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¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

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¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Lun Jun 22, 2015 7:54 pm

¿Qué diferencia había entre Hunter y un cazarrecompensas? No se adjudicaba las presas según leía con despreocupada indiferencia cada cartel de "Se busca", sino por órdenes. Tampoco recibía la sustanciosa suma de dinero, pero acogía con respeto reverencial la reputación que suponía cada éxito, cada animal acorralado. Porque eso eran para él. Cada vez que, excepcionalmente, podía sentir la crueldad de acosar a alguna raza hasta el exterminio, que una voz ajena trataba de hacerle ver que al fin y al cabo eran seres vivos, que merecían algo más que inclinarse ante la muerte de su filo o pasar el resto de sus vidas entre unos barrotes resistentes, ellos le demostraban que solo eran bestias. Colmillos afilados, aullidos inquietantes, el canto seductor e inhumano... recordaban a Drako Porgtas quien era y porque era como era, quien le había hecho así.
Era cierto que él prefería los combates abiertos, el campo de batalla cuando él y sus hermanos entraban al juego con el olor del cuero y el acero, era un guerrero... pero no podía rechazar las misiones que le asignaban sus superiores, por dos motivos: su lealtad le hacía cumplir cada orden sin titubear, más proviniendo de un rango mayor y sumaba más fama al nombre del Hunter. Al margen del orgullo, significaba que era eficaz. Pero el encargo de aquella ocasión le contrariaba secretamente. ¿Por qué tenían que lanzarle a la lejanía de las montañas para capturar a una vampiresa? Racionalmente deducía que había llamado la atención, que tenía que ser sofocada y entonces ¿por qué deseaban su vuelta a Bran? ¿Quién era Helena D. Corso? No conocía la jerarquía de los chupasangres, tampoco si era la causante de una revuelta pero los suyos la querían de regreso a su región.. a salvo. Y él debía custodiarla ante las puertas de la ciudad, ante quien quiera que reclamase la presencia de esa mujer. No se sentía cómodo trabajando con esa escasa información, solo sabía su condición sobrenatural, que debía hallarse alerta a juzgar por el número de recompensas cobradas a su sobrenombre y que era importante que llegase todo lo viva que pueda estar una vampiresa hasta Bran. Más de una vez había tenido menos, pero para dar una sentencia de muerte bastaba conocer los crímenes. Los últimos rumores que encajaban con la descripción de la mujer le guiaron hacia Mördvolathe. ¿Escondiéndose? ¿En el terreno de los alados?

-Sssh, relájate. -Calmó el siniestro al semental azabache que se erguía a su lado, sus cascos hundiéndose sobre el terreno quebradizo del suelo de la montaña. El caballo estaba inusitadamente tenso, resoplando fuertemente por su nariz mientras miraba nerviosamente entre la nieve que se extendía por el suelo como una alfombra blanca e impoluta. Por suerte no era ahí donde Drako aspiraba a hallar las huellas de su presa, a sabiendas de que estaba cerca de ahí.
Palmeó el lomo del animal. Era el mejor indicador para reconocer la presencia de bestias, reconocían el olor de un cazador, sabían cuando estaba expuestos al peligro. Y ese era uno de los motivos, aparte del transporte, por el que el rubio había ido hasta allí con el caballo. A cada paso que daban, el caballo caía más en la intranquilidad. Iba por buen camino. Aguzó la vista entre aquellas piedras que se alzaban poderosamente ante él, empinando y dificultando el camino. Sin duda la vampiresa se había asegurado que nadie quisiese encontrarla y se diese por vencido. Drako liberó las riendas del semental y siguió en solitario, cuando, por fin, halló las huellas de delicadas pisadas mientras los primeros copos del día se cernían sobre él. Una suerte, una hora más tarde se habrían borrado.

-Te tengo. -Susurró Portgas, tomando un puñado de nieve entre sus dedos tras inclinarse para estudiar hacia donde se dirigían las huellas. Probablemente la vampiresa no hubiese visto motivos para ocultar un rastro que desaparecería en un parpadeo. Se incorporó y las siguió.
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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Jun 25, 2015 10:21 pm

Si algo sabía de sí misma era que su lugar no estaba en Pandora. Estaba absolutamente negada a formar parte de aquel mundo que parecía a una arena de batalla en donde todos eran enemigos,  en donde las alianzas sobrevivían para terminar matándose entre ellos cuando no quedase más a quién matar, cuando tuvieran la victoria ante sus ojos. Una ilusión seductora, una mentira sembrada en todas las razas y reforzada en la marca que los humanos portaban en el pecho como víctimas dedicadas al sádico juego de los titanes. Por tanto, ¿qué objeto tenía jugar a los guerreros, al aristócrata, al mercenario o al letrado si al final todos estaban unidos por la misma cadena? ¿No era mejor alentar la matanza y verlo todo como una simple espectadora? Siendo ese el caso, tampoco había razón por la cual dedicarse a cazar por dinero, por sacos repletos de monedas de oro que sólo rellenarían una habitación y teñirían las paredes con su resplandor dorado, ni tampoco había motivo para abandonar Valtesi a fin de borrar su rastro.

No debía ser un secreto para Ikarus que su región era frecuentemente el refugio de la vampiresa, que en sus tierras se hallaban ocultas las riquezas de la mujer, así como debía ser consciente de que, si tenía ahí su guarida, sus intenciones para con los alados no eran hostiles, que, incluso más allá, no se dejaba ver por ninguno, a excepción de un aliado que le informaba de todo cuanto se enterara en Valtesi. Y aquella relación era del agrado de Helena, pues el interactuar no estaba dentro de lo inevitable, sino cuando la situación le convenía, cuando tenía la certeza de que el hombre le ofrecería precisamente lo que ella buscaba. Fuera de ello, ni siquiera Mördvolathe era sitio para estar tranquilo, con la guardia baja.

Y pronto llegó el momento en el que su estadía en la región destinada a los humanos estaba de sobra, que, de momento, no encontraría nada en ese lugar que fuera de su interés, así fuera una buena víctima o un buen contrato. Entonces podía permitirse vagar por la tierra de nadie, por los parajes que circundaban cada una de las regiones para verse a sí misma ajena a todo lo que Pandora representaba por lo menos el resto del día, quizá el resto de la semana también. Así pues, encapuchó su cabeza y condujo sus pasos hacia la salida Este de Valtesi, en dirección a las blancas montañas de Mördvolathe, camino que con algo de suerte le tomaría un par de horas completar.

El viento gélido de las montañas le agradaba sobremanera y el blanco paraje apenas era capaz de igualarse con el color de su piel. Si pudiera decidir entre aislarse y continuar con su vida como cazadora, seguramente se habría decantado por permanecer ahí. Incluso apreciar el paisaje desde aquella altura le recordaba a esos cuadros del romanticismo que en ocasiones veía en la biblioteca de Baskerville, pero todo eso perdió fácilmente el encanto cuando la brisa le trajo a la vampiresa el indiscutible olor de un animal y de un caballo.  Frunció el ceño tras volverse hacia donde provenía el apeste y buscó en el camino huellas sobre la nieve que la hubiesen delatado, sintiendo un retorcido alivio al saber que la nieve había borrado la mayor parte del rastro, que únicamente quedaban sus huellas marcadas en donde estaba parada. Entonces, se le ocurrió crear un camino de huellas falsos y descubrir con ello si era ella a quien seguían, cosa que igual era bastante evidente, pues en los diversos viajes que había realizado hasta entonces, jamás se había topado con ninguna otra criatura.

Habiéndolo preparado todo, tomó ventaja de las irregularidades del terreno para ocultarse hasta tener a la vista a quien fuere que estuviera siguiéndola y se ocultó vigilando el paraje cual centinela, aguardando a la primera señal del enemigo para emerger de su escondrijo. Y ahí lo tenía. El siniestro cuya sangre lo delataba a distancia, el hombre cuyas intenciones fueron puestas en evidencia al verlo inclinarse para tomar un puñado de. En respuesta, la mujer se agasajó entre las piedras en aquel juego de cazadores tras verlo reanudar su marcha. Aguardó tan sólo un poco hasta quedar fuera del campo visual del siniestro y se abalanzó contra él sin pensárselo dos veces, aprisionándolo boca abajo contra el suelo, sin darle mucha importancia el no poder ver frente a frente al extraño. – ¿Por qué sigues mis pasos? – Inquirió secamente y con aire imperativo, permitiendo que sus colmillos hiciesen gala de su poca disposición para jugar.




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Miér Jul 08, 2015 8:25 pm

Muy lento. Un error que en el mundo de Drako Portgas podía significar la muerte, era la muerte. Sus ojos, esquirlas de hielo a juego con los parajes nevados de Mördvolathe, perseguían cada paso de la criatura que había posado unos ágiles pies sobre el suelo. Unas pisadas podían decirte mucho, el rubio debió prestarlas más atención, pero el frío que le atería le jugó una mala pasada. Si hubiese estado más pendiente, hubiese podido captar el retroceso en la doble huella de la suela que dibujaba la nieve. Pero no tardó en subsanar sus observaciones, el problema es que para cuando supo que algo no encajaba, ya fue demasiado tarde. Estrechó sus párpados. Los surcos que habían dejado los pies de la vampiresa, de repente desaparecían. Y ahí supo que se enfrentaba a una auténtica cazadora. Apenas tuvo un margen para reaccionar, su mano volando hacia la daga que escondía entre sus ropas, envainada cautelosamente en su cinto, y mirar por encima de su hombro cuando la sombra marfileña de Helena se cernió sobre él. El resultado de su descuido fue terminar sobre el manto de nieve acariciándole fríamente el rostro, a sus espaldas el aliento de la muerte en los labios de una mujer.

-Si te lo dijera, estropearía la sorpresa que te espera, vampiresa. -Y en la boca del hombre, el nombre de su raza sonó como el insulto más atroz y envenenado que podía dedicarte, si bien no trastocó su mirada calculadora. Su cabeza trabajaba rápida, sus dedos cerrados firmemente en torno a la empuñadura plateada del arma blanca- Después de todo, no sé de que te extraña, no soy el único que te busca. -Añadió con neutralidad a sabiendas de que ella sería tan consciente como él de aquel hecho. No en balde había sumado una pequeña fortuna a su nombre con sus capturas, más los chupasangres de Bran... aquella dama helada estaba muy solicitada, algo que le había otorgado a él una misión y varias molestias por el camino. Drako no era el único que había puesto su mira en esa mujer, había interceptado a algún bandido con vendetta personales en Valtesi que al oír mentar su identidad lo más bonito de lo que le habían tachado era de zorra implacable. Y, en el transcurso a aquellas tierras, había sucedido más de lo mismo. Casi había recolectado más información sobre Corso de camino que la que le habían proporcionado en Bran o Heindel.
Esforzándose por alcanzar a mirar a la castaña por el rabillo del ojo, Drako se movió lo suficiente para desenfundar su arma y en el silencio sepulcral y hábil que le caracterizaba, rasgó el aire mientras con fuerza se volteaba, desembarazándose de la vampiresa y de sus colmillos letales. Haciendo honor a su habilidad, con un sinuoso movimiento felino giró la muñeca y el filo brillante de su daga fue a morder la piel cremosa de la presa. Evidentemente, no era un cuchillo normal, el siniestro sabía lo que se hacía. Al margen de que estuviese labrado en plata, había sido sumergido en sangre de difunto. Lo suficiente para que el contacto con el filo al marcar el cuerpo de la vampiresa sufriese una ligera conmoción, la sutileza del veneno entremezclándose con la sangre de sus víctima: era dañino, pero no quería matarla, solo que no le diese problemas a la hora de llevarla a Bran. Hundió la daga, no muy profundamente, en su muslo.
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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Jul 16, 2015 3:13 pm

Tratándose de una mujer más que habituada a las hazañas de un cazador, saboreó una vez más la victoria ante aquella simple, pero efectiva, trampa. Sabía, pues, que cada acierto contra un enemigo como aquél, alguien del mismo rango y quizá mucho más preparado para dar caza, era un paso más para una victoria definitiva, para salir bien librada y continuar con su propia existencia sin más molestias. A final de cuentas, cada muerte en Pandora significaba un poco más de experiencia y la experiencia representaba el angosto camino hacia el señorío y al poder, cosa a la que la vampiresa no podía permanecer indiferente. No obstante, ese momento suyo de triunfo podía verse minado fácilmente a causa de la excesiva confianza que podía producir en la mujer; después de todo, tener a un siniestro acorralado contra el suelo no era algo que pudiese logar cualquier día.

Aunque bajó inconscientemente la guardia en cuanto escuchó la respuesta del extraño, la presión que ejercían sus brazos para mantenerle preso contra la nieve no disminuyó, sino que aumentó ante lo que se suponía era un insulto contra ella. ¿Y qué si él no era el único que andaba tras ella? Helena sabía perfectamente cuáles serían las consecuencias de sus actos, sabía sin temor a equivocarse qué produciría en los criminales de Valtesi saber que había quien podía darles casa con suma naturalidad, que su sentencia estaba firmada en cuanto la mujer recibiera su objetivo. Por supuesto, no todos eran criaturas inocentes en aquella región ni en cualquier otra y era precisamente lo que le brindaba algo de trabajo y por lo tanto sería ingenuo de su parte creer que sus víctimas o la gente cercana a ellas permanecerían de brazos cruzados al presenciar lo inevitable. Y lo cierto era que aquel siniestro era la consumación de todo lo que había desencadenado, el resultado final del rencor contra ella que casi podía palparse.

Supo finalmente cuánto se había distraído en cuanto fue capaz de ver otro tanto más del rostro de su enemigo. Un no tan terrible error. Ya la habían herido infinidad de veces en sus percances con otras criaturas, especialmente cuando tenía la mala fortuna de enfrentarse con rangos mayores. Así que, gruñó levemente a causa del dolor punzante y se apartó instintivamente del extraño, adquiriendo la distancia suficiente como para mantenerle vigilado. – Por supuesto. – Musitó luchando contra el extraño debilitamiento que le sobrevino tras ser herida. – Sabrás incluso que muchos de tus amiguitos de Heindel están entre ellos, aunque no todos han tenido la suerte de vivir para seguir siendo acérrimos servidores de Van Helsing. – Terció mirando fijamente a los ojos del siniestro como quien se encuentra cara a cara con su víctima.

Y no fue entonces, cuando los efectos comenzaron a sentirse aún más, que cayó en cuenta qué había detrás del sinuoso ataque del hombre. Esbozó una sonrisa ladina al tiempo que tensaba su cuerpo a fin de no perder el equilibrio. – Sangre de difunto. – Musitó con sorna, burlándose casi de la ironía y de la astucia del extraño. Acto se seguido se clavó dos dedos en la abertura en su muslo ocasionando que la sangre emanara a borbotones. – Dime, siniestro, ¿qué planeabas hacer conmigo después de envenenarme, eh? – Inquirió con la misma intención de insultarle cuando éste la llamara por su raza. Mientras tanto, buscaba enfurecerse en lo que su sangre terminaba de drenarse, buscaba que aquel hombre despertara los más terribles instintos enterrados en la profunda y retorcida mente de la vampiresa, porque entonces podría destrozarle y alimentar con sus restos a las criaturas que habitaban las llanuras de Mördvolathe.




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Dom Jul 19, 2015 6:05 pm

Si Drako Portgas hubiese sido un hombre que pecase de estúpido orgullo, habría permitido que sus labios se estirasen hasta componer una sonrisa sardónica. Pero haber hundido la hoja de su cuchillo y haber roto la magia de la piel marfileña de la vampiresa no significaba gran cosa. En la escala de violenta peligrosidad, los licántropos y sus eternos enemigos estaban más o menos al mismo nivel. La razón era simple: un perro mordía por instinto y se enfurecía impulsivamente, eran volubles. Los vampiros sin embargo, aunque se les reconociese por esa aura de frialdad, cuando perdían los papeles no eran mejores que esas bestias. Y todos los siniestros con un mínimo de sentido común eran conscientes de que, en ese caso, era mejor acabar cuando antes a dejarles actuar. Por eso mantuvo sus ojos vigilantes en la castaña, el rostro pétreo sin ninguna señal de placer en su ataque. Aunque tenía un punto a favor: había encontrado a la astuta y escurridiza Corso. Ahora solo debía llevarle de vuelta a Bran... voluntariamente o no.

-Por supuesto. -Accedió con pausada calma a sus palabras, agazapándose ligeramente como un felino acechante, manteniendo el azul metalizado de sus ojos peleándose con otros demasiado similares a los propios-Pero ellos no estaban preparados para ejercer este trabajo, fallaron. No cuentes hoy con eso. -Su voz siguió manteniéndose impasible, sin caer en algo tan banal como la arrogancia: constataba, simplemente, un hecho. Hunter había ido tras ella por una misión y no marcharía hasta haberla cumplido, porque eso era lo que él hacía.
Solo le dedicó a la vampiresa un leve asentimiento de cabeza. Al menos los engranajes de la mujer de hielo funcionaban rápido, muchos ya habrían caído en una cabeza embotada que les impidiese saber porque estaban como estaban. Relajó levemente la comisura de sus labios, lo suficiente para que de su rostro desterrase el rictus duro de su boca.

-Observadora. -Reconoció con una sutil inclinación de cabeza, a la par que jugaba ágilmente con la daga entre sus dedos- No vengo a por tu cabeza, vengo a llevarte de regreso a Bran. Así que, vampiresa, solo planeo devolverte a casa. -Dejó claras sus intenciones... justo antes de moverse rápidamente, leyendo como al furia hervía poco a poco en la sangre de la mujer. Si quería cumplir, tenía que apurarse. Se impulsó, dejando sus huellas en la nieve, velozmente gracias a la habilidad que bañaba sus movimientos y lanzó su cuchillo que rasgó el aire en busca de morder de nuevo la piel de la fugitiva, de su presa. Estaba preparado para ese posible combate, por eso las armas que ocultaba la capa que lo protegía del frío estaban bautizadas con la sangre de los muertos, reluciendo con mates destellos rojizos. Pero de momento se abalanzó sobre ella, queriendo derribarla mientras la debilidad aún se apoderaba de ella, tratando de mantenerla inmovilizada sobre la nieve, sus curvas heladas contra su cuerpo que aún conservaba el calor, manteniendo su mano firmemente anclada en su mandíbula para impedir que sus dientes afilados y peligrosos se hincasen en sus carnes. Empleó la rudeza para sujetarla, prácticamente usando su propio peso para evitar que se escurriese de su lado mientras trataba de hallar la forma de mantenerla presa para cargarla.
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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Jul 20, 2015 12:18 pm

Rara vez la naturaleza vengativa de la mujer salía a relucir, rara vez tenía que pagar con la misma moneda a cualquiera que osara dañarla, porque los patéticos intentos por acabar con ella o llevarla presa eran imperdonables, no había lugar en Pandora para cualquier mortal que pretendiera vencer a un vampiro sin haberse preparado cuando menos con un buen arma. Y ahora que tenía frente a ella un rival digno de sí, quería batirse y probar quién de los dos tenía una merecida existencia en aquella tierra maldita. Por supuesto, Corso debía ser quien permaneciera, quien acabara con una miserable existencia por enésima vez a fin de continuar con su búsqueda, pues para ella más valía un motivo por el cual sobrevivir que la lealtad hacia un hombre que vivía de peones y guerreros suicidas.

¿Valía la pena saber su nombre tanto como lo valía saber el de ella? Si llegaban a intercambiar entidades, ¿quién de los dos sobreviviría para conservar la información del otro? Porque en Pandora no había espacio para los dos, sólo había lugar para un mensajero de la muerte, para el cazador de cazadores y la situación ofrecía gemas de sangre como recompensa, así fueran índigo o carmín. Y aquel siniestro estaba en lo cierto; si nadie había tenido oportunidad contra la mujer era porque nadie estaba en realidad preparado, no todos los de su raza sabía a qué clase de demonio iban a enfrentarse, pero él sí lo sabía, ese extraño, de un modo u otro, había tenido la fortuna de prepararse y de conocer de cabo a rabo las debilidades de un vampiro. Había que aplaudir al hombrecito su valentía. – Todos han dicho lo mismo, siniestro, y henos aquí. – Terció fugazmente una sonrisa ladina y autosuficiente para volver de inmediato a una expresión seria, tanteando sigilosamente la nieve con pisadas que buscaban mantenerla en pie. Debía aceptar, por otra parte, que muy pocos habían tenido la oportunidad de estar frente a frente con la mujer por tanto tiempo y uno de los pocos que habían logrado herirle de manera efectiva.

¿A Bran? ¿Quién había sido el maldito enfermo que había enviado por ella? ¿Quién había tenido la ocurrencia de mentirle insensato siniestro al decirle que aquella región maldita era su hogar? Por lo menos, esas palabras bastaron para hacerla enfurecer, para indignarla lo suficiente como para querer tomar su cabeza y clavarla frente a Bran en una estaca. No obstante, no había tiempo para sorpresas ni para darle el gusto a su cazador de ver cómo sus palabras surtían efecto.

Frunció el ceño tan pronto le vio moverse y de un zarpazo desvió la daga que se dirigía velozmente hacia ella a fin de distraerla del verdadero objetivo del siniestro. Le pesaba estar envenenada, su cuerpo no estaba respondiendo como era usual y apenas tenía fuerzas para atender una cosa u otra, por ello es que no logró evadir la tacleada del hombre, terminando entre él y la fría nieve. Poco le importó lo débil que se encontraba y comenzó a forcejear tratando de liberarse, pero el peso del cuerpo ajeno la mantenía firmemente ceñida al suelo, tiñéndolo todo con la sangre que seguía emanando de su muslo. – Te sugiero que pienses en una buena excusa para cuando llegues con las manos vacías, porque no pienso volver. – Espetó entre dientes y empleó las pocas fuerzas que le quedaban para apartarlo un poco de sí hasta ser capaz de llevar sus pies al abdomen del siniestro e impulsarlo lejos.

Al quedar libre, se giró un poco hasta esconder su rostro contra la nieve, rosando levemente la nariz con la gélida textura blanca, únicamente unos segundos hasta recuperarse. Sabía que entre más se moviera, más problemático resultaría para ella, pero no iba a quedarse de brazos cruzados. De cualquier manera, el envenenamiento no había sido grave ni la cantidad suficiente como para derribarla, así que de inmediato se forzó a ponerse de pie y andar hasta donde había caído la daga del siniestro, recogiéndola como segundo método de defensa. No se arriesgaría a contaminar más su cuerpo con la sangre índigo del extraño, pero la nieve esperaba ansiosamente adquirir nuevos colores y delatar más rastros que el que la vampiresa había dejado. Si se mantenía en pie era por mero orgullo, ya que sus piernas cederían ante la primera brisa que recorriera el paso de las montañas.


This is how it was supposed to end(?):

"I get boys like you for breakfast... or dinner " (?)




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Mar Jul 21, 2015 6:43 pm

Aceptó las palabras de la vampiresa con un silencio sepulcral, si bien se abstuvo a recalcar la obviedad: a los que fueron enviados antes que él o se habían marcado un farol o se habían dejado llevar por algo tan sencillo como la arrogancia. La diferencia radicaba en un matiz muy simple, si Drako estaba ahí era porque estaba capacitado para capturarla, porque él así lo pensaba. Nunca perseguía una presa inalcanzable por algo muy lógico: no malgastaría su tiempo ni el de los suyos, uno en el que podría invertir para fortalecerse y ellos en lograr el objetivo.
No alteró ni un milímetro su tensa postura, involuntariamente animal, con la parsimonia elegante de un felino que observa a su presa esperando, solo esperando al momento propicio en el que sus garras, en forma de hojas afiladas, encontrasen la vulnerabilidad en la armadura de diamantes que constituía una piel helada como la de la vampiresa donde el escarlata ya demostraba que era posible.

-Pero sabes a quien creer. -Las palabras escaparon lentamente de los labios finos del siniestro y la amenaza velada de éstas se plasmó en el brillo que se apoderó de sus pupilas antes de acorrarlala contra el manto de nieve. La sangre moribunda de la castaña apenas se notaba en los ropajes oscuros de Hunter, previsor, la explicación real de los atuendos azabaches con los que se vestían los de su raza. El impulso de sus pies impactando en su cuerpo le echó lejos de ella, dejando un surco en el blanco suelo que se extendía a su alrededor. Los engranajes en la cabeza del rubio actuaron rápido mientras la mujer se erguía ante él, como una amazonas, protegida por el amenazador relampagueo del cuchillo y sus colmillos y... y eso era.

-Dudo que sea necesaria.

Tenía que ser veloz y solo porque la suerte le sonreía y había logrado asestar el cuchillo con la sangre de difunto podía conseguirlo de aquel modo. Se tomó solo un segundo de más para leer todas las opciones en su mente, preparado para que su cuerpo respondiese raudo en un "acción, reacción" a la peligrosa vampiresa. Por fin, movió ficha, dio la vuelta a su as escondido en la manga. Se lanzó de nuevo, sin tregua, sobre la mujer su mano dirigiéndose hacia la muñeca que sostenía el arma afilada, tratando de evitar la hoja que podría sesgar su vida en menos de un parpadeo. Mientras, mordió ferozmente su propio labio inferior, presionando tanto los dientes hasta el punto de provocar una sangrante herida que tornó azulada su boca. Tiró del brazo de la vampiresa, atrayéndola firmemente hacia él para unir sus labios. El reguero índigo que dejó su herida cincelaron los labios carnosos y llenos de la vampiresa, maquilló los alrededores de su boca para aumentar las posibilidades de que ingiriera su sangre. Y bruscamente, se apartó para esquivar los colmillos que podría esgrimir en su contra, mirándola a través de las rendijas azules que componían sus fríos ojos mientras borraba su propia sangre de sus labios, limpiándose con la lengua. Solo necesitaba que un poco del veneno que era él hiciese mella en ella, quería que fuese mansa como una doncella... porque regresaría a Bran y él sería el caballero que se aseguraría de ello.

Spoiler:
Me preocupa que contigo sea literal y metafóricamente yaoming
PD: Puedes llamarme domador de bestias Cool (?)
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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Jul 21, 2015 9:53 pm

Y ahí estaba ella, pretendiendo ser inmune a la natural debilidad de su raza, pretendiendo que no sería llevada a ningún sitio pese a las insistencias del siniestro, que no cedería a lo inevitable sin antes haber dado batalla. Por eso se obligaba a sí misma a permanecer de pie aunque su cuerpo ya no diera señales de ser capaz de sostenerse por sí mismo, segura de que podría resistir un ataque más de aquel hombre. De modo que estaba absolutamente negada a aceptar que finalmente Pandora había engendrado a un mortal de sus entrañas especialmente para darle caza, para curarse a sí misma del cáncer que esa mujer representaba sus sucios planes. No obstante, y como era de esperarse, la siguiente tacleada la derribó con mucha más facilidad y de nuevo quedó entre la nieve y el pesado cuerpo del siniestro que buscaba mantenerla presa. Sólo en aquellas circunstancias aborrecía cómo la nieve se colaba por entre sus cabellos hasta alcanzar su nuca y cómo moldeaba su cuerpo sin poner resistencia, contrario a ella, que forcejeaba por vez segunda en un inútil intento por librarse nuevamente.

Su mano, presa del agarre del siniestro, soltó el arma por inercia, de modo que pudiera centrarse en apartarlo de sí. Sin embargo supo que se encontraba irremediablemente jodida cuando de los finos labios del hombre comenzaron a emanar perlas índigo que Corso pensaba conseguir con otros métodos. No era tonta, por supuesto que conocía los efectos de aquella sangre extraña al mezclarse en su organismo y las intenciones del siniestro eran más que evidentes, quizá algo desesperadas, pero evidentes y muy probablemente efectivas. Así pues, yendo en contra de toda estadística, no se dio por vencida y sus movimientos fueron cada vez más bruscos a fin de zafarse, pero un leve jalón sobre ella fue más que suficiente para atraerla a su enemigo y acabar con sus labios presionados contra los ajenos. Se resistió a cada segundo que el siniestro duró invadiéndola y aunque quiso destrozarle la boca con los colmillos, estaba siendo ya testigo de la eficacia de la sangre de su enemigo al entrar en su organismo directamente.

Perdió el aliento casi de manera inmediata y sintió su garganta tornarse seca y áspera, mientras cada músculo de suyo se retorcía a causa del dolor, provocando que su cuerpo se arqueara y se tensara como si estuviera a punto de romperse. Sus vanos intentos por sobrellevar su reacción se reflejaron en sus manos, que se clavaron en la nieve, como si buscara en el suelo las riendas de su propio cuerpo, como si empuñar sus manos bastara para expulsar la sangre enemiga de sí. Y encima seguía atrapada bajo el siniestro, quien muy seguramente pudo ser testigo de los cambios que sufrieron las pupilas de la mujer, pues lo terrible de la sangre índigo estaba en que el cuerpo de un inmortal debía adaptarse a aquella nueva sustancia y el adaptarse significaba una tortura temporal, una debilidad absoluta durante un tiempo. Sus ojos se tornaron negros durante unos segundos y permanecieron abiertos como platos sin ser capaz de ver nada mientras Corso se retorcía sobre la nieve y, cuando hubo terminado todo, adquirieron nuevamente su color azul un poco antes de que la mujer se dejara caer sobre el manto gélido completamente inconsciente, otorgándole la victoria a su enemigo.


Spoiler:
Ea, me has dominado con trampas e.é(?)
Veamos qué tan buen domador eres en otras circunstancias




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Dom Jul 26, 2015 10:29 pm

Un témpano de hielo caldeándose entre fuego y dolor bajo los labios de Hunter. Nunca un beso había sido tan frío y estratégico, la propia llave del éxito. Pero aquella mujer era insultantemente suave bajo su boca, era puro mármol excepto ahí donde su sangre la alcanzaba. Ese calor parecía veneno, provocando que bajo la calculadora mirada del rubio, Corso cobrase otra luz: era un auténtico demonio. El ébano de sus ojos reflejaban una naturaleza muerta y oscura, fuerzas con las que jugar significaba la posibilidad de perder el cuello irremediablemente. Portgas lo había hecho, a sabiendas de que tenía todo por ganar, sin importarle perder lo único que tenía en su poder realmente: su propia vida. Había una causa mayor por la que, simplemente, no le importaba entregarlo todo. El matiz radicaba en que, pese a su concienciada visión de que podría encontrarse con el rostro de la muerte de frente, esa causa, esa obligación, era más importante de cumplir que caer en batalla. Por eso no se podía permitir una derrota, por eso el precio de besar a un demonio valía lo suficiente por honrar a su raza... a si mismo, a lo que se había convertido por voluntad propia.
No perdió de vista a la vampiresa, contemplando el espectáculo que representaba mientras sucumbía a la sangre añil. La melena oscura contrastando vívidamente con la nieve, con la piel de tacto de porcelana y resistencia de mármol. Y esos ojos negros, oscuros. Era repulsivo, atroz, inhumano. Y magnético, algo que solo reconocería en su fuero interno, algo que en realidad todos compartían y sabían en secreto.
Cierta rigidez se plasmó en la mandíbula apretada del siniestro. Enfrentarse a una bestia era muy sencillo, igual que darle caza, matarla y regar el suelo con su sangre... pero Helena Corso parecía una humana con peligro de caer en la hipotermia ahí desmadejada. Humana. Pero Drako sabía lo que escondían esos rasgos femeninos y aristocráticos y si esperaba mucho tiempo o tenía alguna deferencia con ella, solo recibiría la recompensa de sus incisivos. Y había dado su palabra de llevarla sana y salvo a Bran, eso implicaba que debían mantener todos los dientes en su dentadura, aunque el rubio fuese de la firme opinión que una leona sin colmillos sería más dócil. Suponía que arrancárselos no formaba parte del acuerdo.
Por fin, envainó sus armas, recogiéndolas del suelo brillante y nevado, cuidándose de ocultarlas bajo las prendas de sus ropajes negros y se viró hacia la mujer. Encarceló sus muñecas finas en unas cadenas forjadas en Heindel, más propia para los licántropos que para sus enemigos pálidos, pero necesitaba controlar la fuerza demoledora e irascible que podría mostrar la vampiresa al despertar. La recogió del suelo, cargándola sobre su hombro acompañado de su inexpresivo semblante. Ya había cumplicado la parte complicada, ahora solo tenía que recurrir a otros métodos para dirigirse a la región de los chupasangres. No le provocaba especial entusiasmo.
Dejó sus huellas tras él, importándole muy poco el rastro que pudiese seguirle, a sabiendas de que los copos lo borrarían. Echó un vistazo a la posición del sol, sin cesar su caminata lenta, pero sin pausa. Tardó aproximadamente un par de horas en hallar un camino poco transitado donde la fortuna quiso sonreírle, pues las huellas de las ruedas de un carromato se dibujaban ante él. Las siguió para hallar un viejo carro arrastrado por una yegua tranquila. El dueño, poseedor de unas flamantes alas, caldeaba sus huesos a la lumbre de una hoguera que el siniestro había vislumbrado a distancia. No compartieron muchas palabras, de hecho, ninguna. Como si fuera perteneciesen todas aquellas cosas a Drako, sin preámbulos, echó a su invitada de honor en el carro de madera, sobre paja amontonada. Bajo la mirada desconcertada del alado, el rubio le lanzó un pequeño saco lleno a rebosar de monedas doradas. Una pequeña fortuna que saldaría la deuda, holgadamente,  en la que acababa de meterse, porque sin más, subió al carro y espoleó a la yegua a caminar por el camino.

-Buen día. -Se despidió Drako, con un deje respetuoso en su voz aunque no volteó la cabeza para mirar a sus espaldas. Si el hombre pareció contrito o se enfureció o agradeció semejante trato espontáneo, el siniestro nunca lo supo ni trato de. Solo pasados unos metros, aseguró las cadenas de la vampiresa, manteniéndola presa junto tras él.

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Ponme a prueba perver
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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Ago 04, 2015 9:04 pm

La razón por la que la mujer frecuentaba poco el sueño era por todo lo que ocurría dentro de su cabeza. Si bien como inmortal se había quitado de encima la parte que representa su maldición, es decir su memoria, durante el sueño diurno la recuperaba y hasta podría decirle que el sufrimiento que se evitaba por días le era devuelto con creces a modo de cortas reminiscencias que, además de no tener sentido, se esfumaban tan pronto la noche le devolvía la consciencia. A cualquier criatura que la observase dormir le resultaría una simple muñeca de porcelana dejada a la suerte por el retorcido hombre que pudiera haberla creado, pues lucía una piel cual porcelana, sin ningún gesto que se asomase en su rostro, ni el más mínimo parpadeo, cuando la realidad era que dentro de aquella mente se desataba un caos que no recordaría del todo al despertar. Tendría la certeza de que recordó algo, que sus memorias luchaban por volver, pero no sabría qué vio ni qué causaba en ella una terrible sensación de desasosiego.

Por lo pronto, su mente dormitaba junto con ella, para Corso esos minutos no existieron, no fue consciente del paso del tiempo ni de que estaba siendo transportada en el hombro del siniestro como un pedazo de carne. Quizá, de haber estado despierta durante esos momentos, no habría puesto en falta las burlas hacia el ingenio de su cazador, tal vez lo habría fastidiado hasta el cansancio, pues su cuerpo ligero no bastaba para minar la misión de aquel hombre. No obstante, el sueño forzado la obligaba a no ser testigo de nada, a despertar presa de la incertidumbre, sin saber en qué punto del viaje estaban, si aún estaba a tiempo para librarse de él o no. Pero no ocurriría pronto, al menos no en las tierras desoladas de Mördovlathe.

Y no fue hasta que su cuerpo se halló sobre la paja que su mente comenzó a abarrotarse de visiones sin sentido, todas rápidas, fugaces, como si la intención de aquella ráfaga fuera someterla a la demencia eternamente. Sin embargo, a medida que cada oleada de recuerdos iba presentándose ante ella, iban formando lentamente un recuerdo en específico, pero no por ello dejaba de ser confuso. Todas las imágenes la remontaban a un sitio que no conocía, a una habitación y a una docena de manos agarrándola con fuerza, arrastrándola lejos de algo que ella trataba de alcanzar. Sentía un extraño ardor en la garganta, como si estuviese desgastada por la interminable tarea de exigir explicaciones y su liberación. Cosa extraña era recordar todo aquello mientras la conducían en contra de su voluntad a Bran y qué curioso pensar que podría despertar por segunda vez en dicha región. Y, a diferencia de todos los demás recuerdos que habían pasado por su cabeza, ese último había llegado para quedarse, para tatuarse en su mente hasta el final de sus días y alimentar la búsqueda implacable por su identidad, así como un rencor sin fundamentos hacia su propia especie. Posteriormente, esas mismas visiones la atacaron con mayor ímpetu hasta saturar sus pensamientos, como si buscaran ahogarla siendo tal la voluntad del ser que la condenara a vagar en tierras hostiles sin una parte imprescindible de ella misma.

Frunció el ceño habiendo pasado a una etapa de la narcosis un tanto más superficial, como si se tratara de una simple humana dormitando en medio de un largo viaje, y poco a poco fue siendo consciente de su propio cuerpo, del dolor que oprimía cada uno de sus músculos y de un cansancio excesivo que la mantenían fija en el bulto de paja sobre el cual descansaba. Le costó otro tanto recordar el motivo por el cual se encontraba en tales condiciones, de modo que, con la mayor sutileza y sigilo posible, giró levemente la cabeza para encontrar al siniestro en el asiento frontal del carro  y, acto seguido, observó cuidadosamente el resto del área, así como los pesados grilletes que llevaba en sus manos. Tal vez en otras circunstancias habría sido capaz de romperlas de un simple tirón e incluso habría podido aprovechar la vulnerabilidad de su captor en esos momentos, pero lo cierto era que cualquier intento de liberarse terminaría en un rotundo fracaso, así que era preciso aguardar a que sus fuerzas volvieran para así librarse de él y de paso humillarle por tener la osadía de apresarla. – Así que ibas en serio. Dime, siniestro, ¿cuánto te ofrecieron por atrapar a alguien como yo? ¿Con qué clase de mentiras te habrán convencido para llevarme con vida, eh? – Terció en la misma posición en la que había despertado, fingiendo que preguntar por tales cosas era el consuelo para su irremediable situación. Entonces se acomodó a fin de quedar boca arriba, pues estaba sobre un costado dándole la espalda al hombre, y estiró repetidamente sus manos cuanto le era permitido por los grilletes, usando el tintineo del metal para fastidiarlo. – ¿Es esto realmente de utilidad? ¿No crees que en cualquier momento podría ahorcarte con esto? Es una táctica bastante común, ¿sabes? Qué mal que lo hayas pasado por alto. – Comentó con tono relajado, tendida con la mayor soberbia posible como si el siniestro fuera su lacayo y ella la emperatriz de Pandora.

off:
¿Vas a callarme como creo que vas a callarme? mk Estoy muy cómoda ahí atrás, por si quieres hacerme compañía

PD: Según yo no iba a llegar ni a las seiscientas palabras, but... Creo que me emocioné(?)




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Sáb Ago 08, 2015 11:53 am

Lentamente, el paisaje iba derivando a zonas más confortables. La nieve seguía lamiendo el suelo, el blanco impoluto tiñendo de pureza la tierra de Pandora. Algo que solo podía ocurrir en el terreno de lo más semejante a los guardianes puros que reinaban allí. No duraría mucho, las criaturas que respiraban allí no tardarían en empañar todo aquello para convertir aquel paraíso en la sucia realidad de lo que era: un purgatorio.
Las rocas ya no bordeaban el camino, permitiendo que la tierra sembrase pinos dispersos que soportaban la baja temperatura. La naturaleza agreste se volvía poco a poco más compasiva y vez de seguir un socavón lo suficientemente grande para circular con el carro, para cuando Drako notó el movimiento de la vampiresa tras él, ya guiaba a la yegua por parajes más suaves. No hizo ningún ademán de ver el estado de su invitada de honor, era consciente de que su sangre aún obraba efecto en ella. Podía percibirla a sus espaldas, una muñeca de tacto helado, la muerte enmascarada tras un rostro dulce y de marfil. Era la cazadora perfecta, hasta Hunter era capaz de admitirlo. Su cuerpo, su propia arma, su belleza, su cebo. Componía en si misma la trampa y la ejecución. Los vampiros eran despreciables, pero jamás besarían la luz del sol, eran una pesadilla reservada a los noctámbulos y a las sombras. Salvo los monstruos como Corso. ¿Qué valía más? ¿La misión que le habían encomendado o las vidas que podrían alargarse si ella perecía en ese instante? Sería tan fácil como rebanarle el pescuezo ahora que estaba indefensa. Pero el siniestro solo cumplía órdenes. Hacía mucho tiempo que había aprendido a anteponer su deber ante todo lo demás. Y aunque ella no lo mereciese por ser lo que era, aún tenía honor. Si sus caminos volvían a encontrarse después de dejarla en Bran, sin recibía el aviso de que Helena D. Corso cobraba vidas humanas, la liquidaría. Así eran las normas por las que él se regía.
La voz femenina de la mujer castaña irrumpió sin sorpresa en el silencio natural, ese lleno del sonido del viento azuzando entre las ramas de los árboles, levantando con suavidad la nieve, entre los cascos de la yegua y las ruedas del carro.

-¿Por qué habrían de mentirme, vampiresa? -Cuestionó el rubio, pausadamente, tras unos segundos en los que permaneció callado. Ni siquiera se dignó a mirarla, sus ojos metálicos oteando el horizonte para calcular las horas que les quedaban de luz. Sin embargo, era muy consciente de cada movimiento de la mujer. El susurro de la paja se movía tras su liviano peso, el tintineo de la cadena le alertaba de cada gesto- Salvo lo que eres, no tengo nada contra ti. Han solicitado tu presencia en Bran y así me lo han comunicado. Ya tendrás sabido que es una orden. -Y con eso declaró un: "y ahí no se hacen preguntas, solo se cumplen"- La suma es cuantiosa, si te sirve de consuelo. Quizá los tuyos deseen tu cabeza más que los míos, a juzgar por las bestias a las que has vendido, cazarrecompensas. -Dejó caer el último comentario con un movimiento de las riendas, obligando a la yegua a torcer por el camino.
En un principio, ignoró deliberadamente a la castaña hasta que mencionó la muerte casual de ahorcamiento. Solo entonces viró su rostro para clavar el azul de su mirada en su prisionera. Porque eso era lo que Helena era en aquel momento. Una prisionera, una presa cazada. Portgas no pareció alterarse lo más mínimo, si bien valoró en su cabeza como erradicar el posible ataque, estratégicamente, en caso de que los brazos veloces de la vampiresa se elevaran en un abrazo mortal con el brillo de los grilletes. Curioso que todos los gestos considerados cariñosos por el resto de habitantes de la Tierra, entre ambos fuesen armas letales y entrañasen siempre riesgos y promesas de rozar las puertas de la muerte.

-La visión de verte esposada, como deberías permanecer, es deliciosa. Mero placer, Corso. -La frialdad siguió destilándose por su voz, sus palabras pasaron por su filtro habitual, por eso en lugar de la picardía con la que cualquier hombre pigmentaría a sus palabras, él declaró con el filo de un cuchillo lo que escondía aquel mensaje: "Porque puedo encadenarte, porque te he capturado. Porque ese es tu lugar, que no se te olvide, chupasangres". Y hasta él, racional y distante como se mostraba, sentía una oscura satisfacción al ver así a la vampiresa. Quien sabe hasta que punto era el siniestro o el hombre el que lo sentía. Y aún así era capaz de mirarla de esa forma despegada, como si fuera una presa más- ¿Y tú te vas a dejar caer en lo común? -Por primera vez desde que se cruzaron, el rubio transmitió algo más tras su coraza de hielo: era un reto.

Spoiler:
¿Para que callarte? Solo tienes que cambiar de conversación, en lugar de hablar de mi muerte, de las ganas que tienes que vaya atrás contigo Cool
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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Sáb Ago 15, 2015 7:26 pm

Siendo ella una mujer que jamás ha recibido lo justo por sus crímenes, estar maniatada le resultaba, sin duda alguna, humillante. No estaba acostumbrada a ser ella quien jugase el papel de la presa, a ser ella el objeto de una pequeña fortuna para su captor, pues un vampiro estaba hecho para ser siempre el victimario, especialmente Helena. Pero ahora la mujer se encontraba en medio de unas vacaciones forzadas, obligada a contemplar el sosegado cambio de paisaje desde la parte trasera de un caro repleto de paja. Y el hombre que conducía el vehículo debía estar más que confiado en su propio éxito, ya que permitía que la vampiresa permaneciera a sus espaldas como si no existiera riesgo alguno, como si tuviera la absoluta certeza de que la mujer tenía algo de honor y no le atacaría por la espalda. Por lo menos la tranquilidad era más apreciable que en la fragua de Valtesi, sin el rumor constante de la muchedumbre y sin la necesidad de estar siempre alerta. No podía encontrar mayor ventaja en ello que la oportunidad perfecta para pensar con la cabeza fría en su plan de escape y en el que la vengaría por tal agravio.

Encima se veía resultaba ser más que conveniente aprovechar esos minutos de tranquilidad para meditar en su captura, en llegar a una conclusión lógica por la que los vampiros en Bran decidieran dejarla con vida y de por qué se tomaron la molestia de regresarla a la región. Si la buscaban por representar una amenaza, entonces habría bastado con eliminarla y dejar que su cadáver se perdiera en la nieve. Sin embargo, probablemente tendría la posibilidad de conocer el siguiente acto de aquella sátira inmortal que sólo podía vivir estando en Bran, misma que deseaba evitar y misma que originara su aversión hacia su propia raza. Y aquello no podía sino hacerla sentir aún más humillada; el simple hecho de pensar que se veía nuevamente forzada a pisar aquellas tierras en contra de su voluntad la inquietaba sobremanera. Pero no permitiría que dicho tormento se convirtiera en su futuro, ni mucho menos le permitiría robarle la razón una vez más, pues anteriormente fue lo que ocasionó su derrota contra el siniestro.

Quizá todo era cosa suya, quizá el siniestro sacó sus propias conclusiones al utilizar el término “casa” al referirse a Bran, y ciertamente todo, cada palabra que utilizó, tenía importancia. – Tengo mis sospechas y motivos para creer que lo hacen, después de todo enviaron a un siniestro a por mí. ¿Por qué no enviar simplemente a alguien de mi propia raza? – Replicó como si se tratara de algo casual, sin embargo sus ojos estaban clavados en él, estudiando la pétrea tranquilidad del hombre, buscando tal vez algún modo de invadirla. ¿Era así como se sentía Kirgyakos cuando se cruzaba con la vampiresa? Escuchó al encapuchado reanudar su respuesta y no pudo evitar esbozar una sonrisa teñida de burla y malicia. – Una orden, claro. – Musitó dejando de lado el asunto de la paga momentáneamente. – Si fueras un hombre en busca de la verdad te diría que estás yendo en la dirección equivocada y lo mismo te diría si fueses avaro como el resto de los mortales. Pero, lástima para mí, he sido capturada por un hombre que no piensa por sí mismo. Cuando menos te pagarán bien al arriesgar tu vida por una lealtad ciega. – Personalmente creía que la razón por la que la paga fuese considerable era más por la necesidad ridícula de los vampiros de hacer gala de sus posesiones más que por el riesgo de ir tras una mujer como Helena. – El deseo de los tuyos no me importa, siniestro, y ciertamente el de los míos tampoco. Con un poco de suerte, algún día entenderán que mi oficio es un eufemismo comparado a lo que podría hacer. Tú tienes tus misiones y yo mis presas, no es tan diferente como tus amiguitos mercenarios creen.

Los ojos azules de su enemigo sobre ella y las palabras que buscaron ofenderla ocasionaron que la sonrisa en los labios de la mujer se ensanchara. – Quién sabe de cuántas maneras gozas verme esposada dentro de esa cabeza tuya. – Concedió mirándole directo a los ojos, como si hubiese descubierto una abertura dentro de su mente que deseaba aprovechar a toda costa. – Tal vez hasta la ansiedad de hacerme compañía y contemplar mis grilletes aún mejor te carcomen. Por mi parte sólo tengo que decir que este montón de paja podría resultarte cómodo. – Esperaba con ansias escuchar la respuesta del hombre, deseaba escuchar de sus labios una respuesta que le arrancara finalmente una risa burlona de la boca.

Escuchó el reto pero no le dio el placer de caer en aquella trampa, sino que se incorporó como si se encontrara ahí por propia voluntad y se sentó, recargándose en uno de los bordes del coche, aún cerca del siniestro. – ¿Tú crees que si deseara hacerlo me habría tomado la molestia de anunciarlo? – Terció con naturalidad. – Sería muy triste para ti desaparecer en medio de la nada, sin que los tuyos se hayan enterado de que has sido el único capaz de capturarme. Por eso me tienta la idea de permitir que me lleves hasta Bran, que todos vean que has tenido éxito. Después te haré cosas que están lejos de caer en lo normal de modo que tus superiores se cuestionen lo que en verdad pasó. – Añadió en un renovado sentimiento de rencor, pues al sentarse notó cuán sometida estaba aún a la sangre de aquel astuto mortal. Después de todo, dada sus circunstancias, sus amenazas serían tomadas como absurdas y vanas, lo cual, de un modo u otro, le otorgaban ventaja.

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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Mar Ago 18, 2015 8:49 am

Y por primera vez desde que Drako Portgas se embarcó en una misión, desde que cargó con las responsabilidades de pertenecer al mundo de los siniestros, desde que cambiaba de máscara para ser Hunter el cazador, se permitió sonreír en mitad de una búsqueda encomendada por los suyos. Fue pequeña, apenas una barra de hierro curvándose por el peso de algo más grande, superior, pero por un instante el hielo pareció resquebrajarse para dejar discernir algo más.

-Porque tú no sabrías deshacerte de uno de los tuyos, ¿verdad? –Convocó a la asesina natural que Helena portaba en su interior, a la imagen letal que había conjurado desde que empezó a cazar y a ganar monedas a cambio de botines que aún respiraban. El siniestro sabía porque estaba ahí, no le cabía ninguna duda: los de la propia especie de la castaña no tendrían oportunidad contra ella, no si la querían viva y a ella no tenía porque respetar esa regla. Y él la había visto, erguida en el manto de nieve, la presa peligrosa y exaltada que mordería hasta consumir la vida con destreza y habilidad de quien se propusiese. El haberle enviado a él constituía parte del factor sorpresa, simple estrategia.

De nuevo su expresión se vacío de cualquier emoción, evaporándose para recuperar sus rasgos cincelados en mármol, dignos de un cazador. Si quería provocarle aludiendo a la obediencia ciega de los siniestros, no sería ni la primera ni la última que había recurrido a tal artimaña, y Hunter ya había vivido ese ataque en demasiadas ocasiones para que resultase fructífero.

-No me interesa la verdad de los vampiros de Bran, tampoco la fortuna y no espero que algo como tú pueda comprender la envergadura de esa lealtad cuando los suyos la reclaman de tal forma.-Si bien un parpadeo de genuina curiosidad se instaló en su cabeza, una vela que debería sofocar, si bien no la consideraría peligrosa. No había una mota de rencor ensuciando sus limpias palabras, solo su propia visión: la vampiresa jamás podría alcanzar a conocer el significado y protección que suponía esa lealtad y cualquier acto de profanarla era condenarse a muerte, por eso mismo no le molestaba lo más mínimo que le juzgase por ella como si fuese incapaz de tener sus propias convicciones, no podía pedirle en la tesitura en la que estaba y vivía que lo hiciese, después de todo solo era una bestia más que sobrevivía en Pandora- Aunque admito que siento curiosidad por tu supuesta verdad y tu percepción de ti misma. -Más bien de su creída grandeza, ¿lo que podría hacer? Solo por esa afirmación, Drako no hubiese dudado en separar su cabeza de su exuberante cuerpo, pero para suerte de ella, no estaba dentro de sus parámetros.

No apartó los ojos de los de la vampiresa, aun cuando ésta se deshizo en insinuaciones. Tenía en la sonrisa el arma que sometería a cualquier hombre, más la visión de los colmillos serían el suficiente jarro de agua fría para cualquier sensato. Pero en Pandora apenas había rastro de ellos y aquella mujer amanecería cuando quisiera con el desayuno servido en su lecho.

-En silencio. -Determinó el rubio, volteándose para darle la espalda con la vista al frente de nuevo para continuar con la ruta en la que los embarcaba la yegua- A cada metro que avanzamos, se vuelve una fantasía más recurrente en mi cabeza.

Y no añadió nada más, después de todo, no sería la primera mujer que se mostraba como la personificación del pecado y se recreaba en palabras. De hecho, dentro de lo que cabía fue seductoramente directa. Lástima que Portgas no fuese adicto a los monstruos disfrazados de ángeles, no portaba esa carga.

-Podría ser cómodo, pero helado. Declinaré la oferta por otra más ardiente. –Repuso después, enderezándose.
Escuchó atentamente las palabras de la castaña si bien parecía que todo su interés residía en el camino, pero era propio de él aguzar el oído hacia la presa, sorprendentemente fácil cuando una voz de miel te amenazaba veladamente.

-Me temo que te sobrevaloras, aunque es algo de carácter general en los de tu especie.  -Pero para alguien que había presenciado la caída de tantos chupasangres, veía la sutil diferencia entre la dama helada que había tras él y el resto de su calaña. Si bien no apostaba porque ella lograse lo que el resto no había podido: quebrarle- Pero te aconsejo que reprimas tus deseos o una vez seas entregada, haya otra misión donde condenarte. –La miró de reojo con la amenaza cerrándose en el cuello de la vampiresa como el nudo de una horca.

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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Ago 25, 2015 10:29 pm

¿Tú qué crees? – Inquirió sin apartar su atención de él. La existencia de un inmortal era sumamente valiosa dentro de la misma raza vampírica, por ello no iban a arriesgar su propia población al enviar a un verdadero neófito para enfrentarse a una mujer que sólo de rango tenía el nombre. Tenían que, por tanto, saber quién era ella, debían ellos tener una imagen mucho más clara de lo que había sido la morena fuera de Pandora y de lo que era actualmente. Y el siniestro, al ser un cazador como ella, tenía que tener, cuando menos, una idea de lo que podría hacer y que llevaba como cargamento a una criatura tan peligrosa como ella misma se lo permitía. – Tal vez no quieren una razón para condenarme y por ello envían a alguien reemplazable. – Pero la suerte no iba tan a la par de su captor, todo era temporal y en cualquier momento podría demostrarle cuál era la verdadera jerarquía entre ellos dos. Antes debía recuperar fuerzas.

Y había algo en su forzada compañía que le causaba conflicto, había algo no propiamente de él que alborotaba a su razonamiento. Era, ni más ni menos, que el hombre la hacía caer en cuenta de su propia realidad, la forzaba únicamente con su presencia a recordar lo que hasta entonces había sido su razón de ser. Le recordaba que había una búsqueda por hacer y la memoria por recuperar. Él no tenía que ser consciente siquiera, sólo tenía que seguir respondiendo a las palabras de la mujer, seguir el interrogatorio cuyo fin no era distraerlo, sino conseguir información de sus contratistas. Aunque claro tenía ya que el encapuchado no era del todo curioso, que se movía por sobre la faz de Pandora únicamente para cumplir misiones sin preguntarse acerca de su legitimidad.

La verdad no es algo subjetivo, siniestro; no existe algo como “la verdad de los vampiros Bran”. Sin embargo he de darte la razón en algo: No existe tampoco la lealtad entre mi raza, sólo intereses. Y es mejor así, porque si en algún lugar recóndito de Pandora se habla de lealtad, es una mera ilusión, la irremediable necesidad de establecer dominio sobre otro. – Espetó ofreciéndole los estragos de la realidad como si se tratara de un hombre cuya niñez hubiera perdurado incluso contra el paso de los años, como si se tratara de un hombre que, al ir en busca de justicia, comete el crimen de la ingenuidad, cuyo peso es mayor que el de un homicidio. Además, estaba dentro de su mente, pululando, la indignación que le producía ser considerada un algo, cuando en realidad debería ser un nada. Porque eso debía ser y para ello se esforzaba, en convertirse en una contradicción de sí misma, la imagen de su condición previa a su primera liberación. – Diría lo mismo de tu supuesta lealtad, pero lo cierto es que hasta resulta predecible. Así que dime, siniestro, ¿por qué decidiste unirte a los mercenarios de Heindel? ¿No quisiste escapar de la miseria de tu propia humanidad?  Tuviste que haberte dado cuenta, a juzgar por tu lealtad, que aquí todos somos parte de un juego vulgar, en donde nuestro único propósito y es provocar nuestra autodestrucción. Eso que tú llamas mi verdad ha sido la verdad de todos en algún momento.

Sostuvo la mirada con el siniestro, incapaz de determinar la naturaleza de los pensamientos que comenzaban a germinar dentro de la mente ajena y ensanchó la sonrisa apenas el hombre rompiera el contacto visual. – Está bien, dejaré que te conformes con la imaginación. – Terció disimuladamente sardónica, casi como si se tratara de un reto. Y, estando bocarriba, guardó silencio unos segundos, meciendo sutilmente sus piernas y fingiendo estudiar los grilletes como si aquella actividad la mantuviera lejos de caer en el aburrimiento. – Qué poco sabes acerca de nosotros. Si conocieras las maravillas que la sangre puede hacer, incluso la de los siniestros, tus argumentos no irían en relación a la temperatura. – Replicó sin despegar su atención a su entretenimiento, sin embargo su oído estaba preparado para captarlo todo y con todo se refería a su captor.

Lo miró con deliberado recelo y posteriormente dejó escapar una risa suave, al principio inocente, pero a medida que se prolongaba el tono de burla fue cada vez más evidente. – ¿Es esa otra de tus fantasías recurrentes? Soñar es gratis, siniestro, aprovéchalo. – Terció mientras continuaba con la insistente tarea de estudiar el metal de las esposas.




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Miér Sep 02, 2015 1:04 pm

Si hacía tan solo unos escasos minutos sus labios habían sido capaces de componer una de sus escasas y poco usadas sonrisas, recuperó la imperturbabilidad del acero a medida que sus pensamientos volvían a deambular más sombríos y determinantes: él era reemplazable. Su racionalidad le otorgaba a aquella mujer toda la razón pues Hunter también lo creía y de hecho, esa postura quedó arraigada en su cabeza en el minuto uno en el que aceptó convertirse en uno de los guerreros de los suyos. Para su desgracia, para su fortaleza, no veía el error en aquello. Pero en eso, al fin y al cabo constituía la naturaleza del deber de los siniestros y lo único que podía despertar la señal de alarma era el orgullo quebrado de haber fallado cuando siempre se esperaba la victoria fría y tener que confiar en que el siguiente no recayese en sus propios fallos.

-En ese caso no me enviarían a mí. -Repuso si bien no había mota de arrogancia empañando sus palabras, solo la consciencia de que valía lo suficiente para no ser un simple cebo, porque era eficaz, porque había probado sobradamente que era implacable si así era necesario. No había un motivo lógico para enviarle a una misión suicida, no contando con su lealtad. Por eso la voz de la vampiresa topó con su inquebrantable escudo, rebotando sin tocar un ápice de su resolución, aunque sabía que a un ser de voluntad más débil no tardaría en desarmarlo con la suavidad cortante de su voz, la miel envenenada con la que acariciaba tu oído. Si a eso le sumabas su aspecto, Drako sabía que con lo más superficial ya tendría en la palma de sus manos a su cazador. Pero él ya tenía experiencia con seres así.

Prestó atención a la vampiresa si bien oteó desde su posición el camino. Frente a la yegua que avanzaba con su paso ligeramente intranquila por la presencia de Corso, huellas se adivinaban, surcos en la nieve que revelaban que unos cascos de montura habían atravesado esos parajes no hacía tanto tiempo. Apretó en un leve atisbo de molestia los finos labios. En algún momento sabía que se toparían con gente pero Portgas deseaba evitar en la medida de lo posible el trato con los extraños, escogiendo la ruta más larga para sortear las escasas aldeas que se diseminaban por la zona. En realidad nadie se extrañaría de que un siniestro tuviese presa a una vampiresa pero él trabajaba con la discreción, su honor había hecho que su deuda con el dueño del carro quedase saldada y él continuase respirando, pero prefería no tener que ser el causante de la última bocanada de aire de nadie para pasar completamente desapercibidos. Y si se cruzaban con alguien tenía dos opciones: acabar con él o inventar alguna patraña.

-Hemos sido entregados a Pandora a ese juego vulgar, eso debería potenciar la voluntad de vivir. Vuestras razas, en su mayoría son las que han impuesto la ley de la selva por encima del resto. Desconoces el término de lealtad entre los tuyos por una simple razón y es que no comprendéis que os hacéis falta, de un modo u otro. La unión es la fuerza y por eso, cuando los humanos hemos sido más vulnerables y nos hemos aliado hemos compuesto una raza capaz de enfrentaros, aunque esa eterna lucha es algo que habéis incentivado desde los inicios. -Por cada sacrilegio que Drako había presenciado desde que siendo tan solo un crío puso sus pies en Pandora, contenía la verdad en su voz- Lo hice por un solo motivo: la humanidad no es una miseria. -Volvió la cabeza hacia ella, atravesándola con sus orbes azules como si fuesen más peligrosos e implacables que cualquier arma afilada que pudiese acariciar su garganta en un corte fatal. Todo aquello que era capaz de despertar una especie como la de ella se reflejó en aquel momento, un parpadeo, en aquella mirada y a sus ojos, más que justificado pero simplemente un sonido retiró su atención de ella- Respecto a ti, es la única fantasía que pretendo albergar. -Pero obvió por completo sus palabras, sin darse cuenta de que las había pronunciado por inercia cuando una risa llegó a sus oídos mientras unas siluetas se erguían frente a ellos. Tres personas. Reconoció la silueta de un par de hombres y de una niña, las carcajadas despreocupadas de ésta última, coronando su imagen de inocencia dorada con las alas blancas entallando su pequeño cuerpo. Drako se tomó un momento para mirarles desde esa distancia y su instinto ganó la batalla antes de que su parte más racional hablase: nunca sacrificaría una visión como esa. Tiró de las cadenas de la vampiresa y sin darle más opción, la colocó junto a él, percibiendo la frialdad de su piel separada tan solo por las telas- Cubre las cadenas. -Ordenó a medida que salvaban la distancia entre los extraños y ellos, librándose de una de las mudas de ropa oscura que le abrigaba de ese clima helado para dejarlo caer sobre el regazo de la castaña, quedando más ostentosa la marca de esclavo que lucía desde que llegó a Pandora hacia tantos años, pese a que su naturaleza hubiese cambiado, aunque nadie hubiese sido capaz de venderle como tal desde hacía, lo que a él le parecía, una vida- Y ahora, guarda silencio. -Y cuando esos tres rostros se giraron curiosos hacia ellos, Portgas les dedicó una inclinación de cabeza a modo de saludo, evaporándose gradualmente la rigidez de su rostro para dar vida a la actuación que llevaría a cabo.
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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Lun Sep 07, 2015 11:32 am

Es cierto, aquí nadie sobrevive por sí solo por más habilidoso que sea, pero te equivocas al pensar que nuestra propia raza es únicamente con quien podemos aliarnos. Los siniestros se tienen a sí mismos, desconfían de todas las demás razas, así como todas las razas desconfían de ustedes. Si bien la unión es la fuerza, un vampiro puede más en compañía de un licántropo que dos o más siniestros juntos. Ahí yace su debilidad y tu ingenuidad, hablan de las demás razas como si fuésemos bestias despiadadas, cuando en realidad ustedes son tan bestias como nosotros, quizá sean la única peste con la que buscamos lidiar, los mayores responsables de que los humanos sean miserables aquí aunque digas que hemos sido nosotros quienes incentivamos las luchas. Ignoro si te has dado el tiempo de estar en Valtesi y observar a tu estirpe, quienes parecen ir muy de la mano con tu idea de la fuerza para atormentar a quien se atraviese en su camino. A nosotros nos gusta más dejar vivir a los humanos, seducirles o sorprenderles cuando busquemos saciarnos; desaparecen y ya, a nadie parece importarle a menos que exista una razón más allá que su sangre. Tampoco es como si traer humanos en Pandora tuviera como fin darles una vida aislada y tranquila. Debes saber que nadie que sea echado a la fosa de los leones sobrevive por más aferrado que esté a la vida, sólo posterga su muerte.

Torció una sonrisa lasciva y ladina que atrapaba en el aire las palabras condensadas del siniestro, afirmaciones que le hacían dejar de ser ese cazador estirado que se negara a pasar más tiempo del necesario con una mujer vampiro. Pero el tiempo le faltó para dar pie a que cumpliera sus palabras, pues el aire amenazaba en otorgarles compañía, en arruinar la misión de su captor y privarla a ella de una deliciosa venganza. No requirió de las órdenes del encapuchado para silenciarse, Helena se ocupaba ya de conocer a través del oído y del olfato qué era lo que les esperaba más adelante. Frunció el ceño,  privada de su estudio, pero prestó su cuerpo a los jaloneos de su acompañante y pronto se encontró sentada a un lado suyo. Con sus protestas a punto de escapar de sus labios, recibió la prenda del siniestro en respuesta a sus prematuras indicaciones. Entonces, pasó la tela por sus hombros, arropándose cual víctima del frío,  sujetando con firmeza los bordes de la prenda desde el interior, así como sujetaba también las cadenas a fin de que no fueran tintineando delatadoras. El olor de los alados se vio opacado por el aroma del cazador que emanaba de aquel trozo de tela, perfumándola a ella también como si tal cosa fuera para marcarla como propiedad de él.  Le miró de reojo, indignada silenciosamente por esa manera de marcarla, estudió en secreto su rostro, las sutiles arrugas que comenzaban a formarse alrededor de sus ojos penetrantes, su mirada bestial hacia el camino, dispuesto a recibir cualquier traba y superarla satisfactoriamente, la firmeza de sus facciones que denotaban la seriedad absoluta que reinaba en él y, finalmente, su pecho, cubierto apenas con una camiseta que dejaba escapar a la vista el proceso de su entrenamiento, largas y bien marcadas cicatrices que tatuaban su cuerpo y que se perdían en sus vanos intentos de opacar el tatuaje que todos los humanos condenados debían llevar orgullosamente en el pecho, como muestra de su miseria, del logro que implicaba haber llegado a Pandora con vida.

Envidiable. La vida reflejada en esas tiernas y rosadas mejillas, la vida escapándose a través de aquella risa infantil. Los dos hombres que acompañaban a la niña lucían tan ajenos al frío como ella, como si la brisa gélida y penetrante fuera incapaz de romper la tranquilidad inmutable que gozaban. Ni siquiera verse interrumpidos por el paso de ambos cazadores mermó su paz, sino que apenas y alzaron la vista, fijando silenciosa y recelosamente la mirada tanto en el siniestro como en la vampiresa. A sus ojos pasaría Corso como una mujer evadiendo la muerte por hipotermia y en él un compañero que buscaba alejarla de un destino seguro. Quizá fuesen tan ingenuos como para pensar así de tan peligroso par, quizá la mirada inquisitiva que se adueñó de sus rostros al responder el saludo de Hunter conocía ya la verdad. Quizá la muerte era palpable con tan sólo mirarlos. Una sonrisa débil se asomó en los labios carmesí de la mujer buscando reafirmar su condición de moribunda; su palidez había regresado a ella y contrastaba con la vívida piel del siniestro y abusó de ello al aferrarse a la prenda que la protegía.  Y ellos, que conocían bien el frío de Mördvolathe sabían que ninguna tela bastaba para los débiles ni para los derrotados.

Tras dejarlos atrás aguardó unos minutos en absoluto silencio, pensando, meditando,  en lo envidiable que era conocer la vida de aquél modo, el poder disfrutarla sin ser humano, de sufrir el frío y de sentirlo atravesar la piel como si se trataran de un millar de agujas.  Y finalmente tiró de la prenda para quitársela de los hombros y devolverla a su dueño,  colocándola desdeñosa en el regazo ajeno. No dijo nada. Sus labios permanecieron sellados, conscientes de que ese gesto decía más de lo expresable en palabras. Ella no  requería protegerse con un manto,  él sí. No quería que las bajas temperaturas lo afectaran, quería cumplir sus amenazas por su propia mano y sin depender de las circunstancias.




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Mar Sep 08, 2015 5:47 pm

Portgas nunca tuvo intención de enfrentarse a un debate con un vampiro, ni con ninguna otra raza. No porque pudiese trastocar sus inamovibles ideas, inculcadas por las experiencias crudas que habían formado cicatrices en forma de estela en su cuerpo duro para recordárselo, sino porque sabía que no podía esperar que una bestia tuviese conciencia, ni normas morales que les hiciesen delimitar la línea entre el bien y el mal, el hecho de que no se percatasen de que sus capacidades desarrolladas se abatían sobre seres más desprotegidos. Drako les despreciaba por lo que eran, los exterminaba con frialdad porque para él no eran más que monstruos fuera de control con máscara humana. Pero cuando se agrietaba y atisbabas la verdadera naturaleza que escondían, eras tú o ellos. Nunca había otra opción ni otra salida. Él lo sabía.
Atendió con su silencio casi sobrenatural, como si realmente esa vampiresa tuviese alguna oportunidad de defender aquella errónea versión de su realidad.

¿Más que la del rubio?

Extendió el rictus de sus labios, una línea dura que se obligó a mantener ante la cercanía de alados. Podría dejar para más adelante la réplica de la castaña, ahora lo imprescindible era no mezclar a esos seres con ellos. Notó sus ojos suspicaces clavándose en ellos, extrañados de que unos extranjeros viajasen bajo la intemperie de aquellas temperaturas heladas que sobrecogían hasta al ser con la sangre más caliente. No era habitual ver a dos personas como ellos viajando por aquel camino: una mujer con una extraordinaria palidez y un hombre lo suficientemente ligero de ropa con esa camisa blanca para contraer una hiportermia en pocas horas. Era raro, pues se notaba a leguas que no eran parte de aquella región.
Mantuvo solo un instante el contacto visual directo con uno de los hombres que parecía ver más allá de esa simple escena. Entonces Hunter descendió la mirada como haría cualquier humano doblegado, sus facciones se suavizaron si bien sus ojos contuvieron aún ese brillo azul y metálico pero eso el alado no podría verlo. Encorvó ligeramente la espalda, para aumentar esa sensación de desamparo de la que ya hablaba por si sola la marca de su pecho que a todas luces se adivinaba fácilmente. Sin embargo sabe que no es suficiente, que su cuerpo revela su feroz entrenamiento, que ni siquiera en esa postura pierde la sutileza de su gracia felina, que por mucho que lo intentase hacía tiempo que no había cuadrado los hombros como si esperase un ataque imprevisto, simpre preparado, siempre listo. Por eso sabía que aquello no era suficiente. Por eso levantó un brazo y con él, rodeó a la vampiresa. De nuevo cobró plena consciencia de la frialdad que destilaba, de lo pequeña que era en realidad pero el tacto a mármol y roca lisa que tenía su cuerpo. No dudó en atraerla hacia él y viró el rostro para esconderlo entre aquella melena castaña, en perfume de su pelo colándose por su nariz. Nunca había estado tan cerca de la muerte sin un arma en sus manos. Y la besó, porque así era como un hombre de verdad la recibía. Sus labios hicieron presión en su cabeza, apenas unos segundos, el suficiente para que el alado retirase la mirada para dejarles intimidad, como si la escena fuese una despedida brutal expresada en un único gesto. Había previsto esa reacción en una criatura como aquella. Las sospechas se disiparon de su expresión. Hunter obligó a la yegua con un movimiento de las bridas a que avanzase más rápido. Tardó un poco en retirarse del todo, sobre todo porque con la baja temperatura sumada a la de la vampiresa, el frío caló en sus huesos. Por mucho que le pesase y a la vez lo agradeciese, seguía siendo humano. Aunque un leve temblor se apoderó de sus miembros, no pronunció palabra, conduciendo el carro con la misma templanza que le había acompañado todo el camino. Solo reaccionó cuando la prenda volvió a su poder. Sin emoción asomándose por su rostro imperturbable, miró a la vampiresa. Así que la dama helada era de verdad una auténtica dama... Sin embargo, Hunter mantuvo por un rato la prenda en su regazo, sin ponérsela. Podía dejarle como venganza congelarse, pero le devolvía la prenda. Suponía que a ella no le movía su misma eficacia, aquella que le decía que el enemigo cuanto antes cayese, mejor. Había maneras, cierto, pero no habría apostado a que ella las tuviese. ¿Por qué?

No mencionó nada al respecto, tampoco lo hizo cuando por fin se echó sobre los hombros la prenda para tratar de recaudar algo de calor. Si no estuviese en compañía de la vampiresa, comprendería que un alto en el camino en algún hostal vendría bien para coger de nuevo una temperatura agradable. Pero no podía frenar, así como tampoco fallar. No lo haría. Siguió guiando a la yegua que avanzaba entre relinchos. Había una misión que finalizar antes de que Hunter pudiese tomar un respiro.

-Acción, reacción. Si los míos reaccionan así es por un motivo. En su mayoría la inocente criatura, no es tan inocente, por una razón u otra. -Por que su mera existencia significaba un peligro- Pero aún sois incapaces de tales alianzas, aunque creas que sí. Al fin y al cabo, una -Matizó elocuentemente el femenino- vampiresa de toda su estirpe podría tolerar a un licántropo. Vosotros sois vuestros propios enemigos. -Aunque eso a él le resultaba indiferente, las grescas entre las demás razas podían resultar porque eran incapaces de dominarse, aunque él estaría ahí en caso de que le enviasen a sofocar el fuego, como había hecho con anterioridad, fuese a favor o en contra, eso no significaba nada- Pandora ya no es solo un purgatorio para los criminales. -Esta vez su voz resultó más metálica al despegarse totalmente de sus emociones, para que éstas no se consumasen con sus palabras- Aquí hay generaciones. Dos marcados procrean, tienen un hijo. Ya no hablamos de los humanos que traen, por causas más o menos justas. Estas tierras no son solamente un país entregado al infierno, se ha convertido en algo más. Ya no es la idea inicial con la que se pensó, ya no está poblada de culpables. -Y eso era una realidad que la gente se cegaba a aceptar cuando hablaban de Pandora.
Drako no volvió a pronunciarse así como tampoco mencionó el capítulo anterior frente a los alados, pendiente por continuar un camino cada vez más corto hacia Bran.
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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Jue Sep 17, 2015 5:31 pm

¿Por qué un ser como ella temería ser descubierta por un par de hombres? ¿Por qué en su condición de cautiva temería a que alguien rompiese aquella relación entre cazador y presa? El siniestro que se encontraba junto a ella no tenía nada que ver; bajo esas circunstancias, él era solamente un saco de sangre que calentaba el asiento contiguo a la vampiresa. La respuesta a aquellas preguntas era sencilla. Corso jamás había buscado involucrarse con los alados, ni siquiera teniendo una propiedad en Mördvolathe. Habrá tenido algún aliado entre ellos, pero jamás trató de adulterar aquella tranquilidad propia de ellos bajo la excusa de su amistad. Era consciente de que una vampiresa, hostil o no, no sería bien recibida, porque si había algo que los guerreros alados protegieran, era su estilo de vida pacífico, casi espiritual. ¿Cómo podría una bestia como ella no romper con ello?

Miraba a los dos hombres como si envidiara su resistencia, pero en su mente albergaba a una bestia que temía un renovado esfuerzo para mantener su libertad. Aceptó durante unos momentos la compañía del siniestro porque él resultaba menos opresor de lo que podrían serlo ellos, de lo que podría significar ser descubierta en territorio ajeno. Sin embargo, sus pensamientos escaparon súbitamente, se esfumaron apenas adivinó las intenciones del siniestro al mover su brazo. Se dejó atraer y encogió ligeramente su cuerpo a fin de encajar en el pecho ajeno, sintiéndose al instante rodeada por la calidez humana que trasmitía su enemigo. Su interior se estremeció al sentir el aliento y la nariz del hombre esconderse en las cebras azabache de su cabello, como si el calor de su respiración bastara para revivir a una mujer miserable que estaba ya vencida por el frío. No estaba segura si aquella sensación era resultado de la aversión hacia su especie, si se producía para rechazarlo específicamente a él o si era por sus recuerdos. Su mente se volcó en un caos instantáneo al intentar recuperar cualquier memoria que se asomara hasta que finalmente la expresión de sorpresa de su rostro desapareció, hasta que relajó su expresión y cerró los ojos, concediendo al fin que la muerte la llevase a donde quiera que viviese. Aquella expresión fría,  su seriedad resquebrajándose en un dulce gesto, depositaba en su mente el vago sabor de los recuerdos,  incapaz de evocarlos por completo,  proyectando únicamente su sombra. Y se acurrucó en el siniestro al sentir la suave presión de los labios ajenos en su frente. Vaya escena más lamentable habían presenciado los alados. Cuán terrible era para Helena recordar por qué aquel gesto le producía algún tipo de dolor dulce y disfrutable. Retomó entonces la rigidez habitual de su rostro y se apartó lentamente del siniestro apenas la oportunidad se presentase.

Aprovechó los minutos de absoluta indiferencia para contemplar el camino. No sabía qué clase de sendero había adoptado el hombre para sacarla de Mördvolathe, sin embargo, sabía que en poco tiempo el valle se abriría ante ellos, que pronto verían las montañas alzarse ambiciosamente hacia el cielo y, quizá, en la lejanía encontrarían la muralla de Heindel envolver celosamente sus adentros. Si el siniestro decidiera saltarse las órdenes de las bestias de Bran, quizá sería Heindel a donde la llevase y tal vez hasta buscaría ejercer juicio sobre ella. Qué absurda idea. Él apenas y era capaz de pensar por su cuenta, no se atrevería a desobedecer una orden.  Así que sólo le quedada esperar por el momento indicado para escapar, para librarse de las cadenas y darle una probada de lo que sería su venganza antes de desaparecer del camino. De momento estaba saboreando el regreso de su fuerza, su irrevocable condición de no muerta.

Si se encontrase aún bajo los efectos de la sangre venenosa, habría sentido indignación a causa de las palabras del siniestro, no habría hallado mayor consuelo que enfurruñarse y convertir aquel debate en una discusión infantil y personal. Pero las palabras ya no eran importantes ahora que Corso se sentía recuperada, así que guardó silencio unos minutos, meditando en la respuesta del rubio como si de verdad estuviera considerándola. – Hace unas semanas, Van Helsing nos contrató a mí y a dos personas más para acabar con un grupo de siniestros,  cuyas intenciones eran colarse como mercaderes a Thyris y asesinar a un señor elfo. Ahora explícame cómo aplicas a eso tu teoría, trata de justificar las acciones tanto del titán como las de sus esbirros. A tus ojos, tu raza actúa y tiene sus razones para hacer lo que hace, pero si otra raza hiciese lo mismo que la tuya, la señalas como el origen de todos los males y te das a la heroica tarea de eliminarlos. – Dijo finalmente con absoluta tranquilidad. – Lo  cierto es que todo aquél que no sepa controlarse a sí mismo está condenado a ser bestia, así como la ingenuidad enceguece a todo aquel que se deja seducir por idealismos. ¿Crees que sólo a los humanos se les condena a Pandora? ¿Que son ellos los únicos por los que un justiciero como tú deba preocuparse? – Hizo una pausa para mirarle, tenía curiosidad por conocer los gestos del hombre a medida que escuchaba. – ¿Qué sabes tú de las demás razas como para considerarnos viles bestias?




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Dom Sep 20, 2015 9:06 am

Nada en los movimientos del rubio delató la ligera conmoción de desconcierto que le sacudió de pies a cabeza, una ola que chocaba violentamente contra un arrecife de piedra. No causó ningún resquebrajamiento, ninguna roca tembló, pero quedó bañado de la sensación, del frío que emanaba aquel cuerpo menudo que se movía con la gracia de un felino, unos movimientos sospechosamente parecidos a los del propio cazador, salvo que estaban impresos con una elegancia femenina y seductora que sabía que había costado la vida a muchos antes. Pero el pensamiento que asaltó su cabeza fue que se hallaba ante una mujer lo suficientemente astuta como para proclamarse como una excelente actriz, mezclándose con su calor como si éste le perteneciese. Si Drako aún fuese un muchacho, si no tuviese años de experiencia pesando sobre los hombros, si no tuviese una mente calculadora y fría desde una edad temprana, ese rostro delicado y níveo hubiese bastado para poner su mundo del revés. Pero él, ni siquiera en la adolescencia, había tenido en su expresión otra cosa que no fuese su rictus serio, ni las piezas del rompecabezas que formaban sus principios se habían movido desde entonces ni un solo milímetro. Pero tampoco hasta ahora se había turbado por la visión de unas facciones heladas y simétricas, la perfección conjurada en la cara de un monstruo. La había visto retraer los labios para mostrar las armas más letales que poseía, unos colmillos afilados. La había visto ser pantera en vez de minino dulce. La había visto luchar para sobrevivir, ahora se adaptaba al papel de doncella para lo mismo. Ni siquiera drogada, obligada a postrar las armas, esas facciones se habían relajado hasta tal punto. Pero ahora sí. Quizá era porque Hunter no se había permitido jamás un amplio repertorio de emociones, pero no pudo distinguir que era lo que ahora sus ojos observaban con cierta avidez, solo tenía clara una cosa: Helena D. Corso era más peligrosa de lo que él podía imaginarse en un inicio. Ya lo había sospechado, pero aquello fue una confirmación rematada de aquellos pensamientos. Solo una auténtico asesino podía pasar de una máscara a otra con semejante facilidad, solo alguien que realmente quisiese ocultar quien era. Drako Portgas conocía muy bien eso, por eso existía Hunter el siniestro.

No era extraño en él la forma en la que sus fríos ojos se empecinaban en continuar el sinuoso camino, siguiendo sus curvas para cerciorarse de que nada saldría a su paso, aparentemente toda su atención colocada en él. Y era muy creíble cuando sus facciones eran la viva personificación de la indiferencia en su estado más puro, una estatua que por algún tipo de arte estaba dotada de movimiento, aunque por unos segundos ninguno fue consciente: el aleteo de sus párpados, el suave temblor controlado por el frío que había calado en sus huesos, el vaivén de su pecho en una tranquila respiración... pero nada parecía perturbar realmente el azul impenetrable de sus iris. Salvo que estaba reconstruyendo algo, algo que ni él mismo atinaría jamás a decir que era. Corso había descolocado al hombre y hacía mucho, muchísimo tiempo que nada podía hacerlo. Él aprendió las reglas, vivió y vive en consecuencia a ellas, así se erigía Pandora. Y una vampiresa ponía en entredicho de una manera apabullante todo. Era un germen, una manipulación, un engaño. Ella no podría tergiversar lo enrevesadamente simple que eran las cosas para el siniestro, pero si podía ganarse la posición de la diferencia ante los demás de su especie. Y eso era una hazaña que Drako no estaba dispuesto a permitir que sucediese. No quería entregarla, verla atravesar las puertas hacia su condena, fuese cual fuese, y preguntarse aunque fuese vagamente días más tarde si seguiría viva, todo lo que podía estarlo uno de los suyos, solo por un instante donde percibió... ¿qué? Nada. Helena D. Corso solo sería otro nombre tachado en su lista de presas que tenía escrita en su cabeza con tinta indelebre, tanto como la marca que se dibujaba en su torso.

-Hay una paz, unos tratados que incluso los míos olvidan. Hay renegados, hay extremistas, tanto entre los siniestros como entre el resto. Van Helsing se ocupó de mantener nuestras normas, de que la balanza no se desequilibrase. -Y tuvo la osadía de encogerse de hombros, como si la respuesta a la réplica de la vampiresa fuese tan sencilla que hasta ella debía haberse dado cuenta antes, no esperar a que fuese Hunter quien le abriese los ojos. Si bien Drako respondió distraídamente, por sus pensamientos se habían adelantado un paso a sus palabras y no deseaba que Helena se diese cuenta. ¿Por qué su titán no había enviado a siniestros? Todos sabían que a veces el enemigo estaba entre sus propias filas, todos habían sido entrenados con esa percepción, ¿por qué iba a temblar su mano cuando un grupo de renegados perturbaban unas normas? Muchos quizá estaban de acuerdo en destronar a ese señor de los bosques, incluso a Drako no le parecía tan terrible la idea. Pero comprendía que eso descolocaría todo y aunque despreciase y personalmente no quisiese nada que ver con esas especies, si se lo ordenaban, frenaría a cualquiera. Así funcionaba la mente de un soldado.
La pregunta del millón brotó de los labios carnosos de la castaña. Portgas se tomó su tiempo, adentrándose por fin en el valle que les indicaba que habían salido de Mördvolathe por fin, lejos de la protección inhumana de los guerreros alados.

-Sé que en comparación, son los condenados por excelencia, el punto de mira y desahogo de lobos, atlantes, vampiros, brujos y elfos por igual. -Porque lo había visto con sus propios ojos- No siempre fui lo que soy ahora, como tú. Deberías simplemente recordar como es ser humano en contrapartida a lo eres en la actualidad. -Y entonces giró la cabeza para clavar sus pupilas en las de la mujer- Pero no sois las únicas bestias. Todo cambiamos, es lo que nos hace Pandora. -Repuso significativamente. Él no era el mismo Drako que cuando piso por primera vez aquellos parajes inhóspitos, porque antes de eso, fue un humano libre, después un marcado sin derechos y por último el hombre que estaba junto a la vampiresa. Apartó sus ojos de ella y permitió a la yegua tomar un ritmo más lento para que descansase de la caminata rápida ahora que se encontraban entre el refugio de los árboles.




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Dom Oct 04, 2015 7:28 pm

¿Cómo podría castigarle por despertar en ella el recuerdo de su propia debilidad? ¿Cómo podía someterle desde su posición sin que los rápidos reflejos de aquel hombre viniesen a defenderlo? Le hubiera resultado más sencillo atacarlo mientras se hallaba recostada sobre la fría paja que portaba el carromato, quizá una jugada sucia habría resultado mejor si se hubiera decidido a actuar rápido, pero ella prefería honrar a un buen contrincante como Hunter respetando las reglas implícitas de un buen combate, prefería seducirlo lentamente con palabras sensatas, atraerlo flemáticamente a la telaraña que había estado elaborando para él. Sabía que la mente del siniestro estaba forjada en bases ilusorias, que sus mayores certezas se encontraban sin fundamento válido por más arraigadas que estuviesen sus ideas y que, por tanto, un poco de razón vendría a ser como una dulce brisa que pondría a temblar los cimientos de la ingenuidad. Esa conversación era, tal vez, un simple empujón a la primera pieza de dominó que desencadenaría una reacción. ¿Una buena obra? Quizá simplemente era la mejor manera de acabar con un enemigo tan fuerte como ella, quizá le valía más tenerlo del bando correcto, redireccionar su odio a una causa en común y mucho más válida que catalogar a todos en Pandora como bestias merecedoras de una pronta muerte. Sin embargo estaba en una carrera contra el tiempo, un poco larga, sí, pero no podía darse el lujo de ser ambiciosa. El hombre era obstinado y no dejaría a su propia causa por una conversación amena con su presa, y Corso era consciente de que sería una pérdida de tiempo apuntar tan alto. Bastaría con depositar en él un germen, perforar el velo que le ceñía y él se daría cuenta por sí mismo de la realidad que le comparte la vampiresa. Conocería su propia victoria la próxima vez que la casualidad –o una segunda búsqueda por parte de él– los colocara por segunda vez frente a frente.

Así pues, era momento para planear su escape. Aún estaba maniatada, aunque los grilletes no le resultaban tan pesados como antes y su condición le permitía romperlas sin problemas. No obstante, en el par de segundos que demoraría para romper la cadena el hombre podría reaccionar y no estaba dispuesta a sostener un combate con él. Un golpe en la nuca bastaría, con o sin cadenas podría noquearlo enseguida, pero, nuevamente, estaba en una posición que no le resultaba favorable. La velocidad de los vampiros la aventajaba, sí, pero no de manera significativa, por lo que no estaba segura. Podría arriesgarse y acertar, pero si fallaba corría el riesgo de echar a perder su progreso con él, aunque de igual manera podría perderlo tras su escape, porque no planeaba dejarse entregar a Bran.

Lo miró de reojo al escuchar la sencillez de su respuesta, recitada con la mayor naturalidad como si fuese una lección inculcada en el colegio. Y ahora se encontraba frente a una nueva disyuntiva; podría hacerle dudar de quién es realmente merecedor de la muerte en aquel escenario planteado por la vampiresa o seguir la conversación sobre ese mismo hilo. – Eso es evidente, pero hablabas de acción y reacción para justificar a los tuyos y encima sostienes que los diversos intereses de las demás razas crea enemistades dentro de las mismas. Es el mismo caso entre los tuyos. De otra forma no habría renegados ni extremistas, ni tampoco habría necesidad de exterminarlos para conservar los tratados. – Y aunque no lo dijera abiertamente, ella era perfectamente capaz de comprender lo que el cazador presumía de su raza, pero no precisamente por causa de los siniestros. Por algo tenía su santuario entre los guerreros alados, porque ellos no tenían intereses distintos ni habría extremistas o traidores entre ellos. La mayor prueba de ello era que jamás la habían contratado para matar a un alado, La duda atravesó súbitamente y por segunda ocasión todos sus pensamientos, perforándolos a todos y consumiéndolos impetuosamente hasta dar lugar únicamente a la pregunta que debió haberse planteado desde el principio.

Guardó silencio durante aquellos segundos en donde la mirada de uno se clavaba en los ojos del otro, buscando en las pupilas ajenas un quiebre. Sin embargo halló algo distinto, encontró en él una respuesta que la contrariaba, pero que le resultaba una mejor opción, encontró una táctica que le garantizaría un segundo encuentro. Se giró ligeramente sobre su asiento para ver a su interlocutor en lugar de prestar atención al camino. Quería que el peso de su mirada distrajera al siniestro, que, al igual que ella, fijara su atención en su acompañante. – Sabes bien. Aunque no necesito recordar cómo fue mi vida humana para entenderles; con el tiempo he aprendido a vivir sin esa parte que me falta y… – Su voz de miel cesó repentinamente y, con las pupilas dilatadas, miró hacia la parte del bosque que se extendía junto al siniestro como si quisiera encontrar algo. Colocó su mano sobre la del siniestro a fin de trasmitirle que dejase las riendas un momento y su otra mano se posó sobre el hombro ajeno, entrelazándose sutilmente en las ropas de Hunter. Por su expresión, suponía que era fácil entender que necesitaba escuchar y el andar del caballo frustraba sus intentos por descubrir qué clase de hostilidad se alzaba en medio de aquel bosque, en cuya profundidad podía apreciarse el sutil movimiento de los helechos. Sus labios permanecieron sellados todo el tiempo, segura de que ese cazador comprendería su conducta y, con algo de suerte, tomaría cartas en el asunto.




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Drako Portgas el Dom Oct 11, 2015 5:06 am

¿Para Drako? Los extremistas, los renegados... en su mayoría eran ovejas descarriadas pero en líneas generales, ninguno de ellos pecó de la bestialidad primitiva de las criaturas que respiraban en Pandora. En cualquier caso, igual que éstas, encontraban su destino final en el filo brillante de la implacabilidad. Él nunca sintió un ápice de piedad por ellos, porque una vez renunciabas al favor de Van Helsing y a los tuyos, firmabas tu sentencia de muerte. En mayor o menor medida podías despegarte de las filas de los siniestros, podías fingir una común humanidad entre aquellos a los que habías jurado que protegerías su dignidad: ¿pero dejar de formar parte de ese bando? No, esos recibían el corte de la guadaña.
De cualquier modo, el siniestro decidió dejar finiquitado ese tema ahí. Estaba dedicándole demasiado tiempo a una charla infructuosa, a unos pensamientos racionales en boca de un enemigo. La realidad para ambos era de un concepto distinto, él lo aceptaba y ya había aportado la suficiente conversación a una mujer que no hacía tantas horas podría haber significado su pasaporte al limbo, por el mero hecho de sentir una vaga sorpresa hacia la vampiresa. Así que instauró una nueva ley de silencio por un simple motivo: no tenía nada más que añadir y las palabras eran algo demasiado valioso para ir gastándolas. Sobre todo porque a esas alturas habían compartido y blandido demasiados argumentos. No le hacía falta seguir conociendo los pensamientos que deambulaban por esa cabeza oscura, ya sabía el peligro que entrañaba la tóxica miel de sus palabras, la manipulación que podía haber en esa asesina. Había atrapado a muchas criaturas así; nunca de una forma tan peculiar como logró capturarla a ella, pero.
La única señal de que volvía a escuchar a la morena era la sutil inclinación de su cabeza, pero su rostro se giró alerta hacia ella cuando se interrumpió en mitad de una frase, el tacto helado de su mano en su hombro. Aquella mujer había compartido más contacto con él que el que Drako había brindado en los últimos meses juntos. Propinó un tirón rápido y firme a las riendas, la yegua frenó su paso tan rápido como él inició el movimiento. El siniestro detuvo hasta su propia respiración para escuchar, atentamente. Si hubiera confiado en Corso, le habría preguntado y creído a pies juntillas que había un intruso al margen de ellos... pero no lo hacía. Por eso solo clavó en ella sus afilados ojos fríos, sin transmitir una sola pregunta muda. Podía inclinar la balanza en que, racionalmente, había algo allí: a Helena le convenía tan poco como a él que los hallasen en esos parajes.

"No te muevas. " Vocalizó a sabiendas de que la vampiresa era lo suficientemente sensata como para no hacerlo cuando el movimiento se escuchó claramente en el silencio natural, lleno de vida y sonidos, que reinaba entre aquellos árboles. Un sitio perfecto para camuflarse, Portgas lo sabía muy bien. Con los movimientos ágiles, acompañados de esa gracia felina que coronaba su don, en completo silencio el rubio aseguró las cadenas de la dama cautiva. En ningún momento el roce de éstas emitió un solo sonido: Hunter estaba demasiado acostumbrado a manipularlas, no se hubiese permitido caer en un fallo tan absurdo como ese, él no cometía esa clase de errores. Más pronto pecaría de uno de ellos, se saltaría la regla de oro: perder de vista a su presa. La posibilidad de peligro le hizo reaccionar instintivamente, pero barajó bien el riesgo mayor: dejar sola a Helena o sufrir una emboscada o algo peor. Se exponían más al segundo, así que solo le quedó apearse del carromato. Palmeó el lomo del inquieto caballo en un gesto tranquilizador e inconsciente cuando pasó por su lado y caminó entre los árboles. Se alejó lo suficiente para seguir el rastro de aquel susurro de helechos, de la vida que se escondía allí. Sus músculos en tensión, sus pies volaban con ligereza sin romper ni siquiera una rama caída, solo el rastro de sus huellas en la nieve que no profería ni un solo quejido al ser desvirgada por sus pisadas, el silencio era su completo aliado mientras sus oídos captaban el sutil ruido delator. Tras esa vegetación. Como la dirección certera de una flecha lanzada, sus ojos se clavaron entre el entramado de ramas que le impedía ver que había detrás de ello. No perturbó la tranquilidad del bosque, solo movió una rama dejando el calor de sus dedos ahí, para poder ver que había al otro lado. Se encontró con los ojos de un ciervo, mirándole fijamente, en estado de alerta, valorando si debía huir ante la presencia de tal cazador. La sorpresa momentánea se reflejó apenas en el rostro del siniestro. Aquella no era su presa. No. Frunció repentinamente el ceño al comprender. Ya no le importó el silencio, pasar desapercibido, pese a que por inercia no dejó rastro de contaminación acústica por allí: corrió como alma que lleva el diablo de nuevo en dirección al carromato, apretando fieramente la mandíbula, componiendo un gesto más duro en sus facciones. Esta vez los animales si pusieron distancia entre ellos y el rubio, sabían que ahora si que estaba ejerciendo su papel: el de cazador, ahora era real y mortífero, olía la trampa, el engaño.




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Re: ¿Cuánto vale tu vida? [ Helena ]

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Oct 20, 2015 11:27 pm

Enfrentarse al súbito silencio del siniestro seguramente habría resultado apabullante para cualquier otro preso. Quizá para otra persona habría significado el pacto mudo con el destino. Quizá, de haber sido alguien más, se habría sentido intimidada por la impenetrable barrera que el hombre disponía nuevamente entre ellos, pero Corso sabía por qué la conversación había perdido continuidad. Sabía que el hombre había encontrado razón en las palabras de una criatura a la que probablemente había jurado ignorar, tal vez había decidido escuchar finalmente a esa vocecilla en su cabeza que comenzaba ya a sugerir de manera impetuosa los riesgos de sostener y prolongar la conversación con la castaña. Sin embargo, aún no era tiempo para cantar victoria. Sus palabras aún no germinaban en la mente de su captor y lo mejor era no poner la semilla en riesgo, así que permitió que fuese él quien guiara el intercambio de palabras. Un tema había terminado y el segundo había quedado inconcluso. A veces las oportunidades nacen de la espontaneidad y Helena se daba ocasionalmente el lujo de improvisar.

Escuchó el hilo de voz escapar de boca del siniestro, temeroso de romper con la ventaja que les otorgaba el sigilo de ambos. Ella, entre tanto, continuó empeñada en su actuación. Los siguientes segundos eran cruciales para que el hombre cayera en la trampa, para que se tragara todo el cuento de que había alguna criatura peligrosa acechándolos desde el bosque. Y, claro, tenía que apelar a su condición de presa y seguir fingiendo que aún se encontraba intoxicada; es decir, que no había modo en el que pudiese romper las cadenas a causa de su estado exangüe. Así pues, no presentó al siniestro ninguna clase de oposición en el momento en el que asegurara las cadenas, aunque la tensión se evidenciaba en sus miembros como si se debatiera entre quedarse a solas en el carromato o si luchar para preservar su existencia. Al verlo darle finalmente la espalda, se permitió desviar su mirada hacia la yegua, preguntándose si también debía privarlo de trasporte después de privarlo del éxito y de una presa difícil, imposible para muchos otros. No lo sabía. Heindel estaba a una distancia considerable como para obligarlo a regresar a pie, pero tampoco deseaba ganarse su odio, ya que entonces todas las palabras invertidas en él habrían sido un desperdicio. Bien, lo dejaría conservar la yegua. Así que, después de haber resuelto aquella pequeña incógnita volvió a fijar su atención en la figura del hombre, en esa silueta que iba perdiéndose lentamente entre helechos y los troncos de los árboles hasta que juzgó que era el momento de retirarse. Tener cuidado al deshacerse de las cadenas o no, no importaba. Romper el hierro y producir el suave tintineo del metal para llamar su atención o guardar absoluto silencio, no importaba. Él volvería una vez se percatara de la trampa o quizá demoraría. Eso tampoco importaba. Si la seguiría cazando o si la dejaría en paz, no le preocupaba. Al final él no la encontraría en el sendero en el que la dejó. No era el final absoluto, sin embargo, ella ya se había marchado.




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