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Noirceur et mort ◊ Drako

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Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Oct 21, 2015 9:01 pm

Había permanecido largos minutos sentada en aquella silla de madera, con el torso ligeramente cargado hacia la derecha de modo que su codo pudiera apoyarse en el descansabrazos. Su mano, que parecía ser la única cosa con vida en la habitación, daba soporte a la barbilla de la vampiresa al tiempo que daba golpecitos rítmicos sobre sus labios, según el ímpetu de sus pensamientos. Finalmente, algo más dentro de la estancia cobró vida, y ese algo fueron sus ojos azules al dirigirse velozmente en dirección a la ventana, cuyas ruidosas trepidaciones habían logrado sacar a la mujer de su ensimismamiento. Se levantó, entonces, y caminó despreocupadamente hacia la única fuente de aire fresco y abrió las puertillas de madera de par en par, dejando entrar una brisa vehemente que traía consigo la esencia del mar, misma que reemplazaría al perfume de la muerte que se había quedado encerrado con ella. Su cabello danzó conforme el viento iba y venía, ignorando el cosquilleo de algunos cabellos sobre su cuello, pues era una de esas raras ocasiones en las que podía sentir el contraste de temperaturas, cuando podía jactarse de que su piel estaba lo suficientemente cálida como para erizarse ante las frías caricias que le otorgaba la brisa. No obstante, el quiebre de esa extraña tranquilidad apareció pronto; una molestia en el ambiente que decidió ignorar dándole la espalda.

Su atención se dirigió nuevamente a los dos hombres que le habían hecho compañía. Ambos parecían haberse quedado dormidos sobre la mesa, como un par de irresponsables que preferían darse el placer de una siesta a concluir los asuntos que los había colocado en el hostal. Así que se aproximó a uno de ellos y le levantó la cabeza, sólo para confirmar que al menos uno de ellos había sido incapaz de sobrevivir a la pérdida de sangre que sufrieron. Soltó la cabeza y disfrutó el golpe seco que ello produjo. Suponía que el segundo hombre había sucumbido también a la muerte, por lo que se limitó a robar el sombrero del que debía ser capitán y a tomar los documentos expuestos sobre la mesa  para decidir que era el momento apropiado para retirarse.

Antes de disponerse a atravesar el pasillo que la conduciría a las escaleras, se colocó el sombrero, se acomodó la chaqueta que había reemplazado a su bolero con capucha y escondió los mismos documentos que días atrás presumiera al herrero. Escuchaba el barullo de su propia obra, el golpeteo constante de tarros repletos de cerveza al regresar a su lugar sobre las mesas, el chirrido de las sillas al desplazarse para permitir su uso y el tintineo agudo de las botellas de diversas bebidas. Y pronto, a medida que descendía de las escaleras, se presentó ante ella la visión de su propia cosecha concentrada en el mesón que había comprado en Zárkaros. Se quitó nuevamente el sombrero. Le molestaba, era un peso innecesario sobre su cabeza, así que se lo colocó al primero hombre que se le atravesó y fue directo a la barra. – La habitación necesita algo de limpieza. – Indicó al tiempo que deslizaba las llaves de la alcoba y le guiñaba el ojo al bartender. El hombre respondió al gesto con una sonrisa ladina que dejó al descubierto sus afilados y perfectamente blancos colmillos, para posteriormente tomar las llaves y retirarse. Tras esa breve interacción, la mujer volvió a quedarse sola, con la abismal compañía de gente que trabajaría para ella de ahora en adelante y de los que jamás se atreverían a aproximarse a la inmortal que esperaba solitaria en el banquillo a que la rareza percibida en el ambiente se materializara al fin y le diera algo que hacer.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Sáb Oct 31, 2015 5:50 am

La información en Pandora tenía un precio. De sangre. Nadie aireaba los trapos sucios del vecino a sabiendas de que podían volverse en su contra después, no sin el incentivo adecuado. Hunter, eficaz y profesionalmente, lo otorgaba. Nunca habría colocado el filo del acero en una garganta sin un motivo de peso, sin un objetivo. Tampoco llegaría a presionar el cuchillo. Pero aquella vez, lo hizo. Un reguero de sangre escarlata resbaló por el cuello de cisne de aquella bruja. Y al leer la calma de aquellos ojos fríos, supo que si no hablaba, moriría. El propio cazador había sopesado los pros y los contras: si no obtenía la información en aquellos labios, el siguiente al oír el rumor esparcido de su muerte, hablaría. Además, una bruja menos significaba otro ser oscuro ofrecido a la parca que no recurriría a unas artes prohibidas en contra de la naturaleza. La balanza se inclinó. Solo había una oportunidad de que saliese de allí con vida: hablar, delatar el paradero de aquella mujer de la que otros se negaban a decir nada. Nadie sabía su nombre, todos la conocían. Curioso que en el caso de Drako, fuese al revés.

Escupió toda la información a nerviosos y desesperados trompicones. Fue un lugar. El rubio no necesitó más. Despegó el arma de su piel y se volteó, en completo silencio. Su presa estaba cada vez más cerca.

El siniestro empujó con suavidad las puertas del local, apenas una sombra que se coló desapercibida en aquel lugar. El ajetreo le envolvió, era uno más en aquella congregación de seres oscuros. La mayoría tenían bebidas a las que brindar su atención, acompañantes con los que charlar, curvas que mirar. Drako solo echó una ojeada para esquematizar en un análisis la taberna, localizando cada entrada y salida, la mesa vacía más íntima. Escogió el rincón más oscuro, allí donde tenía visión de todos los presentes, con su espalda en dirección a una pared en una costumbre adquirida con el paso del tiempo. Entonces fue cuando recorrió cada rostro. Lentamente, tomándose su tiempo, descubriendo las huellas de sus razas, al enemigo o al aliado, aunque era muy consciente de la verdad: no podía contar con nadie de allí. Independientemente de que trabajase mejor en solitario o con compañeros de sus propias filas, de que se pusiesen de su lado o no, ninguno parecía tener consciencia de ninguna noción de batalla. Se reflejaba en las posturas, en la poca contención de las emociones a través del cuerpo. Portgas siempre permanecía con los músculos tensos, en una constante alerta preparado para reaccionar, su propia agilidad felina era una ventaja... pero allí no había ningún cuerpo que él reconociese como igual, no había ninguna formación salvo el instinto. Y dejarse llevar por él era  visceral: o la victoria o la sentencia. Solo digno para quien se conformase con eso, Drako no.
Aún así, Portgas reconoció el terreno pese a que sus intenciones no fuesen firmemente las de pelear. Solo quería una cosa. A alguien. Y no tardó en verla, sus ojos de acero se clavaron en ella como si pudiesen atravesarla. Por un breve parpadeo, algo brilló en aquellas orbes azules. Fue fugaz y pocos sabrían lo que sería, pero ahí estataba, más allá de esa dureza imperturbable. Helena D. Corso, su objetivo huido. Mientras mantenía la vista clavada en aquel rostro marmóreo, nadie habría sido capaz de sondear sus facciones pero sus músculos se crisparon un poco más. No habló, se limitó a esperar, a sabiendas de que ella misma le reconocería, que sabría que al final la prueba del destino le llegaba a todo el mundo. Había escapado una vez de sus manos y de Bran pero Drako no sucumbía en sus misiones. Presentarse sin la vampiresa había significado un error en sus deberes, algo que hacía muchísimo tiempo que al rubio no le sucedía, era la prueba viviente (o no) de que él podía fallar a los suyos. No se le culpó abiertamente, pero Drako no lo necesitó para saber que se debía a si mismo terminar lo que había empezado.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Oct 31, 2015 1:23 pm

¿Era pereza aquello que le impedía reaccionar al instante? Quizá se sentía un tanto indispuesta nada más. Su figura le daba la espalda al gentío que ocupaba casi por completo la taberna, como si la barra y las mesas fueran dos secciones distintas, divididas tácitamente por una u otra cosa. Y sabía que aquella molestia se encontraba en la zona que ella no deseaba explorar, zona que había marginado por el simple hecho de optar por un solitario banquillo frente al estante repleto de botellas… El líquido en los envases de licor no era alcohol,  pensó para sí distraídamente, ni ahí ni en ninguna otra taberna que hubiese visitado. Siempre era agua con colorante, pretendiendo ser algo más que ese simple y vital compuesto. El verdadero alcohol,  el que se servía a los clientes, provenía de un área distinta y las botellas siempre tenían algo que las distinguían entre ellas. En cambio las del estante, eran todas iguales, siempre inmóviles, únicamente utilizadas para mantener las apariencias o para servir de muestrario. Lo mismo ocurría en Pandora respecto a sus habitantes, y muy seguramente era mucho más común en el mundo que rodeaba aquellos dominios hostiles… ¿Cuándo tiempo más seguiría observándola el siniestro?

El vampiro apareció por segunda vez frente a ella y le tendió las llaves de la habitación. Sin embargo,  cuando Helena intentó tomarlas, el hombre las retuvo para sí, aunque bastó un simple forcejeo para que la morena se adueñara por completo de ellas. ― Lo sé. Ya me haré cargo yo. ― Anunció tan pronto comprendiera a qué se debía el ceño fruncido y la mirada del inmortal. Ciertamente el cazador no debía estar ahí, aunque aquella taberna fuera otro de los muchos puntos neutrales en Zárkaros. Y, de todos los siniestros que podían pasar por el establecimiento,  él era el último al que deseaba ver, pero al que siempre esperaba. Sabía que un día el hombre daría por segunda vez con ella, que quizá buscaría terminar con lo que empezó y no se daría por vencido hasta lograrlo. Pero se había demorado y Corso pocas intensiones tenía de seguir jugando a las escondidillas. Así pues, indispuesta a esperar a que su gremio de futuros cazadores reparan en la presencia del rubio, se puso de pie y sacó de uno de sus bolsillos una pequeña misiva que colocó sobre la barra. ― A cambio debes entregar esto. Hazlo cuanto antes y no la pierdas de vista hasta que sea leída. ― Sentenció para posteriormente dejarlo hacer su trabajo.

Aprovecharía entonces que los ojos del siniestro se habían fijado en ella para atraerlo. Al apartarse de la barra, caminó nuevamente en dirección al pasillo de las escaleras, buscando entre los comensales a la figura del cazador, que muy seguramente se había ocultado en el rincón más oscuro de la taberna. Sabría de este modo que lo incitaba a seguirla, que se aislaría para que él pudiera mover sus piezas y revelar el motivo de su llegada. De modo que al perderse de vista y subir cada escalón como la dueña que era de aquel edificio, él la seguiría y la encontraría tal vez en la habitación, con la puerta abierta y ella mirando distraídamente a través de la ventana, sin miedo a que la escena de las montañas volviese a ocurrir. Confiada en que Hunter no se arriesgaría ante ella sin encontrar un modo seguro. A fin de cuentas, era un cazador, al igual que ella.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Lun Nov 02, 2015 4:57 am

Ningún movimiento. Bajo el escrutinio del siniestro, Corso parecía una estatua de mármol creada para que tus ojos permaneciesen recorriendo cada recoveco en busca de un fallo que revelase su grotesca naturaleza bajo esa máscara de perfección distante. Si eran lo suficiente inteligentes, ninguno de los presentes tratarían de interponerse entre ellos, ni siquiera en medio de aquella trayectoria helada que componían la mirada de Hunter. Todos permanecían inmersos en sus asuntos, lejos de otorgar importancia a que un siniestros se presentase allí. No todos habrían notado su presencia y, quizá, los que sí, tenían claro que no deseaban que él les prestase atención. Que pudiesen erigirse con la improbable victoria de acabar con uno de ellos no era una jugada brillante, solo significaba atraer allí más como él... porque los siniestros rara vez trabajaban a espalda de sus compañeros. La historia hubiese tenido un desenlace diferente si hubiesen sabido que eso era precisamente lo que estaba haciendo Drako Portgas. Aquella era solamente su misión, lo que tenía que hacer. Lo que debía hacer. Él había permitido que, con un truco insultantemente fácil, aquella mujer inhumana se escapase de sus manos. No habría sido absolutamente para él si hubiese tenido una oportunidad para impedirlo, si no sintiese que haberse dedicado a debatir con ella había sido ir cediéndole una ventaja para usar en su contra. Poco importaba haber establecido palabras entre ellos, también el destino de Helena D. Corso en Bran. Es donde debería haber acabado y, donde si estaba en manos del rubio, acabaría. Pero a diferencia de los seres irracionales que le rodeaban, del ciego impulso de cegarse por su objetivo, sabía que las cartas de su mano no eran tan increíblemente buenas si se hallaba en los terrenos de la mujer. Allí intercederían por ella y para Drako carecía de importancia si eso quería decir que allí su vida podía pender de un hilo si esa aglomeración superaba su respeto y temor hacia su raza por impedir la suerte inevitable de la vampiresa, pero disminuía la victoria de su misión drásticamente. Un guerrero, un cazador, tenía que valorar ante todo eso, no era ninguna criatura inexperta que creyese que con dientes afilados o trucos podía salirse con la suya. Eso era surrealista y equívoco en la mayoría de los casos, ver actuar así a uno de los suyos era el equivalente de firmar su sentencia de muerte. Por eso su férrea intención había sido un reconocimiento del terreno, reunir la información para saber que la dueña de ese establecimiento correspondía con la dama helada que él había llegado a conocer laxa y vulnerable embriagada con el sabor de su propia sangre índigo. Pero la había encontrado a ella. El plan giró como una veleta movida por el viento, los grados justos que deseó la mente fría del siniestro.
La vio intercambiar unas llaves y un papel. Si no hubiese sabido que la vampiresa podía ser tan escurridiza, la habría olvidado para interceptar esa entrega. Quizá lo que estuviese ahí era uno de los motivos por los que reclamaban a Corso en Bran. Pero aquel no era su trabajo y apenas despertó genuina curiosidad en él, más apegado al deber real que al imaginario. Por eso solo archivó el rostro de su compañero de raza para filtrar esa información entre los suyos en caso de que fuera necesario. Ahora no. La vampiresa se había puesto en movimiento. Fue una invitación más que suficiente para un hombre como él, ella ya sabía, seguramente desde el principio porque no estaba tratando con ninguna inexperta, que el rubio estaba ahí. Se puso en pie, con la tranquilidad de quien sabe que está haciendo esperar y que no habría más movimientos en el juego sin él. Pero aquello no era ningún juego. Fueron varios los ojos que de soslayo se posaron en él, pero Portgas los ignoró. Ellos no tenían nada que ver, solo eran posibles bombas para sortear o sofocar en un futuro. Aquello era entre Hunter y Helena, todos los que habían querido percatarse, los que no estaban suficientemente bebidos o distraídos, los que no habían fingido inconsciencia, lo sabían.
Portgas subió escaleras arriba, añadiendo nuevos puntos de localización a su bosquejo mental del establecimiento. Apreció antes de entrar en la habitación la disposición de las puertas del pasillo, también cuando franqueó el marco de la sala donde le esperaba la vampiresa hizo un rápido y neutral reconocimiento del lugar, los ventajas y los contras. Todo encajó estratégicamente en su cabeza para asegurarse un mapa del lugar. Cerró tras él y por fin, tuvo a la causante de los imprevistos ante sus ojos, sin distracciones externas. Si no hubiese tenido un anterior trato con la cazadora, no habría apostado por su astucia al invitarle a la soledad de esa habitación. Pero conocía a Helena, había visto lo que podían hacer sus palabras acompañadas de una angelical y venenosa sonrisa si no tenías la disciplina del acero, sabía recurrir a la simpleza de una trampa para organizar su huida con la que menos era más. Aquella castaña de aspecto humano invernal sabía que había algo más que comportarse solamente como un sucio y cadavérico vampiro. Quizá esa fuera parte de su magnetismo, algo que Drako no solía ver usar, la mayoría de los de la raza sobrenatural de ella atraían con un deje elegantemente brutal pero increíblemente sádico, esa dama era más retorcida, no tenías que morir en sus manos, pero el rubio sabia ver el problema: muchos no tenían que morir, no, querían hacerlo. Un témpano que al tacto quemaba. Eso era más peligroso, que cualquier criatura con aire en la cabeza, por cualquier motivo, buscase el calor en el hielo de una mujer como aquella. Por su poder, por negocios, por sexo, daba igual. Corso era peligrosa y, tras ver como ella intentaba tambalear los cimientos de la raza de los siniestros en la mente del rubio, él sabía que Pandora estaría en realidad mejor sin un ser como ella. Si hubiese sido humana, Portgas habría podido entrever el potencial de su reclutamiento entre los suyos. No había vuelta de hoja, así que ese fue un pensamiento fugaz que no le robó más de unos escasos segundos. Helena podía convertirse en un mal mayor a la larga, solo por haberse sembrado en los recuerdos de Drako, pero su misión concluía al entregarla en Bran. Y cuanto antes lo hiciese, mejor.

-Debimos despedirnos en Bran, Helena. -Usó por primera vez su nombre, sin apartar los ojos de la silueta femenina, pese a que él mismo se quedó en su misma posición tras haber atravesado al puerta. Recalcó con sus palabras un hecho, tan solo una la observación de una clausula rota, sin reprimendas ni molestia, pero eso se podría saber con el mero hecho de que se había presentado allí. Se quedó erguido, como un paciente guardián ante una princesa rebelde que no podía escapar del destino que le tocaba, limitándose a que ella se diese cuenta y, sencillamente, aceptase ir con él. No pasaría, lo sabía, pero no habría mejor forma de describir a Drako en aquel momento. El rubio sabía que era cuestión de tiempo que la vampiresa regresase con los suyos bajo su escolta, que él cumpliese aquel objetivo. Ella no colaboraría, se lo imaginaba, pero entonces no le quedaría otro remedio que mostrarle que Pandora era un orden en un caos que él sabía manejar y había hecho suyo, y que inefablemente se tenía que cumplir.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Nov 03, 2015 12:00 am

Era interesante observar todo aquello que el simple marco de la ventana contenía cual obra de arte. Desde el frescor del viento hasta la infinita gama de colores que se extendía frente a ella, con el color azul dominando siempre el paisaje. La pequeña población que se había asentado en el puerto no lucía muy distinta a Valtesi, ni a la ciudad del lago en Thyris, porque ambas tenían ese toque de mortalidad, la tranquilidad de la que sólo un humano puede gozar y, quizá, sólo ellos son capaces de compartirlo con otras razas. Todas tenían un modo distinto de existir, pero el comercio que tenía lugar en aquella zona tenía más similitudes con la de los humanos. Incluso las casas, todas las construcciones que poblaban y daban vida a esa pequeña parte de Zárkaros parecían haber sido traídas del mundo humano. De otras épocas, claro, pues sabía que allá la tecnología era distinta, que se prefería el concreto o las placas de tabla-roca para construir, pero en Pandora la urbanización dejada al criterio de las criaturas de menor rango estaban hechas a base de madera, incluso el suelo que estaba pisando Helena en ese mismo momento estaba hecho con madera. En adhesión a esa parte del paisaje, estaba el cielo, que, juntamente con el mar, dominaba lo que parecía ser una pintura. El aire limpio permitía contemplar cada detalle con completa nitidez, incluso tal vez el bosque de Arcadia, aunque no era fácil de ver desde el ángulo de la taberna. Y el oleaje del mar la seducía, siendo este el punto culminante de aquella magnífica obra creada por alguna mano todopoderosa.

Su cabello descansaba sobre su hombro y sus brazos estaban cruzados, como si se encontrara en una galería de arte, dispuesta a pasar horas contemplando el mismo cuadro y aprovechar así los milenios que tendría por delante. No le interesaba siquiera distraerse con la presencia del cazador, ni preguntarse qué sucedería. El porvenir era algo en lo que no deseaba pensar, no en ese momento. Quería aprovechar esos minutos de forzada plenitud, el dulce sopor que se adueñaba de ella tras saciar ese lado bestial suyo, esa parte de sí que parecía desgarrar su interior cuando la sed ya no podía ocultarse. Y quizá, si se dignaba a prestar su atención a lo que buscaba negar con tanto ímpetu, se daría cuenta de lo terrible que era el nuevo peso de su maldición. Ya no podría darse el lujo de morder a un hombre, de disfrutar su sangre por un día y volverlo a hacer al siguiente. Sin embargo, podía beber la sangre de su captor una segunda vez y después morderlo, para así descubrir quién de los dos podía resistirse a la muerte durante más tiempo. Entonces sería la única ocasión en la que disfrutaría compartir el veneno de su dentadura, de aquellas perlas por las que muchos se habían dejado llevar.

Los pies del siniestro fueron tan silenciosos como los recordaba, sin embargo la vibración que produjeron en el suelo compuesto por tablas macizas de madera anunciaron su acercamiento desde que comenzara a subir las escaleras. Y la habitación lo recibió en silencio en respuesta a su naturaleza, como si fuera tal su modo de presentarle una esperada bienvenida. Helena, por su parte, pareció no percatarse de su llegada, ni siquiera del momento en el que cerrara la puerta para asegurar la privacidad de su encuentro, por lo que no se apartó del alféizar ni se giró para mirarlo. Permaneció ahí de pie, impasible como si fuera ella quien esperara a la muerte en forma de un hombre. Ni siquiera tuvo reacción aparente al escucharlo hablar, al oír la mención de su nombre en un tono para nada hostil. Supo enseguida que el hombre ignoraba que Corso había visitado Bran por cuenta propia y que, por consiguiente, había ido a ajustar cuentas por haber enviado a alguien a cazarla. Mencionó, claro, que estaba ahí porque un siniestro la había colocado a las puertas de la ciudad, tal y como se había acordado, pero no se tomó la molestia de exigir su nombre. Era un peón más, ella lo sabía, por tanto esa clase de detalles no eran compartidos con los clientes. Simplemente se aseguraba el éxito de una misión y se llevaba a cabo. Sin embargo, el mayor pecado de aquel hombre, del siniestro que permanecía frente a la puerta de la habitación, era el decir su nombre. El problema no eran sus labios que lo pronunciaban, sino el hecho de que esa simple palabra se convirtiera en sonido y que ese sonido se perdiera en el ambiente. Quién sabe qué clase de persona lo habrá oído. Lo miró con el rabillo del ojo durante un segundo y después volvió a enfocarse en el mar. ― ¿Has venido, entonces, a hacerlo aquí? ― Inquirió virándose un poco, mirándolo cara a cara. ― Mi clan agradece tus servicios. Imagino que también has venido a escuchar eso. ― Añadió y volvió a girarse en dirección a la ventana. ― Sólo deseaban verme y elevar mi rango. ― Explicó, evocando en su mente la conversación que ambos habían sostenido en el camino de Mördvolathe un par de semanas atrás. ¿Qué haría ahora que sabía aquello, ahora que Helena le había insinuado que las posibilidades de salir de ahí con vida eran escasas si lo que planeaba era llevársela? ¿Habría entendido el cazador que los hombres que se reunían en la planta inferior eran todos leales a ella? Tal vez ella los había reclutado para probarse a sí misma que era posible encontrar lealtad verdadera en Pandora, que era posible para los de su raza tener esa clase de confianza entre ellos. Porque, en el fondo, deseaba abrirle los ojos y que conociera la verdad de una manera mucho más decente de la que ella misma lo había hecho.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Mar Nov 10, 2015 2:57 pm

Se había hecho a la quietud de la vampiresa, sus movimientos comedidos. Desde que la había visto por primera vez había captado una gran similitud que compartían: no malgastaban energía en inquietudes corporales y en cada movimiento había un objetivo. Si bien el siniestro solo podía presuponer cual era cuando se trataba de ella y pese a que sus deducciones solían ser correctas, aquella mujer no era tan previsible como el rubio deseaba. No tenía la torpeza de los inexpertos, el impulso de los instintivos, las pruebas delatoras de los culpables en forma de miradas o ademanes. Leer en la vampiresa era un reto, mucho más sencillo en pleno campo de batalla. Era más fácil seguir a una bestia y pelear con ella, sabiéndola inhumana, que contemplándola en aquel cuadro cargado de una sobrenatural tranquilidad, un contrapunto de su comportamiento y su naturaleza.

Sabía que la vampiresa era plenamente consciente de su presencia, que si su latido se animaba un solo compás más rápido, ella lo captaría. Después de todo, Corso tenía que preocuparse por él, Drako había dividido su atención entre las armas que reposaban tras sus labios rojizos y el ajetreo del piso de abajo y que se mantuviese allí.

-Siempre permito a la dama escoger el lugar. -La seriedad se mantuvo natural e inherente en las profundidades de sus pupilas, su mandíbula cuadrada no se aflojó ni tensó más, ni para esbozar una sonrisa cómplice o imprimir veneno a sus palabras. Pero había sido eso, una especie de broma proveniente de un hombre que nunca compartía su sentido del humor con nadie, una burla que nadie tomaría como más que una instrucción a juzgar por la dureza de cada una de sus facciones. Incluso tuvo el detalle de inclinar apenas la cabeza, toda una muestra de su caballerosidad que difícilmente podría ser tachada de indecente. Pero lo que no había logrado aquella expresión, si lo lograron las siguientes palabras de la vampiresa. De mantener los ojos bajos acorde a su barbilla por causa del gesto anterior, elevó la mirada, sin mudar su semblante salvo una ceja que se alzó apenas unos imperceptibles centímetros. Y se quebró, la sorpresa mínima que perturbó su mirada fue real.

¿Elevar su rango?

Avanzó, con pasos sumamente tranquilos mientras su cabeza se movía echando chispas, los engranajes chirriaban, las piezas no encajaban. No. Apenas barajó la posibilidad, la desechó. Había una explicación muy simple y plausible, digna de una criatura de la talla de Helena: mentía. Pero Portgas nunca fue un hombre de palabras vacías, sinceras o no. Esa mujer podría empeñarse en que el cielo era azul y sin pruebas lógicas, Drako se limitaría a negar con la cabeza. No dudaba en que la verdad de cada uno era diferente, de que la percepción hacía mucho, por eso y porque en realidad no era importante para él, no le rebatió su ascenso. No, de hecho no era eso lo que le había sorprendido, era su pretensión de que creyese esa explicación vana cuando había declarado que Bran era el último sitio sobre la faz de la Tierra que ella pisaría.

-Pensé que no lo considerabas tu clan. -Repuso midiendo el tono de su voz, acogiéndolo a su habitual frialdad. A la par que habló, había llegado hasta la misma ventana por la que la brisa mecía esa cabellera oscura. Apenas girando su cuerpo, apoyó la mano en el marco de ésta. Ese súbito acercamiento, premeditado, fue toda una declaración de intenciones. Estaba justo al lado, podía percibir la piel helada de diamante de la vampiresa a pesar de la escasa distancia, de la tela de ropa que cubría su figura y la propia. Sin embargo, mantuvo su rostro pendiente del paisaje móvil que se veía desde allí. En otra ocasión hubiese apreciado las vistas, ahora su mente de soldado advirtió que era un sitio indiscutiblemente bueno para vigilar y atisbar los rincones ocultos desde las alturas. Vista de águila, solo por las vastedad que se extendía ante ellos. Pero estaba sutilmente inclinado hacia ella, sus sentidos no seguían el movimiento diurno del resto- Alguien que no cree en los suyos, ascendido. -Mencionó como de pasada, un dato curioso que vibró con cierto escepticismo, nada más- Cuando decidas, podemos marcharnos. -Añadió, al final su cabeza volviéndose directamente hacia ese rostro marfileño, alcanzando el nivel de un susurro suave cerca de ella. No era una educada invitación lo que había escapado de sus labios, era una simple y única advertencia entre líneas, Helena tenía una oportunidad para acceder a ir con él, para no provocar un altercado en su negocio. Que se armase una revolución ahí abajo solo significaba problemas para ambos, pérdidas y bajas que al menos Hunter no lamentaría. Quizá la vampiresa, hablando de negocios, sí.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Nov 19, 2015 10:05 am

¿A qué estaba jugando? Aquel dejo de burla en sus palabras era una declaración de guerra para Helena. Ella había controlado su lengua para no alterar su propio estado de absoluta tranquilidad y para no renovar la hostilidad entre ambos. Entonces esa habitación se convirtió en un tablero de ajedrez, en un campo de batalla en potencia. Ese siniestro era la pieza negra cuyos movimientos demandaban ser estrictamente vigilados y cada rincón de la habitación simulaba cada uno de los cuadrados del tablero, exponiendo ante sus sentidos un centenar de posibilidades. Escogería, naturalmente, ella el lugar. Él había perdido la posibilidad de tomar decisiones que se relacionaran de un modo u otro con la vampiresa. La balanza se había inclinado a favor de la inmortal desde el momento en el que dejase atrás su cautiverio. Si bien no se andaba con juegos durante sus días de principiante, las probabilidades de que no tomara algo con la debida seriedad ahora que poseía más poder y dominios eran cada vez menos. Sólo restaba firmar la sentencia y la tinta ya estaba en disposición del rubio. Parpadeó. Todo había sido olvidado y la prueba fue la sutil hendidura en la comisura de sus labios que aseguraba una sonrisa ladina.

Disfrutó en silencio el acercamiento de aquel cuerpo bien formado, no por lujuria sino por el placer de pensar que aquellos pasos eran influenciados por la curiosidad, por la incertidumbre que le producían las palabras nacidas de labios peligrosos y mortales. Se movía, quizá, por ella, por la ridícula necesidad de completar una misión que Helena estaba empeñada en frustrar. Le agradaba saber que las cosas no saldrían como él esperaba, que se había presentado en el peor lugar para llevar a cabo sus caprichos y que seguía siendo ella la razón de todo. Le gustaba pensar que cada vez tenía más control sobre los hilos de Pandora, entre los cuales se encontraba la hebra que decidía parte de las acciones de su captor. Al final, formaba una telaraña y se usaba a sí misma para atraer a los incautos como él. Todo era cuestión de moverse cuando el momento lo demandara. Todo era cuestión de esperar, de fingirse indiferente al contemplar el panorama que se alzaba más allá de la ventana. Drako iría solo a su condena soñando ingenuamente con lo imposible.

Le resultaba ciertamente interesante el modo en el que su propia respiración le parecía ajena, como si sus pulmones fueran un mecanismo aparte que funcionara por cuenta propia que movía su pecho al compás de la salida y de la entrada del aire. Parecía un ser vivo al llevar a cabo aquella actividad sencilla, especialmente en adhesión a la calidez adquirida tras saciarse. Sin embargo, esos intentos por aparentar ser mortal terminaban siendo inútiles cuando el punto de comparación era, precisamente, un ser vivo. De la figura imponente del siniestro emanaba calidez y esa tensión natural en el cuerpo que lo mantenía de pie, que le permitía conservar el control de cada uno de sus miembros. Sus latidos, por otra parte, fueron cada vez más claros y audibles a medida que se aproximaba a ella y escuchaba, tal vez, el murmullo de su sangre índigo recorriendo constantemente su cuerpo. El perfume de los vivos era algo extraño, envidiable, lo que seducía a los depredadores, una fragancia de la que los inmortales deseaban adueñarse. Una fragancia que se impregnaba a la vampiresa noche por noche, de manera voluntaria o incluso como un robo. Pero ella no quería eso del siniestro. Podía prescindir de aquel tesoro a cambio de algo más valioso, algo que, por supuesto, ella tomaría por la fuerza.

Las palabras de aquel hombre eran debatibles. Sin embargo, todo tenía su tiempo y había piezas por mover antes de dedicarse a responder, antes de disponerse a frustrarle aún más sus planes.  De momento había otra cosa por la cual ocuparse. A esa distancia ser sumamente sencillo girarse y apuñalarlo en un costado. Parpadeó. Una negativa a sus propias insinuaciones. No era necesario gastar energía de aquel modo y sería imprudente realizar un movimiento tan arriesgado como aquél. El cazador, en esas circunstancias,  no representaba una amenaza y no le veía como un enemigo. No era necesario matarlo, no por ahora. De modo que se giró con suavidad, siguiendo aquel susurro hasta encontrarse cara a cara con la imponente figura de un enemigo a medias. ¿Se habrá percatado de su error, de que él mismo escaló la telaraña que lo conduciría, si no a su muerte, a una trampa? ¿Qué clase de pensamientos cruzarían su mente al percatarse que las manos de la vampiresa subían lentamente hasta aferrarse a la tela que en algún momento le sirvió de abrigo? ¿Qué clase de caos tenía lugar dentro de su cabeza mientras la inmortal rompía la escasa distancia como si se tratara de una dama en busca de consuelo tras una larga espera? Los labios de Helena tomaron posesión de los ajenos sin dejarle realmente otra opción y prolongó lo suficiente el beso hasta brindarse a sí misma la oportunidad de morderle el labio inferior, de clavar sutilmente sus colmillos venenosos a fin de debilitarlo. ― Por supuesto que yo lo decido. ― Declaró a escasa distancia mediante un susurro, liberándolo lentamente de su agarre. No había necesidad de nada más, de una revolución ni de un enfrentamiento. Bastaba un piquete y un poco de veneno para dejarlo a su merced. Un simple acto vengativo que buscaba saldar una cuenta olvidada por ambos. La atención de la vampiresa lo abandonó por segunda vez y se centró nuevamente en la ventana, recuperando su postura relajada, sus brazos cruzados sobre el diafragma, su absoluta indiferencia. ― Fui a imponerme, siniestro. Se convirtió en mi clan en el momento en el que yo lo decidí. ― “Quizá él no lo entienda aún, pero habría hecho lo mismo de haber estado en mi lugar.” ― Si permaneces quieto esperando la muerte, sabiendo que anda detrás de tuyo, no sirves como cazador. ― Fue su única explicación. Los vampiros de Bran no necesariamente deseaban matarla, pero un posible cautiverio resultaba ser más tortuoso que la misma muerte. Ella tenía que ir. Ella fue a enfrentarse a su destino a fin de crearse el propio.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Vie Nov 27, 2015 5:39 pm

Drako Portgas siempre había sabido equilibrar la balanza del peligro. Nunca le importó, no tenía nada que perder.  Le habían entrenado para salir indemne, para que no le importase su vida en la partida final. Vivía por y para momentos como aquel, donde la compañía de un monstruo a menos de unos escasos palmos de distancia, significaba que estaba haciendo bien su trabajo. Era él quien debía esta allí, erguido junto a la escultura de hielo que cobraba vida aunque no hubiese ningún latido que marcase el compás de sus movimientos. Había convertido a Helena en su responsabilidad por decisión propia, a cuenta y riesgo, aunque la vampiresa encarnase en el reflejo de sus afilados colmillos todo aquello contra lo que había peleado desde que adquirió conciencia de la dureza de Pandora. ¿Se había tomado la molestia con otras presas? Sí. Porque era su deber, porque una misión sin cumplir era lo más parecido a un insulto que Hunter podía portar sobre sus hombros. Y porque no había probado el sabor de fracasar desde sus inicios en las filas de los siniestros. No era su orgullo herido lo que le había movido hasta allí, sino fallar. Había cometido un error del que era él el completo responsable, pero había sido esa mujer la que le había invitado con su boca seductora a mover esa pieza en el tablero. Y Drako solo lo hacía en nombre de los suyos, ni siquiera en el propio.

Si le desconcertó el movimiento ondulante de la castaña no se mostró en sus ojos. Desde el principio sabía que aquello no sería tan sencillo, que si la presa no tenía un as bajo la manga no merecía la cortesía del rubio. Tuvo un primer plano de aquel rostro impoluto. Sus facciones se endurecieron, el acero componiendo la cara de un hombre. Era repulsivo. Era perfecto. Era grotesco, era la perdición mortal. Había muchos vampiros así, justo como la que ahora sostenía su mirada acerada, pero si Hunter tenía que ser honesto a una verdad ineludible, nunca había sido tan consciente de uno como lo era de Helena D. Corso.
Y entonces aquellas manos dejaron un rastro frío sobre su torso. Sus pies se quedaron clavados en el suelo, como si oliese la prueba en aquel contacto, como si la trampa que percibía a kilómetros estuviese planeada por el propio siniestro. Pero nunca esgrimiría una palabra lógica de porque permitió aquella cercanía. Y se vio a si mismo no hacía tantos días, repitiendo los mismos movimientos de la vampiresa, la manera en la que su boca se tornó lava helada sobre la suya. Pero Hunter continuó inmóvil, con el cuerpo alerta, los labios quietos bajo los de la inmortal. Pero notó la suavidad de los ajenos, la ternura de aquella carne que a simple vista parecía mármol. La única huella de su desconcierto, la mano que mantuvo apoyada en el marco de la ventana, que se tensó como si alguien tirase de ella. Y entonces aquellos colmillos, agujas que inyectaron su veneno. Eso no figuraba dentro de los datos que Drako había reunido sobre la castaña. El veneno dejó un sabor extraño en su boca cuando, instintivamente, se repasó el labio inferior con la lengua, valorando el daño con la mezcla del índigo tiñendo sus labios.
Había esperado el acto de la venganza, la herida, no la hiel. Pero no se dejó llevar por la histeria que habría arrasado a cualquier inexperto, no sería, para su desgracia, ni la primera ni la última vez que viviría un episodio semejante. Estaba segudo de que entre sus pertenencias, sujetas discretamente en el cinturón que se ceñía a su cintura, tendría algún antídoto que si bien no le inmunizaría, remitiría los efectos. Pero no hizo ningún movimiento, a sabiendas de que lo primero que podría hacer Helena era detenerle y destruir sus posibilidades de supervivencia. Y Drako Portgas no había ido allí a morir aunque fuese capaz de recibir a la parca como si fuese una vieja amiga.
La sensación de calor invadió su cuerpo mientras su boca se secaba, poco a poco, mientras se mantenía en un silencio sepulcral como si no hubiesen compartido nada más que un beso. Sus pupilas dilatadas seguían clavadas en la figura pequeña de aquella mujer. Tenía un segundo don, no solo era una viajera del alba. Más que preocuparse porque dentro de unos minutos pudiese empezar a sentir algo más que aquellos síntomas débiles, Drako se dio cuenta de una verdad atroz: la de la vampiresa.  Si no hubiese sido demasiado expresivo para el siniestro, habría suspirado pesadamente. Lo único que hizo, a cambio, fue hablar entre dientes:

-Así que optaste por aliarte con aquellos que despreciabas. -Pronunció controlando cada matiz que escupía en cada sílaba, dividiendo de nuevo su atención, partiéndola en medir cada síntoma, la curva de la espalda de la castaña que se asemejaba a un felino, su propia mano libre moviéndose lentamente tras su espalda para alcanzar el cinturón, el sonido de fuera, la taberna cobrando vida- Tú eres la muerte. Es tu naturaleza. -Acotó de manera tranquila, si bien cada vez más dura su voz según se instalaba la sensación en él de que su cabeza flotaba mientras sus músculos se engarrotaban lentamente. Pero sabía atenerse a la realidad aunque la parca adquiriese la forma de aquella mujer, aunque el veneno reclamase su cuerpo a cada segundo que pasaba. Si fuese un simple mortal como en otro tiempo gritó su marca, sabía que se hallaría sobre el suelo, enfebrecido- Y no te recuerdo quieta. -Sus últimas palabras atinó a decirlas de forma instintiva, como él no se movía nunca.
Aquella cabeza oscura se volvió borrosa en contraluz con la luz que iluminaba el cielo, los rayos del sol despuntando para colarse en aquella habitación como una despedida para ceder la noche a los cazadores. En una nota de irritación, Drako chasqueó la lengua. Aquello era una auténtica molestia, inesperada. Sus dedos se cerraron en torno al frasco que creía que podía ayudarle, bajo el escondite de sus ropas.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Dic 19, 2015 1:01 am

Su cabeza se ofuscaba tratando de encontrar una manera de refutar de manera definitiva a las palabras del siniestro. Pero él estaba en lo cierto y, por más que deseara negarlo o torcer ese hecho, seguiría siendo verdad. Desde el momento mismo en el que su postura contra su propia raza cambiara, había caído en la contradicción. Tampoco importaba cuán justificada era aquella acción, no cambiaría el hecho de que iba en contra de sus propios juramentos, porque, semanas atrás, era impensable compartir palabras con aquellos que buscaban mantenerla presa en la perfección de un edificio tan inmortal como ellos. Intuía que su propia raza era la culpable de su condición y encima habían osado enviar a por ella, a cazarla por un esbirro de Van Helsing aun cuando la balanza no había estado nunca a su favor. Porque el titán nunca se dignó a ponerle fin a esa amenaza y jamás tuvo la intención de desperdiciar a los experimentados. Quizá, simple y sencillamente, no estaba interesado en exterminarla. Pero el caso ya no era con los siniestros en general, sino con el rubio que estaba junto a ella que siseaba la verdad. Si hubiese querido manifestarle su desagrado, se habría retorcido apenas las vibraciones de su voz tocaran su piel gélida, habría tensado la mandíbula y habría roto la calma que se encargaba de mantenerlo con vida. No obstante, permaneció con aquella expresión inmutable en el rostro, inexpresiva y vacía. ― Lo hice, sí. ― Terció con aspereza, sin alzar la voz más que en un susurro. ― Y algún día ésa será tu verdad también. ― Aquella afirmación no era una predicción para que el destino se encargara de ello. Ella misma lo haría. Ella misma le abriría los ojos y le haría ver que iba para el rumbo equivocado, que estaba peleando la batalla equivocada.

Estaba cada vez más inquieta. Sentía cada uno de los músculos de su cuello y hombros tensarse y trepidar por debajo de la piel. Era el efecto de las palabras del siniestro, era su respiración pesada y entrecortada, era el sonido de su sangre que gritaba desesperadamente a través de sus venas, era su corazón acelerado y débil que se esforzaba por resistir los efectos del veneno. La intranquilidad del cuerpo ajeno la perturbaba tanto como la tranquilidad pétrea del siniestro del que aún no conocía el nombre. Era la infinidad de aromas que portaba en su indumentaria, en su cabello, en su piel, en sus manos. Necesitaba el perfume de un mortal, de un humano, el perfume de los vivos. Y necesitaba el olor de la muerte en él. Era difícil coexistir con su enemigo durante tanto tiempo, permitirle vivir. Ella era la muerte, sí. Era su naturaleza. Por eso le costaba tanto permitir su contraparte. ― ¿Lo soy? ― Inquirió con ironía. La interacción con el cazador la trajo de vuelta a la realidad y puso fin a su ensimismamiento. Se giró levemente hacia él, apenas mirándole de soslayo inquisitivamente, como si buscara ejercer presión de él, como si buscara acelerar el envenenamiento. Su mirada se deslizó por el torso ajeno, memorizando cada detalle de sus ropas sin percatarse de ello, hasta que advirtió con el rabillo del ojo lo que buscaban las manos del siniestro. ― Guárdatelo, no podrá hacer nada por ti. O bébelo y vive creyendo que le debes tu supervivencia. ― Musitó encarándolo de lleno. Su voz sedosa espetó aquellas palabras esperando generar confusión en el rubio. ¿Sobreviviría o ella le mentía para asegurar su muerte? Si aquello sucedía, cuando menos tendría el placer de haberlo torturado mentalmente.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Dom Dic 27, 2015 12:30 pm

Incluso con los efectos de la huella del beso fatídico de la mujer, una avalancha de seguridad rotunda le inundó. No podía concebir una realidad tal como la de la vampiresa donde extendiese su mano hacia unas criaturas que despreciaba. Solo una orden de arriba haría que trabajase con ellas, exclusivamente si sus superiores tenían motivos de peso que hacían más grande que el mismo la necesidad de trabajar con esos seres con los que no compartía nada. Como Helena Corso. No sería Hunter, por su férrea voluntad, quien aceptase esa alianza si no fuese por un bien mayor, nunca basado en él. No había nada que pudiese satisfacer a Drako de ellos. Estaba seguro. Aún.

-No abrigo esperanzas al respecto. -Respondió tan diplomático como era habitual en él... pero su voz había ido descendiendo lentamente décimas al mismo ritmo que su corazón cobraba un latido más frenético en su pecho, bombeando el maldito veneno más deprisa. Era un sonido débil encerrado en su torso pero increíblemente rápido pese a que la única muestra de aquel efecto fuese la oscuridad que se cernió en sus ojos, su propia tormenta interna que solo cobró vida ahí, pues aseguró que su expresión continuase siendo perfilada en un perfecto acero.
Su cuerpo se tornaba cada vez más pesado, hasta el punto que sostenerlo y estar vigilante era una hazaña. Tuvo que parpadear varias veces para lograr enfocar aquella figura. Se mantuvo completamente rígido aunque sus músculos ya agarrotados se lo pusiesen fácil, pero sabía que si daba un solo paso se tambalearía. Y el siniestro había descubierto hacía mucho tiempo que la mejor armadura que podía portar era fingir que nada podía hacerte daño. Siempre lo había llevado hasta el extremo pero ¿cómo engañar a una criatura que podía percibir cada señal instintiva de tu cuerpo que se rebelaba? La realidad era sencilla: no aguantaba aquel veneno arrasando como lava por sus venas por ella, lo hacía por él.
Helena le sirvió como distracción, se aferró a su voz como a un clavo ardiendo, a esa petulante pregunta que dejó caer al aire.

-Lo habrás comprobado en muchas ocasiones. -Correspondió, desmarcando el hoy de la ecuación. Aquella, si estaba en manos del rubio, no sería una prueba de que la muerte podía erigirse en un rostro como el de la castaña. Tuvo que hablar con los dientes firmemente apretados, dejando escapar el aire poco a poco de sus pulmones para no sucumbir al jadeo. Reconocía los síntomas pese a no haberlos experimentado con asiduidad, la pesadez de su temperatura subiendo. Su mano se quedó momentáneamente petrificada en torno al frasco escondido, bajo aquellos ojos tan invernales como su propia dueña. Solo porque ella había averiguado sus intenciones, el momento de sorpresa pero eso no le hizo vacilar. No podía escucharla, no podía simplemente dejar su suerte al juego retorcido que ella se traía entre manos. No confiaba en Helena aunque para una mente más débil hubiese sido francamente fácil caer en la telaraña de esa mujer y aunque Portgas no quisiese creerlo, su voz le había perseguido desde que se escapó de su cautiverio. Por el motivo que fuese. Era una pieza insólita incluso en Pandora, no era como el resto de vampiros que el siniestro había acostumbrado a tratar. Con más motivo debía completar su misión entonces, significase lo que significase para Corso. Y, al parecer, ya había sido cumplida aunque una vocecilla en la cabeza del rubio le decía que esa dama podría esgrimir la mentira como si fuese su arma más experimentada.

Ignoró abiertamente las palabras de la vampiresa y, aunque sus movimientos fueron fluidos en un vestigio de su capacidad felina, fue mucho más lento de lo que él acostumbraba a moverse. Otro ramalazo de auténtica irritación le sacudió, paliada por el calambre sordo que hizo eco por todo su brazo cuando destapó el frasco de camino a sus labios. Tragó todo el contenido de golpe, mientras aún podía hacerlo, justo para que después éste, ya vacío, se deslizase entre sus dedos para estrellarse y hacerse añicos contra el suelo, a sus pies.

-Lo eres. -Sentenció casi en un gruñido, solo entonces, ya al final cuando sus párpados pesaron demasiado. Aquel brebaje no era magia, si le hacía efecto no sería inmediato, igual que ese veneno se había ido expandiendo por sus venas. Sintió el sudor deslizándose por su sien y logró atisbar aquel rostro femenino, con otro chasquido de su lengua, justo antes de caer pesadamente en el piso, respirando con dificultad, si bien aún mantenía los ojos abiertos, completamente fijos en ella. Podría considerarse un desafío, pero era algo más grande que eso. Era su propia voluntad. Podía derrumbarse pero no se dejaría arrastrar a la inconsciencia, sabía lo que significaba eso y tenía la extraña concepción de que podía controlar la situación siempre que no cayese en la oscuridad.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Ene 03, 2016 2:54 pm

La caída del siniestro llegó al fin, poco después de que el pequeño frasco se esparciera a través de la duela, humedeciendo levemente la zona de impacto con las gotas que pretendían protegerse en el envase. Las vibraciones de aquel acontecimiento exitoso escaló por las piernas de la vampiresa, quien permaneció inmutable frente a él, vagamente interesada por la necedad del hombre y de su suerte. Había otras ocasiones en las que pudo haberle dado buen uso al brebaje que bebió inútilmente, pero la advertencia fue puesta sobre la mesa e ignorada. Si le era necesaria en un futuro o no, lejos estaba del interés de Corso. Ella sólo se encargaría de él mientras permaneciera en su territorio. Fuera de esa taberna podría morir o podría vivir, no importaba. El hombre aún era remplazable, pese a la valía que profesaba desde el momento en el que sus caminos se cruzaron. Mientras, Helena se maravillaba del tiempo que le tomó a su veneno vencer la férrea fortaleza del rubio, adueñarse de su cuerpo hasta dejarlo a merced de la mujer que ahora llevaba el papel de la muerte. Ignoraba hasta qué punto habían menguado sus sentidos, si permanecía alerta a los movimientos de su enemiga, si esos ojos penetrantes podían captar con claridad aquel rostro que lamentablemente tendría que frecuentar de ahora en adelante. Si ella hubiese llegado a Bran en compañía del siniestro entonces aún tendría la oportunidad de no volver a verla, sin embargo, su condena comenzaba a moldearse en una manera distinta.

En medio de esos eternos segundos, la esencia de un aliado llegó a ella, conducida por la impetuosa brisa marina. En consecuencia, su mirada se apartó del siniestro durante un momento a fin de centrarse en lo que acontecía en el piso inferior. Sus facciones se tensaron ligeramente, como si el rumor de algo más llegase a sus oídos y expusiera su instinto de bestia. Era un vampiro, a fin de cuentas, era parte de su naturaleza convertirse en depredador a la primera señal de una víctima. No obstante, en lugar de prolongar la espera del encapuchado, volvió su atención hacía él, agachándose hasta apoyar una rodilla en el suelo y mirarlo, finalmente, a la altura. En aquellos orbes inertes no brillaba más la indiferencia, la frialdad de su abismal silencio, sino que lo miraba con malicia y cierto aire triunfal que no se reflejaban más que en sus pupilas. Esperaba asegurarse de que continuara despierto, que aquél rostro retador no quedase en ridículo a causa de lo que no podía controlar. ― Inaudito. Van Helsing estará más que complacido con esa resistencia. ― Tras pronunciar aquellas palabras, en sus labios se dibujó una sonrisa de satisfacción, de absoluta e indestructible satisfacción. Ignoró toda conversación que habían sostenido hasta el momento, pues todo fue meramente una distracción, de esas en las que el siniestro parecía bastante propenso a caer. La mordida, claro, tenía su papel en el encuentro, aunque no fue planeado con el mismo detalle que lo demás. Él debía saber que, para Helena, siempre había algo en marcha, siempre había algo en espera y siempre había algo de lo que podía sacar provecho. Incluso cuando decidió interrumpir su viaje a Mördvolathe.

El hombre en verdad conocía más matices de aquella mujer de lo que cualquier otro siniestro haría jamás, incluso que cualquier criatura que no tuviese la confianza de la inmortal. Incluso eso, superaba las expectativas, implicaba un reto y demandaba planificación detallada de sus encuentros posteriores. Ocupaba un rincón en esa mente retorcida e inquieta y formaba ya parte de un plan. Tenía la oportunidad de existir y conocer su nombre al mismo tiempo, había sido medianamente testigo de esa sonrisa cruel y triunfal, había experimentado temporalmente la muerte a través de los labios en los que él mismo la había sembrado en otras circunstancias. Se trataba, ni más ni menos, de un juego de ajedrez entre dos criaturas tan experimentadas en la funesta vida en Pandora. ― Pero, como decía, en algún momento tendrás que aliarte con tu enemigo. ― Añadió para posteriormente extraer una pequeña carta de uno de sus bolsillo. Sostuvo la misiva entre dos dedos, dentro del menguante campo visual del siniestro, a fin de presumirla en medio de la agonía temporal en la que lo había sometido. ― Tienes la bendición del titán para aliarte con aquellos que desprecias. ― Anunció cargando sus palabras de ironía, añadiendo otra clase de tormento en la mente del siniestro.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Mar Ene 05, 2016 8:47 pm

Hacía lo imposible para mantener la vista puesta en Corso. Percibió el movimiento sinuoso que acompañaba siempre al cuerpo de la vampiresa, la sombra mate y definida que formaba gracias a estar a contraluz y los ojos del rubio luchando por continuar abiertos. Descendió e instintivamente, él endureció su cuerpo, preparado para una reacción defensiva. Sus pensamientos se arremolinaban, escapándose fácilmente entre sus dedos, pero aún así tenía algo increíblemente claro: ahora estaba bajo la voluntad de aquella mujer. No podía engañarse arrogantemente porque eso podía significar la muerte. Aunque dedujo que aquella vampiresa no iba a matarle. Era simple... no sacaría nada con ello. Librarse de un guardia tras sus pasos, pero aferrándose a la lógica que goteaba aún entre sus cada vez más espesas ideas, si le esperó ahí arriba nunca pretendió hacerlo. Aunque quizá solo era tan vengativa como se sabía de su raza y le había guardado la muerte con sus labios, solo para empezar. Por eso, con las cartas boca arriba en la mesa, Drako dejó abierta todas las puertas porque no podía simplemente confiar en el degenerado sentido del humor de una dama de ese calibre.
Tenía las palmas abiertas apoyadas en el suelo y se preparó para que sostuviesen todo su peso en caso de necesitar impulso para poner distancia entre la vampiresa y él. La pesada respiración hacia subir y bajar su pecho en una rápida cadencia, buscando el aire que no parecía nunca llegar a sus pulmones mientras el calor tornaba lava sus venas. Antes o después sabía que la bebida ingerida haría su efecto, en mayor o menor medida. Todo lo que llevaba Hunter entre sus posesiones eran herramientas para ver otro amanecer, en forma del filo de sus armas o brebajes como aquel de los curanderos que había entre los siniestros. Incluso, pese a sus iniciales recelos, contaba con una especie de uguento de una bruja. Su desconfianza a las razas era superada por las pruebas de su lógica y prudencia y esa mercancía la había pasado.

Los labios resecos de Hunter se movieron pero nunca emitieron ningún nuevo sonido, los apretó hasta componer una fina línea con ellos. Si sus oídos había captado las palabras de la vampiresa, su cerebro fue incapaz de procesarlas mientras recurría a todos sus esfuerzos para mantenerse alerta. Una nueva punzada de exasperación superó al terror que debería sentir cualquier mortal por verse en esa tesitura. Claro que mientras ellos temían ver el final de su vida, el siniestro estaba más bien irritado por no poder actuar de su acostumbrada forma premeditada. Incluso en una pelea, valorando despierto tus posibilidades, podías prever como en una partida de ajedrez una jugada que te alzase con la victoria. En sus condiciones, era acción reacción y aunque se movería con más frialdad que la mayoría, podría pecar de perder los papeles. Se obligó a permanecer frío si bien su mirada enturbiada era más afilada, concentrada en esa sonrisa femenina que se grabó en piedra en su mente, lo único que lograba ver enfermizamente nítido. Aquellos dientes parecían brillar con luz propia, destacando vívidamente sobre aquellos labios rojos esos colmillos blancos. No apreció que podía ser retorcidamente maliciosa, solo notó el peligro que podía poseer esa curva en el rostro equivocado. Y, de momento, Helena lo era, si bien Portgas correspondió a ésta con una expresión inmutable para no expresar los calambres de su cuerpo en forma de abiertas muecas, tan solo la tensión plasmada en su facciones.
Logró aguzar los oídos al timbre de voz de la vampiresa, entrecerró los ojos como un felino desconfiado pero apretó los dientes con más fuerza de la necesaria para evitar el desgarro que parecía estar sufriendo por dentro. No ubicó lo que realmente decía hasta que no reconoció la firma de su líder en el papel y oyó claramente como el tintineo de un cristal junto a sus oídos lo que dijo la castaña.

¿Qué?

A pesar de como se sentía, el movimiento de su brazo para arrebatarle la carta fue rápido. Lo sostuvo frente a sus ojos y pese a su respiración agitada, pareció leer pausadamente lo que ponía, pues las letras cada vez eran más nítidas ante su vista pese a que le costó un rato procesar la información y poder interpretar todo correctamente, pero también usó ese tiempo para asegurarse de que cuando levantase la mirada azulada hacia Corso, no transmitiese el desconcierto.

-Tú no te has ganado mi desprecio. -Fue la única declaración que salió de entre sus labios, secamente y de una forma rotunda. Intentar contrarrestarle no era ni de lejos una forma de ofender a alguien como Hunter porque en la propia naturaleza de la vampiresa había estado hacerlo, igual que en la propia finalizar su misión de una forma u otra. Ahora, al parecer, se alargaba. Y nunca rechazaría la orden de un superior, a sabiendas de que negarse sería responder a un sentimiento egoísta. Y solo un tipo de criaturas podrían arrastrarle a tal decisión. Helena D. Corso no tenía el honor de pertenecer a ellas, aunque no simpatizase con ningún sobrenatural más allá de lo que correspondía a su deber. Simplemente aquella sorpresa hizo más mella en él porque por su propia cuenta y riesgo Drako Portgas no accedería a ser aliado de una criatura, Van Hensing podía cambiar por un motivo férreo su parecer.

Notó como los síntomas de veneno habían reducido, pudo apreciarlo porque pudo darse cuenta de que lo habían hecho, también de que sus miembros, pese al dolor sordo que aún cargaban, ya no pesaban tanto. Dejó caer la mano con la misiva en el suelo, tomándose su tiempo para recuperarse. Se permitió cerrar los ojos ahora que sus oídos podían hacer el trabajo de vigía, ahora que sabía con certeza que aquella vampiresa no terminaría su tarea.

-Infórmame, Helena. -Usó de nuevo su nombre, lo pronunció lentamente en un osado gesto que bien podría ser juzgado como una provocación, pero para él una simple forma de demostrarse que, en ese momento, eran iguales porque les unía un mismo cometido.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Ene 23, 2016 11:40 am

Esa mujer, letal desde el primer avistamiento, no había desperdiciado ningún acontecimiento y ni una sola alianza desde su llegada a Pandora. Esa mujer, mortífera a través de los besos, aprovechó incluso sus días de novata a fin de garantizarse el modo de contrarrestar lo que titanes y señores habían creado en compañía de los años. Helena conocía la manera de ejercer poder en aquellos dominios, entendía que el modo más sencillo de contaminarse la vanidad mortal era subyugar a tantos como fuesen posibles. Y cada raza se manejaba de un modo distinto, todos eran sometidos a través de aquello que más les representaba, a través de lo que más les apasionaba o les seducía. Podía verlo incluso en la mirada naturalmente adversa del siniestro. Por eso Corso se propuso dominar Pandora de un modo peculiar, aunque bastante eficaz. Riesgosa, pero eficaz. De modo que sus intenciones de asolar con los negocios y los pilares ya establecidos demandaban añadir a sus diversas facetas el toque heroico de quien busca purgar las regiones con justicia. Era agradable a ojos de los titanes, según las ventajas de jugar a la heroína, sin mencionar que sus intenciones a largo plazo le garantizarían tranquilidad y un juego automático. Sólo era cuestión de adiestrar las piezas reunidas, a esos neófitos que estaban reunidos en el piso inferior de la taberna, perdiendo el tiempo sin servir más que para ambientar. Ansiaba el día en el que contemplase su obra finalizada en un trono señorial, de la misma manera en la que había gastado unos cuantos minutos en contemplar el paisaje desde la ventana.

Se puso de pie finalmente y volvió al recuadro incrustado en la pared que parecía fungir como un portal a un mundo distinto, mejor inclusive, a un mundo del cual debían privarse por un momento. Tomó las asas de las puertecillas a fin de cerrar la ventana, entre ignorando y meditando el comentario del rubio. En efecto, que no la despreciara facilitaba las cosas, aunque esperaba lidiar con el resentimiento de un cazador que no conoce el perdón y sufrir ocasionalmente contratiempos en sus planes. Pero el hombre parecía entender por qué no lo mataba, quizá parecía comprender también que había algo por ver y que Helena sería quien se lo mostrara. Razones para despreciarse mutuamente había de sobra. Así que volvió a sentarse frente a él, con las piernas cruzadas, lista para brindar la información necesaria respecto a la misión. ― Mejor. Eso nos facilitará mucho las cosas. ― No habría fricción entre ninguno, insinuó, no había necesidad de resistirse. Quizá era una burla, una tácita negación a la idea de que entre un siniestro y un vampiro podía no existir el desprecio. Sin embargo, Corso no acostumbraba a albergar esa clase de emociones ni de otorgar tal importancia a un individuo u otro. Aceptaba, sí, que a su llegada los aborrecía por igual, que trataba con sumo recelo a todas las personas que se involucrasen con ella, sin importar de qué raza o región se tratase. Después comprendió que no había razón para privarse de un sinfín de posibles ventajas. Drako era parte de ello. El cazador debía comprender tanto como ella que despreciar a un aliado era despreciar los beneficios.  

En unas horas llegará un bergantín con su habitual cargamento de humanos. ― Explicó como si el hombre que tuviese enfrente se tratara de cualquier otro, con la frialdad de quien se limita a compartir instrucciones con un aliado temporal. ― Los vendedores aseguran que son al menos cincuenta humanos en este viaje y, aunque no he conseguido comprarlos a todos, se nos ha presentado la oportunidad de interceptar a dos de sus compradores en los almacenes. Nuestro trabajo es estar ahí, identificarlos. Si tienes alguna pregunta, adelante, no pretendo ocultarte nada. ― Finalizó y, al hacer el ademán de levantarse  inclinándose pocos centímetros hacia atrás, se interrumpió y retomó su postura inicial. ― Y otra cosa. ― Apoyó las palmas de sus manos en la duela y se inclinó hacia adelante, invadiendo nuevamente el espacio personal del siniestro sin apartar la vista de esa mirada fría y penetrante. ― Sé lo mucho que te gusta hacerlo, pero no me llames por mi nombre, no aquí. ― Indicó en un susurro que oscilaba entre lo hostil y la complicidad en ese juego de provocaciones alternadas. Finalmente, se puso de pie y se dirigió al mini bar que había instalado en su alcoba, misma de la que consiguió un par de vasos y una botella escogida al azar. Colocó ambos vasos sobre la pequeña mesa que adornaba el centro de la habitación y vertió en ellos el contenido de la botella, extendiendo al siniestro una invitación silenciosa por mera cortesía. Le daba igual si el hombre prefería permanecer sentado al piso o si le parecía más digno levantarse o tomar asiento en una de las tres sillas que restaban disponibles alrededor de la mesa, pues Corso ocupaba ya una de ellas, sentada con una pierna cruzada sobre otra, bebiendo. La interacción entre ellos, a partir de entonces y hasta el momento de dirigirse al puerto dependía del rubio.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Jue Ene 28, 2016 5:15 pm

Durante el breve momento que duraba un parpadeo, Drako tuvo el impulso de sonreír. Las comisuras de sus labios apenas tironearon mientras el calor seguía golpeando con fiereza su cuerpo, provocando que su piel estuviese extraordinariamente sensible mientras sus miembros se desentumecían lentamente. Era la primera vez desde que su camino se había cruzado con el de aquella mujer de marfil que estaba dispuesta a ponérselo más sencillo. De una forma retorcida y degenerada, aquella vampiresa se empeñaba en hacer conjunción de su naturaleza femenina e inmortal para usar las artimañas más artificiosas y contradictoriamente pueriles contra él. Y ahora a su favor. Eran aliados, debían aunar sus esfuerzos para... ¿qué? Van Helsing no se equivocaría a la hora de pronunciarse a favor de otorgarle un aliado como Corso. No tenía más opción y lo encajó, no había réplicas por imponerle la compañía de alguien que tenía la naturaleza de la muerte presagiándose en su mirada azul, sentenciándose en sus colmillos. Debían estar en el mismo bando porque así debía ser. E inmediatamente, si bien nunca sería capaz de confiar en ella, cerró los ojos a sabiendas de la acción peligrosa que podía significar aquello pero por mero sentido común, del cual la castaña había hecho gala anteriormente, sabía que ahora hablaban una lengua común y que ella no carecía de él. Se permitió el lujo para ayudarse a recomponerse, si bien la tensión que había invandido a sus músculos no se reflejó en sus rasgos forzadamente tranquilos. Quisiese o no, esa voz suave era una guía perfecta para la serenidad... al contrario que su aspecto y las armas naturales que escondía.
La historia que Helena contaba, sus datos escuetos, lo llevaron a abrir los ojos con cierta extrañeza titilando en el fondo de sus pupilas. Van Helsing no se aliaría con alguien que compra humanos para las aberraciones que las criaturas se habían atrevido a hacer desde que Pandora empezó a escribir su historia. Olvidó momentaneamente el dolor sordo que se extendía por su epidermis ¿Por qué esa mujer tomaba partido en la compra y venta de la raza que le servía como alimento?

-¿Por qué invertiste en esa compra? -La pregunta no admitía modo de ser esquivada, no por que en realidad quisiese saber las genuinas intenciones de Helena. Eso era al margen de lo que pudiese pensar él, era cuestión de profesionalidad. Si estaban en el mismo equipo, durante el tiempo que les exigiesen, tenía que saber a que podía agarrarse tratándose de ella. Y, de momento, todo lo que había visto era lo suficientemente imprevisible para tenerla en cuenta, para conocer el nombre de un ser que se alimentaba de la sangre derramada.
Sostuvo con un sepulcral silencio su mirada invernal, sin responder a sus palabras. No era la primera ni la última persona en aquellas tierras que preferían ocultar su identidad... un juego al que Hunter, a pesar de ostentar un nombre falso otorgado por su caza, no tenía necesidad de entrar y no alcanzaba a comprender porque ella si lo hacía. Si la vampiresa quisiese pasar desapercibida, si desease que el Helena se olvidase no debería hacer tantas cosas para poner el foco de atención en su persona. No de todas tenía la culpa ella pero era una mujer difícil de olvidar y su comportamiento no era el habitual. Incluso entre los suyos, Portgas sabía que aquel rostro llamaría la atención y que su reticencia a los demás sería aún un imán más poderoso del que pensaba. Quizá pensaba que trabajar en la sombra era suficiente. No lo era para escapar del escrutinio ajeno, no lo había hecho del suyo.

Percibió su movimiento cuando se alejó, maniobrando con el sonido del cristal de las botellas. Él logró moverse pero lo hizo lentamente, gracias a su don los movimientos que debieron ser torpes por el consumo de un veneno en sus labios, se levantó de una manera más resuelta si bien tuvo que detenerse para inspirar profundamente, exhalando silenciosamente cuando se alzó sobre sus pies, ignorando el escalofrío que aún persistía de vez en cuando en su columna vertebral. Caminó hasta la mesa, apoyándose en ésta.

-Gracias, Della. -Tenía que llamarla de alguna manera, de un modo u otro, así que optó por permitirla esconder el nombre que quería mantener a salvo- A mí me conocen como Drako Portgas o como Hunter, el que te plazca estará bien. -No recordaba haberse presentado antes y aquella formalidad era su forma de forjar cierta alianza, por muy débil que esta fuese una vez terminase aquel día. De momento, estaban unidos.
Se dejó caer en la silla, frente al vaso del whisky. No dudó en llevárselo a los labios, el líquido recorriendo ardiente su garganta hasta calentar su pecho e insuflarle más vitalidad.

-¿Cuánto tiempo tenemos para llegar al puerto? -No iba a hacer preguntas respecto a porque su titán había decidido que Corso era ventajosa para ellos, no el juez de ese juicio pero si el siniestro encargado de aquella misión- ¿Nos remitimos a la identificación únicamente? -Se sentía mejor, su cuerpo lo hacía aunque necesitaba recuperarse del todo para salir ahí fuera aunque no vacilaría en hacerlo si era el momento.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Ene 30, 2016 11:06 pm

No los he comprado para asesinarlos, como seguramente piensas, ¿para qué gastar en la muerte, que es natural e inevitable para todos? Lo hice porque, simple y sencillamente, era la manera más efectiva de involucrarme directamente en el mercado. Al final la inversión volverá a mí y los humanos podrán seguir el protocolo establecido por Davy Jones, Freyja y Van Helsing. ― Pese a que el funesto destino de los humanos podría cruzar por la mente del siniestro con mayor naturalidad que cualquier otra conclusión, a Helena no le importaba lo que pensara. Si en algún momento le apetecía adueñarse de cualquier criatura, utilizaba métodos que diferían mucho de la compra-venta, métodos que establecían con mayor afinidad una relación entre amo y sirviente. Y conseguir humanos para alimentarse era un trabajo completamente distinto, con artificios que muy seguramente el siniestro habría deducido ya. ― Pero esas son condiciones para otro acuerdo. ― El asunto de la trata de humanos no había comenzado en Zárkaros (aunque el puerto era en donde los ciclos se reiniciaban cada que los humanos enviaban sus condenados a Pandora), de modo que, de la misma manera que le había correspondido rastrear sus orígenes, era preciso descubrir el resto del proceso, motivo por el cual requería el favor del titán de los siniestros para realizar cuanto fuera necesario.

No consideró necesario compartir con el siniestro los detalles de su participación en ese oscuro negocio. Tal vez debiera informarle que los hombres que la informaron y le vendieron un porcentaje de la mercancía fallecieron unos minutos antes de su llegada, que ella les había arrebatado todo lo que pudiesen poseer, incluyendo la capitanía del bergantín, la tripulación y sus derechos en el puerto. Básicamente, Corso le cambió el dueño a la empresa al mismo tiempo que reforzaba la reputación que apenas se hacía sonar en aquella región, avanzando un paso más en aquel ambicioso plan que se traía entre manos. Sin embargo, los pormenores de la información que guardó para sí misma constaban de la impunidad otorgada por los mismos siniestros, un permiso que adquirió por la fuerza a fin de cazar a tanta criatura se le cruzara en el camino y que pudiese ser incriminada. Naturalmente, los titanes tenían siempre algo que ocultar, y siempre y cuando no intentara apoderarse de lo impenetrable, le permitirían actuar al margen de sus propios acuerdos.

Que Portgas no se quedara sentado en el suelo era de esperarse, pero aún lo conocía demasiado poco como para saber si le aceptaría un par de tragos a la vampiresa o si permanecería rezagado en algún punto de la habitación, de pie, esperando el momento indicado para poner en marcha la misión. Pero, para sorpresa suya, dejó de lado su carácter habitual a fin de compartir mesa con una mujer que, además de envenenarlo, lo había involucrado en sus propios asuntos. ― De qué. ― Respondió desinteresadamente tras dar un sorbo a la bebida, aceptando implícitamente esas cinco letras que, de ahora en adelante, la identificarían ante él mientras lo juzgaran pertinente. ― Hunter será. ― Indicó atisbando una sonrisa ladina en sus labios, apenas visible en una de las comisuras. Llamarlo por el pseudónimo tenía sus motivos y serían meramente para definir la clase de encuentros que tendrían en un futuro, porque Helena estaba segura de que se volverían a encontrar. Si el mundo era pequeño, Pandora lo era aún más.

Todo mundo sabía que un inmortal era incapaz de sufrir los efectos del licor y que la sensaciones que producían podían intensificarse a causa de sus sentidos, pero a Helena le gustaba ese gesto que la hacía pasar por una humana cualquiera aún y con la palidez de su piel, por lo que no pensó dos veces en volver a servirse un poco más de whisky. Meditó, durante esos segundos que demoraba el líquido ámbar pasar de la botella al vaso, en la pregunta de Hunter. Ciertamente, el siniestro asumió que el trabajo sería enteramente de ellos dos, descartando la idea de que Corso podía darle utilidad a la parvada de fanfarrones que pretendían seguirla y ocupar la taberna cada que tenían la oportunidad. Por lo tanto, cambiar ese detalle del plan podía resultar más entretenido para ambos y, quizá, más seguro también. ― Un par de horas, tal vez. ― Respondió al tiempo que observaba a uno de sus dedos recorrer el canto del vaso mientras los otros cuatro sostenían el cristal. Sin embargo, Portgas hizo gala de ese don tan especial que poseía para llamar la atención de la vampiresa, quien alzó su mirada hacia él sin modificar su postura, sólo clavando esos ojos azules en él. ― ¿Hay algo que desees hacer? ― Inquirió tras una brevísima pausa silenciosa entre pregunta y respuesta. ― Tenemos tiempo de sobra. ― Lo alentó y, acto seguido, se acomodó en su silla, cambiando la posición de sus piernas. ― No te reprimas, Hunter, el papel de Van Helsing aquí no es otro más que saber que estás haciéndome compañía. Tú y yo sabemos que no deseas preguntar cosas que ya expliqué. ― Aunque no había definido el tiempo de espera, le hizo saber que la misión no requería atención inmediata, de modo que insistir en ello le resultaba impropio del siniestro, un disfraz para ocultar aquellas preguntas que, si bien no lo carcomían, no paraban de rondar su mente.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Sáb Feb 06, 2016 10:15 am

El silencio fue la recompensa de Helena a su respuesta sobre los humanos. Había muchas cosas en las que viviría en desacuerdo con una criatura como la que se hallaba delante de él pero la interpretación de Corso estaba muy lejos de la verdad que había atravesado la cabeza del rubio. No, no pensado que ella fuese capaz de mantener a los humanos como un rebaño como hacían muchas de su raza. Los sirvientes de sangre que pasaban sus días arrastrándose como trapos sin color hasta que agotaban la mercancía que los vampiros ansiaban. Había algo de dignidad en aquel cuerpo curvilíneo que convertía aquella costumbre entre los suyos en un juego al que, simplemente, no parecía rebajarse. Por eso no era grotesco considerarla su aliada en aquella misión pero tampoco podía confiar en que sus instintos de depredadora no alterasen su perspectiva durante ésta. No dejaba de ser lo que era, en algún momento le deslumbraría el carmín de la sangre y él no podía limitarse a esperar a que sucediese para reaccionar.
Sonaba fríamente práctica, algo que únicamente le sonsacó al rubio un asentimiento lento de cabeza, ya aposentado en la mesa, separado por ésta de la castaña. No habría pecado de jugar a fiarse en las acciones de la bestia escondida tras ese rostro pero ahora que se sabía seguro en lo que perdurase la misión, no tenía motivos para no descansar lo suficiente como para que llegada la hora no fracasase. Esa no era una opción viable, la diferencia es lo que le costase conseguir lo que Van Helsing exigía. Si su cuerpo podía recuperarse del rastro de veneno, al menos un poco más a cada minuto que pasaba, sería suficiente. Si hubiese sabido que detrás de aquel juego había mucho más de lo que él imaginaba, no habría dirigido así sus movimientos. No había dosificado su suerte con Corso por el mero hecho de que pensaba que era el único enfrentamiento que sucedería durante aquellas horas, al menos previsto, no era ingenuo y los siniestros no despertaban las simpatías de las gentes de Pandora como para pretender pasearse por Zárkaros sin ningún incidente.
No vaciló cuando vacío el contenido del vaso en su boca, el fuerte sabor apoderándose de ésta. Era la mejor forma de despertar sus sentidos aletargados por el antídoto suministrado, por la experiencia del veneno que aún hacia eco en sus miembros. Su mente cada vez menos nublada entrevió como estaba ante aquella mujer como el cazador, no como el hombre. Y aún así entre Drako Portgas y Hunter jamás habría diferencia, no una real. Quizá porque el mismo nunca se identificó como Hunter hasta que resultó útil y simplemente se acostumbró a ser conocido con aquel nombre. Era el mero hecho de ser práctico. No tenía especial relevancia como Helena, ahora Della, quisiese dirigirse a él. No duraría mucho aquella especie de tregua levantada por su titán. Se limitó a aceptar el "Hunter", brindándole su atención con una mirada de reojo. Todo el tiempo, aunque se escudase en que podía permitírselo, aún apartando de ella la vista siempre cubría esa falta algún otro sentido antes de que sos ojos acerados volviesen a ella.

-Es la primera vez que veo a un vampiro beber. -Una observación puntual, sin intentos de una conversación. No había compartido un exceso de momentos con la raza de la mujer, no fuera de sus encargos y en éstos ni una sola vez había sido trabajando mano a mano con uno de ellos como con Corso. En la mayoría de los casos, ninguno de los inmortales implicados así como tampoco él osarían dar un trago alcoholizado. No si no hablábamos de la ambrosía de los siniestros y aunque el líquido dorado descansaba en una cantimplora entre las pertenencias de Portgas, no confiaba en la influencia de ésta. Nunca lo haría en algo que no pudiese controlar al 100%, por eso aún continuaba ahí, a buen recaudo, solo usada en momentos cruciales.

Dos horas, tenía alrededor de una para reponerse. Solo se daría ese margen. La observó con el descaro del examinador, del guardián vigilante. Vio el movimiento de sus piernas antes de que fuese su voz la que se ganó su atención al completo. Era cierto, ninguna de las preguntas que había formulado en voz alta tenían que ver en absoluto con las que pugnaban por escapar de sus labios finos y cerrados. Porque simplemente no era el interrogatorio que le correspondía hacer, sin embargo la vampiresa estaba decidida a ponérselo en bandeja de plata. Y la habría rechazado, brindándole el silencio más sepulcral que hablaba de una realidad: no eran camaradas, no necesitaban conocer más allá de lo que trabajarían juntos. Solo eran unos negocios a los que el siniestro se había prestado en el nombre de los suyos porque era su responsabilidad sino nada les ataría el uno al otro, a esas alturas ni siquiera la misión que se había dispuesto el rubio a finalizar, al fin y al cabo, se había cumplido a sus espaldas y aunque no le entusiasmase, era el resultado el que importaba a ojos objetivos.

-¿Por qué tú, Della? -Cuestionó de pronto, rompiendo el silencio como si una daga afilada lo hubiese atravesado. Había todo tipo de criaturas ahí fuera, probablemente más decentes y, por supuesto, en las que sería más fácil depositar su confianza que en aquella mujer fría. Un guerrero alado siempre sería más confortante, por ejemplo, aunque no todos estuviesen al nivel que requería una circunstancia como la trata de humanos de Pandora. La castaña sacaría con ello sus propios beneficios, lo cual estaba bien, ¿pero porque Van Helsing había puesto en manos de alguien como la vampiresa sus servicios? ¿Qué la diferenciaba de cualquier otro que supiese moverse por aquellas calles en asuntos de negocios? Drako había visto matices que habían despertado cierta curiosidad, algo más quizá, pero un titán era más cuerdo que cualquiera de su ejército, por eso podía gobernarlos.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Feb 17, 2016 1:14 am

No todos lo hacen. ― Musitó como única respuesta, pese a que esa observación desataba al menos un par de líneas de conversación, una posible explicación a por qué era costumbre de pocos y quizá otra a por qué no había tenido la oportunidad de presenciar algo tan común entre mortales. De haberse decantado por dar pie a la segunda opción, no haría dicho nada en pos de resaltar esa desconfianza testaruda que opacaba al peón, sino en resaltar esas extrañas acciones que, de poseer la suficiente sensatez de apreciar, convertirían a cualquier alianza en algo interesante. Sin embargo, era la primera opción la que más captaba la atención de la inmortal, la que la incitaba a descubrir por qué motivo su raza se afanaba a seguir el mito de los vampiros que los mismos humanos habían creado. Era cierto que sus cuerpos inertes no sentían debilidad ni tenían necesidad de alimento, que consumir lo comestible no surtiría ningún efecto en ellos, sino que lo desecharían sin haberles dado utilidad alguna. Ni siquiera el vino o el licor les hacían caer en la somnolencia de la embriaguez, ni mucho menos servía para desconectar sus mentes del sufrimiento. El sabor, en cambio, parecía hacerse más agudo y difícil de tolerar a aquellos que eran capaces de recordar sus vidas mortales. Por eso para Helena el sabor del whisky o de la cerveza conservaba el rango de lo normal y encima le agradaba la sensación que le producían en la boca, ese ardor adictivo la categorizaban como una vampiresa humanizada. Y es que tampoco le interesaba seguir ningún mito, la vida como Nosferatu le resultaba insoportablemente tranquila, al punto de caer a un desgarrador abismo como una criatura enteramente perturbada. Tal vez por ello Helena se jactaba de su propia libertad, tal vez era esa la razón por la que detestaba pasar más de una hora en Bran, rodeada de cadáveres andantes, vitalizados por una energía extraña que parecía privarlos de toda consciencia. Para la inmortal, ser vampiresa no era más que encarnar un término que distinguía a una criatura a otra. Era tan humana como vampiresa, tan siniestra como su raza, tan bruja como el mito. Lo único importante era el dominio, el nombre sin palabras que iba adquiriendo entre la gente de Pandora. ― La mayoría cree que es nocivo. ― Añadió como una curiosidad antes de menguar el contenido de su vaso a través de un trago. Podía decirse que había cierta ironía en sus palabras, que compartía los pensamientos absurdos de su gente con un hombre que albergaba prejuicios contra todo. Drako (así lo llamaba dentro de su caótica mente) era un hombre difícil de descifrar, precisamente a causa de esa impenetrable cabeza de ideas claras y limitadas acerca del pequeño mundo que conformaba Pandora. Había sido entrenado como un guerrero y como un cazador, era tan diestro en el campo de batalla que las estrategias parecían llegar a él por sí solas, pero un hombre así, por más fuerte que fuese, es incapaz de valerse por sí mismo, de progresar sin que Van Helsing padre estuviese ahí para bendecir sus hazañas o a sus aliados. Era un hombre listo, pero muy tonto.  

Guardó profundo silencio ante la pregunta esperada del siniestro, no para adecuar una respuesta dentro de su mente, sino para encontrar en el rostro ajeno aquello que indujo a la vampiresa a permitirle formular tantas preguntas quisiera, aquello en el rubio que la disponía a responder cualquier cosa. ― No puedo decirte por qué tu titán decidió otorgarme el privilegio de llevar a cabo ciertas misiones, porque no ha sido él quien tomó la decisión. Esta misión tampoco ha sido obra suya ni fue su preocupación lo que me indujo a tomar cartas sobre el asunto. Siempre tuve la impresión de que tratar con un titán era imposible, que alguien como yo, que perseguía a los siniestros como un deporte, no podría prestar servicios a alguien como Van Helsing por una simple cuestión de intereses. Hasta que lazó una convocatoria para una misión, la misma de la que te hablé camino a Bran. Tampoco en esa ocasión nos escogió personalmente; cada integrante tuvo que decidir por cuenta si participar o no. Las oportunidades son algo crucial para la supervivencia en Pandora y tomar la correcta presenta beneficios a largo plazo, y mi beneficio ha sido la libertad de abrirme paso entre los tuyos y hacer cuanto desee. Incluso tú, Hunter, estás aquí porque yo lo decidí. ― Finalizó y, con algo de suerte, no habría necesidad alguna de explicar que Van Helsing tampoco lo había enviado a aquella misión para asegurar el éxito ni bajo cualquier otra justificación. Helena pidió expresamente a Drako Portgas como compañero temporal, eligiéndolo a él únicamente de entre todos los siniestros que pudieron haber sido útiles.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Sáb Feb 27, 2016 4:36 am

La acerada mirada de Portgas seguía cada movimiento felino y femenino de esa mujer que debería yacer inmóvil bajo las tierras duras de Pandora, quizá nunca debió haber llegado a ésta y el día en que alguien clavó los colmillos en la curva sensual de su cuello haber quedado desterrada a otro mundo muy diferente al que se encontraban ambos ahora, debió abrir sus brazos a la muerte y no sobrevivir en una pseudo vida que la obligaba a ser un monstruo. Era inevitable, estaba escrito en su naturaleza con tinta indeleble. Drako y Helena nunca debieron compartir aquel trago, ningún beso mortífero y destinado a sellar sus fuerzas, tampoco ninguna misión si la vampiresa hubiese hecho lo correcto y más digno el día en el que fue convertida. Sabía que aguantar hasta el final una conversión era duro y la mayoría de las veces desencadenaba a un final fatal. Para el siniestro ese era el que se encontraba frente a él, para muchos otros significaba sentir su último latido. El rubio prefería eso. Uno tenía que saber cuando era el momento, aceptar dejar aquel mundo. Van Helsing les mostraba como vivir, también como morir. Tampoco podía culparla por no ir en el camino correcto y ser lo que hoy era, porque su cuerpo decidiese soportar el peso de la inmortalidad antes que dejarse abrazar por la fría parca.

Los derroteros de sus pensamientos no se mostraron en su forma de mirarla, tan imperturbable como siempre, aún cuando llegó a una helada conclusión. Casi podría lamentar, retorcidamente, no haberla conocido. Mientras vaciaba el vaso de la manera más humana sobre la faz de la Tierra, otorgándose la seguridad de la adulta que piensa que el resto de los suyos solo son unos niños que apenas saben lo que es jugar con fuego. El mismo que probablemente terminaría quemándola a ella, la diferencia es que su pragmatismo la protegía, la frialdad de sus propias manos extinguirían la llama su su cabeza lo calculaba lo suficientemente bien. Había muchos monstruos en Pandora, Drako sabía Corso era peligra solo porque aún no había decidido aprovechar el veneno para matarle, antes y después de aquel encuentro. Sí, él sabría enfrentarse a ella, había recibido el entrenamiento adecuado pero que no se dejase llevar por los instintos más primarios de su raza y su naturaleza, era más letal que cualquier acceso de salvajismo que pudiese tener. Ni siquiera en mitad de su pelea en la nieve había mostrado la desesperación tintando sus ojos azules, ese resquebrajamiento de su imagen de perfección humana que la conciliaría con la muerte antes o después por precipitarse ella sola. Era un motivo muy distinto para desconfiar de ella muy diferente al que blandía para hacerlo de las otras criaturas.

Desvió las orbes claras hacia otro lado, yendo hacia la ventana si bien sus sentidos continuaban siguiendo cada susurro de las prendas de la castaña, la voz que escapaba de aquellos labios llenos. Van Helsing no estaba relacionado con aquello, si bien tenía su aceptación para aquel encuentro. Pasando por alto el quejido sutil de sus miembros cuando endureció su cuerpo, Hunter se levantó, olvidando el vaso sobre la mesa. Solía apoyar la parte de quedarse inmóvil para demostrar hasta que punto tenía manejada la situación y funcionaba, pero aquella vez fue un alarde más para si mismo que para la vampiresa de que el veneno había dejado de surtir su efecto. Que fuesen camaradas durante unas horas no quería decir que cuando acabasen no volverían a ser rivales, los puntos más débiles aunque ambos supiesen que existían, no debían ser puestos boca arriba como cartas. Aunque al rubio le pareciese cuanto menos estúpido si tenías unos ojos observadores, bien era cierto: la mejor forma de parecer invulnerable era fingir que nada podía afectarte lo suficiente. No era jactarse, era psicología básica y demostrada.

-¿Por qué yo? -Expresó de nuevo, cambiando de persona, guiando de nuevo su mirada hacia el rostro helado de la vampiresa. Lo cuestionó con una voz neutral, no casual. Exigía explicaciones si bien sabía que en realidad no tenían ninguna relevancia más allá que vaga curiosidad porque no serviría para que decidiese, haría lo que debía y era llevar a cabo aquella misión, con la alianza temporal de Della u otra criatura, eso no variaba.
Se sentó de nuevo, esta vez en el borde de la cama, inclinándose pensativamente hacia delante, codos sobre sus piernas con la curva de su espalda en una posición felina, el mentón entre sus manos que entrelazaban los dedos y los ojos clavados como cuchillas frías en la vampiresa. Aquella mujer iba por un paso delante de él, no jugaba de frente ni él esperaba que lo hiciese pero estaba claro que mientras el rubio era un mapa de claras intenciones, ella no.

-No sabía que te interesase tanto el control de mi especie. -Claro que si, significaba poder y supervivencia y precisamente era lo que la vampiresa respiraba por cada poro de su piel, así que aquel si fue un comentario de lo más elocuente y si hubiese habido una sonrisa por su parte, el sarcasmo habría aparecido con un matiz más fuerte. De momento no trató de desenmarañar como Van Helsing había permitido aquello, tendría sus motivos incuestionables y no era el momento de plantearse aquello cuando había tanto en lo que pensar en presente. En su región tendría tiempo para indagar más, si es que se lo permitía a si mismo, algo improbable.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Mar 03, 2016 12:04 am

No se había percatado, hasta ese momento, cuál era la fuente de luz que mantenía visibles los objetos de la habitación. La ventana que daba al mar había permitido que los últimos rayos del sol bañaran la estancia con sutiles tonalidades amarillas hasta que, una vez oculto el astro, no hubo más que sombras azules tiñendo el perfil de la vampiresa y delineando las duras facciones del siniestro. Sin embargo, cuando la mujer cerró el paso de luz, los destellos tintineantes de la lámpara que colgaba solitaria en el techo volvieron a pintar la habituación de suaves tonos cálidos. Tal vez esas pequeñas y desgastadas velas que se consumían en la lámpara habían sido encendidas al mismo tiempo en el que fueron removidos los cuerpos inertes de los comerciantes. Y, tal vez, no había reparado en ello si Drako no hubiese abandonado su lugar frente a ella para tomar asiento en la cama. Los movimientos del hombre, aunque exiguamente entorpecidos por los últimos efectos del veneno, comenzaban a adquirir naturalidad, como si buscara fundirse inconscientemente con su entorno, mezclarse con la retorcida tranquilidad que rodeaba a la castaña. El dramatismo de una pregunta sin tono armonizó con el silencio ocasional, sin atentar en lo más mínimo contra esa realidad que Corso consideraba como más delicada que una duermevela.

Pese a que ella misma le había atribuido un papel especial en sus planes, expresar qué la había hecho escogerlo era complicado. Dar una respuesta simple exigía entrar a una parte de sus pensamientos que desatendía, pero que jamás ignoraba, implicaba invadir el lado más simple y despreocupado de la vampiresa.

Helena era una mujer enrevesadamente práctica. Se basaba en la utilidad de sus recursos, de aquellas criaturas de las que podía obtener algún servicio o ventaja, sin embargo, el tiempo no jugaba un papel crucial en sus planes. El tiempo lo medía ella y lo dejaba actuar según lo previera. Y era precisamente por ello que la puntualidad le resultaba una virtud más valiosa que cualquier otra. Había, naturalmente, casos especiales, casos en los que ella se limitaba a observar y otros en donde una simple interacción bastaba para desatar el caos en una mente desafortunada. Drako era uno de esos casos. Una mente tan cerrada como aquella estallaría se pondría a andar en dirección contraria una vez la semilla de la duda, implantada en sus pensamientos, germinara.

Lo contempló, por segunda ocasión, durante un par de segundos. Tal vez fue más tiempo. Tal vez fueron tres o cuatro sexagésimas partes de un minuto que lo estudió, que trató de discernir cada detalle de ese rostro viril y mesurado, la piel lisa de sus pómulos que la llevaba finalmente a la perdición a través de esa profunda mirada glacial y, posteriormente, la retornaban al sendero invisible por el que deslizaba la vista. Entonces recordó su propio rostro, sintió su misma piel dibujando la expresión habitual con la que siempre se le había conocido, como si su rostro fuera el resultado del asiduo análisis al rostro de Portgas, como si cuerpo buscara reconquistarse y evitar una mímesis.

No tengo ningún motivo especial. ― Respondió. Ni siquiera cuando solicitó los servicios del siniestro conocía su nombre. Él era una simple casualidad, un comodín que Pandora depositó ante ella en bandeja de plata. Una oportunidad, una puerta a medio abrir.

Se levantó sin ningún preámbulo, como un fantasma que se detesta inactivo, con la absoluta y habitual fluidez en sus movimientos bien medidos y cautelosos. Su objetivo no fue incordiar al siniestro que aún pertenecía sentado al borde de la cama, sino la ventana. Abrió las puertecillas de par en par, con el mismo movimiento ceremonioso con el que las había cerrado. ― No les des tanto crédito. Tal vez sean parte de, pero no son mi objetivo. ― Musitó ante el comentario de Hunter sin ninguna pena o burla que restara veracidad a sus palabras. Dedicó unos instantes a escudriñar el horizonte en silencio, deseosa de que la súbita tranquilidad del piso inferior se debiera a la prematura llegada del barco que daría inicio a la misión tan pronto tocara puerto. ― ¿Cómo te sientes? ― Inquirió de súbito, no porque estuviese preocupada por su compañero temporal sino para alertarlo. El bergantín apenas alcanzaba a dibujarse en la lejanía, el ojo humano jamás habría sido capaz de distinguirlo desde tal distancia sin la ayuda de algún aparato. A lo mucho, tendrían que esperar una hora más y no dos como lo había previsto.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Lun Mar 14, 2016 2:36 pm

Las palabras de Helena podrían ser ciertas, podía haberle escogido por todo o por nada. Independientemente de porque, no lo compartiría abiertamente con él y suponía que en realidad la diferencia que marcaba que fuese Hunter el que había saboreado el veneno de sus labios era que había sido el encomendado y bautizado como su cazador en su primer encuentro. Eso lo comprendía, más a aquellas alturas tras estudiar la figura e identidad de Helena Della Corso sabía que apenas estaba rozando el borde de los entresijos de su mente astuta. Pero no le atañía al fin y al cabo aquello que no tuviese que ver con su nueva misión y si tenía que descubrir algo, no sería de los labios carnosos de la mujer.

Su instinto inherente de lobero hizo que siguiese a la criatura inhumana por la habitación, el contraste de la alerta adivinándose en las profundidades de sus pupilas con la falta de tensión de su cuerpo. Se sabía a salvo, sí, pero no confiaría en Della aún denominándose aliada suya por unas horas. No porque no creyese en el tratado que les había vinculado la palabra de su propio titán en la carta sino por el simple motivo de que eso no sería propio de la naturaleza del siniestro.
La luna creciente saludó desde el firmamento oscurecido, la piel mortalmente blanca de la vampiresa destacando aún más en la penumbra de la noche. Hunter no tuvo la potestad para apartar su mirada de ella. Conocía lo suficiente a Helena para saber su desenvoltura tratando con los enemigos pero no hasta que punto podría trabajar mano a mano con él. No era la primera vez que su bando hacia migas por X motivo con otro tipo de especie pero no todas estaban hechas para eso. Corso destilaba independencia por cada poro de su piel, no dudaba en que sobreviviría a la noche habiendo sido su oponente pero su precio como socia aún estaba en el aire. Solo podía apostar porque fuese tan pragmática como aparentaba sin excusas.
Mientras sus pensamientos trazaban fríamente aquellas especulaciones, no se auto alentó para renovar sus preguntas. No iba a obtener una respuesta si preguntaba por el objetivo porque aquella mujer no era ninguna necia como para exponer como una niña un dibujo de sus planes ante él. Aunque Drako juraría despreocupada y firmemente que podía tener la terquedad de una después del episodio anterior que habían compartido en la historia de Pandora y sus encuentros.

-Capacitado. -Se limitó a pronunciar. Ella sabría tan bien como él que no estaba respuesto en plenas facultades pero sí para enfrentarse a lo que tenían por delante, pues si no estuviese preparado no se lanzaría al vacío solo como una carga. Sería inútil para alguien cuya visión se basaba en los triunfos que patrocinar a su propia raza junto a lo que éstos significaban. Hunter era consciente de que podría salir adelante ahí fuera porque estaba curtido como un cuero ya expuesto al tiempo que llevaba en aquellas tierras y su formación. Sabía sus límites y hasta donde podría sobrepasarlos en caso de ser necesario, fuese cual fuese el precio. Como si éste suponía ser su vida.
Se impulsó para levantarse, su cuerpo sintiéndose como suyo como no lo había percibido desde hacía varios minutos que saboreó a la castaña. Estiró discretamente sus brazos, movió su cabeza de lado a lado provocando que las vertebras se quejaran pero aquel era el eco de un dolor sordo en comparación a los calambrazos que había sufrido antes. Era suficiente aquel descanso, ya había aprovechado el tiempo lo suficiente allí.

-Presupongo que tendremos que movilizarnos antes al puerto y prepararnos para recibir a nuestros invitados, Della. -La cortesía se apoderó de sus palabras, girándose hacia la puerta mientras echaba un vistazo a su alrededor, como si fuese un simple mortal después de pasar las horas bajo las sábanas con una mujer y estuviese asegurándose de que no había ninguna prenda que marcarse su pecado a juego con el suelo. Abrió la puerta y cruzó el umbral, dirigiéndose hacia las mismas escaleras que le había visto subir, en seguida ganándose la subrepticia atención de la gente que se aglomeraba allí. Probablemente no apostaron a que Hunter saliese de allí vivo, no si lo hacia también Helena.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Mar 23, 2016 10:47 pm

Sentía el peso de los movimientos ajenos como si en las venas del hombre corrieran imanes y toda ella fuese de metal con esa evidente falta de vida en su piel y sus movimientos controlados sobremanera, con esa forma con la que se desplazaba de un lugar a otro. Incluso la sensualidad en el contoneo de sus caderas estaba tan impregnado  en ella que no necesitaba proponerse la seducción para llevarla a cabo. Ella lo sabía bien debido a la manera en la que el siniestro vigilaba su caminar, gracias a ese nuevo matiz descubierto en él, mismo que la obligaba a tomar precauciones distintas. Era una nueva forma de delirio, ya que conocía bien la sensación de magnetismo más no lograba descubrir su origen ni porqué la invitaba a perderse en el paisaje que Zárkaros le ofrecía. Se trataba del remedio más simple y eficaz para distraerse, la infalible, la única que no implicaba la autodestrucción de sí misma. La suave brisa que comenzaba a desplegarse sobre la región se colaba por la ventana, envolviendo celosamente a la inmortal y atrayéndola al exterior en un suave canto egoísta, como si supiera tan bien como Della sus intenciones para con el siniestro, como si quisiera disfrazar sus temores pintándolo como un hombre altamente peligroso.  Al igual que Drako, una parte de Helena deseaba conocerlo como aliado, aproximarlo cada vez más a su propio mundo hasta adulterar su férrea lealtad. “Abrirle los ojos”, como ella prefería llamarlo cuando su propia mente buscaba hacerle conversación al respecto. Sus hombres no sabían nada de él. De hecho, Corso apostaba a que los más cercanos a ella llegarían con preguntas o, simplemente, la mirarían con mayor temor al saber que su ambición comenzaba a invadir Heindel. “¿Quién más sigue? ¿A quién más hay que pervertir?”. Tal vez jamás llegarían a la conclusión de que ella sólo lo buscaba a él, que ella juraba que sólo un hombre bastaba para voltear una nación entera. Sin embargo, la ambición de Corso no demandaba tener toda Heindel a sus pies, sino una manera de infiltrarse por pura conveniencia y comodidad, una manera de volverse completamente inmune a los perros de Van Helsing y darse al fin una existencia tranquila. Esa criatura mortífera había tenido suficiente del mundo, no deseaba que se volvieran a tomar decisiones en su nombre, deseaba superar la debilidad que suponía la falta de memoria y la amenaza de su propia raza.

Se viró sutilmente ante la respuesta de su acompañante. No podía estar satisfecha por aquellas palabras, no le bastaba saber que se consideraba apto para trabajar. No obstante, se dio por bien servida. El tiempo que requería llegar al puerto seguramente haría su trabajo. Además, el rubio demostró ser dueño de su propio cuerpo y muy seguramente se forzaría a sí mismo a recuperarse por completo. Y, en efecto, presenció un renovado intento por parte de su acompañante por demostrar que su cuerpo estaba en tan buenas condiciones como aparentaba*. Estaba tan fresco como si jamás hubiera existido hostilidad entre ellos, como si su presencia en la taberna fuera producto de actividades distintas a las que se traían entre manos.

Se limitó a asentir. Seguramente los atlantes se encargarían de arrastrar el navío hasta la costa y reducir considerablemente el tiempo de arribo. Los navegantes en Zárkaros siempre se habían manejado así gracias a la libertad que Pandora otorgaba a sus habitantes para explotar ventajosamente todas y cada una de sus habilidades. De modo que sí, tanto Drako como ella debían abandonar la habitación de una vez. Vio al siniestro abrirse paso confiadamente y salir con una actitud completamente distinta a la que había llegado al territorio de la inmortal. Sin más motivos para aplazar la misión, Helena torció una sonrisa antes de disponerse a seguirlo, aunque se deshizo de aquel gesto antes de que alguien pudiese ser testigo de ello.

Una vez en el piso inferior, recuperó su sombrero; el vampiro al que lo había cedido aún continuaba sentado en el mismo lugar, como si el tiempo invertido con el siniestro no hubiera sido más que un par de minutos. No detuvo sus pasos en ningún momento, ella continuó andando en dirección a la puerta principal del local a fin de comenzar con la misión sin más preámbulos. El barista ya no estaba tras la barra y faltaban unas cuantas figuras  que siempre adornaban las mesas de la taberna, lo que le aseguró a la adepta que ya estaba todo listo para comenzar. ― Tenemos el camino libre para interceptar el barco antes de que toque puerto, ― Anunció una vez ambos se encontraban bajo la luz tenue y azul de la luna, a un par de minutos de su destino, según el paso que llevaban ― pero cuento con la puntualidad de los compradores, por lo que debemos ajustarnos al tiempo de navegación. ― Finalizó, consciente de que los tiempos comenzaban a acortarse de manera imprevista. Pronto los edificios les abrieron paso y divisaron la cosa, el navío surcando el mar a una distancia considerable mientras que la proa partía el acumulado de humedad que cubría la superficie del agua. Sin duda, aquella niebla les ayudaría a pasar inadvertidos en lo que las balsas que los esperaban los conducían al bergantín. Al final del enfrentamiento que tendría lugar en el barco, Drako y Helena debían descender del navío como si hubieran sido los dueños desde siempre.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Dom Mar 27, 2016 6:22 pm

El trabajo se acumulaba y del reloj de arena cada vez caían más granos, más rápido. Portgas nunca fue un hombre dado a la improvisación pese a que debía lidiar y convivir con ella día tras día. Nadie podía prever el futuro ni como se desencadenarían las misiones a las que era destinado pero tras recaudar toda la información posible, no solía dar margen de decepción a como su mente había trazado la trayectoria del plan inicial. Pero cuando los monstruos asaltaban el camino inesperadamente, cuando una pieza dejaba de encajar... la diferencia entre la vida y la muerte era la rapidez de volver a armar la búsqueda del objetivo de la forma más eficaz con el nuevo elemento, ya fuese bueno o malo. Aunque éste tuviese un rostro como el de Helena Corso.

Los ojos del siniestro, duros e inexpresivos como un pedazo de acero, no permitieron dilucidar si algo marchaba mal en él, si lo había estado hacía unos escasos minutos por el beso venenoso de su compañera y se limitaron a examinar su entorno. Nada parecía haber cambiado dentro de aquella taberna pero todo lo había hecho. Un cambio de perspectiva, así de simple, Hunter no era un enemigo allí. Era muy consciente de que cualquiera de los presentes podría desear verle exhalar su último suspiro por el mero hecho de ostentar el poder de una raza que los rechazaba pero él ya no sacaría nada en pelear con ninguno de ellos, ni siquiera alcanzar su objetivo, porque este había cambiado. La vampiresa seguía en su punto de mira, a un nivel más estricto que cualquiera de ellos, pero las prioridades eran distintas y había una alianza de por medio a la que honrar.
Estudió de una forma vaga la ausencia de algunos de las criaturas que antes habían convertido la taberna en un lugar concurrido, alistándolo en su mente antes de franquear la salida. Eran cabos que si bien podían resultar prescindibles, la experiencia le decía al cazador que nunca dejase escapar esos detalles. Ya ni siquiera era consciente de que recogía aquella información, manteniéndola como tablas de madera a la deriva en el mar frío y calmo que componían sus pensamientos.

-Apenas treinta minutos. -Dedujo en un cálculo aproximado entre pasos rápidos y silenciosos, atisbando la sombra recortada del navío, visible apenas entre la bruma que se había levantado para acompañarles en su misión. A aquellas alturas el tiempo jugaba en su contra. Introducirse en el bergantín sin llamar la atención y silenciar a sus marines era un tema suave de tratar... siempre que se quisiese conservar vivos a sus ocupantes- ¿Eres consciente de la tripulación que hay a bordo? -Si eran únicamente ellos, contando con el factor sorpresa, contarían con cierta ventaja que se vería acosada y empobrecida en la flota se encontraban guerreros. Y para navegar ahí como mínimo debían contar con diez criaturas más los guardias sumados a la vigilancia de la mercancía. Solo con ese pensamiento, Hunter sabía que estaba siendo extremadamente positivo. La realidad es que no importaban: cumplirían la misión a la que habían sido encomendados. Él lo haría.

Su rostro pensativo no se marcó en demasía en sus facciones, manteniéndose con esa neutralidad estoica que lo caracterizaba mientras se dejaba caer ágil y limpiamente en el suelo del bote, moviéndose al compás de la suavidad de las olas. Quizá el único acto que delató hasta que punto su mente estaba trazando los siguientes movimientos que realizarían en alta mar fue que estiró su brazo, de una manera que bien podría tacharse de gentil aunque su aspecto no podría ser más implacable bajo la luz escasa del satélite que los lobos veneraban, para ayudarla a encaramarse en la balsa como si fuese la delicada dama que realmente podría fingir que ser cuando no te observaba con aquel brillo astuto e indiferente cincelado en la profundidad de aquella mirada azulada, cuando no te sentenciaba replegando los labios seductores a cambio de unas afiladas y mortales armas, cuando caminaba bajo el sol como si su existencia estuviese permitida ante los ojos de los mortales sin llevarles la muerte.
Le dio la espalda para alejarse del puerto con un impulso de su propio pie, alejando la pequeña embarcación de tierra para lanzarse a la oscuridad en la que se había convertido el agua debajo de ellos.

-Uno de nosotros podría abordar por sotavento, aprovechando que no seremos vistos con facilidad. -Habló, apoyándose ahora en el borde de la balsa, inclinado ligeramente hacia delante en una posición felina y atenta- Engancharse al tangón y afrontar con el factor de sorpresa a los que estén en proa. Hay que impedir que el vigía de la voz de alarma. -Mencionó y miró entonces directamente a la mujer- Hacer sonar un silbato para avisarle del cambio de turno y hacerle bajar para asegurarse de su silencio nos dará ventaja para internarnos después a por el resto sin convertirlo en una guerra. -Sería más efectivo sin despertar alertas. Tras acabar con los primeros sin hacer ruido, seguir con el vigía y luego continuar la ruta era lo más sensato que Portgas tenía en mente si la vampiresa no había adelantado esa parte del plan. Lo cual sería conveniente, porque una voz de alarma podría volver todo en contra de ellos y convertir aquello en una batalla campal encerrados en un barco. Y aquella era solo la primera parte.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Mar 31, 2016 12:04 am

Treinta minutos. Media hora. La mente de la vampiresa no se decidía, podía jactarse o podía preocuparse, podía modificar los planes a fin de ahorrar todo el tiempo posible, o podía confiar en que la valía del siniestro le aseguraba un buen número en el cronómetro. Treinta minutos era demasiado optimista. Quince minutos estaba mejor. Tenían que limpiar el bergantín en la mitad de tiempo y emplear el resto en la liberación de los humanos y en llegar con buen tiempo al almacén para interceptar a los compradores. Planearlo había hecho que todo pareciera fácil, de ejecución rápida como la mayoría de las misiones que había realizado, pero esta vez el tiempo lo complicaba. Su cabeza tenía que maquinar un plan de contingencia, imaginarse los roles de la tripulación así como su posición y trazar una línea de ataque a fin de lograr su objetivo de la manera más sigilosa posible, no tanto para facilitarse las cosas, sino para no levantar sospechas en la costa. Menos mal que un bergantín era menos problemático que una fragata, de lo contrario se habrían visto obligados a encargarse de al menos veinte navegantes en cubierta más los que se encontraban en otros niveles.

Asintió con el ceño levemente fruncido. ― Estamos hablando de 37 personas, contando al segundo oficial y al capitán del navío. ― Compartió con el rubio según lo dicho por los mercantes. No podía asegurar que las mismas personas que partieron meses atrás eran, en número, las mismas que regresarían y tampoco conocía el número exacto de los humanos que traerían a bordo. Un aproximado no le servía mucho, especialmente cuando, riesgosamente le aseguraron lo probable que era el haber sobrevendido las plazas, ya que había altas probabilidades de que la mercancía falleciera en pleno viaje. La planta inferior del navío no prometía mucho espacio para mantener a esa cantidad de personas más otras tantas prisioneras. Por otra parte, el número de enemigos por neutralizar resultaba un consuelo a causa de su compañero. Deshacerse de esa cantidad de criaturas con el tiempo contado y sin crear el más mínimo alboroto no sería sencillo de haber contado con sus propias habilidades y con la ayuda de sus hombres, que en realidad apenas comenzaban a habituarse al estilo de vida de Corso.

En ese punto de la playa, la luz era distinta. Las figuras tanto del siniestro como de la vampiresa sólo recibían el vago reflejo de luz que proyectaba la luna, habiendo dejado atrás la iluminación de la ciudad del puerto. Aquello era buen indicio si además la bruma protegería su navegación, aunque también afectaría la visión de la mujer, que esperaba contar a la tripulación que aguardaba en cubierta.

Aceptó la ayuda del siniestro para subir al bote, mas no se dejó sorprender por la naturaleza del gesto, no había tiempo para aquello y prefería no gastar sus pensamientos en algo que no fuese la misión.  Su mente estaba ya demasiado ocupada bocetando un mapa del navío en su cabeza, imaginando las posiciones de la tripulación y en el modo de abarcar el mayor terreno posible entre los dos. Así que, una vez en el bote, se acomodó y se dispuso a compartir opiniones con Portgas. Las propuestas que él ofrecía no distaban mucho de lo ya imaginado por la mujer, salvo un detalle. ― A estas alturas del trayecto no hay razón para hacer cambio de turno. Sin embargo, uno de nosotros puede encargarse, como dices, de subir y neutralizar a la tripulación en cubierta, mientras que el otro escala por las jarcias hasta las tablas, donde seguramente están los vigías, y después descender hasta la cubierta de popa. ― A juzgar por las palabras del siniestro, la inmortal estaba segura de que era consciente de algo: los vigías se encontraban en las tablas de jarcias de los mástiles y un bergantín contaba con dos, de modo que había doble riesgo de ser avistados, así como era altamente probable que los vigías, antes de sonar la alarma, usen sus armas, generalmente de fuego.  ― De esa manera podremos limpiar la cubierta proa a popa y nos será más sencillo descender al nivel inferior para terminar con el resto y liberar a los prisioneros. ― El tiempo de planeación estaba por agotarse, ambos debían tomar decisiones pronto sin dejar nada al azar y sin sucumbir a la presión. ― Una bomba de humo sobre la cubierta de popa podría generar distracciones y podría funcionar como una señal para ponernos manos a la obra. ― Tan pronto estuvieron a la altura del navío, la vampiresa se alzó a fin de frenar el bote al sujetarse de una saliente.  A partir de ese momento estaban contra reloj, cada uno debía ponerse en marcha, aguardar por la señal del otro y actuar tan rápido como fuese posible para ganar el mayor tiempo posible. El éxito del enfrentamiento a cubierta determinaría el éxito de la misión.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Drako Portgas el Lun Abr 11, 2016 5:11 am

Treinta y siete. La mayoría bajo los tablones de proa, aprovechando la noche para dormitar con la influencia del bamboleo de las olas y otros tanto vigilantes y listos para avisar al resto del desembarque. Sus oportunidades del factor sorpresa se reducían drásticamente a cada minuto que pasaba. Debían ponerse en movimiento antes de que otro par de ojos se abriesen y pudiesen vislumbrarles. Portgas tenía claro el resultado en su cabeza, no tenía cabida otro desenlace, la diferencia solo radicaba en un matiz: la discreción para la segunda parte de la misión una vez desembarcasen.
Permaneció sin pronunciarse  ante su observación del cambio de turno. Quizá no había motivo, pero si soplabas el silbato y descendía pensando que había algún altercado o que simplemente necesitasen su ayuda en el desembarco. El único motivo por el que a esas alturas mantenían el vigia era por, precisamente, la vampiresa y él y lo que ambos representaban. No había otra razón para que tan cerca de tierra se mantuviese erguido en su puesto ese hombre salvo que la carga que llevaban era lo suficientemente importante para no escatimar en la hora de mostrar prudencia.
Desde la distancia donde se hallaban, fijó la vista en los aparejos mientras sus sombras se habían más nítidas a medida que su bote surcaba el agua abriéndose paso hacia la gran embarcación. Desde ahí no podía vislumbrar si había alguna figura en la cubierta. No lo necesitó para saber que probablemente una minoría de esos treinta y siete. Prefería enfrentarlos entre los camarotes y los recorridos que se escondían en las entrañas del bergantín que ahí arriba, al descubierto. Más que nada porque el factor sorpresa siempre daba más juego sobre todo cuando desconocías a que clase de criaturas podías enfrentarte. Aunque Helena contase con todas las cualidades de su especie y él estuviese entrenado hasta la saciedad que mostraba las cicatrices escondidas en su cuerpo, no sabía si entre sus oponentes habría alguien que pudiese jugar con equivalencia a la hora de medir sus habilidades de combate.

-En ese caso, el primer objetivo son los vigías. -Determinó en un rápido resumen. Sus manos fueron al cinturón que se ceñía en su cintura, bajo la prenda oscura semejante a una túnica que servía con su capucha para sumir en sombras parte del gesto del siniestro. Cedió una de sus bombas de gas a la castaña, dejando caer una en su fría mano, apenas una pelota que eclosionaba en contacto con el suelo- Lánzala desde las jarcias. -Lo dijo por inercia, como si el humo pudiese confundir los sentidos de aquella mujer. Por la amplitud de la cubierta, él lo haría así desde su posición con la diferencia de que si portaría en su rostro una máscara que cubriría la mitad de éste, ocultando su identidad aparte de no exponerle ante el gas- Una vez el humo se haya apoderado de la cubierta, nos reunimos en ésta y la limpiamos. El espacio es una palabra creada por alguien que le temía a estar cerca. -La miró de soslayo, acomodando lo que era en realidad un paño con un pequeño filtro que ató en su nuca para después colocarse la capucha antes de hacerle un gesto a la vampiresa y por fin hacer lo que les había traído hasta aquí. Solo le lanzó una larga mirada antes de que su pie se hincase en el leve hundimiento de la madera del casco en unas socorridas y casi imperceptibles escaleras. Subió con rapidez, aferrándose con fuerza y cuidado ante su soporte humedecido antes de que sus manos se afianzasen en el borde y asomase la cabeza. Distinguió varias figuras en la cubierta, la mayoría reunidas en un corro y armando algo de jolgorio, las restantes se hallaban los jardines de popa manejando el timón o mirando a través de un catalejo la distancia que los separaba de tierra. Drako mantuvo ojo avizor en las manos que trabajaban tirando de las cuerdas, propinando más velocidad a las velas, y aún así aprovechó que estaban ocupados para ascender por las jarcias, usando de asidero las cuerdas para ser una sombra rápida hacia el punto donde se hallaba el vigía destinado a él. Se quedó un momento inmóvil cuando le pareció que unos ojos se dirigían hacia él. Falsa alarma, pues esa mirada curtida en el mar tras apenas estrecharse en su dirección volvió a bajar suponiendo que era uno de sus camaradas cuando volvió a desviar el rostro y se centró en los dados sabiéndose ganador de un número que le hizo obtener una brillante daga cuya pérdida alguien lamentó.  Hunter se afianzó en su posición. No hubo ceremonias cuando se encontró con el vigía, no le dio tiempo a dar la alarma solamente porque las manos del rubio fueron mucho más rápidas, torciendo su cuello hasta romperlo en un movimiento veloz que le hizo derribarse a sus pies, sin vida. No solo la vampiresa fue la mensajera de la muerte en aquella ocasión.
Los ojos de Drako otearon entre la oscuridad, buscando la figura familiar y femenina de la vampiresa en el mástil opuesto mientras sostenía firmemente una de las bombas de humo, dispuesto a lanzarla en menos de los treinta segundos que se había propuesto esperar.




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Re: Noirceur et mort ◊ Drako

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Abr 17, 2016 2:43 am

Asintió a las palabras del siniestro y apartó la mirada de él a fin de enfocarse en el costado del barco. Daba por hecho que su trabajo se encontraba en la cubierta de popa, donde los oficiales y el capitán se reunían tras el timón esperando completar los últimos minutos del viaje. Independientemente si estos hombres habían alcanzado tal rango por experiencia o por fuerza, a Corso le correspondía neutralizarlos y gozar del tiempo suficiente para colarse al camarote del capitán. Van Helsing había mostrado particular interés en una de las pertenencias del capitán, seguramente la única condición que este pusiera para permitirle trabajar codo a codo con Portgas y para aniquilar a sus esbirros en caso de que éstos tuvieran parte en aquella permuta. Y ciertamente la vampiresa no tenía nada que perder. Se consideraba incluso afortunada de que el titán accediera a descontar de sus filas a unos cuantos siniestros a cambio de un pequeño objeto, pues Van Helsing siempre se había resistido a la idea de controlar a su propia raza, a aquellos que le fueron de suma utilidad a la hora de crear Pandora y dar orden a la isla en sus inicios. No obstante, ambos eran conscientes de que el propósito original de traer a los humanos a la región no era a fin de que pudieran distribuirse entre las razas como si fueran pedazos de carne, por lo que era preciso hacer cumplir la ley que él mismo, junto con otros titanes, habían estipulado y ese mismo ideal que Portgas parecía perseguir a todo momento.

Los vigías, por su parte, prometían ser presa fácil, especialmente porque a cada uno le tocaría  ascender por las jarcias y matar a los dos vigías que, al igual que su capitán, esperaban en sus guardias enteramente confiados de que, dada la cercanía de la costa, el viaje concluiría sin ningún percance. Pero más que deshacerse de aquel riesgo indeseable, sus primeros dos objetivos se encontraban en un lugar privilegiado para el estratega, puesto que su posición en la tabla de jarcias les permitiría conocer de manera más certera a cuántos tripulantes debían neutralizar y saber, aproximadamente, cuánto tiempo les tomaría limpiar la cubierta. Volvió a centrar su atención en el siniestro, segundos antes de que éste decidiera compartir con la inmortal una de sus bombas. ― Lo haré. ― Aseveró al tiempo que guardaba la bomba en su cinturón y, acto seguido, llevó una segunda mano a las salientes del casco del barco a fin de disponerse a escalarlo. Se detuvo, sin embargo, al escuchar que las últimas palabras de su compañero contenían una oración bastante peculiar. Lo miró por encima del hombro, recorriendo aquella figura de arriba hacia abajo y rió sutilmente al cabo de unos segundos de haberle estudiado. ― A buena hora me viene a faltar el tiempo. ― Masculló desviando la mirada y con una sonrisa que dejaba exponía sus blancos colmillos. Acto seguido, y sin dar oportunidad a más distracciones, comenzó a desplazarse a través de la parte externa del casco hasta llegar a la mesa de guarnición del mástil opuesto que escalaría Drako. Logró escuchar las voces de los tripulantes, todos distraídos y con sus habituales juegos nocturnos. Y aunque no era una celebración ante el fin del viaje, se les advertía con la guardia baja, confiados en que el mar los conduciría al puerto sin demandar más esfuerzo por parte de los tripulantes. Eso seguramente facilitó las cosas para Drako, mas no para Corso. Desde su posición, escalando ya las jarcias del palo de mesana, advirtió que los dos oficiales y el bruto que acompañaban al capitán en la última guardia nocturna estaban con ojo avizor. Tuvo precaución en sus movimientos, controlándolos lo más posible sin demorar más que unos cuantos segundos en escalar hasta la cofa. Ahí, encontró al vigía dándole la espalda despreocupadamente, y si en algo advirtió la presencia de la mujer, fue durante el último instante de su vida, antes de que la inmortal le rompiera el cuello. Della se viró, entonces y por un momento, hacia el palo trinquete, en donde logró divisar al siniestro, que esperaba en la cofa, al igual que ella, con el primer enemigo a sus pies. Finalmente, vertió su atención en la zona del timón y lanzó la bomba, que eclosionó generando una nube de humo gris que le daría apenas unos segundos de ventaja. Se granjeó el viaje en dirección a cubierta al saltar a una cuerda que cruzaba sobre la popa, soltándola apenas se encontró al centro de la zona y comenzó a descontar a la tripulación. Uno de los oficiales fue su segunda víctima de la noche, muerto a causa de la espada de su propio capitán, misma que Corso robara tras haber aterrizado en medio de ellos. El segundo quedó muerto de un golpe al cráneo. El tercero, que era el oficial con mayores dimensiones y evidente fuerza, le dio batalla a la inmortal durante unos segundos en compañía del capitán, sin embargo, murió luego de que la mujer lograra escalar hasta sus hombros y torcerle el cuello a muerte. El cuarto hombre pretendió darle batalla a Corso con el hacha de su último oficial y falleció a causa de la misma arma, casi partido en dos. Se desplazó, finalmente, fuera del castillo de popa a fin de continuar la misión de acuerdo a lo planeado, arrasando con los tripulantes en cubierta hasta que el combate la reunió con el siniestro. ― ¿Qué es lo que ibas a enseñarme respecto a estar cerca, Portgas? ― Inquirió despreocupada de que los cadáveres en el suelo recordaran aquel apellido y aquellas figuras que les dieron muerte en cuestión de minutos. ― Necesito revisar el camarote del capitán. ― Indicó, permitiendo que Hunter fuera el que tomara aquella decisión, quien definiera qué era lo más sensato entre dar prioridad al camarote o descender al piso inferior.




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