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Una cacería... pero no la mía ( Helena )

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Una cacería... pero no la mía ( Helena )

Mensaje por Invitado el Sáb Jun 20, 2015 8:54 am

Un cálido atardecer, cuando el sol comenzaba a ocultarse en el fino horizonte, cuando los animales nocturnos empezaban a abandonar de sus improvisados y no tan improvisados hogares, ese era el momento perfecto para la caza, al menos cuando sabias lo que buscabas y deseabas cazar, ciervos, una de las piezas de caza mayor y cuya piel curtida, si sabias tratar el fino y delicado cuero que de ellos se podía sacar, era una de las fuentes principales del escaso dinero que tenia, tampoco necesitaba demasiado mas, siempre había tenido una vida humilde, sin lujos ni demasiadas pretensiones económicas ni sociales y era algo que no había cambiado a lo largo de los años.

Conforme mas tensaba el metálico hilo de aquel férreo arco compuesto que era una de mis posesiones mas valiosas, mi respiración se iba relajando con la tenue brisa del atardecer acariciando mi rostro, mi curtida y áspera piel, susurrando entre las ramas de los arboles, entre las hojas mecidas por su contenida fuerza, pretendiendo avisar a mi presa de su aciago futuro.  Solo mi corazón acelerado, ansioso por la caza aunque fuera el día a día de mi existencia, retumbaba demasiado acelerado cuando mi mano se abrió, dejando que el fino proyectil de madera con punta metálica silbara cortando el viento hasta alojarse en el cuello del ciervo, quien titubeante y aturdido pretendió huir, sin embargo su cuerpo no respondía, solo unos pequeños y exagerados espasmos recorrieron su cuerpo antes de que acabara tendido sobre el frescor de la hierba.

Mis pasos me acercaron, tranquilos y firmes hacia la presa abatida, ¿ Regocijo en la victoria ? ¿ menosprecio al caído ? ni siquiera cuando de un animal se trataba estas emociones surgían en mi - ¿ Por que menospreciar aquello que sustentaba nuestra existencia ? - escapándose entre mis labios, como en tantas otras ocasiones, las palabras que mi padre me había inculcado, dejando que mi mano acariciara con lentitud, puede que incluso con una leve ternura, el majestuoso lomo del animal abatido - gracias hermano... - unas palabras que habrían llegado a extrañar en demasía a cualquiera que me escuchara, puede que para muchos mi forma de pensar fuera incluso un insulto, sin embargo, para mi, desde mi transformación, me había convertido en un hijo del bosque, un animal mas de la salvaje naturaleza de este mundo que vivía.

Estaba acostumbrado a cierto sobre esfuerzo físico, así pues no me suponía algo nuevo los mas de 300 kilos que trasportaba sobre mis hombros, ya que aunque me hubiera aventurado unos centenares de metros en el interior del bosque no era tan estúpido como para terminar la tarea en mitad de una tierra que no deseaba mi estancia... aunque seria mas correcto decir de una tierra cuyos auto proclamados dueños no desean mi estancia, ni mi existencia en su mayoría. Así pues, tras que la brisa comenzara a tornarse en cierzo, mas fuerte e incluso seco, como si reprochara la muerte de aquella presa de la que tanto provecho iba a sacar, comenzaba a salir de los lindes del bosque de Arcadia, pudiendo así distinguir ya en lontananza la humilde choza que durante tantos años había llamado mi hogar, lugar hacia el que mis pasos me iban acercando con la parsimonia propia del peso acarreado sobre mis hombros.

El seco golpe del magnifico ejemplar que era mi presa chocando contra el duro suelo fue como la cálida bienvenida que mi hogar me otorgaba - No te muevas de aquí - como si el animal pudiera escuchar mis palabras tras su muerte e incluso entenderlas, cruzando tras ello el portal de mi pequeña choza, buscando uno de los cubos de agua antes de regresar al exterior junto al cuerpo, lugar donde dejaría el cubo antes de encender de nuevo la hoguera, una hoguera en cuyo redil coloque unas cuantas piedras mas para que el viento reinante no levantara demasiadas ascuas y pudiera llegar a estropear el delicado trabajo que me quedaba por delante.

Todo estaba preparado, incluso el argénteo cuchillo relampagueaba en mi mano bajo la luz del fuego de la hoguera, cuando unos nuevos aromas captaron mi atención, no estaba solo, alzando un poco mas mi cabeza mientras inspiraba repetidas veces para captar mejor aquellos nuevos olores - Humanos... - susurre agarrando con una mayor fuerza mi cuchillo, tensando mi mandíbula al fijar mi vista en las pequeñas figuras que se acercaban hacia mi campamento a toda velocidad, pudiendo distinguir en sus rostros el miedo con total nitidez cuando pasaron a una veintena de metras de donde yo estaba, ni siquiera aminoraron su carrera sabiendo que allí me encontraba, incluso viendo una choza en la que podrían resguardarse, si yo se lo hubiera permitido algo que no iba a pasar pero ellos no lo sabían, de las inclemencias del tiempo o de las bestias que la naturaleza había dejado libres en la noche, algo que podía llegar a llamar la atención pero que tampoco me importaba demasiado, no me gustaba la gente y no los hubiera recibido con los brazos abiertos, ni mucho menos.  Así pues, volví a centrar mi atención sobre el cuerpo tendido en el suelo - Tenemos una larga noche tu y yo - a fin de cuentas la soledad nunca era buena compañera durante tantos años, con alguien tenia que hablar aunque no pudiera continuar mi conversación.

Apenas llevaba media hora despellejando con destreza y cuidado el ciervo que había abatido cuando un nuevo aroma se entremezclo con el de la sangre, incluso podía saborear el férreo sabor del carmesí elixir de la vida aun solo por su potente aroma, aquella nueva interrupción de mi trabajo me hizo suspirar largamente, esperando que como los miedosos humanos pasara de largo, sin embargo el aroma se acercaba demasiado directo a mi, teniendo así que hablar con alguien mas que no fuera el animal muerto sobre el que trabajaba - Espero que no pretendas luchar ni robarme, ya he cazado y no me apetece matar a nadie mas - dije sin terminar de levantar mi mirada, acariciando lentamente la piel del lomo que aun faltaba por separar del cuerpo, sin embargo mi cuerpo se encontraba en tensión, preparado para defenderme o abalanzarme sobre el nuevo intruso.
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Re: Una cacería... pero no la mía ( Helena )

Mensaje por Helena D. Corso el Mar Jun 23, 2015 9:21 am

El día parecía bendecir las actividades de la vampiresa, pues, desde que el sol se alzara aquel día, las nubes habían ceñido por completo el cielo, sin dejar escapar de ellas penumbra alguna que trajese el consuelo a quienes requerían del sol para aminorar la miseria de sus vidas. Había entre los mortales quienes conocieran la singularidad de la cazadora que le permitía cumplir su trabajo a cualquier hora y en cualquier lugar, que la luz del sol sólo la detendría a mediodía pese a su condición vampírica, pero esos mortales eran contados con las manos; la mujer no revelaba un dato tan crucial a cualquiera que se cruzare enfrente suyo a menos que fuera a asesinar, a cobrar una vida para conseguir un gran saco de monedas de oro que no usaría, sino que depositaría junto las demás que había conseguido y las vigilaría cual dragón avaro.

Su mirada fría y amenazante se posó sobre los ojos del hombre que sostenía del cuello, acorralado contra la pared de un callejón de la mediocre Valtesi. El humano temblaba, pues aguardaba el momento en que la mujer decidiera darle muerte o que tuviera piedad de él tras revelarle que el resto de sus compañeros había logrado escapar de la ciudad y que a él le habían dejado para guardar sus espaldas, para garantizarles más tiempo para alcanzar amparo en cualquier otra región. – ¿Hace cuánto que se fueron? – Inquirió la mujer con voz inhumana, carente de emoción ni interés en la vida del mortal, quien, en medio de sus trepidaciones, logró formular respuesta para su captora. – Hará unas dos o tres horas… – Afirmó abruptamente como si la mujer fuera a matarlo a mitad de enunciado. – No… No consiguieron transporte. – Ante aquello, Helena se tomó unos segundos para meditar al respecto, para calcular cuánta ventaja se habrán echado al lomo un grupo de humanos que probablemente llevaban más horas de persecución encima. Así pues, considerando que el interrogatorio ya había durado bastante y ahora tenía lo que necesitaba, y probablemente lo único que podría conseguir de aquel hombre, apretó un poco el agarre en el cuello ajeno, privándolo del aliento hasta que ya no lo necesitó más. Sus manos dejaron ir el cadáver como si se tratara de un trozo de tela y abandonó finalmente el callejón como si nada hubiese ocurrido ahí.

Era de por sí bastante arriesgado para un marcado el abandonar Valtesi como para dirigirse ahora a Arcadia, región en donde muy seguramente los hombres lobos los destrozarían sin piedad alguna, pues aunque hubiese gitanos humanizados en aquel terreno, los hombres no llegarían jamás a ella por cuenta propia. Así que habían dos opciones, dejarlos a su suerte, pues podrían incluso morir en el trayecto, o considerar la idea que tenían un aliado en Arcadia que los pondría a salvo de una muerte segura en manos de la vampiresa. En cualquier caso, se veía ciertamente forzada a darles caza, a asegurarse de que sus miembros quedasen sobre la tierra hasta teñirla de rojo. Y había algo más en cuestión. Si los mortales habían tomado su tiempo para planear su escape, debían estar huyendo de algo más y serían conscientes de que se enviarían a un guardián de la muerte en consecuencia de sus actos.

Así pues, se colocó la capucha del bolero y emprendió la marcha en dirección a la tierra de los licántropos, escabulléndose por sobre los tejados de los edificios en Valtesi para no entorpecer sus pasos al viajar por las calles y echándose a correr tan rápido como se lo permitía su naturaleza. Miró de reojo el cielo que comenzaba ya a oscurecer y posteriormente se enfocó en el camino, deseando no tener contratiempo alguno y encontrarlos sin vida en cualquier momento del trayecto, cosa que no ocurrió así, pero a cambio percibió su olor. Sabía que lo que la brisa llevaba consigo lo había traído de al menos una decena de kilómetros más delante de la vampiresa, que si el olor aún permanecía fresco se debía a que los humanos habían pasado por aquel punto recientemente. Y una sonrisa de triunfo se delineó en su rostro y sus ojos azules desearon tenerlos a la vista pronto.

No obstante, se detuvo súbitamente y comenzó a mirar de un lado a otro ciertamente desorientada. Había perdido el rastro, un aroma más fuerte que el de los humanos se había apoderado del viento y ahora no sabía cuánta ventaja llevaban. Era, ni más ni menos, el olor a sangre, sangre no humana, sangre muerta. Entonces se supo más cerca de Arcadia de lo que pensaba y la razón era que el páramo por el que se había conducido no le mostró los verdes y tenebrosos bosques característicos de la región, sino que la rodeó como si aquel pedazo de tierra estuviera esperando para devorarla. Pero no se quedó ahí, sino que, a falta de olfato, su oído sería infalible, por lo tanto guardó absoluto silencio y comenzó a escuchar cada sonido que el viento mismo le traía, entre ellos las aceleradas respiraciones de los humanos y los gritos que se animaban entre ellos a continuar. Acto seguido, la mujer reanudó la marcha con mucha más ferocidad que al principio, dispuesta a despedazar ella misma a los humanos que habían logrado escapársele por segundos de sus manos.

El camino la condujo hasta una cabaña al linde del bosque, en donde el olor a sangre se concentraba y opacaba completamente el perfume del bosque, y en el pórtico de la cabaña estaba el dueño trabajando sobre el animal cuya sangre había percibido a kilómetros de distancia. Así pues, considerándolo como una de las pocas  posibilidades de refugio que había para los humanos, se detuvo frente a la pequeña construcción, mirando al licántropo directo a los ojos. – No tengo intención de atacarte. Estoy buscando a un grupo de humanos, seguramente les habrás visto. – Afirmó atenta a cada reacción que el lobo pudiese tener, cualquier micro expresión o cambio en su ritmo cardiaco que le revelara si su respuesta sería cierta o no.




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