el momento indicado brilló cual antorcha en la oscuridad.

Con el aliento detenido en la garganta, con la cabeza gacha y un libro bien sujeto contra el pecho me dispuse a tropezarme con él. Debo admitir que aquellas alas le daban un aire intimidatorio que me erizó los pelos de la nuca, pero no me iba a echar atrás.
Era ahora o nunca.
Caminé con velocidad con la intención de dar hombro con hombro, aunque él fuera un cachazo más alto y grande que yo. Sujeté con fuerza el libro, apreté la mandíbula y le di, metí la mano entre su ropa, agarré algo y tiré. Tiré y tiré. Pero no salía.

El terror me inundó y me quedé paralizada, él apenas se había movido medio centímetro del lugar en el que se encontraba.

Ay, ay, ay…

Iba a doler, esta vez me la había cargado en serio.
InvitadoInvitado


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Re: Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos [Lynceus Bàlor]

Mensaje por Lynceus Bàlor el Sáb Ene 09, 2016 2:15 am

La quinta semana después de su última estancia en Mördvolathe comenzaba aquella madrugada. LLevaba la cuenta de cada minuto que los infortunios que la tierra maldita de Pandora le daba para mantenerlo apartado de su deber. En cierto modo no le importaba mucho lo que sus superiores pensaran de él, pero jamás toleraría ser denigrado a un rango más bajo que el que ya tenía, no por cuidar el honor de su propia familia sino por el orgullo del mismo Lynceus. Era el último Bàlor que quedaba vivo y se encargará de inmortalizar su nombre para la eternidad. Eso si lograba volver a su hogar en una pieza.

Las cosas no podían empeorar más. Ya había sufrido lo suficiente a manos de sus enemigos. A pocos días de haber abandonado su casa en la ciudadelas fue herido en el ala derecha a manos de una elfa, lo que le obligó a andar como humano, a pie por los senderos que cruzan Arcadia para llegar a Valtesi. Si los guerreros alados fuesen invencibles no andarían por ahí llevando pesadas armaduras. Un guerrero alado  que no puede volar puede darse por muerto, sobre todo si en su estado cae cerca de las tierras de los licántropos o de los vampiros, o lo que es peor, de los malditos perros siniestros. Tenía más razones que ningún otro alado para odiar a los hijos de Van Helsing. Dicha razón ocurrió cuando uno de ellos le asaltó hacía unos días para cobrar recompensa por su rescate, y no solo eso, si no que se encargó de despojarlo de su tan preciada armadura. Seguramente el siniestro se habría vuelto rico vendiendo cada una de las piezas. Salir de aquel problema casi le cuesta la vida dado que salir de Heindel es todo un milagro, una bendición de los dioses mismos, aunque aligerado del peso que acostumbraba a cargar pudo despegarse del suelo mucho más fácil.

Las opciones se le estaban terminando a su muy corta edad, así que tuvo que tragarse el orgullo para encontrar un lugar donde ocultarse en la tierra de los humanos donde ya era bien conocido pero no bienvenido. Parecía como si la vida quisiese cobrarle todos sus pecados de golpe. Pero no podía dejarse vencer, no tan fácilmente cedería para olvidar para siempre sus ambiciones sino que las portaría en alto hasta la muerte. Así fue como decidido a soportar el amargo trago de la reprensión envió una carta a Mördvolathe notificando su situación y localización, a lo que recibió una no muy grata respuesta.

“A Lynceus Bàlor:
Saludos. Es grato conocer de su paradero aunque es enteramente desconfortante conocer de sus malaventuras en estos últimos días. Lamento informarle que su regreso a Mördvolathe no ha sido ordenado por el Capitán Seppius Gann por lo que no se le autoriza volver sino hasta completar el encargo de uno de los cabos caídos en las afueras de Bran dos días atrás.
Para completar dicha encomienda deberá entrar a la región de Baskerville donde deberás buscar el objeto que se describe en el manuscrito recuperado del cuerpo de nuestro hombre caído. Se lo haré llegar a donde estas.
Es de suma importancia que cuide sus pasos, pues en las últimas semanas nuestros hombres han sido derribados de los cielos sin tregua sin conocer el origen o la razón de estos ataques. Veré que estés bien armado para que puedas defenderte en las “tierras de nadie”. Cuando cruces la frontera de Bran estarás a salvo, pues bien conocido que Nicolas Flamel tiene cuidado de los de nuestra raza.
Armate de valor y astucia.
Teniente
Doiros Vein”


Apenas recibió la carta se dispuso a irse, después de llenar su estómago. La carta de le fue entregado por un emisario de Mörvolate, el cual te dio monedas de oro y una espada de luz. Menos mal que el teniente mencionó que lo enviaría “bien armado”. Recibió el manuscrito y las instrucciones de ir directamente a la gran biblioteca de Baskerville. “Perfecto, con lo mucho que me encantan los libros.” dijo irónicamente al emisario. Dicho lo anterior despegó del suelo tal y como era su costumbre, sin pensarlo y cortando tajantemente su conversación.

El cielo estaba despejado por lo que fue de su provecho para ir más alto, lejos de los ataques provenientes de la tierra, pues si bien la carta de su teniente no hubiere sido suficiente advertencia él ya había tenido suficiente de hostilidades. No descendió hasta ver el imponente edificio que buscaba, y sus pies no tocaron el suelo sino hasta que llegó al pie de las enormes puertas de la entrada principal. Al traspasar las puertas ubicó rápidamente el escritorio de la bibliotecaria y se aproximó sin más, dejando bruscamente el manuscrito sobre los papeles que la señorita revisaba con tanto empeño. Alzó la vista con gran molestia a lo que el guerrero contestó: “Ikarus me envía por esto”. La bibliotecaria bajó nuevamente la vista para analizar el manuscrito. La mujer de edad mediana acomodó bien sus lentes frente a sus ojos para leer las letras borras sobre el papel corroído. Titubeó unos momentos mientras intentaba recordar la sección en la que se encontraba lo que buscaba.

-Mmmm...quinto piso.- dijo volviendo a levantar la mirada.- Sí, ahí debe estar.

Lynceus retiró el papel de las manos de la mujer y se dispuso a irse, no sin antes sacudir bruscamente las alas para tirar el rocío que se había adherido a ellas durante el viaje, lo que salpicó sobre el rostro de la mujer y sobre lo que tenía en el escritorio. La mujer únicamente aguantó la respiración y contuvo su rabia.

-Gracias.- vociferó mientras se dirigía a las escaleras de caracol de mármol pulido.

El interior de la biblioteca era mucho más impresionante que su majestuoso exterior, las estanterías hechas de las más finas caobas y los libros que allí habían, los antiguos y los más recientes expedían el sublime olor de sus páginas que podían volver más sabio a cualquiera tan solo por inspirar aquel aire. Lynceus subió las escaleras pesadamente, era muy temprano y el silencio que allí reinaba era casi espectral. Cuando hubo llegado al quinto piso vio el mismo laberinto de estantes que los pisos inferiores.

El conocimiento de Lynceus se limitaba únicamente a lo referente a la milicia y a lo que hubiese podido recoger en sus viajes por todo Pandora. Los libros no le impresionaban en absoluto. No se trataba de un hombre intelectual y a él no le importaba admitirlo, más bién presumía de su agudo instinto de batalla y perspicacia afilada con acero. Pero ningún instinto le ayudaría en aquella ocasión, que se erguía allí intimidado por aquel laberinto de libros.

No tuvo opción. No podría volver a pisar Mördvolathe con un nuevo fracaso, así que decido entró y anduvo entre los pasillos por largo rato, no perdiendo de vista hasta el más pequeño letrero. Había títulos de todo tipos, algunos en lenguas que él no comprendía. Repasaba las indicaciones del manuscrito una y otra vez para asegurarse de no pasar de largo de su objetivo.  Al final supo que no debía preocuparse tanto pues lo que buscaba saltó a la vista antes de que pudiera leer el títulos. Alzó la mano a un gran libro con escritura griega antigua en el lomo. Al abrirlo encontró el sello de Ikarus en la primera hoja.

Lynceus revisó el libro de pasta a pasta con el manuscrito a la mano para asegurar de que no se trataba de un error. Había pasado horas allí metido pero completar la tarea había resultado ridículamente fácil por lo que tardó un buen rato en aceptarlo. Aunque ahora el reto era salir del laberinto. Alzó el cuello para virar a un lado y hacia el otro, lo más sensato parecía volver por donde había venido, asi que se puso en marcha.
Mientras caminaba con el ánimo a flor de piel se visualizaba a sí mismo durmiendo en su fina morada después de largo tiempo, recobrando fuerzas para volver a Heindel a cobrar venganza y para callar la bocaza de su asqueroso teniente.

Iba por aquellos pasillos sin cuidado, después de todo los guerreros alados no están acostumbrados a ser silenciosos y el sigilo en ellos es poco común. Jamás sospecharía que alguien lo estaba siguiendo, ni siquiera cuando al doblar en una esquina cruzó camino con una joven. Estaba tan inmerso en sus deseos de volver a casa que tardó unos largos segundos  en descubrir que cruzarse con la chica no era casualidad y que esta había profanado su espacio personal.  Hasta que sintió que algo tiraba de su cinturón. La sensación era apenas una caricia para un tipo de su tamaño acostumbrado al tacto rudo, pero esta persistía. Así que se volvió para hallar detrás de él los ojos temerosos de la chica. Le miraba desde abajo por su gran diferencia de estaturas y su semblante delataba su culpabilidad sin dejar dudas. Por lo general Lynceus jamás reaccionaría de manera agresiva ante una persona con aquella pinta, menos si se trataba de una joven pequeña y aparentemente inofensiva, pero ya no toleraría más humillaciones. La mala suerte que le seguía había colmado su paciencia al límite y esta vez la ira nubló sus sentidos. El guerrero lanzó relámpagos con su mirada a la vez que las plumas de sus alas se erizaban a sus espaldas.

-¡¿Tratas de robarme a mí, insignificante criatura?! -dijo el joven rubio con una voz como de trueno a la vez que empuñaba su espada y con las alas creada una ventisca que saco cada libro de su lugar en todo el pasillo.




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Re: Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos [Lynceus Bàlor]

Mensaje por Invitado el Lun Ene 11, 2016 4:18 pm

Un sudor frío de puro terror me recorrió entera, no había sido la idea más inteligente, la verdad. Pero estaba desesperada, ¿vale? Esto de ir con lo justo y menos por la vida no es que sea la nova más, encima hay que sumarle que cuando no tenía dinero no solo vagabundeaba famélica por ahí, sino que era casi imposible conseguir un techo que resguardara. No es agradable, es mi vida, pero no es agradable.

En resumen, estaba acojonada delante de un guerrero alado con muy mala uva (a ver, que razón en enfadarse tiene el muchacho) y sin saber qué hacer. ¿Huía? ¿Hacia dónde? Oh, claro, no podía, me cogería y me machucaría hasta hacerme puré antes de que pudiera pasar al siguiente pasillo.

Intenté buscar alguna salida pero en todas acababa con la cabeza abierta, asique me propuse intentar otro tipo de escaqueo menos brusco, además, esa espada me daba muy mala vibraciones. Sentí la energía erizarse a mi alrededor, nunca había lamentado saber tan poco sobre magia.

-Bueno… robar… robar… -me encogí de hombros y le miré fijamente e los ojos, con un deje de indiferencia y chulería, pero siempre sin perder a la espada de mi campo de visión –, tómalo como un préstamo indefinido que no hubiera hecho daño a nadie.

Cuadré los hombros sutilmente y la energía envolvió mi cuerpo, no serviría de nada si él me atacaba pero me infundía valor. Pocas veces me había enfrentado a alguien que pudiera darme una paliza con la misma facilidad con la que yo podía arrancar una flor y mis precarios movimientos de cuerpo a cuerpo no es que supusieran peligro para él, tal vez le pudiera hacer daño si…

Asentí en mi fuero interno, quizás podría desequilibrarlo si le metía una de las piernas entre las suyas y le daba una patada, podría volar pero en consecuencia sus enormes alas chocarían contras las estanterías demasiados juntas.

-¿Lo entiendes, no?–le hablé lentamente, como si le estuviera hablando a un niño de 6 años porque no parecía tener muchas luces el pobre –. Nada de malos rollos, ¿vale? Tú tienes tus cosas y yo sigo igual de pobre, de todas maneras tampoco es que tus baratijas me sirvieran de mucho.

Definitivamente había sido el robo más estúpido y torpe de mi vida y eso que había robado cosas bastante interesantes a personajes peligrosos. Aún me quedaba mucho por aprender, pero esto es lo que ocurre cuando el hambre arrecia y no es una experiencia que quisiera repetir, se me puso la carne de gallina cuando recordé mi breve estadía en Heindel, casi me había matado a pesar del trofeo que me llevé.

Entonces reaccioné, en mi espalda aún tenía aquel puñal que le robé a aquel hombre en Heindel; de repente me empecé e a sentir un poco más confiada. Con lentitud, como si me fuera a rascar me llevé la mano hacia la espalda para empuñarlo con fuerza. Se lo clavaría sin dudar como le viera bajar la espada contra mi pobre ser.

Pude sentir la magia arremolinándome levemente el pelo, como si fuera energía estática. Estaba preparada para darle caña como Alexandria que me llamaba, era una Crawford y si quería pelea, la iba a encontrar aunque tuviera muchas probabilidades de acabar siendo parte del suelo.
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Re: Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos [Lynceus Bàlor]

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