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Mensaje por Invitado el Miér Oct 07, 2015 12:52 am

Un tormentoso aire gélido chocaba contra los altos muros de la atalaya y penetraban por la única ventana abierta de la espaciosa habitación donde trabajaba. Las montañas de papeles sobre el antiguo y amplio escritorio estaban separadas en montículos perfectamente alineados, como si las hojas hubieran sudo cortada por un gran exacto. Cada montaña de papeles representa un momento en particular de un método fríamente sistematizado que le permite llevar un orden preciso sobre su trabajo y sin necesidad de ayuda exterior. Él sabe dónde se encuentra cada cosa y debajo o encima de cuantas hojas está.

Hoy, sin embargo, no parece querer estirar la mano y tomar algún papel o siquiera recordar la última reunión en la que estuvo. Descansa la espalda alta en el respaldo de su silla, un modelo tallado a mano de respaldo alto que recuerda un poco a un trono. Se encuentra en una posición informal, ladeado y apoyado con un brazo en uno de los reposabrazos, mirando a la mesa pero sin observarla. No puede concentrarse. Lleva allí por lo que parecen horas, en esa posición, prácticamente inmóvil, navegando en los océanos tormentosos de sus recuerdos.

Su figura se perfila como una sombra por el rabillo del ojo y lo hace despertar completamente sobresaltado al tiempo que puede ver sus cabellos grises y brillantes desvanecerse e internándose en aquel pseudosueño en el que había caído. Se puso de pie lentamente, forzando a su cuerpo engarrotado a moverse. Se endereza cuán alto es y cruza la amplia estancia sin muebles en el camino hasta la ventana abierta. Añora una brisa gélida que lo despierte del todo aunque su mente aún siga adormecida. Toca con sus dedos la helada superficie y se detiene, volviendo la vista al interior de la sala.

Le basta un par de segundos para hacer unos simples cálculos en pos del bienestar de su ordenado escritorio, y abrir por fin la ventana. La brisa helada entra y golpea su rostro, alborotando sus cabellos. Cierra los ojos y espera que la cabeza se le enfríe lo suficiente para alejar los recuerdos que no desea evocar ese día. Sin embargo, el deseo de volver a trabajar no regresa. Espera unos minutos más y empuja la ventana, atorándola con el pestillo para que quede igual de abierta que antes, refrescando la habitación cerrada y con chimenea. Es un sitio que le agrada, imaginado y creado a sus propios deseos, pero en ese momento todo lo hace sentir incómodo, fuera de lugar.

Caminó lentamente hacía los altos muebles empotrados contra la pared, poderosas estructuras de madera oscura repletos de sus libros personales, de sus estudios sobre la sociedad y la diplomacia como influencia positiva en los tratados de comercio entre las tierras. Parecía que su vida estaba allí escrita dentro de esos libros. Tomó uno, uno gastado de pasta color verdosa y lo abrió. Un ancho y grueso diario, lleno hasta el borde de su prolífica y delgada letra. Eran relatos de hace doscientos años y poco más, otra badén en su camino  a la calma.
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Mensaje por Thea Vuignier el Sáb Oct 10, 2015 7:21 pm

Por lo pronto, la ciudad del lago ya no tenía modo de retenerla. El pequeño elfo que tenía a Thea como institutriz había aprendido todas las lecciones asignadas para esos días, ella había cumplido ciertos encargos de la madre del infante y realizó las visitas habituales a los conocidos del señor Nekrasov que residían en aquella ciudad. Y no hubo ningún otro percance de momento. Durante el tiempo que pasó en la ciudad no hubo ningún otro peligro para ella como el que la recibiera días atrás, cosa que agradeció, pues la tranquilidad era algo que requería para llevar a cabo su trabajo de manera exitosa. Así pues, envió a su estudiante a asearse mientras ella se dedicaba a preparar su partida.

Sus delicados pies la condujeron hasta la habitación que habían preparado para ella durante su estancia, caminaron tímidamente por los pasillos como si temieran abandonar aquel refugio construido a base de madera, mismo que encima la protegía del gélido lago. Y no fue sino hasta encontrarse rodeada de la deliciosa fragancia que reinaba en su alcoba que su mente dejó el recelo de lado. Los dulces detalles con los que sus anfitriones habían preparado todo la tranquilizaban, lograban distraerla de las construcciones rústicas de la ciudad y de los constantes viajes que debía realizar dentro de la misma región. Así que se sentó en su cama, dándose el tiempo para contemplar cada detalle mientras suaves mechones de su cabello rojo caían sobre sus hombros y perfilaban su rostro. Acarició las sábanas cuando su mirada se halló sobre los detalles de la cama. Sin embargo, la voz madura de su anfitriona captó la distrajo de su ensimismamiento. – ¿Es necesario que te marches? – Cuestionó al ver los gestos de la institutriz, a lo que la joven de piel lechosa respondió con una sonrisa amable. – Estaré bien, se lo agradezco. – Musitó al mismo tiempo que se ponía de pie. No había más que decir, la elfo conocía los pormenores y se limitó a asentir antes de marcharse. Thea comprendió aquel gesto; debía apresurarse o daría la impresión equivocada. Algo que tampoco deseaba era incumplir con la hora señalada para su regreso, de modo que arregló rápidamente la habitación, tomó sus pertenencias y su abrigo para finalmente anunciar su partida y su próxima visita.

Lo que le preocupaba al salir no eran los ladrones, sino los siniestros. Era una tarea difícil el romper con la ingenuidad de la joven, hacerla creer que los elfos no podían ser tan cuidadosos como presumían y que había cosas que se les escapaban de las manos. Sin embargo, aquella tarde tenía la certeza de que nada frustraría su regreso, que lo ocurrido a su llegada fue un desacierto y que no volvería a pasar. Así que se convenció para andar sin miedo hasta salir de la ciudad y encontrarse a los escoltas que la conducirían hasta otro punto de Thyris, a la atalaya norte para ser más precisos. Pronto llegó a la torre que marcaba el fin del territorio élfico al norte, a la construcción en cuya cima encontraría a su benefactor.

Una vez frente a la pesada puerta del despacho, dio un par de golpes para anunciarse. El señor Nekrasov debía estar trabajando, por lo que optó por aguardar a que éste le permitiera entrar para entregarle un par de misivas que le habían hecho llegar por medio de la pelirroja.



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Mensaje por Invitado el Mar Oct 27, 2015 7:50 pm

El papel texturizado por el tiempo y con la línea de tinta esparcida ligeramente, pero que no descomponía su trazo fino y experimentado, se rozó contra sus dedos como la caricia de aquella amante que nunca pudo tener. De pie allí, le dio forma a los recuerdos al tiempo que sus ojos pasaban por las letras sin leerlas realmente. En una página, con una fecha de un verano memorable en varios sentidos positivos y negativos, había un vestigio de tinta corrida, un recordatorio físico de un momento de flaqueza que no deseaba repetir. Leyó las últimas palabras de esa hoja antes de cerrar el volumen y regresarlo a su sitio.

Todo eso, esas letras escritas en aquel grueso volumen, las fechas a veces escritas con una discrepancia en la tinta, y las entradas muy a menudo con diferencia de unas horas entre una y otra; todo eso había existido antes que ella, que Thea, pero no había existido en pos de ella. Muy a menudo, mientras crecía, había detenido sus labores, incluso alguna plática que sostuviera con alguien, para dedicarle toda su atención, para mirarla con sus ojos, con esa experiencia y sabiduría que no siempre demostraba. La miraba y caía en cuenta que era lo que había estado esperando. Esa niña, que ahora era su hija, que creció junto a él, había tomado el amor que pudiera quedarle en el corazón y se había adornado los cabellos con esos sentimientos.

Lentamente se llevó las manos a su rostro y lo presionó, pasando por las sienes con la yema de sus dedos donde aplicó un masaje circular. Sentía la visión cansada y un creciente dolor de cabeza rezumando desde su nuca hacía la parte frontal. La sensación recordaba mucho a cuando, a la luz de las velas, trabajaba hasta que era la luz del amanecer lo que le indicaba que había pasado otra noche sin dormir. Sentía su cabeza pesada pero no tenía un motivo para estar así. Se reprendió por dentro por holgazanear, aunque sus pensamientos pronto fueron interrumpidos por el toque en la puerta. Lo que fuera que llegara a estar horas, era trabajo o malas noticias. Cruzó la habitación en silencio y abrió la puerta. Hubo un leve descenso en la dureza de su mirada cuando encontró a la suave figura de Thea ante él. En silencio empujó la puerta un poco más, invitándola al interior. Dejó abierto y volvió a su escritorio, sin simular que había estado trabajando.

¿No vuelves un poco antes? — Preguntó en voz baja. No era una preocupación que ella fuera a mal entender su pregunta. Le alegraba verla. Los fantasmas de su pasado eran compañías muy nocivas. Le ofreció asiento frente al escritorio, pero él permaneció de pie, recto, a veces las manos al frente con los dedos con anillos entrelazados y de pronto, sueltos a los costados.
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Mensaje por Thea Vuignier el Lun Nov 09, 2015 5:44 pm

La realidad de Pandora era terrible y una mente tan suspicaz como aquella fácilmente se daría cuenta de todas las cosas que ocurren a su alrededor, de los murmullos que tejen entre sí redes de los que sólo podrían salir librados aquellos que pudiesen ofrecer algo de valor. Dinero, tal vez, información, ventajas, propiedades, lo que fuera. Escuchar de los afortunados era una cosa sumamente extraña, ya que cada suceso era cautelosamente preparado y no existía consecuencia alguna que no fuese preparado con antelación. Methodius podría ser parte de ello o no, sus padres pudieron haberlo sido también, sin embargo, Thea sabía que su familia había quedado entre aquellos que trataron de aferrarse a la buena fortuna y fallaron.  Sabía que un fabricante de juguetes no podía ocultar la gran cosa, tampoco había modo en que un negocio tan noble sirviera para encubrir los pasos de un verdadero criminal. No le fue heredada la locura de un asesino, ni la frialdad de un malhechor, obtuvo la astucia de Olive y la bondad de Oswald, ambas cualidades trabajadas y pulidas gracias a la pasividad de los elfos. Cabe mencionar que, sus primeros años bajo el cuidado de una antigua criatura, vivió siempre temerosa, recelosa, esperando siempre a que una de esas figuras encapuchadas llegara a Thyris por ella o que alguno de los planes que parecía escuchar fuese en contra de ella, como si el apellido Vuignier fuera una marca de la que no pudiera deshacerse, una marca que llevara siempre en su rostro y en su suave cabello. Y no fue sino hasta años después en los que decidió que no viviría más de aquél modo, entonces desconectó su mente de la realidad, sólo un poco, lo necesario para que la paranoia desapareciera y pudiese existir sin importunar a su estimado benefactor.

El abrigo que llevaba sobre sus hombros caía y se pegaba pesadamente a su cuerpo, a esa delgada figura que se perdía entre las hebras rojas de su cabello. Le alegraba que, cuando menos, ese sello tan característico de su familia le otorgara algún parecido con Nekrasov, lo que muy seguramente y para beneficio de todos, le ahorraría al hombre los incómodos interrogatorios acerca de su origen. Eso si alguien se atrevía a entablar una conversación tan íntima con él. La frialdad de Methodius le ayudaba a no darle importancia a lo innecesario, a mantener la serenidad con la que había estado existiendo desde que decidiera darle la espalda al mundo. No significaba que perdiera utilidad frente a su benefactor. Ella podría introducirse entre las verdades de Pandora tanto como fuera necesario y volver a la austeridad de su existencia, sin nada que arriesgar y sin nada que lograra retenerla.

Aguardó tranquilamente ante la puerta de madera maciza, barrera que parecía indestructible y autoritaria al compararse con ella. Tampoco se movió ni se notó apresurada cuando Methodius abrió la puerta de soslayo y demoró unos segundos en encontrar con la mirada a quien lo llamaba. La mirada de la joven se posó en los ojos del elfo, sin exigir nada, ni siquiera el paso; lo único que buscaba era anunciar que todo estaba bien y, quizá, saludarlo, todo sin hacer uso de las palabras. No se hizo esperar cuando él la invitó a pasar, pues la calidez del interior la animaba a aventurarse en el silencioso despacho que la recibiría. ― Sí, espero no le sea inoportuno. ― Respondió sin sentirse intimidada por aquella pregunta y tomó el asiento que el pelirrojo le ofreció. Ignoraba cuánto tiempo permanecería ahí dentro, ni tampoco sabía si hablarían acerca de algo importante. Si su presencia no era requerida por el elfo, se marcharía. Jamás hubo problema con ello.



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Mensaje por Invitado el Mar Dic 01, 2015 7:47 pm

Dolor de cabeza. ¿Hacía cuanto que no le dolía la cabeza de esta manera? Como punzadas que repercutían en su lateral, como un picahielos enterrado en el cuerpo de una mariposa viva. Por un momento, la sensación se había borrado al estar contemplando las páginas de uno de sus múltiples diarios, por qué había un librero completo dedicado a aquellos tomos hechos de su propia mano, tapizados de sus conocimientos, de sus memorias. Pero había cerrado aquel grueso volumen, lo había cerrado por que había tomado el incorrecto, uno que parecía resaltar por lo gastado que se encontraba, uno donde había plasmado quizás sus días más brillantes y también los pozos más profundos donde se había hundido. Uno que año tras año volvía a abrir y a consultar. Sin que la información cambiase, sin que las sensaciones fueran diferentes.

Ahora le dolía la cabeza, le punzaba a un punto más abajo de la migraña pero con la misma insistencia. Y las punzadas fueron acordes con los golpes en la puerta que abrió momentos después. Empalmó la puerta con sus dedos, sin escuchar el ruido ya conocido de la puerta al cerrarse. Un golpe de viento lo haría por él. Camino al amplio escritorio, moviéndose con poco ruido, según su costumbre, mirando la espalda de ella hasta que se sentó. Entonces desvió el rostro a la ventana, esperando por una brisa de viento que no acababa de llegar. Y guardó silencio, sin la presión que otra persona podría provocarle, no con ella. Lentamente volvió a mirarla y rodeó lentamente el escritorio, moviendo la silla hasta ponerla casi paralela al escritorio. Se sentó, apoyando el codo en la superficie del mueble y la mejilla en su puño. En su presencia, aflojó un poco su dura postura. Se tomó su tiempo para responderle, pero en realidad no pensaba en la pregunta, más bien, estaba soportando una punzada.

No lo eres. — Respondió finalmente, sin mirarla, con los ojos aún puestos en la ventana, en el angosto paisaje que podía vislumbrar desde el movimiento de las cortinas. — ¿Cómo ha estado tu viaje? — Preguntó, observándola finalmente. Ya sabía que ella no preguntaba, que no era de mucho hablar, al menos que el momento fuera el idóneo, que estuvieran en su hogar y no en el trabajo, como era el caso ahora. — ¿No ha sido algo apresurado? — Insistió con suavidad, mirando el color encendido de su cabello y su rostro. Era una manera muy sutil de preguntar sobre su viaje. Cómo le había ido en el trayecto. No podía ser más explícito que ello. Formaba parte de su propio protocolo.
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Mensaje por Thea Vuignier el Dom Ene 03, 2016 2:53 pm

Cierto era que notaba un aguijón consternando al perenne pelirrojo que se resistía a la comodidad de la silla. Era un malestar que lo perturbaba y que le impedía fundirse con la inmutable tranquilidad del despacho. Lo conocía de años, la experiencia que vivir con el elfo le otorgó le permitía leer sin gran dificultad aquellos gestos que se escapaban de las miradas despistadas y superfluas de otras criaturas. La sutil contracción de la piel de su mejilla y de su frente anunciaba un malestar, una incomodidad, la prolongada espera frente a la ventana como si algún remedio estuviese por llegar. El cariño que le profesaba a ese hombre de carácter difícil exigía esa clase de atenciones, la apreciación de detalles que le evitarían fastidiarlo. Un temor bastante válido, a su parecer, pero quizá injustificado. No solía romper el velo de la discreción al invadirlo con esa clase de preocupaciones, de preguntas absurdas que tal vez lo distraerían y lo haría realizar cosas innecesarias. Prefería guardarse sus temores, silenciar el miedo experimentado al principio y en la Ciudad del Lago.

Lo siguió con la mirada con aire reservado, pues aún no lograba habituarse a la compañía de su benefactor, incapaz de predecir los movimientos del hombre. Estudió su postura y dirigió con cierta timidez su mirada hacia la ventana, al igual que él. Debía haber algo en el paisaje que llamara su atención, sin embargo, la vista estaba conformada por bosque y los filosos y blancos picos de las montañas. Era un lugar peligrosamente cerca del territorio de los licántropos y tan elevado como las primeras construcciones de Mördvolathe, tierra que esperaba conocer en algún futuro cercano. Nada bastaba, en realidad, para arrancar de ella ese pedazo de inocencia que encajaba bien con la agudeza de su mente.

Sonrió levemente al escuchar la respuesta el elfo. Resultaba siempre un alivio saber que el pelirrojo no se cansaba de su compañía y que, de momento, no la rechazaba. No obstante, perdió ese gesto alegre al inhalar profunda y silenciosamente, preparándose para responder lo siguiente. Quizá las cosas se dieron un tanto apresuradas, tal vez, inconscientemente, ella había hecho todo lo posible para regresar pronto al resguardo del señor Nekrasov. Le apenaba admitirlo, oprimía su pecho no poder confesar abiertamente lo acontecido, así que permaneció con esa dulce tranquilidad que el bosque de Thyris le había otorgado. ― Un poco, pero ha sido grato como de costumbre.  ― Concedió cruzando la mirada con él. ― No había más por hacer en la ciudad, así que me apeteció volver antes. ― Y no era mentira, nunca osaría cometer tal cosa frente a Methodius. Prefirió el gélido clima de la atalaya a la dulce compañía de la familia de su estudiante a causa del imprevisto.



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Mensaje por Invitado el Jue Feb 25, 2016 10:11 pm

No era bueno interpretando a las mujeres, detalles que podían esconderse en sus palabras, se le escapaban y a veces no tenía idea de lo que sucedía sino hasta rato después. Ahora no tardó tanto, pero si fue tarde, no comprendió el por qué ella se habría apresurado a volver. Ni siquiera pensó que pudiera ser por él ya que no se consideraba una compañía agradable para nadie. Pero su vuelta tan pronto lo había tomado por sorpresa, en un momento de debilidad, por ponerlo de una manera no tan tácita. Enderezó su cuerpo en la silla hasta que apoyó la espalda alta en el respaldo y entonces cerró los ojos. Su mundo di una vuelta completa en ese movimiento.

Pensó en lo que ella decía, manteniendo los ojos cerrados y percibiendo únicamente sus palabras y su tono de voz. Después abrió los ojos de nuevo y los dirigió a ella, primero de reojo y luego de frente cuando volvió a bajar la cabeza. Ella se parecía a él, pero también se parecía terriblemente a su amigo ahora muerto. Como tantos otros que conoció. Se llevó los dedos a sus sienes y presionó, dando un ligero masaje mientras permanecía en silencio por unos instantes más.

¿Nos vamos a casa? —ofreció en voz baja pero con claridad, casi como si se lo pensara a conciencia. No solía irse del trabajo antes de sus horas, y aunque el sol comenzaba a declinar no estaba cerca aún de la hora en la que solía marcharse. Pero no podía concentrarse, demasiadas cosas se le habían juntado y ella venía como un bálsamo al cual deseaba aferrarse. —No puedo seguir aquí hoy… —comentó y lentamente se puso de pie, con la decisión de irse ya marcando sus acciones.

Su abrigo colgaba del perchero labrado a mano que tenía en una esquina de la amplia oficina, pero antes de tomarlo, volvió a la ventana y la cerró, empujando ambas solapas lentamente, sin provocar ruido innecesario, como si no quisiera dejar la vista que tenía desde allí.
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Mensaje por Thea Vuignier el Sáb Mar 26, 2016 7:02 pm

Temió, por unos segundos, que Methodius no estuviese satisfecho con la respuesta que le había dado y era precisamente porque reconocía esa expresión en el rostro ajeno que le preocupaba la reacción del elfo.  No era fácil para ella pasar por alto lo que veía, interpretar esos gestos y el silencio que comenzaba a prolongarse más de lo esperado. Tal vez su falta de consideración había afectado a las actividades del elfo que ahora se recargaba en su asiento con aire agotado, como si tratase de limpiar su mente de ideas invasoras, de prevenirlo de realizar acciones indeseables. ¿Y qué otro motivo había de necesitar la pelirroja para preocuparse si se sentía demasiado culpable de lo ocurrido en la ciudad? Erróneamente le atribuía el intento de secuestro a su falta de cuidado y creía que había apresurado las lecciones de su estudiante, que se había engañado a sí misma durante esos días para volver a casa cuanto antes.

Su corazón cesó de abatirse sin tregua ante la súbita invitación de su benefactor y ahora era ella quien necesitaba asimilar ese cambio. Pareció que los segundos anteriores sus pulmones se habían privado de oxígeno sin sentirse sofocados, que sus manos habían hecho un gran esfuerzo al soportar la tensión de sus propios pensamientos que no hicieron más que llenarla de preocupaciones innecesarias. Methodius simple y sencillamente se sentía indispuesto, no era que se hubiese molestado con ella por llegar antes.

Asintió con una sonrisa amable en sus labios. Ella también deseaba refugiarse en el lugar que también podía llamar casa, de modo que se levantó y, en lugar de esperar al elfo ante la puerta, tomó el abrigo antes que él, aprovechando que éste se daba la tarea de cerrar las ventanas, para después acercarse a él, ofreciéndole el abrigo. — Estoy segura de que le hará descansar. — Le dijo mientras le dedicaba una sonrisa más segura, mientras le miraba con la tranquilidad de saberse ante la mejor compañía.



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