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Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

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Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Miér Jul 22, 2015 7:49 pm

Las ruedas del carromato salvaban los baches que surgían por los descuidados caminos, las grietas dibujándose entre los adoquines componían toda una prueba de obstáculos. No perturbó ni un ápice el sueño forzado de los hombres que yacían dentro de él, escondidos de las vistas ajenas y a la conductora que guiaba a los caballos no parecía importarle tales desperfectos. Lo bueno de Ryssa es que había tenido viajes peores y, de hecho, lo más grave de aquel había sido vérselas con los sementales que tiraban del carro que con los hombres. Era más fácil lidiar con la arrogancia humana que con el instinto de supervivencia de un animal. Cuando a las afueras de su región esos bandidos la habían encontrado, estaba claro que no sabían de quien se trataba. El caso es que... si a una dama no se la podía conquistar con palabras falsas llenas de miel para tratar de tomarla por la fuerza entre tres, imaginad a una bestia. Al primer humano la griega le había roto la muñeca en cuanto la viró violentamente para lanzarse sobre ella. El segundo llegó a rasgar su falda, a cambio la morena desgarró con sus propios dientes un pedazo de su carne, llenando su boca de la sangre que manó profusamente de su cuello. Ahí, Ryssa concedió a los vampiros el placer de sus cariñosos muerdos. El hombre que quedaba había tratado de huir, tras él le persiguieron las carcajadas de la griega, más semejantes a divertidos ladridos que a unas risas humanas. No perdió el tiempo yendo a por él, recogió el cadáver aún caliente y lo lanzó dentro del carromato sin miramientos. Con un golpe seco en la cabeza le robó la conciencia al otro y acabó también siendo su acompañante, solo que privilegiado: tenía el honor de respirar. Pero claro, no fue tan fácil para los asustados caballos llevar tranquilamente a la loba. Le costó alrededor de dos horas hacer que tirasen del transporte y cuando logró ponerse en camino, aprovechó para acicalarse. O, lo que es lo mismo, borrar las huellas de la sangre de su rostro, poco pudo hacer con su atuendo.No importaba demasiado, de todos modos.
Valtesi la recibió con su habitual hedor ante el cual solo arrugó la nariz antes de detenerse ante la fragua. Se había convertido en una visita religiosa cada vez que pisaba la ciudad neutral, aunque jamás revelaría en voz alta que aquella vez había ido explicitamente allí, no porque acudir a Valtesi fuese primordial. Su beta se le echaría al cuello, por suerte Quick, su alfa, solo le la miraría con esa broma en los ojos, como si se riese de algo que ella aún no comprendía. Antes de preguntarla si había cargado el carromato de cerveza, Valtesi se llevaba la palma para conseguirla buena y barata. Debería conseguir antes de regresar. Y, en esas andaba pensando antes de que sus pasos se destuviesen ante esa puerta que había significado la salvación de su vida no hacía muchas lunas atrás, igual que el hombre que había tras ella. Maldición. Iba a franquear la entrada cuando, a través de la madera, sus orejas captaron el timbre de una voz femenina. Su mano se crispó inconscientemente en un puño. ¿Había allí una mujer? ¿Quién? Pero antes en realidad de que esas preguntas cobrasen vida en su mente, elevó el mentón en su característica postura orgullosa y abrió con un empujón violento la puerta. Porque ella siempre sería más importante. Y entonces el olor a fuego y metal, a sudor masculino que ya reconocía como familiar allí, se entremezcló con uno más potente y dulcemente desagradable, sus ojos relampaguearon instintivamente cuando reconoció a su enemigo natural. Pero de repente todo se paralizó. Ryssa sabía quien era. ¿Pero que diablos hacía la vampiresa allí?

-¿Perséfone? -La sorpresa hizo hincapié sinceramente en su voz, así como afloró a su rostro cuando halló en el interior de la herrería la figura erguida de la mujer del callejón, la misma que jamás se había planteado ver compartiendo habitación que la bestia convertida en hombre.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Jul 30, 2015 11:40 am

Llevaba un poco más que un par de semanas sin pisar Valtesi, pues en los últimos días se había envuelto en un sinfín de viajes que, en su mayoría, se habían originado después de que un siniestro resultara ser un dolor de cabeza. Lo cierto era que saberse cazada abría a la vampiresa un mar distinto de posibilidades y todas iban alrededor de Bran, de su negado parentesco con las criaturas nocturnas que habitaban la lúgubre Bran. Y claro, sus intenciones no eran volver como un hijo pródigo a su región aceptando su relación con aquellos vampiros, pero al menos podía fingir que regresaba con aire retador, buscando descubrir quién cojones la buscaba y por qué. Y en esa mitad de mes que pasó sin rodearse de humanos significaron para Corso varios intentos fallidos de interactuar con los suyos sin perder la cabeza, intentos fallidos de encontrar consuelo en los libros de Baskerville o refugio en Mördvolathe. Cuando menos había conseguido nuevos contratos en Zárkaros -cuando llegaba a hartarse de los vampiros o de los magos-, por parte de los comerciantes que tocaban puerto y de una que otra persona que buscase protección.

No obstante, no fue sino hasta aquella última semana que decidiera finalmente permanecer en Bran el tiempo que fuese necesario, absteniéndose de dar rienda suelta a su carácter inquieto al menos hasta asegurarse de que Bran le era útil o no. Se permitió, por supuesto, vagar por la ciudad y conocerla un tanto más a fin de no perder la cabeza tan rápidamente y, para fortuna suya, encontró en la biblioteca algo que se ajustaba más a lo que estaba buscando, lo cual no era precisamente un libro, sino un mortal con el que intercambió servicios. Así, satisfecha con sus hallazgos, decidió volver a Valtesi, primeramente para asegurarse de que Zeughaunn aún estaba con vida y quizá compartir con él, como era costumbre, sus nuevos contratos, incluyendo el del mago y del tipo de pago que recibiría a cambio de ello. De paso saciaría en el taller un pequeño antojo, pues le apetecía regodearse con el sabor de una buena cerveza y quitarse así el terrible sabor de la sangre del tal Hunter que se obstinaba en permanecer en su boca.

Llevó el viaje con tranquilidad, consciente de que no había ningún trabajo que exigiese su inmediata atención y de que Ejnar continuaba llevando su rutinaria vida sin meterse en problemas con algún siniestro, pues de él sabía que era el juguete favorito de los mercenarios desde su llegada a Pandora, así como lo sería ella ahora si se corría la voz acerca de su pequeño y muy significante error. Sin embargo, las esperanzas de gozar de una estancia tranquila en el taller del herrero se esfumaron apenas se encontró en el pórtico, con su mano a punto de abrir la puerta. No se detuvo ni un segundo, tampoco se preocupó en asegurarse de que no había nadie más dentro, sino que se aventuró a entrar de lleno a fin de saber qué había sucedido ahí. Los olores de distintos tipos de sangre la embargaron apenas puso un pie adentro y el soberano caos en el interior hablaba de su función como campo de batalla y como lienzo al estar teñido de manchas que recorrían todo el lugar. La sangre de Zeughaunn, la sangre de un siniestro y la de un licántropo. La abundancia y la viveza de aquellos perfumes la dejaron pasmada, con los sentidos bien agudos como si esperaran escuchar de las paredes un susurro que relatara lo ocurrido. Comenzó a caminar sigilosamente, estudiando el suelo con su mirada mientras que sus oídos esperaban captar cualquier cosa en el taller que le otorgara la ubicación del humano.  Y pronto percibió un sutil olor a cerveza y posteriormente un camino de botellas vacías. Por supuesto, un hombre no puede embriagarse si está muerto… Suspiró pesadamente y relajó su postura, intercambiándola por un ceño fruncido. – ¡Zeughaunn! – Gritó malhumorada y movió con el pie una de las botellas vacías, maldiciendo por lo bajo – ¿Dónde estás, intento de ramera? – Inquirió en voz lo suficientemente audible como para ser escuchada, pero no para ser considerado un grito. No solía insultarlo, sin embargo su mente maquinaba un sinfín de escenarios en los que el taller pudiera terminar de aquella manera y sólo podía pensar en su único objetivo con nombre dentro de los siniestros. Sospechaba de él por cuestiones que en su momento tenían mucho sentido, incluso el enfrentamiento entre el humano y el cazador era más que posible, pero el resultado habría sido, sin duda, distinto.

Se viró súbitamente al escuchar que la puerta principal de la fragua se había detrás de ella. No obstante, pese a ver el rostro de una aliada asomarse por el umbral, no removió de su rostro aquella seriedad letal que se mezclaba con su enojo. – Kirgyakos. – Espetó secamente. Dentro de su cabeza todo parecía encajar, la presencia de la loba ahí no parecía casualidad y, de hecho, explicaba el olor a licántropo que luchaba por subsistir entre el aroma de la sangre ajena. La pregunta era qué papel jugaba la morena ahí. Infortunadamente, sus intenciones de recibir respuestas se vieron frustradas por un descuido del humano en el segundo piso. Dejó de lado la presencia de Ryssa para enfocarse en el tintineo de las botellas al chocar entre sí y, antes de disponerse a subir al segundo piso, le dedicó una mirada teñida de recelo. Acto seguido se dirigió a la habitación de Zeughaunn, tratando de imaginarse en qué clase de condición le encontraría, si podría descargarse contra él o no.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Lun Ago 10, 2015 12:32 am

El agotamiento causado por el dolor corporal y otros efectos de intoxicación lo obligaron a dormir, a permanecer en cama el resto de la noche así como todo el día siguiente. Cuando finalmente hubo despertado ignoró las secuelas restantes y se alzó del lecho con la intención de tratar sus heridas, pues aunque habían sido limpiadas por Kirgyakos días antes, era preciso que repitiera aquel procedimiento, no por cuidar su propia salud ni para llevar a cabo su trabajo de herrero sin problemas, sino porque necesitaba salir y la más mínima señal de combate en su cuerpo levantaría sospechas. Ejnar ya no quería más combates. Durante la visita de la licántropo había arriesgado mucho; el error que cometió en el taller podría salirle caro y ya no sería capaz de llevar a cabo los planes que tenía. No obstante, recordándose sus ridículos juramentos realizados bajo los efectos del delirio, confirmó dentro de su mente que no se arrepentía de nada.

Tan pronto terminara con la labor de sus heridas, desechó las gazas y fue a la planta baja. Sus ojos observaron inexpresivos el desastre, los vestigios de un combate ganado y del precio que debió pagar para lograrlo. El exánime siniestro ya no tenía cabida dentro de la mente del danés, ya no figuraba como una entidad ni como una víctima. Lo único que Zeughaunn podía ver a través del rastro de sangre era a sí mismo, a un Zeughaunn que no había existido desde que fue arrojado a Pandora, a un Zeughaunn que creyó sofocado por su necesidad de pasar desapercibido. Hasta ese momento, nadie conocía al verdadero danés, o al menos nadie lo recordaba ya, a excepción de Ryssa, que no solamente fue testigo sino que le concedió largarse con su última cerveza. Pero a Zeus no le importaba ya Pandora, ni el estúpido juego que se traía con la inmortal, esa innecesaria obligación de vivir condenado a un mísero taller. El hombre había dado un paso del cual bien conocía las consecuencias y ahora no deseaba dar marcha atrás.

Quería saber por qué esa victoria le sabía a derrota, como si hubiera caído en una trampa del enemigo y les otorgara una razón para cazarlo con toda libertad. Así que decidió esperar a que los siniestros se dieran cuenta de que un humano, un mortal que se suponía debía ser inferior a ellos, había dado muerte a uno de los suyos, que bañó su taller con la sangre índigo de aquel ingenuo, de ese pobre diablo que invadiera su propiedad con la certeza de que daría muerte tanto a su víctima como a su aliado. Y la sensación de haberse salido con la suya dibujó en sus labios una sonrisa de autosuficiencia, una sonrisa burlona para aquellos que no estaban presentes y que aún ignoraban que ese humano iba a ser la razón de sus futuras desgracias. Adiós al Ejnar derrotado, el dolor de sus heridas sabían a gloria y su siguiente paso era tomar las reservas de cerveza que su aliada escondía en el sótano –del cual nadie más sabía su existencia más que ellos dos– saquearlo por completo mientras esperaba en el segundo piso la llegada de nuevos contrincantes. Estaba teniendo un delirio de grandeza, sí, la ocasión lo ameritaba. No obstante, los días pasaron y la cerveza fue agotándose poco a poco hasta terminar en su lecho, inconsciente a causa de la ebriedad y rodeado de botellas vacías.

Se sobresaltó al escuchar su nombre. Había un gran espacio en negro dentro de su mente en donde se supone debía estar el tiempo que permaneció esperando hasta quedarse profundamente dormido. Y era la sangre de su aliada la que lo había despertado. Por supuesto, al estar bajo los efectos de una fuerte resaca, despertó de mal humor. – Maldita zorra escandalosa… – Maldijo entre dientes al tiempo que se pasaba ambas manos por el rostro a fin de desperezarse. Contuvo las ganas de gritarle improperios para que se callara, sin embargo consideró una mejor idea no dar señales de vida, seguro de que la mujer se largaría al no encontrarlo en el taller. Claro, Zeus se había olvidado del caos que reinaba en el piso inferior y cuando lo recordó optó por irse sin que se diera cuenta, pues sabía bien que la mujer no pararía hasta encontrarlo. O quizá no, su lecho resultaba bastante tentador y aún estaba demasiado atolondrado como para querer moverse. Para desgracia suya, encontró dentro de poco un motivo más para colarse por la ventana y dejarse caer en cualquier sitio que encontrara, pues escuchó que una segunda persona había entrado a la fragua. Kirgyakos seguramente. Y para mayor infortunio, al intentar levantarse, tiró una de las botellas vacías y esa misma fue a chocar con otra. Si eso no alertaba a la vampiresa, cualquier otro descuido suyo lo habría hecho, así que simplemente se dejó caer nuevamente sobre el lecho y aguardó a que la mujer se asomara por el umbral, cosa que no tardó en ocurrir. – ¿Qué quieres? – Espetó malhumorado apenas la vio entrar.


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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Vie Ago 14, 2015 8:51 pm

La actitud de la vampiresa y su mera presencia provocaban que la fiera de su interior se inquietase, reclamando su sangre. Era su enemiga, era su aliada, significaba problemas pero también que la balanza se inclinaba hacia ella. Pero no podía evitar que sus instintos más salvajes se revolviesen cuando la miraba de aquella manera. ¿Qué hacía allí Perséfone? ¿Que la ataba a Zeus? Hubiese apostado sin temor a perder su cabeza a que se trataba de algún asunto de armamento. Ella misma había comprobado que pese a no ser reconocido en Pandora, la calidad con la que doblegaba el acero era excelente, incluso los suyos había exigido tener un arsenal de aquel taller y eso que no eran propensos a pelear como... como humanos. Y jamás lo harían entre ellos. De todas formas, en el caso de Ryssa era un acto de pura arrogancia: quería que viesen que estaban ante una loba poderosa, alguien capaz de soportar el beso letal de la plata, el monstruo que podría convertirse en la pesadilla más atroz bajo la influencia de la luna llena. Quería que viesen a la guerrera lupina, no a la humana. Y cuanto más liberaba su lengua viperina en bromas mordaces, cuando aparecía ataviada con colgantes y cintas plateadas, lo sabían.

Persiguió con la mirada la sombra marfileña de Perséfone, perdiéndose escaleras arriba. Parecía conocer el lugar, parecía buscar al herrero. ¿Por qué? Ya había descartado que fuese por el asunto de las armas, ¿entonces? No se le ocurría que podía unir a semejantes criaturas. Quizá por eso se aventuró al piso de arriba, si bien por primera vez desde que había pisado aquel fuerte se sintió como una intrusa. Habitualmente le era completamente importunar con su presencia pero ahora, simplemente, ella no formaba parte de aquello. Y aún así, Ryss nunca fue muy dada a ignorar la curiosidad, sobre todo de lo que le importaba, aunque fuese de una forma pecaminosamente retorcida, como cierta lealtad que sufría aunque se negase a admitirla libremente en voz alta.
Escuchó el estruendo del entrechocar botellas y franqueó la entrada tras la castaña. Si fuese otra persona no disfrutaría admitiendo tal cosa, pero a la loba le importaba muy poco: lo primero que buscó al entrar en el cuarto fue el origen del ruido. Había que joderse, estaban vacías. Emitió un leve gruñido que hizo vibrar su pecho pero luego prestó atención al hombre que yacía en la cama y su primer instinto de reclamar alcohol quedó relegado.

-¿Qué diablos haces ahí tirado, Zeus? -El mal humor destiló por cada una de sus palabras. ¿Cómo podía seguir lamiéndose las heridas? Después del guerrero, de la bestia que fue en su último encuentro: ¿cómo se atrevía a parecer tan humano otra vez? Ella había contemplado a un ser mortífero capaz de despertar cada sentido de su loba interna, había reconocido la fuerza, el poder, la fortaleza. ¿Con que valor ahora tropezaba con obstáculos y parecía derrumbado en la cama?
Sin ningún motivo aparente, ni racional, se enfureció con él. ¿Con qué derecho estaba en esa pocilga como un convaleciente? Había tenido su tiempo para reponerse. Pero era humano, volvía a ser humano. Y le despreció por ello, porque aquel rubio con aspecto de vikingo y esa mirada sobrenatural no debía serlo. Y se despreció a si misma por pensarlo, por haber albergado eso hacia él, esa pizca de excitado respeto por lo que tenía en su interior, lo que había visto. Nadie lo entendería, ni ella misma lo hacía y mucho menos aspiraba a que allí se diesen cuenta de que era lo que la había afectado para hacerla fruncir el ceño de ese modo tan agresivo, así como en lugar de usar su voz habitual se hubiese bajado el tono hasta volverse grave y peligrosa.

-No tienes derecho a insultarla así si no estás a la altura de los monstruos, mortal. -Rugió entonces, crispando sus manos en puños- Ni siquiera tienes cerveza. -Bufó y sin más, se volteó antes de que alguno de los dos cruzase palabra con ella. La omega salió de nuevo de la habitación, llevándose consigo el torbellino que se había levantado en su interior. Necesitaba urgentemente un trago y, de paso, quizá adecentarse. Aún llevaba las ropas desgarradas y el ajetreo que le había dado el hombre a los hombres a los que había robado en un ajuste de cuentas muy legal a sus ojos. No lucía su mejor aspecto, pero sin duda el herrero ya la había visto en peores condiciones y la vampiresa no tendría nada que decir al respecto. Incluso a Ryssa, en realidad, le daba igual pero así ganaría algo de tiempo para no sentir ganas de llevarse por delante lo que creía que era la sombra de lo que había descubierto. Además, de ese humor no lograría saber que les vinculaba a esos dos, sabía cuando era mejor actuar con sangre fría y con Zeus y Perséfone, era el caso. Aunque ella fuese todo lo opuesto, todo instinto animal y necesidad, pasión desenfrenada a la que muy pocos estaban a la altura, por eso tendía a controlarse: eran una inmensa minoría los que podían ante el descontrol emocional de una loba.

Salió del hogar de Schmeichel para acercarse a las calles de Valtesi, olvidándose de su predisposición de pasar completamente desapercibida. Robó con la seguridad de quien recoge algo que le pertenece un vestido de tonos azules que debía pertenecer a algún atlante por su vaporosa tela, cambiándose sin pudor tras unos barriles que contenían vino según su olfato. Se aseguró, como siempre, que el brillo plateado de su bisutería estuviese a la vista. Y, por supuesto, un par de horas más tarde cuando se presentó de nuevo en la fragua del herrero, llevaba consigo varias botellas de cerveza así como había solucionado el cargamento de estas que ya estaba en el carro impoluto de cuerpos que había tomado antes para llevar a Arcadia la bebida. Cuando volvió a hacer acto de presencia ante el humano y la vampiresa, parecía otra, porque simplemente sonreía con la despreocupación del alcohol tiñendo sus mejillas. No lo suficiente como para notarse, si para calmar a los demonios que arañaban en su interior.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Ago 18, 2015 8:05 pm

Le resultó un tanto extraña la confiada entrada de la morena a la propiedad del humano. Es decir, era consciente que, al tratarse de una herrería, había cierta libertad de entrar, de pasearse por el taller según resultara conveniente o necesario; sin embargo, Kirgyakos estaba siguiéndola escaleras arriba, rumbo a la habitación del supuesto dueño de aquella morada. Y le molestaba hasta cierto punto esa intrusión por más aliadas que fueran, por más que compartieran misiones, porque aquella fragua era su refugio en Valtesi y ciertamente era más dueña de dicho edificio que el mismísimo Zeughaunn, considerando que lo único que éste hiciera para obtenerla fue acabar con la vida de su antiguo dueño. Helena, en cambio, había invertido para que la construcción dejara de retratar la vida miserable de Pandora, para fungir más como un punto de reunión que como un sitio para esperar la muerte. No obstante, y regresando a la presencia de la licántropo, Artemisa bien podría representar la respuesta justa para lo ocurrido, quizá la confianza que se daba al entrar tenía una razón de ser.

Pero aparentemente aquel día estaba destinada a pasar por giros inesperados. Sí esperaba ver a Zeughaunn borracho, sí esperaba ver las botellas regadas alrededor de su cama, quizá también esperaba verlo herido, pero aquellas cosas, en conjunto, resultaban terribles cuando se añadían a la imagen del danés. Así que verle así no hizo más que alimentar el enojo con el que había subido las escaleras. Mas no dijo nada, sino que aprovechó que la reacción de Artemisa había sido similar y ella había optado por no guardarse nada. Pero de nuevo esa mujer se llevaba el protagonismo. Helena, que conocía más al humano, podía ver que el idiota no estaba tirado por convalecencia, sino por alguna razón que se veía opacada por la reacción de la loba. ¿Qué más le daba a Kirgyakos ver a Ejnar tirado? ¿Tenía un encargo pendiente? No, era improbable, él siempre terminaba su trabajo y el incumplimiento no era suficiente como para hacer que la olorosa sangre de la licántropo hirviera. Estaba enfurecida, como si tuviese el orgullo herido. La contempló disimuladamente mientas se encargaba de reñir a Zeus, como si buscase en la expresión de su rostro cualquier cosa que pusiera en evidencia el porqué de su comportamiento, la razón de su malhumor como si fuese ella la responsable de aquel estúpido humano. Quizá la respuesta la tuviera Zeughaunn, pero no había que olvidar que el hombre estaba tirado en el lecho, crudo y tan fastidiado por la súbita aparición de las dos mujeres como para considerarlo como una fuente de información válida. Es más, dudaba de que él mismo comprendiera la reacción de Kirgyakos.

Frunció los labios para suprimir una sonrisa burlona al escuchar cómo se refería al humano como el mísero mortal que era, pero lo que le causó gracia fue esa manera de desviar su enojo. Demasiado infantil, demasiado ella. La cerveza era sólo una excusa, eso era más que evidente. Y cuando se marchó, cuando la morena desapareció por el umbral de la puerta de la habitación, sus ojos fríos y severos se movieron en dirección a Schmeichel. – Tú no estás convaleciendo. – Afirmó sin dignarse a mover ni un solo músculo, hablando como si el humano hubiera montado todo aquello para librarse de las dos mujeres. – Sólo estás haciendo el estúpido. – Sentenció. Sus palabras concluyeron en el momento justo en el que la puerta principal sonara al cerrarse y posteriormente, con los brazos cruzados como si estudiara la situación cual soberana, se desplazó lentamente por la habitación hasta dar con una ventana. Si a Ryssa no le importaba andar por ahí con la ropa destrozada, ¿qué le importaría ver a Zeus tirado?  – Tienes talento, Zeughaunn. – Afirmó mientras su mirada gris seguía a la figura de la loba a través de las calles. – Haces huir a las mujeres con tan solo dejarte ver. – Concluyó con una sonrisa ladina coronando su burla y le miró de soslayo. Sin embargo, ahora que la mujer no estaba, era preciso que volviera a sus asuntos, de modo que cerró la ventana y se apartó de ella.

Posteriormente, paseó por la habitación un poco más y se sentó a la orilla de la cama, observando la habitación desde ese punto, ya que, al igual que en la planta baja, había rastros de sangre, más difíciles de captar, pero los había. También advirtió aquel trozo de pared que faltaba y los restos de madera que habían sido desplazados a las esquinas por el constante ir y venir del humano. – ¿Cuándo ocurrió? – Inquirió finalmente con la mirada fija en la pared, justo en el orificio que suponía el humano había hecho. Ella sabía bien qué cosas ocultaban las paredes, ella tenía que saberlo todo, por eso la carcomía la incertidumbre. – Quiero saber qué ocurrió y quiero que me digas qué hacía Artemisa aquí. – Exigió malhumorada, pero ahí sentada era inofensiva.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Lun Ago 24, 2015 2:49 am

Dos mujeres. Dos demonios. Dos dolores de cabeza. El hombre era consciente de que no podría prolongar sus vacaciones, que tendría que lidiar con ellas una por una en algún momento. Sin embargo no esperaba que su suerte fuera tan mala como para que, tanto loba como vampiresa, coincidieran en su momento de mayor indisposición únicamente para que ambas se posaran sus miradas fulminantes sobre él. ¿Esperaban acaso que adivinara la razón de su enojo? Para Schmeichel no había absolutamente nada de malo en estar tirado sufriendo una cruda, para él nadie tenía más motivos para estar irritado que él, a fin de cuentas era su casa la que estaban invadiendo, no tenía ni siquiera privacidad ni tranquilidad en su miserable habitación. No tenía cuentas pendientes con ninguna y, por supuesto, tampoco recordaba ni en lo más mínimo sus delirios previos a la borrachera. Fuera del dolor de cabeza, no era consciente de su propia condición, ¿pero qué más daba? Sólo le bastaban un par de días para recuperarse, quizá no completamente, pero jamás había tenido tolerancia ni siquiera de su propia convalecencia y ciertamente ya había tenido tiempo suficiente.

Estando medio sentado en el lecho, con una pierna sobre la cama y la otra colgando, se sabía en pésima circunstancias para estar ante ambas, de modo que resultó ser una alegría amarga el ver a Kirgyakos abandonar la habitación después de escasos minutos y pocas palabras. Sin embargo, algo en su mente pugnaba por saber que era lo que había fastidiado a la licántropo; si bien era capaz de comprender los motivos de Corso, en su cabeza no había modo de comprender a Kirgyakos. Mientras tanto, sus pensamientos acerca de la morena debían ser aplazados, pues su atención se distrajo de la figura de la loba para centrarse en la vampiresa. Y Corso tenía razón; a la mañana siguiente del altercado se encontraba en óptimas condiciones para continuar con su vida. Recordaba, claro, la fiebre que padeció la noche anterior, pero nada más. No había ningún sentido en prolongar su convalecencia, especialmente en un sitio como aquél y porque, para un tipo como Zeughaunn, no hubo, no hay ni habrá jamás conmiseración. Corso lo entendía bien y lo conocía, de modo que, en lugar de mirarla malhumorado como es debido, le sonrió sardónico y soberbio, aunque su orgullo le obligase a llevar su cruda como si no fuese nada. A fin de cuentas, la vampiresa ignoraba cómo se sentía el embriagarse y menos sabría aún los efectos posteriores.

Se incorporó y se sentó a la orilla de la cama, siguiendo con la vista el misterioso recorrido de la mujer inmortal. La habrá visto al menos un centenar de veces adquirir esa misma postura y recorrer la estancia a paso lento, estudiando dentro de su afiladamente a una persona de interés, que en ese caso era Kirgyakos. La vio detenerse con su silencio absoluto y entonces recordó en qué circunstancias solía hacerlo, de modo que se puso de pie y caminó hacia ella como si su figura masculina y de mayor tamaño impusiera más que la falsa delicadeza de aquella asesina. Quería hacerle saber que nadie más que él tenía el derecho de decidir si era aliada o enemiga, porque era lo que la mujer estaba sopesando como si el humano fuese de su propiedad. Su trato se basaba en igualdad de condiciones a pesar de la diferencia de fuerza y otros pormenores de cada raza. Llegó hasta ella,  casi invadiendo su espacio y buscó a Kirgyakos entre las calles, sin embargo la inmortal no le dio el gusto de ver cómo se perdía entre los edificios. – No tengo tanta suerte como dices. – Espetó con una sonrisa ladina en su rostro. Ryssa volvería como lo había hecho la semana pasada y aquel mismo día, así que espantarla de manera definitiva parecía imposible. Y nuevamente el silencio sepulcral se apoderó de la estancia. Mas, en lugar de romperlo, prefirió aprovecharlo para pensar en sí mismo. Quería ducharse y darse el tiempo para devolver a su taller una imagen decente, desaparecer el rastro de sangre que días atrás le pareció como un trofeo.

¿Has venido a dormir? – Inquirió de súbito tras ver cómo se sentaba en el lecho. La frialdad de la mujer merecía ser tomada en cuenta, pues Zeughaunn no había presenciado en el mundo humano una Helena distante como lo era la actual vampiresa. Si Corso llegaba a pisar la fragua era para cumplir con el tedioso requisito del sueño diurno o para pedirle información. Y no fue distinto cuando la conoció. La inmortal dio un vistazo a la miseria de taller que el hombre se había conseguido y, tras un “No frecuentaré un basurero como ése.”, remodeló el edificio sin siquiera notificar al nuevo dueño. De cualquier manera, ella acostumbraba a adormir en el sótano, en la cripta que mandó a construir durante las reformas, misma en donde ocultaba cierto porcentaje de sus ganancias y la cerveza que vendía ocasionalmente. Y, pareciéndole absurdo que ahora ella exigiese razones tras haberlo ignorado, la ignoró también. Pasó por alto sus palabras, se quitó la camisa y se la arrojó en la cabeza, aprovechando que la mujer estaba distraída, y se largó a ducharse. Se tomó el tiempo, meditó en la muerte de su hermano, en qué se fundamentaba el nuevo trato que tenía con Helena y en cómo demonios había dado con la licántropo sin haberse declarado la guerra abiertamente.

Al salir atravesó la habitación pasando de la mujer para posteriormente bajar por las escaleras a la planta baja. – Creí que a tu raza se le daba bien reconocer la sangre de los “mortales”. – Terció tras unos segundos de contemplar el desastre que reinaba allí abajo. – ¿Qué tan difícil es creer que casi parto a un siniestro en dos? No me arrastraron a esta pocilga para hornear galletas. – Añadió con voz ronca, gruñendo como un perro confinado en una jaula después de haber sido amordazado. Sabía que la mujer bajaría por esas mismas escaleras y dejaría de lado las preguntas obvias y enfocarse en lo que realmente importaba. Aunque tampoco le hablaría de su relación con Kirgyakos, así como jamás le diría que la inmortal había estado comprometida con su hermano y que la verdadera razón por la que se aliaba con ella era para vengar la muerte de su propia sangre. Hablarían, no obstante y en lo que regresaba la loba, de cómo iban a solucionar el problema en el que metió, intercambiarían información y tal vez servicios.


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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Vie Ago 28, 2015 8:39 am

Quizá no era lo más decente, ni lo más adecuado ni tenia excusa alguna ni siquiera remotamente para su comportamiento... salvo mera curiosidad. Por eso, mientras el sol arrasaba bañando con su luz la fachada del edificio que servía de taller, Ryssa no franqueó el marco de la entrada. Secretamente, porque aún no sabía que papel tomar cuando entrase en el interior. En su paseo por el intento de conseguirse nuevas prendas y la mercancía había calmado con caricias a la fiera, que ahora solo se mantenía férreamente disgustada, pero tranquila, agazadapa cómodamente en su interior con la dignidad de una bestia ofendida, con en rugido pendiendo en su garganta y los músculos tensos esperando la mínima provocación para mostrar el poder de sus fauces. En realidad, la gracia de que estuviese así tenía mucho que ver con el botellín que descansaba entre sus dedos, que aún no había visto el final en su boca, como el resto que había ido consumiendo hasta que sus pies la volvieron a dejar frente a la guarida por excelencia de Valtesi.
Desde ese remanso imaginario de paz, la simpleza de la piedra caliente a sus espaldas, percibía el ultraje a su olfato del aroma dulzón de la vampiresa, fusionándose con la impronta de putrefacción que ocultaría para narices menos sensibles su condición de muerte congelada. También llegaba el aroma a cuero curtido y a sudor del humano, junto al hedor de cerveza rancia. Era una conjunción desagradable pero familiar, un olor común que significaba que no tenía que preocuparse al fin y al cabo, así que no le disgustaba especialmente. De hecho, solo aumentaba su curiosidad, el motivo por el que estaba ahí, con la cabeza ladeada, atenta a cada pisada, aguzando el oído a cada palabra que alcanzaba a escuchar tenuemente. Apenas captó alguna que otra palabra, justo una que provocó que un pequeño tick se apoderase de su mejilla cuando un músculo latió. Estaba segura de haber oído "Artemisa". Apuró hasta el final la cerveza. Contadas personas sabían su verdadero nombre pero, siendo honestos, si alguien podía averiguarlo se figuraba que sería alguien como Perséfone. Pero eso no significaba que oír como había sido bautizada por la persona que más despreciaba en los labios de una vampiresa le gustase: por algo se hacía llamar Ryssa.
Ante la presión de sus dedos en torno a la botella de vidrio, ésta se agrietó pero no llegó a encontrar su destrucción porque los ubicó de nuevo en el piso de abajo, separados de ella por una única pared. Probablemente la castaña ya sabría que estaba ahí, pero aún no se animó a entrar, pero ahí podía oírles mejor. Más que cualquier otra cosa, pretendía hacer tiempo para poder enlazar que les unía. No comprendía que tenían en común ese par, porque Perséfone había entrado con tanta impunidad ahí como una reina en sus dominios, hubiese podido optar por creer que se limitaba a actuar como ella: era un espacio neutral y había que aprovecharlo aunque el dueño fuese un monumental canalla. Pero hacía tiempo que había comprendido que esa mujer jamás se movería con los mismos razonamientos que ella misma, lo cual en realidad le otorgaba una imprevisibilidad por la cual se había ganado ese retorcido favor de la loba desde el minuto uno.
Desconectó momentánemente de ellos, dejándolos hablar en la más absoluta intimidad. Solo quería asegurarse de que para cuando volviese a poner sus pies ahí dentro, la despreocupación bañaría su semblante, algo mucho más sencillo después de cada trago que había tomado desde que salió de allí. Simplemente, porque necesitaba volver a ver a Zeughaunn como un humano y que eso no le destrozase las entrañas ni le azotase el recuerdo de lo que podría ser en realidad, lo que sabía que era.

Abrió la puerta con un empujón de su mano y con una ligereza que distaba mucho de la misma loba que había salido de allí hacia unos largos minutos.

-Con un hacha, nada más y nada menos. -Irrumpió en la conversación y siendo un techado de virtud, propio, claro, dejó sobre la mesa lo que más hacia falta en aquella leonera: un par de botellas cargadas de cerveza que había tomado prestadas del carromato que se había adueñado en su ida a Valtesi- Deberías haberle visto, estuve tentada a reclamarle como uno de los míos. Hasta que se derrumbó. -Murmuró con un falso suspiro dramático, elevando la mirada al techo como quien dice: "Estos hombres de hoy en día no soportan nada", muy lejos de sus verdaderos pensamientos. Se volteó, apoyando ambas manos en el borde de la mesa en la que plantó su trasero, erigiéndose ahí como una diosa reclamando su trono, nada más digno de una mujer como ella: de madera como sus bosques y rodeada de la ambrosía por la que había apostado su cabeza un millón de veces, el alcohol.
Premeditadamente, solo se dirigió a Perséfone, pues es la que exigía las respuestas y, en ese preciso instante y por muy irónica que fuese en su caso, la loba prefería hablar con su enemigo natural que con el herrero. Seguramente porque si volvía a atisbar lo que había visto en el piso de arriba, no controlaría su impulso de recordarle quien estaba a obligado a ser en su presencia, aunque fuese a base de ganarse su odio. Lo alimentaria gustosamente antes de hallar un grano de vulnerabilidad por muy superficial que fuese. Con la vampiresa no tenía ese problema, ella ostentaba esa indiferencia inalcanzable que solo podía llevar sobre sus hombros alguien con la voluntad de soportar ese peso,en el tiempo que había compartido con ella, Ryss nunca vio que se agrietase esa imagen, ni siquiera cuando estuvo entre los suyos. La diferencia radicaba simplemente en que esa mujer no le había enseñado una cara para luego llevar una máscara, Perséfone era Perséfone y hasta cuando parecía controlada eras consciente de que no se podía quebrar ¿Pero cómo le podías pedir lo mismo a un humano?

-Me encargué de su cuerpo. -Se limitó a añadir. Lo que no contó fue lo que hizo con él. Lo marcó con el símbolo de su raza, la huella de sus uñas enmarcadas en una porción de su rostro que había escapado del mordisco feroz del hacha y lo dejó en las calles de Valtesi, frente a la misma posada donde la atacaron a ella y a su compañero. Sobre su cuerpo inerte y destrozado, dejó un anillo de plata que repuso más tarde donde su nombre estaba grabado en el reverso. Lo hizo tan solo por un motivo: venganza. Pero también despejó las dudas, buscando a la mujer lobo antes que seguir el rastro de la sangre del siniestro. Y menos mal, a juzgar por las escasas molestias del rubio por esconder las pruebas.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Helena D. Corso el Miér Sep 02, 2015 7:40 pm

Lo escuchó moverse, desde sus pasos sobre la duela hasta la tela de su camisa rosando su piel al momento de quitársela. Sin embargo no despegó la vista de la pared, del hueco en donde debía estar una de las armas de aquel hombre. Quizá hasta previó que la camisa volaría hasta desplomarse en su cabeza y despeinar su cabello, pero tampoco se movió. Duró uno o dos segundos con el trozo de tela cubriendo su cabeza, apestándola con el olor característico del humano, a carbón, sudor y a un poco de cerveza. Arrugó la nariz por inercia y se quitó la camisa de la cabeza, sosteniéndola a fin de mirarla otro tanto. Ese insignificante gesto evocó su situación de días anteriores, a aquél momento en el que tuviese que cubrirse con una prenda de su cazador con el único fin de pretender ser simples viajeros. El aroma era distinto, sin duda; se le había quedado bien grabado en su cabeza y quizá lo atribuía a la imagen inesperada de su captor. Un mortal con la marca de los condenados. Y jamás habría comprendido su humanidad si Zeughaunn no le hubiese arrojado su camisa, tal vez nunca habría sido invadida por una súbita noción de la mortalidad y quizá nunca añoraría recordar cómo es ser humana.

Agradecía profundamente que el herrero no estuviese ahí para verla hundir el rostro en la prenda aún cálida, pretendiendo aprisionar en su piel lechosa la marca de un ser vivo, para posteriormente dejarla en el lecho. Había ido a dormir, sí. Esperaba encontrar refugio en las entrañas de la tierra, en el silencio absoluto de su cripta. Necesitaba tranquilidad, pero fue caos lo único que encontró. Cuando menos Ejnar tomó la sabia decisión de ducharse y no torturar a la vampiresa con su apeste a humano al pasar frente a ella.

Se puso de pie al escucharlo hablar y dio unos cuantos pasos para recargarse en el umbral de la puerta. – Imposible cuando te encuentro holgazaneando. – Respondió sin sopesarlo. – Pero no es lo obvio por lo que pregunto. ¿Mataste al licántropo también o le dejaste escapar, eh, criminal? – Añadió mientras seguía los pasos del hombre al bajar las escaleras, con la vista clavada en él. Sin embargo, al atravesar la puerta, fue capaz de percibir el olor a licántropo y dirigió su vista a la puerta principal, de donde parecía provenir. – Aunque me conformaría con saber si le has espantado con tus intentos de seducción. – Una sonrisa grande y burlona dejó ver sus dientes blancos y afilados, presumiendo sus curvas y moviendo sus caderas con suavidad para fastidiarle. El saber que Kirgyakos los escuchaba desde fuera hacía que la relacionara con lo ocurrido e intuía que los conocimientos de Zeughaunn respecto a la loba no eran los suficientes como para reaccionar ante su segundo nombre.

Levantó con su pie el banquillo que aparente se había visto envuelto en la disputa y se sentó en él, tomándose un momento para mirar una vez más el lugar. Ya no sentía la presencia de la morena en el pórtico, así que esperaba conversar con el herrero de algo más que el asunto de la fragua. – Los vampiros enviaron a un siniestro a cazarme, en caso de que te preguntes por qué has estado tan abandonado en las últimas semanas. No pienses mal, no me entretuvo mucho tiempo, me he encargado de otros asuntos también. – Anunció y acto seguido sacó un pergamino finamente enrollado, le quitó el sello que lo contenía y lo abrió para posteriormente dejarlo sobre la mesa y deslizarlo un poco hacia el herrero. – No planeaba hablarte acerca de esto, pero gracias a que te has echado encima a los siniestros, supongo que no tengo otra opción. – Concluyó mirándole directo a los ojos y, con sus dedos aplastando el documento contra la mesa, los acercó nuevamente hacia ella, sin tomarlos. – Propiedades y una cuantiosa suma de dinero. Cosas que no obtendrás si sigues tragándote las respuestas que quiero. – Se puso de pie al tiempo que guardaba el pergamino en sus ropas. – Así que cuéntame, Zeughaunn. ¿Cómo acabaste con el siniestro? ¿Quién más estuvo aquí? – Su voz había comenzado a tomar cierto aire amenazante, pues su paciencia iba agotándose. Estaba exhausta de hacer siempre preguntas y de recibir nada a cambio, de querer saber lo que necesita saber y permanecer ignorante de todo. Sin embargo, antes de que se tornara una verdadera amenaza, Ryssa irrumpió nuevamente en el taller, dando detalles despreocupadamente. La miró contar su versión, sentarse en la mesa en donde anteriormente estaban sus documentos. Ahora que las cosas eran más que evidentes, no le sorprendía haber tenido sus sospechas respecto a la mujer. – Vaya, así que casi la convences. Quizá no habrías podido engañarla de haber estado yo aquí, se agradece que hayas acabado con la peste. Pero… ¿dónde está él? – La respuesta tampoco se hizo esperar. Aparentemente, la presa era de Kirgyakos y no de Ejnar, como ella pensaba. La sangre tampoco pertenecía al siniestro que pensaba, por fortuna. – Es todo lo que quería saber. Aunque si estás aquí para llevarte al humano no me molestaría, Kirgyakos, puedes dejarlo en el mismo basurero en el que arrojaste el cadáver. No es bueno cooperando y este sitio no me sirve más. – No era ninguna tonta, los siniestros siempre habían tenido a la mira al humano, o al menos era él su objetivo cuando lo conoció, y quizá no demorarían en relacionarlo con las desapariciones previas al hombre que matara recientemente.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Jue Sep 10, 2015 11:14 am

Si hay algo que un hombre como él añorase, sólo podía tratarse de la sensación del poder, de la absoluta facilidad que poseía para ejercer su voluntad, de crear vínculos nuevos y de deshacerse de aquellos que consideraba obsoletos. Y en Pandora sólo encontró a dos personas que lo conocieron en sus mejores tiempos; sin embargo, ninguno de ellos fue capaz de compartir la nostalgia con él. El primero de ellos, su hermano, aquél con quien comenzara su riesgosa carrera como criminal, había muerto durante sus primeras semanas en la tierra de los condenados, apenas alcanzándole los días para prolongar su sufrimiento y musitar unas cuantas palabras que resultasen terribles para Zeughaunn. La segunda, Corso, esa mujer que se había perdido a sí misma al intentar ir más lejos de lo que su compañero humano pudo haber logrado, la misma a la que habían condenado como a cualquier otro a los tormentos en Pandora, robándole la memoria al no poder arrebatarle su condición de inmortal sin comprometer su vida en ello. De nada serviría contarle las anécdotas que los habían convertido en socios. Lo intentó cuando la conoció, la convenció de no asesinarlo tras compartir con ella algunas de sus memorias más representativas, pero con ello sólo había alimentado la locura de la mujer, sólo había logrado a hacerse a sí mismo a un lado. Hablar con ella no le iba a devolver su poderío como había pensado, ni tampoco le otorgaría un motivo válido para revivir en recuerdos a su hermano. Helena ya no era digna de su compañía, al menos no mientras se encontrara entre los de menor rango aún y con sus siglos encima. Qué desperdicio de mujer.

Su mirada azul fue a encajarse en los ojos claros de la vampiresa, como si su expresión se tornase en un glaciar para defenderse de aquella lengua viperina. Ni ahora ni antes contó con su presencia constante, y sabía qué clase de negocios llevaba a cabo cuando no se encontraba en su taller, fastidiándolo con un centenar de preguntas. Quizá esa fémina no distaba mucho de la mujer que conoció tiempo atrás, quizá pronto rompería sus cadenas y, por lo tanto, él mismo podría hacerlo también. Torció una sonrisa ladina al verla mover su figura, recordando que, no muchas semanas atrás, había tenido la oportunidad de tenerlas cerca de él. Como antaño. Entonces su gesto burlón se escapó de su rostro, porque esa noche en la que la inmortal fuera a buscar refugio en su lecho, le había dado lo necesario para sospechar de sus recuerdos. No intimaron, ni deslizó sus dedos por la piel que forraban las curvas de su cintura y de sus senos; ella simplemente llegó de improvisto y se acurrucó a un lado suyo, sin escabullirse por entre las sábanas, como si únicamente quisiera anunciar una pena compartida. La sombra del misterio lo había abandonado a fin de cubrirle a ella ahora y ciertamente aborrecía tal incertidumbre.

Dejé que se marchara. – Respondió juntando ambas manos sobre su cabeza y liberando una posteriormente para palpar la superficie de la mesa por la que pasó, como probando su consistencia. – No tenía nada que hacer aquí. – Continuó sin girarse hacia ella, sin dignarse a mirar a la persona que condenara a su hermano a pudrirse en Pandora hasta la muerte. Sin embargo, cedió. Se viró hacia la inmortal mostrándose indiferente, únicamente para mostrarse indiferente. Alzó una ceja y una sonrisa cruel se dibujó en sus labios, estaría escuchándola con entera atención, pues cada cosa que provenía de sus labios carnosos atraían su interés, como invitándole a sacar provecho del bufete de oportunidades que se plantaba enfrente suyo. Así que, cuando ella lo sedujera con lo que para él realmente tenía valor, comenzó a dar pasos pausados, acercándose un poco más a cada cosa que decía. Sin que su mirada se despegara de la ajena, deslizó su mano por la superficie de la mesa, distrayendo la ansiedad de su tacto al obtener un objeto deseado. Pero ella retiró los documentos en cuanto lo vio en sus manos de mármol. Aquella voz suave había logrado atraparle con las primeras señales del poder económico, había podido engatusarle con las cosas que Schmeichel necesitaba para considerarla una persona con valor, cosas sin las que Helena sería siendo una cualquiera. Pero el hombre forzó a su sonrisa a permanecer y se acercó un tanto más para responder las amenazas sutiles.

Sus pies retomaron el territorio perdido en cuanto la puerta se abriera de par en par a fin de dar paso a la responsable del mal estado de la fragua. La vio modelar su vestido azul desde la entrada hasta su nuevo asiento, con sus mejillas sonrosadas por el efecto del alcohol, con el orgullo en alto y la dignidad restaurada por la despreocupación de una leve embriaguez. La recordó entonces bajo otras circunstancias, en un bar, sentada con los mismos colores plantados en su rostro y la misma seguridad coronando su arrogancia femenina, rodeada durante poco tiempo por aquellos con quienes compartía maldición. Al igual que ese mismo instante, cuando la conoció había estado a un lado suyo, de pie mientras escuchaba su parloteo. Arqueó una ceja. ¿Reclamarlo? Se recargó en el filo de la mesa y la miró de reojo, como reprochándole aquel derecho que en realidad nadie poseía. Entre ellos tres, él era el único humano entre dos bestias, y aun así era igual de peligroso que las dos.

¿Él? Desvió la mirada de la figura de la loba para clavarse en la vampiresa, quien parecía inclinada en otorgarle identidad a quien ni su cuerpo era capaz de conservar en este mundo. Había pasado una semana, quizá menos, y nunca se preocupó en conocer el fin de aquel siniestro, a qué tipo de rincón había sido arrastrado por Kirgyakos, si lo guardaba como un trofeo o si lo había ocultado. – Vino buscándola. – Se justificó y realizó un gesto con la cabeza para señalar a la licántropo. – No sé qué los trajo aquí ni desde cuándo te afecta la muerte de un siniestro. – Por algo no había hecho pregunta alguna a Ryssa, por eso no se interesó en conocer su verdadera situación. Si no sabía nada, no tendría que tomar responsabilidades más adelante y tampoco tendría que rendirle cuentas  a nadie.


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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Sáb Sep 19, 2015 12:13 pm

A cada segundo que corría en el reloj, Ryssa sentía más curiosidad. Prestó oídos a la conversación, aunque cualquiera lo diría, pues parecía expresamente concentrada en que su uña arrancase virutas de madera a la mesa sobre la que se erguía. Solo levantó la mirada, elocuente, de una forma casi casual, como si de repente hubiese recordado que no vivía un espectáculo aburrido y que debía prestar atención al resto del mundo, cuando Zeus se apoyó en el mismo mueble y correspondió a sus palabras con aquellos ojos inhumanos que pregonaban su propia independencia. Ah, ¿el humano se creía capaz de oponerse si la loba decidía que le quería para sí? ¿Qué si ella jugaba con las reglas de los animales, de su especie, un humano podría soportarlo? ¿Negarse? ¿Resistirse? Zeughaunn Schmeichel podía esconder la naturaleza de un salvaje, un bárbaro, un berserker agresivo y letal, por algún motivo esa fuerza atraía como un imán a la loba, pero si se arriesgaba, si de verdad se proponía a reclamarle, si le quería, lo tendría. Para bien o para mal, sería suyo. Porque así funcionaba el mundo para las bestias que aullaban a la luna cual diosa en el firmamento, el instinto era más intenso que cualquier otra cosa. Por eso se apartó la cabellera rebelde del rostro, para sostener su ojos con todo el poder que ostentaba su raza en una dorada mirada voraz e increíblemente posesiva, no le hizo falta hacer o decir nada. Era cuestión de pura arrogancia femenina, superioridad animal en estado puro, el impulso del orgullo, tan voluble el motivo de éste en ella. Después de mostrarse tal y como estaba en la habitación, no podía ni concebir que el herrero se midiese con ella. Zeughaunn jamás podría, Zeus, despierto, sí.

-Zeughaunn solo sería una molestia para mí. -Respondió lenta y significativamente a las palabras de la vampiresa, regodeándose en cada una de las sílabas que pronunció. No apostaría por el lado humano de Schmeichel jamás.
Por fin despegó su ojos, color lapislázuli de nuevo, de él y esbozó una sonrisa salvaje que le dedicó a Perséfone.

-Acabaría en las puertas de una taberna, sería hasta un último sitio donde acabar más digno que una tumba. -Se pasó los dedos por su melena oscura, peinándose distraídamente. ¿Así que Zeus le servía de algo a la vampiresa? ¿De qué? ¿Qué era aquel refugio para la castaña?- Quería darnos caza a uno de los míos y a mí. Nos atacaron en la taberna. Él no sobrevivió. -Contó con la mente lejos de ahí, simplemente lo dijo como quien comunica el tiempo que hace ahí fuera, como si no fuera importante, una crónica de como acabó acudiendo allí y salpicando al resto con ello. No hubo ni un ápice de arrepentimiento: a lo hecho, pecho. Pero, siempre hay un pero, tomó conciencia de sus propias palabras. Hicieron eco en su cabeza que había deambulado tratando de enlazar de nuevo a Zeus y a Perséfone.

Él no sobrevivió.

Apretó la mandíbula, la rabia hizo que sus manos astillasen con suma discreción el borde de la mesa mientras mantenía la mirada clavada en la pared. El recuerdo fustigó a su rabia. Todos los días caían licántropos, desde que pisó Pandora había visto morir a muchas criaturas... pero la diferencia es que no solían ser de su manada, no a manos de los siniestros ni de otras razas, no fuera de un contexto normal allí: vejez, peleas territoriales, hambre, enfermedad, en el reclamo a alguna pareja, enemigos naturales... batallas, al fin y al cabo, pero con retorcido sentido para la madre naturaleza. Y, mucho menos, se habían llevado por delante con tanta facilidad como la plata en manos de un siniestro y frente a los ojos de la morena. Hervía por dentro. Pero se había cobrado su venganza, había devuelto el golpe aunque no hubiese sido sola. Y ahora les tocaba a ellos mover pieza, porque lo harían.
Estiró el brazo para hacerse con una de las cervezas que ella misma había llevado, sin mediar palabra para dejarse llevar de nuevo por la sensación del alcohol en sus venas. Hubiese necesitado algo más fuerte, pero menos es más.

-¿De que os conocéis? -Soltó de pronto, como una bomba certera. Estaba harta de preguntárselo, de no comprender porque parecían tener un secreto, porque ella no formaba parte y era la tercera en discordia. Le daba igual, en realidad que su presencia fuese la sobrante porque ella deseaba estar ahí y no se marcharía sin obtener sus respuestas... y nunca se trató de una mujer de medias tintas- Deduzco que tenéis cierta relación de negocios, pero es obvio que no os mueve solo eso. Hay algo más. -Entrecerró los ojos, alternando la mirada entre ambos- ¿Qué es? -Podían mandarla a tomar viento fresco, le resultaba indiferente porque una parte de ella sabía que ya estaba concediendo demasiado tiempo a permanecer allí, pero no se iba a largar con las manos vacías.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Oct 15, 2015 11:15 am

¿Cuál era la diferencia entre la Helena de Pandora y la Helena del mundo de los humanos? Porque existía y Zeughaunn se encargaba de dejarlo muy en claro sin necesidad de decir nada. Habrán pasado varios meses ya desde que lo viera por primera vez por las calles de Valtesi, desde que sujetara con fuerza el cuello ajeno en respuesta a un trato familiar inesperado. Por aquel entonces, recordaba ella, no deseaba saber nada de su otra vida, sino que se planteaba el existir con una nueva identidad en un lugar desconocido, como nacer y saltarse la inocencia de la infancia. “Apestas a perfume barato, ¿acaso eres una ramera?”. A partir de esa frase el rubio comprendió que ella no era la misma mujer a la que estaba buscando, desde entonces existía la Helena de Pandora y la Helena del mundo de los humanos, desde entonces era necesario conseguir la mayor cantidad de recuerdos posibles. Sabía que si juntaba lo que ella sabía con los conocimientos de la otra Helena, quizá conseguiría descubrir qué es lo que Zeughaunn se negaba a decir. No le bastaba con escuchar los pequeños fragmentos que él le relataba, no; ella no confiaba en las palabras de un humano que no quería a la Helena de Pandora, sino a la otra, a la que realmente podría serle de utilidad. Si no se dejara seducir tan fácilmente por un par de documentos, la vampiresa no sabría qué tan condicional era su aliado.

La amenaza raspaba su garganta y la incitaba a despedazarlo al fin, a clavar sus fieros colmillos en el cuello ajeno y drenar su sangre hasta la última gota, así los ríos de carmín lavaría del suelo las huellas del siniestro hasta ahogar el apeste de su sangre nociva. Pero no podía matarlo y Zeughaunn muy seguramente sabía qué era lo que motivaba a la vampiresa mantenerlo con vida. No podía arrancar aquella existencia de la faz de la tierra, porque encima su falta de impulsividad se lo impedía, así como la presencia de testigos que desencadenarían una serie de preguntas que no deseaba responder. Encontraba, sí, consuelo en las palabras de la licántropo y quizá eso le valdría para reducir en uno la población de Pandora por enésima vez. Tenía, por otra parte, la ventaja de no conocer la importancia que él tendría frente a la Helena del mundo de los humanos, así como el infeliz tenía la ventaja de saberlo casi todo acerca de ella. De modo que se limitó a sonreír con complicidad, clavando su mirada grisácea en los orbes de la morena, como si su mente fuera de por sí impetuosa como para arrancar de Kirgyakos toda la información posible.

Y pronto la solemne explicación salió de los labios de la licántropo, otorgando una razón más que válida y suficiente para no necesitar más detalles. Así que, una vez más, las piezas comenzaban a encajar por sí solas, totalmente independientes de Zeughaunn y de la propia Kirgyakos. Su razonamiento la condujo a lo siguiente: La fragua había servido como refugio a la morena, refugio que Schmeichel accedió a dar por algún motivo. Evidentemente, el escondrijo fue descubierto y ocurrió lo esperado. La sangre de licántropo esparcida por el suelo y un poco por la habitación, más el detalle de un compañero caído, hablaban de una mala condición, del estado en el que Ryssa había llegado al taller. Si el humano se había enfrentado al siniestro por proteger a la mujer o por cuestiones territoriales no importaba. Él ya se había tomado demasiadas molestias por una persona como para centrarse en los pormenores. De modo que la pregunta seguía siendo la misma, la única que giraba en torno a ellos dos.

Una sonrisa ladina y una mirada tóxica conformaron la reacción inmediata  a la pregunta de la loba. Justo la misma duda que la acosaba carcomía a Kirgyakos también. Sin embargo, aunque le tentara sobremanera responder con la verdad y adelantarse a las ocurrencias de Zeughaunn, prefirió guardarse ese “algo más”, ya que compartir el dato de su memoria con alguien que no podría darle ningún tipo de ventaja no estaba entre sus opciones. – Lo mismo me preguntaba de ti, Kirgyakos. – Terció sin más, sin concederle una respuesta inmediata y verídica. Ella podía interpretarlo como un reto si así lo deseaba, pero Corso no iba a soltar nada sin antes asegurarse de que vale para algo.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Mar Oct 27, 2015 12:35 am

Aún si lograba conseguir todos sus caprichos, aún si lograba recuperar completamente aquella fama de criminal invencible, ¿de qué le serviría todo eso en un sitio como Pandora? ¿Para qué ser tan ambicioso y esperar cobrar venganza por algo que cada vez más parecía lo que todo mundo llama karma contra un montón de bestias que extinguirían esa llama rebelde al instante? Hasta entonces había llevado una vida en el anonimato, se había dejado doblegar por la tranquilidad forzada de aquella región en donde los asesinatos se cometían a cualquier hora del día si no se era precavido. Pero ella no tenía problema con nada, ella podía conseguir dominios y gente que la siguiera como antaño, aunque fuera bajo circunstancias distintas. No le había mencionado jamás que lo que ahora la impulsaba a volverse aún más fuerte antes era el deseo de saborear la libertad de la que había carecido por cientos de años. En cambio, ¿qué tenía él? Simple locura. Nada más.

Recordaba haber sido retorcidamente ambicioso desde pequeño, desde mucho antes de conocer lo que nadie quería que supiera, antes de que descubriera que estaba condenado a ser un criminal desde antes de nacer. Y todos esos detalles sólo reafirmaban sus intenciones en Pandora, porque, de un modo u otro, enviaban a los humanos a territorio hostil, todos en bandeja de plata y bien dispuestos para una muerte segura, muerte que el danés se negaba rotundamente a aceptar, la misma que había logrado burlar en más de una ocasión en el año que llevaba preso. Por ello se jactaba de lo erróneas que eran las palabras de Kirgyakos, esas que le prometían un final supuestamente digno, por ello estaba más que habituado a escuchar de los desafortunados que no sumaban un día más a sus miserables vidas. Porque en realidad todo parecía haber sido estipulado desde el inicio de Pandora, desde la llegada de cada uno de los condenados, como si cada uno cumpliese una función dentro de aquellos dominios.  Ése era el tipo de poder que seducía al humano, naturalmente.

Se recargó al filo de la mesa y apoyó el codo, adquiriendo una postura bastante cómoda para presenciar la reacción de la vampiresa ante una pregunta que exigía respuestas complicadas. Asimismo permitió que aquella sonrisa venenosa actuara por él, de modo que se limitara a mirar a ambas mujeres alternadamente con falsa inocencia, como si sintiera una sincera curiosidad por conocer también ese algo del que hablaba la licántropo. – Dile lo que somos, acepta que somos amantes. – Masculló después de burlarse con una risa de la respuesta de la vampiresa. La reacción de la mujer fue inmediata y precisamente lo que esperaba. No recordaba cuándo fue la última vez en que ella lo fulminó con la mirada, en esa misma forma en la que acababa de hacerlo y por las razones por las que lo hacía. Se sintió ciertamente satisfecho. Entonces la vio marcharse, fastidiada e indispuesta a discutir o a siquiera dejar en claro que eso que decía el humano eran mentiras y nada más; quizá porque no sentía ninguna clase de obligación o compromiso con la licántropo, quizá para Corso era una criatura más en ese zoológico de bestias.

Pides mucho con esa pregunta y, hasta donde sé, no te debo nada. – Le dijo a Ryssa mientras la miraba, tan solo unos segundos después de que Helena abandonara la estancia. Si alguien que lo conociera realmente escuchara tales palabras de él, comprendería de inmediato que el hombre estaba dispuesto a brindar la información necesaria, siempre a cambio de algo. Aunque, tal vez, con la loba sería una excepción, tal vez no quería nada de ella a cambio de una serie de datos que la mujer no había pedido. Y más aún, no le importaba la relación que tenían ambas mujeres, ni mucho menos si también había hecho enfadar a Kirgyakos con el comentario que sacó a la vampiresa de escena. Era una forma bastante sutil de retomar el control que solía tener sobre lo que le rodeaba, el regreso de Zeughaunn era inminente.


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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Dom Nov 01, 2015 5:46 pm

Lo cierto es que a Ryssa no le hubiese importado más que una piedra responder que la unía al herrero. Si lo hubiese sabido. No era el caso. Podía hablar de que su copa estaba llena cuando le conoció en la taberna, podía decir que su indiferencia era el escudo ideal para que Valtesi no le echase la mano encima cuando acudía allí, podía mencionar que las armas que había forjado eran la caricia certera que cualquier licántropo querría entre sus filas si apostase por las armas, que si estaban bañadas en plata, serían perfectas para ser empuñadas por la hija de la luna. También podía referirse a que compartían el gusto por la cerveza, incluso a eso oscuro y animal que despertaba en ella de una forma diferente a la que lo hacía la luna. Podía haberle dado cualquier matiz a Perséfone sin importarle que el aludido estuviese delante. Sí, matices. Pero no podría etiquetar de algún modo aquella relación, ni siquiera en que se basaba. Probablemente porque todo era fruto de la perspectiva retorcida de la morena, de pensar que sería divertido, de lo que creía ver en él, de lo que podría arrancar o reclamar para su propia cosecha. O, simplemente, porque sí. Las mujeres como Kirgyakos no exigían explicaciones a si mismas, a los demás, tal vez. No era justo, ¿eh? Y a quien le importaba.

No le dio tiempo a más que un ligero encogimiento de hombros antes de que la voz de Zeughaunn tomase el control de la respuesta. La reacción de la griega, por suerte, quedaría seguramente eclipsada por la de la vampiresa. Compuso una mueca, agresiva, con la que su labio inferior dejó entrever sus dientes en un gesto completamente animal, tan natural en el rostro humano de Ryssa como lo hubiese estado en el lobuno, ambos con la misma carga de salvajismo apenas contenido.

No se preguntó porque.

Cuando la puerta se cerró limpiamente tras la castaña, la sonrisa torcida volvía a coronar las facciones de la cachorra. Quizá alguien observador podría haber apreciado la crispación sutil de unas leves arrugas en torno a su mirada azulada, puede que se hubiese dado cuenta que la sonrisa de la mujer tenía más dureza que burla. Pero no era tan diferente de su forma despreocupada de desenvolverse en aquel mundo.

-No sabrías que hacer con una mujer. -Fueron sus únicas palabras, apeándose del borde de la mesa para posar sus pies con ligereza en el suelo, el tacón de sus botas repiqueteando en el suelo con suavidad.
Las absurdas palabras que se atrevió a escupir el rubio, hicieron que la morena se quedase inmóvil, solo para mirarle con fijeza y en sepulcral silencio un instante. Rompió esa sobrenatural quietud un largo minuto después, acercándose con el sutil contoneo de sus caderas acompañando a unos pasos arrogantes, seguros e increíblemente lentos, porque se sabía la bestia de aquel juego. Tenía en su andar algo implacable, la certeza de tener una presa con aires de grandeza, todo un banquete para ella que tenía una sola ventaja ante Ryssa: haber salvado su vida y que ella fuera lo suficientemente leal como para pagar sus deudas sin cobrarlas en sangre, algo que le hubiese privado de aguantar una lengua mordaz y viperina como la que retenía el impulso de arrancar de la boca del herrero. Realmente, la vida de la loba no valía tanto como para no arrancar la cabeza de ese bastardo pero sus principios, de moralidad laxa, sí.

Con un golpe, la cerveza de su mano resonó contra la mesa cuando se apoyó en esta, inclinándose frente a Zeus, sosteniendo esa mirada de demonio.

-Te hice saborear lo que es sentirse vivo en este infierno. -La sonrisa de la chica brilló pecaminosamente en su rostro cuando habló con esa ronquedad animal en su voz. Ese hombre podía negarlo si así lo deseaba, pero ella lo había visto cuando mató a aquel siniestro, cuando se dejó llevar por su auténtica naturaleza, nada que ver con el humano venenoso que creía tener poder en aquella habitación, tan solo la pobre sombra de lo que podía ser en realidad. Podía argumentar lo que quisiese, pero ella le dio la oportunidad reluciente y en bandeja de plata. Le debía su despertar, aunque no tuviese una jodida idea de que podía significar eso, ni mucho menos cuanto para Ryssa. Se sentía poderosa porque quisiese o no, había provocado a su lado más visceral. Ella. Y él debía tener eso cristalino como el agua.
Lentamente, con la barbilla levantada, volvió a erguirse y señaló con la cabeza la dirección en la que se había marchado Perséfone.

-Pero guarda tu as en la manga. No vendas la información al mejor postor o acabarás muerto. -Le miró de soslayo, no era amenaza suya, sino de la que se podía leer fácilmente en la intimidad celada de alguien que no permitía ni que se supiese su nombre, esa vampiresa tenía secretos, conscientes o no... y, aunque el pensamiento de la fragilidad de Zeus fuese repulsivo, era más real que el mismo- No airees con quien compartes cama, sea verdad o no... porque terminarán por hallar tu cadáver. -Quizá esa si fue amenaza de su cosecha, ciertamente- No voy a ofrecerte nada a cambio, era mera curiosidad. Puedes responder o no.-Rabiosa y genuina que la carcomía por dentro, pero decidió cesar en su insistencia, más tajante. Porque no debería importarle y lo sabía, porque averiguar una sola cosa sería sonsacar una oleada violenta y de posesión absoluta que la llevaría a destrozar a ese hombre, porque había tenido que controlarse con la mención de que eran amantes- Al fin y al cabo solo vine para ver si seguías vivo. No lo esperaba, enhorabuena. -Se viró, dándole la espalda, echándose hacia atrás la melena azabache- De nada por la cerveza. -Canturreó con su característica despreocupación, distrayendo su atención con sus nuevos ropajes, más ligeros que las pieles y el cuero que solía llevar lamiéndole la piel. Y ahí se perdieron sus pensamientos, mientras en realidad miraba a su alrededor, buscando los vagos indicios de una presencia de Perséfone más permanente allí.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Mar Nov 03, 2015 5:19 pm

Una risa sonora escapó de su boca, poniendo en evidencia y jactándose del poco conocimiento que la loba poseía. Y aquella risa bastaría para sacarla de su error, incluso tal vez la haría pensar más en él y entonces su curiosidad se centraría en él. La afrenta había sido en contra de Helena, sin embargo alcanzó a ver, con el rabillo del ojo, la expresión que se apoderó Kirgyakos en reacción de sus palabras. Entendió medianamente la razón y, por tanto, aquello se convirtió en una de las pocas cosas de las que no se burlaría. Era la segunda vez que aquella mujer le tomaba desprevenido y sin más remedio que dejarla ser. No obstante, su burla debió concluir ese estado de confusión, retomar su acostumbrada y jodida manera de ser porque no iba a dejarse en manos de esa mujer. Y sabía que era un reto, más que ofenderlo ella buscaba provocarlo. ¿Quería que le hiciera todas esas cosas que él sabía? ¿Quería que su cuerpo sirviese para probar que su discreción no se originaba en la inexperiencia?

El movimiento suave de aquellas caderas hacía su trabajo, pues cargaban sus curvas femeninas de una sensualidad que forzaban al danés a mantener la mirada, no en el cuerpo ajeno, sino en aquellos ojos salvajes que prometían un sinfín de cosas. Y la muerte figuraba en aquellas promesas, al igual que el placer en una representación un tanto más bestial que la dulce compañía de una mujer cualquiera. Eso le fascinaba al herrero, no se lo iba a negar a sí mismo. Era una de las pocas mujeres que lograban despertar en él un deseo genuino y, por lo tanto, no iba a mentirse a sí mismo dejándolo todo como un vil juego. La cerveza estaba de más durante esa interacción,  y no pondría su atención en la botella sino hasta después. De modo que, cuando Ryssa se encontró frente a él y le susurró lasciva una verdad simple,  Zeughaunn inclinó ligeramente su rostro, como si buscara adueñarse de sus labios; sin embargo guardó su distancia. Cabe resaltar que el hombre no estaba cediendo a las provocaciones femeninas de la loba, sino que optó tomar parte de aquel juego,  buscando seducirla a ella también. ― Tienes razón,  de debo eso al menos. ― Musitó en aquella posición,  con una sonrisa coronando su rictus como de costumbre y con sus ojos puestos sobre ella. Aunque su voz parecía henchido de sarcasmo, decía otras cosas además de la verdad. No podía olvidar la sensación que se apoderó de su cuerpo mientras combaría, cómo la adrenalina lo privaba del dolor y del cansancio propio de un humano como él. Sin embargo, esa sensación no era algo que le debía exclusivamente a la mujer. Quizá tenía en deuda la ocasión, pero no el saborear la vida tal y como lo planteaba ella. Pandora era un infierno más en la larga lista que él tenía, era una desgracia más en aquella serie de sucesos que conforman la vida y la historia de una persona, pero no encontraba nada en especial, nada distinto ni nada de lo que no pudiese escapar. Sabía, no obstante, que de Pandora no saldría jamás, eso no era el problema, sino permanecer en el anonimato como la miseria de mortal que era sin todo el poder que había logrado obtener años atrás. Y si Ryssa Kirgyakos podría ofrecerle algo similar, entonces valdría la pena.

Se limitó a dirigir su mirada al sitio señalado por la loba y encontró cierto fastidio en volver a aquel tema. Para él esa información no tenía gran valor, para él ni para nadie más en Pandora. Todo se había reducido a una simple historia, a una vida aparte y completamente distinta a la que llevaban ambos ahora, por lo que no había modo en que fuese a perjudicar a Helena o a él mismo. ― No hay un tal buen postor. La información no vale más que para conocer quiénes éramos antes de venir aquí, así que en realidad no necesito nada a cambio. ― Explicó luego de escuchar las advertencias de la morena. ― Incluso en el mundo humano no éramos nada más que socios, así que no tienes de qué preocuparte. ― Añadió burlón después de los segundos que demoró en tomar la botella de cerveza y darle un trago. Si Ryssa mostraba interés hacia aquellas palabras, que eran en realidad el preludio a la información que ella deseaba saber, entonces Zeughaunn continuaría.


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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Dom Nov 15, 2015 7:43 am

Por el breve tiempo de un parpadeo, Ryssa casi creyó que Zeus, no Zeughaunn, reclamaría su boca. Le veía vibrar en el fondo de aquellos ojos azules, pozos insondables que capturaban lo que ella quería arrancar de aquel humano. Pero no estaba despierto, no era a aquel mortal que sonreía como una bestia a quien Ryssa deseaba. Era a la propia bestia, a flor de piel. Aunque ese herrero bien podría estar a la altura de sus instintos más bajos, el eco de lo que llevaba dentro.
Siendo honestos a la verdad, la griega no había barajado que fuese capaz de encararla de aquella forma. Los humanos no solían encajar bien las amenazas, por muy cariñosas que éstas fuesen... y no era el caso. Pero la morena no perdió la ocasión, un ronroneo animal vibró desde la profundidad de su garganta e inclinó más la cabeza, su nariz apenas rozando la del rubio, asegurándose de que su mirada desafiante siguiese anclada en la suya. Ahora parecía ser la loba la que se iba a cobrar el reclamo. Y lo hubiese hecho, porque no era la clase de mujeres que reprimían sus deseos, si no fuese aquel hombre.

-Pensé que me costaría más convencerte. -Susurró torciendo aún más su sonrisa, mostrando de una forma feroz los dientes, lamió el colmillo que enseñó en ella, el mismo que había desgarrado la carne en su otra forma. Pero su presa aún no era quien ella quería, aunque eso ni siquiera Ryssa, más bien Artemisa, alcanzaba a comprenderlo, igual que su arrebato posesivo, algo que solo la loba que yacía en su interior entendía y hacia que su corazón latiese con sangre animal mientras su cabeza aún tenía la suficiente humanidad como para privar al instinto primitivo más puro y natural. Porque si fuese Ryssa la que tenía todo el control, ninguno de los dos seguiría allí respirando con tranquilidad, porque Perséfone hubiese sido el enemigo entonces pese al respeto, porque habría exigido que Zeus fuese aquel hombre y habría demostrado que era suyo marcando su cuerpo como si fuese su territorio, sin importarle las consecuencias.

Pero aún estaban las pisadas humanas de Artemisa entre las huellas de can de Ryssa, había cierto raciocinio ahí mientras la luna no le brindase la oportunidad de perderlo.

Se sentó frente a Zeus, apoyando su brazo sobre la mesa con los músculos en una leve tensión, tras asegurar sus ropajes, mientras fijaba su mirada ensuciada de un tono amarillento en sus iris, apenas unas motas, en la pared, lejos del herrero. No le interesaba que se percatase de que su control pendía de un hilo cuando las emociones se abatían sobre ella, que la mujer lobo era más real cuando la dominaban sus sentidos primitivos, salvajes. Le escuchó con un silencio sepulcral, cruzando sus piernas bajo la suave tela del vestido azul que lamía su piel. Sonó a que le iba a brindar un puñado de palabras sin ponerse como un capullo, que es como tendía a actuar para alegría de cualquier ser vivo. No torció el rostro hacia él, sino que le miró de soslayo a través de unos mechones oscuro de su cabellera que sirvieron de cortina entre ambos, donde apenas se vislumbraban sus ojos.

-Para mí vale, así para que después no te pongas fino como ambos sabremos que lo harás, esa cerveza será suficiente para saldar lo que digas. -Observó mientras la sonrisa tironeaba de la comisura de sus labios, ¿a quién pretendía engañar el mortal? Era un hombre de negocios, antes o después se habría cobrado su historia, aunque casi la sorprendió por hacerlo de buena gana teniendo en cuenta su reserva natural. Casi. Porque no le dio tiempo antes de gruñir ante su último comentario en una señal de advertencia- No sería preocupación. -No exactamente. De cualquier modo, acabó mirando directamente, con el interrogante titilando en su mirada, azulada de nuevo- ¿Socios? -Fue lo único que pronunció en una invitación a hablar.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Jue Dic 17, 2015 1:04 am

Estaba tentado. Zeughaunn estaba siendo tentado, alguien estaba teniendo la osadía de provocarlo. Zeughaunn nunca fue un hombre al que tuviera que seducírsele para llegar a algo, nunca fue alguien que debiera ser persuadido mediante la tentación. Sin embargo, Zeughaunn no fue nunca un hombre caprichoso. Si había algo que él deseara tomar, lo hacía y la resistencia, lo prohibido, sólo convertía su objetivo en algo mucho más deseable. Y Kirgyakos era todo eso al mismo tiempo. Tentación, resistencia, prohibitivo, deseable. Era una bestia digna de ver lo que se encontraba tras la máscara de humanidad del herrero, era un reto en persona. La tranquilidad en la que él había planeado existir temporalmente había sido derrumbada por el contoneo de su cuerpo, con su mirada salvaje y retadora, irreverente. Si reclamaba sus labios o si se resistía, todo estaba perdido. Él estaría perdido. Quizá no irrevocablemente, pero se dejaría perder por un tiempo. ― No es mi trabajo cumplir con tus expectativas. ― Aceptó una vez que ella tenía razón, su respuesta anterior iba cargada con verdad, pero no lo aceptaría una segunda vez, prefería ser un cretino a reconocer que gracias a ella recibió lo que él mismo se había privado desde mucho tiempo. Zeughaunn era un animal, estaba hecho para matar, para cobrar vidas y condenar a otras, para hacer cuanto le pareciera pertinente, pero en Pandora era un simple herrero.

Estaba molesta, no sabía ocultarlo. Eso le causaba gracia al rubio, le gustaba saber que sus palabras eran capaces de fastidiarla lo suficiente para entretenerlo, para hacer una rabieta como cualquier mujer lo haría. Por eso se burlaba de él, por eso estaba sentada con aquella postura, sin dignarse a mirarlo cara a cara. Conocía los riesgos de sus palabras, pero valía más el ceño fruncido de la morena, sus respuestas espontáneas que lo obligaban a exponer su dentadura blanca con una media sonrisa, burlona o autosuficiente. Sus ojos interceptaron los de ella entre los mechones de cabello azabache, apreciando apenas el azul de la mirada ajena. Como esperaba, se había interesado en lo que él decía, había comenzado a ceder durante la conversación el control de la misma, como si supiera que ello animaría más las confesiones de Zeughaunn. ― Me basta con sacarte de quicio. ― Terció con su habitual mueca burlona y al instante se refugió con un segundo trago de cerveza, presumiendo la naturalidad con la que lograba conseguir lo que buscaba. Siempre.

Depositó la botella en la mesa y se giró levemente hacia ella, pues se había recargado al filo de la mesa. Le dedicó, durante unos segundos, una mirada cargada de incredulidad con la evidente intención de exponer los hechos tal y como él los había percibido. Pero no hizo nada, porque él, en realidad, no se dio cuenta de nada. Continuó con la certeza de que se había fastidiado por otras razones que nada tenían que ver con la preocupación ni con la relación que tenía con Helena. ― Socios. ― Repitió. ― Compartimos oficio durante unos cuantos años, nos conocemos de mafias y de tráfico de todo lo que se te pueda ocurrir. Nos movía el poder y la libertad ilícita de hacer todo cuanto se nos ocurriera. ― Explicó al mismo tiempo en que daba un sonoro paso hacia la loba y se inclinaba a su altura, con el rostro serio, lejano al Zeughaunn que Ryssa conocía. ― Entonces nos enviaron aquí. Ella no recuerda nada y yo soy el único que sabe quién es además de los bufones de Bran. Ése es nuestro “algo más”, su curiosidad y mi ambición es lo único que nos hace seguir siendo socios. ― Sin recuperar distancia ni erguirse, esbozó frente a ella una sonrisa ladina, retorcida y maliciosa. ― No te ha dicho su nombre, ¿verdad? No tiene ningún valor, pero lo oculta de todos modos como si fuera a conseguir algo, así como también viene creyendo que le daré las respuestas que pide.


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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Vie Dic 25, 2015 5:54 pm

Pero lo hacía, Zeus cumplía con sus irreverentes expectativas. Que Ryssa tenía un leve problema de ludopatía con las personas podía tener algo que ver. Las ganaba, las perdía. Apostaba por romperlas, por fortalecerlas, por corromperlas, por su pureza. Y cuando más la pertenecías, la apuesta proporcionalmente subía, como la espuma. Les confería así el valor que jamás pronunciaría en voz alta. Y cada vez que ese humano rechazaba su juego, sonreía con la dureza del acero para negarse ante ella y reafirmarse a si mismo, más cerca de Zeus estaba y más se distanciaba de Zeughaunn.

-Es tu retorcido encanto inconsciente, herrero. -Se limitó a replicar, si bien el reto no yacía implícito en sus palabras, esa vez no. Constataba un hecho como quien afirma que el cielo era azul. Porque a Ryssa no le parecía que provocar a la bestia para sacarla a jugar significase manipular en pos de sus expectativas, él era lo que era, independientemente de la loba, ella solo podía verlo y tratarle en consecuencia. Y ese maldito bastardo se atrevía a mover sus piezas lentamente en lugar de lanzar el tablero al suelo, manteniendo aquella insufrible fachada del herrero curtido que ya había visto resquebrajarse. Tiraría los pedazos aunque tuviese que arrancárselos, recreándose en cada atisbo de la fiera y su apuesta estaría intacta, su expectativa quisiese el rubio o no, cumplidas.

Arqueó ambas cejas en su dirección, parcialmente girado su rostro hacia el rubio. Aún con esa furibunda sensación de posesividad animal que se revolvía en su interior para demostrar que el humano no tenía ni voz ni voto, que la vampiresa no tenía nada que ver entre ellos, podía la curiosidad. De momento pesaba más.

-Conformista. -Se relamió los labios, humedeciéndoselos con la lengua. Eso si fue un reto y una pulla en toda regla si bien se permitió escuchar con atención su historia con Perséfone. Nunca habría creído que la vampiresa se mezclase con la calaña de Zeus, fuera o dentro de Pandora, humana o no. Ella era como un zorro astuto, Zeus un león. Eran especies distintas, requerían tratos distintos. ¿Allí fuera funcionaban así los negocios? Le siguió con la mirada. Un fin común habría hecho que una gacela trabajase con un guepardo.
Ese acercamiento que tuvo el rubio fue reconocido por su instinto animal, que le hizo emitir un rugido de advertencia. Había muchas formas de intimidación, de imponer autoridad. Con aquel cuerpo y esos ojos, Zeus sabía hacerlo y primitivamente, Ryssa reaccionó irguiéndose también en la silla. Fue una danza inconsciente en realidad, quedando a esos centímetros de distancia de él, aún más pendiente de sus respuestas a medida que notaba el cambio en él. El humano reflejaba... si hubiese tenido que explicarlo en sus propios esquemas, irradiaba esa resolución de alfa, hablaba como el líder negociador que había sido. No era ni Zeus ni Zeughaunn. No era todo instinto, era más frío. Mejor que el humano, peor que la bestia.
De alguna manera, todo lo que le decía el rubio le sonaba sumamente lejano. Tráfico de ¿qué? ¿Armas? ¿Drogas? ¿Qué importaba? Ni siquiera se le antojó real según salía de sus labios, no lo concebía en su mundo, no tal y como era fuera de Pandora.

-Pensé que simplemente quería ser misteriosa, nuestro primer encuentro fue demasiado romántico para estropearlo con nombres y la realidad tiende a fastidiarlo. -Se pronunció al respecto con la burla cincelada en cada letra. También fue su forma de tener excusa para esbozar una sonrisa ladina sin mayores explicaciones. Así que por eso se conocía. Solo por eso. Mejor. Acentuó su sonrisa salvaje- ¿Qué quieres de ella? -Interrumpió de golpe su propia satisfacción- ¿Formar parte de sus negocios como cazarrecompensas? ¿Volver a traficar? No entiendo que haces aquí encerrado entonces. -Murmuró con despreocupación echando un vistazo a su alrededor- ¿Con qué lo hacías antes? -Ni siquiera se dio cuenta de que se centró en él, en su pasado. Probablemente era la primera persona a la que le hacía preguntas tan directas al respecto porque sabía una cosa segura: Zeus jamás le interrogaría a ella sobre el suyo. El narcisismo y lo escueto que era aquel hombre le permitía dar rienda suelta a su curiosidad sin tener que andar con pies de plomo sobre que debería pronunciar o no, porque él solo le respondería o declararía de un modo u otro que no contestaría pero le devolvería la pregunta lanzada. La peor consecuencia era su irritación y Ryssa había averiguado que podía lidiar con ella con más placer que con el buen humor de otros.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Dom Ene 03, 2016 10:58 pm

La botella de vidrio, a medio vaciar, giraba entre los dedos del herrero, sostenida por la piel áspera de las palmas de esa mano que, más que acostumbrado al cristal, el hierro y el carbón conformaban su tacto habitual. Su mirada penetrante estaba centrada también en el envase, como si la elipse de la superficie robara su atención y no le permitiera escuchar la contestación de la morena. ¿Acaso se contradecía a ella misma? Llamarlo conformista anunciaba cierta decepción, como si esperara que Zeughaunn hiciese exactamente lo mismo que decía no debía hacer. ― ¿Quieres que me haga el difícil? ― Inquirió lanzándole una mirada pícara, sin saber a ciencia cierta si aquello contribuía a sacarla de quicio o a satisfacerla.  Era, de un modo u otro, un reto más, una jugarreta de muchas que tendría lugar entre ellos sin un fin real, sin nada que contribuyera realmente a una causa o que les brindase a cualquiera de los dos un beneficio. Ese intercambio de respuestas y preguntas no era más que palabras tiradas al azar, tentativas que incluían, ocasionalmente, tentaciones y mal humor. Por lo pronto, fingía preferir el brillo que se reflejaba en la cerveza a través del vidrio, como si aquello evocara recuerdos y pensamientos más interesantes que lidiar con la mente de una mujer como ella. Si había algo que estaba evadiendo, era el hecho de que esa conversación no había hecho más que comenzar, que se encontraban irrevocablemente involucrados el uno con el otro tras revelar superficialmente una serie de acontecimientos que pretendía ignorar.

La comisura de sus labios se contrajo un poco, dando lugar a una mueca que oscilaba entre el fastidio y la indiferencia. En parte Kirgyakos tenía razón en tanto a lo misterioso del asunto, pese a que sus intenciones fueran burlarse. Incluso él mismo sabía que la razón de tanto misterio tenía origen en la ingenua creencia de que saber un nombre o no la ayudaría a distinguir a quienes podrían serle de utilidad de quienes no. Sin embargo, la reputación de la vampiresa convertía el anonimato destruido en un objetivo, porque no había manera más efectiva que acorralar a un enemigo difícil que conocer sus debilidades. El nombre era una clave. Al igual que Zeughaunn lo fue para él en otros días. ― Trató de matarme cuando la nombré. ― Afirmó con aire victorioso, como si haberla provocado con tal facilidad fuese toda una hazaña. ― Alguien tan desesperado por guardar un secreto no deja cabos sueltos a menos que quiera algo. ― Esa fue su respuesta. No sabía realmente si, fuera de lo que la vampiresa exigía, él esperaba conseguir algo a cambio más allá de las ventajas que un aliado sobrenatural podrían ofrecerle. Fijar lo que quería de Helena era difícil, algo que no deseaba compartir con la morena, algo que le molestaba tener que exponer. Pero era Zeughaunn, rara vez respondía justamente lo que se le preguntaba. De hecho, esa intrusión comenzaba a malhumorarlo. Era insistente, invasivo. ― Tenías razón acerca de la cerveza. Supongo que no puedo exigir nada más. ― Musitó alzando levemente el envase, casi a la altura de su rostro. Un rodeo absurdo para la entrevista que él mismo había accedido a dar sin pedir nada a cambio. Tan idiota. Por lo pronto, debía maquinar una respuesta apropiada en caso de que Kirgyakos insistiera, debía poner en orden sus pensamientos para plantearse seriamente qué podía ganar de aquella relación con la vampiresa o si realmente buscaba algo más que el placer de negarle lo imprescindible. Recuperar su fama de criminal quizá era tentador, pero difícilmente se dedicaría a traficar humanos como él ni mucho menos se fingiría justiciero para perseguir malhechores a cambio de una sustanciosa cantidad de dinero. Quizá sólo debía plantearle que no buscaba nada en específico, que la mujer, tanto en Pandora como en el mundo humano, era quien lo frecuentaba con algún interés fijo, no al revés. Y seguiría siendo verdad. Así se convirtieron en conocidos y, posteriormente, en socios. Zeughaunn siempre se bastó con lo que tenía. Helena no.


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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Miér Ene 06, 2016 11:20 am

El movimiento de negación de la cabeza de Ryssa fue lento, sin apartar sus ojos de Zeus y que por un momento ardieron como brasas azules. Se tomó unos segundos de silencio mientras, poco a poco, una sonrisa se abrió paso por su rostro, extendiéndose como una bandera de marfil.

-¿No lo eres? -Repuso en un tono que si no saliese de los labios de la loba bien podría haber sonado inocente pero viniendo de esa mujer fue una nueva provocación solo más musical- De todas las cosas que puedes hacerme, decides que te basta con sacarme de quicio. -Echó la cabeza hacia atrás lanzando un suspiro al aire donde reveló sin pudor que significaba para ella el conformismo en el herrero pero continuó sosteniendo, de soslayo, la mirada de aquellos ojos tentadores. Los humanos carecían de imaginación cuando se trataba de permitirse caminar por territorios salvajes. Confundirlo con sentido común no era ninguna excusa para Ryssa, sobre todo tras conocer a ese hombre. Y quizá se habría tomado como un reto personal hacerle entender que sus gemidos eran mucho más agradables que sus pullas siempre que supieses como tocarla y apostaba que esas manos toscas podrían averiguarlo, pero ostentar ese título lo tenía como honor otro objetivo: Zeus. El auténtico. Lo que ella deseaba aún no estaba ahí y había algo morboso en ser la dueña de su despertar. Pero su atención ahora se volcó en su historia con Perséfone. Ryssa conocía la importancia de un nombre, les confería otro valor, pero entendía que incluso la imperturbable de la vampiresa habría arrancado la lengua al rubio para que se llevase el secreto a la tumba. Por un momento, mantuvo el semblante pensativo. En realidad, había supuesto que no dar a conocer su identidad bien podría ser una de esas rarezas estrambóticas que se gastaban algunos elementos de Pandora. Ciertamente, el misterio servía de armadura, aunque las razones que tuviese para ocultar su nombre a oídos ajenos era lo de menos, simplemente era una realidad que compartía con la propia loba así que en contra de lo que pudiese resultar, tampoco quiso averiguarlas. Respetaba lo suficiente la decisión para no hacer preguntas al respecto. Y tampoco le interesaba, ya la había bautizado como Perséfone y su panteón griego iba ganando adeptos. Lo que no había esperado es que ella careciese de recuerdos. Se había hecho a si misma de nuevo. Eso mantuvo a la loba sumida en un ausente silencio durante un puñado de segundos.

-Siempre tengo razón. -Mintió con despreocupada arrogancia, aunque siendo honestos, no cuando era sobre alcohol o comida. Tenía un paladar exigente aunque sea cual sea la calidad, la aceptaría. Si bien eso no varió ni un ápice su mirada inquisitiva clavada en él. No había respondido a sus preguntas y estaban en un punto en el que Ryssa no se levantaría simplemente y se largaría sin obtener ninguna palabra a cambio de la cortesía de dejarle solo- Zeus. -Pronunció al son de un interrogante incuestionable, le bastó nombrarle para decir todo lo que deseaba. Llegó con la intención de descubrir si su apuesto seguía viva, se marcharía cuando supiese porque no había muerto a manos de la vampiresa y que deseaba él de ella. Borró toda sonrisa que había engalanado su expresión hasta el momento. No debía importarle, ¿por qué? No se lo planteó, solo quería saberlo aunque eso significase que ese hombre volviese a creerse grande y sacase los dientes. Y aún así, levantó la mano para arrebatarle la cerveza de la suya, buscando el trago fresco del alcohol de Valtesi.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Zeughaunn E. Schmeichel el Lun Ene 18, 2016 10:59 am

Una risa escapó de su boca, baja, moderada, ronca. Inclinó hacia delante su cabeza para ocultar medianamente aquel gesto de incredulidad, esa expresión que exponía de sobra su postura. Aunque sus intenciones con la licántropo fueran de tinte libidinoso, no habría contemplado costearse ese placer a cambio de una confesión.  En realidad, no habría ofrecido nada a cambio de apoderarse de la mujer, puesto que no había encanto en ello. Si quisiera echar a andar su imaginación tal y como Kirgyakos proponía en recompensa por saciar su curiosidad, bien podía ir a un prostíbulo y pagar por una mujer silenciosa. O escandalosa, según fuera el caso. Pero no lo era y tampoco esperaba a que la morena se ofreciera de la misma manera en la que lo insinuaba. ― Parece ser gran lista. ― Terció sarcástico, como si sacarla de quicio hubiese sido la única opción apetecible. Si ella decidía iluminarlo, no se resistiría, sólo por el simple placer de verla consumirse en deseo. No se trataba de la falta de imaginación al poner precio a su confesión, ni mucho menos quedaba en desinterés; sin embargo, Zeughaunn jamás fue la clase de humano que se dejaba caer en manos de sus propios caprichos. Él comprendía que controlar sus instintos le colocaba en una posición distinta al resto de los hombres, se evitaba la perdición, se salvaba de la frenética necesidad de satisfacerse. Incluso los lobos debían entender que, pese a que tal característica formaba parte de su naturaleza, su ímpetu les sería letal algún día. No obstante, Ryssa parecía apostar por ese riesgo. Sus palabras y el tono que utilizaba para formularlas habrían toda la pinta de una insinuación si la mujer no hubiese sido directa.

Aprovechó esos segundos de silencio para meditar en su propia historia. Sin embargo, parecía no querer pensar siquiera en sí mismo, como si sus simples pensamientos fueran quienes revelaran absolutamente todo a una mujer que, aunque incapaz, buscaba desenmarañar esa existencia anormal. Era un humano siendo interrogado por un licántropo vehemente. Y aun así, la balanza parecía estar en equilibrio, daba la impresión, incluso, de favorecerlo ocasionalmente debido a los secretos que se ocultaban dentro de él y que habían tatuado su piel de manera permanente. Si Zeughaunn hubiese cedido a la fogosa invitación de Kirgyakos, ella habría sido capaz de descifrarlo a través del tacto, habría conocido más de él de lo que las palabras hubiesen podido compartir con ella. De algún modo u otro, sabía que existían cosas en su pasado que nadie podía conocer, mucho menos ella, y sus aspiraciones formaban parte de aquel esquema de cosas que Ryssa jamás conseguiría saber. ¿Qué quería de Corso? Reprodujo las opciones dentro de su mente como si fueran un eco, un sonido inventado por él. Era imperativo encontrar la respuesta a esa pregunta antes de que la morena las descubriera y ocultarlas. Sólo así podía seguir siendo un simple herrero hasta que las cosas se tornaran favorables para él. Tanto Helena como él se habían estado ocupando en conquistar Pandora de la misma manera en la que conquistaron Europa, pero ese protocolo que seguían ambos funcionaba por mera inercia. Él podía verlo en ella, pero ella no podría verlo en él. No existía ahora nadie que conociera los inicios de ese hombre, su hermano, el único testigo, llegó moribundo a Valtesi y terminó por morir a las dos semanas. ¿Y ahora Ryssa aspiraba a conocerlo?

Esas dos sílabas que ahora lo caracterizaban frente a ella no bastaron para sacarlo de su ensimismamiento. Figuraron, tal vez, entre sus pensamientos, las escuchó quizá, pero no tuvieron ningún efecto. Él estaba centrado en su silencio, en la falta de una respuesta digna de ofrecer. Kirgyakos intentaba hablar con un fantasma. Y aunque no mirase a nada en específico, sus ojos detectaron la mano de la loba al alzarse. Reaccionó por mero instinto y la sujetó firmemente de la muñeca. En su mano libre se encontraba la intocable botella de vidrio medio vacía. ― No quiero nada. ― Sentenció tras mirarla unos segundos con inconsciente fiereza, mas no la soltó pese a percatarse de lo que había ocurrido. Quizá aquella postura y esa mirada que depositaba en ella servirían para persuadirla de que no tenía intenciones ocultas.


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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

Mensaje por Ryssa A. Kirgyakos el Dom Ene 24, 2016 6:39 pm

Se limitó a encogerse de hombros. No usó esa lánguida, seductora y teatral manera de hacer caer sus pestañas como sabían hacer las expertas prostitutas que había avistado en cualquier región para atraer a cualquier hombre a sus faldas, tampoco esos movimientos suaves y femeninos de las que parecen tener el privilegio de ser tan etéreas como delicadas, mucho menos una vaga sonrisa que con suma discreción se esgrimía para oscilar entre el sí y el no. No. La griega mantenía los ojos clavados en aquel rostro curtido en Pandora, en el rictus eternamente sarcástico. Directamente, encajando cada palabra con una curva brutal dibujada en su boca que respondía silenciosamente, siempre más animal que humana.

-Deberías repasarla. -Pero no añadió nada más, no volvió a caer en el juego que ella misma había iniciado. Carecía de importancia el motivo real de haberlo hecho, siempre había sabido lo que había querido del herrero en cuanto descubrió lo que escondía tras ese brillo metálico que parecía una armadura blindada en aquella mirada salvaje. Nunca sería el momento de que la loba saliese a simplemente jugar hasta que no pudiese apoderarse del hombre que debía estar ahí en lugar de Zeughaunn, no en aquella casa, bajo la seguridad de aquel refugio. Si bien siempre había cierto placer en provocar al perro tirándole del rabo aunque éste intentase al final dejar la huella de sus dientes en la piel. Ambos sabían hacer eso.

Silencio. En el fondo, Ryssa ya sabía que aquello era lo que iba a obtener del humano, solo su silencio. Los métodos de persuasión más habituales en ella no colaboraron esta vez a su favor. No hubo ninguna risa semejante al ladrido de un can, tampoco el brillo dorado del peligro en sus pupilas ni el gesto agresivo que presagiaba el sabor metálico de la sangre en la boca de uno. No era un interrogatorio, era algo en su interior que le empujaba a saber. Y una parte minúscula de ella a la que no otorgó importancia pero sin embargo que sabía porque, tomó la decisión por ella: no recurriría a lo de siempre, aunque sintiese una honda irritación. No existía esa misma sensación de posesividad, no al completo, no era eso lo que hablaba por la hija de la luna cuando quería averiguar que se traía entre manos que pudiese sacar de Perséfone. O quizá la posesividad, en realidad, lo fuese todo. Se contuvo, se obligó a hacerlo. Aquello era tan habitual como desacostumbrado. Nunca se reprimía, esta vez supo que era necesario. No por el herrero, sino por ella.

El tacto fuerte y áspero de aquella mano se cerró en torno a su muñeca. La mirada agresiva de la loba se alternó entre el rostro del humano y aquella captura. No hubo rastro de su característico humor retorcido, no había sonrisas aceradas ni ladinas, tampoco comentarios despreocupadamente provocativos. Aquel gesto fue demasiado osado en un momento que la morena fue incapaz de apreciar. Mantuvo su brazo levantado, alzando orgullosamente la cerveza durante unos largos segundos mientras entre ambos flotaba la respuesta del rubio. Y entonces se rompió esa quietud con un brusco movimiento, usando su fuerza superior deliberadamente para librarse de su agarre con brusquedad. Sostuvo la mirada del hombre, entrando en aquel embrujo de poder solo para enfrentarse a él con la violencia de su raza. Sin apartar la vista, llevó la bebida a sus labios y lo vacío en un par de rápidos tragos. Dejó con un golpe para el resto de la humanidad fuerte, para ella suave, el botellín en la mesa.

-Mentiroso. -No fue una voz humana la que dijo eso, tampoco lo era la Ryssa que se irguió entonces, levantándose del asiento para por fin desengancharse de su mirada azulada, dándole la espalda y dirigiéndose hacia la puerta, cerrándola tras de si sin volver la vista atrás.




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Re: Todo el mundo tiene historias, aunque no las cuente { Perséfone y Zeus.

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