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Noirceur et mort ◊ Drako

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Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Oct 21, 2015 9:01 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Había permanecido largos minutos sentada en aquella silla de madera, con el torso ligeramente cargado hacia la derecha de modo que su codo pudiera apoyarse en el descansabrazos. Su mano, que parecía ser la única cosa con vida en la habitación, daba soporte a la barbilla de la vampiresa al tiempo que daba golpecitos rítmicos sobre sus labios, según el ímpetu de sus pensamientos. Finalmente, algo más dentro de la estancia cobró vida, y ese algo fueron sus ojos azules al dirigirse velozmente en dirección a la ventana, cuyas ruidosas trepidaciones habían logrado sacar a la mujer de su ensimismamiento. Se levantó, entonces, y caminó despreocupadamente hacia la única fuente de aire fresco y abrió las puertillas de madera de par en par, dejando entrar una brisa vehemente que traía consigo la esencia del mar, misma que reemplazaría al perfume de la muerte que se había quedado encerrado con ella. Su cabello danzó conforme el viento iba y venía, ignorando el cosquilleo de algunos cabellos sobre su cuello, pues era una de esas raras ocasiones en las que podía sentir el contraste de temperaturas, cuando podía jactarse de que su piel estaba lo suficientemente cálida como para erizarse ante las frías caricias que le otorgaba la brisa. No obstante, el quiebre de esa extraña tranquilidad apareció pronto; una molestia en el ambiente que decidió ignorar dándole la espalda.

Su atención se dirigió nuevamente a los dos hombres que le habían hecho compañía. Ambos parecían haberse quedado dormidos sobre la mesa, como un par de irresponsables que preferían darse el placer de una siesta a concluir los asuntos que los había colocado en el hostal. Así que se aproximó a uno de ellos y le levantó la cabeza, sólo para confirmar que al menos uno de ellos había sido incapaz de sobrevivir a la pérdida de sangre que sufrieron. Soltó la cabeza y disfrutó el golpe seco que ello produjo. Suponía que el segundo hombre había sucumbido también a la muerte, por lo que se limitó a robar el sombrero del que debía ser capitán y a tomar los documentos expuestos sobre la mesa  para decidir que era el momento apropiado para retirarse.

Antes de disponerse a atravesar el pasillo que la conduciría a las escaleras, se colocó el sombrero, se acomodó la chaqueta que había reemplazado a su bolero con capucha y escondió los mismos documentos que días atrás presumiera al herrero. Escuchaba el barullo de su propia obra, el golpeteo constante de tarros repletos de cerveza al regresar a su lugar sobre las mesas, el chirrido de las sillas al desplazarse para permitir su uso y el tintineo agudo de las botellas de diversas bebidas. Y pronto, a medida que descendía de las escaleras, se presentó ante ella la visión de su propia cosecha concentrada en el mesón que había comprado en Zárkaros. Se quitó nuevamente el sombrero. Le molestaba, era un peso innecesario sobre su cabeza, así que se lo colocó al primero hombre que se le atravesó y fue directo a la barra. – La habitación necesita algo de limpieza. – Indicó al tiempo que deslizaba las llaves de la alcoba y le guiñaba el ojo al bartender. El hombre respondió al gesto con una sonrisa ladina que dejó al descubierto sus afilados y perfectamente blancos colmillos, para posteriormente tomar las llaves y retirarse. Tras esa breve interacción, la mujer volvió a quedarse sola, con la abismal compañía de gente que trabajaría para ella de ahora en adelante y de los que jamás se atreverían a aproximarse a la inmortal que esperaba solitaria en el banquillo a que la rareza percibida en el ambiente se materializara al fin y le diera algo que hacer.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Sáb Abr 23, 2016 9:17 am

Entre la penumbra, arraigado en su posición, Hunter oteó tratando de adivinar el emplazamiento de su aliada. Nunca llegó a hacerlo, tampoco lo necesitó. El humo se apoderó de la cubierta y Drako conocía su procedencia. La vampiresa había cumplido con su parte, no era preciso verla para saber que ya estaba en movimiento, deslizándose sobre las tablas de madera que componían el bergantín como una sombra mortífera. Había visto lo suficiente de ella para confiar en sus habilidades, por eso no se planteó la opción de que todo hubiese sido accidental, que hubiesen logrado reducirla o que la adquisición proporcionada por el siniestro se le hubiese resbalado de las manos. Por ende, el rubio también lanzó la bomba de humo, sumándose a su compañera y agregar más confusión y caos. Abandonó el mástil, descendiendo por el mismo camino que había subido, enganchándose a las cuerdas con mayor facilidad y siendo más rápido al no importar la discreción que ya ponía por si misma la distracción. La prioridad era llegar al punto de batalla, a proa. Sus pies apenas hicieron sonido entre el jaleo de las voces de los tripulantes, los ruidos violentos cuando se pusieron en marcha al saberse atacados sin conocer por quien.
Los ojos entrecerrados del siniestro podían dilucidar las figuras que se movían por la cubierta, se podían adaptar más fácilmente a aquellas condiciones que la vista de la mayoría de criaturas que respiraba en aquel navío. El primitivo filtro acomodado en su rostro le permitía dar pequeñas bocanadas de aire en mitad del ajetreo. Esquivó una hacha danesa que se clavó a centímetros de sus pies, hincándose profundamente su filo provocando el salto de unas astillas mientras su dueño trataba con fuerza arrancarla de ahí para volver a blandirla. Había sido un marinero veloz y casi eficaz. Era curioso lo que el matiz del "casi" en una pelea podía significar, como marcar y subrayar la diferencia. Portgas tomó uno de sus puñales que descansaba en su bota y lo hundió en un estoque fatal en el cuello del hombre, impidiéndole gritar su agonía y regando con sangre su perímetro. Alguien debió seguir los pasos del caído porque una suave ráfaga de viento avisó a Drako de que estaban cortando el aire con una pesada arma. Quizá era impulso, instinto o la experiencia de encuentros pasados per la mente del siniestro no se detuvo a pensar en el siguiente movimiento sino que su cuerpo reaccionó fríamente. Tomó de su espalda el alfanje por la empuñadura y lo envió al encuentro del filo de la falcata. El fuerte golpe resonó metálico. Creada en Heindel, en manos de un siniestro como él, el alfanje debería haber corrompido la limpieza de aquella reunión violenta entre hermanas pero la falcata aguantó el estoque y, entre el humo cada vez más disuelto, Drako encontró los ojos homicidas de su dueño. Pocos herreros se molestarían en brindar un trato especial a una arma como la falcata, asociada a los bucaneros de aquellas aguas, y en caso de que fuese así, el rubio no había visto que pudiese soportar el metal de su región. Llegó a la rápida conclusión de que probablemente fuese una pieza robada o que contuviese más que una punta de espada anodina. No le dio tiempo a barajar más posibilidades y pese a que una nota de genuina curiosidad surgió respecto a la falcata, retrocedió un paso y volvió a cargar contra su adversario. El tripulante detuvo el ataque pero la pierna de Drako fue enviada a su flanco, derribándole antes de que con una floritura el filo de su espada fuese como un mordisco frío de serpiente en su hombro. Revolviéndose ante el dolor, asestó un puñetazo en el rostro del siniestro que se limitó a tensarse mientras la sangre manaba de su labio abierto, más por culpa del golpe del filtro de que de los nudillos del tipo. El estruendo de la pelea fue ganando algunos adeptos de los que antes habían estado jugando pero la confusión acudió en ayuda del cazador. Empujó sin miramientos y casi de una forma accidental al evitarse un tajo de la falcata a un mero espectador al agua y cuando uno se unió a la contienda se encontró con el primer plano del codo del rubio que hundió su nariz, dejándole desfallecido en el suelo cuando remató con un limpio golpe en su cabeza. Saltó el cuerpo ágilmente para seguir el duelo de las espadas y fue ahí cuando, en un estoque brutal, el filo de ambas armas se resquebrajó. Eso no podía pasar. Como si sufriese una pequeña conmoción, Drako se quedó en el sitio, viendo los pedazos de su alfanje, una en el suelo y otra en su mano. La empuñadura se había hincado poderosamente en su piel, dejando una marca roja que pasaría a ser un cardenal. Para él había sido observar el mismo impacto que dos truenos chocando y, para su oponente, a juzgar por la sorpresa horrorizada de su mirada también. El siniestro parpadeó antes de reaccionar, imperando su naturaleza eficaz, sabiéndose ganador del juego desde el segundo en el que sus armas no pudieron seguir adelante. Sabía que la explicación debía ser tan sencilla como que el alfanje no hubiese estado lo suficientemente bien templado, un sacrilegio que, friamente, Drako se encargaría de hacer llegar a oídos del herrero creador. Significase eso lo que significase. Contando con que, además, esa misma arma le había proporcionado diversos años de servicio. Pero debería haber aguantado.
Extirpó esos pensamientos de su mente, cerniéndose sobre el otro hombre que sacó una daga en su último instinto de defensa. El costado de Drako recibió un tajo limpio y que pareció no cincelar de sangre sus ropas oscuras. Los siniestros sabían disimular bien las heridas para continuar el juego de ser implacables. Con dedos experos, torció su muñeca y redirigió la dirección de la trayectoria fatal. La daga descanso en el pecho de su propio amo. Con un rápido vistazo en derrededor, valoró que todo estaba en orden ahí arriba pese a saber que el escándalo de las armas y el fragor de la batalla haría subir a los que aún permanecían abajo. Era cuestión de tiempo. La visión de su alfanje partido quedó sustuido por el recuerdo de la sonrisa de Corso cuando la voz de la mujer llegó a sus oídos. Algo se calentó en sus venas. No quiso levantar la vista de los pedazos de su arma antes de haberse asegurado que sus facciones continuaban siendo inalterables salvo por los golpes que habían dejado su rastro en éste.

-¿Quieres que te enseñe a algo que tú ya no temes, Della? -Dijo entonces, guiando la mirada hacia ella con unos ojos intensos, quizá por el calor que aún sentía por la pelea, algo a lo que ya estaba acostumbrado, quizá porque la implacable vampiresa era lo más real de aquel barco aparte del filo roto y aún brillante de su alfanje. Bajo el filtro que aún cubría su rostro, los labios del siniestro, apenas, se curvaron. No quedaba a plena vista, probablemente aquella castaña nunca se daría cuenta de que había sido capaz de dibujar la más sutiles de las sonrisas bajo el refugio de aquel paño a pesar del dolor que laceró su labio como recuerdo ardiente de lo que acababa de suceder. Terminó por quitarse el anudado filtro, descendiéndolo hasta dejarlo en su cuello. De nuevo, permanecía estoico- ¿Por qué? -Cuestionó perdiendo aquel tono más... ligero que había usado antes, de nuevo blandiendo la dureza en su interrogante si bien de una forma natural en él, sin suponer un arrogante ataque o inquisición- Hemos sido demasiado ruidosos, en cualquier caso. Deben estar subiendo de abajo ya, podemos ir al camarote porque ellos mismos nos buscarán. Tras eso, aún así, deberíamos hacer una purga para asegurarnos de que solo queden vivos los tratados como esclavos. -Matizó, guardando el puñal en un rápido movimiento antes de inclinarse y recoger los restos del alfanje, metiéndolos en su vaina y colgándosela de nuevo para que no le molestase en los minutos venideros- Tenemos poco tiempo. -Y echó a andar hacia el camarote del capitán... aunque jsuto en ese momento aparecieron en la cubierta nuevas figuras para unirse al baile.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Abr 30, 2016 6:18 pm

Tras haber eliminado a la tripulación de la popa, saltó por encima de la balaustrada a fin de acceder a la zona general de la cubierta. Sus pies golpearon intencionalmente el suelo de madera al caer firmemente sobre él, generando un ruido sordo que distrajo a una parte de la tripulación restante. Su mano se dirigió fugazmente a su costado, en donde mantenía ocultos las cuchillas arrojadizas que tanto le habían resultado de utilidad y, tras tomar una de ellas entre los dedos, lo lanzó en dirección al hombre que apuntaba al siniestro con un mosquete. La cuchilla dio a parar en la nuca del navegante, en el pequeño arco que se forma en la unión del cuello y el cráneo, descontando así a aquel cobarde que pretendía atacarle fuera del área de combate, a salvo de las filosas armas de Hunter. Y, al tiempo que la cuchilla atravesaba la cubierta de popa a proa, Corso se daba a la tarea de desarmar a su primer oponente. El sable robado era ligero y prometía resistencia, lo que le facilitó blandirla con absoluta libertad, bloquear cada ataque que pretendía neutralizarla. La floreaba con total experiencia y se escabullía habilidosamente entre los cuantos hombres que se habían agrupado alrededor de ella, dejándolos vulnerables al haber burlado su defensa y matándolos en el acto. No hubo gran resistencia por parte de aquella tripulación que, desacostumbrada al combate por causa de sus largos viajes, perdía parte considerable de su experiencia por las armas, si bien estaban habituados a su peso. La cantidad, por otra parte, no ayudaba. Aunque su brazo ascendiera con trazos diagonales o diera mortales estocadas, el número apenas y parecía reducir.

El brazo que sostenía el sable retrocedió sin previo aviso, encajando el codo en el rostro de un hombre que pretendía atacarla por atrás y, dar tregua a los pocos enemigos restantes, lanzó una estocada, clavando profundamente el sable en el cuello ajeno y extrayéndola al instante. Aún quedaba un par de oponentes más y, según vio tras mirar de soslayo la posición de Portgas, él también estaba próximo a terminar. Se giró rápidamente para dar muerte con un tajo al hombre que había golpeado y, con un movimiento horizontal, rebanó el cuello del último navegante en pie. En todo aquello habían consumido la mitad del tiempo, el puerto ya estaba a la vista y a lo mucho contaban con diez minutos más.

Acepto que me enseñes, me vendría bien un repaso. ― Replicó, sin embargo, su tono de voz ya no implicaba bromas, tampoco le daba importancia a lo que decía, sino que cortaba la conversación, hablaba de un después, de largas horas que pudieran dedicarse hipotéticamente. Su cuerpo se giró levemente, buscando con la mirada a las puertas que conducían al camarote y, una vez localizadas, le dedicó nuevamente su atención al siniestro sin necesidad de mirarlo cara a cara. En cierto modo, no podía estar completamente de acuerdo con las palabras de Portgas, había algo que no le cuadraba. Si tantos minutos había gastado en tan ruidoso combate, ¿por qué el resto de la tripulación no había subido aún a cubierta? Escuchaba el rumor de los seres vivos que se ocultaban en el piso inferior e incluso llegó a considerar que la demora se debía a que los esperaban ahí abajo, listos para degollar a los humanos en caso de que se negaran a rendirse. No obstante, Drako tomaba el papel de la razón en aquellos momentos. En algo debía gastar esos minutos y sólo tenía dos opciones. ― Van Helsing me ha pedido unos registros y busco por mi cuenta algo más. ― Respondió al fin a aquella pregunta, siguiéndolo en dirección al camarote, con la esperanza de que él le ayudase a buscarlos y reducir así el tiempo de búsqueda. Su mano repitió el movimiento con las cuchillas tan pronto se asomó la primera cabeza a cubierta y el pronto el sangrerío comenzó a descender por las escaleras. Sólo uno había caído de los siete que venían en camino. ― Hunter, el ancla. ― Indicó con firmeza. Volvían a separarse, no porque ellos temieran estar cerca, sino porque las circunstancias así lo demandaban. Tan pronto dio la orden, se abalanzó contra los últimos tripulantes del barco, tacleando al hombre que tenía más próximo y mandándolo contra la balaustrada que contorneaba la cubierta del barco. Si la fractura de su columna no lo mataba, ella lo haría más tarde. Quedaban cinco más. Blandió el sable una vez más y descontó a tres con tajos certeros y fugaces, resultado de su poca disposición a seguir perdiendo el tiempo. Una estocada más y una tercera cuchilla concluyeron el trabajo. Sin embargo, antes de bajar por cuenta propia, decidió esperar por el siniestro y darle prioridad a la búsqueda en el camarote. ― Debemos darnos prisa. ― Dijo matizando la falta de tiempo y abriendo las puertas del camarote sin delicadeza alguna. En el escritorio del capitán estaba a simple vista el diario de viajes y un par de mapas desplegados que terminaban por formar un desastre. Había más documentos y objetos dejados descuidadamente a lo largo de la estancia, pero no suponían una pérdida significativa de tiempo. El diario ahí estaba, lo que ella buscaba, pero el hombre debió tomarse la precaución de esconder los registros que Van Helsing requería.


Última edición por Helena D. Corso el Miér Mayo 04, 2016 7:31 pm, editado 1 vez




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Miér Mayo 04, 2016 5:39 am

El silbido del filo del cuchillo rasgando el aire era música familiar a oídos del siniestro, un grito de alarma que le hacía volver raudo la cabeza. Existían hombres que viraban la mirada y su atención por el movimiento de unas caderas en la mujer adecuada, otros por la jugada que podía brindarles unos buenos dados. Hunter siempre respondía a la llamada de las armas. Pero mientras sus dedos se cerraban firmemente en torno a la vaina que guardaba el alfanje caído en batalla, se dio cuenta de que la trayectoria plateada no se dirigía hacia él. Vio aquella mano fina y blanca estirada, la sangre escarlata ser una bandera que presagiaba la muerte en el cuerpo del enemigo. Corso acababa de demostrar que clase de aliada era. Aquello lo hacía más fácil, pero no estaba acostumbrado a que lo fuese. Haber trabajado con criaturas en su bando no equivalía a que éstas se hubiesen comportado como si realmente lo fuesen. Quizá no contasen con la astucia de la vampiresa, pues es lo que el rubio suponía que había entrado en juego y estaba bien: mejor hacer aquello acompañada que sola, después de todo Van Helsing se había inclinado en favor de que Portgas acudiese allí por ella. Quizá lo que hizo que el rubio la mirase durante unos segundos de más fuese lo que distaba de lo que él conocía de aquella mujer. Inclinó la barbilla, haciéndole un discreto y sobrio gesto de reconocimiento, de lo que acababa de hacer. Podían estar juntos en aquel navío pero no muchos se comportarían así, no reaccionarían más que con una pequeña mueca si hubiese acabado sobre la madera uniendo su sangre a la del resto. Improbable, pero podía suceder.
No pudo dedicarle un pensamiento más a aquello ante el último grito de guerra que reclamó su atención. El siniestro se giró rápidamente sobre sus talones e incrustó un golpe seco del costado rígido de su mano en el cuello del tripulante que se cernía sobre él. Fue un punto justo, certero, que le robó la respiración y le hizo caer jadeando. Con la empuñadura de su cuchillo, le envió a la oscuridad antes de que la vampiresa, como un hálito de eco de la muerte de su alrededor, se personificase a su lado. Su mirada continuó tan dura como siempre, desviada hacia la castaña si bien sus ojos se estrecharon ligeramente. Volvió a sonreír vagamente bajo el pañuelo que seguía ciñéndose con el filtro parcialmente a su rostro si bien se evaporó en el acto, lo que tardó el dolor en recordarle que estaba lo suficientemente herido como para planteárselo mejor la próxima vez y porque sus labios no estaban acostumbrados fácilmente a ese gesto. Lo dejó ahí, más aún cuando se cercioró que ambos partidos pensaban sacar algo de provecho en aquel barco. Era evidente y no estaba en mano de Portgas cuestionarse que. Si su titán necesitaba algo de allí, lo tendría y respecto a Helena... debía ser lo suficientemente valioso para ella como para tenerle allí y haber pactado con Van Helsing. Sintió una ligera punzada de curiosidad. Puede que más tarde llegará el turno de hacer preguntas si era necesario, más no ahora. Asintió con la cabeza y como una sombra se dirigió por la cubierta hasta dar con las palancas que se encargaban de movilizar el ancla. Movió el resorte, recurriendo a cada gramo de su fuerza y de sus miembros más cansados para empujar aquel rotor y cumplir con su propósito. El bergantín se frenó lentamente entrado en el puerto, con el suave bamboleo de las olas de la noche junto a un desembarcadero donde reinaba la oscuridad. El navío se encontraba justo donde debía, incluso antes de lo previsto pero aún tenían algo de tiempo antes del toque de queda con los compradores. La cuenta atrás había comenzado.
En su camino de regreso, un reguero de cuerpos volvió a ser abandonado tras la estela de los filos del siniestro. Perecieron en la oscuridad mientras él franqueaba junto a la vampiresa asesina la entrada al camarote. Echó un vistazo analítico por el desorden del capitán, preguntándose exactamente que papel de todos aquellos escondía un valor esencial para la inmortal y su titán. Desconociendo el hecho, no podía ser de gran ayuda, así que se encaró a la puerta y ejerció de guardián mientras confiaba en que la velocidad vampírica estuviese de su lado. La llegada de otro marinero le hizo dar un brinco y colgarse al marco de la entrada, propinando una potente patada con ambos pies al intruso de su recién adquirida guarida, echándole al suelo. Dejó a Della sola, centrada en su tarea, mientras él ejercía la limpieza prometida por aquellos pasillos que se iban llenando de invitados. En algún lado, Drako comenzó a oír sonidos y murmullos histéricos. Los esclavos estaban ahí, probablemente en la zona de la bodega. Localizados, el rastro de sangre de la purga de Hunter no se dirigió hacia ellos. No podía contar con que supiesen interpretar un papel si estaban al tanto de lo próxima que era su liberación. Por el contrario, acabó desnudando un par de cuerpos limpios antes de regresar al camarote.

-Si queda alguno, está bien escondido. -Informó a la vampiresa y antes de dar más preámbulos, le lanzó las ropas medianamente limpias, sin sangre, quería decir, no como la de ambos. Ni siquiera el negro de Hunter podía ocultar su hedor metálico ni las manchas oscuras- Cambiate. -Le dio la espalda tras la orden, permitiéndole ese interludio de intimidad mientras el mismo deslizaba sus prendas fuera de su cuerpo para intercambiarlas por las que había recogido, por mucho que le incomodase no vestir su acromatía por excelencia- ¿Lo encontraste? -Preguntó con sequedad, tratando de ocultar sus armas en aquellos nuevos ropajes antes de volverse hacia Della por fin.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Mayo 05, 2016 3:17 am

Al encontrarse frente al desordenado escritorio, se quitó el sombrero de capitán que no la había abandonado en ningún momento y lo colocó sobre una pila de papeles. Sus ojos estaban ocupados ya oteando los diversos documentos que se exponían frente a ella, buscando descartar lo obvio, cuando Drako se encargó del último enemigo en pie. No lo había visto llegar y, si llegó a escucharlo, no le prestó la atención debida. No obstante, tenía la seguridad de que su aliado se haría cargo de él y, en efecto, lo hizo. Aquel golpe que recibió en el pecho fue lo suficientemente fuerte como para detener su corazón y sumarlo a la veintena de cuerpos regados. Tampoco tuvo inconveniente alguno en dejar que el hombre tomara un rumbo propio y descendiera por las escaleras ensangrentadas. Ella lo prefería así, puesto que le proporcionaría más tiempo para continuar con la búsqueda de los registros y no haría falta tener que revisar el navío al terminar.

Cuando no hubo más documentos que descartar a simple vista, sus manos comenzaron a tomar uno por uno, regresando a la mesa aquellos que no eran de utilidad y separando aquellos que, en un futuro, podrían serle de interés. Pero no encontró nada. Había acuerdos, dictámenes, algunos de Davy Jones y otros de los señores del mar, pero no los malditos registros. Y bajo la infinidad de papeles, revueltos como si el capitán hubiese previsto la visita de la mujer, no había más que algunas de sus pertenencias, siendo ahí donde encontrara el diario y una caja que contenía unos cuantos puros restantes. Intuía, por el tamaño del estuche y por el contenido, que el viaje había sido breve o, cuando menos, no había sido tan extenso como la mayoría de los viajes por comercio, aunque tampoco había modo de conocer el tiempo ni con exactitud ni proximidad si no se revisaba con atención el diario de viaje que robaría para sí. Además, aún y cuando los registros estaban prometidos al titán de los siniestros, esos documentos eran también del interés de la castaña y se tomaría el debido tiempo para revisarlos, aunque Van Helsing había sido bastante específico al anunciar sus restricciones, entre las cuales le prohibía conocer el contenido. Drako no tenía por qué saber aquello. En realidad, dada la postura del titán, la mujer se sentía aún más inclinada por revisar esos registros y, en caso de encontrar información de gran importancia, compartirlas con su aliado temporal si con ello lograría hacerle ver una realidad a la que estaba completamente negado. No dudaba que Van Helsing lo hubiese prohibido consciente de que Corso lo desobedecería, puesto que ella no parecía una mujer dispuesta a someterse a ningún regente.

Contempló el desorden unos segundos, torciendo sutilmente la quijada con aire meditabundo, reprochándose internamente el poco éxito que estaba teniendo. ¿Qué tan importante debía ser ese documento para no hallarse a simple vista? El resto del camarote estaba medianamente arreglado y los objetos que estaban fuera de lugar resaltaban.  Llegó entonces a la conclusión de que debían estar ocultos, que había en el camarote un sitio pequeño y discreto en donde el capitán ocultara todo lo que considerase importante. Sin embargo, antes de disponerse a pasearse por la estancia con mirada y oídos atentos, Hunter reapareció por el umbral. Al no ver señal alguna de los humanos y a juzgar por afirmación, supuso que había concluido la ronda al navío. Acto seguido, atrapó exitosamente el conjunto de ropa que éste le lanzó. La orden fue simple, fácil de entender. El hombre comenzaba a tomarse esa clase de confianza con la mujer y ella no podía sino sorprenderse de aquellas precauciones que jamás habría considerado por su cuenta. De modo que abandonó su actividad un momento para reemplazar su indumentaria.

Sus manos comenzaron a deshacerse de las prendas superiores, desabotonando o deshaciendo los nudos que mantenían su ropa ceñida al cuerpo, y fue dejándolas caer despreocupadamente sobre el suelo, atenta a los diferentes sonidos que producían al caer, en caso de que algo se ocultara entre la duela. Pronto su torso quedó desnudo, siendo su cabello lo único que cubría su espalda, al menos hasta que, de manera instintiva, lo acomodó sobre su hombro al tiempo que sus dedos se encargaban de deshacerse del cinturón. No pudo evitar ver, dado que había girado un poco el torso a fin de remover el cinturón con mayor facilidad, hacia el siniestro, que se ocupaba también de cambiar su indumentaria. Fue una mirada fugaz, casi accidental, sin siquiera reparar en la presencia de un espejo a sus espaldas, pero bastó para grabar en su memoria algunas cicatrices que marcaban la piel del siniestro y pronto volvió a centrarse en su propio cuerpo. Cuando finalmente logró deshacerse de las últimas prendas ensangrentadas de su indumentaria anterior, tomó la camisa de lino y comenzó a ponérsela. Fue entonces cuando atisbó una grieta anormal entre las tablas que conformaban el suelo. Se apresuró a vestirse y se agachó, cuidando de no contaminar su nueva vestimenta y arrancó con los dedos la pieza de madera superpuesta. Ahí estaba, en efecto, el registro que buscaba, junto a un paquete de cartas que, al no ser de su interés, ignoró. ― Justo lo acabo de hacer. ― Respondió al siniestro. Aquel no era el momento para conocer su contenido, así que lo reservó para el camino y volvió a ponerse de pie. Antes de abandonar el camarote, pues ya habían llegado al puerto, recogió el sombrero del escritorio y, aproximándose a Drako, se tomó la libertad de colocárselo, así fuera por no abandonar el sobrero en el camarote o por el placer de engañar a los demás compradores durante escasos minutos, sólo hasta que fuera preciso asesinarlos. ― Mejor. ― Se limitó a decir tras estudiarlo con ese último toque y, sin más, abandonó el camarote con los registros y el diario en mano. Desde la cubierta podía ver a sus hombres esperándola en el puerto y esperaron a que tanto la inmortal como el siniestro descendieran para realizar su parte del trabajo.

Una vez camino al almacén, desenrolló el pergamino en donde se encontraban registrados los sitios visitados en el exterior, el número de humanos adquiridos a lo largo de la travesía y los nombres de los posibles compradores. Torció una sonrisa sardónica al reconocer algunos nombres escritos ahí y al ver el lugar dispuesto para la firma de Van Helsing.  ― ¿Reconoces algún nombre de esta lista? ― Inquirió cediéndole el documento a Hunter, sin dedicarle una mirada. Así le resultara familiar o no alguno de los nombres, la vampiresa tenía ya referencias suficientes para continuar su búsqueda más allá de la misión actual.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Miér Mayo 11, 2016 6:44 pm

Para cuando el siniestro regresó sobre sus mortales pasos, su frialdad pareció haberse potenciado. La estrategia era lo único que tenía cabida en los pensamientos del rubio, constatando con una rápida mirada como, aún habiendo registrado el camarote, la vampiresa aún no parecía haberse hecho con lo que la había traído hasta aquel navío. Estaban perdiendo un valioso tiempo, podía ver el reloj de arena dejando caer cada grano ante sus ojos. No disponían de mucho para tener que fingir una nueva identidad ante personajes peligrosos a los que Hunter no había podido evaluar. Y eso le incomodaba. A veces conocer a tu enemigo era la única ventaja que conseguías sobre él, podía significar la diferencia entre la vida y la muerte, entre el éxito y el fracaso. Siempre había procurado jugar con ese factor de su lado cada vez que salía de caza. Siendo un peón era la forma menos arriesgada de una profesión temeraria, la única manera de regresar a la región que le había adoptado sintiendo su llamada cálida como la de una vieja amiga y, lo más importante, no volver sin haber cumplido sus propósitos, el motivo por el que fue enviado.

Con movimientos automatizados, sus dedos se deshicieron de su propia ropa. Solo fue más cuidadoso al lanzarla por encima de su cabeza hacia el suelo para que el rastro de sangre que había salpicado ahí no dejase huella en su cuerpo. Sus ojos apenas vagaron estudiando, su mente trabajando en el porvenir, sus manos rescatando la camisa holgada que cayó limpiamente sobre su torso. Ajustó el cinturón ancho en su cintura, asegurándose de que su colección estuviera eficazmente dispuesta para que sus filos pudieron ser usados en el rápido instinto que había adiestrado durante años. El plan cobró vida, por adelantado, en su imaginación, meditando cada movimiento que llevaría a cabo con su aliada. Una vez ataviados, cruzarían las tablas de madera que componían la proa, bajarían por la plataforma al encuentro de sus... Como unos engranajes que hasta entonces habían funcionado a toda velocidad, de golpe, sin previo aviso, se frenaron, deteniéndose y desestabilizando durante la duración de un latido la mente de Drako Portgas. Un largo segundo que en la vida real fue más corto que un suspiro. Sus ojos, fuera de la voluntad férrea del siniestro desconectado, encontraron el reflejo de la suave curva de la espalda desnuda de Helena. La piel marfileña contrastó vívidamente contra esa melena oscura y el cazador se sintió hipnotizado por su presa original. Un eco en su cabeza era consciente de que si las yemas de sus dedos se deslizaban por su piel sería fría como un témpano pero él conocía como librarse de aquel destino helado, que el hielo podía quemarte.
Mantuvo su expresión estoica, pero hacia mucho tiempo que el azul de sus ojos había hablado así. Y fue durante ese instante de inflexión, cuando comprendió hasta que punto aquella inmortal era peligrosa para él. Pero eso no cambiaba nada. Viró el rostro, concentrándose de nuevo en colocar la vaina con el alfanje en su espalda, silencioso, recuperando la dureza acerada en su mirada cuando volvió a ser el guerrero y no el hombre, el siniestro y no el humano. No significaba nada, ambas partes querían lo mismo y coronaban con las prioridad las mismas cosas: conquistar aquella batalla en nombre de Van Helsing. La determinación brilló imperturbable en sus pupilas.
Solo se giró cuando escuchó la voz de la fémina, echando una mirada parcial de soslayo y por encima de su hombro hacia su dirección, solo para que ella colocase aquel sombrero sobre su cabeza rubia. El espontáneo gesto levantó apenas las cejas del siniestro que ni siquiera se pronunció al respecto, dejando jugar a la excéntrica vampiresa con su aspecto. Lo cierto es que le hizo sentir más cómodo ese peso suave sobre su cabeza solo por el simple motivo de que estaba acostumbrado a trabajar con sus ropas y la protección que éstas le brindaban, así como más discreción con su identidad. Era parte de las sombras, ahora pertenecía al papel que tenía que encarnar.
La siguió a través del entresijo de pasillos, aprovechando aquel momento de tranquilidad en un campo de cadáveres para sacar la cajetilla metálica que escondía sus preciados cigarrillos. Se llevó uno a los labios, prendiéndolo con un encendedor zippo que le dio vida y lo hizo brillar en la penumbra que los rodeaba. Esa costumbre había arraigado en él como su único mal vicio real, uno en el que con su corrección estaba dispuesto a caer cuando en pleno caos se le daba un puñado de minutos de paz. Cada uno podía aprovecharlo a su manera. Pegó la primera calada cuando Corso le alcanzó el pergamino. Sentía una vaga curiosidad por aquel papel, sí, pero no entraba dentro de sus deberes registrar aquel escrito ni hacer preguntas al respecto aunque finalmente descendió la mirada hacia él. No dio muestras de que su lectura le dijese algo. Expulsó el humo con suavidad. Quizá, únicamente, se crispó imperceptiblemente los contornos de sus ojos. No solo reconoció "algún" nombre, fueron demasiados, sobre todo ese espacio que pertenecía a su titán.

-Tenemos trabajo por delante, Della. -Dijo únicamente, sin dejar translucir gran cosa en su voz grave, abandonando el pergamino como si no se hubiese quedado su tinta grabada a fuego en su memoria. Se obligó a relegarlo a un segundo plano, así como franqueó el camino hasta la proa sin volverse para enfrentarse a la noche salpicada ahora de estrellas. Concentró todos sus sentidos en lo que tenían por delante, solamente. Atisbó varias siluetas esperándolos bajo la plataforma de madera, la misma que sin titubeos, Drako comenzó a bajar aún con el cigarrillo pendiendo entre sus labios, aprovechando las sombras que le proporcionaban el sombrero a su rostro para analizar cada una de las figuras que aguardaban. Tres a la vista, probablemente los que hicieran el intercambio como representantes. Se detuvo solo cuando estuvo frente a ellos, calmado, hasta que cayó en una verdad que le hizo apretar levemente la mandíbula. Lobos, eran lobos.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Mayo 23, 2016 4:19 am

Dobló el pergamino según se lo indicaba el papel mismo y lo ocultó en sus ropajes. Las únicas palabras que Portgas le dedicó dejaron de resultarle un mero reproche y su significado se reveló por completo apenas la brisa llevó hasta ella el olor de los compradores. No se suponía que estuvieran ahí. Se suponía que debían esperar en el almacén a fin de facilitarse la inspección de la mercancía, pero, al parecer, hubo un ligero cambio de planes. La única diferencia que había en esas circunstancias era el lugar en donde los exterminaría. Daba igual, en realidad, si perecían junto al bergantín o encerrados entre cuatro paredes. Al final Corso había obtenido más de lo que necesitaba y estaba satisfecha con los primeros frutos de la misión. Contaba, además, con que la compañía del siniestro le facilitaría concluirla de manera exitosa y sin necesidad de futuras persecuciones, aunque él tuviese una pendiente aún.

No obstante, al descender al muelle y estar finalmente ante los compradores, tuvo la desdicha de reconocer los rostros de aquellos tres individuos y muy seguramente ellos la reconocerían a ella también. Tal vez no tendrían la misma suerte que ella al conocer sus ocupaciones fuera de Arcadia, pero Helena les conocía bastante bien y, en cierto modo, no le resultaba tan sorprendente encontrarlos ahí aquella noche. Eran, ni más ni menos, seguidores acérrimos de Garwood, beta de la manada que llegó a aceptarla como parte de sí. No era secreto para nadie que el pasatiempo de aquel licántropo fuera adquirir humanos para convertirlos en sus juguetes. Ante ello, a Helena le era indiferente. No sentía ningún tipo de repudio especial por él a causa de esta actividad, pero sí por aquel modo despreciable de pregonar su poder. Lo que la inmortal veía era a un infante jugando a ser el rey del mundo, aprovechándose del más débil sin realmente demostrar su fuerza. Los seguidores de Garwood, a su vez, eran simples marionetas creyéndose sanguinarios al seguir los pasos de su beta.

La luz de la luna perfiló su rostro e iluminó su dentadura que se exponía a través de una amplia sonrisa de soberana satisfacción luego de que los licántropos anunciaran su reconocimiento por medio de un gruñido. Ella no debía estar ahí, pregonaron sin decir palabra alguna. “¿Qué sucedió allá arriba?”, inquirió el mayor de los tres, el que parecía más lúcido. La pregunta era clara y la sangre que reinaba en la cubierta delataba las actividades previas de la inmortal y el siniestro. ― ¿Tú qué crees? ― Replicó la mujer con aspereza. — Alguien debía revisar la mercancía y, desde luego, ocuparse de los insurrectos. — Añadió con deliberada falsedad. Bastaba con mirarlos un poco a fin de encontrar los vestigios de una batalla impresos en la tela de su indumentaria, manchas oscuras cuya tonalidad no lograban apreciarse bajo la luz de la luna, pero sí podían apreciarse gracias al viento. El tercer comprador era siniestro y los licántropos le habían hecho el favor de sacarlo del tablero de juego. Por consiguiente, aquellos tres individuos eran lo último para finalizar la misión en curso.

No puedes hacernos nada. — Masculló uno de ellos, mirándola fijamente, consciente de quién era la mujer.

¿Qué te hace pensar que no?

Quick se va a enterar.

No. No lo hará. — Replicó con voz suave y pausada, como un susurro consolador que busca amortiguar la cruel realidad.

La postura del alfa ante el tráfico de humanos era clara, jamás se preocupó en ocultarlo, y tampoco vería como una gran pérdida la muerte de tres lobos que apostaban más por el beta que por él. Tenían, tal vez, la esperanza de que Garwood se convirtiera en alfa en un futuro cercano. Pero así funcionan todas las ilusiones. Siempre ven por un futuro cercano e ignoran por completo los giros, las posibilidades, la realidad. Helena había experimentado ya lo primero y conocía a la perfección sus posibilidades y la realidad de aquel encuentro. Uno tenía el don de la fuerza y el otro era un excelente rastreador; la habilidad del tercero no venía al caso, no le otorgaba ninguna ventaja al pequeño grupo. Sus últimos oponentes eran pocos, pero prometían más tiempo en combate. Tres contra uno. Los números les sacaron una sonrisa triunfal a los lobos, haciendo relucir sus dientes bajo la luz azul de la noche. No contaban con que el capitán se involucrara, cuando menos no dos de ellos, pues el tercero fue capaz de detectar la sangre ajena perfumando levemente la piel del siniestro y ocultándose bajo el aroma del tabaco. Helena ya había entrado en combate.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Miér Jun 01, 2016 6:33 pm

El siniestro se había convertido en una estatua de granito, rodeada de la oscuridad bamboleante del muelle. El extremo encendido del cigarrillo apenas concedía luz a su rostro, plagado de sombras que impedían atisbar la tensión cincelada en sus facciones. Eso iba más lejos de la presión inherente que llevaba consigo vivir al límite en cada misión, más allá de haber contemplado parte de un infierno en el que muchos hombres querrían arder en la piel nívea de su mortal aliada, más allá haber perdido en batalla su arma predilecta. Habían sido años los que había sido sometido a su nueva identidad, doblegado su nueva naturaleza para no solo sobrevivir a Pandora, sino para cambiarlo. No había rastro del niño humano que una vez pisó aquellas tierras, era solo tinta casi borrada que escribía el cuento de su pasado como un historial ajeno. Nada más. Por lo que había convertido en su voluntad y fortaleza, por Van Helsing, había extirpado su humanidad y entregado su vida en nombre de la búsqueda de una justicia quebradiza. Y había momentos en los que valía la pena... porque era lo correcto, porque así debía suceder. Pero cuando un hijo de la luna se cruzaba en su camino, la furia atormentaba su raciocinio. Era un veneno más potente e incontrolable que el que había suscitado los colmillos de la vampiresa. Era como montar a un semental desbocado y él solo podía tratar de tirar de las riendas, clavándole las bridas para detener su carrera antes de que su instinto más elemental acabase con el mismo. Era básico: no podía cumplir con sus objetivos si no tenía todos sus sentidos enfriados y listos para reaccionar tal y como había aprendido a hacer durante todos aquellos años.

Tensó su brazo solo para sentir las cintas de cuero hincarse en su piel, una presión que le recordaba que en cada uno de los brazaletes que rodeaban desde sus muñecas a prácticamente debajo del codo, escondían el peso de filos retráctiles. Era tan fácil convertirse en una mortal pantera negra, fundirse con la noche y la caza para liberar a los esclavos que temían su futuro encerrados en la nave. Una oportunidad que ella no tuvo. La mandíbula de Drako se endureció pero solo dio aspiró una larga calada en su tirante tranquilidad. Aquella no era la calma de un capitán que temía ser descubierto en sus negocios turbios, era la calma de un guerrero calibrándose, recomponiéndose pedazo a pedazo para coger impulso. No importaba que raza fuese la que tenía ante sus ojos, si no lo que habían hecho. Y esas acciones eran la condena de los licántropos, no su monstruoso instinto, su bestial naturaleza. Aquella noche sería su última luna porque así lo habían querido cuando aceptaron el trato de traficar con otras vidas.
Lentamente, Hunter apartó el cigarrillo de sus labios. Para cuando la vampiresa terminó el corto diálogo, alzó la barbilla y la luz mortecina del satélite que brillaba en el cielo oscuro arrancó un reflejo frío y mortal a sus ojos, apartando las sombras por fin de su pétrea expresión. Fue como si solo hubiese estado esperando la señal de ella, confiando en que la mujer supiese la obra y cuando debía entrar a escena. Y aquel era el momento. Lo supo cuando se encontró con la mirada del lobo, sádica y brutal. Lo sabía su enemigo. No reaccionó hasta que el animal con máscara humana no replegó los labios, mostrando sus dientes amarillentos en un grotesco cuadro antes de rugir en forma de alarma. Ese gruñido en esa mueca humana podía calar hasta los huesos... a una presa. Hunter no lo era. Solo necesitó hacer presión con un par de sus dedos en el dorso de su mano para activar el mecanismo de uno de sus brazaletes, la cuchilla mortífera buscando carne y sangre mientras su dueño se lanzaba como un felino al acecho. La fuerza del hombre lobo le ayudó a aguantar el golpe cuando usó su propio brazo como escudo, dejando al siniestro a escasos centímetros de su rostro mientras sentía el hedor en su nariz. Golpeó por inercia con su frente contra la del medio hombre, si bien apenas éste reaccionó y hasta rió burlón cuando sintió el toque, para él, suave. Se cortó la carcajada ronca cuando se dio cuenta de su error, de haber caído en la distracción del rubio. El filo del brazalete opuesto se hundía ahora profundamente en su vientre, una lluvia escarlata mezclándose al baño de sangre de la madrugada. Una sombra de oscuro placer se asomó a las pupilas del siniestro. Fue fugaz, reconstruyéndose su muro inquebrantable cuando otro de los lobos se abalanzó sobre él, atizándole un placaje que le alejó del herido, cayendo ambos al suelo. Cuando Portgas quiso darse cuenta, era un can lo que tenía sobre él, las fauces monstruosas llenas de saliva chasqueando a centímetros de su rostro mientras las zarpas se clavaban en su torso, desgarrándole. Soportó las garras dibujando surcos ensangrentados en su piel a cambio de otro precio, en lugar de índigo, carmín. Su sangre azulada se entremezcló con la del lobo marrón cuando cayó sobre él cuando abrió un tajo profundo en sus entrañas con la cuchilla, abriendo su pelaje y dejando caer una lluvia escarlata. Los ojos del siniestro, de ese azul metalizado, miraron fijamente la cabeza del lobo durante unos pesados y largos segundos, bebiendo del dolor que se adivinó en la mirada del animal cuando gimoteó. Atizó, repentinamente, un pesado golpe seco con su mano en la articulación de la pata del can, solo para que retirase su pata sobre él, dejándole tambalearse mientras rodaba para incorporarse antes de que éste se derrumbase donde segundos antes había estado él. Como el cazador que era, terminó su tarea. Se inclinó al lado del licántropo, tomándolo del pelaje de la nuca mientras este movía las patas débilmente. Hunter fue implacable. Cortó su garganta con un movimiento limpio.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Jun 18, 2016 7:49 pm

La mujer les dedicó una sonrisa idéntica a sus futuras víctimas, el último consuelo que podía ofrecerles ante una muerte segura. ¿Quién iba a aceptar que una mujer en aparente desventaja manifestara semejante altivez? Para los licántropos, Helena no era más que una simple inmortal que había tenido suerte al entrar a Arcadia, una chupasangre que lograra salvar su pellejo a cambio de cerveza, una invasora cuyo derecho a pertenecer a la manada debía ser revocado inmediatamente con su muerte. Así que el líder, el más fuerte de los tres, se abalanzó de inmediato contra ella, buscando explotar su don para equiparar su fuerza con la de ella y, si tenía suerte, asesinarla en el acto, tal y como habían hecho con los demás compradores. Adelantó el brazo al tiempo que rugía, rogando a la luna que tomara su razón a cambio de una victoria pronta, pero la mujer interceptó ese golpe con su mano y lo detuvo. Posteriormente, torció el brazo hacia fuera, aplicando la fuerza necesaria para superar la del lobo, y golpeó con el filo de la mano la unión del codo a fin de deshabilitar aquel brazo. Estaba ansiosa por un buen combate, pero la imprudencia de aquellos lobos ponían en evidencia el hecho de que se habían acostumbrado a atacar seres de fuerza notoriamente inferior, que se imponían ante los débiles para pavonearse con victorias injustas. Portgas, a causa de ello, había conseguido asesinar al primero de los lobos que decidió atacarlo.

El alarido del lobo fue música para sus oídos y, sin darle mayor oportunidad a su contrincante para reanudar sus ataques, liberó su brazo y le lanzó una patada a la cabeza que lo derribó con una contusión. Faltaba el golpe de gracia, pero decidió jugar un poco más, de modo que esperó a que el licántropo se pusiera de pie. El hombre lanzó contra ella un segundo golpe, utilizando el brazo sano, y ella lo esquivó, dándose la oportunidad de golpearlo en las costillas y aprisionar su cuello contra su brazo, de modo que el licántropo quedara con la espalda encorvada hacia atrás, prisionero del agarre de la vampiresa. Helena aguardó, entonces, a que su compañero acabara con la vida de su oponente, mirándolo cual espectadora hasta que un tajo abrió el cuello del tercer hijo de la luna. Tras esa muerte, la inmortal tiró su brazo sutilmente hacia arriba, rompiéndole la cervical al primer licántropo y finalizando así el último combate que se les presentaría en aquella misión.

Dejó caer con indiferencia el cadáver de su contrincante y se dirigió a su aliado, estudiando descaradamente las heridas que habían surcado su cuerpo y que revelaban el fuerte aroma de su sangre índigo. De haber acabado pronto con su oponente, Hunter no tendría esas marcas en el cuerpo, pero tampoco se lamentaba por ello, ya que no eran heridas que amenazaran la vida del siniestro y ciertamente ya no había más por hacer. El hombre sería libre para tratar sus heridas del modo que más le apeteciera. — Se han hecho cargo de los demás compradores, así que sólo falta liberar a los humanos — Indicó, con la certeza de que el rubio se habría percatado también de los vestigios de batalla en los ropajes ajenos. Sin más, sorteó la figura de su aliado a fin de regresar a la embarcación a través de la misma rampa por la que habían descendido. El navío se encontraba tal y como lo habían dejado, con una veintena de cuerpos regados, con charcos de sangre que se escurrían entre las tablas de madera que componían el suelo, presa de un silencio y tranquilidad sombría. Como ya no había más que hacer ahí, Della se dirigió directamente a la planta inferior, donde escuchaba el rumor de los mortales, aterrados y confundidos ante la previa visita de Hunter y la antinatural tranquilidad que reinaba en el barco. Pero pronto conocerían a ese par como sus libertadores.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Dom Jul 17, 2016 7:31 pm

Lentamente, Portgas se incorporó. Sus orbes azules seguían, en la oscuridad del muelle, los movimientos de su alrededor. Percibía el enfrentamiento de Della como ondas que se expandían en el agua, manteniéndole con la alerta de un cazador, en sexto sentido desarrollado mientras el resto volvía a ubicarse. Sentía la humedad que las vísceras y la sangre del lobo habían dejado en sus ropas, volviéndolas más pesadas y otorgándole una fría consciencia de lo que acababa de acontecer. Sus manos estaban manchadas pero no era un pecador. Había hecho lo que debía, al margen de sus pretensiones y sus pensamientos más irracionales. Y sin embargo, ahí estaba, una vaga euforia brillando en el fondo de sus pupilas en mitad de su rostro pétreo e inexpresivo, tan duro e inalterable como si hubiese sido cincelado en piedra. Insultantemente tranquilo, porque así es como debía hacer su trabajo y cumplir su misión.
Limpió el arma en la tela de sus propios pantalones antes de devolver la hoja retráctil a su lugar, oculta y mortífera en su brazalete de cuero pero no hizo ademán de moverse de su posición. Pecó de lento, respiró profundamente en pos de una calma que en su interior resultaba tempestad. El peso de la penetrante mirada de la vampiresa ayudó, tenerla como espectadora de su silenciosa y discreta restauración. Era consciente de que solo nimiedades podían delatarle, de que en realidad carecía de importancia todo aquello mientras el mismo pudiese recuperar las riendas de su encabritado control. Y lo conseguía. El último aliento exhalado del hijo de la luna había sido en silencio y rápido, tal y como se esperaba de él. Pero para desgracia del siniestro, había sido costoso el esfuerzo para realizarlo así. Por suerte, aquello había terminado y no había mayores repercusiones... salvo una lista y una firma que se había quedado grabada en su mente.
Echó un calculador vistazo a las curvas de su aliada, equilibrando unos daños que el cuerpo de la inmortal portaba con dignidad solemne a juzgar por el tono de su voz aterciopelada y autoritaria. Como un soldado, Hunter solamente afirmó con la cabeza con un asentimiento seco y firme... pero no la siguió inmediatamente. Permitió que ella se perdiese en las entrañas del navío antes de seguirla para recaer en su vicio y encender un nuevo cigarrillo. Éste decía mucho más que el anterior: una pequeña victoria, el pequeño premio tras un momento de placer. El que muchos hombres dedicaban tras pelear en una cama contra un cuerpo más suave, Hunter lo desperdiciaba con la misma tranquilidad tras enfrentarse a una bestia de la noche. El zippo descansó en su bolsillo de nuevo tras la primera calada. Cerró los ojos. Ahí estaba, apenas perceptible, solo para la mirada más aguda como la de un halcón, tan perversa que el diablo reconocería como suya: una leve sombra de sonrisa, apenas el vestigio de una que tironeó ligera y suavemente de la comisura de sus labios. Nada más reparó en aquella enfermiza sensación, desapareció para renovar con más gravedad su habitual seriedad y su rictus inescrutable. Intransigente, no volvió a dedicar ni siquiera una mirada a los cadáveres de los hijos de la luna antes de internarse en el barco, donde si se tomó la molestia de mantener el silencio respetuoso de un guerrero a un cementerio de caídos. Llegó hasta el piso inferior, sin mediar palabra con Della nada más para compartir una mirada antes de ocuparse de la cerradura que dejó vía libre a los marcados. Vislumbró sus rostros demacrados y asustadizos, esperando lo peor con gesto hosco o sumiso. Reconoció el mismo tatuaje que él portaba en su pecho trazado en los de los esclavos. Hacía una vida, fue uno de ellos. Ahora era su guardián. El suyo propio, el de ellos. Empujó la puerta, apartándose del quicio de esta quedando de perfil a los expectantes y silenciosos humanos.

-Sois libres. -Sus palabras parecieron tardar en hacer mella en aquellas mentes desgastadas por la humillación hasta que el primero de ellos dio un paso al frente, atravesando la puerta. Le siguieron el resto, precipitadamente. Drako Portgas se limitó a vigilar que todos se aventuraran hacia el exterior pero una pequeña llama de orgullo se encendió en su interior. Así debía ser, pasase lo que pasase, aquel siempre debía ser el desenlace.




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